¿Qué es la Biblia?
Primera lección del estudio: Introducción a la Biblia
Hay libros que sobreviven unas décadas y luego desaparecen. Otros logran atravesar siglos y terminan guardados en bibliotecas como testigos de un mundo que ya no existe. Pero existe un libro que ha cruzado imperios, guerras, persecuciones, cambios de idioma y transformaciones culturales, y todavía sigue siendo leído cada día por millones de personas. Ha sido amado, prohibido, quemado, traducido, memorizado y llevado clandestinamente a lugares donde poseerlo podía costar la libertad o incluso la vida. Ese libro es la Biblia.
Sin embargo, su importancia no depende simplemente de su antigüedad ni de la cantidad de personas que la han leído. La pregunta verdaderamente importante es mucho más profunda: ¿qué es realmente la Biblia?
La respuesta que encontramos en sus propias páginas es extraordinaria. La Biblia es la Palabra de Dios escrita. Por medio de ella, Dios ha querido darse a conocer, mostrarnos quiénes somos, explicar qué salió mal en nuestro mundo y revelar el camino de salvación que culmina en Jesucristo.
Un libro que viene de Dios
Cuando abrimos una Biblia tenemos delante un libro escrito por seres humanos reales. Encontramos a Moisés, un hombre criado en Egipto; a David, pastor, guerrero y rey; a Salomón; a profetas como Isaías y Jeremías; a pescadores como Pedro y Juan; a un médico llamado Lucas; y a Pablo, quien había sido un perseguidor de los cristianos.
Estos hombres vivieron en diferentes épocas, lugares y circunstancias. Algunos escribieron desde palacios; otros atravesaron desiertos, persecuciones, prisiones, guerras y exilios. Sus personalidades tampoco desaparecieron cuando escribieron. David escribe como David, Juan como Juan y Pablo como Pablo.
Sin embargo, detrás de esos autores humanos estaba Dios.
“Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia” (2 Timoteo 3:16).
Pedro explica esta realidad desde otra perspectiva:
“Porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo” (2 Pedro 1:21).
Esto significa que la Biblia no nació simplemente porque ciertos hombres religiosos decidieron escribir sus pensamientos acerca de Dios. Dios actuó por medio de autores humanos para comunicar exactamente aquello que quería dejar por escrito.
Juan Calvino explicaba que las Escrituras llevan consigo la autoridad de Dios porque es Dios mismo quien habla por medio de ellas. Siglos después, B. B. Warfield defendió cuidadosamente esta misma verdad: las palabras escritas por los autores bíblicos son verdaderamente palabras humanas y, al mismo tiempo, aquello que Dios quiso comunicar.
Una biblioteca que cuenta una sola historia
A simple vista, la Biblia parece un solo libro. En realidad, contiene 66 libros, divididos entre 39 libros del Antiguo Testamento y 27 del Nuevo Testamento.
Su composición ocurrió durante muchos siglos. Sus autores vivieron en contextos muy diferentes y escribieron historia, poesía, cartas, profecías, relatos y enseñanzas. Cuando una persona comienza a leerla, puede parecer que está entrando en una enorme biblioteca llena de habitaciones diferentes.
Génesis nos lleva al comienzo de la creación. Éxodo nos muestra esclavos saliendo de Egipto. Los Salmos nos permiten escuchar oraciones nacidas de la alegría, el temor, el arrepentimiento y el sufrimiento. Los profetas anuncian juicio y esperanza. Los Evangelios nos llevan a caminos polvorientos, aldeas, sinagogas y ciudades donde Jesús enseñó, sanó y finalmente caminó hacia la cruz. Hechos muestra el crecimiento de la Iglesia. Las cartas explican cómo vivir a la luz de Cristo. Apocalipsis dirige nuestros ojos hacia la victoria final de Dios.
Y, sin embargo, detrás de toda esa diversidad existe una gran historia.
Geerhardus Vos destacó que Dios fue dando a conocer su obra de manera progresiva a lo largo de la historia. Lo que aparece como una promesa pequeña en los primeros capítulos de Génesis va tomando forma hasta alcanzar su cumplimiento en Cristo.
La Biblia comienza con Dios creando y termina con Dios habitando con su pueblo en una creación restaurada. Entre esos dos extremos encontramos creación, rebelión, juicio, promesa, rescate, reino, cruz, resurrección y restauración.
La Biblia nos muestra quién es Dios
Uno de nuestros mayores errores consiste en acercarnos a la Biblia pensando que nosotros somos sus personajes principales. No lo somos. Dios ocupa el centro.
Las primeras palabras de las Escrituras dejan esto establecido:
“En el principio creó Dios los cielos y la tierra” (Génesis 1:1).
Antes del ser humano, antes de las naciones y antes de la historia, Dios ya era Dios.
Las Escrituras nos muestran su santidad, justicia, bondad, misericordia, poder, sabiduría, fidelidad y amor. También nos enseñan que Dios no puede ser moldeado según nuestras preferencias. No tenemos libertad para inventar una versión de Dios que nos agrade más.
Stephen Charnock dedicó buena parte de sus escritos a contemplar quién es Dios según las Escrituras. Su insistencia era sencilla pero profunda: conocer correctamente a Dios cambia inevitablemente la manera en que entendemos nuestra propia vida.
J. I. Packer también señaló que existe una enorme diferencia entre saber cosas acerca de Dios y conocer verdaderamente a Dios. La Biblia no fue entregada únicamente para llenar nuestra mente de información. Dios se revela para que lo conozcamos, confiemos en Él y vivamos delante de Él.
La Biblia también revela quiénes somos nosotros
La Escritura funciona como un espejo. Podemos acercarnos pensando que examinaremos un libro, pero pronto descubrimos que el libro comienza a examinarnos a nosotros.
“Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos” (Hebreos 4:12).
La Biblia explica nuestra dignidad al enseñarnos que fuimos creados a imagen de Dios. Pero también explica nuestra profunda corrupción. Génesis 3 muestra la entrada del pecado en la experiencia humana. Desde entonces aparecen vergüenza, miedo, acusación, violencia, dolor y muerte.
La Escritura no halaga al ser humano. Nos dice la verdad.
“Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23).
John Owen escribió extensamente acerca del poder engañoso del pecado. Entendía que el problema humano no podía reducirse a malas circunstancias externas. Existe algo torcido dentro de nosotros que necesita una obra que nosotros mismos no podemos producir.
Esto explica por qué la Biblia puede resultar tan penetrante. No solamente describe lo que hacemos; llega hasta las motivaciones del corazón.
Toda la historia conduce hacia Cristo
Si alguien lee la Biblia únicamente como una colección de reglas morales, terminará perdiendo su mensaje central. La Escritura no es principalmente una lista de hombres buenos que debemos imitar. Muchos de sus personajes muestran precisamente lo contrario.
Noé falla. Abraham teme. Jacob engaña. Moisés desobedece. David cae gravemente. Salomón se desvía. Pedro niega a Jesús. Una y otra vez queda claro que la humanidad necesita algo más que buenos ejemplos.
Necesitamos un Salvador.
Jesús dijo:
“Escudriñad las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de mí” (Juan 5:39).
Después de resucitar, mientras caminaba con dos discípulos hacia Emaús, Cristo comenzó desde Moisés y los profetas y les explicó lo que las Escrituras decían acerca de Él (Lucas 24:27).
Esto cambia nuestra manera de leer la Biblia.
La promesa hecha después de la caída, los sacrificios, el éxodo, el cordero, el sacerdocio, el reino de David y las promesas de los profetas forman caminos que finalmente conducen hacia Jesucristo.
Edmund Clowney insistió en que Cristo no debe ser añadido artificialmente a cada relato bíblico. Más bien, debemos aprender a reconocer cómo toda la historia de la salvación avanza verdaderamente hacia Él.
La cruz, entonces, no aparece como un accidente al final de la historia. Está en el corazón del plan de Dios.
La Biblia posee autoridad sobre nuestra vida
Si la Escritura es Palabra de Dios, nuestra relación con ella no puede reducirse a escoger las partes que nos gustan y descartar las que nos confrontan.
Cuando Dios habla, nosotros escuchamos.
“Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino” (Salmo 119:105).
Una lámpara antigua no iluminaba kilómetros de camino. Daba suficiente luz para continuar avanzando. Esta imagen describe bellamente la función de la Palabra. Dios no promete revelarnos cada detalle de nuestro futuro, pero sí nos proporciona la verdad necesaria para caminar delante de Él.
Los puritanos entendieron profundamente este principio. Thomas Watson enseñaba que escuchar la Palabra sin obedecerla era una forma de engañarnos a nosotros mismos. Leer mucho no sirve de nada si nuestro corazón permanece decidido a vivir exactamente igual.
Jesús mismo dijo:
“Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos” (Juan 8:31).
La respuesta correcta ante las Escrituras incluye escuchar, creer, obedecer y permanecer.
La Biblia es suficiente para conducirnos en la vida de fe
Dios no dejó a su pueblo sin dirección. En las Escrituras encontramos todo lo necesario para conocer el camino de salvación y aprender a vivir delante de Él.
Esto no significa que la Biblia sea una enciclopedia que responda directamente cada pregunta imaginable. No nos enseña a construir una casa, reparar un automóvil o resolver una ecuación matemática. Su propósito es mucho más importante.
Pablo le recordó a Timoteo que las Escrituras podían hacerlo sabio para la salvación por la fe en Jesucristo (2 Timoteo 3:15).
R. C. Sproul explicaba frecuentemente que el creyente necesita aprender a pensar bajo la autoridad de la Palabra de Dios. Nuestra cultura cambia. Nuestras emociones cambian. Las opiniones populares cambian. La verdad de Dios no depende de ninguna de ellas.
Por eso el cristiano no pregunta primero: “¿Qué siento acerca de esto?”, sino: “¿Qué ha dicho Dios?”.
Leer la Biblia es escuchar la voz del Rey
Una Biblia cerrada puede convertirse fácilmente en un objeto decorativo. Una Biblia abierta, leída con atención y recibida con fe, nos coloca delante de palabras que han atravesado generaciones porque proceden del Dios que gobierna todas las generaciones.
Martín Lutero describía las Escrituras como el lugar donde Dios se dirige a nosotros mediante palabras comprensibles. John Bunyan, quien pasó años encarcelado por predicar, vivió aferrado a esas promesas. Charles Spurgeon, siglos después, insistía en que la fuerza de la predicación cristiana no estaba en las ocurrencias del predicador, sino en dejar hablar a la Palabra de Dios.
Por eso estudiar la Biblia nunca debería convertirse únicamente en una actividad académica.
Cuando abrimos Génesis, comenzamos a contemplar al Creador. Cuando atravesamos los Salmos, aprendemos a buscarlo en alegría y sufrimiento. Cuando escuchamos a los profetas, vemos su santidad y fidelidad. Cuando llegamos a los Evangelios, contemplamos al Hijo de Dios caminando entre pecadores. Cuando observamos la cruz, entendemos con mayor claridad la gravedad de nuestro pecado y la grandeza de su gracia. Cuando llegamos a la resurrección, descubrimos que la muerte no tiene la última palabra. Y cuando alcanzamos las últimas páginas, encontramos la esperanza de una creación restaurada.
La Biblia, entonces, no es simplemente un libro antiguo acerca de personas que buscaron a Dios.
Es la historia del Dios que se dio a conocer, habló, hizo promesas, actuó en la historia y llevó adelante su propósito de salvación hasta su cumplimiento en Jesucristo.
“Sécase la hierba, marchítase la flor; mas la palabra del Dios nuestro permanece para siempre” (Isaías 40:8).
Esta es la razón por la que vale la pena estudiarla lentamente, hacer preguntas, comparar pasajes, tomar apuntes, memorizar sus palabras y, sobre todo, obedecerlas. No estudiamos la Biblia simplemente para terminar un curso. La estudiamos porque queremos conocer mejor al Dios que ha hablado.
Ejercicios prácticos
1. Escribe en tu libreta, usando tus propias palabras, una respuesta breve a esta pregunta: ¿qué es la Biblia?
2. Lee 2 Timoteo 3:15-17 y escribe tres cosas que este pasaje enseña acerca de las Escrituras.
3. Divide una página en dos columnas. En una escribe “Antiguo Testamento” y en la otra “Nuevo Testamento”. Anota cuántos libros contiene cada uno.
4. Lee Génesis 1:1, Juan 1:1-3 y Apocalipsis 21:1-5. Después escribe dos o tres líneas explicando qué relación encuentras entre el comienzo y el final de la historia bíblica.
5. Lee Lucas 24:25-27. Escribe una breve explicación de por qué Jesucristo es fundamental para comprender correctamente la historia de la Biblia.
6. Durante esta semana escoge un momento del día para leer un capítulo de la Biblia. Después de cada lectura escribe tres respuestas sencillas: ¿qué aprendí acerca de Dios?, ¿qué aprendí acerca del ser humano? y ¿qué verdad debo llevar a mi vida?