Apologética - Lección 5

Quinta lección del estudio: Apologética.

¿Quién es Jesucristo?

En la madrugada de un domingo, en las afueras de Jerusalén, ocurrió algo que obligó a los primeros seguidores de Jesús a replantearse todo lo que creían saber acerca de Él. Un sepulcro que había sido cerrado después de una ejecución pública estaba vacío. El hombre que había muerto crucificado ya no estaba allí. Sus discípulos, que pocas horas antes estaban asustados y dispersos, comenzaron a proclamar abiertamente que Jesús había resucitado. Muchos de ellos terminarían sufriendo por sostener esa afirmación. La pregunta que atravesó el primer siglo sigue siendo inevitable hoy: ¿quién es realmente Jesucristo?

El cristianismo no presenta a Jesús simplemente como un maestro que dejó buenas ideas. La Biblia hace una afirmación mucho mayor: Jesús es el Hijo eterno de Dios que entró en nuestra historia, murió verdaderamente y resucitó corporalmente. Por eso, investigar quién es Jesús significa examinar tanto lo que Él afirmó acerca de sí mismo como lo que ocurrió después de su muerte.


Jesús fue una persona real dentro de la historia

Jesús no aparece en la Biblia como un personaje separado del mundo real. Vivió en una época, región y sociedad concretas. Nació durante el gobierno de Herodes el Grande, creció en Nazaret de Galilea y desarrolló su ministerio público durante el dominio romano. Su crucifixión ocurrió bajo la autoridad de Poncio Pilato, gobernador romano de Judea.

Los Evangelios están llenos de lugares reconocibles: Jerusalén, Nazaret, Capernaúm, Betania, el mar de Galilea y el río Jordán. También mencionan gobernantes, autoridades religiosas y costumbres propias del primer siglo.

Incluso fuera del Nuevo Testamento encontramos referencias antiguas relacionadas con Jesús y los primeros cristianos. Escritores como Tácito y Josefo ayudan a confirmar el marco histórico básico en el que surgió el cristianismo. Estas fuentes externas no demuestran por sí mismas todo lo que la Biblia afirma acerca de Cristo, pero hacen muy difícil tratar a Jesús como una figura inventada siglos después.

El historiador cristiano Philip Schaff señaló que Jesús dejó una influencia extraordinaria a pesar de no haber dirigido ejércitos, ocupado un trono político ni escrito personalmente un libro. Su impacto comenzó con un pequeño grupo de discípulos en una región relativamente pequeña del Imperio romano.


Jesús afirmó mucho más que ser un maestro

Una explicación frecuente afirma que Jesús simplemente enseñó amor, compasión y buenas costumbres, mientras que sus seguidores posteriormente lo convirtieron en alguien divino. El problema es que esa explicación no encaja bien con los propios Evangelios.

Jesús habló y actuó con una autoridad sorprendente. Perdonó pecados, algo que sus opositores entendieron correctamente como una autoridad perteneciente a Dios.

«¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?» (Marcos 2:7).

Jesús tampoco respondió diciendo que había ocurrido un malentendido. En lugar de retroceder, confirmó su autoridad.

En Juan encontramos una declaración todavía más fuerte:

«Antes que Abraham fuese, yo soy» (Juan 8:58).

Abraham había vivido muchos siglos antes. Sin embargo, Jesús no dijo simplemente que existía antes que Abraham. Utilizó una expresión que recuerda claramente la manera en que Dios se reveló a Moisés en Éxodo 3:14. La reacción de quienes lo escucharon fue inmediata: tomaron piedras para matarlo.

Más adelante declaró:

«Yo y el Padre uno somos» (Juan 10:30).

Juan Calvino observó que Cristo no estaba reclamando simplemente cercanía con Dios, sino una unidad que explicaba por qué podía realizar las obras que pertenecen al Padre. La identidad de Jesús está en el centro mismo de su mensaje.


Sus discípulos también lo reconocieron como Dios

Después de la resurrección, Tomás se encontró frente a Jesús. Había dudado del testimonio de los demás discípulos y quería evidencias. Cuando finalmente vio al Cristo resucitado respondió:

«¡Señor mío, y Dios mío!» (Juan 20:28).

Jesús no lo corrigió.

El comienzo del Evangelio de Juan ya había preparado al lector para comprender esta escena:

«En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios» (Juan 1:1).

Y posteriormente:

«Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros» (Juan 1:14).

Jesucristo, por tanto, no comenzó a existir en Belén. Allí comenzó su vida humana, pero el Hijo existía antes de su nacimiento. Herman Bavinck explicó que en Cristo no encontramos a un hombre que poco a poco alcanzó una condición divina, sino al Hijo eterno entrando verdaderamente en nuestra condición humana.

Esto explica por qué Jesús podía tener hambre, cansarse, llorar y sufrir, mientras al mismo tiempo ejercía autoridad sobre el pecado, la enfermedad, la naturaleza y la muerte.


La cruz parecía haber terminado con todo

Jesús fue arrestado en Jerusalén durante la celebración de la Pascua. Después de ser interrogado, golpeado y condenado, fue llevado fuera de la ciudad y crucificado.

La crucifixión romana estaba diseñada para producir sufrimiento, humillación y muerte pública. Jesús murió realmente. Los Evangelios no presentan un desmayo del cual posteriormente se recuperó.

Marcos registra:

«Mas Jesús, dando una gran voz, expiró» (Marcos 15:37).

Su cuerpo fue colocado en una tumba perteneciente a José de Arimatea. Una piedra cerró la entrada. Para los discípulos, aquello parecía el final. El hombre en quien habían depositado sus esperanzas estaba muerto.

John Owen insistía en que la muerte de Cristo no fue un accidente inesperado dentro del propósito de Dios. Cristo se entregó voluntariamente para cargar con el pecado de su pueblo. La cruz no demuestra que Jesús perdió el control; muestra hasta dónde estuvo dispuesto a llegar para salvar.


Entonces llegó el domingo

La afirmación central de los primeros cristianos no fue simplemente que las enseñanzas de Jesús seguían vivas. Dijeron algo mucho más concreto: Jesús había salido de la tumba.

«No está aquí, pues ha resucitado, como dijo» (Mateo 28:6).

Pablo conserva una de las declaraciones más importantes acerca de estos acontecimientos:

«Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día» (1 Corintios 15:3-4).

Pablo continúa mencionando apariciones a Pedro, a los doce y a numerosos testigos. Incluso habla de una aparición a más de quinientas personas, indicando que muchos todavía vivían cuando él escribió.

Esto es importante porque la resurrección fue proclamada desde el comienzo como un acontecimiento ocurrido públicamente dentro de la historia, no simplemente como una experiencia interior de los discípulos.


Los discípulos pasaron del miedo a la proclamación

La noche del arresto, los discípulos huyeron. Pedro negó conocer a Jesús. Después de la crucifixión encontramos a sus seguidores reunidos con miedo.

Sin embargo, poco después estaban proclamando públicamente en Jerusalén:

«A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos» (Hechos 2:32).

Algo había cambiado profundamente su manera de actuar.

La disposición de los discípulos a sufrir no demuestra automáticamente que su creencia fuera verdadera; una persona puede sufrir sinceramente por algo equivocado. Pero sí muestra que ellos parecían estar convencidos de aquello que proclamaban. No estaban defendiendo simplemente una historia que sabían que habían inventado.

R. C. Sproul señaló que la resurrección ocupa un lugar decisivo porque confirma las afirmaciones de Cristo. Si Jesús permaneció muerto, sus declaraciones pierden su fundamento. Pero si realmente resucitó, entonces no podemos reducirlo a un maestro religioso más.


Pablo presenta una prueba que podía fracasar

Una de las características más sorprendentes del cristianismo es que la propia Biblia admite qué ocurriría si la resurrección fuera falsa.

Pablo escribió:

«Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe» (1 Corintios 15:14).

Eso significa que la resurrección no es un detalle secundario. Todo depende de ella.

Tim Keller explicaba que los primeros cristianos no anunciaban únicamente un conjunto de principios para vivir mejor. Anunciaban una noticia: algo había sucedido. Cristo había muerto y había resucitado.

La fe cristiana, por tanto, invita a examinar sus afirmaciones. No pide creer que Jesús resucitó simplemente porque la idea resulte hermosa o consoladora. Afirma que la tumba quedó vacía, que hubo testigos y que los primeros discípulos proclamaron la resurrección desde los comienzos del movimiento cristiano.


La resurrección revela quién es Jesús

La resurrección no significa simplemente que Jesús volvió a vivir para continuar unos años más antes de morir nuevamente. Cristo venció definitivamente la muerte.

Pablo escribe que Jesús:

«fue declarado Hijo de Dios con poder [...] por la resurrección de entre los muertos» (Romanos 1:4).

La resurrección no convirtió a Jesús en Hijo de Dios. Confirmó públicamente quién era.

Jonathan Edwards veía la obra de Cristo como el centro del propósito salvador de Dios: en Jesús convergen la justicia que condena verdaderamente el pecado y la misericordia que rescata al pecador.

Por eso la pregunta acerca de Jesús termina convirtiéndose en una pregunta personal. Podemos estudiar manuscritos, acontecimientos y argumentos, pero finalmente debemos enfrentarnos a sus propias palabras:

«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (Mateo 16:15).

Pedro respondió:

«Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente» (Mateo 16:16).

Esa sigue siendo la afirmación central del cristianismo. Jesús no es solamente un personaje importante de la antigüedad, un ejemplo moral o un maestro extraordinario. Es el Hijo eterno de Dios hecho hombre, crucificado por pecadores y levantado de entre los muertos.

Charles Spurgeon predicó durante décadas señalando constantemente hacia esta realidad: la esperanza del pecador no descansa en su capacidad para mejorarse a sí mismo, sino en Cristo y en lo que Él hizo.

Por eso, estudiar la identidad y la resurrección de Jesús no debería terminar simplemente aumentando nuestros conocimientos. Si Cristo realmente resucitó, entonces está vivo. Si está vivo, sus palabras continúan teniendo autoridad. Y si Él verdaderamente es quien afirmó ser, la respuesta correcta no consiste solamente en admirarlo, sino en arrepentirse, confiar en Él y seguirlo.


Ejercicios prácticos

1. Lee Juan 1:1-14 y escribe en tu libreta tres cosas que este pasaje enseña acerca de la identidad de Jesús.

2. Lee 1 Corintios 15:3-8. Haz una pequeña lista de las personas o grupos que Pablo menciona como testigos del Cristo resucitado.

3. Escribe con tus propias palabras por qué la resurrección es indispensable para la fe cristiana. Intenta explicarlo en cuatro o cinco líneas.

4. Compara Mateo 16:15-16 con Juan 20:28. Escribe qué reconocen Pedro y Tomás acerca de Jesús.

5. Responde personalmente en tu libreta la pregunta de Jesús en Mateo 16:15: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Después explica brevemente qué consecuencias debería tener tu respuesta en tu manera de vivir.