Apologética - Lección 8

Octava lección del estudio: Apologética.

Objeciones comunes contra el cristianismo

Hay preguntas que nacen de la curiosidad, otras del dolor y algunas de una resistencia profunda a aceptar lo que Dios dice. Todas pueden sonar parecidas, pero no proceden necesariamente del mismo lugar. Una persona pregunta: «Si Dios es bueno, ¿por qué permitió que muriera alguien que amaba?». Otra pregunta: «¿Cómo puedo creer en un Dios que no puedo ver?». Otra afirma: «La Biblia fue escrita por hombres, así que no puedo confiar en ella». Las palabras cambian, pero detrás de ellas hay algo mucho más importante que ganar una discusión: hay una persona tratando de comprender qué es verdad.

El cristiano no debe sentir miedo ante las preguntas difíciles. La fe cristiana no exige apagar la mente. Dios llama a su pueblo a amarle también con el entendimiento. Pedro escribió: «Estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros» (1 Pedro 3:15).

Francis Schaeffer insistía en que debemos escuchar cuidadosamente a las personas antes de responderles. No basta con tener una respuesta correcta; necesitamos comprender qué está preguntando realmente la persona. Juan Calvino también reconocía que el problema humano no consiste simplemente en falta de información. Nuestro corazón puede resistirse al Dios que nuestra mente sabe que existe. Por eso defender la fe requiere verdad, paciencia, humildad y amor.

Si Dios existe, ¿por qué hay tanto sufrimiento?

Esta probablemente sea una de las preguntas más difíciles, porque rara vez es solamente intelectual. Puede surgir junto a una cama de hospital, frente a una tumba, después de una guerra, ante el sufrimiento de un niño o mientras una familia observa cómo su vida se desmorona.

La Biblia no responde fingiendo que el sufrimiento es pequeño. Lo llama dolor, aflicción, enfermedad, injusticia y muerte. Incluso encontramos hombres piadosos preguntando a Dios por qué permite determinadas cosas. Job lloró. David preguntó cuánto tiempo continuaría su sufrimiento. Jeremías lamentó profundamente la destrucción que contemplaba.

Pero la Biblia enseña que Dios no creó originalmente al ser humano para vivir en un mundo dominado por el pecado y la muerte. Génesis presenta una creación buena que posteriormente fue dañada por la rebelión humana. Pablo explica: «Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte» (Romanos 5:12).

Esto no significa que cada sufrimiento particular sea consecuencia directa de un pecado específico cometido por quien sufre. Jesús rechazó esa conclusión en Juan 9:1-3. Significa que vivimos dentro de una creación afectada profundamente por la caída.

Sin embargo, Dios no observa el sufrimiento desde lejos. El centro del cristianismo es Cristo crucificado. Dios entró en nuestra historia, conoció el rechazo, la injusticia, el dolor y la muerte. Y precisamente mediante el acontecimiento más injusto de la historia, la muerte del único verdaderamente inocente, Dios llevó a cabo la salvación de pecadores.

R.C. Sproul señalaba que la cruz demuestra que la existencia del mal nunca significa que Dios haya perdido el control. Los hombres actuaron responsablemente al crucificar a Cristo, pero incluso aquella maldad estaba dentro del propósito soberano de Dios. Pedro declaró que Jesús fue entregado «por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios» (Hechos 2:23).

La respuesta cristiana al sufrimiento, entonces, no consiste en afirmar que conocemos la explicación particular de cada tragedia. Muchas veces no la conocemos. Consiste en afirmar que el mal es real, Dios continúa siendo soberano, la cruz demuestra que puede producir bien incluso mediante acciones terriblemente malas y llegará un día cuando eliminará definitivamente el sufrimiento, el pecado y la muerte.

¿Cómo creer en un Dios que nadie puede ver?

Esta objeción parece fuerte hasta que observamos una realidad sencilla: no necesitamos ver directamente algo para tener razones suficientes para creer que existe.

No vemos la gravedad, pero observamos sus efectos. No podemos colocar el pasado delante de nuestros ojos, pero podemos conocer acontecimientos históricos mediante testimonios y evidencias. La pregunta correcta no es solamente «¿puedo ver a Dios?», sino «¿existen razones para reconocer su existencia?».

Pablo afirma: «Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas» (Romanos 1:20).

El universo no se presenta como una explicación de sí mismo. Existe, posee orden y permite la existencia de criaturas capaces de razonar acerca de él. La Biblia señala más allá de la creación hacia su Creador.

Juan Calvino utilizó una expresión sencilla y profunda al enseñar que el mundo funciona como un gran escenario donde contemplamos la obra de Dios. No significa que cada detalle de Dios pueda descubrirse estudiando la naturaleza. Significa que la creación apunta fuera de sí misma.

Pero Dios hizo algo todavía mayor. No solamente dejó señales de su poder en la creación; se dio a conocer de manera culminante en Jesucristo. «A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer» (Juan 1:18).

La Biblia fue escrita por hombres

Esta afirmación es verdadera, pero la conclusión que normalmente se obtiene de ella no lo es. Sí, la Biblia fue escrita por seres humanos. Moisés escribió como Moisés, David como David, Lucas como Lucas y Pablo como Pablo. Sus personalidades, circunstancias y maneras de expresarse aparecen en sus escritos.

La cuestión es si Dios podía utilizar autores humanos para comunicar fielmente su Palabra. La Escritura responde afirmativamente: «Los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo» (2 Pedro 1:21).

También declara: «Toda la Escritura es inspirada por Dios» (2 Timoteo 3:16).

B.B. Warfield explicó ampliamente que la acción de Dios no convirtió a los escritores bíblicos en máquinas. Dios obró mediante personas reales, utilizando sus capacidades y circunstancias, para comunicar exactamente aquello que había determinado revelar.

Además, rechazar un escrito simplemente porque fue producido por seres humanos sería absurdo. Los libros de historia, documentos legales, testimonios judiciales y obras científicas también son escritos por personas. Lo importante es preguntar si existen buenas razones para confiar en lo que dicen.

La Biblia merece ser examinada seriamente, no descartada mediante una frase rápida.

La ciencia ha demostrado que Dios no es necesario

La ciencia puede estudiar procesos extraordinariamente complejos del universo. Puede investigar cómo se forman las estrellas, cómo funcionan las células o cómo determinadas enfermedades afectan el organismo. Pero explicar cómo funciona algo no responde necesariamente por qué existe.

Supongamos que alguien explica detalladamente cómo funciona un reloj. Describe sus engranajes, materiales y movimiento. Nada de esa explicación demuestra que el reloj no tenga diseñador.

La Biblia nunca presenta a Dios como una explicación provisional para aquello que todavía desconocemos. Dios no solamente explica las partes misteriosas del universo. Es quien sostiene todo lo existente. «Porque en él vivimos, y nos movemos, y somos» (Hechos 17:28).

Herman Bavinck enseñaba que toda la creación depende continuamente de Dios. Esto significa que cuanto más comprendemos el universo, no necesariamente encontramos menos razones para reconocer al Creador. Estamos comprendiendo mejor aquello que Él hizo.

Todas las religiones enseñan básicamente lo mismo

Esta afirmación puede parecer respetuosa, pero no corresponde con la realidad. Las religiones hacen afirmaciones profundamente diferentes acerca de Dios, del ser humano, del pecado, de la salvación y de lo que ocurre después de la muerte.

El cristianismo hace una afirmación particularmente definida. Jesús dijo: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí» (Juan 14:6).

El centro del evangelio tampoco consiste en que el ser humano ascienda hasta Dios mediante suficiente esfuerzo moral. El mensaje es exactamente lo contrario: Dios vino hacia nosotros porque nosotros no podíamos salvarnos.

Pablo escribe: «Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros» (Romanos 5:8).

Martín Lutero comprendió profundamente esta diferencia. El pecador no puede presentarse delante de Dios mostrando sus propios méritos. Necesita una justicia que no nace de sí mismo. Por eso Cristo no es simplemente un maestro que muestra un camino; Él mismo es el Salvador que hace por nosotros aquello que nosotros jamás podríamos hacer.

Hay demasiados hipócritas en las iglesias

Esta objeción contiene una verdad dolorosa. Han existido personas que se llaman cristianas mientras viven de manera contraria a Cristo. También han existido escándalos, abusos de autoridad y pecados graves dentro de iglesias. Negarlo sería deshonesto.

Pero debemos distinguir entre Cristo y quienes desobedecen a Cristo.

Jesús mismo denunció duramente la hipocresía religiosa. En Mateo 23 confrontó a personas que aparentaban santidad exterior mientras escondían corrupción interior. Por tanto, descubrir hipocresía entre quienes profesan seguir a Cristo no demuestra que las enseñanzas de Cristo sean falsas. Muchas veces demuestra precisamente que esas personas están quebrantando aquello que Cristo enseñó.

Charles Spurgeon advertía constantemente contra una profesión religiosa sin una vida transformada. El verdadero cristianismo nunca enseña que sus seguidores sean personas naturalmente superiores. Enseña que somos pecadores necesitados de gracia.

Por eso nuestra mirada final no debe estar puesta en la perfección de los cristianos, sino en Cristo.

¿Por qué un Dios amoroso juzgaría a alguien?

A veces pensamos que amor y justicia son contrarios. Pero pensemos en un juez que observa un crimen terrible y responde: «Como soy amoroso, dejaré libre al culpable». No llamaríamos amor a semejante decisión. La llamaríamos injusticia.

Precisamente porque Dios es bueno, no puede tratar el mal como si fuera insignificante.

La dificultad verdadera aparece cuando reconocemos que nosotros también somos culpables. «Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios» (Romanos 3:23).

Jonathan Edwards insistía en que solemos juzgar la gravedad del pecado desde nuestra propia pequeñez y no desde la grandeza y santidad de Dios. Si comprendemos quién es Dios, comenzamos a entender por qué rebelarse contra Él no es algo trivial.

Pero aquí aparece la belleza del evangelio. El Dios que juzga justamente es también quien proporciona el Salvador. En la cruz, la justicia de Dios no fue ignorada y su misericordia no fue anulada.

«Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él» (2 Corintios 5:21).

Yo soy una buena persona

Probablemente esta sea una objeción más profunda de lo que parece. Muchas personas reconocen errores, pero consideran que sus buenas acciones superan suficientemente las malas.

El problema es que solemos compararnos con otras personas. Siempre podremos encontrar a alguien que parezca moralmente peor. Pero Dios no utiliza como medida al vecino, al criminal o a la persona que aparece en las noticias. Su medida es su propia santidad.

Jesús llevó la cuestión hasta el corazón. El asesinato comienza con odio; el adulterio también puede comenzar con una mirada llena de deseo; las palabras revelan aquello que habita dentro de nosotros. El problema humano no es simplemente una colección de malas acciones. Existe una corrupción interior de la cual proceden nuestras acciones.

John Owen dedicó gran parte de sus escritos a mostrar que el pecado busca permanecer activo en el corazón humano. Por eso necesitamos mucho más que mejorar determinados hábitos. Necesitamos ser renovados.

«Os es necesario nacer de nuevo» (Juan 3:7).

Responder sin convertir una conversación en una batalla

Defender el cristianismo no consiste en destruir intelectualmente a quien piensa diferente. Una discusión puede ganarse mientras la persona que tenemos delante queda completamente ignorada.

Pablo aconsejó: «El siervo del Señor no debe ser contencioso, sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido» (2 Timoteo 2:24).

Tim Keller mostraba frecuentemente que detrás de una objeción intelectual pueden existir experiencias, temores o creencias más profundas. Por eso una buena respuesta muchas veces comienza con una pregunta: «¿Qué te lleva a pensar eso?».

Escuchar nos ayuda a descubrir qué estamos respondiendo realmente.

También debemos reconocer cuando no sabemos algo. Decir «no conozco suficientemente ese tema, pero puedo investigarlo» es mucho mejor que inventar una respuesta. Nuestra confianza no depende de saber responder inmediatamente cada pregunta.

Y debemos recordar algo fundamental: los argumentos tienen importancia, pero solamente Dios puede transformar el corazón. Pablo escribió: «Porque Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones» (2 Corintios 4:6).

Esto nos libra de la desesperación y también del orgullo. No necesitamos manipular, presionar ni humillar a nadie. Presentamos razones, respondemos con claridad, reconocemos nuestras limitaciones y anunciamos fielmente a Cristo.

La pregunta que permanece detrás de las demás

Las objeciones contra el cristianismo deben tomarse seriamente. Algunas son difíciles y requieren estudio. Otras nacen de experiencias dolorosas que merecen sensibilidad. Pero ninguna respuesta estará completa si solamente eliminamos obstáculos intelectuales y nunca llegamos a Cristo.

Jesús no vino simplemente para proporcionar respuestas interesantes acerca de Dios. Vino para reconciliar pecadores con Dios.

La pregunta definitiva no es solamente si podemos responder por qué existe el sufrimiento, explicar por qué confiamos en la Biblia o demostrar que ciencia y fe no son enemigas. Finalmente tendremos que enfrentarnos con la persona de Jesucristo.

Él preguntó a sus discípulos: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (Mateo 16:15).

J.I. Packer recordaba que conocer información acerca de Dios no equivale necesariamente a conocer a Dios. Podemos aprender argumentos, estudiar evidencias y responder preguntas mientras nuestro propio corazón permanece lejos de Cristo.

Por eso el propósito de aprender a responder objeciones no debe ser convertirnos en personas orgullosas de cuánto sabemos. Debe prepararnos para servir mejor a quienes tienen preguntas y conducir la conversación hacia el evangelio.

Cuando alguien pregunte, no tengamos miedo. Escuchemos primero. Pensemos cuidadosamente. Respondamos con verdad. Admitamos aquello que desconocemos. Abramos las Escrituras. Y cuando la conversación avance, señalemos hacia Cristo, porque la defensa más completa del cristianismo finalmente conduce hasta Él: crucificado por pecadores, resucitado de entre los muertos y ofreciendo gratuitamente salvación a todo aquel que viene a Él por la fe.

Ejercicios prácticos

  1. Escribe tres objeciones

    Anota tres preguntas contra el cristianismo que hayas escuchado alguna vez. Debajo de cada una escribe, en dos o tres líneas, cómo responderías después de estudiar esta lección.

  2. Busca tres textos bíblicos

    Busca y copia en tu libreta Romanos 1:20, 1 Pedro 3:15 y 2 Timoteo 2:24. Después escribe una oración explicando qué enseña cada texto acerca de cómo hablar con otras personas.

  3. Responde sobre el sufrimiento

    Escribe una respuesta breve para alguien que pregunte: «Si Dios es bueno, ¿por qué existe el sufrimiento?». Intenta responder en no más de cinco líneas.

  4. Practica escuchar

    Escribe la siguiente objeción: «No creo en el cristianismo porque he conocido muchos cristianos hipócritas». Antes de escribir una respuesta, anota dos preguntas respetuosas que podrías hacer para comprender mejor a esa persona.

  5. Lleva la conversación hacia Cristo

    Elige una de las objeciones estudiadas y escribe una respuesta sencilla que termine explicando quién es Jesús y por qué su muerte y resurrección son esenciales para el evangelio.