Hermenéutica - Lección 6

Sexta lección del estudio: Hermeneutica.

Una Biblia abierta puede estar sobre una mesa durante años y, aun así, ser mal entendida. El problema no siempre está en que las palabras sean difíciles, sino en la manera en que nos acercamos a ellas. Podemos leer un versículo, reconocer cada palabra y, sin embargo, atribuirle una idea que el autor nunca quiso comunicar. De hecho, algunos de los errores más serios nacen de textos bíblicos verdaderos separados de su contexto.

Por eso, estudiar correctamente un pasaje no consiste simplemente en preguntarnos: “¿Qué significa esto para mí?”. Hay una pregunta que debe venir antes: “¿Qué está diciendo realmente este pasaje?”. Solo después de comprender su mensaje podemos preguntarnos cómo esa verdad debe transformar nuestra vida.

La Biblia no fue escrita para confundir al creyente. Dios habló por medio de autores reales, en momentos reales de la historia, utilizando palabras que podían ser comprendidas. Por eso, estudiar bien las Escrituras requiere paciencia, humildad y atención. No necesitamos convertirnos en especialistas para comenzar. Necesitamos aprender a mirar cuidadosamente lo que está delante de nuestros ojos.

Comienza pidiendo a Dios entendimiento

Antes de estudiar un pasaje, debemos reconocer algo fundamental: necesitamos la ayuda de Dios. El estudio cuidadoso es necesario, pero nunca debe producir orgullo ni hacernos pensar que dependemos únicamente de nuestra capacidad intelectual.

El salmista oró:

“Abre mis ojos, y miraré las maravillas de tu ley” (Salmo 119:18).

Esta oración muestra la actitud correcta. La Biblia está abierta, las palabras están escritas y el lector puede examinarlas; sin embargo, pide a Dios que le permita comprender y apreciar lo que tiene delante.

Juan Calvino insistía en que dependemos de la obra del Espíritu Santo para recibir verdaderamente la Palabra de Dios. Esto no significa esperar que Dios nos revele un significado secreto que nadie más puede encontrar. Significa pedir que quite nuestra dureza, orgullo, distracciones y prejuicios para someternos al mensaje que ya ha dado en las Escrituras.

Una oración sencilla antes de estudiar puede ser suficiente: “Señor, ayúdame a comprender lo que has dicho y a recibirlo con humildad”.

Lee el pasaje varias veces

Uno de los errores más frecuentes es comenzar a buscar explicaciones antes de haber leído cuidadosamente el texto. Abrimos un comentario, escuchamos una predicación o buscamos inmediatamente lo que otra persona piensa. Esas ayudas pueden ser valiosas, pero no deberían reemplazar nuestra propia lectura.

Lee primero el pasaje completo. Después vuelve a leerlo lentamente.

Supongamos que estudias Marcos 4:35-41, cuando Jesús calma la tormenta. En una primera lectura puedes observar simplemente que Jesús y sus discípulos cruzan el mar, aparece una fuerte tormenta, Jesús duerme, los discípulos sienten temor, lo despiertan, Cristo ordena al viento y al mar que callen y finalmente pregunta por qué tienen miedo.

En una segunda lectura comienzan a aparecer detalles. Jesús fue quien dijo que cruzaran al otro lado. La tormenta surgió mientras obedecían su instrucción. Los discípulos creyeron que podían morir. Jesús estaba dormido. Después de calmar el mar, ellos sintieron otro tipo de temor y preguntaron:

“¿Quién es este, que aun el viento y el mar le obedecen?” (Marcos 4:41).

La repetición permite descubrir cosas que una lectura rápida deja pasar.

Charles Spurgeon aconsejaba acercarse a las Escrituras con perseverancia y atención, examinándolas en lugar de rozar solamente su superficie. La lectura apresurada suele producir conclusiones apresuradas.

Observa lo que realmente está escrito

Ahora toma una libreta y comienza a observar. Todavía no intentes explicar todo. Primero identifica lo que el texto dice.

Pregunta quién aparece, qué sucede, dónde ocurre, qué palabras se repiten, qué órdenes se dan, qué preguntas aparecen, qué problema existe y cómo termina la escena.

Si estás leyendo una carta, observa quién escribe y a quién se dirige. Si estás leyendo una narración, presta atención a las personas, las acciones y el desarrollo de los acontecimientos. Si estás leyendo un salmo, observa los sentimientos, afirmaciones y cambios que aparecen.

Por ejemplo, en Lucas 18:9-14 encontramos al fariseo y al publicano orando. Una lectura cuidadosa descubre un contraste evidente. Uno habla extensamente de sí mismo y de sus obras. El otro apenas se atreve a levantar los ojos y pide misericordia.

Jesús concluye diciendo que el publicano descendió a su casa justificado antes que el otro.

La enseñanza no surge de nuestra imaginación. Está dentro del propio relato.

Martín Lutero comparaba el estudio de las Escrituras con sacudir las ramas de un árbol para recoger su fruto. Su punto era sencillo: debemos permanecer en el texto, volver sobre él y examinarlo cuidadosamente.

Lee lo que viene antes y después

Ningún versículo vive aislado. Cada frase pertenece a un párrafo, cada párrafo forma parte de una sección y cada sección se encuentra dentro de un libro.

Filipenses 4:13 dice:

“Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”.

Separado de lo que Pablo viene diciendo, alguien podría utilizarlo para afirmar que Cristo garantiza cualquier meta que una persona quiera alcanzar. Pero al leer los versículos anteriores encontramos algo diferente.

Pablo explica que había aprendido a vivir tanto en abundancia como en necesidad. Sabía lo que era tener alimento y también padecer hambre. Entonces declara que puede atravesar todas esas circunstancias mediante la fortaleza que recibe de Cristo.

El mensaje es mucho más profundo que “puedo conseguir cualquier cosa”. Pablo está diciendo que Cristo le da fuerzas para permanecer fiel en cualquier circunstancia.

R. C. Sproul advertía frecuentemente sobre el peligro de separar una frase de aquello que la rodea. El contexto funciona como las paredes de un camino: evita que nuestra interpretación se desvíe hacia lugares donde el autor nunca quiso llevarnos.

Por eso, cuando estudies un versículo, no leas solamente ese versículo. Lee por lo menos el párrafo completo y, cuando sea posible, la sección anterior y posterior.

Descubre qué estaba ocurriendo

La Biblia fue escrita en épocas, ciudades y culturas reales. Abraham vivió en un mundo muy diferente al de Pablo. Los salmos surgieron dentro de la vida de Israel. Las cartas del Nuevo Testamento fueron enviadas a iglesias que enfrentaban situaciones concretas.

Conocer esos detalles puede aclarar enormemente un pasaje.

Pensemos en la carta a los Filipenses. Pablo habla repetidamente del gozo. Eso ya sería importante por sí mismo. Pero adquiere todavía más fuerza cuando recordamos que escribió estando preso.

El hombre que habla de gozo no está sentado tranquilamente contemplando un paisaje agradable. Está privado de libertad y no sabe con certeza qué sucederá con su vida. Entonces sus palabras adquieren peso.

“Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez digo: ¡Regocijaos!” (Filipenses 4:4).

No necesitamos conocer cada detalle de la antigüedad para entender la Biblia. Sin embargo, cuando el lugar, las costumbres o las circunstancias ayudan a comprender el texto, vale la pena investigarlos.

J. I. Packer recordaba que debemos escuchar la Palabra de Dios respetando la forma histórica en que Él decidió comunicarla. Dios no dejó caer un libro desde el cielo completamente separado de la historia. Habló dentro de ella.

Identifica la idea principal

Después de observar el pasaje y su contexto, intenta responder una pregunta sencilla: ¿qué quiere comunicar principalmente este texto?

Procura expresarlo en una sola oración.

Si necesitas diez ideas diferentes para explicar el punto central, probablemente todavía necesitas estudiar un poco más.

Tomemos Juan 11, donde Jesús resucita a Lázaro. Podemos aprender muchas cosas del relato: Jesús amaba a aquella familia, Lázaro murió, Marta salió a recibirlo, María lloró, Jesús también lloró y finalmente ordenó que quitaran la piedra.

Todos esos detalles importan. Pero el relato conduce hacia algo mayor. Jesús muestra que posee autoridad sobre la muerte y se presenta como la resurrección y la vida.

Él mismo declara:

“Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá” (Juan 11:25).

La resurrección de Lázaro demuestra visiblemente aquello que Cristo acaba de afirmar acerca de sí mismo.

John Stott defendía una enseñanza bíblica que permitiera al mensaje del texto gobernar el mensaje del maestro. Esa misma regla sirve para nuestro estudio personal. No debemos obligar al pasaje a decir lo que nosotros queremos. Debemos permitir que el pasaje determine lo que vamos a creer.

Compara el pasaje con otras Escrituras

Una parte de la Biblia nunca debe interpretarse de manera que contradiga claramente la enseñanza del resto de las Escrituras. Dios no se contradice.

Esto significa que los pasajes más claros pueden ayudarnos a comprender aquellos que parecen más difíciles.

Por ejemplo, si encontramos un texto relacionado con la salvación, conviene compararlo con otros pasajes que hablan claramente acerca de la gracia, la fe, el pecado, la obra de Cristo y el arrepentimiento.

“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios” (Efesios 2:8).

La Confesión de Westminster expresó este principio enseñando que cuando existe una dificultad acerca del sentido verdadero de algún pasaje, debemos buscar luz en otros lugares donde el mismo asunto sea tratado con mayor claridad.

Pero debemos hacerlo cuidadosamente. Comparar Escritura con Escritura no significa reunir versículos que contengan una misma palabra y colocarlos juntos sin considerar sus contextos. Significa reconocer que toda la Biblia forma una historia coherente y que sus enseñanzas se iluminan mutuamente.

Hasta este punto hemos aprendido algo fundamental: estudiar bien un pasaje comienza mucho antes de preguntarnos cómo aplicarlo. Primero oramos, leemos, observamos, examinamos lo que lo rodea, conocemos las circunstancias cuando son importantes, buscamos su idea principal y la comparamos con el resto de las Escrituras.

Reconoce cómo el pasaje se relaciona con Cristo

Después de comprender lo que el pasaje decía dentro de su propio contexto, debemos levantar la mirada y observar dónde se encuentra dentro de la gran historia de las Escrituras. La Biblia contiene muchos libros, autores, acontecimientos y épocas, pero no es una colección de historias desconectadas. Desde Génesis hasta Apocalipsis existe un desarrollo que conduce hacia la obra salvadora de Dios y encuentra su cumplimiento en Jesucristo.

Jesús mismo enseñó a leer las Escrituras de esta manera. Después de su resurrección caminó con dos discípulos que iban hacia Emaús. Ellos estaban confundidos por su muerte y todavía no comprendían lo ocurrido.

“Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían” (Lucas 24:27).

Esto no significa que debamos intentar encontrar una referencia escondida a Jesús detrás de cada palabra. Significa que debemos preguntarnos dónde se encuentra el pasaje dentro de la historia que culmina en Él.

Por ejemplo, cuando leemos acerca de los sacrificios del Antiguo Testamento, debemos comprender primero qué significaban para Israel. Pero la historia no termina allí. El Nuevo Testamento muestra que aquellos sacrificios señalaban hacia una obra mucho mayor. Cristo ofreció el sacrificio definitivo por el pecado.

“Porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados” (Hebreos 10:14).

Sinclair Ferguson ha insistido en que la Biblia debe comprenderse en sus propios términos y respetando la intención de quienes la escribieron. Al mismo tiempo, toda la Escritura forma parte de una historia completa que encuentra en Cristo su centro y cumplimiento.

Por eso debemos evitar dos extremos. El primero es estudiar un pasaje como si Cristo nunca hubiera venido. El segundo es intentar introducir a Cristo artificialmente en cada detalle. El camino correcto consiste en comprender primero el pasaje y después observar cómo ocupa su lugar dentro de toda la historia bíblica.

Distingue entre lo que ocurrió y lo que debemos hacer

Este paso evita muchos errores.

La Biblia relata acontecimientos verdaderos, pero no todo comportamiento que aparece en sus páginas recibe la aprobación de Dios. Que una persona bíblica haya hecho algo no significa automáticamente que nosotros debamos imitarla.

David tuvo varias esposas. Abraham mintió acerca de Sara. Jacob engañó. Pedro negó a Jesús. Los discípulos discutieron acerca de quién sería el mayor.

La Biblia registra honestamente estas acciones, pero registrarlas no significa aprobarlas.

Por eso debemos preguntarnos si el pasaje está describiendo algo que sucedió o enseñando algo que debemos creer y obedecer.

Los relatos bíblicos deben interpretarse a la luz de las enseñanzas claras de las Escrituras. Esto nos protege de convertir cada acción de un personaje en una regla para nuestra vida.

Los puritanos fueron especialmente cuidadosos en este aspecto. Thomas Watson procuraba llevar las verdades bíblicas hasta la vida diaria, pero la aplicación debía surgir de aquello que el texto realmente enseñaba. La aplicación correcta nunca comienza inventando una enseñanza y buscando después un versículo para sostenerla.

Utiliza otras ayudas después de estudiar el texto

Llegará un momento en que necesitarás ayuda. Puede existir una costumbre antigua que desconoces, una frase difícil o un acontecimiento histórico que necesitas comprender mejor.

Entonces pueden ser útiles una Biblia de estudio, un diccionario bíblico, referencias cruzadas, buenos comentarios y enseñanzas de creyentes maduros.

Pero el orden importa.

Primero observa el texto por ti mismo. Después consulta otras fuentes.

Si abrimos inmediatamente cinco comentarios diferentes, existe el peligro de terminar sabiendo lo que cinco autores dicen acerca del pasaje sin haber aprendido a observar nosotros mismos lo que está escrito.

También debemos recordar que ningún comentarista es infalible. Agustín, Calvino, Matthew Henry, John Owen, Charles Spurgeon, J. I. Packer, R. C. Sproul y otros maestros pueden ayudarnos enormemente, pero ninguno ocupa el lugar de las Escrituras.

Los creyentes de Berea ofrecen un hermoso ejemplo:

“Recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así” (Hechos 17:11).

Incluso cuando escuchaban a Pablo, examinaban las Escrituras. Ese principio sigue siendo necesario. Un maestro puede ayudarnos a ver mejor el camino, pero la autoridad permanece en la Palabra de Dios.

Busca aplicaciones que realmente nazcan del pasaje

Ahora llegamos a una pregunta necesaria: ¿qué debe cambiar en nosotros después de comprender este texto?

La interpretación y la aplicación están relacionadas, pero no son exactamente lo mismo. El significado principal de un pasaje no cambia según la persona que lo lee, aunque ese mismo mensaje puede tocar distintas áreas de nuestra vida.

Supongamos que estudiamos Efesios 4:32:

“Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo”.

Pablo está llamando a los creyentes a tratarse con misericordia y perdón, tomando como fundamento el perdón recibido en Cristo.

Ese significado no cambia.

Pero sus aplicaciones pueden alcanzar diferentes situaciones. Una persona puede reconocer resentimiento hacia un familiar. Otra puede darse cuenta de que está tratando con dureza a su esposo o esposa. Otra quizá necesita abandonar el deseo de venganza contra alguien que la lastimó.

Hay un mensaje central, pero puede haber varias aplicaciones legítimas.

R. C. Sproul recalcaba esta distinción: un pasaje posee un significado determinado por lo que el autor comunicó, aunque puede tener numerosas aplicaciones. Esta diferencia nos protege de convertir nuestros sentimientos personales en el significado de la Biblia.

Haz preguntas que lleven la verdad hasta el corazón

Una vez entendido el pasaje, podemos formular preguntas sencillas.

¿Qué me muestra acerca de Dios?

¿Qué revela acerca del corazón humano?

¿Hay algún pecado que debo reconocer?

¿Existe una promesa que debo creer?

¿Hay una orden que debo obedecer?

¿Qué actitud necesita cambiar?

¿Qué puedo aprender acerca de Cristo?

¿Cómo debería afectar esta verdad mi manera de tratar a otras personas?

Estas preguntas convierten el estudio en algo más que acumulación de información.

Santiago utiliza una ilustración extraordinariamente sencilla. Describe al hombre que escucha la Palabra pero no la practica como alguien que mira su rostro en un espejo, se marcha y rápidamente olvida cómo era.

“Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos” (Santiago 1:22).

La Biblia funciona como un espejo que revela cosas que quizá preferiríamos no reconocer. Nos muestra la santidad de Dios y también expone nuestro pecado, orgullo, temor, incredulidad y egoísmo. Pero no nos deja contemplándonos a nosotros mismos. Nos conduce hacia la gracia de Dios y hacia Cristo.

John Owen comprendía profundamente esta dimensión del estudio bíblico. Para él, conocer la verdad acerca del pecado sin luchar contra él era insuficiente. La verdad debía descender desde el entendimiento hasta los deseos, decisiones y acciones del creyente.

Resume el pasaje con tus propias palabras

Existe una manera muy sencilla de comprobar si realmente comprendiste lo que estudiaste: intenta explicarlo sin mirar tus apuntes.

No necesitas utilizar palabras complicadas.

Supongamos que estudiaste Marcos 4:35-41. Podrías escribir:

“Jesús mostró a sus discípulos que tiene autoridad incluso sobre aquello que ellos no pueden controlar. La tormenta reveló su temor, pero el poder de Cristo reveló quién estaba con ellos”.

Después podrías añadir una aplicación:

“Debo aprender a confiar en Cristo cuando las circunstancias escapan de mi control, recordando que su poder no disminuye cuando yo tengo miedo”.

Hacer este pequeño ejercicio obliga a nuestra mente a ordenar lo aprendido. Si no podemos explicar un pasaje con palabras sencillas, probablemente todavía no lo comprendemos suficientemente.

Richard Baxter fue conocido por buscar una enseñanza clara, seria y dirigida a la conciencia. Esa sencillez no significa superficialidad. Muchas veces ocurre precisamente lo contrario: comprender profundamente algo nos permite explicarlo con claridad.

Vuelve al texto una última vez

Después de consultar ayudas, comparar otros pasajes, escribir conclusiones y pensar en aplicaciones, regresa nuevamente al texto original.

Este último paso es muy importante.

Pregúntate: “¿Lo que escribí realmente sale de este pasaje?”.

Puede suceder que una idea sea verdadera pero no sea la enseñanza principal del texto que estamos estudiando. En ese caso, no debemos obligar al pasaje a sostenerla.

Pablo escribió a Timoteo:

“Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad” (2 Timoteo 2:15).

Usar bien la Palabra requiere cuidado. La meta no es encontrar algo novedoso que nadie haya descubierto. Tampoco consiste en hacer que cada lectura produzca una experiencia extraordinaria. La meta es escuchar fielmente lo que Dios ha dicho.

W. Robert Godfrey resume muy bien una de las reglas fundamentales: debemos leer el pasaje, volver a leerlo y observar cómo se relaciona con aquello que lo rodea. Sacar una frase de su contexto puede conducirnos fácilmente hacia conclusiones equivocadas.

Convierte estos pasos en un hábito sencillo

Al principio todo este proceso puede parecer largo. En realidad, con la práctica comienza a volverse natural.

Abres la Biblia. Oras. Lees varias veces. Observas cuidadosamente. Lees lo anterior y lo posterior. Consideras las circunstancias históricas cuando son necesarias. Buscas la idea principal. Comparas con otras Escrituras. Observas dónde se encuentra el pasaje dentro de la gran historia que conduce a Cristo. Después consultas buenas ayudas, compruebas tus conclusiones y finalmente piensas cómo esa verdad debe transformar tu vida.

No siempre necesitarás completar todos estos pasos por escrito. Algunas veces estudiarás durante una hora; otras veces tendrás solamente unos minutos. Lo importante es desarrollar una manera responsable de acercarte a las Escrituras.

La meta tampoco es terminar dependiendo para siempre de comentarios, predicadores o maestros. Las buenas ayudas deben enseñarte gradualmente a observar mejor la Biblia por ti mismo.

Y hay algo todavía más importante: estudiar correctamente la Biblia no tiene como finalidad hacernos sentir superiores a quienes conocen menos. El verdadero conocimiento de las Escrituras debería producir humildad.

Cuanto más claramente contemplamos la santidad de Dios, más reconocemos nuestra necesidad de gracia. Cuanto mejor comprendemos nuestro pecado, más preciosa se vuelve la obra de Cristo. Cuanto más conocemos sus promesas, más razones encontramos para confiar en Él.

La Biblia no fue entregada simplemente para llenar nuestras libretas. Fue dada para que conozcamos a Dios, creamos su verdad y vivamos bajo su Palabra.

“Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino” (Salmo 119:105).

Una lámpara no ilumina el camino para que podamos admirarla mientras permanecemos quietos. Su luz permite ver por dónde debemos caminar. De manera semejante, el estudio bíblico alcanza su propósito cuando la verdad que comprendemos comienza a dirigir nuestros pasos.

Ejercicios prácticos

1. Lee Marcos 4:35-41 dos veces. Escribe en tu libreta los nombres de las personas que aparecen, el problema que enfrentan y cómo termina el relato.

2. Lee Filipenses 4:10-13. Después escribe con tus propias palabras qué significa “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”, tomando en cuenta los versículos anteriores.

3. Lee Efesios 4:31-32. Escribe una verdad que el pasaje enseña y una manera sencilla de ponerla en práctica durante esta semana.

4. Lee Lucas 18:9-14. Divide una página de tu libreta en dos partes. En una escribe lo que observas acerca del fariseo y en la otra lo que observas acerca del publicano. Después escribe en una oración cuál consideras que es la enseñanza principal de Jesús.

5. Escoge un pasaje corto que hayas leído recientemente. Sigue este orden en tu libreta: ora antes de comenzar, léelo tres veces, observa sus detalles, lee lo que aparece antes y después, escribe su idea principal y termina anotando una aplicación para tu vida.