La santidad de Dios
«Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria.»
Isaías 6:3
La Santidad de Dios
Hay una palabra que los seres celestiales repiten delante del trono de Dios y que, según las Escrituras, no se repite de la misma manera con ningún otro atributo divino. No dicen «amor, amor, amor», ni «poder, poder, poder». En la visión del profeta Isaías, los serafines cubren sus rostros y proclaman:
«Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria» (Isaías 6:3).
Esa escena nos lleva al corazón mismo de quién es Dios. Su santidad no es simplemente una característica entre muchas. Todo lo que Dios es, lo es de manera santa. Su amor es santo, su justicia es santa, su misericordia es santa, su sabiduría es santa y su poder jamás puede separarse de su perfecta pureza. Conocer la santidad de Dios cambia nuestra manera de entenderlo, pero también cambia profundamente la manera en que nos vemos a nosotros mismos.
Dios es absolutamente diferente de nosotros
Cuando la Biblia llama a Dios «santo», está hablando de su absoluta pureza, pero también de su grandeza incomparable. Dios pertenece a una categoría que solamente Él ocupa. No existe otro ser como Él.
«¿A quién, pues, me haréis semejante o me compararéis? dice el Santo» (Isaías 40:25).
Nosotros dependemos del aire, del alimento, del tiempo y de innumerables circunstancias. Dios no depende de nada. Nosotros aprendemos; Dios nunca ha necesitado aprender. Nosotros cambiamos; Él permanece siendo perfectamente quien es. Nosotros recibimos la vida; Él posee vida en sí mismo.
El filósofo griego Platón, que vivió aproximadamente entre 428 y 348 a. C., reflexionó profundamente sobre la búsqueda del bien supremo. Sin embargo, las Escrituras presentan algo todavía mayor. El bien supremo no es una idea abstracta flotando sobre el universo. El bien tiene su fundamento último en el Dios vivo. Dios no consulta una norma superior para descubrir qué es bueno. Su propio carácter es perfectamente bueno, justo y santo.
Juan Calvino explicó, al publicar la primera edición de su obra Institución de la Religión Cristiana, que el verdadero conocimiento de Dios inevitablemente nos conduce también al conocimiento de nosotros mismos. Cuando contemplamos su grandeza, comenzamos a descubrir nuestra pequeñez.
La santidad revela nuestra verdadera condición
Isaías aprendió esta verdad de una manera estremecedora. Al contemplar al Señor sobre un trono alto y sublime, no comenzó felicitándose por su propia espiritualidad. Su reacción fue completamente diferente:
«¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios... han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos» (Isaías 6:5).
Isaías no acababa de convertirse repentinamente en un hombre peor. Lo que había cambiado era la luz bajo la cual podía verse.
Una habitación puede parecer limpia cuando permanece en penumbra. Pero cuando la luz intensa de la mañana atraviesa la ventana, comienzan a verse pequeñas partículas suspendidas en el aire que antes pasaban inadvertidas. Algo semejante ocurre cuando el ser humano comienza a comprender quién es Dios. Su santidad descubre aquello que nuestra propia comparación con otras personas suele ocultar.
Jonathan Edwards comprendió profundamente este contraste. Durante el despertar espiritual ocurrido en Nueva Inglaterra especialmente durante las décadas de 1730 y 1740, insistió en que una verdadera percepción de la grandeza de Dios produce humildad. Cuanto más claramente contempla una persona la belleza moral de Dios, menos razones encuentra para exaltarse a sí misma.
Nuestra cultura suele medir la conducta horizontalmente. Nos comparamos con familiares, vecinos, líderes o personas que aparecen en las noticias. Siempre podemos encontrar a alguien cuya conducta parezca peor. Pero la Escritura cambia completamente la medida:
«Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios» (Romanos 3:23).
El problema humano no consiste simplemente en que algunas personas sean peores que otras. El problema es que ninguno de nosotros alcanza la perfecta santidad de nuestro Creador.
La santidad de Dios exige justicia
Si Dios es santo, no puede tratar el mal como si fuera irrelevante. Un juez que observa deliberadamente una injusticia y decide ignorarla no puede ser llamado perfectamente justo. Mucho menos podría hacerlo Dios.
«Muy limpio eres de ojos para ver el mal, ni puedes ver el agravio» (Habacuc 1:13).
El filósofo Immanuel Kant, reconoció la enorme importancia de la ley moral y de la responsabilidad humana. La Escritura va todavía más lejos y muestra que la obligación moral finalmente nos conduce hacia un Legislador santo. El pecado no es solamente romper una regla impersonal. Es rebelarse contra el Dios que nos creó y a quien pertenecemos.
Stephen Charnock, pastor y escritor puritano del siglo XVII, destacó que la santidad pertenece a la perfección de todo lo que Dios hace. Dios nunca actúa de manera moralmente contradictoria. Nunca existe corrupción escondida detrás de sus decisiones. Su justicia jamás se convierte en crueldad y su misericordia jamás convierte el pecado en algo insignificante.
Esto explica por qué el pecado es mucho más serio de lo que solemos pensar. Su gravedad no se mide solamente por la acción cometida, sino también por la dignidad de aquel contra quien pecamos.
En Cristo se encuentran la santidad y la gracia
Aquí aparece una pregunta inevitable. Si Dios es perfectamente santo y nosotros somos pecadores, ¿cómo podemos acercarnos a Él?
La respuesta central de las Escrituras no es que el ser humano debe hacerse suficientemente bueno para alcanzar a Dios. La respuesta es Jesucristo.
«Porque también Cristo padeció una vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios» (1 Pedro 3:18).
La cruz nos impide reducir la santidad de Dios y también nos impide perder la esperanza. Allí descubrimos simultáneamente cuán serio es nuestro pecado y cuán extraordinaria es la gracia divina.
Dios no fingió que nuestra culpa nunca había existido. Cristo, completamente justo y sin pecado, ocupó voluntariamente el lugar de su pueblo. La justicia de Dios no fue eliminada para que apareciera la misericordia. En la cruz, justicia y misericordia se encuentran.
John Owen, uno de los grandes escritores puritanos del siglo XVII, dedicó buena parte de sus obras a mostrar la grandeza de Cristo y la necesidad de luchar contra el pecado. Para Owen, contemplar la gloria de Cristo no debía terminar simplemente en conocimiento intelectual. Debía transformar los afectos y la vida.
Siglos después, R. C. Sproul hizo de la santidad de Dios uno de los grandes énfasis de su ministerio. Señaló repetidamente que nuestra comprensión de la gracia se vuelve superficial cuando nuestra comprensión de la santidad divina también lo es. Si pensamos que el pecado es pequeño, la cruz parecerá excesiva. Si miramos al pecado como una pequeña fallita, el infierno nos parecerá una exageración. Cuando comprendemos contra quién hemos pecado, comenzamos a entender por qué la gracia es tan extraordinaria.
El Dios santo también santifica a su pueblo
Dios no solamente perdona. También transforma.
«Sed santos, porque yo soy santo» (1 Pedro 1:16).
Este llamado no significa que podamos convertirnos en seres divinos ni alcanzar perfección absoluta durante esta vida. Significa que aquellos que pertenecen a Dios comienzan a reflejar el carácter de su Padre.
Pensemos en un artesano restaurando una pieza antigua cubierta durante años por suciedad y deterioro. No la abandona después de limpiar una pequeña esquina. Continúa trabajando cuidadosamente hasta recuperar progresivamente aquello que estaba oculto. De manera infinitamente mayor, Dios obra en aquellos que ha unido a Cristo.
El Espíritu Santo descubre pecados que antes justificábamos, cambia nuestros deseos, nos enseña a amar lo bueno y produce una lucha real contra aquello que deshonra a Dios. Esa transformación no compra nuestra salvación. Es fruto de haber sido alcanzados por la gracia.
J. I. Packer insistió en que conocer verdaderamente a Dios nunca debe reducirse a acumular información acerca de Él. El conocimiento verdadero produce adoración, obediencia y una vida que comienza a ser moldeada por aquello que conocemos.
La santidad de Dios produce reverencia y esperanza
La santidad divina no debe dejarnos únicamente con temor. Para quien está en Cristo también constituye una fuente extraordinaria de seguridad.
Precisamente porque Dios es santo, nunca mentirá. Nunca romperá caprichosamente sus promesas. Nunca habrá corrupción en su gobierno. Nunca descubriremos algún día una oscuridad escondida en su carácter. Dios será eternamente digno de confianza.
«Justo es Jehová en todos sus caminos, y misericordioso en todas sus obras» (Salmo 145:17).
El filósofo Søren Kierkegaard observó en el siglo XIX la enorme distancia existente entre hablar acerca de una verdad y vivir personalmente delante de ella. Esa distinción resulta especialmente útil aquí. Podemos definir correctamente la santidad de Dios y, sin embargo, vivir durante semanas como si Dios fuera solamente una idea.
La Escritura nos llama a algo mucho más profundo. Nos llama a vivir coram Deo, delante del rostro de Dios, como expresaron muchos creyentes a lo largo de la historia. Cada conversación, pensamiento, decisión, deseo secreto y acto de servicio ocurre delante de aquel cuyos ojos son perfectamente puros.
Pero el creyente no permanece delante de ese Dios santo abandonado a sus propios méritos. Permanece unido a Cristo.
«Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús» (Romanos 8:1).
Por eso, contemplar la santidad de Dios debería llevarnos a tres lugares inseparables: humildad ante nuestra condición, gratitud por la obra de Cristo y un deseo creciente de vivir para la gloria de Dios.
Volvamos finalmente a aquella sala del trono contemplada por Isaías. Los serafines continúan cubriendo sus rostros. Dios continúa siendo santo. El pecado continúa siendo serio. Pero ahora conocemos algo que Isaías solamente podía contemplar desde lejos: el Santo vino a nosotros en Jesucristo. El Hijo vivió la vida justa que nosotros no vivimos, murió por pecadores y resucitó victorioso.
Por eso la santidad de Dios no es una verdad destinada simplemente a llenar nuestra mente. Debe llevarnos a doblar nuestras rodillas, abandonar el pecado, descansar en Cristo y levantar la mirada hacia aquel día en que veremos al Señor sin la presencia del pecado.
«Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor» (Hebreos 12:14).
El Dios de Isaías sigue sentado en su trono. Sigue siendo infinitamente puro, perfectamente justo e incomparablemente glorioso. Y por medio de Cristo, ese mismo Dios está formando un pueblo que un día estará delante de Él limpio, restaurado y lleno de gozo. Conocer su santidad cambia nuestra visión de Dios, nuestra visión del pecado, nuestra comprensión de la cruz y, finalmente, nuestra manera de vivir.