La mirada de Cristo
"Y al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas."
Mateo 9:36
¿Alguna vez has sentido que una sola mirada fue suficiente para decirlo todo?
Hay miradas que juzgan. Otras ignoran. Algunas transmiten desprecio, orgullo o indiferencia. Pero existe una mirada completamente diferente. Es una mirada que atraviesa la apariencia, rompe las máscaras, descubre lo que nadie más puede ver y llega hasta lo más profundo del corazón. Esa es la mirada de Cristo.
Jesús nunca miró a las personas como simples rostros entre la multitud. Nunca vio únicamente lo que hacían. Él veía quiénes eran realmente. Donde otros encontraban un fracaso, Él veía a alguien necesitado de amor y gracia. Donde otros observaban un enemigo, Él veía a una oveja perdida. Donde todos encontraban un pecador sin esperanza, Cristo veía a alguien a quien podía transformar por completo.
Hoy seguimos viviendo bajo esa misma mirada. No ha cambiado. No ha perdido fuerza. No se ha debilitado con el paso del tiempo. Cristo sigue mirando con perfecta santidad, perfecta justicia y perfecto amor.
Una mirada que conoce todo
Desde el principio de las Escrituras encontramos una verdad que muchas veces olvidamos. Dios nunca necesita investigar para descubrir quiénes somos. Él jamás obtiene información nueva sobre nosotros. Nada de nuestra vida le toma por sorpresa.
"Y no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta." (Hebreos 4:13)
Nosotros podemos esconder nuestras luchas detrás de una sonrisa. Podemos aparentar fortaleza mientras por dentro estamos rotos y cansados. Podemos engañar a otras personas durante años. Incluso podemos llegar a engañarnos a nosotros mismos. Pero jamás podremos esconder nuestro corazón delante de Cristo.
Él conoce nuestras motivaciones. Conoce nuestras intenciones más profundas. Ve las lágrimas que nunca mostramos. Escucha las oraciones que nunca pronunciamos en voz alta. Conoce nuestros temores, nuestras dudas, nuestros pecados y nuestras heridas.
Y, aun así, continúa llamando pecadores al arrepentimiento para salvarlos de la condenación.
Juan Calvino escribió una frase profundamente verdadera al afirmar que nuestro corazón es una fábrica constante de ídolos. No solamente cometemos pecados; continuamente producimos sustitutos de Dios. Cristo lo sabe. Nunca ha ignorado esa realidad. Sin embargo, sigue extendiendo su gracia hacia aquellos que se humillan delante de Él.
La mirada que encontró a Pedro
Uno de los momentos más conmovedores de toda la Biblia ocurre la noche en que Pedro negó a Jesús.
Horas antes había prometido que moriría por Él. Estaba convencido de que jamás lo abandonaría. Pero bastó la presión de unas cuantas personas para negar tres veces conocer a su Maestro.
Entonces ocurrió algo extraordinario.
"Entonces, vuelto el Señor, miró a Pedro..." (Lucas 22:61)
El texto no describe el gesto de Jesús. No dice si levantó las cejas, si frunció el rostro o si habló alguna palabra. Solo dice que lo miró.
Aquella mirada hizo mucho más que mil sermones.
Pedro recordó inmediatamente las palabras que Jesús había dicho horas antes. Comprendió el tamaño de su pecado. Sintió el peso de su orgullo. Descubrió que había confiado demasiado en sus propias fuerzas.
Después salió y lloró amargamente.
No lloró simplemente porque había cometido un error. Lloró porque entendió contra quién había pecado.
La mirada de Cristo no destruyó a Pedro. Lo quebrantó para restaurarlo.
Meses después ese mismo hombre predicaría con poder el evangelio. No porque fuera fuerte, sino porque había aprendido que toda su esperanza descansaba únicamente en Cristo.
Martín Lutero decía que Dios crea de la nada. Por eso, mientras alguien crea ser suficiente, todavía no está preparado para experimentar la obra completa de la gracia. Pedro tuvo que caer para descubrir que toda su fortaleza provenía del Señor.
La mirada que vio a Zaqueo
Zaqueo era un hombre despreciado por toda la ciudad. Rico, poderoso y rechazado al mismo tiempo. Su dinero no había llenado el vacío de su corazón.
Cuando escuchó que Jesús pasaba por Jericó, corrió y subió a un árbol solamente para verlo.
Lo sorprendente ocurrió después.
"Cuando Jesús llegó a aquel lugar, mirando hacia arriba, le vio..." (Lucas 19:5)
Entre una multitud enorme, Cristo levantó la vista exactamente hacia aquel hombre escondido entre las ramas.
No fue casualidad.
No fue simplemente suerte.
Tampoco fue una mirada accidental.
Jesús ya sabía quién era Zaqueo antes de verlo físicamente. Sabía su nombre, su historia, sus pecados y también sabía que aquel día llegaría la salvación a su casa.
La mirada de Cristo nunca es superficial. Él no solo observó a un cobrador de impuestos. Vio a un hombre que el Padre había decidido rescatar.
Eso cambia completamente nuestra perspectiva. La salvación nunca comienza cuando nosotros buscamos a Dios. Comienza porque Dios vino primero a buscarnos.
Agustín de Hipona escribió que Dios nos ama no porque seamos buenos, sino para hacernos buenos. Esa verdad resplandece en la historia de Zaqueo.
La mirada que se llenó de compasión
Los Evangelios repiten una escena una y otra vez.
Jesús observaba a las multitudes.
Jesus no veía números.
No veía estadísticas.
No veía personas útiles o importantes.
Veía almas necesitadas de amor verdadero.
"Y al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor." (Mateo 9:36)
Qué imagen tan poderosa y tan sublime.
Una oveja sin pastor no sabe hacia dónde caminar. Se pierde fácilmente. No encuentra alimento. Está indefensa frente a cualquier peligro.
Así veía Cristo a la humanidad.
Él no minimizaba el pecado. Lo enfrentaba con absoluta verdad. Pero al mismo tiempo veía el inmenso desastre que el pecado había producido en las personas.
Su compasión nunca anuló su santidad. Su santidad nunca eliminó su compasión.
En Cristo ambas perfecciones brillan juntas.
Charles Spurgeon escribió que nadie puede medir la profundidad del amor de Cristo porque es tan infinito como su propia naturaleza. Cada página de los Evangelios confirma esa realidad.
La mirada que transforma
Cuando Cristo mira a una persona, nunca la deja igual.
Su mirada confronta.
Su mirada convence.
Su mirada humilla el orgullo.
Su mirada fortalece al débil.
Su mirada levanta al arrepentido.
Su mirada produce vida donde antes solo existía muerte espiritual.
Eso ocurrió con Mateo, con María Magdalena, con Pedro, con el ladrón en la cruz y con cada creyente que ha nacido de nuevo.
No fue una decisión producida únicamente por la voluntad humana. Fue la obra soberana de Dios cambiando un corazón de piedra por uno de carne.
"Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros." (Ezequiel 36:26)
Cristo no vino simplemente para mejorar la vida de las personas. Vino para hacer nuevas todas las cosas.
La mirada que veremos un día
Existe una promesa que llena de esperanza al creyente.
Hoy caminamos por fe. No vemos físicamente a nuestro Salvador. Le conocemos por medio de su Palabra y por la obra de su Espíritu.
Pero llegará el día cuando esa realidad cambiará para siempre.
"Ellos verán su rostro..." (Apocalipsis 22:4)
Qué esperanza tan inmensa.
Los mismos ojos que miraron a Pedro, a Zaqueo, al ciego Bartimeo, a María y a sus discípulos serán los mismos ojos que los redimidos contemplarán un día.
No habrá más culpa.
No habrá más pecado.
No habrá lágrimas de sufrimiento.
No habrá distancia.
Solo estaremos delante del Cordero que fue inmolado y que ahora reina para siempre.
Por favor, no te imagines la mirada de Cristo con enojo o molestia solo porque un día desafiaste Su autoridad. No.
Cuando llegues al Cielo, no encontraras una mirada de ira, sino una mirada dulce, llena de amor, llena de paz, llena de ternura. Esa será la mirada más tierna que podrás contemplar en toda tu existencia. Es una mirada imposible de comparar.
En esa mirada desearás permanecer para siempre. Desearas permanecer frente a Sus Ojos, porque de ellos emana Luz y Vida. En esa mirada encontrarás la paz absoluta, el amor puro, la felicidad en su máxima expresión, la plenitud de lo hermoso y santo… en esa mirada está concentrada la belleza absoluta.
Mi querido lector, cuánto desearía poder describirte, con mayor profundidad, la hermosura de la mirada de Cristo; pero me es imposible. Las palabras más sublimes que existen en el lenguaje humano resultan demasiado pequeñas y débiles cuando intentan expresar la belleza de nuestro amado, bendito y glorioso Salvador, Jesucristo. Hay una gloria en Él que ningún idioma puede contener, una hermosura que desborda toda descripción y una profundidad que deja sin voz al corazón más elocuente. Cuanto más se le contempla, más evidente se vuelve que toda palabra es insuficiente y que todo intento por describirlo termina rindiéndose ante la infinita majestad de Aquel cuya belleza jamás podrá ser plenamente expresada por labios humanos.
Mi amado, cuando llegues al cielo y tus ojos contemplen por primera vez el rostro de Cristo, quizá las primeras palabras que broten de tu corazón no sean de orgullo, sino de rendición y un asombro profundo.
«No merezco estar aquí.»
«¿Por qué estoy aquí y no en el infierno, que era el destino que justamente merecían mis pecados?»
«¿Por qué, Oh Señor, me miras con ojos llenos de amor, misericordia y gracia, y no con la misma mirada con la que miras a tus enemigos?»
Entonces comprenderás, con una claridad que nunca antes habías tenido, que nada en ti podía justificar tu presencia en ese Reino glorioso. No fueron tus méritos, ni tus obras, ni tu fidelidad imperfecta. Fue únicamente la infinita gracia de Cristo.
Y, con el corazón completamente rendido, reconocerás una verdad que llenará tu alma de una santa humildad:
«Señor, yo merecía el infierno... pero Tú me has traído a Tu glorioso y santo Reino. Toda la gloria es solamente Tuya.»
En ese momento, cuando estés en el Cielo, conocerás cuan profunda que es Su gracia y cuan eterno y puro es Su amor.
Jonathan Edwards escribió que la felicidad del creyente consiste principalmente en contemplar la gloria de Dios. Esa será nuestra alegría eterna. Veremos a Cristo tal como Él es.
Quizá hoy sientes que nadie entiende tu historia. Tal vez las personas solo conocen una parte de tu vida. Algunos te han definido por tus errores. Otros únicamente recuerdan tus fracasos.
Pero Cristo te ve completamente.
Él conoce aquello que nadie más conoce.
Sabe dónde comenzó tu dolor.
Conoce cada batalla secreta.
Ha visto cada oración hecha entre lágrimas.
También conoce cada pecado oculto.
Y precisamente porque lo conoce todo, su llamado sigue siendo el mismo.
Ven a Él.
Arrepiéntete.
Confía únicamente en su obra perfecta en la cruz.
No intentes esconderte detrás de una apariencia religiosa. No busques justificarte por tus obras. No confíes en tus fuerzas.
Levanta la vista hacia Cristo.
La mirada del Salvador nunca falla. Sigue siendo la mirada del Buen Pastor que busca a la oveja perdida, del Médico que sana al enfermo, del Rey que vence al pecado y del Redentor que da vida eterna a todo aquel que cree en Él.
Un día, la fe dará paso a la vista. Entonces contemplaremos el rostro glorioso de Aquel que nos amó desde antes de la fundación del mundo y comprenderemos, mucho más profundamente, que jamás hubo una mirada tan pura, tan santa, tan verdadera y tan llena de gracia como la mirada de Cristo.
Oh Señor, cuan hermosa es Tu Palabra y tu presencia.
Toda la gloria, honra, honor y la alabanza sea para Nuestro Dios. Amén.