Quinta lección del estudio: Hermeneutica.
Cristo, el centro de toda la Escritura
"Entonces les dijo: ¡Oh insensatos, y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho! ¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas, y que entrara en su gloria? Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían."
Lucas 24:25-27
Muchas personas han abierto la Biblia durante años sin encontrar realmente su mensaje principal. Han aprendido historias, recordado nombres, memorizado mandamientos y admirado personajes, pero aun así han pasado por alto aquello que mantiene unida toda la Escritura. Es como recorrer un inmenso museo observando cada pintura por separado sin darse cuenta de que todas forman parte de una misma obra. Cuando eso ocurre, la Biblia puede parecer una colección de relatos antiguos, leyes, poemas y cartas sin una conexión profunda entre sí.
Sin embargo, el mismo Señor Jesucristo enseñó que existe un hilo que atraviesa cada página de la revelación de Dios. Ese hilo no es una idea, una filosofía ni un conjunto de normas. Ese hilo es una Persona. Desde el primer libro hasta el último, la Escritura dirige la mirada hacia Cristo. Algunas veces lo anuncia mediante promesas; otras veces mediante figuras, símbolos, sacrificios, profecías o acontecimientos históricos. En el Nuevo Testamento esa esperanza prometida aparece hecha carne. Lo que antes era sombra ahora puede contemplarse con claridad.
Comprender esta verdad cambia completamente nuestra manera de leer la Biblia. Dejamos de preguntarnos únicamente qué hizo Abraham, qué logró David o cómo actuó Moisés, para comenzar a preguntarnos cómo cada uno de esos acontecimientos revela la grandeza del Salvador. Ese cambio transforma nuestra lectura porque ya no buscamos simplemente ejemplos morales, sino al Redentor que Dios prometió desde el principio.
La Biblia cuenta una sola historia
Cuando observamos la Biblia desde cierta distancia descubrimos algo extraordinario. Aunque fue escrita durante aproximadamente mil quinientos años por más de cuarenta autores diferentes, en distintos lugares, idiomas y circunstancias, mantiene una unidad sorprendente. Reyes, pastores, pescadores, profetas, médicos y escribas participaron en su escritura, pero todos apuntan hacia el mismo propósito.
Esa unidad no puede explicarse simplemente por el esfuerzo humano. Cada autor escribió en momentos históricos distintos. Moisés vivió alrededor del siglo XV a.C.; Isaías ejerció su ministerio aproximadamente entre los años 740 y 680 a.C.; Daniel escribió durante el exilio en Babilonia en el siglo VI a.C.; los evangelios fueron escritos durante el primer siglo después de Cristo. Aun así, todos presentan una misma esperanza: Dios enviará al Salvador prometido.
Por esa razón la Biblia no está organizada alrededor de Israel, de los patriarcas, del templo o incluso de la Iglesia. Todos esos elementos tienen un papel importante, pero ninguno ocupa el centro absoluto. El centro pertenece únicamente a Jesucristo.
El predicador inglés Charles Spurgeon expresó una idea muy conocida cuando dijo que cualquier texto de la Escritura tiene un camino que conduce hacia Cristo. Su intención no era forzar significados donde no existen, sino recordar que toda la revelación encuentra su cumplimiento en Él.
Juan Calvino escribió que toda la suma del evangelio consiste en conocer correctamente a Jesucristo. Esa afirmación resume perfectamente el propósito de toda la Escritura. Cuanto más conocemos a Cristo, mejor entendemos toda la Biblia.
El comienzo señala hacia el Salvador
La primera promesa acerca de Cristo aparece sorprendentemente muy cerca del comienzo de la historia humana. Después de la caída de Adán y Eva en el huerto de Edén, cuando el pecado había contaminado toda la creación, Dios anunció que la descendencia de la mujer heriría la cabeza de la serpiente.
"Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar." Génesis 3:15
Este versículo ha sido conocido durante siglos como la primera promesa del evangelio. Allí aparece la esperanza de que un descendiente vencería definitivamente al enemigo. Aunque Satanás heriría al Salvador, esa herida no sería la victoria final. El triunfo pertenecería al Hijo prometido.
Desde ese momento toda la historia bíblica comienza a desarrollar esa promesa. Cada generación espera el cumplimiento. Cada nacimiento importante despierta una nueva expectativa. ¿Será éste el libertador? ¿Será él quien venza definitivamente al pecado?
La respuesta definitiva llega muchos siglos después con el nacimiento de Jesucristo en Belén.
Las personas del Antiguo Testamento apuntan hacia Cristo
Uno de los errores más comunes al estudiar el Antiguo Testamento consiste en pensar que cada personaje existe únicamente para enseñarnos principios de conducta. Aunque ciertamente podemos aprender de su obediencia o de sus errores, ese no es el propósito principal.
Muchos personajes funcionan como sombras que preparan la llegada del verdadero Salvador.
Adán representa al primer hombre, cuya desobediencia introdujo el pecado en el mundo. Cristo aparece como el segundo Adán, cuya obediencia trae vida para su pueblo. Pablo desarrolla ampliamente esta comparación en Romanos 5 y en 1 Corintios 15.
Noé construyó un arca mediante la cual Dios preservó la vida durante el diluvio. Esa arca no salva por sí misma; señala hacia Cristo, quien ofrece un refugio perfecto contra el juicio de Dios.
Abraham recibió la promesa de que en su descendencia serían benditas todas las naciones. Pablo explica en Gálatas 3 que esa descendencia encuentra su cumplimiento definitivo en Cristo.
Isaac fue ofrecido por su padre sobre el monte Moriah. Aunque finalmente Dios proveyó un carnero para sustituirlo, aquella escena prepara el corazón del lector para comprender que un día el Padre no detendría el sacrificio de su propio Hijo.
José fue rechazado por sus hermanos, vendido por veinte piezas de plata y posteriormente levantado para salvar precisamente a quienes lo habían despreciado. La semejanza con la vida de Cristo no es casual. Dios estaba preparando lentamente la comprensión de su pueblo.
Moisés actuó como libertador y mediador del pacto. Sin embargo, él mismo anunció que un Profeta mayor vendría después de él. Ese Profeta sería Cristo.
David fue un rey conforme al corazón de Dios, pero también fue un hombre limitado y pecador. La promesa hecha a David no terminaba en Salomón. Dios prometió un Rey eterno cuyo reino jamás tendría fin. Esa promesa encuentra su cumplimiento únicamente en Jesucristo.
Cuando entendemos estas conexiones dejamos de leer historias aisladas y comenzamos a contemplar un plan perfectamente diseñado por Dios durante siglos.
Los sacrificios anunciaban una obra perfecta
Una parte del Antiguo Testamento que suele resultar difícil para muchos lectores es el sistema de sacrificios establecido en la ley de Moisés. Animales ofrecidos continuamente, sacerdotes, altares, sangre derramada, ceremonias y fiestas pueden parecer asuntos lejanos para nuestra época.
Sin embargo, todo ese sistema tenía un propósito profundamente educativo. Dios estaba enseñando que el pecado exige muerte y que el perdón requiere un sustituto.
Cada mañana y cada tarde se ofrecían sacrificios. Año tras año los sacerdotes repetían las mismas ceremonias porque aquellos sacrificios nunca podían quitar completamente el pecado. Eran señales que apuntaban hacia algo mucho mayor.
Cuando Juan el Bautista vio acercarse a Jesús declaró:
"He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo." Juan 1:29
Con una sola expresión, Juan conectó siglos de historia bíblica. Todos aquellos corderos sacrificados, todas aquellas fiestas de Pascua, todo el ministerio sacerdotal encontraba finalmente su significado en una sola Persona.
La carta a los Hebreos desarrolla esta verdad mostrando que Cristo no ofreció un sacrificio más entre muchos otros. Él ofreció el sacrificio perfecto, suficiente y definitivo. Ya no sería necesario repetir continuamente las ofrendas porque el Hijo de Dios realizó una obra completa en la cruz.
Por eso, cuando leemos Levítico, Éxodo o Números, no debemos pensar únicamente en antiguos rituales religiosos. Debemos contemplar cómo Dios preparaba cuidadosamente el corazón de su pueblo para comprender el valor infinito del sacrificio de Jesucristo.
Las profecías encuentran su cumplimiento en Cristo
Dios no solamente preparó la llegada del Mesías mediante personas y sacrificios. También habló con claridad por medio de los profetas. Durante siglos anunció detalles específicos acerca de la vida, el ministerio, el sufrimiento, la muerte y la gloria del Salvador. Estas profecías no fueron escritas después de los acontecimientos. Fueron registradas cientos de años antes de que Jesús naciera.
El profeta Miqueas anunció que el gobernante prometido nacería en Belén.
"Pero tú, Belén Efrata, pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel."
Miqueas 5:2
Isaías, alrededor del año 700 a.C., describió con asombroso detalle al Siervo sufriente. Allí vemos a un hombre despreciado, rechazado, herido por nuestras rebeliones y castigado para que nosotros pudiéramos recibir paz.
"Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados."
Isaías 53:5
El Salmo 22, escrito por David aproximadamente mil años antes del nacimiento de Cristo, contiene expresiones que encuentran un cumplimiento extraordinario durante la crucifixión. Allí aparecen el desprecio de la multitud, el reparto de las vestiduras y el sufrimiento del justo. Aunque David escribió desde su propia experiencia, el Espíritu Santo dirigía esas palabras hacia una realidad mucho mayor.
Cuando los evangelios narran la vida de Jesús, constantemente encontramos expresiones como: "para que se cumpliera lo dicho por el profeta...". Los escritores inspirados desean que el lector comprenda que Jesús no apareció de manera inesperada. Él es el cumplimiento de una promesa que Dios sostuvo durante siglos.
Jesús enseñó que toda la Escritura habla de Él
No necesitamos depender únicamente de las conclusiones de los estudiosos o de los predicadores. Fue el mismo Jesucristo quien afirmó que toda la Escritura da testimonio de Él.
Después de su resurrección, dos discípulos caminaban hacia Emaús profundamente desanimados. Habían visto morir a su Maestro y pensaban que toda esperanza había terminado. Mientras conversaban, Jesús mismo se acercó, aunque ellos todavía no lo reconocieron.
Entonces ocurrió una de las clases más extraordinarias que jamás hayan existido.
"Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían."
Lucas 24:27
Observemos cuidadosamente las palabras del texto. Jesús no tomó solamente algunos pasajes aislados. Comenzó desde Moisés, continuó con los profetas y mostró que toda la Escritura hablaba acerca de Él.
Más adelante dijo a los líderes religiosos:
"Escudriñad las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de mí."
Juan 5:39
Qué advertencia tan solemne. Aquellos hombres conocían la Biblia con enorme precisión. Habían dedicado años al estudio de las Escrituras, pero no reconocieron al mismo Cristo cuando estuvo delante de ellos.
Ese peligro sigue existiendo hoy. Una persona puede conocer muchos datos bíblicos y, sin embargo, perder de vista al Señor de la Biblia. Puede admirar la historia de Israel, aprender cronologías, recordar nombres y aun así no descansar verdaderamente en Cristo.
La verdadera interpretación conduce al Salvador
Uno de los propósitos más importantes de la hermenéutica consiste en descubrir el significado que Dios quiso comunicar por medio del autor inspirado. Ese significado siempre debe respetar el contexto, la intención del pasaje y el lugar que ocupa dentro de toda la historia de la redención.
Esto significa que no debemos forzar todos los textos para encontrar símbolos escondidos donde el autor nunca los colocó. Tampoco debemos inventar interpretaciones extrañas únicamente porque parecen interesantes.
Al mismo tiempo, tampoco debemos leer cada pasaje como si estuviera completamente aislado del resto de la Biblia.
La mejor interpretación mantiene ambas realidades en equilibrio. Primero comprende el significado original del texto. Después observa cómo ese pasaje participa dentro del gran plan redentor que culmina en Jesucristo.
Por ejemplo, cuando estudiamos el sacrificio de la Pascua debemos entender primero el acontecimiento histórico ocurrido durante la salida de Israel de Egipto. Solo después observamos cómo ese sacrificio prepara el camino para comprender a Cristo como nuestra Pascua, tal como explica el apóstol Pablo.
Cuando estudiamos el templo de Jerusalén debemos conocer su función dentro del pueblo de Israel. Luego comprendemos que Jesús declaró ser el verdadero templo donde Dios habita plenamente entre los hombres.
Leer la Biblia de esta manera protege tanto del simbolismo exagerado como de una lectura superficial.
Los creyentes de todas las épocas miraban hacia el mismo Salvador
A veces algunas personas imaginan que existen dos caminos diferentes de salvación: uno para el Antiguo Testamento y otro para el Nuevo. Sin embargo, la Biblia enseña exactamente lo contrario.
Los creyentes del Antiguo Testamento fueron salvos por la gracia de Dios mediante la fe en las promesas que Él había dado. Nosotros somos salvos por esa misma gracia mediante la fe en el Cristo que ya vino.
La dirección de la mirada es diferente, pero el Salvador es el mismo.
Abraham creyó la promesa de Dios. David descansó en la misericordia divina. Isaías esperaba al Siervo prometido. Nosotros contemplamos el cumplimiento de esas promesas en Jesucristo.
John Owen escribió que toda la gloria de Dios resplandece en el rostro de Jesucristo. Esa afirmación resume la enseñanza de toda la Escritura. Dios siempre ha querido darse a conocer plenamente por medio de su Hijo.
En tiempos más recientes, Sinclair Ferguson ha recordado que toda la Biblia posee una unidad que solo puede comprenderse correctamente cuando Cristo ocupa el lugar central. Esta perspectiva evita fragmentar la Escritura y nos ayuda a contemplar la armonía del plan de Dios.
Cómo aplicar esta verdad al estudiar la Biblia
Cada vez que abras la Biblia, recuerda que estás leyendo una sola historia con un solo Autor supremo y un solo Salvador. Antes de preguntarte únicamente qué debes hacer, pregúntate también qué revela este pasaje acerca del carácter de Dios y de la obra de Cristo.
Cuando leas Génesis, contempla la promesa del Redentor.
Cuando leas Éxodo, observa al Cordero que libra del juicio.
Cuando estudies Levítico, contempla el sacrificio perfecto.
Cuando leas los Salmos, escucha las alabanzas y los sufrimientos que anticipan al Mesías.
Cuando llegues a los profetas, contempla la esperanza del Rey prometido.
Cuando abras los evangelios, contempla al Salvador caminando entre los hombres.
Cuando leas las cartas apostólicas, comprende el significado de su obra.
Cuando llegues al Apocalipsis, contempla al Rey glorioso que regresará para establecer definitivamente su reino.
Entonces descubrirás que la Biblia deja de ser simplemente un conjunto de libros antiguos. Se convierte en el relato vivo de la fidelidad de Dios, quien desde el principio hasta el final conduce todas las cosas hacia la gloria de su Hijo.
Conclusión
Leer la Biblia sin contemplar a Cristo es parecido a observar un inmenso paisaje durante la noche. Se distinguen algunas formas, ciertos caminos y algunas montañas, pero los detalles permanecen ocultos. Cuando amanece, todo adquiere claridad. Los colores aparecen, las distancias se comprenden y cada elemento ocupa su verdadero lugar.
Cristo es esa luz que permite comprender toda la Escritura. Él no es un personaje más dentro de la historia bíblica. Él es el cumplimiento de las promesas, el verdadero Cordero, el mejor Profeta, el perfecto Sacerdote, el Rey eterno, el segundo Adán y el Salvador del mundo.
Por eso, estudiar correctamente la Biblia no consiste únicamente en adquirir información. Consiste en conocer cada vez más profundamente a Jesucristo. Cuanto más claramente lo vemos a Él, mejor comprendemos toda la Escritura. Y cuanto mejor comprendemos toda la Escritura, más profundamente aprendemos a amar, confiar y obedecer al Señor que dio su vida para reconciliar consigo a pecadores por pura gracia.
Ejercicios
- Lee Lucas 24:13-35 y escribe en tu cuaderno cinco razones por las que Jesús afirmó que toda la Escritura habla de Él.
- Haz una lista de diez personajes del Antiguo Testamento y escribe junto a cada uno de qué manera prepara o anuncia algún aspecto de la persona o de la obra de Cristo.
- Lee Génesis 3:15, Isaías 53, Juan 1:29 y Hebreos 10:11-14. Después escribe un breve resumen (8 a 10 líneas) explicando cómo estos pasajes forman una sola historia de redención.
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Durante esta semana, al leer cualquier capítulo de la Biblia, responde en tu libreta estas tres preguntas:
- ¿Qué me enseña este pasaje acerca de Dios?
- ¿Cómo apunta este pasaje hacia Cristo o cómo revela su obra?
- ¿Qué cambio debe producir esta verdad en mi vida?