Hermenéutica - Lección 3

Tercera lección del estudio: Hermeneutica.

Las reglas fundamentales para interpretar correctamente la Biblia

«Abre mis ojos, y miraré las maravillas de tu ley» — Salmo 119:18.

Una Biblia abierta puede producir dos resultados muy diferentes. Una persona puede leer sus palabras y escuchar lo que Dios realmente ha dicho; otra puede leer exactamente las mismas palabras y terminar creyendo algo que el texto nunca enseñó. El problema no está en las Escrituras, sino en la manera en que nos acercamos a ellas.

Esto explica por qué no basta con decir: «Yo leo la Biblia y saco mis propias conclusiones». La sinceridad es importante, pero no garantiza una interpretación correcta. Podemos ser sinceros y estar equivocados. Podemos llegar a un pasaje con una idea ya formada y, sin darnos cuenta, obligar al texto a decir lo que queremos escuchar.

Interpretar correctamente la Biblia significa acercarnos a ella con humildad, atención y reverencia, buscando descubrir lo que Dios quiso comunicar por medio de las palabras que fueron escritas. No se trata de encontrar significados ocultos en cada detalle ni de convertir nuestras impresiones personales en la voz de Dios. Se trata de escuchar antes de hablar.

Juan Calvino insistía en que las Escrituras deben gobernar nuestra manera de pensar, en lugar de ser sometidas a nuestras propias ideas. Siglos después, R. C. Sproul expresó el mismo principio de una manera sencilla: antes de preguntarnos qué significa un pasaje para nosotros, debemos comprender qué significa realmente.

Comenzar por lo que realmente dice el texto

Una de las reglas más importantes parece demasiado sencilla, pero se viola constantemente: debemos leer lo que está escrito.

Cuando Jesús fue tentado en el desierto, respondió repetidamente con las palabras «Escrito está» (Mateo 4:4, 7, 10). Cristo no trató las Escrituras como palabras flexibles que podían acomodarse a cualquier idea. Incluso cuando Satanás citó un salmo, Jesús mostró que un texto bíblico puede ser utilizado incorrectamente cuando se separa del resto de lo que Dios ha revelado.

Debemos observar las palabras, las afirmaciones, las preguntas, las comparaciones y el desarrollo del pensamiento. Si encontramos un «por tanto», debemos preguntarnos qué se dijo antes. Si encontramos un «porque», debemos observar qué explicación introduce. Si aparece una promesa, debemos identificar a quién fue dada y bajo qué circunstancias.

Charles Spurgeon advertía constantemente contra hacer que la Biblia dijera lo que el predicador deseaba decir. La tarea del lector fiel no consiste en introducir sus pensamientos dentro del texto, sino en recibir lo que ya se encuentra allí.

Leer siempre lo que está antes y después

Un versículo aislado puede parecer decir algo completamente diferente de lo que realmente enseña.

Pensemos en una carta que llega a una casa. Alguien abre el sobre, arranca una sola oración de la segunda página y destruye todo lo demás. Las palabras de esa oración son auténticas, pero sin conocer lo anterior y lo posterior podemos entenderlas de manera equivocada.

Lo mismo ocurre con la Biblia.

Filipenses 4:13 dice: «Todo lo puedo en Cristo que me fortalece». Si tomamos únicamente esa frase, podríamos convertirla en una promesa de que Cristo nos permitirá conseguir cualquier cosa que deseemos. Pero Pablo está hablando de algo diferente. Unos versículos antes explica que había aprendido a vivir tanto en abundancia como en necesidad, satisfecho o hambriento. Por eso, su afirmación significa que Cristo le daba fuerzas para permanecer fiel cualquiera que fuera su situación.

El contexto protege al lector de convertir la Palabra de Dios en una colección de frases independientes.

Martyn Lloyd-Jones consideraba peligroso construir grandes afirmaciones sobre palabras arrancadas de su argumento. Una enseñanza sólida nace cuando seguimos cuidadosamente el pensamiento del pasaje completo.

Reconocer quién habla y a quién se dirige

No todas las palabras registradas en la Biblia son palabras que Dios aprueba.

La Escritura registra las palabras de Dios, pero también conserva declaraciones de Satanás, de hombres malvados, de personas confundidas e incluso de creyentes que en ciertos momentos hablaron equivocadamente. En el libro de Job, por ejemplo, encontramos largos discursos de sus amigos. Sin embargo, al final Dios los reprende porque no habían hablado correctamente acerca de Él.

«No habéis hablado de mí lo recto, como mi siervo Job» — Job 42:7.

Por eso debemos preguntar quién está hablando, quién está escuchando y qué está ocurriendo.

También debemos distinguir entre una palabra dirigida específicamente a una persona y una enseñanza que se aplica a todos los creyentes. Cuando Dios ordenó a Abraham abandonar su tierra y dirigirse al lugar que Él le mostraría, aquello fue una orden real para Abraham. No significa que todo creyente deba abandonar físicamente su país.

John Owen enseñaba que comprender correctamente las Escrituras requiere prestar atención al propósito de las palabras y a las personas a quienes fueron dirigidas. Ignorar esto abre la puerta a conclusiones que el pasaje nunca pretendió enseñar.

Comprender las palabras según su sentido natural

La Biblia utiliza lenguaje normal. Encontramos historia, poesía, cartas, proverbios, parábolas, visiones y profecías. Cada parte debe leerse respetando la manera en que fue escrita.

Cuando el Salmo 91 habla de estar bajo las alas de Dios, no está enseñando que Dios posea físicamente alas. La imagen comunica protección y cuidado.

«Con sus plumas te cubrirá, y debajo de sus alas estarás seguro» — Salmo 91:4.

Cuando Jesús dice: «Yo soy la puerta» (Juan 10:9), nadie debería concluir que Cristo es literalmente una puerta de madera. La misma frase nos obliga a reconocer una comparación. Cristo está enseñando que Él es el único acceso a la salvación y a la seguridad de su pueblo.

Sin embargo, reconocer imágenes no significa convertir en símbolos las cosas que la Biblia presenta como acontecimientos reales. La creación, el éxodo, la encarnación, la crucifixión y la resurrección son presentados como hechos verdaderos dentro de la historia.

Herman Bavinck señaló que Dios se comunica con seres humanos de una manera adecuada a nuestra capacidad. Esto significa que debemos recibir el lenguaje bíblico según la intención con la que fue empleado, sin hacerlo artificialmente complicado.

Permitir que las partes claras ayuden a entender las difíciles

Hay pasajes difíciles en la Biblia. Pedro mismo reconoció que algunas cosas escritas por Pablo eran «difíciles de entender» (2 Pedro 3:16).

La respuesta correcta no es inventar una explicación. Tampoco debemos construir una enseñanza completa sobre un versículo cuyo significado no comprendemos con seguridad.

Las partes más claras de las Escrituras ayudan a iluminar aquellas que presentan mayores dificultades.

La Confesión de Fe de Westminster expresó este principio afirmando que cuando existe una pregunta acerca del verdadero sentido de un pasaje, debemos examinar otros lugares donde el mismo asunto sea tratado con mayor claridad.

Esto descansa sobre una verdad sencilla: Dios no se contradice.

«La suma de tu palabra es verdad» — Salmo 119:160.

Por eso no debemos enfrentar un versículo contra otro. Debemos buscar cómo encajan entre sí.

Leer cada pasaje dentro de toda la historia bíblica

La Biblia contiene muchos libros, pero no cuenta historias desconectadas. Desde Génesis hasta Apocalipsis encontramos una historia que avanza desde la creación y la caída hacia la promesa, la redención y la restauración final.

Jesús enseñó a sus discípulos a comprender las Escrituras de esta manera.

«Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían» — Lucas 24:27.

Esto no significa que debamos convertir artificialmente cada piedra, árbol, número o personaje en una referencia secreta a Cristo. Significa que debemos comprender cómo cada parte ocupa su lugar dentro del propósito de Dios que alcanza su cumplimiento definitivo en Cristo.

Edmund Clowney destacó que Cristo no debe ser añadido artificialmente al final de una enseñanza. Debemos observar cómo las promesas, los sacrificios, el sacerdocio, el reino, el templo y la esperanza de redención avanzan hasta encontrar en Él su cumplimiento.

La historia de David y Goliat, por ejemplo, contiene lecciones acerca de la fe y la confianza en Dios, pero no debe reducirse a «vence tus gigantes». David actúa como el rey escogido que representa al pueblo y obtiene una victoria que beneficia a quienes permanecen detrás de él. Dentro de la historia completa de las Escrituras, esto dirige nuestra mirada hacia un Rey mayor que vence por su pueblo.

No convertir experiencias personales en reglas de interpretación

Una frase peligrosa puede aparecer después de leer cualquier pasaje: «Para mí este versículo significa...».

Debemos distinguir entre significado y aplicación.

Un pasaje tiene un significado que debemos descubrir, aunque puede tener muchas aplicaciones legítimas. Si Pablo enseña que debemos perdonarnos unos a otros, una persona puede aplicarlo a su matrimonio, otra a una amistad y otra a una situación dentro de la iglesia. Las circunstancias cambian, pero el significado del mandato permanece.

Jonathan Edwards valoraba profundamente la experiencia espiritual, pero también advertía que las emociones religiosas deben ser examinadas por la verdad revelada. Una experiencia intensa no convierte una interpretación equivocada en correcta.

Nuestros sentimientos pueden cambiar. La Palabra permanece.

«Para siempre, oh Jehová, permanece tu palabra en los cielos» — Salmo 119:89.

Reconocer la distancia entre nuestro mundo y el mundo bíblico

Cuando abrimos la Biblia estamos leyendo documentos escritos hace muchos siglos, en lugares y circunstancias diferentes de las nuestras.

Jerusalén no era una ciudad moderna. Los discípulos no viajaban en automóvil. Las bodas, los funerales, los mercados, las casas, las guerras, la agricultura y las relaciones sociales pertenecían a mundos diferentes del nuestro.

Conocer esos detalles puede aclarar enormemente un pasaje.

Cuando Jesús lavó los pies de sus discípulos en Juan 13, debemos recordar que caminaban por caminos polvorientos usando sandalias y que lavar los pies era una tarea humilde. Comprender ese escenario permite sentir con mayor fuerza lo sorprendente del momento: el Maestro se inclinó para realizar el servicio de un siervo.

Sin embargo, debemos evitar el extremo contrario. No necesitamos convertirnos en historiadores profesionales antes de poder comprender la Biblia. William Tyndale deseaba que incluso el muchacho que trabajaba con el arado pudiera conocer las Escrituras. Las verdades esenciales para conocer a Dios y vivir delante de Él han sido comunicadas con suficiente claridad.

Interpretar con humildad y dependencia de Dios

Podemos conocer muchas reglas y aun acercarnos mal a la Biblia.

Existe un problema más profundo que nuestra falta de información: nuestro corazón puede resistirse a lo que Dios dice.

Por eso el salmista ora:

«Abre mis ojos, y miraré las maravillas de tu ley» — Salmo 119:18.

Esta oración reconoce algo esencial. Necesitamos la ayuda de Dios para recibir su verdad correctamente. El Espíritu Santo no nos entrega significados secretos diferentes de lo escrito. Él abre nuestro entendimiento, vence nuestra resistencia y nos lleva a recibir con fe aquello que ya ha revelado en su Palabra.

John Owen insistía en que la comprensión espiritual de las Escrituras depende de la obra del Espíritu, pero nunca separaba esa obra del estudio cuidadoso del texto. Orar no reemplaza leer atentamente, y estudiar atentamente no hace innecesaria la oración.

Ambas cosas deben caminar juntas.

No construir enseñanzas sobre un solo versículo aislado

Las grandes verdades de la fe cristiana no dependen de frases oscuras escondidas en algún rincón de la Biblia. Dios las revela repetidamente y desde diferentes lugares.

Si creemos haber encontrado una enseñanza completamente nueva que nadie puede ver excepto nosotros, debemos desconfiar de nuestra conclusión.

La Biblia debe compararse con la Biblia.

Cuando Pablo enseñaba en Berea, sus oyentes examinaban diariamente las Escrituras para comprobar lo que escuchaban.

«Y éstos eran más nobles que los que estaban en Tesalónica, pues recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así» — Hechos 17:11.

Ni siquiera las palabras de un maestro reconocido deben aceptarse simplemente por su autoridad. Agustín, Calvino, Owen, Spurgeon, Bavinck, Lloyd-Jones, Sproul, Sinclair Ferguson y cualquier otro maestro deben ser examinados a la luz de las Escrituras.

Los buenos maestros pueden ayudarnos. Ninguno es infalible.

Buscar primero lo que Dios quiso comunicar

Una pregunta puede transformar nuestra manera de estudiar la Biblia.

En lugar de comenzar preguntando «¿Qué me dice esto a mí?», debemos preguntar primero «¿Qué está diciendo este pasaje?».

Después podemos avanzar hacia otras preguntas. ¿Qué revela acerca de Dios? ¿Qué muestra acerca del ser humano? ¿Existe una promesa que debemos creer? ¿Hay un pecado que debemos abandonar? ¿Encontramos un mandato que debemos obedecer? ¿Cómo se relaciona con Cristo y con el resto de las Escrituras? Finalmente podemos preguntar cómo debemos responder.

Kevin DeYoung ha insistido en que la Biblia no fue dada simplemente para producir información, sino para formar un pueblo que conoce, cree y obedece a Dios. La interpretación correcta, por tanto, no termina cuando podemos explicar un versículo. Debe alcanzar nuestra vida.

Santiago lo expresa claramente:

«Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos» — Santiago 1:22.

Leer con paciencia antes de llegar a conclusiones

Uno de los errores más comunes ocurre cuando queremos entender demasiado rápido.

Leemos dos versículos, encontramos una frase llamativa y creemos haber descubierto inmediatamente el mensaje. Una lectura cuidadosa funciona de otra manera. Se detiene. Observa. Vuelve atrás. Lee nuevamente. Compara. Pregunta. Ora.

Thomas Watson describía la meditación en las Escrituras como una actividad que lleva la verdad desde la mente hasta el corazón. No consiste simplemente en pasar rápidamente los ojos sobre muchas páginas, sino en detenernos suficientemente para comprender lo que Dios ha dicho.

Hay pasajes que comprenderemos rápidamente. Otros exigirán paciencia. Y habrá algunos sobre los cuales tendremos que reconocer con humildad: «Todavía no estoy seguro».

Eso es mejor que inventar una respuesta.

La meta final es escuchar fielmente a Dios

Interpretar correctamente la Biblia no es una competencia para demostrar quién sabe más. Tampoco consiste en encontrar mensajes escondidos que otros nunca descubrieron.

La meta es mucho más sencilla y profunda: escuchar fielmente la voz de Dios en aquello que Él realmente ha revelado.

Cuando abrimos la Biblia debemos hacerlo como quien entra en una habitación dispuesto a escuchar. Dejamos nuestras conclusiones apresuradas fuera. Observamos cuidadosamente las palabras. Consideramos lo que viene antes y después. Reconocemos quién habla y a quién. Comparamos unos pasajes con otros. Miramos toda la historia que conduce hacia Cristo. Oramos pidiendo entendimiento y, finalmente, preguntamos cómo debemos vivir delante de Dios a la luz de lo que hemos aprendido.

R. C. Sproul dedicó buena parte de su ministerio a recordar que el creyente común puede estudiar seriamente las Escrituras. No necesitamos conocer todas las respuestas antes de comenzar. Necesitamos aprender a leer con cuidado, humildad y disposición para ser corregidos.

La Biblia no necesita que nosotros le demos significado. Nuestro deber es descubrir, tan fielmente como podamos, el significado que Dios puso en ella.

Y cuando su Palabra contradiga nuestras ideas, nuestras costumbres o nuestros deseos, no debemos corregir la Biblia.

Debemos permitir que la Biblia nos corrija a nosotros.

Ejercicios prácticos

1. Lee Filipenses 4:10-13. Escribe en tu libreta qué situación estaba viviendo Pablo y explica en dos o tres oraciones qué significa Filipenses 4:13 dentro de ese pasaje.

2. Lee Juan 10:7-11. Anota las expresiones que Jesús utiliza para describirse. Después escribe cuáles son comparaciones y qué verdad comunica cada una.

3. Lee Lucas 24:13-27. Escribe qué hizo Jesús para ayudar a los discípulos a comprender las Escrituras y qué puedes aprender de su manera de explicarlas.

4. Escoge un versículo bíblico que conozcas bien. Lee cinco versículos antes y cinco después. Anota si el contexto cambia, amplía o aclara la manera en que normalmente entendías ese versículo.

5. Lee Santiago 1:19-25 lentamente dos veces. Después responde en tu libreta tres preguntas: ¿qué enseña el pasaje?, ¿qué error señala? y ¿qué cambio concreto debería producir esta enseñanza en la vida de un creyente?