La fidelidad de Dios
«Por la misericordia de Jehová no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad.»
Lamentaciones 3:22-23
Hay mañanas en las que nada parece haber cambiado. El problema sigue allí. La puerta continúa cerrada. La oración todavía no tiene la respuesta que esperábamos. El dolor no ha desaparecido y el futuro permanece cubierto por una niebla que no nos permite ver más allá del día presente.
Sin embargo, mientras nosotros dormíamos, el sol volvió a levantarse. Nuestro corazón siguió latiendo. Dios sostuvo el universo durante otra noche. Ninguna de sus promesas envejeció. Ninguna palabra suya perdió autoridad. Dios no despertó siendo diferente de quien era ayer.
Allí comienza nuestra comprensión de su fidelidad.
La fidelidad de Dios significa que Él siempre es verdadero, constante y digno de confianza. Dios nunca dejará de ser quien es. No promete algo para después arrepentirse por falta de poder. No cambia sus principios según las circunstancias. No olvida lo que ha dicho ni abandona aquello que se ha propuesto realizar.
Nosotros conocemos la decepción porque vivimos entre seres humanos cambiantes. Alguien puede prometer permanecer y marcharse. Puede asegurar que ayudará y después olvidar su palabra. Incluso nosotros hemos hecho promesas sinceras que posteriormente no pudimos cumplir. Pero cuando trasladamos esa experiencia a Dios cometemos un grave error. Dios no es una versión más grande del ser humano.
«Dios no es hombre, para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta. Él dijo, ¿y no hará? Habló, ¿y no lo ejecutará?» — Números 23:19
La fidelidad pertenece al carácter de Dios
Dios no simplemente hace cosas fieles. Dios es fiel.
Esta diferencia es fundamental. Nuestra fidelidad puede aumentar o disminuir. Podemos comenzar bien y terminar mal. Podemos ser constantes durante años y fracasar después. En Dios no existe semejante posibilidad. Su fidelidad no es una conducta ocasional, sino una expresión necesaria de quien Él es.
Pablo escribe una afirmación extraordinaria:
«Si fuéremos infieles, él permanece fiel; él no puede negarse a sí mismo.» — 2 Timoteo 2:13
La última frase explica todo: «no puede negarse a sí mismo».
Dios permanece fiel porque dejar de serlo significaría dejar de actuar conforme a su propio carácter. Su fidelidad está unida a su verdad, su santidad, su sabiduría, su poder y su inmutabilidad. Él nunca tendrá que romper una promesa porque descubrió algo que desconocía cuando la hizo. Nunca tendrá que abandonar sus propósitos porque apareció una fuerza superior a Él. Nunca tendrá que modificar su carácter porque encontró una manera mejor de ser Dios.
Stephen Charnock, uno de los grandes pensadores cristianos del siglo XVII, explicó que la inmutabilidad de Dios sostiene nuestra confianza en sus promesas. Si Dios pudiera cambiar en su naturaleza, entonces nuestra seguridad finalmente dependería de cómo fuera Dios mañana. Pero precisamente porque Él permanece siendo el mismo, su pueblo puede descansar en lo que ha dicho.
La Escritura lo expresa de manera sencilla:
«Porque yo Jehová no cambio; por esto, hijos de Jacob, no habéis sido consumidos.» — Malaquías 3:6
Observe la relación. La esperanza del pueblo no descansaba principalmente en la estabilidad del pueblo, sino en la estabilidad de Dios.
Nuestra percepción cambia, Dios no
Uno de nuestros mayores problemas es que solemos interpretar a Dios desde nuestras circunstancias.
Cuando las cosas marchan bien decimos que Dios está cerca. Cuando algo se derrumba comenzamos a preguntarnos dónde está. Cuando una oración recibe rápidamente la respuesta deseada pensamos que Dios nos escuchó. Cuando pasan meses o años sin recibir aquello que pedimos podemos sentir que guarda silencio.
Pero nuestras circunstancias no son un instrumento suficientemente preciso para medir la fidelidad divina.
El filósofo Agustín de Hipona comprendió que el corazón humano es inestable cuando intenta encontrar su descanso definitivo en las cosas creadas. Todo cuanto nos rodea cambia. Nuestro cuerpo cambia. Las relaciones cambian. Las ciudades cambian. Los gobiernos cambian. Las emociones cambian. Incluso nuestra manera de comprender nuestra propia vida cambia con los años.
En medio de ese movimiento permanente, Dios permanece.
Por eso la fe no consiste en cerrar los ojos ante la realidad y repetir que todo saldrá como nosotros queremos. Eso sería optimismo, no confianza bíblica. La fe mira la realidad completa, incluso cuando es dolorosa, y afirma que ninguna circunstancia puede convertir a Dios en alguien diferente de quien Él ha revelado ser.
Esto puede verse claramente en Lamentaciones.
Una declaración pronunciada entre ruinas
Las palabras «grande es tu fidelidad» adquieren una profundidad especial cuando observamos dónde aparecen.
Lamentaciones no fue escrito desde una habitación tranquila mientras todo marchaba bien. El libro nace en medio de la devastación de Jerusalén después del juicio que cayó sobre Judá. La ciudad había sufrido una destrucción terrible. El templo había sido arrasado y el pueblo experimentaba las consecuencias de años de rebelión contra Dios.
El capítulo 3 está lleno de dolor. Sin embargo, en medio del lamento ocurre un giro:
«Esto recapacitaré en mi corazón, por lo tanto esperaré.» — Lamentaciones 3:21
El escritor no niega lo que está viendo. Hace algo diferente: recuerda algo que sus ojos no pueden mostrarle.
Recuerda quién es Dios.
Entonces declara:
«Por la misericordia de Jehová no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad.» — Lamentaciones 3:22-23
Eso cambia completamente la escena.
La fidelidad de Dios no significa que Jerusalén nunca enfrentaría disciplina. Dios había advertido repetidamente al pueblo acerca de las consecuencias de su rebelión. Precisamente el juicio demostraba que Dios también era fiel a sus advertencias. Pero aun dentro del juicio, Dios no había abandonado su propósito redentor.
Las ruinas no significaban que las promesas de Dios hubieran muerto.
Este principio sigue siendo necesario hoy. A veces pensamos que Dios solamente es fiel cuando evita que algo doloroso suceda. La Biblia presenta una realidad más profunda. Dios puede mostrar su fidelidad preservándonos de una dificultad, sosteniéndonos dentro de ella, corrigiéndonos mediante ella o utilizando aquello que nosotros jamás habríamos elegido para cumplir propósitos que todavía no comprendemos.
La historia de Abraham muestra una promesa que parecía imposible
Dios llamó a Abraham y prometió hacer de él una gran nación. Más adelante declaró que tendría un hijo por medio de Sara.
Pero apareció una contradicción visible.
Los años avanzaban.
Abraham envejecía.
Sara envejecía.
Humanamente, la posibilidad de tener aquel hijo parecía desaparecer.
La promesa permanecía mientras las circunstancias parecían moverse exactamente en dirección contraria.
Aquí encontramos algo importante. Dios permitió que Abraham llegara al punto donde el cumplimiento no pudiera atribuirse simplemente a la capacidad humana. Finalmente nació Isaac.
Hebreos recuerda aquella historia diciendo:
«Por la fe también la misma Sara, siendo estéril, recibió fuerza para concebir; y dio a luz aun fuera del tiempo de la edad, porque creyó que era fiel quien lo había prometido.» — Hebreos 11:11
Observe dónde descansaba la confianza: no en la probabilidad de las circunstancias, sino en el carácter de quien había hablado.
Juan Calvino insistía frecuentemente en que la fe se sostiene en la Palabra de Dios. Esto es crucial porque, si nuestra confianza depende únicamente de aquello que podemos observar, nuestra paz subirá y bajará junto con las circunstancias.
Dios había hablado. Por tanto, la aparente imposibilidad humana no podía cancelar su promesa.
Dios es fiel incluso cuando esperamos
Esperar puede ser una de las experiencias más difíciles de la vida cristiana.
Queremos respuestas claras. Queremos saber por qué ocurrió algo, cuánto durará determinada situación y qué hará Dios después. Sin embargo, la Biblia está llena de personas que tuvieron que caminar durante largos periodos sin conocer esas respuestas.
José recibió sueños cuando era joven, pero antes de contemplar su cumplimiento atravesó años que parecían conducirlo en dirección opuesta. David fue ungido como futuro rey, pero después tuvo que vivir perseguido. Abraham recibió una promesa y esperó durante años. Israel esperó generaciones por el Mesías.
La espera bíblica nunca significa que Dios ha perdido el control del calendario.
El filósofo danés Søren Kierkegaard reflexionó profundamente sobre la relación entre fe, incertidumbre y existencia humana. Aunque no debemos aceptar sin examen cada conclusión de un filósofo, hay una observación útil en este punto: el ser humano desea seguridad visible antes de confiar. La Escritura dirige nuestra mirada todavía más lejos. Nuestra seguridad final no proviene de conocer anticipadamente cada detalle del camino, sino de conocer al Dios que gobierna el camino.
El puritano Thomas Watson enseñaba que la providencia divina puede parecernos extraña cuando observamos acontecimientos aislados. Nosotros vemos piezas separadas; Dios conoce la obra completa.
Piense en un tapiz visto desde atrás. Hay hilos cruzados, nudos y colores que parecen colocados sin sentido. Desde ese lado cuesta reconocer una figura. Pero cuando se observa el frente aparece el diseño que aquellos hilos estaban formando.
Nuestra comparación tiene límites, pero ayuda a comprender algo: nosotros vivimos dentro de la historia mientras Dios contempla y gobierna su totalidad.
«Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová.» — Isaías 55:8
Por eso no debemos confundir «no comprendo lo que Dios está haciendo» con «Dios no sabe lo que está haciendo».
Son afirmaciones completamente diferentes.
La fidelidad de Dios no significa ausencia de sufrimiento
Este punto necesita decirse con claridad.
Sería cruel enseñar que, si confiamos suficientemente en Dios, nuestra vida estará protegida de enfermedades, pérdidas, decepciones, persecuciones o lágrimas. La Biblia nunca hace semejante promesa.
Los apóstoles sufrieron. Los profetas sufrieron. Job sufrió. David conoció temporadas de profundo dolor. Pablo conoció prisiones, oposición y debilidad. Sobre todo, Jesucristo caminó hacia la cruz.
La fidelidad de Dios no consiste en garantizar una existencia sin sufrimiento. Consiste en que ninguna experiencia sufrida por su pueblo podrá frustrar finalmente el propósito bueno de Dios.
R. C. Sproul enfatizó durante su ministerio que nada ocurre fuera del gobierno de Dios. Si existiera una sola partícula completamente independiente de su dominio, nuestra confianza final estaría amenazada, porque esa pequeña realidad podría iniciar una cadena de acontecimientos fuera de su control.
Pero la Escritura presenta a Dios gobernando verdaderamente sobre su creación.
«Nuestro Dios está en los cielos; todo lo que quiso ha hecho.» — Salmo 115:3
Eso no convierte cada acontecimiento en algo bueno por naturaleza. El pecado continúa siendo pecado. La injusticia continúa siendo injusticia. El dolor realmente duele. Sin embargo, ninguna de estas cosas tiene autoridad suficiente para destronar a Dios o cancelar aquello que Él ha determinado realizar.
Y aquí llegamos al lugar donde la fidelidad divina alcanza su demostración más gloriosa.
No debemos mirar solamente hacia Abraham, José, David o Jerusalén.
Debemos mirar hacia Cristo.
Cristo es la demostración suprema de la fidelidad de Dios
Durante siglos, Dios hizo promesas.
Prometió que la descendencia de la mujer vencería a la serpiente. Prometió bendición por medio de Abraham. Prometió un Rey procedente de David. Por medio de los profetas anunció un Siervo que cargaría con el pecado, un Rey justo y un nuevo pacto en el cual perdonaría la maldad de su pueblo.
Pasaron generaciones. Nacieron y murieron reyes. Los imperios aparecieron y desaparecieron. Israel conoció esclavitud, libertad, reino, división, invasión y exilio. Durante algunos periodos, las promesas podían parecer enterradas debajo de los escombros de la historia.
Pero Dios no había olvidado una sola palabra.
Cuando llegó el momento determinado, nació Jesucristo.
«Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley.» — Gálatas 4:4
Cristo no apareció como una solución improvisada después del fracaso humano. Su venida formaba parte del propósito de Dios anunciado desde mucho antes. En Él convergen las promesas que atravesaron las páginas del Antiguo Testamento.
Pablo lo expresa de manera extraordinaria:
«Porque todas las promesas de Dios son en él Sí, y en él Amén.» — 2 Corintios 1:20
Por eso, cuando alguien pregunta si Dios realmente cumple su palabra, la respuesta cristiana no es simplemente una explicación. Podemos señalar una persona: Jesucristo.
La fidelidad divina tomó forma visible en la historia.
La cruz demuestra que Dios no abandona su propósito
La cruz podría parecer, vista superficialmente, el lugar donde todo salió mal.
El Mesías prometido fue rechazado. Judas lo traicionó. Sus discípulos huyeron. Las autoridades lo condenaron. Cristo fue crucificado entre criminales y colocado posteriormente en una tumba.
Si alguien hubiera observado únicamente aquella escena sin conocer el propósito de Dios, habría podido concluir que las promesas habían terminado.
Sin embargo, estaba ocurriendo exactamente lo contrario.
La cruz no representaba el fracaso del plan de Dios, sino su cumplimiento.
Pedro declaró acerca de Cristo:
«A éste, entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios, prendisteis y matasteis por manos de inicuos, crucificándole.» — Hechos 2:23
Observe la profundidad de esta afirmación. Los hombres actuaron responsablemente y cometieron verdadera maldad. Sin embargo, sus acciones no tomaron a Dios por sorpresa ni destruyeron su propósito. Incluso mediante las decisiones pecaminosas de los hombres, el plan redentor de Dios avanzaba hacia su cumplimiento.
Herman Bavinck destacó que la gracia de Dios no destruye su obra, sino que conduce su propósito hacia la restauración. En Cristo contemplamos precisamente esto: Dios no abandonó al mundo caído a su rebelión, sino que llevó adelante el plan de redención que había determinado.
Después vino la mañana de la resurrección.
La piedra removida y la tumba vacía anunciaron que el pecado, la muerte y las fuerzas humanas no habían conseguido detener aquello que Dios había prometido.
La resurrección de Cristo es también una declaración acerca de la fidelidad divina.
Dios cumple.
Su fidelidad permanece cuando nosotros fallamos
Aquí la enseñanza se vuelve profundamente personal.
Todo creyente que se examina con sinceridad descubre una realidad dolorosa: nuestra fidelidad hacia Dios está llena de imperfecciones.
Hay días de obediencia y días de debilidad. Hay oraciones hechas con confianza y otras pronunciadas con una mente distraída. Existen decisiones de las que podemos dar gracias y otras que desearíamos borrar de nuestra historia.
Esto no debe llevarnos a tratar el pecado con ligereza. La gracia nunca convierte la desobediencia en algo pequeño. Pero tampoco debemos cometer el error contrario y pensar que nuestra salvación descansa finalmente sobre nuestra capacidad para sostenernos a nosotros mismos.
Pedro constituye un ejemplo conmovedor.
Horas antes de la crucifixión aseguró que permanecería junto a Jesús incluso si los demás lo abandonaban. Poco después negó conocerlo.
Pedro descubrió que su confianza en su propia fuerza era mucho mayor que su verdadera capacidad.
Pero Cristo ya conocía aquella caída.
Antes de que ocurriera le dijo:
«Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos.» — Lucas 22:31-32
Jesús no aprobó la negación de Pedro. Tampoco permitió que su fracaso tuviera la última palabra.
Después de la resurrección, Cristo restauró a Pedro y posteriormente lo utilizó para fortalecer a otros creyentes.
John Owen escribió extensamente acerca de la obra de Cristo a favor de su pueblo. Una de las grandes seguridades que encontramos en las Escrituras es que nuestra esperanza no descansa únicamente en que nosotros nos aferremos perfectamente a Cristo, sino en que Cristo preserva a quienes verdaderamente le pertenecen.
Jesús mismo declaró:
«Y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano.» — Juan 10:28
La mano que sostiene al creyente es más fuerte que el creyente sostenido.
Dios es fiel a sus promesas, no a nuestras imaginaciones
Esta distinción puede evitarnos mucha confusión.
A veces atribuimos a Dios promesas que Él nunca hizo.
Podemos pensar: «Si obedezco a Dios, este proyecto necesariamente funcionará». O: «Si oro suficientemente, esta persona seguramente cambiará». O incluso: «Si Dios me ama, no permitirá que pierda aquello que considero indispensable».
Después, cuando las cosas no suceden de esa manera, podemos sentir que Dios nos falló.
Pero debemos preguntarnos con honestidad: ¿Dios realmente prometió eso?
La fidelidad de Dios significa que Él cumplirá todo cuanto ha prometido, no todo cuanto nosotros esperábamos que hiciera.
Esta diferencia es enorme.
El filósofo Blaise Pascal comprendió con agudeza cuán fácilmente el corazón humano pierde su centro buscando satisfacción definitiva en realidades creadas. Nosotros podemos convertir nuestros deseos en necesidades absolutas y posteriormente esperar que Dios confirme aquello que nuestro corazón decidió.
La fe madura aprende algo diferente.
No obliga a Dios a firmar nuestros planes. Aprende a colocar nuestros planes debajo de su sabiduría.
Podemos pedir. Podemos llorar. Podemos presentar nuestros deseos con toda sinceridad. Pero finalmente aprendemos de Cristo a decir:
«No se haga mi voluntad, sino la tuya.» — Lucas 22:42
Eso no es resignación vacía. Es confianza en que la voluntad de nuestro Padre es más sabia que nuestra visión limitada.
La fidelidad de Dios sostiene nuestras oraciones
Cuando oramos no estamos enviando palabras hacia un cielo vacío.
Nos acercamos al Dios que ha establecido una relación con su pueblo y que ha abierto el camino hacia Él mediante Cristo.
Por eso podemos orar incluso cuando nuestras emociones están debilitadas.
La eficacia de la oración no depende de sentir intensamente la presencia de Dios. Tampoco necesitamos fabricar determinadas emociones para ser escuchados. Nos acercamos confiando en el carácter de aquel que nos recibe.
«Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió.» — Hebreos 10:23
Observe nuevamente dónde descansa la seguridad.
No dice: «mantengamos nuestra esperanza porque nosotros siempre somos fuertes».
Dice: «porque fiel es el que prometió».
Charles Spurgeon recordó muchas veces a su congregación que las promesas de Dios deben llevarnos hacia la oración. La promesa no vuelve innecesaria la oración; le proporciona fundamento. Cuando oramos conforme a la voluntad revelada de Dios, podemos acercarnos recordando lo que Él mismo ha dicho.
Una Biblia abierta y unas rodillas dobladas forman una escuela extraordinaria para aprender la fidelidad divina.
Recordar protege el corazón
El olvido espiritual es peligroso.
Cuando aparece una nueva dificultad podemos comportarnos como si nunca hubiéramos visto anteriormente la provisión de Dios.
Israel experimentó repetidamente este problema. Habían visto el poder de Dios en Egipto, habían atravesado el mar y habían recibido provisión en el desierto. Sin embargo, frente a una nueva dificultad volvían a preguntar si Dios podría sostenerlos.
Nosotros podemos hacer algo parecido.
Por eso la Escritura llama repetidamente al pueblo de Dios a recordar.
Recordar no significa vivir atrapados en el pasado. Significa utilizar la fidelidad demostrada por Dios como alimento para la confianza presente.
El puritano John Flavel escribió sobre la providencia y animó a los creyentes a observar cuidadosamente la manera en que Dios conduce sus vidas. Mirar hacia atrás puede ayudarnos a reconocer conexiones que no comprendíamos mientras atravesábamos determinados acontecimientos.
Quizá una puerta cerrada nos llevó hacia otra dirección. Una espera desarrolló paciencia. Una pérdida reveló dónde habíamos colocado nuestra seguridad. Una persona apareció en el momento necesario. Una palabra bíblica que habíamos leído muchas veces adquirió una profundidad que antes desconocíamos.
No debemos interpretar cada detalle con especulaciones. Muchas veces simplemente tendremos que admitir: «No sé por qué Dios permitió esto».
Pero podemos recordar aquello que sí sabemos.
Dios ha hablado.
Cristo murió.
Cristo resucitó.
El Espíritu Santo permanece con su pueblo.
Las promesas de Dios continúan firmes.
La historia todavía está bajo su gobierno.
Su fidelidad alcanza nuestro futuro
La fidelidad de Dios no solamente explica nuestro pasado y sostiene nuestro presente. También garantiza nuestro futuro.
Pablo escribe:
«Fiel es el que os llama, el cual también lo hará.» — 1 Tesalonicenses 5:24
Estas palabras son especialmente importantes porque nuestra esperanza final no consiste simplemente en mejorar nuestras circunstancias actuales.
Dios está llevando la historia hacia un final determinado.
Cristo volverá.
El mal no permanecerá para siempre. La injusticia no tendrá la última palabra. El pecado no continuará destruyendo eternamente. Dios completará la redención de su pueblo y renovará su creación.
Jonathan Edwards contemplaba la historia como el desarrollo del gran propósito redentor de Dios que alcanza su centro en Cristo y avanza hacia su consumación. Desde nuestra pequeña posición podemos observar únicamente unas décadas; Dios está llevando adelante una historia que atraviesa generaciones y culminará exactamente donde Él ha determinado.
Por eso Pablo pudo escribir:
«Estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo.» — Filipenses 1:6
La vida cristiana comienza por gracia, continúa por gracia y llegará a su destino por gracia.
Vivir delante del Dios fiel
Conocer la fidelidad de Dios debería transformar nuestra manera de vivir.
Cuando el futuro produzca temor, recordemos que Dios ya está allí. Cuando nuestras circunstancias cambien, recordemos que su carácter no cambia. Cuando nuestras emociones nos digan que estamos abandonados, examinemos esas emociones a la luz de su Palabra. Cuando pequemos, no escondamos nuestra culpa; corramos hacia Cristo con arrepentimiento.
Cuando recibamos bendiciones, demos gracias. Cuando atravesemos temporadas difíciles, aprendamos a esperar. Cuando no comprendamos el camino, no inventemos respuestas acerca de Dios. Regresemos a aquello que Él ha revelado claramente acerca de sí mismo.
También debemos aprender a ser fieles porque pertenecemos al Dios fiel.
Su fidelidad no debe producir pasividad. Debe producir obediencia.
Si Dios cumple su palabra, nosotros debemos aprender a cumplir la nuestra. Si Él permanece verdadero, debemos rechazar la mentira. Si Él no abandona a su pueblo, debemos aprender a permanecer junto a nuestros hermanos. Si podemos confiar en Él, nuestra vida debería convertirse, poco a poco, en una vida digna de confianza.
Sin embargo, nunca debemos invertir el orden.
No somos fieles para conseguir que Dios sea fiel con nosotros.
Buscamos vivir fielmente porque Él fue fiel primero.
Grande es tu fidelidad
Volvamos finalmente a Jerusalén.
Hay ruinas alrededor. El presente duele. El futuro todavía no puede verse con claridad. Humanamente existen muchas razones para lamentarse.
Y precisamente allí aparecen estas palabras:
«Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad.» — Lamentaciones 3:23
No es la declaración ingenua de alguien que nunca ha sufrido.
Es la confesión de alguien que ha descubierto que cuando muchas cosas desaparecen, Dios permanece.
Siglos después, la cruz mostraría hasta dónde llegaría esa fidelidad. Dios entregaría a su propio Hijo para salvar pecadores. La resurrección demostraría que sus promesas no pueden quedar sepultadas. Y la promesa del regreso de Cristo nos recuerda que todavía esperamos la última gran demostración pública de aquello que ahora creemos.
Podemos desconocer qué ocurrirá mañana.
No sabemos qué puertas se abrirán y cuáles permanecerán cerradas. No sabemos qué personas continuarán caminando junto a nosotros. No sabemos cuántas veces nuestros planes tendrán que cambiar.
Pero el creyente conoce algo mucho más importante que conocer anticipadamente cada detalle del futuro.
Conoce a quien sostiene el futuro.
Cuando nuestras fuerzas disminuyan, Él seguirá siendo fiel.
Cuando nuestra comprensión alcance su límite, Él seguirá siendo sabio.
Cuando las circunstancias cambien, Él seguirá siendo el mismo.
Cuando llegue nuestra última hora, sus promesas no habrán envejecido.
Y cuando finalmente contemplemos a Cristo, entenderemos mucho mejor aquello que durante tantos años confesamos por fe.
Dios nunca abandonó su obra.
Nunca olvidó a su pueblo.
Nunca perdió el control de la historia.
Nunca dejó sin cumplir una sola palabra que verdaderamente hubiera prometido.
Por eso nuestra esperanza no descansa en la firmeza de nuestras manos, sino en las manos de Dios; no en nuestra capacidad para comprender todos sus caminos, sino en su perfecta sabiduría; no en nuestra constancia, sino en su carácter.
La fidelidad de Dios significa que podemos descansar todo el peso de nuestra vida sobre aquello que Él ha dicho, porque detrás de cada promesa se encuentra el carácter perfecto del Dios que no puede mentir, no puede fallar y nunca dejará de ser quien es.
Por eso, aun en días donde todavía quedan preguntas, el corazón puede levantar los ojos y confesar junto al profeta:
«Mi porción es Jehová, dijo mi alma; por tanto, en él esperaré.» — Lamentaciones 3:24