Apologética - Lección 9

Novena lección del estudio: Apologética.

Cómo defender la fe cristiana con sabiduría y llevarla hacia el evangelio

«Estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros» (1 Pedro 3:15).

Una conversación puede comenzar con una pregunta aparentemente sencilla: «¿Por qué crees en Dios?». Pero detrás de esa pregunta puede haber muchas cosas. Tal vez exista verdadera curiosidad. Quizá haya dudas acumuladas durante años. Puede haber dolor, rechazo, prejuicios o simplemente el deseo de comprobar si el cristiano realmente sabe por qué cree lo que cree. En ese momento, nuestra respuesta puede convertirse en un puente hacia Cristo o en una discusión que no conduzca a ninguna parte.

Defender la fe cristiana no consiste simplemente en aprender argumentos para ganar debates. Tampoco significa tener una respuesta inmediata para cada pregunta. El propósito es mucho mayor: presentar con claridad la verdad que Dios ha revelado, responder con sabiduría a las objeciones y conducir la conversación, cuando sea posible, hacia la persona y la obra de Jesucristo.

Debemos saber qué creemos

No podemos explicar con claridad aquello que nosotros mismos apenas conocemos. Pedro escribió:

«Santificad a Dios el Señor en vuestros corazones, y estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia» (1 Pedro 3:15).

Observa el orden. Antes de hablar de presentar una defensa, Pedro habla del lugar que Cristo debe ocupar en nuestro corazón. La defensa de la fe comienza con una vida sometida al Señor. No somos vendedores intentando hacer atractivo el cristianismo. Somos testigos de una verdad que hemos recibido.

Por eso necesitamos conocer las Escrituras. Debemos saber quién es Dios, qué ocurrió con el ser humano, qué es el pecado, quién es Jesucristo, por qué murió, qué significa su resurrección y por qué necesitamos arrepentimiento y fe.

Juan Calvino insistía en que el verdadero conocimiento de Dios y el verdadero conocimiento del ser humano están profundamente relacionados. Cuando comprendemos quién es Dios, comenzamos también a comprender quiénes somos nosotros. Esta verdad es fundamental al hablar con una persona que pregunta acerca de la fe.

No necesitamos saberlo todo. De hecho, una respuesta como «No conozco suficientemente ese tema; permíteme estudiarlo» puede ser mucho más sabia que inventar una explicación. La honestidad fortalece nuestro testimonio; fingir conocimiento lo debilita.

Escuchar también forma parte de la defensa

Uno de los errores más frecuentes es comenzar a responder antes de comprender realmente la pregunta.

Alguien puede decir: «No creo en Dios porque existe demasiado sufrimiento». Podemos comenzar inmediatamente a explicar por qué la existencia del mal no demuestra que Dios no exista. Sin embargo, quizá esa persona acaba de perder a alguien que amaba. Su pregunta no es solamente intelectual. Hay una herida detrás de sus palabras.

Proverbios advierte:

«Al que responde palabra antes de oír, le es fatuidad y oprobio» (Proverbios 18:13).

Escuchar permite descubrir qué está preguntando realmente la persona. Podemos responder: «¿Qué quieres decir exactamente?» o «¿Qué te llevó a pensar de esa manera?». Una pregunta sencilla puede revelar mucho.

Francis Schaeffer destacó la importancia de escuchar cuidadosamente a las personas antes de responderles. No hablamos con problemas abstractos; hablamos con seres humanos creados a imagen de Dios. Cada persona tiene una historia, preguntas, temores y convicciones.

La manera de responder importa

Es posible defender algo verdadero de una manera equivocada.

Pedro no solamente dice que debemos presentar defensa. Añade que debemos hacerlo «con mansedumbre y reverencia» (1 Pedro 3:15). Pablo también escribió:

«El siervo del Señor no debe ser contencioso, sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido» (2 Timoteo 2:24).

El cristiano no necesita humillar a nadie para demostrar que tiene razón. Burlarse, ridiculizar o responder con arrogancia puede cerrar una conversación que podría haber conducido hacia el evangelio.

Jonathan Edwards entendía que la verdad cristiana debe afectar tanto la mente como el corazón. Una persona puede pronunciar palabras correctas mientras su actitud contradice aquello que está defendiendo.

Nuestra seguridad no descansa en nuestra habilidad para discutir. Descansa en la verdad de Dios.

Las preguntas difíciles no deben asustarnos

«¿Cómo sabes que Dios existe?»

«¿Por qué permite Dios el sufrimiento?»

«¿Por qué debería confiar en la Biblia?»

«¿No son todas las religiones caminos diferentes hacia Dios?»

«¿Cómo puedes creer en milagros?»

Estas preguntas merecen respuestas serias. No debemos evitarlas ni responder con frases vacías.

R. C. Sproul dedicó gran parte de su ministerio a mostrar que la fe cristiana no exige abandonar la razón. Creer no significa cerrar los ojos frente a las preguntas difíciles. El cristiano puede examinar evidencias, presentar razones y señalar contradicciones en otras maneras de entender el mundo.

Sin embargo, debemos reconocer algo importante: los argumentos tienen límites. Podemos aclarar una confusión y mostrar que una objeción no destruye la fe cristiana, pero no podemos transformar el corazón humano mediante nuestra inteligencia.

Pablo explica:

«El hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios» (1 Corintios 2:14).

Esto nos mantiene humildes. Presentamos razones, pero dependemos de Dios.

Aprender a hacer buenas preguntas

Jesús utilizaba preguntas que obligaban a las personas a examinar lo que realmente creían.

«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (Mateo 16:15).

Una buena pregunta puede ser más útil que cinco minutos hablando sin detenernos.

Si alguien afirma: «No existe ninguna verdad absoluta», podríamos preguntar: «¿Esa afirmación es absolutamente verdadera?». Si alguien dice: «La ciencia ha demostrado que Dios no existe», podemos preguntar: «¿Qué descubrimiento científico demuestra eso?». Si alguien afirma que todas las religiones enseñan básicamente lo mismo, podemos preguntarle si ha comparado realmente sus enseñanzas acerca de Dios, el pecado, la salvación y la vida después de la muerte.

Tim Keller mostró con frecuencia que muchas objeciones modernas descansan sobre creencias que también deben ser examinadas. La persona que cuestiona el cristianismo también interpreta la realidad desde ciertas convicciones. Nadie observa el mundo desde una posición completamente neutral.

No debemos quedarnos atrapados en la discusión

Aquí aparece uno de los mayores peligros. Podemos hablar durante una hora acerca de filosofía, ciencia, historia, moralidad o manuscritos bíblicos y terminar sin mencionar claramente a Jesucristo.

Eso sería una defensa incompleta.

Pablo podía razonar con quienes lo escuchaban, pero su mensaje tenía un centro definido:

«Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día» (1 Corintios 15:3-4).

Toda conversación no permitirá presentar el evangelio completamente, pero debemos aprender a reconocer oportunidades para avanzar hacia él.

Una conversación acerca del sufrimiento puede conducir a hablar del Dios que entró en nuestro mundo y sufrió. Una conversación acerca de la culpa puede conducir al perdón. Una conversación acerca de la justicia puede conducir al juicio de Dios. Una conversación acerca de la muerte puede conducir a la resurrección. Una conversación acerca del sentido de la vida puede conducir a nuestro Creador.

John Stott señaló constantemente que la cruz ocupa el centro del mensaje cristiano. Allí vemos simultáneamente la gravedad del pecado, la justicia de Dios y la profundidad de su amor.

Debemos explicar el verdadero problema humano

El evangelio pierde su sentido cuando presentamos a Jesús simplemente como alguien que ayuda a tener una vida mejor.

El problema humano es mucho más profundo.

«Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios» (Romanos 3:23).

El pecado no consiste únicamente en cometer determinadas acciones malas. Es rebelión contra Dios. Hemos quebrantado su ley y necesitamos reconciliación con nuestro Creador.

Los puritanos comprendieron profundamente esta realidad. John Owen enseñó extensamente acerca de la gravedad del pecado y de nuestra necesidad de la gracia de Dios. Si reducimos el pecado, inevitablemente reduciremos también nuestra comprensión de Cristo.

Por eso debemos explicar el evangelio con claridad. Dios es santo y justo. Nosotros hemos pecado. No podemos eliminar nuestra culpa mediante buenas obras. Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, vivió en perfecta obediencia, murió por pecadores y resucitó. Dios llama ahora a las personas a arrepentirse y confiar en Cristo.

«Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo» (Hechos 16:31).

Nuestra meta no es ganar sino servir

Puede ocurrir algo extraño después de una discusión: el cristiano demuestra que el argumento de la otra persona estaba equivocado y, aun así, pierde la oportunidad de ayudarla.

¿De qué sirve dejar a alguien intelectualmente derrotado pero más alejado de escuchar acerca de Cristo?

Charles Spurgeon tenía una enorme confianza en el poder del evangelio. Su predicación no descansaba principalmente en técnicas persuasivas, sino en proclamar con claridad a Cristo. Esa confianza sigue siendo necesaria.

Debemos estudiar, prepararnos y aprender a razonar correctamente. Pero nuestra esperanza nunca debe descansar en nuestra elocuencia.

«Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree» (Romanos 1:16).

La vida también acompaña nuestras palabras

Una defensa convincente pronunciada por una vida contradictoria pierde gran parte de su fuerza.

Pedro conecta nuestra respuesta con nuestra conducta:

«Teniendo buena conciencia, para que en lo que murmuran de vosotros como de malhechores, sean avergonzados los que calumnian vuestra buena conducta en Cristo» (1 Pedro 3:16).

La persona que conversa con nosotros quizá olvide algunos argumentos, pero recordará cómo la tratamos. Recordará si fuimos pacientes, si reconocimos cuando no sabíamos algo y si nuestras palabras coincidían con nuestra manera de vivir.

Sinclair Ferguson ha insistido en que la vida cristiana fluye de nuestra unión con Cristo. No defendemos solamente una colección de ideas. Confesamos a un Señor al que pertenecemos.

Dependemos de Dios mientras hablamos

Hay una verdad que nos libra de una carga que nunca nos correspondió llevar: nosotros no podemos convertir a nadie.

Podemos estudiar durante años. Podemos responder cuidadosamente. Podemos presentar evidencias sólidas. Podemos explicar el evangelio con claridad. Pero solamente Dios puede dar vida espiritual.

«Yo planté, Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios» (1 Corintios 3:6).

Por eso la defensa de la fe debe estar acompañada de oración. Mientras escuchamos una pregunta, podemos pedir silenciosamente sabiduría. Después de una conversación, podemos orar por esa persona.

Defender la fe cristiana con sabiduría significa conocer lo que creemos, escuchar antes de responder, tratar a las personas con respeto, examinar cuidadosamente sus preguntas, presentar buenas razones y reconocer nuestros límites. Pero todo esto debe conducir, cuando la conversación lo permita, hacia el centro del mensaje cristiano.

Ese centro no es nuestra capacidad para discutir.

Es Jesucristo.

El propósito final no consiste simplemente en conseguir que alguien admita que Dios podría existir o que la Biblia posee buenas razones para ser tomada en serio. Queremos que pueda comprender quién es Cristo, por qué vino, qué ocurrió en la cruz, por qué resucitó y por qué necesita reconciliarse con Dios.

Podemos perder una discusión y aun así haber sembrado una verdad que una persona recordará durante años. También podemos ganar una discusión y no haberla acercado en absoluto al evangelio. Por eso necesitamos verdad acompañada de humildad, preparación acompañada de oración y argumentos que finalmente señalen más allá de nosotros.

«Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado» (1 Corintios 2:2).

Ejercicios prácticos

  1. Explica el evangelio

    Escribe en tu libreta, usando tus propias palabras y en cinco líneas como máximo, qué es el evangelio y por qué necesitamos a Jesucristo.

  2. Responde una pregunta

    Escribe cómo responderías de manera sencilla si alguien te preguntara: «¿Por qué crees en Dios?».

  3. Practica escuchar

    Escribe tres preguntas que podrías hacer antes de responder a alguien que dice: «Yo no creo en la Biblia».

  4. Conduce hacia Cristo

    Supón que alguien te pregunta por qué existe tanto sufrimiento. Escribe dos o tres frases que permitan llevar respetuosamente la conversación hacia Jesucristo.

  5. Reconoce tus límites

    Anota una pregunta acerca de la fe cristiana que actualmente no sabrías responder bien. Después escribe qué podrías estudiar en la Biblia para comenzar a comprenderla mejor.

  6. Recuerda la actitud correcta

    Lee 1 Pedro 3:15-16 y escribe tres cualidades que deberían estar presentes cuando hablas con alguien que cuestiona tu fe.