La soberania de Dios
"Nuestro Dios esta en los cielos; todo lo que quiso ha hecho"
Salmos 115:3
Hay momentos en los que la vida parece una habitación llena de piezas esparcidas sobre el suelo. Una puerta se cierra sin explicación. Una oración parece no recibir respuesta. Una enfermedad altera los planes. Una injusticia prospera. Una decisión humana cambia el rumbo de una familia. Miramos cada pieza por separado y preguntamos: ¿Dónde está Dios mientras todo esto sucede?
La Biblia responde con una afirmación extraordinaria: Dios sigue sentado en su trono.
No significa que el dolor sea imaginario, que nuestras decisiones carezcan de importancia o que debamos llamar bueno a lo malo. Significa algo mucho más profundo: ninguna criatura, acontecimiento, nación, fuerza natural ni decisión humana puede expulsar a Dios del gobierno de su creación. Nada toma al Señor por sorpresa. Nada obliga a Dios a improvisar. Nada puede frustrar finalmente aquello que Él ha determinado realizar.
Esta verdad recibe el nombre de soberanía de Dios.
Dios gobierna absolutamente todo
Cuando Nabucodonosor contemplaba Babilonia desde la altura de su palacio, parecía encontrarse en la cima del poder humano. Gobernaba un enorme imperio. Sus ejércitos habían conquistado pueblos y ciudades. Sin embargo, Dios humilló al rey hasta que comprendió quién era realmente el soberano.
Después de aquella experiencia, Nabucodonosor confesó:
«Todos los habitantes de la tierra son considerados como nada; y él hace según su voluntad en el ejército del cielo, y en los habitantes de la tierra, y no hay quien detenga su mano, y le diga: ¿Qué haces?» (Daniel 4:35).
La afirmación es inmensa. Dios gobierna el cielo y la tierra.
Su autoridad no comienza donde termina nuestra capacidad. Él no gobierna únicamente los acontecimientos religiosos. Las Escrituras presentan su dominio sobre reyes, imperios, naturaleza, historia, vida, muerte y aun acontecimientos que parecen pequeños.
Jesús enseñó que ni siquiera un gorrión cae a tierra fuera del cuidado del Padre, y añadió que aun nuestros cabellos están contados (Mateo 10:29-30). El propósito de estas palabras no es alimentar curiosidad acerca de pequeños detalles, sino mostrarnos hasta dónde alcanza el gobierno paternal de Dios.
Juan Calvino describía el mundo no como una maquinaria abandonada después de haber sido creada, sino como una creación continuamente sostenida y gobernada por Dios. Siglos después, Abraham Kuyper expresó la misma convicción diciendo, en esencia, que no existe una sola parte de la vida sobre la cual Cristo no reclame autoridad.
El universo no funciona independientemente de su Creador.
«Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas» (Romanos 11:36).
Su soberanía no elimina nuestras decisiones
Aquí aparece una de las preguntas más difíciles: si Dios gobierna todas las cosas, ¿somos realmente responsables de nuestras decisiones?
La Biblia responde que sí.
Las Escrituras nunca solucionan el problema debilitando una verdad para proteger la otra. Dios gobierna soberanamente y el ser humano actúa voluntariamente y responde moralmente por aquello que hace.
José proporciona uno de los ejemplos más claros.
Sus hermanos lo odiaron. Decidieron deshacerse de él y finalmente lo vendieron. Años después, cuando José volvió a encontrarlos, no fingió que aquello había sido bueno. Tampoco presentó a Dios como un espectador que simplemente consiguió reparar posteriormente una tragedia inesperada.
José dijo:
«Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien» (Génesis 50:20).
Observemos cuidadosamente las dos acciones. Los hermanos tuvieron una intención malvada. Dios tenía un propósito bueno. El mismo acontecimiento estaba dentro de la providencia divina sin convertir a Dios en autor del pecado.
Francis Turretin insistió cuidadosamente en esta distinción: el gobierno de Dios sobre las acciones humanas no significa que la maldad moral proceda del carácter santo de Dios. El pecado pertenece a la criatura que lo desea y ejecuta.
Jonathan Edwards profundizó en la relación entre voluntad, deseo y responsabilidad humana. Su argumento central ayuda a comprender que una persona puede actuar conforme a lo que verdaderamente quiere y continuar siendo responsable, mientras Dios permanece soberano sobre la historia.
Esto evita dos errores.
El primero consiste en convertir al ser humano en una marioneta sin responsabilidad. El segundo consiste en presentar a Dios como un espectador que observa nuestras decisiones esperando descubrir qué sucederá.
La Biblia no enseña ninguna de esas cosas.
La cruz muestra ambas verdades
En ningún lugar resulta esto más impresionante que en la muerte de Cristo.
Herodes tomó decisiones. Pilato tomó decisiones. Las autoridades religiosas tomaron decisiones. Los soldados actuaron voluntariamente. Cada persona involucrada fue responsable de sus actos.
Sin embargo, la iglesia oró diciendo:
«Porque verdaderamente se unieron en esta ciudad contra tu santo Hijo Jesús [...] Herodes y Poncio Pilato, con los gentiles y el pueblo de Israel, para hacer cuanto tu mano y tu consejo habían antes determinado que sucediera» (Hechos 4:27-28).
La muerte de Cristo no sorprendió al Padre.
El acontecimiento más injusto cometido por seres humanos se encontraba, al mismo tiempo, dentro del propósito redentor de Dios.
Aquí encontramos una respuesta poderosa al problema del mal. Dios puede gobernar sobre acciones malvadas sin aprobar su maldad y puede dirigir la historia hacia propósitos santos sin destruir la responsabilidad de quienes actúan.
Agustín expresó esta idea muchos siglos atrás al enseñar que Dios, siendo supremamente bueno, no permitiría el mal si no fuera suficientemente poderoso y bueno para sacar bien aun de aquello que las criaturas hacen perversamente.
Esto no convierte el mal en bien. Significa que el mal jamás conseguirá convertirse en soberano.
Cuando la soberanía atraviesa el sufrimiento
Hablar del gobierno de Dios desde un escritorio es relativamente sencillo. Confesarlo junto a una cama de hospital, después de una pérdida o cuando nuestros planes se derrumban es diferente.
Job conoció esa diferencia.
En poco tiempo vio desaparecer gran parte de aquello que había formado su vida. Job lloró. Preguntó. Lamentó profundamente lo ocurrido. La Biblia no presenta su sufrimiento como algo superficial.
Sin embargo, detrás de aquello que Job podía observar existía una realidad que él desconocía.
Dios seguía gobernando.
Job no recibió inmediatamente una explicación detallada de cada acontecimiento. Finalmente recibió algo mayor: una visión más profunda de quién es Dios.
«Yo conozco que todo lo puedes, y que no hay pensamiento que se esconda de ti» (Job 42:2).
La soberanía de Dios no significa que comprenderemos inmediatamente por qué sucede cada cosa.
Significa que nuestra falta de explicación nunca equivale a ausencia de gobierno.
El puritano Thomas Watson escribió que la providencia puede parecer extraña mientras contemplamos acontecimientos aislados, pero Dios sabe cómo ordenar cada parte hacia su propósito. Es parecido al reverso de un tejido: desde abajo observamos hilos cruzados, nudos y colores aparentemente desordenados; el artesano, en cambio, conoce el diseño completo.
Nosotros vivimos muchas veces mirando el reverso.
Dios contempla la obra terminada.
La providencia de Dios
La soberanía responde a quién posee la autoridad suprema. La providencia nos muestra cómo ese Dios sostiene y dirige continuamente su creación.
El Señor no creó el universo para después retirarse.
«Él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten» (Colosenses 1:17).
R. C. Sproul insistía frecuentemente en una conclusión sencilla pero profunda: si existiera una sola partícula completamente independiente del gobierno de Dios, no podríamos hablar coherentemente de un Dios absolutamente soberano.
La Escritura lleva esta verdad hasta nuestra vida cotidiana.
«El corazón del hombre piensa su camino; mas Jehová endereza sus pasos» (Proverbios 16:9).
Planeamos porque somos criaturas responsables. Estudiamos, trabajamos, buscamos consejo, tomamos decisiones y consideramos consecuencias. La confianza en la providencia nunca debe convertirse en una excusa para la irresponsabilidad.
Pero después de planificar decimos humildemente:
«Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello» (Santiago 4:15).
No sabemos qué traerá mañana. Dios sí.
La voluntad de Dios siempre cumple su propósito
Isaías presenta una escena extraordinaria. Dios declara el final desde el principio y afirma:
«Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero» (Isaías 46:10).
Dios nunca comienza un propósito preguntándose si tendrá suficiente poder para terminarlo.
Nosotros conocemos proyectos frustrados. Planeamos y aparece una enfermedad. Ahorramos y surge una emergencia. Organizamos nuestro futuro y una llamada telefónica cambia nuestros planes.
Dios nunca experimenta esa clase de incertidumbre.
Esto no significa que todo lo que sucede agrada moralmente a Dios. Las Escrituras muestran cosas que Dios manda y ama, y también acontecimientos que ocurren bajo su gobierno aunque sean contrarios a sus mandamientos. Dios prohíbe el asesinato, por ejemplo, mientras Hechos 2:23 afirma que la muerte de Cristo ocurrió conforme al determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios.
Herman Bavinck sostuvo que la providencia no destruye la naturaleza de las criaturas, sino que Dios gobierna el mundo mediante causas, decisiones y acontecimientos reales. Esto protege una verdad esencial: la soberanía divina no vuelve falsa nuestra experiencia humana; la sostiene.
La soberanía produce descanso sin producir pasividad
Algunas personas reaccionan diciendo: si Dios gobierna todo, entonces ¿para qué orar, trabajar o tomar decisiones?
Precisamente porque Dios gobierna.
Dios no solamente determina propósitos; también utiliza medios para realizarlos.
Cuando Pablo viajaba hacia Roma, una tormenta amenazó el barco. Dios le aseguró que las personas sobrevivirían. Sin embargo, cuando algunos marineros intentaron abandonar la embarcación, Pablo advirtió:
«Si éstos no permanecen en la nave, vosotros no podéis salvaros» (Hechos 27:31).
La promesa divina no hizo innecesarios los medios humanos.
Por eso oramos y actuamos. Pedimos pan y trabajamos. Pedimos sabiduría y estudiamos. Pedimos protección y actuamos prudentemente. Predicamos el evangelio confiando en que Dios salva.
Charles Spurgeon defendía con enorme fuerza esta confianza. Para él, la soberanía divina no debilitaba la evangelización; precisamente proporcionaba esperanza al predicador, porque la salvación finalmente descansa en el poder y la gracia de Dios, no en nuestra capacidad para cambiar corazones.
Cuando no entiendas lo que Dios está haciendo
Aquí esta enseñanza toca nuestra vida de manera personal.
Tal vez puedes mirar hacia atrás y encontrar acontecimientos que todavía no comprendes. Algunas oraciones tuvieron respuestas distintas de las esperadas. Algunos caminos terminaron donde jamás habías pensado.
No debemos inventar explicaciones que Dios no nos ha revelado.
Decir «Dios es soberano» no significa afirmar que conocemos la razón particular de cada tragedia. Deuteronomio 29:29 nos recuerda que existen cosas secretas que pertenecen al Señor.
Nuestra esperanza descansa en algo más firme que nuestra capacidad de interpretar cada acontecimiento.
Descansa en el carácter de Dios.
El Dios soberano es también santo, sabio, justo, bueno y misericordioso.
J. I. Packer señalaba que conocer la providencia transforma la manera en que el creyente contempla las circunstancias porque detrás de ellas no existe un destino impersonal, sino el gobierno del Dios que se ha revelado.
Por eso Romanos 8:28 no promete que todas las cosas sean buenas. Promete que Dios obra en todas las cosas para bien de quienes le aman y han sido llamados conforme a su propósito.
«Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien» (Romanos 8:28).
El filósofo cristiano Alvin Plantinga ha mostrado, desde otro campo de reflexión, que nuestra incapacidad para descubrir una razón suficiente detrás de cierto sufrimiento no demuestra que tal razón no exista. Nuestra visión es limitada. No vemos todas las relaciones, consecuencias y propósitos que atraviesan la historia.
La Biblia va todavía más lejos: no solamente dice que nuestra perspectiva es limitada; nos muestra quién sostiene aquello que nosotros no podemos comprender.
La soberanía tiene el rostro de Cristo
La soberanía de Dios podría producir únicamente temor si no supiéramos cómo es el Dios soberano.
Pero hemos visto su carácter en Jesucristo.
El Rey que gobierna todas las cosas es también aquel que entró en nuestra historia, tomó naturaleza humana, caminó entre pecadores, tuvo compasión de los afligidos y entregó su vida por su pueblo.
La cruz demuestra que el gobierno de Dios y su amor no son enemigos.
Y la resurrección demuestra que el pecado, Satanás y la muerte no tendrán la última palabra.
Cristo resucitado declaró:
«Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra» (Mateo 28:18).
Por eso la soberanía de Dios no es solamente una doctrina para discutir. Es una verdad sobre la cual descansar.
Cuando el futuro parece incierto, Dios reina.
Cuando nuestros planes cambian, Dios reina.
Cuando las naciones se agitan, Dios reina.
Cuando no comprendemos el sufrimiento, Dios reina.
Cuando nuestras fuerzas llegan a su límite, Dios continúa reinando.
Y llegará el día en que muchas piezas que hoy parecen dispersas encontrarán su lugar dentro de una historia mucho mayor de la que ahora alcanzamos a contemplar.
Hasta entonces, nuestra tarea no consiste en conocer todos los secretos de la providencia, sino en confiar en el Dios que la dirige, obedecer aquello que claramente nos ha revelado, actuar responsablemente y descansar en Cristo.
La soberanía de Dios no significa que nuestra vida carezca de lágrimas. Significa que ninguna lágrima cae fuera del gobierno del Padre. No significa que conoceremos cada respuesta. Significa que incluso donde nuestras respuestas terminan, el carácter de Dios permanece.
El creyente puede mirar un futuro que todavía no conoce y decir con confianza:
«Jehová estableció en los cielos su trono, y su reino domina sobre todos» (Salmo 103:19).
Ese trono nunca ha quedado vacío.
Nunca ha estado amenazado.
Nunca cambiará de dueño.
El Dios que gobernó ayer gobierna hoy, gobernará mañana y continuará siendo Rey cuando toda la historia haya alcanzado el propósito para el cual Él la está conduciendo.