Apologética - Lección 2

Segunda lección del estudio: Apologética.

Dios y la metafísica del ser ¿por qué existe algo?

Imagina que una noche sales de tu casa y vas a una cueva completamente oscura. No hay casas cerca, no hay árboles, no hay luces, no hay sonidos, no hay nada. Solo oscuridad. Entonces, de repente, en medio de aquella inmensidad, ves una pequeña luz a lo lejos.

La pregunta aparece inmediatamente en tu mente.

¿De dónde salió esa luz?

No pensarías que simplemente apareció sin ninguna explicación. Buscarías una causa. Tal vez una lámpara de alguna persona, una luciernaga o alguna otra fuente.

Ahora lleva esa misma pregunta mucho más lejos. Antes de que existieran las estrellas, los planetas, los animales, los seres humanos, las montañas, los océanos y cada átomo que forma nuestro cuerpo, ¿qué había?

Y todavía podemos preguntar algo más profundo.

¿Por qué existe algo en lugar de no existir absolutamente nada?

Esta es una de las preguntas más antiguas y profundas que puede hacerse una persona. No estamos preguntando simplemente cómo apareció el universo. Estamos preguntando por qué existe la realidad misma. ¿Por qué hay un universo? ¿Por qué existen las leyes de la naturaleza? ¿Por qué existe la materia? ¿Por qué existe nuestra propia existencia?

La ciencia puede ayudarnos enormemente a comprender cómo funciona el universo. Puede estudiar su edad, su expansión, sus leyes y su estructura. Pero la pregunta por qué existe algo en absoluto nos lleva a un nivel más profundo.

La Biblia comienza con una afirmación extraordinaria:

«En el principio creó Dios los cielos y la tierra».

Génesis 1:1

La Biblia no comienza intentando demostrar que Dios existe mediante un largo argumento filosófico. Comienza declarando que Dios ya existe. Antes de todo lo creado estaba Dios. Antes del tiempo estaba Dios. Antes de la materia estaba Dios. Antes de las estrellas estaba Dios.

Esta verdad cambia completamente la manera de entender la realidad.

La pregunta fundamental no es simplemente cómo llegó a existir el universo. La pregunta es si el universo puede explicar por sí mismo su propia existencia.

La respuesta bíblica es clara. No puede.

El universo no es Dios. El universo no es eterno en el mismo sentido que Dios. El universo depende de una realidad superior a él. Todo lo creado recibe su existencia. Dios, en cambio, no recibe su existencia de nadie.

Por eso, cuando preguntamos por qué existe algo, estamos llegando al corazón mismo de la cuestión del ser.

El misterio de que exista algo

La palabra «ser» puede sonar extraña o demasiado filosófica, pero la idea es sencilla. Cuando hablamos del ser, estamos hablando de aquello que existe.

Tú existes. Una piedra existe. Un árbol existe. Una galaxia existe. Un electrón existe. Cada una de estas cosas tiene algo en común: todas existen.

Pero hay una diferencia fundamental.

Ninguna de estas cosas tiene en sí misma la razón última de su existencia.

Tú no decidiste existir. Tus padres tampoco fueron la explicación definitiva de tu existencia, porque ellos también recibieron la vida de otros. Tus abuelos dependieron de tus bisabuelos, y así podríamos retroceder generación tras generación.

Pero incluso si pudiéramos retroceder indefinidamente, todavía tendríamos que preguntar por qué existe toda esa cadena.

Imagina una enorme fila de personas esperando para recibir luz. Cada persona sostiene una vela, pero ninguna de ellas produce fuego. Cada una necesita recibir fuego de otra persona. Si todas dependen de otra fuente y ninguna posee fuego propio, la pregunta es inevitable: ¿de dónde viene el fuego originalmente?

La existencia creada funciona de una manera semejante. Las cosas que conocemos existen, pero dependen de algo. El universo depende de condiciones, leyes, materia, energía y una historia previa. Nosotros dependemos del universo y de innumerables circunstancias.

Pero si absolutamente todo dependiera de algo más, nunca llegaríamos a una explicación definitiva.

Por eso la razón nos lleva a considerar una realidad que no dependa de otra realidad para existir.

La Biblia identifica esa realidad con Dios.

«Porque en él vivimos, y nos movemos, y somos».

Hechos 17:28

Estas palabras de Pablo, pronunciadas en Atenas, contienen una idea extraordinariamente profunda. Dios no es simplemente una pieza más dentro del universo. No es como una estrella invisible escondida en algún rincón del cosmos.

Dios es el fundamento de toda realidad creada.

Nosotros vivimos porque Dios sostiene nuestra existencia. Nos movemos porque nuestra existencia depende de Él. Somos porque Él es.

El Dios que no depende de nadie

Una de las afirmaciones más profundas de la Biblia aparece cuando Dios se revela a Moisés.

Moisés pregunta cuál es el nombre de Dios. La respuesta es:

«YO SOY EL QUE SOY».

Éxodo 3:14

Estas palabras no son una simple presentación personal. Revelan algo fundamental acerca de Dios.

Dios no dice: «Yo soy el que llegó a existir».

Tampoco dice: «Yo soy el que recibió la existencia de alguien más».

Dios dice: «Yo soy».

Él es el Dios que existe por sí mismo. No necesita recibir vida de otro. No necesita que alguien lo sostenga. No depende de una causa anterior.

Cuando pensamos en cualquier cosa creada, podemos preguntar: ¿por qué existe?

Podemos preguntar por qué existe una montaña. Podemos preguntar por qué existe una estrella. Podemos preguntar por qué existimos nosotros.

Pero cuando llegamos a Dios, la respuesta cambia.

Dios no existe porque alguien le dio existencia. Dios es el fundamento de todo lo que existe fuera de Él.

El apóstol Pablo lo expresa de esta manera:

«Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén».

Romanos 11:36

Observa la profundidad de esta afirmación.

Todo viene de Él.

Todo existe por medio de Él.

Todo encuentra su propósito último en Él.

La realidad no es una habitación cerrada en la que Dios aparece como un visitante. Dios es el Señor de la realidad. Todo lo creado depende de Él.

La diferencia entre Dios y las cosas creadas

Esta diferencia es fundamental para comprender la existencia.

Todo lo creado podría no haber existido.

El universo podría no haber existido.

La Tierra podría no haber existido.

Tú y yo podríamos no haber existido.

Las estrellas podrían no haber existido.

Pero Dios no puede ser considerado como una realidad que simplemente podría haber existido o no haber existido.

Si Dios pudiera dejar de existir, entonces no sería Dios en el sentido bíblico.

Dios es eterno.

«Desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios».

Salmo 90:2

El salmista está contemplando algo que nuestra mente difícilmente puede imaginar. Antes de que existieran las montañas, antes de que naciera la Tierra, antes de que existiera cualquier criatura, Dios ya era Dios.

Piensa por un momento en una montaña.

La montaña parece inmensa. Podemos caminar durante horas y seguir viendo sus laderas. Podemos subirla y contemplar desde arriba un paisaje enorme.

Pero la montaña tuvo un comienzo. La Tierra tuvo un comienzo. El universo tuvo un comienzo según el modelo cosmológico actualmente aceptado de expansión cósmica.

Dios, en cambio, no comenzó.

La eternidad de Dios significa que nunca hubo un momento en el que Dios no existiera.

Esto nos lleva a una conclusión crucial.

La existencia de Dios no necesita una causa externa porque Dios es el ser eterno y necesario.

Las cosas creadas son dependientes. Dios es independiente.

Las cosas creadas comienzan a existir. Dios es eterno.

Las cosas creadas pueden dejar de existir. Dios permanece para siempre.

«Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos».

Hebreos 13:8

¿Por qué no puede el universo ser la explicación final?

Una respuesta frecuente es decir: «El universo existe porque simplemente existe».

Pero esta respuesta no resuelve el problema. Simplemente detiene la pregunta.

Decir que el universo existe sin explicación no demuestra que esa afirmación sea verdadera. Además, el universo que observamos parece ser una realidad dependiente. Está formado por elementos que cambian, se transforman y están sujetos a leyes.

La materia no explica por sí sola por qué existe la materia.

Las leyes físicas describen cómo se comporta el universo, pero una ley no es lo mismo que una explicación de por qué existe el universo.

Por ejemplo, si encontramos una enorme ecuación matemática escrita en una pizarra, podemos estudiar su estructura y comprender sus propiedades. Pero todavía podríamos preguntar quién escribió la ecuación y por qué está allí.

Conocer cómo funciona algo no responde necesariamente por qué existe.

La ciencia es extraordinariamente poderosa para estudiar los mecanismos del mundo natural. Pero la pregunta por el fundamento último de la existencia pertenece a un nivel diferente de reflexión.

Esto no significa que ciencia y fe sean enemigas.

De hecho, muchos científicos importantes de la historia fueron creyentes convencidos.

Johannes Kepler, nacido en 1571, veía su estudio del universo como una manera de comprender el orden establecido por Dios. Isaac Newton, nacido en 1643, fue profundamente religioso y escribió extensamente sobre cuestiones bíblicas y religiosas. James Clerk Maxwell, nacido en 1831, era un cristiano comprometido y uno de los grandes responsables del desarrollo de la teoría electromagnética.

Esto no demuestra automáticamente que Dios exista. Una persona puede ser científica y creyente, y otra puede ser científica y no creyente. La ciencia por sí sola no decide todas las preguntas filosóficas.

Pero estos ejemplos sí destruyen una idea popular y simplista: que creer en Dios es necesariamente incompatible con el pensamiento científico.

La realidad es mucho más compleja.

El universo tuvo un comienzo

Durante mucho tiempo, algunas personas defendieron la idea de un universo eterno. Sin embargo, durante el siglo XX, la cosmología moderna desarrolló una comprensión del universo que apunta hacia un pasado finito, asociado con un estado extremadamente denso y caliente y con la expansión cósmica.

En 1927, el sacerdote y físico Georges Lemaître propuso una versión temprana de lo que posteriormente sería conocido como la teoría del Big Bang. Lemaître era un científico serio y también un sacerdote católico.

Esto es importante por una razón: la idea de que el universo tuvo un comienzo no nació simplemente de un argumento religioso. Surgió también de investigaciones científicas sobre la estructura y expansión del cosmos.

Sin embargo, debemos ser precisos.

La ciencia no ha demostrado por sí sola todos los detalles sobre el origen absoluto de la realidad. El modelo del Big Bang describe la evolución temprana del universo observable, pero no responde completamente a todas las preguntas sobre qué ocurrió en el límite inicial ni proporciona, por sí mismo, una explicación filosófica definitiva de por qué existe algo.

Por eso debemos evitar dos errores.

El primero es afirmar que la ciencia ha demostrado que Dios existe.

El segundo es afirmar que la ciencia ha demostrado que Dios no existe.

Ninguna de las dos afirmaciones es correcta.

Lo que podemos decir es que la existencia de un universo con un pasado finito plantea una pregunta profunda sobre su causa y fundamento.

Si el universo comenzó a existir, surge naturalmente la pregunta: ¿qué explica su existencia?

La causa no puede ser simplemente otra cosa creada

Supongamos que alguien afirma que el universo fue causado por otra realidad.

Entonces podemos preguntar: ¿y esa realidad de dónde procede?

Si también necesita una causa, volvemos a preguntar por su causa.

Esto podría continuar indefinidamente.

Pero una cadena infinita de realidades dependientes no parece ofrecer una explicación definitiva del conjunto.

Imagina una cadena suspendida en el aire. Cada eslabón está conectado con otro. Si ninguno está sujeto a un punto firme, la cadena no puede permanecer suspendida simplemente porque cada eslabón depende del siguiente.

Necesitamos un fundamento.

En el pensamiento cristiano histórico, este fundamento es Dios.

Agustín de Hipona, que vivió entre los años 354 y 430, reflexionó profundamente sobre el origen del mundo y el tiempo. En su obra La ciudad de Dios, explicó que Dios no creó el mundo dentro de un tiempo previamente existente como si hubiera habido un enorme reloj esperando antes de la creación. Dios creó también el tiempo.

Esto nos ayuda a comprender algo importante.

Cuando preguntamos «¿qué había antes de la creación?», debemos tener cuidado con la palabra «antes». Si el tiempo mismo pertenece al orden creado, entonces no debemos imaginar a Dios sentado durante millones de años esperando el momento de crear.

Dios no estaba dentro de un universo vacío esperando que comenzara el tiempo.

Dios existía eternamente.

Y luego creó.

«Por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía».

Hebreos 11:3

Crear no es transformar una materia eterna

La enseñanza bíblica va todavía más lejos.

Dios no encontró un universo ya existente y simplemente lo organizó.

La Biblia presenta a Dios como el Creador de todas las cosas.

«En el principio creó Dios los cielos y la tierra».

Génesis 1:1

El apóstol Juan declara:

«Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho».

Juan 1:3

La frase «sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho» es decisiva.

Si algo pertenece a la categoría de «lo que ha sido hecho», entonces no es Dios.

El universo es creado.

Las galaxias son creadas.

Los seres humanos son creados.

Los ángeles son criaturas.

El tiempo pertenece al orden creado.

Todo lo creado depende de Dios.

Por eso la distinción entre Creador y criatura es una de las líneas más importantes de toda la Biblia.

La respuesta de la eternidad

Uno de los grandes pensadores cristianos que trató estas preguntas fue Anselmo de Canterbury, nacido alrededor del año 1033. Su reflexión buscaba comprender racionalmente la grandeza de Dios y la necesidad de distinguir entre aquello que depende de otro y aquello que posee existencia de manera suprema.

Más tarde, Tomás de Aquino, nacido alrededor de 1225, desarrolló argumentos relacionados con la causalidad, el cambio y la dependencia de las cosas creadas. Aunque sus formulaciones filosóficas son complejas, la idea básica puede expresarse de manera sencilla: las cosas que observamos no contienen en sí mismas la explicación completa de su existencia.

Siglos después, pensadores como Jonathan Edwards, nacido en 1703, también reflexionaron profundamente sobre la dependencia absoluta de toda la creación respecto de Dios. Para Edwards, cada criatura depende continuamente de Dios para existir y continuar existiendo.

Esto es importante porque la creación no es solamente un acontecimiento ocurrido en un pasado remoto.

Dios no creó el universo y luego se retiró.

La Biblia presenta a Dios sosteniendo activamente su creación.

«Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten».

Colosenses 1:17

La imagen es impresionante.

Imagina que pudieras contemplar simultáneamente cada estrella, cada galaxia, cada átomo y cada ser vivo. Todo aquello que existe depende, en último término, de Dios.

El universo no es independiente.

Nosotros tampoco.

Incluso ahora mismo, mientras lees estas palabras, tu existencia depende de Dios.

La metafísica del ser y el argumento para la existencia de Dios

Cuando hablamos de la metafísica del ser, estamos intentando pensar en las preguntas más profundas sobre la realidad: qué significa existir, qué cosas dependen de otras y cuál puede ser el fundamento último de todo lo que existe.

Desde esta perspectiva, podemos formular una pregunta sencilla:

¿Por qué existe algo?

Si todo lo que existe dependiera de otra cosa, entonces nada tendría una explicación final.

Pero si existe una realidad que no depende de ninguna otra, eterna y necesaria, entonces tenemos un fundamento último.

La Biblia afirma que ese fundamento es Dios.

No se trata de un Dios fabricado para llenar un vacío de conocimiento científico.

Se trata del Dios que la Escritura presenta como el Creador eterno, independiente, poderoso y sustentador de todas las cosas.

«Porque así dijo Jehová, que creó los cielos; él es Dios, el que formó la tierra, el que la hizo y la compuso; no la creó en vano, para que fuese habitada la creó».

Isaías 45:18

El universo, entonces, no es un accidente sin significado.

La existencia no es un absurdo que simplemente debemos aceptar.

La realidad tiene un fundamento.

Y ese fundamento no es una fuerza impersonal.

Es Dios.

La gran pregunta no termina en la filosofía

Sin embargo, debemos tener cuidado. La pregunta «¿por qué existe algo?» puede conducirnos a reconocer la necesidad de un fundamento eterno, pero el cristianismo no termina con la idea abstracta de una causa primera.

La Biblia no presenta a Dios como una fórmula matemática.

Dios es personal.

Él habla.

Él crea.

Él juzga.

Él sostiene.

Él salva.

Y la revelación bíblica nos lleva todavía más lejos.

El Dios que creó el universo entró en la historia humana por medio de Jesucristo.

Juan comienza su Evangelio hablando del Verbo eterno:

«En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios».

Juan 1:1

Y después declara:

«Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros».

Juan 1:14

Esta es la afirmación que cambia todo.

El Dios eterno no es distante de su creación. El Creador se ha revelado en la historia. El mismo Dios que sostiene las galaxias se dio a conocer de manera suprema en Jesucristo.

Por eso, la pregunta «¿por qué existe algo?» finalmente nos conduce a una pregunta todavía más personal:

¿Qué harás con el Dios que te dio la existencia?

No somos dueños absolutos de nuestra vida.

Somos criaturas.

Existimos porque Dios quiso que existiéramos.

Respiramos porque Él sostiene nuestra vida.

Pensamos porque Él nos dio una mente.

Contemplamos el universo porque vivimos dentro de una realidad que no creamos nosotros.

Y, sin embargo, la humanidad muchas veces intenta vivir como si Dios no existiera.

La apologética cristiana no busca simplemente ganar discusiones. Busca mostrar que la visión cristiana del mundo tiene sentido de la realidad y llamar al ser humano a reconocer la verdad.

Pablo escribió:

«Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa».

Romanos 1:20

La creación no nos dice todo lo que necesitamos saber acerca de Dios. Para conocer su carácter y su obra salvadora necesitamos su revelación especial en las Escrituras. Pero el mundo creado sí nos coloca delante de una realidad que no podemos ignorar fácilmente.

Estamos aquí.

El universo está aquí.

Existe algo.

Y la pregunta permanece.

¿Por qué?

La respuesta cristiana comienza mirando más allá de las estrellas y diciendo:

Porque Dios es.

Antes de que existiera el universo, Dios era.

Antes de que existiera el tiempo, Dios era.

Antes de que existiera la humanidad, Dios era.

Y todo lo que existe fuera de Él depende de Él.

«Yo soy el Alfa y la Omega, principio y fin, dice el Señor, el que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso».

Apocalipsis 1:8

La existencia del universo no apunta hacia una realidad sin fundamento. Nos invita a reconocer que detrás de todo lo creado existe un Creador eterno.

Y la buena noticia del cristianismo es que ese Creador no se ha quedado oculto.

Se ha dado a conocer.

Ha hablado.

Y en Jesucristo nos ha mostrado que el fundamento último de toda realidad no es solamente poder, sino también verdad, justicia y gracia.

La pregunta «¿por qué existe algo?» puede comenzar como una reflexión filosófica, pero termina tocando nuestra propia vida.

Porque si Dios es el fundamento de nuestra existencia, entonces nuestra vida tiene un dueño.

Si Dios es nuestro Creador, entonces nuestra vida tiene un propósito.

Si Dios sostiene todas las cosas, entonces no vivimos en un universo abandonado.

Y si Dios se ha revelado en Jesucristo, entonces no estamos condenados a buscar a ciegas.

Podemos conocer al Dios que existe eternamente, al Dios de quien proceden todas las cosas y hacia quien todas las cosas se dirigen.

Conclusión

La pregunta «¿por qué existe algo en lugar de nada?» no es una pregunta superficial. Nos obliga a mirar más allá de lo visible y a considerar el fundamento de toda realidad.

El universo no puede ser la explicación completa de sí mismo. Las cosas creadas son dependientes. Nosotros somos dependientes. Todo lo que vemos cambia, comienza, termina o recibe su existencia de otra cosa.

Pero Dios es diferente.

Él es eterno.

Él es independiente.

Él es el Creador.

Él sostiene todas las cosas.

Y todo existe por Él, por medio de Él y para Él.

La apologética nos ayuda a pensar seriamente en estas cuestiones. Nos enseña que la fe cristiana no exige cerrar los ojos ante las preguntas difíciles. Al contrario, nos invita a pensar, investigar y examinar la realidad.

Pero también nos recuerda algo fundamental: una persona puede comprender muchos argumentos y, aun así, negarse a reconocer a Dios.

Por eso, el objetivo final no es simplemente demostrar una idea.

Es llevarnos ante la realidad del Dios vivo.

El Dios que dijo «YO SOY».

El Dios que creó los cielos y la tierra.

El Dios que sostiene el universo.

El Dios que se reveló en las Escrituras.

Y el Dios que se dio a conocer de manera suprema en Jesucristo.

La próxima vez que mires el cielo nocturno y contemples miles de estrellas, recuerda la pregunta que comenzó esta lección.

¿Por qué existe algo?

La respuesta no está en las estrellas mismas.

La respuesta está detrás de ellas.

«Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos».

Salmo 19:1

Existe algo porque Dios es.

Y porque Dios es, la realidad tiene fundamento, la creación tiene significado y nuestra existencia no carece de propósito.