La misericordia de Dios
“Por la misericordia de Jehová no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad.”
Lamentaciones 3:22-23
Cuando el culpable encuentra compasión
Hay algo sorprendente en la historia bíblica: Dios conoce perfectamente al ser humano y, aun así, se acerca a él con misericordia.
No conoce solamente nuestras acciones visibles. Conoce aquello que nadie más puede ver. Conoce nuestras intenciones, nuestros pensamientos, nuestras palabras antes de pronunciarlas y las razones escondidas detrás de muchas de nuestras decisiones. Nada puede ocultarse de su mirada. Y precisamente por eso resulta tan asombrosa su misericordia.
Si Dios desconociera nuestra verdadera condición, podríamos pensar que tiene misericordia porque todavía no ha descubierto quiénes somos realmente. Pero ocurre exactamente lo contrario. Dios nos conoce completamente.
“Oh Jehová, tú me has examinado y conocido.” — Salmo 139:1
Él sabe quiénes somos y sabe lo que merecemos. Sin embargo, las Escrituras muestran una y otra vez a Dios inclinándose hacia criaturas necesitadas, soportando con paciencia al rebelde, perdonando al arrepentido y recibiendo al que vuelve a Él.
La misericordia de Dios no significa que el pecado sea pequeño. Significa que la compasión de Dios es extraordinariamente grande.
Qué significa que Dios sea misericordioso
Cuando hablamos de la misericordia de Dios, hablamos de su bondad hacia quienes se encuentran en miseria, necesidad y culpa. Dios ve nuestra condición y se compadece conforme a su carácter.
La misericordia está relacionada con la gracia, pero podemos distinguirlas para comprenderlas mejor. En términos sencillos, la gracia nos muestra a Dios dando al pecador un bien que no merece; la misericordia nos muestra a Dios teniendo compasión del miserable y no tratándolo inmediatamente conforme a todo lo que merece.
Por eso David podía decir:
“Misericordioso y clemente es Jehová; lento para la ira, y grande en misericordia.” — Salmo 103:8
Observemos el orden. Dios es misericordioso, paciente y abundante en misericordia. Esto no describe una reacción ocasional. Describe quién es Dios.
Stephen Charnock, uno de los grandes escritores cristianos del siglo XVII, explicaba que las perfecciones de Dios no son cualidades añadidas a Él como si pudiera poseerlas hoy y perderlas mañana. Pertenecen inseparablemente a quien Él es. Esto significa que Dios no necesita aprender a ser misericordioso. No atraviesa un proceso para desarrollar compasión. Él siempre ha sido y siempre será misericordioso.
Antes de que existieran montañas, océanos, ciudades o seres humanos, Dios ya era eternamente perfecto. Su misericordia no apareció porque nosotros aparecimos. Nuestra miseria se convirtió en ocasión para que esa misericordia fuera manifestada en la historia.
Una misericordia que no elimina la justicia
Aquí aparece una pregunta difícil.
Si Dios es misericordioso, ¿por qué juzga el pecado?
Y si Dios es justo, ¿cómo puede perdonar al culpable?
Estas preguntas son importantes porque una comprensión superficial de la misericordia puede convertirla en simple tolerancia. Pensamos que ser misericordioso significa pasar por alto todo lo malo. Pero el Dios de las Escrituras jamás actúa de esa manera.
Dios llama al pecado pecado.
Cuando Adán desobedeció, hubo consecuencias. Cuando Israel abandonó repetidamente a Dios, hubo disciplina. Cuando David pecó gravemente, recibió perdón, pero también enfrentó consecuencias dolorosas. La misericordia nunca convierte el mal en bien.
Abraham expresó una verdad fundamental cuando preguntó:
“El Juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo?” — Génesis 18:25
Sí. Siempre.
Dios nunca necesita dejar de ser justo para comenzar a ser misericordioso.
El filósofo Agustín reflexionó profundamente sobre el mal y comprendió que Dios no puede ser considerado autor de aquello que contradice su propia bondad. Siglos después, pensadores cristianos como Jonathan Edwards insistieron en que las perfecciones de Dios forman una armonía absoluta. Su justicia no lucha contra su misericordia, ni su misericordia derrota su santidad.
En Dios no existe contradicción.
El problema, entonces, no consiste simplemente en preguntarnos cómo puede Dios amar. La pregunta más profunda es cómo puede un Dios perfectamente justo recibir a personas culpables sin negar su propia justicia.
La respuesta finalmente nos conduce a Cristo.
La misericordia frente a nuestra verdadera condición
Para comprender la grandeza de la misericordia necesitamos comprender nuestra necesidad.
Una medicina parece poco importante mientras una persona crea que está sana. Un rescate parece innecesario mientras alguien piense que no existe peligro. De manera semejante, la misericordia de Dios parecerá pequeña mientras tengamos una visión demasiado elevada de nosotros mismos.
La Escritura derriba esa ilusión.
“Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios.” — Romanos 3:23
Nuestro problema no consiste únicamente en que algunas veces tomamos malas decisiones. El pecado alcanza nuestros deseos, pensamientos, afectos y voluntad. Podemos realizar acciones aparentemente buenas y, aun así, albergar orgullo, egoísmo, envidia o deseo de reconocimiento.
Juan Calvino comparaba el corazón humano con una fábrica que continuamente produce ídolos. Su observación señala una realidad que cualquiera puede examinar: tenemos una sorprendente capacidad para convertir cosas creadas en el centro de nuestra existencia.
Queremos controlar nuestra vida. Queremos reconocimiento. Buscamos seguridad en el dinero, las personas, nuestras capacidades o nuestros logros. Incluso podemos utilizar cosas religiosas para alimentar nuestro orgullo.
El filósofo Blaise Pascal observó con gran agudeza las contradicciones del ser humano. Somos capaces de reconocer grandeza, verdad y justicia, mientras al mismo tiempo mostramos egoísmo, fragilidad y corrupción. Pascal entendía que algo extraordinario había ocurrido con la humanidad: conservamos señales de nuestra dignidad original, pero también llevamos las profundas consecuencias de nuestra caída.
La Biblia explica esa contradicción.
Fuimos creados a imagen de Dios, pero somos pecadores.
Por eso necesitamos mucho más que educación, disciplina o buenos consejos. Necesitamos misericordia.
La misericordia que aparece desde el principio
Podemos verla desde las primeras páginas de la Biblia.
Después de pecar, Adán y Eva escucharon la voz de Dios y se escondieron entre los árboles del huerto. Aquellos árboles que anteriormente formaban parte del lugar donde disfrutaban de la presencia de su Creador se convirtieron en escondites.
Entonces Dios preguntó:
“¿Dónde estás tú?” — Génesis 3:9
Dios no preguntaba porque hubiera perdido a Adán.
Era Adán quien se había perdido.
Dios fue hacia el pecador que huía de Él.
Hubo juicio y consecuencias reales. Sin embargo, también hubo una promesa. Dios anunció que vendría uno que finalmente derrotaría a la serpiente. Génesis 3:15 abre una pequeña ventana hacia la esperanza que posteriormente recorrerá toda la Escritura.
El hombre había quebrantado la comunión con Dios, pero Dios comenzó a revelar el camino de restauración.
Encontramos el mismo patrón muchas veces.
Israel murmura en el desierto y Dios continúa sosteniéndolo. El pueblo se aparta y Dios envía profetas llamándolo al arrepentimiento. David cae gravemente y, cuando reconoce su pecado, clama:
“Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia; conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones.” — Salmo 51:1
David no presenta una lista de méritos.
No dice: “Perdóname porque he hecho suficientes cosas buenas”.
Se presenta ante Dios sin argumentos para defenderse. Su esperanza descansa en el carácter de aquel contra quien ha pecado.
“Conforme a tu misericordia”.
Ese es el lenguaje de alguien que ha comprendido que delante de Dios no puede negociar su absolución.
La libertad de la misericordia divina
Hay otra verdad que debemos conservar. Dios no está obligado a mostrarnos misericordia.
Si estuviera obligado, dejaría de ser misericordia y se convertiría en una deuda.
Pablo recuerda las palabras de Dios a Moisés:
“Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca.” — Romanos 9:15
Estas palabras pueden confrontar nuestro orgullo porque naturalmente pensamos que Dios nos debe algo. Pero una criatura culpable no puede presentarse ante su Creador exigiendo misericordia como un derecho.
Herman Bavinck destacó que la gracia de Dios encuentra su razón última en Dios mismo. El pecador no puede señalar algo dentro de sí y decir: “Esto obligó a Dios a amarme”.
La misericordia nace del corazón de Dios.
Esto no vuelve a Dios caprichoso. Al contrario, destruye nuestra arrogancia y convierte la salvación en motivo de gratitud.
Si alguien estuviera ahogándose y otro simplemente le entregara algo que legítimamente le debía, difícilmente llamaríamos misericordia a ese acto. Pero si aquel que no tenía ninguna obligación de rescatarlo se inclinara, extendiera su mano y lo sacara del peligro, entonces comprenderíamos mejor la naturaleza del rescate.
Nosotros no colocamos a Dios bajo deuda.
Somos quienes necesitamos que Él extienda su mano.
El Dios que se inclina hacia el necesitado
El Salmo 103 utiliza una de las imágenes más tiernas de las Escrituras:
“Como el padre se compadece de los hijos, se compadece Jehová de los que le temen. Porque él conoce nuestra condición; se acuerda de que somos polvo.” — Salmo 103:13-14
Dios conoce nuestra fragilidad.
Esto no significa que excuse nuestra rebelión. Significa que su conocimiento de nuestra debilidad es perfecto. Nosotros podemos olvidar nuestros límites. Dios nunca los olvida.
Thomas Watson enseñaba que la misericordia pertenece de tal manera al carácter de Dios que Él se deleita en mostrarla. El profeta Miqueas lo había expresado siglos antes:
“Él volverá a tener misericordia de nosotros; sepultará nuestras iniquidades, y echará en lo profundo del mar todos nuestros pecados.” — Miqueas 7:19
La imagen es poderosa.
Nuestro pecado nos persigue como una deuda imposible de pagar. Pero Dios promete tratar con esa culpa de una manera que nosotros jamás podríamos conseguir por nuestros propios esfuerzos.
Sin embargo, todavía queda la pregunta decisiva.
¿Cómo puede el Juez justo hacer esto?
¿Cómo puede perdonar verdaderamente al culpable sin convertir su justicia en una ficción?
La respuesta no se encuentra en que Dios haya decidido considerar insignificante nuestro pecado. Tampoco en que finalmente haya descubierto alguna bondad escondida dentro de nosotros.
La respuesta se encuentra en una cruz.
Allí veremos que la misericordia de Dios cuesta infinitamente más de lo que muchas veces suponemos. En Cristo, la justicia no es ignorada y la misericordia no es anulada. Ambas resplandecen con una claridad que ninguna filosofía humana habría podido inventar.
La misericordia tiene el rostro de Cristo
Todo lo que las Escrituras habían mostrado acerca de la misericordia alcanza su expresión más clara en Jesucristo.
Cuando observamos su vida, encontramos algo extraordinario. Jesús se acerca a personas que otros evitaban. Recibe a pecadores, toca al enfermo, escucha al despreciado, tiene compasión de las multitudes y se detiene ante quienes claman por ayuda.
Mateo describe una de aquellas escenas:
“Y al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor.” — Mateo 9:36
Cristo no contempla la miseria humana desde lejos.
La ve. Se acerca. Actúa.
Pero sería un error reducir la misericordia de Jesús solamente a aliviar necesidades temporales. Cristo vino para resolver nuestra necesidad más profunda: nuestra separación de Dios a causa del pecado.
Por eso el corazón de la misericordia divina no se encuentra simplemente en las sanidades realizadas por Jesús, sino en la obra que vino a cumplir.
Pablo lo expresa con una claridad extraordinaria:
“Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo.” — Efesios 2:4-5
Observemos las palabras: “rico en misericordia”.
Dios no posee una pequeña reserva de compasión que nosotros podamos agotar. Pablo presenta su misericordia como una riqueza abundante. Y esa misericordia se dirige hacia personas que no podían salvarse a sí mismas.
La cruz donde la justicia y la misericordia se encuentran
La cruz responde finalmente a la pregunta que dejamos abierta.
¿Cómo puede Dios perdonar al culpable y continuar siendo perfectamente justo?
No lo hace fingiendo que el pecado nunca ocurrió.
Cristo ocupa voluntariamente el lugar de su pueblo y carga con el juicio que correspondía a nuestros pecados. El inocente se entrega por los culpables.
“Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él.” — Isaías 53:5
Aquí debemos detenernos.
La misericordia cristiana no consiste en un juez que mira al culpable y simplemente dice: “No importa lo que hiciste”. Si Dios actuara así, no sería un juez justo.
En la cruz sucede algo mucho más profundo.
Dios no niega su justicia. Cristo satisface sus demandas en favor de aquellos a quienes vino a salvar.
John Stott explicó esta realidad señalando que, en la cruz, Dios mismo proporciona aquello que su justicia exige. El rescate del pecador no nace de nuestra iniciativa, sino de Dios.
Esto protege una verdad fundamental: Cristo no murió para convencer a un Padre cruel de que comenzara a amar a los pecadores. Fue el amor de Dios el que entregó al Hijo.
“Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.” — Romanos 5:8
El Padre envía. El Hijo se entrega voluntariamente. El Espíritu aplica la obra de Cristo al creyente.
La salvación, desde el principio hasta el final, procede de Dios.
La misericordia no llama inocente al culpable
Vivimos en una época donde misericordia suele confundirse con aprobación.
Se piensa que amar a una persona significa aceptar necesariamente todo lo que hace. Bajo esa definición, cualquier corrección parece falta de amor.
Pero Jesús demuestra algo diferente.
Cuando recibe a pecadores, no redefine el pecado para hacerlos sentir justos. Los llama al arrepentimiento y ofrece perdón.
La misericordia verdadera no dice: “No necesitas cambiar”.
Dice: “Hay perdón y una vida nueva en Cristo”.
El médico que observa una enfermedad grave y decide ocultársela al paciente para no preocuparlo no está actuando con verdadera compasión. La bondad requiere decir la verdad y proporcionar el tratamiento necesario.
De manera semejante, Dios revela nuestra condición no para deleitarse en nuestra vergüenza, sino para conducirnos hacia el único Salvador.
Juan Calvino insistía en que no comprenderemos adecuadamente la gracia de Cristo mientras mantengamos una opinión exagerada de nuestra propia justicia. Cuando el orgullo disminuye, Cristo se vuelve precioso.
El pecador deja de preguntarse: “¿Qué puedo ofrecerle a Dios?”
Y comienza a preguntar: “¿Cómo puede Dios salvarme?”
El evangelio responde: por Cristo.
Una misericordia que alcanza al peor pecador
Pocas vidas muestran esta verdad con tanta claridad como la del apóstol Pablo.
Antes de anunciar a Cristo, Pablo persiguió a sus seguidores. Entraba en casas, arrestaba creyentes y trabajaba activamente contra la Iglesia.
Después pudo mirar hacia su pasado y escribir:
“Pero por esto fui recibido a misericordia, para que Jesucristo mostrase en mí el primero toda su clemencia.” — 1 Timoteo 1:16
Pablo nunca convirtió su pasado en algo pequeño.
Precisamente porque comprendía la gravedad de lo que había hecho podía contemplar con mayor asombro la misericordia recibida.
John Bunyan entendió profundamente esta realidad. Antes de escribir acerca de la vida cristiana, luchó durante años con un intenso sentimiento de culpa. Finalmente comprendió que su esperanza no podía descansar en cuánto sentía haber mejorado, sino en la suficiencia de Cristo.
Esta verdad continúa siendo necesaria.
Tal vez alguien mira hacia atrás y encuentra años desperdiciados, palabras que quisiera retirar, decisiones cuyas consecuencias todavía permanecen o pecados que le avergüenza recordar.
El evangelio no nos invita a fingir que esas cosas nunca sucedieron.
Nos dirige hacia un Salvador suficiente.
No existe pecado que deba considerarse pequeño. Pero tampoco existe pecado que pueda derrotar la obra de Cristo cuando Dios concede arrepentimiento y fe verdadera.
La misericordia que transforma al que la recibe
Recibir misericordia cambia nuestra manera de mirar a los demás.
Una persona convencida de su propia superioridad encuentra fácil despreciar. Pero quien ha comprendido cuánto ha sido perdonado comienza a mirar de otra manera al que cae.
Jesús dijo:
“Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.” — Mateo 5:7
Esto no significa que compramos la misericordia de Dios siendo misericordiosos. Significa que quienes han sido alcanzados verdaderamente por ella comienzan a reflejarla.
El creyente recuerda que vive diariamente de algo que nunca pudo merecer.
Entonces aprende a perdonar.
Aprende a escuchar.
Aprende a corregir sin humillar.
Aprende a ayudar sin sentirse superior.
Aprende incluso a hacer bien a quienes no pueden devolverle el favor.
Tim Keller señalaba con frecuencia una consecuencia profunda del evangelio: somos más pecadores de lo que queremos reconocer y, al mismo tiempo, en Cristo somos más amados de lo que habríamos podido esperar. Comprender ambas realidades destruye tanto el orgullo como la desesperación.
Si solamente vemos nuestro pecado, podemos caer en desesperanza.
Si solamente pensamos en el amor de Dios ignorando nuestra culpa, podemos caer en superficialidad.
La cruz destruye ambos errores.
Nos humilla porque muestra cuánto costó nuestro pecado.
Y nos llena de esperanza porque muestra cuánto estuvo dispuesto Dios a hacer para salvar.
Misericordia para cada mañana
Jeremías escribió Lamentaciones mientras contemplaba una ciudad devastada. Jerusalén había sufrido las consecuencias del juicio de Dios. Había ruinas, pérdida y dolor.
Y precisamente en medio de aquel escenario aparecen unas de las palabras más conocidas acerca de la misericordia divina:
“Por la misericordia de Jehová no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad.” — Lamentaciones 3:22-23
No fueron escritas desde una vida sin dificultades.
Fueron pronunciadas mirando las ruinas.
Eso les da un peso especial.
Jeremías había comprendido que incluso en medio de la disciplina y el sufrimiento seguía existiendo una razón para esperar: Dios permanecía fiel.
Charles Spurgeon predicó muchas veces acerca de la abundancia de la misericordia divina. Su énfasis era sencillo: nadie debe pensar que necesita hacer primero su corazón digno para después acercarse a Cristo. Precisamente porque somos necesitados somos llamados a acudir a Él.
La misericordia no espera encontrar personas autosuficientes.
Encuentra necesitados.
Por eso cada mañana el creyente puede levantarse reconociendo nuevamente su dependencia de Dios. No vivimos hoy de la obediencia de ayer. Tampoco vivimos de nuestras emociones espirituales. Vivimos dependiendo continuamente de la fidelidad de Dios.
La misericordia produce seguridad y humildad
Cuando comprendemos esto, cambia también nuestra seguridad.
Si nuestra aceptación delante de Dios dependiera finalmente de nuestra capacidad para mantenernos firmes, viviríamos mirando constantemente nuestro propio desempeño.
Un buen día produciría orgullo.
Un mal día produciría desesperación.
Pero el creyente descansa finalmente en Cristo.
“Así que, acerquémonos confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro.” — Hebreos 4:16
Observemos dónde somos invitados a acercarnos.
A un trono.
Un trono habla de autoridad, majestad y gobierno. Sin embargo, para quienes están en Cristo es llamado “trono de la gracia”.
El Rey soberano es también aquel a quien el creyente puede acudir buscando misericordia.
Esto produce una seguridad humilde.
No decimos: “Dios me recibe porque soy suficientemente bueno”.
Decimos: “Puedo acercarme porque Cristo es suficiente”.
Vivir recordando la misericordia
La misericordia de Dios no es una enseñanza para admirar desde lejos. Debe cambiar nuestra manera de vivir.
Cuando caemos, nos lleva al arrepentimiento en lugar de esconder nuestro pecado.
Cuando alguien nos ofende, nos recuerda cuánto hemos sido perdonados.
Cuando vemos al necesitado, nos impide pasar de largo con indiferencia.
Cuando aparece el orgullo, nos recuerda que todo lo que poseemos finalmente procede de Dios.
Cuando el pasado nos acusa, nos dirige nuevamente hacia Cristo.
Y cuando pensamos que nuestra debilidad nos hace inútiles para Dios, nos recuerda que siempre hemos vivido dependiendo de su misericordia.
Jonathan Edwards entendía que conocer verdaderamente a Dios produce afectos que transforman la vida. La verdad bíblica no fue dada solamente para llenar la mente de conceptos correctos, sino para llevar el corazón a amar a Dios y producir una vida conforme a ese conocimiento.
La misericordia comprendida únicamente con la mente puede convertirse en información.
La misericordia recibida por la fe produce adoración.
El pecador delante del Dios misericordioso
Al final, todos llegamos delante de Dios con las manos vacías.
Podemos acumular conocimientos, reconocimiento, experiencias, bienes y logros. Podemos construir una reputación admirable delante de otras personas. Pero ninguna de esas cosas puede borrar un solo pecado.
Nuestra esperanza está fuera de nosotros.
Está en Cristo.
La misericordia de Dios no consiste en decirnos que nunca estuvimos perdidos. Consiste en rescatar a quienes realmente lo estaban.
No consiste en convencernos de que éramos inocentes. Consiste en justificar al culpable que confía en Cristo.
No consiste en bajar el estándar de su santidad. Consiste en darnos un Salvador perfectamente justo.
Por eso el creyente puede mirar su pasado sin negar su culpa, mirar su presente sin confiar en sí mismo y mirar hacia el futuro sin desesperación.
Su esperanza descansa en Dios.
El mismo Dios que vio a Adán escondido entre los árboles, escuchó el clamor de David, restauró a Pedro después de su caída y transformó al perseguidor Pablo sigue siendo rico en misericordia.
Y en el centro de toda esa historia permanece Cristo.
La cruz nos recuerda que nuestro pecado era demasiado serio para simplemente ser ignorado. La resurrección anuncia que la obra del Salvador fue suficiente y que la muerte no tuvo la última palabra.
Por eso, cuando nos preguntemos qué tan grande es la misericordia de Dios, no debemos medirla por nuestras emociones ni por nuestras circunstancias.
Debemos mirar a Cristo.
Allí encontramos al Dios justo que no llama bueno al mal, al Dios santo que no negocia con el pecado y al Dios misericordioso que hace por pecadores indefensos aquello que jamás habrían podido hacer por sí mismos.
“Mas cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor para con los hombres, nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia.” — Tito 3:4-5
Ese es finalmente nuestro descanso.
No nuestra bondad.
No nuestros méritos.
No nuestra capacidad para reparar el pasado.
Sino su misericordia.
Una misericordia santa. Una misericordia soberana. Una misericordia que perdona sin negar la justicia. Una misericordia que transforma al pecador y lo conduce a una vida nueva.
Y una misericordia cuya expresión más grande tiene un nombre: Jesucristo.