Cuarta lección del estudio: Hermeneutica.
Una puerta roja puede ser simplemente una puerta. Pero si un escritor nos dice que todos los condenados atraviesan una puerta roja antes de recibir sentencia, el color deja de ser un detalle sin importancia. Algo parecido ocurre al leer la Biblia. Encontramos ovejas, viñas, agua, fuego, montañas, serpientes, ciudades, bodas, bestias, números, sueños y visiones. Algunas veces deben entenderse de manera directa; otras, forman parte de una imagen que comunica una verdad mucho más profunda. El problema comienza cuando tratamos todo como símbolo, o cuando nos negamos a reconocer un símbolo donde claramente existe.
Dios quiso comunicarnos su verdad mediante palabras humanas, utilizando historia, poesía, proverbios, parábolas, cartas, visiones y profecías. Por eso, leer correctamente la Biblia requiere prestar atención no solamente a lo que dice un texto, sino también a la manera en que lo dice. Una comparación no debe leerse como si fuera una descripción física, y una visión profética no siempre puede interpretarse como si fuera la narración sencilla de un acontecimiento cotidiano.
Juan Calvino insistía constantemente en respetar la intención del escritor bíblico y desconfiaba de las interpretaciones que convertían cada pequeño detalle en significados ocultos. Siglos después, R. C. Sproul enseñó un principio semejante: debemos buscar lo que realmente comunica el texto antes de preguntarnos qué significa para nosotros. Esta regla sencilla puede librarnos de numerosos errores.
Cuando las palabras pintan imágenes
La Biblia utiliza con frecuencia expresiones que permiten ver una verdad por medio de otra. Jesús dijo:
«Yo soy la puerta; el que por mí entrare, será salvo» (Juan 10:9).
Cristo no estaba afirmando que fuera literalmente una puerta de madera con bisagras. La misma conversación nos permite comprender la imagen. Una puerta representa entrada y acceso. Jesús estaba enseñando que solamente por medio de Él puede una persona entrar en la salvación.
Algo parecido sucede cuando declara:
«Yo soy la vid, vosotros los pámpanos» (Juan 15:5).
Pensemos en una rama cortada de una vid. Durante algún tiempo podría conservar cierto color, pero está separada de aquello que le proporciona vida y finalmente se seca. Jesús utiliza esa escena conocida para explicar nuestra absoluta dependencia de Él.
También encontramos comparaciones directas. Isaías escribió:
«Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino» (Isaías 53:6).
El profeta no está diciendo que los seres humanos se transformen en ovejas. Está comparando nuestra tendencia a apartarnos de Dios con un animal que abandona el camino y queda expuesto al peligro.
Los Salmos están llenos de expresiones semejantes. David dice:
«Jehová es mi roca y mi fortaleza, y mi libertador» (Salmo 18:2).
David conocía las montañas, las cuevas y los lugares donde una roca podía convertirse en protección frente al enemigo. Al llamar a Dios su roca, comunica estabilidad, seguridad y refugio. No debemos preguntar de qué clase de piedra está hablando. Esa pregunta destruiría precisamente la imagen que el salmista quiere transmitir.
Charles Spurgeon, al explicar los Salmos, prestaba mucha atención a estas imágenes porque entendía que no estaban allí como adornos vacíos. Ayudan al lector a contemplar con mayor claridad realidades que de otra manera podrían parecer abstractas.
El contexto decide cómo debemos entender una expresión
Uno de los errores más frecuentes consiste en encontrar una palabra llamativa y asignarle automáticamente un significado especial. No funciona así. Una misma imagen puede comunicar cosas diferentes dependiendo del pasaje.
El león ofrece un excelente ejemplo. Pedro describe al diablo como:
«vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar» (1 Pedro 5:8).
Sin embargo, Apocalipsis 5:5 presenta a Cristo como «el León de la tribu de Judá». Sería absurdo concluir que el león siempre representa a Satanás o siempre representa a Cristo. El contexto determina su significado.
Lo mismo sucede con el agua, el fuego, el aceite, la levadura y muchas otras imágenes. Por eso no es seguro construir una especie de diccionario personal donde cada elemento tenga siempre una interpretación fija.
J. I. Packer destacó la importancia de escuchar las Escrituras en sus propios términos. El lector no debe imponer sobre el texto las ideas que desea encontrar. Primero debemos permitir que el pasaje hable dentro de su propio contexto.
Los símbolos no son una invitación a inventar
Un símbolo bíblico representa algo más allá de sí mismo, pero su significado debe surgir de las propias Escrituras. Pensemos en el cordero. Durante siglos, Israel observó animales sacrificados y vio sangre derramada sobre el altar. Cuando Juan el Bautista vio acercarse a Jesús declaró:
«He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Juan 1:29).
Esta expresión posee detrás de ella una larga historia. Podemos recordar la Pascua de Éxodo 12, los sacrificios establecidos en la ley y la descripción del siervo sufriente de Isaías 53. Cuando posteriormente Apocalipsis presenta a Cristo como el Cordero, el símbolo no aparece de la nada. Ha sido preparado a lo largo de la historia bíblica.
Geerhardus Vos mostró la importancia de observar cómo Dios fue revelando progresivamente su obra a través de la historia. G. K. Beale ha desarrollado ampliamente esta misma atención al uso que los escritores posteriores hacen de imágenes y acontecimientos anteriores. Esto nos enseña una regla importante: cuanto más conocemos toda la Biblia, menos dependemos de nuestra imaginación para interpretar sus símbolos.
La serpiente de bronce ofrece otro ejemplo extraordinario. Israel había pecado y estaba muriendo por las mordeduras de serpientes. Dios ordenó a Moisés levantar una serpiente de bronce, y quienes miraban hacia ella conforme a la palabra de Dios vivían. Siglos después, Jesús explicó:
«Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado» (Juan 3:14).
Aquí no necesitamos inventar la conexión. Cristo mismo la establece.
Personas y acontecimientos que apuntaban hacia algo mayor
La Biblia también presenta acontecimientos reales que anticipan acontecimientos posteriores. Adán, por ejemplo, fue una persona histórica, pero Pablo establece una relación especial entre Adán y Cristo en Romanos 5. El pecado y la condenación entraron por medio del primero; la obediencia y la vida vienen por medio de Cristo.
El éxodo también ocurrió realmente, pero sus imágenes reaparecen posteriormente para explicar la obra salvadora de Dios. La Pascua, el sacrificio, la liberación de la esclavitud y el camino hacia la tierra prometida preparan categorías que ayudan a comprender mejor la salvación.
Jonathan Edwards veía una profunda unidad en la historia de la obra de Dios. Los acontecimientos bíblicos no son piezas independientes esparcidas sobre una mesa. Forman parte de una historia que avanza hacia el cumplimiento del propósito divino.
Sin embargo, debemos mantener un límite importante. No tenemos libertad para convertir cada persona, herramienta, color o número del Antiguo Testamento en una referencia secreta a Cristo. Las conexiones más seguras son aquellas que las propias Escrituras establecen o aquellas que surgen claramente del desarrollo de toda la historia bíblica.
Cómo acercarnos a las profecías
Las profecías suelen ser una de las partes más malinterpretadas de la Biblia. Muchas personas se acercan a ellas buscando códigos para identificar acontecimientos políticos, fechas, gobiernos o personajes contemporáneos. Ese método puede resultar emocionante, pero fácilmente hace decir al texto algo que nunca dijo.
Los profetas hablaron primeramente a personas reales que vivieron en circunstancias históricas concretas. Isaías ministró en Judá durante una época de graves amenazas políticas y profunda corrupción espiritual. Jeremías anunció juicio cuando Jerusalén avanzaba hacia la destrucción. Daniel vivió en el contexto del exilio y de grandes imperios. Comprender esas circunstancias es esencial.
Al mismo tiempo, algunas profecías miraban mucho más allá de la situación inmediata. Miqueas anunció:
«Pero tú, Belén Efrata, pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel» (Miqueas 5:2).
Mateo relaciona esta profecía con el nacimiento de Jesús en Belén. De manera semejante, Isaías 53 describe al siervo que sería herido por nuestras rebeliones y llevaría sobre sí el pecado de otros. El Nuevo Testamento muestra repetidamente su cumplimiento en Cristo.
John Owen comprendía las Escrituras como una revelación profundamente centrada en Cristo. Sinclair Ferguson también ha insistido en que debemos reconocer esa unidad sin convertir cada versículo artificialmente en una referencia directa a Jesús. Cristo es el centro de la historia bíblica, pero debemos llegar a Él siguiendo los caminos que la propia Biblia establece.
Las visiones proféticas requieren humildad
Libros como Daniel, Ezequiel, Zacarías y Apocalipsis contienen imágenes extraordinarias: bestias, cuernos, lámparas, estrellas, tronos, criaturas y números. Aquí necesitamos especial cuidado.
Daniel 7, por ejemplo, describe cuatro grandes bestias que salen del mar. El mismo capítulo proporciona ayuda para interpretarlas:
«Estas cuatro grandes bestias son cuatro reyes que se levantarán en la tierra» (Daniel 7:17).
Observe el método. Antes de buscar una explicación en acontecimientos modernos, debemos comenzar con las pistas que proporciona el propio pasaje.
Apocalipsis funciona de manera semejante. Muchas de sus imágenes proceden de libros anteriores de la Biblia. Quien desconoce Daniel, Éxodo, Ezequiel, Zacarías, Isaías y los Salmos tendrá mayores dificultades para comprender Apocalipsis.
R. C. Sproul advertía contra la arrogancia de interpretar pasajes difíciles como si nuestras conclusiones fueran indiscutibles. Hay verdades que las Escrituras presentan con absoluta claridad y detalles sobre los cuales creyentes fieles han llegado a conclusiones diferentes. La respuesta correcta ante estos últimos no es abandonar el estudio, sino estudiar con mayor cuidado y humildad.
La Biblia debe ayudarnos a entender la Biblia
Una de las herramientas más seguras para comprender un pasaje difícil es observar otros pasajes más claros relacionados con él. Las Escrituras poseen una unidad extraordinaria. Génesis comienza con creación, vida, pecado, muerte y expulsión de la presencia de Dios. Apocalipsis termina mostrando nueva creación, vida, victoria sobre la muerte y la presencia permanente de Dios con su pueblo.
Esto significa que debemos aprender a leer cada pasaje como parte de una historia completa.
Juan Calvino defendió con firmeza una lectura sobria de las Escrituras frente a interpretaciones imaginativas que buscaban significados secretos detrás de prácticamente cada palabra. Su preocupación sigue siendo necesaria. Si una interpretación solamente funciona porque hemos añadido ideas que el texto nunca proporciona, probablemente estamos leyendo nuestra imaginación dentro de la Biblia.
Antes de afirmar que hemos descubierto un símbolo, debemos preguntarnos si el contexto lo permite. Antes de explicar una profecía, debemos conocer a quién fue dirigida y qué estaba sucediendo. Antes de relacionar un acontecimiento antiguo con Cristo, debemos buscar cómo lo utiliza el Nuevo Testamento. Y antes de convertir una interpretación discutible en una certeza absoluta, debemos reconocer nuestros límites.
Leer buscando la verdad y no lo extraordinario
Las figuras, símbolos y profecías hacen que muchas páginas de la Biblia posean una extraordinaria riqueza visual. Podemos contemplar un pastor buscando ovejas, una vid llena de ramas, un cordero llevado al sacrificio, un templo lleno de gloria, huesos secos recibiendo vida o una ciudad descendiendo del cielo. Pero todas esas imágenes tienen una finalidad mayor que despertar nuestra curiosidad.
Nos muestran quién es Dios, qué ha sucedido con el ser humano, cómo Dios salva y hacia dónde conduce la historia.
Por eso, el buen lector no pregunta primero: «¿Qué significado secreto puedo descubrir aquí?». Pregunta: «¿Qué quiso comunicar Dios mediante estas palabras?».
Cuando aprendemos a respetar el contexto, reconocer la clase de lenguaje que estamos leyendo, comparar pasajes y seguir las conexiones que las propias Escrituras establecen, algo cambia. Dejamos de tratar la Biblia como un rompecabezas lleno de códigos ocultos y comenzamos a verla como una historia coherente que avanza desde la creación hasta la nueva creación y encuentra su centro y cumplimiento en Jesucristo.
Las imágenes pueden ser profundas. Las profecías pueden ser difíciles. Los símbolos pueden requerir paciencia. Pero ninguno nos concede permiso para inventar. Nuestra tarea no consiste en hacer que la Biblia diga algo sorprendente, sino en escuchar cuidadosamente lo que realmente dice.
Ejercicios prácticos
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Lee Salmo 23:1-4. Escribe en tu libreta tres imágenes utilizadas por David y explica con tus propias palabras qué comunica cada una acerca de Dios.
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Lee Juan 10:7-11. Anota las expresiones «puerta» y «buen pastor». Explica por qué sabemos que Jesús está utilizando imágenes y escribe qué verdad comunica mediante cada una.
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Lee Éxodo 12:1-14 y después 1 Corintios 5:7. Escribe qué relación encuentras entre la Pascua y Cristo. Señala especialmente qué ocurrió con el cordero y qué significaba su sangre para las familias israelitas.
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Lee Daniel 7:1-17. Anota algunas de las imágenes extrañas que aparecen en la visión. Después busca en los mismos versículos cuáles de ellas reciben una explicación. El propósito es aprender a buscar primero las respuestas dentro del propio pasaje.
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Lee Isaías 53:4-6 y después 1 Pedro 2:24-25. Escribe cinco semejanzas entre ambos pasajes y explica brevemente cómo las palabras de Isaías ayudan a comprender lo que Cristo hizo por los pecadores.