Apologética - Lección 2

Segunda lección del estudio: Apologética.

Dios y la metafísica del ser: ¿por qué existe algo?

«Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén» (Romanos 11:36).

Hubo un momento en el que no existían ciudades, océanos, montañas, estrellas ni seres humanos. No había árboles movidos por el viento, animales recorriendo la tierra ni voces humanas haciendo preguntas. Sin embargo, esto no significa que no existiera absolutamente nada. Antes de todo lo creado, Dios ya era. Y aquí aparece una de las preguntas más profundas que puede hacerse la mente humana: ¿por qué existe algo en lugar de no existir nada?

La pregunta parece sencilla, pero nos lleva directamente al fundamento de toda la realidad. Podemos preguntar por qué existe una casa y señalar al constructor. Podemos preguntar por qué existe una pintura y señalar al pintor. Podemos seguir hacia atrás preguntando por las causas de muchas cosas. Pero tarde o temprano llegamos a una pregunta que no puede evitarse: ¿por qué existe el universo mismo? La Biblia comienza precisamente allí, no intentando demostrar primero la existencia de Dios, sino declarando: «En el principio creó Dios los cielos y la tierra» (Génesis 1:1).

Todo lo que vemos depende de algo

Observa cualquier objeto cotidiano. Una mesa existe porque hubo madera, herramientas y alguien que la construyó. Un árbol existe porque hubo una semilla, tierra, agua y condiciones apropiadas para crecer. Nosotros mismos existimos porque hubo generaciones anteriores a nosotros. Nada de esto tiene en sí mismo la explicación completa de su existencia.

Lo mismo ocurre cuando contemplamos el universo. Las estrellas nacen, brillan y finalmente mueren. Los planetas tienen historias. Nuestro propio cuerpo cambia constantemente. Todo lo creado muestra dependencia, cambio y límites. Podría haber sido diferente y, al menos en muchos casos, podría no haber existido.

Aquí aparece una distinción importante que puede expresarse sin palabras complicadas. Las cosas creadas existen porque reciben su existencia. Dios, en cambio, no recibió la existencia de nadie. Él simplemente es.

Cuando Moisés preguntó por el nombre de Dios, recibió una respuesta extraordinaria: «YO SOY EL QUE SOY» (Éxodo 3:14). Dios no dijo: “Yo llegué a existir”, ni señaló hacia otro ser que lo hubiera producido. Él existe por sí mismo.

Juan Calvino enseñó que debemos distinguir cuidadosamente entre el Creador y sus criaturas. Todo lo creado depende continuamente de Dios, mientras que Dios no depende de aquello que creó. Herman Bavinck desarrolló esta misma verdad mostrando que Dios posee en sí mismo la plenitud de su existencia. No necesita del universo para completar algo que le falte.

Dios nunca comenzó a existir

Una objeción frecuente dice: “Si todo necesita una causa, entonces ¿quién creó a Dios?”. El problema está en la primera frase. No afirmamos que absolutamente todo necesita ser creado. Afirmamos que aquello que comienza a existir o cuya existencia depende de otro necesita una explicación.

Dios nunca comenzó.

«Antes que naciesen los montes y formases la tierra y el mundo, desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios» (Salmo 90:2).

Si alguien hubiera creado a Dios, entonces ese ser sería anterior a Él y Dios dejaría de ser el fundamento último de todas las cosas. Simplemente habríamos trasladado la pregunta un paso hacia atrás.

Stephen Charnock, uno de los grandes autores puritanos, explicó ampliamente que la eternidad de Dios significa que nunca hubo un momento en el cual Dios no existiera. Dios no tiene detrás de Él una cadena interminable de antepasados, creadores o causas. Él es el punto donde nuestra búsqueda de una explicación definitiva encuentra su fundamento.

El universo no puede explicarse completamente a sí mismo

Pensemos en una habitación oscura donde encontramos una lámpara encendida. Podemos estudiar su tamaño, temperatura, materiales y cantidad de luz. Todo eso nos dice mucho acerca de la lámpara, pero todavía podemos preguntar de dónde recibe la electricidad.

De manera semejante, estudiar cómo funciona el universo no elimina la pregunta de por qué existe. Conocer procesos naturales es valioso, pero describir un proceso no es lo mismo que explicar por qué existe toda la realidad en la que ese proceso ocurre.

La Escritura lleva nuestra mirada más profundamente: «Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho» (Juan 1:3).

Pablo afirma algo semejante acerca de Cristo: «Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles» (Colosenses 1:16).

Francis Turretin defendió que el mundo dependiente y cambiante nos dirige hacia una causa que no recibe su existencia de otra. Siglos después, R. C. Sproul insistió frecuentemente en este punto: no podemos explicar finalmente una realidad dependiente apelando solamente a otras realidades igualmente dependientes. Debe existir un fundamento que posea existencia en sí mismo.

Dios no necesitaba crear

Esto nos conduce a otra verdad importante. Dios no creó porque estuviera solo, vacío o necesitado. Antes de que existiera el primer átomo, Dios ya poseía perfecta plenitud.

Pablo lo expresó claramente en Atenas: «Ni es honrado por manos de hombres, como si necesitase de algo; pues él es quien da a todos vida y aliento y todas las cosas» (Hechos 17:25).

La dirección es importante. Nosotros necesitamos de Dios; Dios no necesita de nosotros.

Jonathan Edwards explicó que la creación debe entenderse como una manifestación de la gloria y bondad de Dios, no como un intento divino de llenar alguna carencia. Dios crea libremente y su creación muestra quién es Él.

Esto cambia nuestra manera de contemplar el mundo. Una montaña, un océano, una galaxia o nuestro propio cuerpo no son realidades independientes. Cada criatura existe porque Dios quiso darle existencia.

Dios no solamente creó el mundo

Podríamos cometer otro error y pensar en Dios como alguien que construyó el universo, lo puso en funcionamiento y después se retiró. La Biblia presenta algo mucho más profundo.

«Él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten» (Colosenses 1:17).

Nuestra existencia no depende únicamente de un acto ocurrido al principio de la historia. Dependemos de Dios ahora mismo. Cada respiración, cada latido y cada segundo de nuestra existencia continúan bajo su poder.

John Owen habló constantemente de la absoluta dependencia de la criatura respecto de su Creador. Más recientemente, Michael Horton ha destacado la enorme diferencia entre Dios y todo lo creado: Dios da vida y existencia; nosotros las recibimos. Esta diferencia protege nuestra comprensión de Dios. Él no es simplemente un ser extremadamente poderoso dentro del universo. Él es el Creador del universo entero.

La pregunta termina siendo personal

Preguntar por qué existe algo puede parecer inicialmente una cuestión distante de nuestra vida diaria. Pero finalmente termina frente a nosotros.

Si Dios es la razón última por la que existe el universo, entonces también es la razón por la que existimos nosotros. Nuestra vida no es una propiedad independiente que podamos comprender completamente ignorando a nuestro Creador.

Pablo dijo a los habitantes de Atenas: «Porque en él vivimos, y nos movemos, y somos» (Hechos 17:28).

Abraham Kuyper insistió en que ninguna parte de la existencia humana queda realmente separada del señorío de Dios. Si Él es nuestro Creador, entonces nuestra mente, cuerpo, trabajo, tiempo, relaciones y futuro existen delante de Él.

La pregunta cambia entonces de forma. Ya no preguntamos solamente: “¿Por qué existe algo?”. También debemos preguntar: “Si mi existencia viene de Dios, ¿para qué existo?”.

La Escritura responde llevando todo nuevamente hacia Él: «Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas» (Romanos 11:36).

El fundamento que sostiene toda la realidad

Podemos retroceder mentalmente antes de nuestra generación, antes de las primeras ciudades, antes de la humanidad, antes de la tierra y antes de las estrellas. Podemos quitar de esa escena todo aquello que fue creado. Cuando ya no queda universo, materia, espacio ni criatura alguna, todavía no hemos llegado a la nada absoluta.

Dios está allí.

Él no apareció. No nació. No fue formado. No recibió vida. No necesita una causa anterior. Él es el Dios eterno que libremente dio existencia a todo lo demás.

Por eso la pregunta “¿por qué existe algo?” encuentra su respuesta definitiva no en otra cosa creada, sino en Aquel que nunca necesitó recibir existencia. La creación existe porque Dios quiso que existiera, la sostiene porque depende de Él y encuentra su propósito final en Él.

Y esa verdad debería producir algo más que curiosidad intelectual. Debería producir humildad. El mismo Dios que sostiene galaxias enteras sostiene también nuestra pequeña vida. No somos el fundamento de la realidad. Somos criaturas que cada día reciben de su Creador la existencia, el aliento y cada cosa buena.

«Señor, digno eres de recibir la gloria y la honra y el poder; porque tú creaste todas las cosas, y por tu voluntad existen y fueron creadas» (Apocalipsis 4:11).

Ejercicios prácticos

  1. Explica la diferencia. Escribe con tus propias palabras cuál es la diferencia entre decir que Dios existe por sí mismo y decir que nosotros recibimos nuestra existencia.
  2. Observa algo creado. Elige un árbol, un animal, una montaña, una persona o algún objeto. Escribe tres razones sencillas por las que su existencia depende de otras cosas.
  3. Responde una objeción. Escribe en cuatro o cinco líneas cómo responderías a alguien que preguntara: “Si Dios creó todas las cosas, ¿quién creó a Dios?”.
  4. Estudia tres textos. Lee Génesis 1:1, Hechos 17:24-28 y Colosenses 1:15-17. Escribe debajo de cada pasaje qué enseña acerca de la relación entre Dios y la creación.
  5. Hazlo personal. Completa esta frase en tu libreta: “Si mi existencia viene de Dios, entonces mi manera de vivir debería…”. Después escribe cinco cambios prácticos que esta verdad debería producir en tu vida.