La revelación de Dios
Segunda lección del estudio: Introducción a la Biblia
«Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos» — Salmo 19:1.
Hay una pregunta que aparece una y otra vez en la historia humana: si Dios existe, ¿cómo podemos conocerlo? Podemos observar el cielo, estudiar la naturaleza, examinar nuestra propia conciencia y preguntarnos por qué existe algo en lugar de nada. Pero hay un límite que el ser humano no puede cruzar por sí mismo. Podemos buscar a Dios, pensar acerca de Él y hacernos preguntas sobre Él, pero nunca podríamos conocerlo verdaderamente si Él hubiera decidido permanecer en silencio.
La Biblia comienza precisamente con una realidad extraordinaria: Dios no permaneció en silencio.
Antes de que existiera un libro de la Biblia, Dios ya se estaba dando a conocer. Creó, habló, llamó, prometió, juzgó, salvó y se acercó a seres humanos concretos. La historia bíblica es, en gran medida, la historia del Dios invisible haciendo posible que criaturas pequeñas y limitadas puedan conocer verdaderamente quién es Él.
Dios tomó la iniciativa
Conocer a Dios no comienza con el ser humano subiendo hacia Él, sino con Dios acercándose al ser humano. Esta diferencia es fundamental. Nosotros somos criaturas limitadas. Dios, en cambio, es eterno, infinito y perfecto. No podemos descubrirlo como quien encuentra una isla desconocida o resuelve un problema científico. Si conocemos algo verdadero acerca de Dios es porque Él decidió mostrárnoslo.
Juan Calvino explicaba que nuestro conocimiento de Dios depende de que Él se acomode a nuestra limitada capacidad. Dios es mucho más grande de lo que nuestra mente puede abarcar, pero nos habla de una manera que podemos comprender. Algo parecido ocurre cuando un padre se inclina para hablar con su pequeño hijo. El padre no deja de ser adulto; simplemente se acerca al nivel de comprensión del niño.
Eso vemos desde las primeras páginas de las Escrituras.
«Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz» — Génesis 1:3.
Dios habla. Y cuando habla, revela su voluntad, su poder y su carácter. Más adelante habló con Adán, llamó a Abraham, se manifestó a Moisés, levantó profetas y dio promesas a su pueblo. La iniciativa siempre parte de Él.
El puritano Stephen Charnock insistía en que las obras de Dios muestran algo de las perfecciones de quien las hizo. La creación no es independiente de su Creador. Lleva señales de su sabiduría, poder y grandeza.
La creación habla acerca de su Creador
Una noche despejada puede enseñarnos algo sin pronunciar una sola palabra. Miles de estrellas aparecen sobre nosotros. La tierra gira, las estaciones llegan, los océanos permanecen dentro de límites establecidos y la vida existe mediante sistemas de una complejidad extraordinaria. La Biblia enseña que todo esto señala más allá de sí mismo.
«Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos» — Salmo 19:1.
La creación no es Dios. Tampoco debemos adorarla. Es obra de Dios y, precisamente por eso, nos habla de su Creador.
Pablo desarrolla esta verdad en Romanos:
«Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas» — Romanos 1:20.
Esto significa que Dios ha dejado un testimonio de sí mismo delante de toda la humanidad. Una persona puede vivir sin haber tenido jamás una Biblia entre sus manos y, aun así, habitar cada día dentro de una creación que anuncia que existe un Creador poderoso.
Herman Bavinck señalaba que el mundo entero depende de Dios y refleja, de manera limitada, algo de su grandeza. El universo no se explica finalmente a sí mismo. Su existencia dirige nuestra mirada hacia Aquel de quien procede.
Sin embargo, aquí debemos establecer un límite importante. Observar una montaña puede mostrarnos poder, grandeza y belleza, pero una montaña no puede explicarnos claramente cómo puede un pecador ser reconciliado con Dios. Las estrellas anuncian la gloria del Creador, pero no pueden contarnos por sí mismas acerca de la cruz de Cristo.
Por eso necesitamos que Dios hable de una manera más clara.
La conciencia también da testimonio
Existe otra señal dentro del propio ser humano. Aun entre pueblos con culturas muy diferentes encontramos ideas acerca del bien, el mal, la culpa, la justicia y la responsabilidad. Las personas pueden discutir qué es correcto, pero el hecho mismo de que discutamos acerca de lo correcto muestra algo profundo.
Pablo escribe:
«Mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia» — Romanos 2:15.
La conciencia no es perfecta. Puede deformarse, endurecerse o ser educada incorrectamente. Por eso no debemos convertir nuestros sentimientos en la medida definitiva de la verdad. Sin embargo, la existencia de la conciencia muestra que el ser humano no vive como una criatura moralmente vacía.
R.C. Sproul explicaba con frecuencia que el ser humano vive continuamente delante de Dios, aunque intente negar esa realidad. No existe rincón del universo donde podamos escapar completamente del testimonio del Creador.
El problema no es solamente falta de información
Si la creación habla de Dios, surge una pregunta difícil: ¿por qué tantas personas no lo reconocen?
La respuesta de la Biblia llega directamente al corazón humano.
«Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias» — Romanos 1:21.
Según Pablo, nuestro problema no consiste únicamente en que necesitamos más pruebas. Existe también resistencia dentro de nosotros. El pecado afecta nuestros deseos, nuestra voluntad y nuestra manera de interpretar la realidad. No somos observadores completamente neutrales.
Juan Calvino describió el corazón humano como una fábrica continua de ídolos. Cuando el ser humano rechaza al verdadero Dios, no necesariamente deja de adorar; con frecuencia simplemente coloca otra cosa en su lugar. Puede ser dinero, poder, placer, reconocimiento, conocimiento o incluso uno mismo.
Por eso la creación basta para dejarnos sin excusa delante de Dios, pero no basta para mostrarnos completamente el camino de salvación.
Dios decidió hablar con claridad
Dios no solamente dejó huellas de su existencia en la creación. Entró en la historia y habló.
«Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas» — Hebreos 1:1.
Pensemos en algunos momentos de esa historia. Dios llamó a Abraham y le hizo promesas. Se manifestó a Moisés y reveló su nombre. Dio su ley a Israel. Envió profetas para corregir, advertir y consolar a su pueblo. Prometió un Rey, un nuevo pacto y una obra futura de salvación.
Estos acontecimientos no eran ideas religiosas inventadas por personas que intentaban alcanzar a Dios. La dirección es exactamente la contraria: Dios estaba hablando y actuando para darse a conocer.
La Confesión de Westminster expresó esta verdad señalando que, aunque la creación muestra la bondad, sabiduría y poder de Dios, fue necesario que Él revelara de manera más clara su voluntad para la salvación de su pueblo.
John Owen entendía las Escrituras como una expresión de la bondad de Dios hacia nosotros. Dios no tenía obligación de hablarnos. Que podamos abrir una Biblia y conocer quién es nuestro Creador es un acto extraordinario de misericordia.
La Biblia nos permite conocer lo que Dios ha dicho
Las palabras y obras de Dios fueron preservadas para que su pueblo no dependiera solamente de recuerdos transmitidos de generación en generación.
«Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino» — Salmo 119:105.
La Biblia no pretende responder cada pregunta que la curiosidad humana pueda formular. Su propósito es mucho mayor: mostrarnos quién es Dios, quiénes somos nosotros, qué ocurrió con el pecado, qué ha hecho Dios para salvar y hacia dónde conduce la historia.
J.I. Packer insistía en que conocer acerca de Dios y conocer a Dios no son exactamente lo mismo. Una persona puede acumular información bíblica y, aun así, mantener su corazón lejos del Señor. La revelación de Dios no fue dada simplemente para llenar nuestra mente de datos, sino para conducirnos a conocer, creer, obedecer y adorar al Dios verdadero.
Todo conduce finalmente a Cristo
La revelación alcanza su punto culminante en una persona.
Hebreos continúa diciendo:
«En estos postreros días nos ha hablado por el Hijo» — Hebreos 1:2.
Esto cambia completamente la escena. Dios no solamente envió mensajes acerca de sí mismo. El Hijo vino al mundo.
Jesucristo no aparece como una pieza aislada al final de la Biblia. Las promesas, sacrificios, pactos, profetas y esperanzas anteriores avanzaban hacia Él. En Cristo vemos con una claridad única el carácter de Dios.
«El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» — Juan 14:9.
Esto no significa que Jesús sea el Padre, sino que el Hijo revela perfectamente al Padre. Su compasión por los débiles, su santidad frente al pecado, su autoridad, su justicia, su misericordia y su entrega en la cruz nos muestran cómo es verdaderamente Dios.
Sinclair Ferguson ha destacado que no debemos separar nuestro conocimiento de Dios de Jesucristo. Si queremos conocer al Dios de las Escrituras, debemos mirar al Hijo que el Padre envió.
La cruz hace esta revelación especialmente profunda. Allí vemos simultáneamente la gravedad del pecado y la grandeza de la gracia. Dios no trata el mal como algo insignificante, pero tampoco abandona a su pueblo. Cristo carga con el juicio que correspondía a pecadores para reconciliarlos con Dios.
«Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros» — Romanos 5:8.
Leer la Biblia es escuchar al Dios que habla
Esta enseñanza cambia nuestra manera de acercarnos a las Escrituras. La Biblia no debería ser tratada únicamente como un antiguo documento religioso. Cuando la abrimos, entramos en contacto con el testimonio que Dios quiso dejar acerca de sí mismo, de sus obras y de su plan de salvación.
Charles Spurgeon animaba constantemente a los creyentes a permanecer cerca de las Escrituras porque allí conocemos la verdad de Dios. Para él, una vida cristiana fuerte no podía construirse sobre impresiones cambiantes, sino sobre la Palabra.
Esto también nos protege de un error frecuente: construir un dios según nuestras preferencias. Frases como «yo pienso que Dios sería así» o «no creo que Dios haga eso» no son una base segura. La pregunta correcta es otra: ¿cómo se ha dado a conocer Dios?
La respuesta debe buscarse en las Escrituras.
El privilegio de no vivir a oscuras
La revelación de Dios debería producir humildad. No conocemos a Dios porque fuimos suficientemente inteligentes para encontrarlo. Lo conocemos porque Él decidió darse a conocer.
También debería producir gratitud. Tenemos acceso a las Escrituras completas, algo que millones de creyentes a lo largo de la historia no tuvieron con la misma facilidad. Podemos leer en nuestra propia lengua las palabras que hablan de la creación, la caída, Abraham, Moisés, David, los profetas, Cristo, la cruz, la resurrección y la esperanza futura.
Pero poseer una Biblia y conocer al Dios que se revela en ella no son automáticamente la misma cosa.
Podemos tenerla sobre una mesa y nunca abrirla. Podemos leerla rápidamente sin escucharla. Podemos memorizar versículos sin permitir que confronten nuestra vida.
La respuesta correcta es acercarnos con humildad y decir como Samuel:
«Habla, porque tu siervo oye» — 1 Samuel 3:10.
Dios no permanece escondido detrás de un universo silencioso. Los cielos anuncian su gloria. La conciencia recuerda nuestra responsabilidad. Las Escrituras comunican claramente su verdad. Y en Jesucristo contemplamos el punto culminante de aquello que Dios quiso mostrarnos.
Por eso, cuando abrimos la Biblia, no estamos comenzando simplemente el estudio de un libro antiguo. Estamos acercándonos a la historia del Dios que habló primero, que se dio a conocer y que finalmente envió a su Hijo para que pecadores pudieran conocerlo, ser reconciliados con Él y tener vida eterna.
Ejercicios:
- Lee el Salmo 19:1-6. Escribe tres cosas de la creación que te hagan pensar en la grandeza, sabiduría o poder de Dios.
- Lee Romanos 1:18-21. Explica con tus propias palabras qué dice Pablo acerca de lo que la humanidad puede conocer de Dios mediante la creación.
- Lee Hebreos 1:1-3. Escribe las dos maneras principales en que el pasaje muestra que Dios ha hablado a la humanidad a lo largo de la historia.
- Compara la creación y las Escrituras. Divide una página de tu libreta en dos columnas. En una escribe algunas cosas que podemos conocer de Dios observando la creación y en la otra algunas verdades que conocemos claramente mediante las Escrituras.
- Busca a Cristo. Lee Juan 1:14-18 y escribe cinco características de Dios que podemos comprender mejor al observar la persona y obra de Jesucristo.
- Escribe una reflexión breve. En cinco o seis líneas responde esta pregunta: ¿qué debería cambiar en mi manera de leer la Biblia al comprender que Dios decidió darse a conocer por medio de su Palabra?