Apologética - Lección 6

Sexta lección del estudio: Apologética.

Piensa por un momento en una habitación de hospital en medio de la noche. Las luces están encendidas, pero todo parece oscuro. Una madre permanece sentada junto a la cama de su hijo. Afuera, la ciudad continúa con su ruido habitual. Los automóviles pasan. Las personas caminan. Algunos ríen, otros conversan, otros regresan a sus casas sin saber que, detrás de una puerta, alguien está preguntándose por qué Dios permite que sucedan ciertas cosas.

Ahora imagina a un hombre que acaba de perder a su esposa. A una familia que recibe una noticia inesperada. A un niño que nace con una enfermedad grave. A una persona que ha trabajado durante años y, de repente, pierde aquello que sostenía su hogar. Imagina también una nación destruida por una guerra, una comunidad golpeada por un terremoto o una familia que llora después de una tragedia.

Y entonces aparece una pregunta que atraviesa siglos, culturas y generaciones.

Si Dios es bueno, ¿por qué existe tanto mal?

Si Dios es todopoderoso, ¿por qué permite el sufrimiento?

Si Dios realmente ama a sus criaturas, ¿por qué algunas oraciones parecen quedar sin respuesta?

Estas preguntas no pertenecen únicamente a los ateos. También aparecen en el corazón de personas creyentes. Job las conoció. David las conoció. Jeremías las conoció. Asaf las conoció. Incluso los discípulos de Jesús tuvieron que aprender a confiar en Dios cuando no comprendían sus caminos.

Por eso, hablar del mal y del sufrimiento exige algo más que una respuesta rápida. No estamos tratando solamente con un problema intelectual. Estamos entrando en una de las heridas más profundas de la experiencia humana.

La respuesta cristiana no comienza diciendo que el sufrimiento es una ilusión. Tampoco afirma que todo ocurre porque Dios es indiferente. La Biblia hace algo mucho más profundo: reconoce la realidad del dolor, explica su origen, muestra sus límites, revela la soberanía de Dios y dirige nuestra mirada hacia la cruz de Cristo y hacia la esperanza de una creación restaurada.

El cristianismo no responde al sufrimiento desde una torre distante. Responde desde una cruz.

La pregunta que desafía nuestra visión de Dios

Uno de los argumentos más conocidos contra la existencia de Dios sostiene que el mal y el sufrimiento parecen ser incompatibles con un Dios bueno y todopoderoso.

La idea suele expresarse de esta manera: si Dios quiere eliminar el mal, pero no puede hacerlo, entonces no es todopoderoso. Si puede eliminarlo, pero no quiere hacerlo, entonces no sería bueno. Y si puede hacerlo y quiere hacerlo, ¿por qué continúa existiendo el mal?

Esta pregunta ha sido discutida durante siglos. El filósofo griego Epicuro, que vivió aproximadamente entre los años 341 y 270 antes de Cristo, es frecuentemente relacionado con una formulación antigua de este problema. Muchos siglos después, pensadores como David Hume, especialmente en su obra Dialogues Concerning Natural Religion, publicada póstumamente en 1779, retomaron argumentos similares.

La pregunta merece ser tomada en serio. Sería intelectualmente deshonesto responderla con una frase superficial.

Sin embargo, debemos observar algo importante. El problema del mal no demuestra automáticamente que Dios no exista. Más bien, plantea una cuestión que debe ser examinada cuidadosamente: ¿es lógicamente imposible que un Dios bueno y todopoderoso permita temporalmente la existencia del mal con un propósito justo y finalmente lo juzgue y elimine?

La respuesta es no. No existe una contradicción lógica necesaria entre esas afirmaciones.

Un padre puede permitir que un hijo atraviese una experiencia dolorosa por una razón que el niño todavía no comprende. Eso no significa que el padre ame menos a su hijo. La diferencia está en que los seres humanos somos limitados y Dios no lo es.

Nosotros vemos una escena. Dios ve toda la historia.

Nosotros vemos una página. Dios conoce el libro completo.

Nosotros vemos el momento presente. Dios conoce el principio, el desarrollo y el final.

Esto no significa que podamos explicar cada tragedia particular. La Biblia nunca nos autoriza a inventar una razón específica para cada sufrimiento. Lo que sí afirma es que Dios posee un conocimiento perfecto y que sus propósitos son justos, aunque muchas veces permanezcan ocultos para nosotros.

"Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová. Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos."

Isaías 55:8-9

El mal no nació en el corazón de Dios

Para comprender el problema del mal, debemos comenzar por la creación.

El relato de Génesis presenta un mundo que originalmente era bueno. Después de crear todas las cosas, Dios contempla su obra y declara:

"Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera."

Génesis 1:31

Esta afirmación es fundamental. La Biblia no presenta el mal como una sustancia eterna que siempre existió junto a Dios. Tampoco enseña que Dios creó el universo como una mezcla inevitable de bien y mal.

El mal no es un segundo dios. No es una fuerza equivalente a Dios. No existe un principio oscuro que compita con el Creador en igualdad de condiciones.

El mal es una corrupción de aquello que originalmente era bueno.

El pecado entra en la historia humana mediante la rebelión de Adán y Eva. Génesis 3 describe cómo la humanidad decide apartarse de la palabra de Dios y buscar autonomía. Desde entonces, la creación queda marcada por las consecuencias de la caída.

La muerte aparece. La vergüenza aparece. La culpa aparece. La separación aparece. El dolor aparece. El conflicto aparece. La violencia aparece.

La historia humana comienza a mostrar una realidad que todos conocemos demasiado bien.

El corazón humano puede construir hospitales y también campos de batalla. Puede escribir poemas y también planificar asesinatos. Puede cuidar a los débiles y, al mismo tiempo, explotar a los indefensos.

La Biblia explica esta contradicción diciendo que el pecado ha afectado profundamente la condición humana.

"Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron."

Romanos 5:12

Esto significa que una gran parte del sufrimiento humano está relacionada con la rebelión moral de la humanidad. El odio, la injusticia, la corrupción, la guerra, la violencia, la mentira y la opresión no proceden de una creación originalmente mal diseñada. Proceden de criaturas que han usado mal su libertad y han rechazado al Creador.

Pero aquí debemos ser cuidadosos. No todo sufrimiento puede atribuirse directamente a un pecado personal específico.

Los amigos de Job cometieron precisamente ese error.

Job sufrió profundamente y ellos asumieron que necesariamente había cometido alguna falta grave que explicaba su desgracia. Sin embargo, Dios mismo los reprendió al final del libro.

El sufrimiento puede relacionarse con la condición caída del mundo sin significar que cada persona que sufre esté siendo castigada por un pecado particular.

Jesús dejó esto claro cuando habló de personas que habían muerto en circunstancias trágicas. Sus discípulos también tuvieron que aprender que una enfermedad no siempre debía interpretarse como consecuencia directa de un pecado personal.

"No es que pecó este, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él."

Juan 9:3

El sufrimiento moral y el sufrimiento natural

Podemos distinguir dos grandes formas de sufrimiento.

El primero es el sufrimiento causado por decisiones humanas. Una persona miente y destruye la confianza de otra. Un gobernante oprime a su pueblo. Un criminal hace daño a una víctima. Una guerra comienza por la ambición de quienes tienen poder.

Este tipo de mal está relacionado directamente con las decisiones humanas.

El segundo incluye fenómenos como terremotos, enfermedades, accidentes y otros acontecimientos que no son producidos directamente por una decisión moral humana concreta.

La Biblia enseña que toda la creación ha sido afectada por la caída.

"Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora."

Romanos 8:22

La imagen utilizada por Pablo es extraordinariamente poderosa. No presenta la creación como un cadáver abandonado, sino como una mujer que gime con dolores de parto esperando algo nuevo.

El mundo actual no es el mundo tal como Dios lo creó originalmente, pero tampoco es el mundo definitivo que Dios permitirá para siempre.

Vivimos entre dos realidades: una creación herida y una restauración prometida.

La soberanía de Dios no significa que el mal sea bueno

Aquí encontramos una de las verdades más profundas de las Escrituras.

Dios es soberano. Nada escapa a su conocimiento ni puede frustrar finalmente sus propósitos.

"Nuestro Dios está en los cielos; todo lo que quiso ha hecho."

Salmo 115:3

Sin embargo, esto no significa que Dios sea moralmente responsable del pecado de la misma manera que lo son quienes lo cometen.

La Biblia mantiene juntas dos verdades que nuestra mente muchas veces quiere separar. Dios gobierna sobre todas las cosas y, al mismo tiempo, las criaturas son responsables de sus acciones.

El ejemplo más extraordinario aparece en la muerte de Jesús.

La crucifixión fue el acto más injusto de la historia humana. El único hombre perfectamente inocente fue condenado y ejecutado por manos humanas. Sin embargo, aquella tragedia no escapó al propósito de Dios.

Pedro declaró:

"A este, entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios, prendisteis y matasteis por manos de inicuos, crucificándole."

Hechos 2:23

Observemos la profundidad de esta afirmación.

Los hombres actuaron con maldad. Dios actuó conforme a su propósito redentor.

La misma cruz que reveló la maldad humana se convirtió en el lugar donde Dios manifestó su amor y obtuvo la salvación de su pueblo.

Esto nos enseña algo esencial: Dios puede permitir que ocurra algo malo sin que el mal deje de ser mal, y al mismo tiempo puede gobernar ese acontecimiento para producir un bien mayor.

José experimentó algo semejante. Sus hermanos lo vendieron por envidia y maldad. Décadas después, José pudo decir:

"Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien."

Génesis 50:20

No dice que sus hermanos hicieron bien.

Dice que Dios fue capaz de tomar aquello que ellos hicieron con una intención malvada y dirigirlo hacia un propósito bueno.

La cruz lleva esta verdad a su máxima expresión.

Job y el misterio de sufrir sin comprender

El libro de Job es uno de los textos más importantes para comprender el sufrimiento.

Job pierde bienes, estabilidad y salud. Pero lo más profundo de su sufrimiento no consiste solamente en sus pérdidas. También lucha con una pregunta: ¿por qué?

Job quiere una explicación.

Y aquí ocurre algo sorprendente.

Cuando Dios finalmente responde, no le entrega a Job una explicación detallada de cada acontecimiento.

Dios le muestra quién es Él.

Le recuerda la grandeza de su poder, la profundidad de su sabiduría y la inmensidad de su gobierno sobre la creación.

Esto no significa que Dios ignore el dolor humano. Significa que Job necesitaba comprender algo más profundo que una explicación temporal: necesitaba recordar que el universo no estaba gobernado por el azar.

El cristianismo reconoce que existen preguntas para las cuales no tenemos respuestas completas.

Y esto no es una debilidad intelectual.

Es una afirmación de humildad.

Si Dios fuera limitado a nuestra comprensión, entonces no sería Dios.

El problema aparece cuando transformamos nuestra incapacidad para conocer una razón en la afirmación de que no existe ninguna razón.

No saber por qué Dios permite algo no demuestra que Dios no tenga un propósito.

La diferencia es enorme.

La cruz cambia la pregunta

La respuesta cristiana al sufrimiento alcanza su centro en Jesucristo.

Dios no respondió al sufrimiento humano enviando una explicación escrita desde el cielo.

Entró en nuestra historia.

El Hijo de Dios asumió verdadera humanidad. Conoció el cansancio. Conoció el rechazo. Conoció el abandono de sus amigos. Conoció las lágrimas. Conoció la injusticia. Y finalmente sufrió y murió en la cruz.

Por eso, cuando un cristiano mira el sufrimiento, no mira a un Dios distante que observa desde lejos.

Mira a Cristo.

En Getsemaní, Jesús oró:

"Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú."

Mateo 26:39

Estas palabras nos enseñan que reconocer el dolor no es falta de fe.

Jesús no fingió que la cruz era sencilla. No llamó agradable a lo que estaba a punto de experimentar. Su oración muestra que la confianza verdadera no consiste en negar el sufrimiento, sino en colocar nuestra voluntad bajo la voluntad del Padre.

La cruz también nos muestra que Dios puede sacar el bien supremo del sufrimiento más terrible.

La muerte de Cristo parecía una derrota.

Pero fue el camino hacia la resurrección.

El sepulcro parecía el final.

Pero no era el final.

El viernes parecía haber triunfado la oscuridad.

Pero llegó el domingo.

Por eso, la esperanza cristiana no consiste en afirmar que el sufrimiento no existe. Consiste en creer que el sufrimiento no tendrá la última palabra.

La fe cristiana no promete una vida sin lágrimas

Una de las falsas promesas que debemos rechazar es la idea de que quien cree en Dios nunca sufrirá.

La Biblia enseña exactamente lo contrario.

Jesús dijo:

"En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo."

Juan 16:33

La promesa no es ausencia de aflicción.

La promesa es victoria final.

El creyente puede atravesar un valle oscuro sin concluir que Dios ha desaparecido.

El Salmo 23 no dice que el creyente nunca caminará por el valle de sombra de muerte. Dice:

"Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo."

Salmo 23:4

La diferencia no está en la ausencia del valle.

Está en la presencia de Dios dentro del valle.

Lo que el sufrimiento no puede destruir

El sufrimiento puede quitar muchas cosas. Puede cambiar nuestra salud, nuestras circunstancias, nuestros planes y nuestras seguridades temporales.

Pero para quien está unido a Cristo, no puede destruir la promesa de Dios.

El apóstol Pablo escribió:

"Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria."

2 Corintios 4:17

Pablo no está minimizando el dolor. Él mismo sufrió persecuciones, encarcelamientos, golpes, hambre y peligros. Su perspectiva no era ingenua.

Lo que está diciendo es que, comparado con la eternidad, el sufrimiento presente no tiene la capacidad de definir nuestro destino final.

El dolor es real.

Pero no es eterno.

La muerte es real.

Pero no es definitiva.

Las lágrimas son reales.

Pero no serán permanentes.

Una esperanza que mira hacia el final

La Biblia termina con una visión que responde directamente al problema del sufrimiento.

Juan contempla un futuro en el que Dios hará nuevas todas las cosas.

"Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron."

Apocalipsis 21:4

Esta es la esperanza cristiana.

No es escapar de la creación, sino verla restaurada.

No es fingir que nunca existió el dolor, sino contemplar cómo Dios finalmente vence todo aquello que destruye.

El Dios que creó el mundo.

El Dios que sostuvo a Job.

El Dios que acompañó a José.

El Dios que llevó a Israel a través de sus aflicciones.

El Dios que entregó a su Hijo.

El Dios que levantó a Cristo de entre los muertos.

Ese mismo Dios promete un día en el que el sufrimiento terminará definitivamente.

Por eso, el problema del mal no puede ser respondido únicamente mirando hacia atrás. También debemos mirar hacia adelante.

La cruz demuestra que Dios puede vencer el mal sin aprobarlo.

La resurrección demuestra que la muerte no tiene la última palabra.

La segunda venida de Cristo garantiza que el mal será juzgado.

Y la nueva creación anuncia que el sufrimiento será finalmente eliminado.

La respuesta cristiana ante quien sufre

Existe también una dimensión práctica que no debemos ignorar.

Cuando alguien está sufriendo, no siempre necesita una explicación filosófica inmediata.

A veces necesita que alguien se siente a su lado.

A veces necesita silencio.

A veces necesita una mano que sostenga la suya.

A veces necesita llorar sin que alguien le diga rápidamente que "todo sucede por algo".

Los amigos de Job comenzaron bien cuando se sentaron con él en silencio. Su error vino después, cuando intentaron explicar aquello que no comprendían.

La compasión cristiana debe ser profunda porque el dolor humano es profundo.

Jesús mismo lloró ante la tumba de Lázaro.

"Jesús lloró."

Juan 11:35

Estas dos palabras contienen una verdad inmensa.

El Hijo de Dios sabía que Lázaro resucitaría. Sabía que la muerte sería vencida. Y aun así lloró.

Esto significa que tener esperanza no elimina la capacidad de llorar.

Podemos creer en la resurrección y todavía llorar.

Podemos confiar en la soberanía de Dios y todavía sentir dolor.

Podemos no comprender los caminos de Dios y aun así descansar en su carácter.

Una fe que permanece cuando no tenemos respuestas

El gran desafío del problema del mal no es únicamente responder al filósofo que pregunta desde una perspectiva intelectual. También es responder al ser humano que, en medio de la noche, pregunta entre lágrimas: "¿Dónde está Dios?"

La respuesta cristiana debe comenzar con una verdad: Dios no ha abandonado a su pueblo.

David pudo decir:

"Jehová está cerca de los quebrantados de corazón; y salva a los contritos de espíritu."

Salmo 34:18

El Dios de la Biblia no desprecia al que llora.

No se burla del que pregunta.

No rechaza al que lucha por comprender.

Pero tampoco permite que nuestras preguntas gobiernen la verdad.

Cuando no entendemos sus caminos, podemos seguir confiando en su carácter.

Cuando no conocemos la razón, podemos recordar la cruz.

Cuando no vemos el final, podemos recordar la resurrección.

Y cuando caminamos por el valle, podemos recordar que no caminamos solos.

El problema del mal sigue siendo una de las preguntas más difíciles que enfrenta la humanidad. La fe cristiana no responde cada caso particular con una explicación detallada. Sería arrogante afirmar que conocemos los motivos secretos de Dios en cada tragedia.

Pero sí ofrece algo mucho más sólido que una explicación improvisada.

Nos ofrece una visión completa de la historia.

Hubo una creación buena.

Hubo una caída real.

Existe un mundo quebrantado.

Hay un Redentor que entró en nuestra historia.

Existe una cruz donde el mal fue expuesto y derrotado.

Existe una tumba vacía que anuncia la victoria sobre la muerte.

Existe un juicio futuro donde toda injusticia será puesta al descubierto.

Y existe una nueva creación donde Dios enjugará toda lágrima.

Por eso, la última palabra de la fe cristiana frente al mal no es desesperación.

Es esperanza.

Una esperanza que no nace de cerrar los ojos ante el sufrimiento, sino de mirar la realidad completa.

El mundo está herido, pero Dios no ha perdido el control.

El pecado es real, pero Cristo ha vencido.

La muerte existe, pero la tumba está vacía.

Las lágrimas todavía corren, pero llegará el día en que Dios mismo las enjugará.

Y mientras ese día llega, la Iglesia no está llamada únicamente a explicar el sufrimiento, sino a acompañar al que sufre, defender al débil, denunciar la injusticia, practicar la misericordia y anunciar que Jesucristo es la esperanza de un mundo que, aunque profundamente quebrantado, no está abandonado a su suerte.

La pregunta "¿por qué Dios permite el mal?" sigue siendo difícil.

Pero existe una pregunta todavía más profunda.

¿Qué hizo Dios frente al mal?

La respuesta se encuentra en una cruz.

Y la garantía de que el mal será finalmente derrotado se encuentra en una tumba vacía.

Por eso, el cristiano puede mirar el sufrimiento con lágrimas en los ojos y, al mismo tiempo, con esperanza en el corazón.

Porque el Dios que permitió que su Hijo pasara por la cruz es el mismo Dios que lo levantó de entre los muertos.

Y si Cristo resucitó, entonces el sufrimiento no tendrá la última palabra.

Cristo la tendrá.