Tercera lección del estudio: Apologética.
¿Existe Dios? Argumentos y evidencias de su existencia
Hay una pregunta que aparece detrás de casi todas las grandes preguntas humanas. Antes de preguntar por qué existe el sufrimiento, qué sucede después de la muerte, de dónde procede el bien o cuál es el propósito de nuestra vida, debemos enfrentarnos a una cuestión todavía más profunda: ¿existe Dios?
No es una pregunta pequeña. Si Dios no existe, el universo es, en último término, una realidad sin intención consciente detrás de ella. Pero si Dios existe, entonces nuestra vida, nuestra conciencia, el bien, el mal, la muerte y el destino humano deben ser considerados bajo una luz completamente distinta.
La Biblia no comienza intentando demostrar la existencia de Dios. Sus primeras palabras dicen sencillamente: «En el principio creó Dios los cielos y la tierra» (Génesis 1:1). Dios aparece como la realidad primera. Antes de las estrellas, antes de la tierra, antes del tiempo humano y antes de cualquier criatura, Dios ya era.
Sin embargo, esto no significa que creer en Dios sea cerrar los ojos y aceptar algo sin razones. Las Escrituras enseñan que Dios ha dejado señales de su existencia en aquello que ha creado, en la conciencia humana y, de manera mucho más clara, en su Palabra y en Jesucristo.
El universo señala más allá de sí mismo
Una noche despejada puede parecer silenciosa, pero está llena de preguntas. Sobre nuestra cabeza existen estrellas enormes, galaxias, planetas, materia, energía y movimientos que ocurren a distancias difíciles de comprender. La pregunta no es solamente cómo funcionan estas cosas, sino algo todavía más básico: ¿por qué existe algo en lugar de no existir absolutamente nada?
Todo aquello que comienza a existir requiere una explicación. Una casa señala hacia un constructor. Un libro señala hacia un autor. Si encontramos huellas sobre la arena, naturalmente pensamos que alguien pasó por allí. No creemos que las huellas se organizaron solas.
El universo tampoco parece poder explicar por sí mismo por qué existe.
La Biblia dirige nuestra mirada precisamente hacia su Creador:
«Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos» (Salmo 19:1).
Juan Calvino explicó que el mundo funciona de alguna manera como un gran escenario donde la gloria de Dios se hace visible. No quiso decir que observando un árbol podamos conocer todo acerca de Dios, sino que la creación lleva señales suficientes para indicarnos que no estamos contemplando una realidad sin Autor.
Jonathan Edwards también veía la creación como una manifestación de la grandeza y sabiduría divina. Para él, la belleza y el orden del mundo no debían detener nuestra mirada en las cosas creadas, sino elevarla hacia Aquel de quien proceden.
El orden del mundo no es una respuesta pequeña
Pensemos en algo cotidiano. Cada mañana el ser humano despierta en un universo donde espera que ciertas cosas continúen funcionando. Esperamos que el fuego caliente, que los objetos caigan, que el agua conserve determinadas propiedades y que las mismas leyes observadas hoy continúen operando mañana.
La ciencia puede estudiar estas regularidades con enorme precisión. Puede describir procesos, medirlos y formular explicaciones acerca de cómo ocurren. Pero permanece una pregunta más profunda: ¿por qué existe un universo ordenado que puede ser estudiado por una mente humana capaz de comprenderlo?
La extraordinaria relación entre un universo comprensible y una mente capaz de comprenderlo merece atención.
Las Escrituras presentan este orden como resultado de la sabiduría de Dios:
«¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría» (Salmo 104:24).
Herman Bavinck insistió en que la creación depende completamente de Dios. El mundo no posee en sí mismo la razón definitiva de su existencia. Su orden, continuidad y dependencia encuentran su fundamento último en el Creador.
Esto no significa que cada cosa que todavía desconocemos deba ser utilizada apresuradamente como prueba de Dios. Ese sería un argumento débil. La cuestión es mucho más profunda. Incluso si algún día pudiéramos describir cada proceso físico del universo, todavía quedaría la pregunta de por qué existe ese universo, por qué posee esas regularidades y por qué nuestra razón puede estudiarlas.
La conciencia humana plantea otra pregunta
Existe una evidencia que no necesitamos buscar entre las estrellas. La llevamos dentro.
Cuando alguien golpea cruelmente a una persona indefensa por diversión, no solemos decir simplemente: «Eso no me gusta». Decimos: «Eso está mal».
Hay una diferencia enorme entre ambas afirmaciones.
Decir que no nos gusta cierto alimento expresa una preferencia. Pero afirmar que torturar, asesinar o abusar de una persona inocente está mal significa que creemos que existen acciones verdaderamente malas, aunque una sociedad decidiera aprobarlas.
Entonces aparece otra pregunta: ¿de dónde procede esa obligación moral?
La Biblia enseña que el ser humano posee una conciencia que da testimonio de una ley moral:
«Mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia» (Romanos 2:15).
Francis Schaeffer señaló que el ser humano vive constantemente como si algunas cosas poseyeran verdadero valor, dignidad y significado. Incluso quien afirma que todo es relativo suele protestar cuando recibe un trato injusto. En la práctica, vivimos reconociendo que ciertas acciones deberían ser de una manera y no de otra.
La existencia de una obligación moral real encuentra una explicación sólida si existe un Dios santo y personal cuya naturaleza es el fundamento del bien.
El ser humano también es parte de la evidencia
Hay algo extraordinario sentado frente al espejo cada mañana.
Una persona puede observar el universo y preguntarse por su origen. Puede amar, razonar, crear música, sentir culpa, buscar justicia, recordar el pasado, anticipar el futuro y preguntarse por el sentido de su propia existencia.
La Biblia explica esta singularidad diciendo:
«Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó» (Génesis 1:27).
Esto no significa que físicamente nos parezcamos a Dios. Significa, entre otras cosas, que somos criaturas personales, racionales y morales capaces de relacionarnos con nuestro Creador.
R. C. Sproul señalaba que la pregunta sobre Dios no puede separarse completamente de la pregunta sobre el ser humano. Si somos solamente el resultado accidental de fuerzas impersonales, debemos explicar cómo aparecen seres conscientes que razonan sobre verdad, justicia, belleza y significado. La visión bíblica ofrece una respuesta coherente: una mente humana puede conocer porque fue creada por un Dios que conoce.
Ninguna evidencia convierte al ser humano en neutral
Aquí debemos evitar un error importante. Podríamos pensar que el problema consiste simplemente en reunir suficientes argumentos hasta obligar intelectualmente a cualquier persona a creer.
La Biblia presenta una situación más profunda.
Pablo escribe:
«Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas» (Romanos 1:20).
Pero unas líneas antes explica que los seres humanos «detienen con injusticia la verdad» (Romanos 1:18).
El problema humano, por tanto, no es solamente falta de información. Existe también una resistencia moral hacia Dios.
Juan Calvino habló de un conocimiento de Dios profundamente arraigado en el ser humano. Sin embargo, debido al pecado, ese conocimiento es distorsionado. El hombre puede reconocer señales del Creador y al mismo tiempo intentar vivir como si Él no existiera.
Cornelius Van Til llevó esta idea con especial fuerza al terreno de la defensa de la fe. Sostuvo que nadie observa la realidad desde una completa neutralidad. Todos interpretamos el mundo desde ciertas creencias fundamentales acerca de la realidad, el conocimiento y nosotros mismos.
Por eso los argumentos tienen valor, pero no debemos tratarlos como si Dios fuera una posibilidad distante esperando ser aprobada por el tribunal humano. Según las Escrituras, nosotros somos criaturas viviendo constantemente dentro de la creación de Dios.
La creación señala a Dios pero no cuenta toda la historia
Contemplar las estrellas puede llevarnos a reconocer poder. Observar el orden puede señalar sabiduría. Nuestra conciencia puede señalar una realidad moral superior. Pero ninguna de estas cosas, por sí sola, nos explica completamente quién es Dios ni cómo puede un pecador reconciliarse con Él.
Necesitamos que Dios hable.
Y las Escrituras afirman que lo ha hecho.
«Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo» (Hebreos 1:1-2).
La fe cristiana no termina diciendo: «Existe algún ser superior». Hace una afirmación mucho más concreta. El Dios que creó todas las cosas se ha dado a conocer en la historia y de manera suprema en Jesucristo.
Jesús no aparece simplemente como un maestro que habla acerca de Dios. Él afirma una relación única con el Padre, perdona pecados, recibe adoración y declara:
«El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Juan 14:9).
John Owen centró profundamente su enseñanza en la gloria de Dios revelada en Cristo. Para Owen, conocer verdaderamente a Dios no consiste simplemente en llegar a la conclusión intelectual de que existe un Creador. El conocimiento salvador de Dios se encuentra en Cristo.
La pregunta finalmente llega hasta nosotros
Preguntar «¿Existe Dios?» puede parecer al principio una investigación distante, como observar algo bajo una lupa. Pero la pregunta termina dándose vuelta.
Si Dios existe y nosotros somos sus criaturas, entonces ya no estamos preguntando solamente qué debemos pensar acerca de Él. Debemos preguntarnos qué significa nuestra existencia delante de Él.
Tim Keller mostró frecuentemente que la incredulidad también descansa sobre creencias que deben ser examinadas. Afirmar que solamente existe aquello que puede medirse científicamente, por ejemplo, no es una conclusión obtenida mediante un experimento científico. Es una afirmación acerca de la realidad que también necesita ser defendida.
Por eso una conversación seria acerca de Dios debe examinar las razones de ambos lados.
La fe bíblica no exige abandonar la razón. Nos invita a utilizarla correctamente mientras reconocemos sus límites. La creación, el orden del universo, la conciencia moral, la singularidad humana y nuestra capacidad racional forman un conjunto de señales que apuntan hacia el Creador. Pero las Escrituras nos llevan todavía más lejos y nos presentan al Dios que habla y se revela.
La evidencia más profunda no termina en las estrellas, sino en Cristo.
«Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación. Porque en él fueron creadas todas las cosas» (Colosenses 1:15-16).
Por eso la pregunta «¿Existe Dios?» conduce inevitablemente hacia otra: si Dios existe y se ha dado a conocer, ¿qué haré yo con esa verdad?
Ejercicios prácticos
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Observa la creación. Escribe cinco cosas del mundo natural que reflejen orden, belleza o complejidad. Al lado de cada una, escribe brevemente qué pregunta acerca de Dios despierta en ti.
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Lee el Salmo 19:1-6. Copia en tu libreta el versículo que más llame tu atención y explica con tus propias palabras qué enseña acerca de la creación.
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Piensa en el bien y el mal. Escribe tres acciones que consideres verdaderamente malas y responde: «¿Por qué deberían considerarse malas aunque una sociedad decidiera aprobarlas?»
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Lee Romanos 1:18-23. Escribe en cinco líneas qué dice Pablo acerca de lo que el ser humano puede conocer de Dios mediante la creación.
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Practica una respuesta sencilla. Supón que alguien te pregunta: «¿Por qué crees que Dios existe?». Escribe una respuesta de cinco a ocho líneas utilizando al menos dos ideas estudiadas en esta lección y un pasaje bíblico.