Persona leyendo la Biblia

La Belleza de Cristo

"Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es."
1 Juan 3:2

¿Has pensado alguna vez que podrías pasar toda una vida hablando de Cristo y, aun así, no alcanzar a describir toda su hermosura? Hay bellezas que desaparecen con el tiempo. Hay rostros que envejecen, paisajes que dejan de sorprender y cosas que, después de verlas muchas veces, ya no despiertan el mismo asombro en nosotros. Pero existe una belleza que jamás pierde su esplendor. Cuanto más se contempla, más cautiva el corazón. Cuanto más se conoce, más se desea conocer. Esa belleza tiene un nombre: Jesucristo.

Vivimos rodeados de cosas que compiten por nuestra atención. El mundo nos enseña a admirar el éxito, el poder, la inteligencia, la riqueza o la apariencia. Sin embargo, todas esas cosas son pasajeras. La Escritura dirige nuestros ojos hacia alguien infinitamente más digno de ser contemplado. No simplemente para aprender acerca de Él, sino para deleitarnos en Él.

La belleza de Cristo no es una idea poética ni un sentimiento religioso. Es una realidad eterna. Es la gloria misma del Hijo de Dios manifestada en todo lo que Él es, en todo lo que hace y en todo lo que promete a los que confían en Él.

Una belleza diferente a todo lo que conocemos

Cuando pensamos en la palabra "belleza", casi siempre imaginamos algo que entra por los ojos. Un paisaje cubierto de montañas, un cielo lleno de estrellas o el inmenso mar iluminado por el amanecer. Dios mismo creó todas esas cosas y declaró que eran buenas. Sin embargo, toda la belleza de la creación es apenas un pequeño reflejo de la belleza de su Creador.

La Biblia nos sorprende al hablarnos del Señor Jesús. Isaías anunció que, durante su vida terrenal, Cristo no llamaría la atención por una apariencia extraordinaria.

"No hay parecer en él, ni hermosura; le veremos, mas sin atractivo para que le deseemos." (Isaías 53:2)

Estas palabras no significan que Jesús fuera desagradable de ver. Lo que muestran es que su grandeza no descansaba en el atractivo físico. Mientras el mundo busca impresionar por lo externo, Dios revela una belleza infinitamente más profunda: la perfección absoluta de su carácter.

Jesús nunca pecó. Nunca pronunció una mentira. Nunca actuó por orgullo. Nunca buscó su propia gloria. Jamás respondió con egoísmo. Nunca hubo una sola intención torcida en su corazón. Todo en Él era santo, puro, verdadero y perfecto.

Mientras nosotros luchamos diariamente contra pensamientos desordenados, palabras precipitadas y deseos egoístas, Cristo caminó cada segundo de su vida en perfecta obediencia al Padre. Su belleza no dependía de la apariencia de su rostro, sino de la absoluta perfección de todo su ser.

Agustín de Hipona escribió que Cristo es "hermoso en el cielo, hermoso en la tierra, hermoso en el seno de la Virgen, hermoso en los brazos de sus padres, hermoso en sus milagros, hermoso en los azotes, hermoso dando la vida y hermoso al volver a tomarla". Con esas palabras recordaba que la hermosura del Señor nunca desaparece. Incluso en la cruz, cuando parecía derrotado ante los ojos del mundo, seguía siendo el Rey glorioso que cumplía el propósito eterno del Padre.

La belleza de una santidad perfecta

Todos conocemos personas admirables. Algunas destacan por su paciencia. Otras por su generosidad. Algunas por su sabiduría. Sin embargo, incluso las mejores personas muestran tarde o temprano sus limitaciones y errores. La paciencia se agota. La sabiduría falla. El amor humano muchas veces se enfría.

Con Cristo sucede exactamente lo contrario.

Cuanto más observamos su vida en los Evangelios, más descubrimos una perfección imposible de encontrar en cualquier otro ser humano.

Cuando los niños corrían hacia Él, los recibía con ternura. Cuando los pecadores se acercaban arrepentidos, encontraba palabras de gracia. Cuando los orgullosos endurecían su corazón, hablaba con una firmeza llena de justicia y sabiduría. Cuando veía el sufrimiento de las multitudes, su corazón era movido a compasión. Cuando oraba al Padre, lo hacía con una comunión perfecta.

En Jesús nunca encontramos un desequilibrio entre amor y verdad. Nunca sacrificó la santidad para parecer amable, ni abandonó la misericordia para demostrar autoridad. En Él, todos los atributos divinos resplandecen en perfecta armonía.

Eso hace que su belleza sea única.

Nosotros solemos admirar una virtud mientras ignoramos otra. Cristo reúne toda perfección sin contradicción alguna. Es infinitamente santo y, al mismo tiempo, infinitamente misericordioso. Es perfectamente justo y perfectamente paciente. Es Rey soberano y también el Buen Pastor que carga sobre sus hombros a la oveja perdida.

"Porque agradó al Padre que en él habitase toda plenitud." (Colosenses 1:19)

No existe absolutamente nada que le falte al Señor Jesús. Toda excelencia encuentra en Él su máxima expresión.

La gloria escondida en un manto de humildad

Resulta asombroso pensar que el Rey del universo eligiera venir al mundo de una manera tan sencilla.

El dueño de todas las galaxias nació en un pesebre.

El Sustentador del universo conoció el cansancio.

El Creador de todas las cosas caminó por caminos polvorientos.

El Pan de Vida sintió hambre.

La Fuente de agua viva tuvo sed.

El Señor de los ángeles permitió que hombres pecadores lo rechazaran.

La belleza de Cristo resplandece precisamente en esa humildad voluntaria. Él no vino buscando reconocimiento humano. No vino para impresionar a las multitudes con riqueza o prestigio (aunque tenía el poder absoluto para hacerlo). Vino para cumplir la voluntad del Padre y rescatar a un pueblo que jamás habría podido salvarse por sí mismo.

Muchas veces imaginamos que la grandeza consiste en ser servido. Jesús mostró exactamente lo contrario.

"Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos." (Marcos 10:45)

La belleza del Señor alcanza una profundidad difícil de expresar cuando lo vemos inclinándose para lavar los pies de sus discípulos. Aquellas manos que sostienen el universo tomaban ahora los pies cansados de hombres imperfectos. El Rey servía a sus siervos.

Qué escena tan extraordinaria.

Pedro no podía comprenderlo. Nosotros tampoco lo habríamos entendido si hubiéramos estado allí personalmente. Nuestro corazón suele asociar autoridad con distancia. Cristo unió autoridad con servicio. Nunca dejó de ser Rey mientras se arrodillaba delante de los discípulos para lavar sus pies.

Allí descubrimos una belleza completamente diferente de la que ofrece el mundo. Una belleza que no busca ser admirada por orgullo, sino que se entrega por amor.

Juan Calvino escribió que, al contemplar a Cristo, encontramos reunidas todas las riquezas necesarias para el alma. No necesitamos buscar en otro lugar aquello que solo existe plenamente en Él. Su persona basta para satisfacer el corazón porque en Él habita toda la plenitud de Dios.

Mirar a Cristo transforma el corazón

Todos nos parecemos a aquello que admiramos.

Cuando una persona dedica toda su vida a las riquezas, termina pensando como las riquezas. Cuando vive únicamente para el reconocimiento, su identidad depende de la opinión de los demás. Cuando su mayor tesoro es el éxito, toda derrota parece destruirlo.

Pero sucede algo completamente diferente cuando el creyente fija sus ojos en Cristo.

La Biblia enseña que contemplar al Señor produce una transformación profunda. No se trata únicamente de adquirir más conocimiento. El Espíritu Santo obra dentro del creyente para hacerlo cada vez más semejante a Jesús.

"Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen." (2 Corintios 3:18)

Esta transformación no ocurre de un día para otro. Es semejante al amanecer. La oscuridad comienza a desaparecer lentamente hasta que toda la luz llena el horizonte.

Así obra Dios en la vida de sus hijos.

Cada vez que contemplamos la paciencia de Cristo, aprendemos cuánto nos falta crecer. Cada vez que observamos su humildad, descubrimos nuestro orgullo. Cada vez que vemos su compasión, entendemos cuán pequeño es nuestro amor hacia Dios y hacia los demás. Pero, al mismo tiempo, esa contemplación no produce desesperación para el creyente, sino esperanza, porque el mismo Salvador que nos muestra nuestra necesidad también promete transformarnos por medio de su gracia.

Jonathan Edwards escribió que la verdadera excelencia de Cristo consiste en la perfecta unión de todas sus glorias. En Él vemos una majestad infinita acompañada de una humildad infinita; una justicia perfecta unida a una misericordia perfecta; un poder absoluto acompañado de una ternura imposible de medir. Ningún otro ser posee una belleza semejante.

Por eso, cuanto más conocemos a Cristo, menos atractivo resulta todo aquello que antes ocupaba el primer lugar en nuestro corazón.

La belleza más grande resplandece en la cruz

Si alguien quisiera contemplar la belleza de Cristo únicamente en sus milagros, vería algo extraordinario. Si la buscara solamente en su sabiduría, encontraría una profundidad imposible de medir. Si la observara únicamente en su poder sobre la creación, quedaría maravillado. Pero hay un lugar donde todas esas perfecciones brillan juntas con un esplendor aún mayor: la cruz.

A simple vista, el Calvario parecía el escenario de una derrota. Un hombre golpeado, despreciado, humillado y crucificado. Para quienes pasaban frente a aquella cruz, Jesús parecía haber perdido la batalla. Sin embargo, el cielo contemplaba una escena completamente diferente. Allí estaba el Cordero de Dios ofreciendo voluntariamente su vida para salvar a pecadores que nunca podrían haberse salvado a sí mismos.

En la cruz contemplamos la santidad de Dios, porque el pecado no quedó sin castigo. Contemplamos la justicia de Dios, porque la culpa fue verdaderamente pagada. Contemplamos el amor de Dios, porque fue el propio Hijo quien ocupó el lugar de los culpables. Contemplamos la gracia de Dios, porque ese sacrificio fue dado gratuitamente a quienes no podían merecerlo.

"Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros." (Romanos 5:8)

La cruz no disminuye la belleza de Cristo; la revela con mayor claridad. Allí vemos a un Salvador que no retrocede ante el sufrimiento cuando está en juego la gloria del Padre y la salvación de su pueblo. Cada herida proclama su amor. Cada palabra pronunciada desde el madero manifiesta su obediencia perfecta. Cada momento de aquel sacrificio anuncia que el pecado tiene un precio inmenso, pero también que la gracia de Dios es infinitamente mayor.

Charles Spurgeon escribió que, cuando el creyente mira la cruz, contempla el mayor milagro del universo: el amor infinito inclinándose para rescatar a quienes nada podían ofrecer. Esa verdad jamás pierde su capacidad de asombrarnos.

Quizá hemos leído el relato de la crucifixión muchas veces. Quizá conocemos cada detalle. Sin embargo, no debemos acostumbrarnos simplemente a ello. Cada vez que volvemos al Calvario descubrimos algo más de la profundidad del amor de Cristo. Nunca agotaremos su significado.

Una belleza que satisface el alma para siempre

El corazón humano nunca deja de buscar algo que lo satisfaga. Algunos lo intentan por medio del dinero. Otros mediante los logros, los viajes, el reconocimiento, las relaciones o los placeres de este mundo. Sin embargo, tarde o temprano descubren que ninguna de esas cosas puede llenar el vacío del alma.

Dios creó nuestro corazón con una capacidad que ninguna realidad creada puede satisfacer completamente. Solo Aquel que nos creó puede llenar plenamente ese lugar.

Por eso Jesús dijo:

"Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás." (Juan 6:35)

Las palabras del Señor no significan que el creyente nunca volverá a experimentar luchas, tristeza o dificultades. Significan algo mucho más profundo. En medio de cualquier circunstancia, Cristo sigue siendo suficiente. Cuando todo cambia, Él permanece. Cuando las fuerzas desaparecen, Él continúa sosteniendo a los suyos. Cuando el mundo ofrece promesas vacías, Cristo sigue ofreciendo vida eterna.

Cuanto más madura un creyente, menos se enamora de los regalos de Dios y más se enamora del Dios que da esos regalos. Descubre que el mayor tesoro no consiste simplemente en recibir bendiciones, sino en disfrutar de la presencia del Señor mismo.

John Owen escribió que la contemplación de la gloria de Cristo es el alimento más excelente para el alma. Ninguna otra meditación fortalece tanto la fe, produce tanta humildad o despierta un amor tan profundo hacia Dios.

Qué diferente sería nuestra vida si dedicáramos más tiempo a contemplar quién es Cristo que a preocuparnos por las cosas pasajeras que llenan nuestra mente cada día.

Un día lo veremos cara a cara

Hoy conocemos al Señor por medio de su Palabra. Caminamos por fe y no por vista. Lo amamos sin haberlo visto físicamente. Confiamos en sus promesas mientras esperamos el cumplimiento definitivo de todas ellas.

Pero la Escritura anuncia un día extraordinariamente glorioso.

"Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es." (1 Juan 3:2)

Detengámonos por un momento a pensar en esta promesa.

El mismo Cristo que nació en Belén, caminó por Galilea, calmó la tormenta, levantó a los muertos, murió en la cruz y resucitó al tercer día será contemplado por todos los que pertenecen a Él.

¿Puedes imaginar eso?

No habrá más distancia. No habrá lágrimas. No habrá pecado nublando nuestra adoración. No habrá distracciones robando nuestra atención. Toda nuestra mente, todo nuestro corazón y todo nuestro ser estarán completamente cautivados por la gloria de Cristo, el Hijo de Dios.

Ese será el momento en que comprenderemos que todo lo hermoso que vimos en esta creación era apenas una pequeña sombra de la belleza infinita de Cristo.

Entonces entenderemos plenamente por qué los redimidos jamás se cansarán de adorarle. La eternidad no será larga porque Cristo sea repetitivo. La eternidad será un descubrimiento continuo de la infinita perfección de Aquel cuya gloria no puede agotarse jamás.

Una invitación a levantar tu mirada

Es muy fácil vivir con los ojos puestos únicamente en las preocupaciones diarias. El trabajo, las responsabilidades, los problemas familiares, las enfermedades o la incertidumbre pueden llenar nuestra mente hasta el punto de olvidar aquello que realmente importa.

Sin darnos cuenta, comenzamos a mirar más nuestras circunstancias que al Salvador.

Pero la Biblia siempre vuelve a dirigir nuestra mirada hacia Cristo. No porque ignore nuestro dolor, sino porque sabe que ninguna circunstancia puede compararse con la grandeza de conocerle.

Pablo, después de haber perdido muchas cosas que el mundo consideraba valiosas, pudo escribir:

"Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor." (Filipenses 3:8)

No estaba despreciando la creación de Dios. Estaba afirmando que había encontrado un tesoro infinitamente mayor que cualquier belleza o riqueza de este mundo. Cuando Cristo ocupa el primer lugar, todo lo demás encuentra su lugar correcto.

Quizá hoy tu corazón está cansado. Quizá has permitido que muchas cosas compitan por el afecto que solo pertenece al Señor. Tal vez has dejado de maravillarte al leer los Evangelios porque la rutina ha apagado tu capacidad de asombro.

Vuelve a contemplar a Cristo.

Obsérvalo hablando con ternura al quebrantado. Escúchalo perdonando al pecador arrepentido. Míralo abrazando a los pequeños. Síguelo hasta Getsemaní. Permanece junto a la cruz. Mira la tumba vacía. Levanta la vista hacia el trono donde reina con toda autoridad para siempre.

Mientras más lo contemples, más pequeño parecerá este mundo y más precioso será Él para tu alma.

Robert Murray solía aconsejar: "Por cada mirada a ti mismo, da diez miradas a Cristo". Ese consejo sigue siendo profundamente sabio. Nuestro corazón cambia cuando deja de girar alrededor de sí mismo y comienza a descansar en la hermosura del Salvador.

Mi querido lector, la belleza de Cristo no puede medirse con palabras humanas. Cada página de la Escritura revela un poco más de su gloria. Cada uno de sus atributos merece una adoración eterna. Cada una de sus obras proclama que no existe nadie semejante a Él.

Él es el León que venció y el Cordero que fue inmolado. Es el Rey soberano y el Siervo obediente. Es el Santo de Dios y el Amigo de pecadores. Es el principio y es el fin. Es el mismo ayer, hoy y por los siglos.

Todo lo hermoso que existe encuentra su origen en Él. Toda verdad apunta hacia Él. Toda esperanza descansa en Él. Toda adoración verdadera termina en Él.

Por eso, el mayor privilegio del creyente no consiste simplemente en recibir las bendiciones de Dios, sino en conocer cada día más a Cristo. Porque cuanto más lo conocemos, más lo amamos; cuanto más lo amamos, más deseamos parecernos a Él; y cuanto más contemplamos su gloria, más comprendemos que jamás existirá alguien tan infinitamente bello como nuestro Salvador Jesucristo.

"Una cosa he demandado a Jehová, ésta buscaré; que esté yo en la casa de Jehová todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura de Jehová, y para inquirir en su templo." (Salmo 27:4)

Oremos

Señor Jesús, abre nuestros ojos para contemplar tu hermosura con mayor claridad. Perdónanos cuando nuestro corazón se distrae con las cosas pasajeras de este mundo y olvida que Tú eres nuestro mayor tesoro. Enséñanos a amarte no solo por lo que haces por nosotros, sino por quien eres. Que al leer tu Palabra descubramos cada día nuevas razones para adorarte, obedecerte y descansar en tu gracia, en tu amor y en tu soberanía. Forma en nosotros un corazón que encuentre su mayor gozo en contemplarte, hasta el día glorioso en que la fe se convierta en vista y podamos adorarte cara a cara por toda la eternidad. En el Nombre de Jesús, Amén.