Hermenéutica - Lección 1

Primera lección del estudio: Hermeneutica.

¿Qué es la Hermenéutica Bíblica y por qué es importante?

Una Biblia abierta puede estar frente a dos personas y, sin embargo, ambas pueden salir de la habitación afirmando cosas completamente diferentes. Una lee un pasaje teniendo en cuenta lo que realmente dice; la otra toma una frase, la separa de su contexto y la convierte en apoyo para una idea que ya tenía. Las dos han leído las mismas palabras, pero no necesariamente han entendido el mismo mensaje.

Este problema no es nuevo. A lo largo de la historia, muchos errores han comenzado de una manera aparentemente sencilla: alguien abre las Escrituras, encuentra una frase y le atribuye un significado que el autor nunca quiso comunicar. Por eso no basta con leer la Biblia. También necesitamos aprender a leerla correctamente.

La hermenéutica bíblica trata precisamente de esto: comprender correctamente el mensaje de las Escrituras respetando lo que Dios quiso comunicar por medio de los autores humanos.

Escuchar antes de interpretar

Cuando leemos una carta que otra persona escribió, normalmente entendemos que no podemos tomar una oración aislada y hacer que signifique cualquier cosa. Preguntamos quién escribió, a quién se dirigía, qué estaba sucediendo y qué quiso comunicar. Con la Biblia debemos tener todavía mayor cuidado.

Pedro advirtió que algunas personas torcían las Escrituras para su propia perdición.

«Los indoctos e inconstantes tuercen, como también las otras Escrituras, para su propia perdición» (2 Pedro 3:16).

Esto demuestra algo importante: un texto bíblico puede ser utilizado incorrectamente. Tener una Biblia abierta no garantiza automáticamente una interpretación correcta.

Juan Calvino insistía en que nuestra tarea al estudiar un pasaje no consiste en imponerle nuestras propias ideas, sino en descubrir la intención del escritor. Esta actitud requiere humildad. Antes de preguntarnos qué significa un texto para nosotros, debemos preguntarnos qué significa realmente.

Dios habló mediante palabras comprensibles

La Biblia no apareció como un libro caído del cielo. Dios habló por medio de hombres reales, en lugares reales y dentro de acontecimientos reales. Moisés escribió dentro de un mundo muy diferente al nuestro. David escribió salmos relacionados con experiencias concretas. Los profetas hablaron a pueblos que atravesaban rebeliones, guerras, invasiones y exilios. Pablo escribió cartas dirigidas a iglesias que enfrentaban problemas específicos.

Pedro explica:

«Los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo» (2 Pedro 1:21).

Dios es el autor supremo de las Escrituras, pero utilizó verdaderos autores humanos. Por eso debemos prestar atención a sus palabras, circunstancias, argumentos y propósitos.

Cuando Pablo escribió a los corintios, por ejemplo, no estaba escribiendo pensamientos aislados para ser colocados siglos después en pequeñas frases. Estaba enseñando y corrigiendo a una iglesia concreta. Conocer esa realidad nos ayuda a comprender mejor sus palabras.

R. C. Sproul señalaba que uno de los errores más frecuentes al leer la Biblia consiste en poner nuestras propias ideas dentro del texto, en lugar de obtener del texto aquello que realmente está allí.

El contexto protege el significado

Una de las reglas más importantes para entender correctamente las Escrituras es sencilla: nunca debemos separar un versículo de aquello que lo rodea.

Consideremos Filipenses 4:13:

«Todo lo puedo en Cristo que me fortalece».

Separada de su contexto, esta frase podría parecer una promesa de que un creyente puede alcanzar cualquier objetivo que se proponga. Pero Pablo estaba hablando de algo diferente. Había aprendido a vivir teniendo abundancia y también padeciendo necesidad. Cristo le daba fuerzas para permanecer fiel en ambas circunstancias.

El contexto evita que hagamos decir a la Biblia aquello que queremos escuchar.

Martyn Lloyd-Jones advertía constantemente sobre el peligro de construir enseñanzas tomando textos aislados. La Escritura debe escucharse en su propio desarrollo, no utilizarse como una colección de frases independientes.

La Biblia también explica la Biblia

Un pasaje difícil nunca debería convertirse en la base para negar aquello que las Escrituras enseñan claramente en muchos otros lugares. Los textos más claros ayudan a comprender aquellos que requieren mayor cuidado.

Los creyentes de Berea nos ofrecen un hermoso ejemplo:

«Recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así» (Hechos 17:11).

No aceptaban una enseñanza simplemente porque alguien hablaba con autoridad. Examinaban las Escrituras.

La Confesión de Fe de Westminster expresó este principio diciendo que cuando existe una pregunta acerca del verdadero sentido de un pasaje, debemos buscar ayuda en otros lugares de la misma Escritura que hablen con mayor claridad.

Thomas Watson también mostraba esta preocupación. Para él, conocer la Palabra requería más que una lectura superficial. Era necesario meditarla, examinarla y permitir que sus verdades fueran comprendidas profundamente.

Cristo ocupa el centro de la historia

Leer correctamente la Biblia también significa comprender hacia dónde se dirige su gran historia. Las Escrituras contienen muchos libros, autores, generaciones y acontecimientos, pero no cuentan historias desconectadas.

Después de resucitar, Jesús caminó con dos discípulos rumbo a Emaús. Ellos estaban confundidos por su muerte. Entonces Cristo comenzó a mostrarles cómo las Escrituras apuntaban hacia Él.

«Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían» (Lucas 24:27).

Esto no significa que debamos forzar el nombre de Jesús dentro de cada versículo. Significa reconocer que la creación, la caída, las promesas, los sacrificios, los pactos, el reino, los profetas y la esperanza de restauración avanzan hacia la obra de Cristo.

Geerhardus Vos ayudó especialmente a mostrar que la revelación bíblica se desarrolla a lo largo de la historia. Dios fue dando a conocer progresivamente su propósito hasta alcanzar su cumplimiento pleno en Cristo.

El Espíritu Santo y nuestra responsabilidad

Podríamos preguntarnos: si tenemos al Espíritu Santo, ¿por qué necesitamos aprender a interpretar?

Porque la obra del Espíritu no elimina nuestra responsabilidad de estudiar.

Jesús dijo:

«Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad» (Juan 17:17).

El Espíritu abre nuestro entendimiento, transforma nuestro corazón y nos ayuda a recibir la verdad de Dios. Pero eso no significa que podamos ignorar las palabras, el contexto o el propósito de un pasaje.

John Owen enseñó ampliamente sobre la necesidad de depender del Espíritu para comprender espiritualmente las Escrituras. Al mismo tiempo, dedicó enormes esfuerzos al estudio cuidadoso del texto bíblico. Para Owen, dependencia espiritual y estudio responsable no eran enemigos.

Debemos orar mientras estudiamos y estudiar mientras oramos.

Interpretar correctamente transforma nuestra vida

El propósito final no consiste simplemente en acumular información. La Biblia debe ser entendida para ser creída, obedecida y vivida.

Santiago utiliza una imagen muy clara:

«Sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores» (Santiago 1:22).

Después compara la Palabra con un espejo. Una persona puede mirar su rostro y marcharse inmediatamente, olvidando lo que vio. De manera semejante, podemos leer correctamente un pasaje y aun así negarnos a obedecerlo.

J. I. Packer recordó repetidamente que conocer acerca de Dios no equivale necesariamente a conocer a Dios. El conocimiento verdadero de las Escrituras debe conducir a una vida moldeada por aquello que hemos conocido.

Por eso existe un orden saludable: primero buscamos comprender lo que el pasaje dice; después, qué significa dentro de su contexto; finalmente preguntamos cómo esa verdad debe transformar nuestra manera de pensar, hablar y vivir.

Por qué importa tanto

Interpretar mal un pasaje pequeño puede parecer algo sin importancia, pero repetir esa práctica termina deformando nuestra comprensión de las Escrituras.

Una mala interpretación puede producir falsas expectativas, justificar decisiones equivocadas o atribuir a Dios promesas que Él nunca hizo. Una lectura responsable, en cambio, nos enseña a escuchar la Palabra en lugar de utilizarla para confirmar nuestras propias opiniones.

Charles Spurgeon tenía una profunda confianza en el poder de las Escrituras y enseñaba que la Palabra debía ocupar el centro de la predicación cristiana. El poder no está en nuestra creatividad para hacer que el texto resulte interesante, sino en la verdad que Dios ya ha hablado.

Kevin DeYoung también ha insistido en la importancia de acercarnos a la Biblia reconociendo que es una Palabra suficiente, clara y digna de nuestra confianza. No necesitamos inventarle nuevos significados para hacerla relevante.

Aprender a escuchar la Palabra

La hermenéutica bíblica, entonces, no debe verse como una actividad reservada únicamente para profesores o pastores. Cada creyente interpreta la Biblia cada vez que la lee y afirma: «Este pasaje significa esto».

La verdadera pregunta no es si interpretaremos las Escrituras, sino si lo haremos bien.

Pablo escribió a Timoteo:

«Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad» (2 Timoteo 2:15).

Abrir la Biblia debería producir en nosotros una actitud de reverencia y humildad. No nos acercamos al texto para obligarlo a responder nuestras ideas. Nos acercamos para escuchar.

Antes de preguntar «¿qué quiero encontrar aquí?», aprendemos a preguntar «¿qué ha dicho Dios aquí?».

Ese pequeño cambio transforma nuestra manera de leer. Nos enseña a observar antes de concluir, a escuchar antes de hablar y a obedecer después de comprender. Una buena interpretación no busca hacer que la Biblia diga algo nuevo. Busca escuchar con fidelidad aquello que Dios ya ha dicho.

Ejercicios prácticos

  1. Lee Filipenses 4:10-13. Escribe en tu libreta qué situación estaba describiendo Pablo cuando afirmó: «Todo lo puedo en Cristo que me fortalece».

  2. Lee Lucas 24:25-27. Escribe dos oraciones explicando qué enseñó Jesús acerca de la relación entre las Escrituras y Él mismo.

  3. Lee 2 Timoteo 2:15. Anota tres palabras que describan cómo debería acercarse un creyente a la Palabra de Dios.

  4. Escoge un versículo que conozcas bien. Lee cinco versículos anteriores y cinco posteriores. Escribe si el contexto cambió o amplió tu manera de entenderlo.

  5. Lee Hechos 17:10-12. Escribe qué hacían los creyentes de Berea cuando escuchaban una enseñanza y qué puedes aprender de ellos.

  6. Escribe esta pregunta al comienzo de una página de tu libreta: «¿Qué quiso comunicar realmente este pasaje?» Durante esta semana, úsala cada vez que leas la Biblia y anota brevemente lo que descubras.