Hermenéutica - Lección 5

Quinta lección del estudio: Hermeneutica.

Dos hombres caminaban al atardecer por un camino polvoriento, alejándose de Jerusalén. Habían visto morir a Jesús y, con Él, parecía haber muerto también todo lo que esperaban. Mientras avanzaban hacia Emaús, un desconocido se acercó y comenzó a caminar con ellos. Entonces ocurrió algo extraordinario: aquel hombre recorrió las antiguas Escrituras y les mostró que, desde mucho antes de Belén y del Calvario, ellas ya estaban hablando de Cristo. Al llegar a su destino descubrieron que quien les había explicado las Escrituras era el mismo Jesús resucitado.

«Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían» (Lucas 24:27).

Esta escena nos entrega una de las claves más importantes para comprender correctamente la Biblia. La Escritura contiene muchos libros, autores humanos, épocas, personajes y acontecimientos, pero no cuenta historias independientes. Desde Génesis hasta Apocalipsis existe una gran historia que avanza hacia una misma esperanza. Esa historia alcanza su cumplimiento en Jesucristo.

Una sola gran historia

La Biblia comienza con Dios creando un mundo bueno. El ser humano fue creado a su imagen para conocerlo, obedecerlo y vivir bajo su gobierno. Sin embargo, Génesis 3 relata la entrada del pecado. Adán y Eva desobedecieron, y con aquella rebelión llegaron la culpa, la separación, el sufrimiento y la muerte.

Pero Dios no abandonó su creación. En medio del juicio apareció una promesa. Dios anunció que la descendencia de la mujer aplastaría finalmente a la serpiente.

«Esta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar» (Génesis 3:15).

Desde ese momento comienza una larga espera. ¿Quién vencerá al enemigo? ¿Quién resolverá el problema del pecado? ¿Quién restaurará aquello que fue quebrado?

La historia continúa con Abraham, Isaac, Jacob, Israel, Moisés, David y los profetas. Cada etapa añade nuevas piezas. Dios promete una descendencia, establece pactos, forma un pueblo, entrega su ley, levanta sacerdotes, establece sacrificios y promete un Rey. Ninguna de estas cosas aparece aislada. Poco a poco preparan el camino hacia Cristo.

Geerhardus Vos explicó que la revelación de Dios se desarrolla a lo largo de la historia de manera progresiva. Esto significa que Dios no mostró todo de una sola vez. Fue revelando su propósito poco a poco, como la luz del amanecer que permite distinguir cada vez con mayor claridad aquello que antes apenas podía verse.

Las promesas conducen hacia Cristo

Cuando Dios llamó a Abraham, le prometió que por medio de su descendencia serían benditas todas las familias de la tierra. Muchos siglos después, Pablo explica que esta promesa encuentra su cumplimiento definitivo en Cristo.

«Ahora bien, a Abraham fueron hechas las promesas, y a su simiente. No dice: Y a las simientes, como si hablase de muchos, sino como de uno: Y a tu simiente, la cual es Cristo» (Gálatas 3:16).

Después encontramos a David. Dios prometió levantar de su descendencia un Rey cuyo reino permanecería. Los reyes humanos envejecieron, murieron y muchos fracasaron terriblemente. La promesa, sin embargo, permaneció viva. El Nuevo Testamento presenta a Jesús como el Hijo de David y el Rey prometido.

Juan Calvino observaba que las promesas dadas antiguamente dirigían la esperanza del pueblo de Dios hacia Cristo. Esto evita leer el Antiguo Testamento como una simple colección de relatos morales. Abraham no existe solamente para enseñarnos a tener fe, David no aparece únicamente para enseñarnos valentía y Moisés no está allí simplemente para enseñarnos liderazgo. Sus vidas pertenecen a una historia mucho mayor que avanza hacia la obra del Salvador.

Los sacrificios señalaban una necesidad mayor

Pensemos en el tabernáculo. Allí había sacerdotes, sangre, sacrificios y un lugar santísimo. Todo comunicaba una verdad seria: Dios es santo y el pecador no puede acercarse a Él como si el pecado fuera algo insignificante.

Los animales eran sacrificados repetidamente. Año tras año volvía a derramarse sangre. Aquella repetición mostraba que todavía faltaba algo definitivo.

Hebreos explica que esos sacrificios eran incapaces de eliminar finalmente el pecado. Señalaban hacia un sacrificio superior.

«Porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados» (Hebreos 10:14).

Cristo no solamente ofrece el sacrificio. Él mismo es el sacrificio perfecto. Tampoco es simplemente otro sacerdote. Él es el gran Sumo Sacerdote que acerca definitivamente a su pueblo a Dios.

John Owen dedicó gran parte de sus escritos sobre Hebreos a mostrar la superioridad de Cristo. En Él encontramos aquello que los sacerdotes y sacrificios anteriores nunca podían realizar plenamente. Ellos eran temporales; Cristo permanece. Ellos ofrecían sacrificios repetidamente; Cristo se ofreció una vez para siempre.

Las sombras encuentran su realidad

La Escritura utiliza acontecimientos, personas e instituciones anteriores para preparar nuestra comprensión de Cristo. El éxodo es un ejemplo extraordinario.

Israel estaba esclavizado en Egipto. Dios levantó a Moisés, juzgó a Egipto y liberó a su pueblo. Durante la Pascua, un cordero murió y su sangre protegió a las familias israelitas del juicio.

Siglos después, Juan el Bautista vio acercarse a Jesús y declaró:

«He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Juan 1:29).

La imagen alcanza entonces una profundidad mayor. La Pascua preparaba al pueblo para comprender otra liberación. Cristo vino a rescatar a pecadores de una esclavitud mucho más profunda que la de Egipto.

Edmund Clowney insistió en que debemos observar cómo las grandes líneas de la historia bíblica llegan hasta Cristo. Esto nos protege de una lectura superficial que convierte cada relato únicamente en una enseñanza sobre cómo debemos comportarnos.

Jesús enseñó a leer las Escrituras de esta manera

No afirmamos que Cristo sea el centro de la Escritura simplemente porque resulte una manera atractiva de organizar la Biblia. Jesús mismo enseñó que las Escrituras daban testimonio de Él.

«Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí» (Juan 5:39).

También dijo:

«Era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos» (Lucas 24:44).

Jesús está hablando de las grandes divisiones de las Escrituras que sus discípulos conocían. La ley, los profetas y los demás escritos convergían finalmente en Él.

Charles Spurgeon expresó constantemente esta convicción en su predicación. Para él, los caminos de la Escritura conducían hacia Cristo. Su preocupación era legítima: podemos conocer relatos, doctrinas, personajes y mandamientos y, sin embargo, perder de vista al Salvador hacia quien apunta toda la historia.

Esto no significa encontrar a Cristo artificialmente en cada detalle

Aquí debemos tener cuidado. Decir que toda la Escritura encuentra su centro y cumplimiento en Cristo no significa convertir cada piedra, número, árbol, color o personaje en un símbolo secreto de Jesús.

Ese método puede parecer espiritual, pero frecuentemente obliga al texto a decir cosas que realmente no dice.

Debemos comenzar preguntando qué quiso comunicar el pasaje dentro de su propio contexto. Después observamos dónde se encuentra dentro de la gran historia de la Biblia y cómo esa historia avanza hacia Cristo.

Por ejemplo, David enfrentando a Goliat no significa automáticamente que cada objeto del relato represente algo oculto. El acontecimiento muestra a Dios dando victoria a su pueblo mediante el rey que Él había escogido. David pertenece además a la línea real de la cual vendría finalmente Cristo. Podemos avanzar hacia Jesús siguiendo caminos que la propia Escritura establece, sin inventar significados.

R. C. Sproul advertía constantemente sobre el peligro de imponer nuestras propias ideas sobre el texto. La Biblia debe gobernar nuestra interpretación. Nuestro propósito no es descubrir mensajes secretos, sino comprender fielmente lo que Dios ha revelado.

Cristo une lo que parecía separado

Cuando comprendemos esto, la Biblia deja de parecernos una biblioteca formada por historias desconectadas.

El jardín perdido de Génesis termina conduciendo hacia una nueva creación. El cordero de la Pascua conduce hacia el Cordero de Dios. El sacerdocio conduce hacia nuestro gran Sumo Sacerdote. El reino de David conduce hacia el Rey eterno. El templo conduce hacia la presencia de Dios entre su pueblo. Las promesas de restauración anunciadas por los profetas encuentran su cumplimiento decisivo en Cristo y esperan su consumación cuando Él regrese.

Jonathan Edwards veía la historia de la redención como una gran obra de Dios que avanza a través de los siglos hasta alcanzar su centro en Cristo. Esta perspectiva nos permite contemplar la Biblia como una historia cuidadosamente dirigida por Dios y no como una colección accidental de acontecimientos religiosos.

Leer la Biblia mirando hacia Cristo

Cuando abras un pasaje del Antiguo Testamento, no necesitas apresurarte inmediatamente hacia Jesús. Primero observa cuidadosamente lo que ocurre. ¿Quién habla? ¿A quién? ¿Qué está sucediendo? ¿Qué revela el texto acerca de Dios? ¿Qué muestra acerca del ser humano? ¿Dónde se encuentra ese acontecimiento dentro de la historia bíblica?

Después podemos avanzar. ¿Existe una promesa que Cristo cumple? ¿Una necesidad que Él resuelve? ¿Una institución que alcanza en Él su propósito? ¿Una esperanza que encuentra en Él su respuesta?

Este proceso transforma nuestra lectura.

Cuando leemos sobre la caída, entendemos por qué necesitamos un Salvador. Cuando encontramos los sacrificios, comprendemos mejor la cruz. Cuando vemos sacerdotes, apreciamos a nuestro gran Sumo Sacerdote. Cuando observamos reyes imperfectos, esperamos al Rey perfecto. Cuando escuchamos a los profetas anunciar restauración, comprendemos por qué la llegada de Cristo es una noticia tan extraordinaria.

J. I. Packer señaló repetidamente que conocer la Biblia correctamente debe conducirnos al conocimiento de Dios, no simplemente a acumular información. Y el conocimiento salvador de Dios está inseparablemente unido a Cristo.

La meta de interpretar correctamente la Escritura, entonces, no consiste simplemente en terminar una lectura diciendo: «Ahora entiendo mejor este pasaje». Debemos poder contemplar con mayor claridad quién es Dios, qué ha hecho, cuál es nuestra verdadera condición y por qué necesitamos a Cristo.

Los discípulos de Emaús comenzaron aquel camino confundidos y desanimados. Terminaron diciendo:

«¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría las Escrituras?» (Lucas 24:32).

Eso ocurre cuando las piezas comienzan a encajar. Génesis ya no está aislado de los Evangelios. Los sacrificios ya no parecen ceremonias extrañas. Los profetas dejan de ser voces distantes. Los reyes, los pactos, el templo, el éxodo y las promesas comienzan a formar parte de una misma historia.

Y en el centro de esa historia encontramos a Jesucristo: el descendiente prometido, el verdadero Cordero, el Sacerdote perfecto, el Hijo de David, el Rey eterno, el Salvador crucificado y resucitado. Toda la Escritura avanza hacia Él, encuentra en Él su cumplimiento y nos enseña a esperar el día en que regresará para llevar la historia de la redención a su consumación final.

Ejercicios prácticos

1. Lee Lucas 24:25-27 y escribe con tus propias palabras qué hizo Jesús para ayudar a los discípulos a comprender las Escrituras.

2. Lee Génesis 3:15 y escribe en dos o tres líneas cómo esta promesa comienza a preparar la esperanza de un Salvador.

3. Lee Éxodo 12:1-13 y Juan 1:29. Anota dos semejanzas que observes entre el cordero de la Pascua y la obra de Cristo.

4. Escoge uno de estos temas: rey, sacerdote, sacrificio o templo. Busca dos pasajes bíblicos relacionados y escribe brevemente cómo ese tema ayuda a comprender mejor a Cristo.

5. Lee Lucas 24:44-47. Escribe una frase que complete esta idea: «Después de esta lección, entiendo que Cristo es el centro de la Escritura porque...».