Dios haciendo justicia en Dios
"Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él."
2 Corintios 5:21
Hablar de la justicia de Dios es entrar en un terreno muy profundo y santo. No se trata solamente de reglas morales o de un juez severo que castiga el mal. La justicia de Dios es, en esencia, Dios siendo fiel a quien Él es. Y la Escritura nos lleva a una verdad asombrosa: Dios no pasó por alto nuestro pecado, ni lo ignoró, ni lo relativizó. Dios hizo justicia… en Él mismo.
Romanos 3:23 nos sitúa a todos en el mismo lugar: “por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios”. No hay excepciones. Imagina una sala completamente iluminada donde cada rincón revela polvo, grietas y manchas. Así es la luz de la santidad divina frente al corazón humano. No hay sombras donde escondernos. No estamos simplemente heridos; estamos en una condición de pecado y culpabilidad delante de un Dios perfectamente justo.
Si Dios decidiera simplemente perdonar sin hacer justicia, dejaría de ser justo. Pero si ejecutara justicia plena sobre nosotros, ninguno podría permanecer en pie. Aquí surge la pregunta que atraviesa toda la historia bíblica: ¿Cómo puede Dios ser justo y, al mismo tiempo, salvar al culpable? La respuesta se encuentra en la cruz.
Romanos 3:24-25 declara que somos: “justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por su sangre”. La palabra propiciación es solemne. Nos habla de justicia satisfecha y de una deuda completamente pagada. No es un simple acto de compasión emocional, sino un acto santo, legal y definitivo.
Ahora miremos nuevamente 2 Corintios 5:21: “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en Él”. Aquí encontramos un intercambio imposible. Cristo, perfectamente limpio y sin pecado, toma sobre Sí nuestra culpa. Él ocupa el lugar que nosotros merecíamos ocupar, y nosotros recibimos una justicia que jamás podríamos producir por nosotros mismos.
Desde un punto de vista bíblico, esto no es algo simbólico ni parcial. Es una sustitución real. Cristo ocupa nuestro lugar. La justicia no fue negociada; fue cumplida. La ira de Dios no fue ignorada; fue satisfecha. Dios no redujo su estándar de justicia; lo cumplió completamente en su Hijo.
La cruz es el lugar donde la justicia y la gracia no compiten, sino que se encuentran. Allí Dios demuestra que es justo y, al mismo tiempo, el que justifica al que tiene fe en Jesús. No somos salvos porque Dios haya cerrado los ojos ante nuestro pecado, sino porque nuestra culpa fue colocada sobre Cristo.
Esta verdad nos humilla completamente. No existe espacio para el orgullo espiritual, la arrogancia o la jactancia. Pero al mismo tiempo nos entrega una seguridad eterna: “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús”. — Romanos 8:1
Y esta es la gran verdad del evangelio: Dios Padre hizo justicia en Dios Hijo. Dios haciendo justicia en Dios.
La justicia de Dios no nos destruyó; nos redimió. No porque fuéramos dignos, sino porque Dios decidió glorificarse siendo justo y mostrando su misericordia en Cristo.
Si Dios hiciera justicia en nosotros, todos recibiríamos justamente la condenación que merecemos por haber quebrantado su Ley perfecta. Pero Dios, en su misericordia, decidió hacer justicia en Él mismo. Él es eterno y solamente Él podía cargar con la plenitud de su justicia perfecta y santa. Este es el mayor ejemplo de amor mostrado en la historia: la cruz de Cristo. Esta es la gran diferencia entre las religiones del mundo y el evangelio de Jesús.
Oremos:
Señor, gracias por haber tenido misericordia de mí aun sin merecerlo. Gracias por mostrarme tu gran amor y por permitirme conocer el evangelio de Cristo. Gracias por rescatarme y mostrarme tu gracia.
Señor, perdona mis pecados y las veces que he desafiado tu autoridad. Perdóname las veces que he intentado huir de ti y por querer vivir apartado de tu voluntad.
Señor, gracias por recordarme cuánto nos amas y lo bueno que has sido con cada uno de nosotros. Ayúdame a vivir cada día descansando en la justicia perfecta de Cristo.
En el nombre de Jesús, amén.