La revelación de Dios
Segunda lección del estudio: Introducción a la Biblia
Cuando Dios decide darse a conocer
Imagina por un momento que estás en una habitación completamente oscura. No puedes ver las paredes, no sabes dónde están las puertas y tampoco puedes distinguir lo que tienes delante. Puedes intentar avanzar usando tus propias manos, caminar lentamente o hacer conjeturas sobre lo que hay a tu alrededor. Pero, por más inteligente que seas, la oscuridad limita lo que puedes conocer.
Ahora imagina que alguien enciende una luz.
De repente, aquello que estaba oscuro y oculto comienza a hacerse visible. Descubres la habitación, reconoces los objetos y puedes ver el camino que antes no podías distinguir. La luz no creó la habitación. La habitación ya estaba allí. Lo que hizo la luz fue permitirte verla.
Algo parecido ocurre cuando hablamos de la revelación de Dios. Dios no es una realidad que el ser humano haya descubierto por su propia inteligencia. No somos nosotros quienes hemos encontrado a Dios después de una larga búsqueda intelectual. Es Dios quien ha decidido darse a conocer.
La gran pregunta no es solamente si el ser humano puede buscar a Dios. La pregunta más profunda es esta
¿Ha querido Dios darse a conocer?
La respuesta de la Biblia es clara. Sí.
Dios no ha permanecido en silencio. El Dios invisible se ha dado a conocer por medio de su creación, por medio de sus obras en la historia, por medio de sus palabras y, de manera suprema, por medio de Jesucristo.
Por eso, estudiar la revelación de Dios es estudiar cómo el Dios eterno ha decidido mostrarnos quién es, qué ha hecho, qué desea y cuál es su propósito para la humanidad.
La Biblia comienza diciendo
«En el principio creó Dios los cielos y la tierra».
Génesis 1:1
Observa algo importante. La Biblia no comienza intentando demostrar que Dios existe mediante una larga discusión filosófica. Simplemente presenta a Dios como el Creador. Antes de que existiera el universo, Dios ya existía. Antes de que hubiera seres humanos para buscarlo, Dios ya era Dios.
Esto significa que el conocimiento de Dios comienza con Dios mismo.
Dios no es un misterio que el ser humano pueda dominar
Cuando hablamos de Dios debemos recordar que existe una diferencia infinita entre el Creador y sus criaturas. Nosotros somos limitados. Dios es infinito. Nosotros aprendemos poco a poco. Dios conoce todas las cosas perfectamente. Nosotros dependemos de nuestros sentidos, de nuestra memoria y de nuestra capacidad para razonar. Dios no depende de nada externo. El depende de sí mismo.
Por eso, si Dios no se diera a conocer, nuestro conocimiento de Él sería imposible.
Podríamos observar el universo. Podríamos contemplar las estrellas. Podríamos estudiar la complejidad de la vida. Podríamos preguntarnos de dónde viene todo. Podríamos reflexionar profundamente sobre el bien y el mal. Pero ninguna de esas cosas nos permitiría conocer por nosotros mismos todo lo que necesitamos saber acerca de Dios.
Podríamos llegar a reconocer que existe un Creador poderoso. Pero no podríamos descubrir por nuestra propia capacidad cuál es su nombre, cuál es su voluntad redentora o cómo podemos tener comunión con Él.
La revelación es, por tanto, un acto de gracia. Dios se acerca al ser humano y se da a conocer.
El apóstol Pablo expresó esta verdad cuando dijo
«Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios».
1 Corintios 2:11
El punto es sencillo. Si queremos conocer algo que está más allá de nosotros, necesitamos que aquello nos sea dado a conocer.
Y Dios ha hablado.
La revelación significa que Dios se da a conocer
La palabra revelación transmite la idea de descubrir algo que estaba oculto o hacerlo visible. En el contexto bíblico, significa que Dios comunica conocimiento verdadero acerca de sí mismo y de su voluntad.
Esto es fundamental. La Biblia no presenta la fe cristiana como una colección de ideas inventadas por seres humanos que intentaron explicar el universo. Presenta la verdad como algo que Dios ha comunicado.
El autor de Hebreos comienza su escrito diciendo
«Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo».
Hebreos 1:1-2
Este texto nos muestra que Dios es un Dios que habla.
En la historia bíblica, Dios habló por medio de profetas. Habló mediante acontecimientos históricos. Dio mandamientos. Hizo promesas. Estableció pactos. Dio señales. Pero toda esa comunicación alcanzó su punto culminante en Jesucristo.
Esto significa que la revelación de Dios tiene una dirección. No es una serie de acontecimientos desconectados. Existe una historia que avanza hacia Cristo.
El Antiguo Testamento prepara el camino. Los profetas anuncian. Las promesas apuntan hacia adelante. Los sacrificios anticipan. Las figuras y acontecimientos preparan al pueblo para algo mayor.
Y entonces Cristo aparece.
La creación habla acerca de su Creador
La primera manera en que Dios se revela es mediante la creación.
Mira el cielo durante una noche despejada. Observa la inmensidad de las estrellas. Piensa en la complejidad de una célula, en la estructura de un árbol, en la capacidad humana para razonar, amar y distinguir entre lo correcto y lo incorrecto.
La creación no es Dios. La Biblia nunca enseña que el universo sea divino. Pero la creación muestra algo acerca de Dios.
El salmista escribió
«Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos».
Salmo 19:1
La creación funciona como un testimonio permanente. El universo no habla con palabras humanas, pero proclama algo.
Hay orden.
Hay grandeza.
Hay poder.
Hay belleza.
Hay dependencia.
Y todo esto señala hacia el Creador.
Pablo también escribió
«Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa».
Romanos 1:20
Esto significa que Dios ha dejado evidencia de su existencia y poder en el mundo creado.
Sin embargo, aquí debemos hacer una distinción importante. La creación nos muestra verdaderamente algo acerca de Dios, pero no nos dice todo lo que necesitamos saber para conocer el camino de salvación.
Al observar las estrellas podemos reconocer que Dios es poderoso. Pero las estrellas no nos dicen directamente que Jesucristo murió por nuestros pecados y resucitó.
La naturaleza puede mostrarnos la grandeza del Creador. Pero necesitamos que Dios hable de manera más directa para conocer su plan de redención.
Por eso necesitamos la revelación especial.
La revelación general alcanza a toda la humanidad
La revelación que Dios ha dejado en la creación y en la realidad humana es conocida tradicionalmente como revelación general porque está disponible para todos los seres humanos.
Nadie nace en un universo donde Dios no haya dejado testimonio de sí mismo.
El ser humano puede negar a Dios. Puede rechazarlo. Puede intentar vivir como si Dios no existiera. Pero eso no significa que la evidencia haya desaparecido.
Pablo explica que incluso los pueblos que no recibieron la Ley escrita muestran que existe una conciencia moral que acusa o defiende sus acciones.
«Porque cuando los gentiles que no tienen ley, hacen por naturaleza lo que es de la ley, estos, aunque no tengan ley, son ley para sí mismos, mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia».
Romanos 2:14-15
Existe, entonces, una dimensión moral en la revelación de Dios.
El ser humano sabe, de alguna manera, que algunas cosas están bien y otras están mal. Puede intentar justificar sus acciones, puede cambiar sus criterios y puede endurecer su conciencia, pero no puede eliminar completamente esa realidad.
La creación nos habla del poder de Dios.
La conciencia nos confronta con una dimensión moral.
La existencia misma nos obliga a enfrentar preguntas profundas.
¿De dónde venimos?
¿Por qué existe algo en lugar de nada?
¿Por qué existe el bien y el mal?
¿Por qué tenemos conciencia?
¿Cuál es el propósito de nuestra existencia?
La revelación general no responde todas estas preguntas con el detalle que encontramos en las Escrituras, pero sí deja al ser humano sin una excusa válida para decir que Dios nunca ha dado testimonio de sí mismo.
El problema no es que Dios no se haya revelado
Aquí encontramos una verdad que la Biblia presenta con mucha seriedad.
El problema humano no es simplemente falta de información.
El problema es espiritual.
El ser humano caído no recibe la revelación de Dios con una neutralidad perfecta. Nuestro pecado afecta nuestra manera de pensar, de desear y de interpretar la realidad.
Pablo dice
«Porque habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias».
Romanos 1:21
Esto es profundamente importante.
La humanidad no vive en completa ignorancia acerca de Dios. El problema es que, en su condición caída, rechaza la verdad y busca vivir de manera independiente de su Creador.
Es como una persona que recibe una carta clara con indicaciones fuertes y decide no abrirla porque sabe que el contenido le exigirá cambiar su vida.
El pecado no solamente afecta nuestras acciones. También afecta nuestra manera de mirar.
Por eso la Biblia habla de la necesidad de que Dios ilumine nuestro corazón.
La revelación especial entra en la historia
Dios no dejó a la humanidad solamente con el testimonio de la creación.
Desde el principio de la historia bíblica, Dios habló de manera directa.
Habló a Adán.
Habló a Noé.
Habló a Abraham.
Habló a Moisés.
Habló por medio de los profetas.
Y finalmente habló por medio de su Hijo.
La revelación especial es la comunicación particular de Dios mediante la cual Él da a conocer de manera clara su voluntad, sus promesas y su obra de salvación.
Esta revelación se encuentra de manera definitiva y confiable en las Escrituras y alcanza su centro y plenitud en Jesucristo.
Por eso la Biblia no debe verse como un libro aislado de la historia. Es el registro inspirado de cómo Dios se ha dado a conocer dentro de la historia humana.
Cuando Moisés escribió acerca del éxodo, no estaba presentando una idea abstracta. Estaba registrando la intervención de Dios en la historia de Israel.
Cuando David escribió los Salmos, estaba respondiendo al Dios que había conocido y experimentado en medio de circunstancias reales.
Cuando los profetas anunciaron el juicio y la esperanza, estaban comunicando el mensaje que Dios les había confiado.
Cuando los evangelistas escribieron acerca de Jesús, estaban dando testimonio de acontecimientos reales que ocurrieron en la historia.
La revelación bíblica tiene lugar en el mundo real.
Dios se revela mediante palabras y hechos
Una característica importante de la revelación bíblica es que Dios no solamente actúa. También interpreta sus actos mediante sus palabras.
Por ejemplo, el éxodo fue un acontecimiento histórico. Israel fue liberado de Egipto. Pero Dios también explicó quién era Él y qué estaba haciendo.
Los acontecimientos y las palabras se unen.
Esto es importante porque un acontecimiento por sí solo puede ser interpretado de muchas maneras.
Una persona puede observar una tormenta y decir que fue un fenómeno natural. Otra puede verla como una coincidencia. Pero cuando Dios habla, Él nos enseña cómo debemos comprender sus obras.
La Biblia nos muestra que Dios interpreta la historia.
Por eso no debemos separar las acciones de Dios de la Palabra de Dios.
El Dios que actúa también habla.
Y el Dios que habla también actúa.
La revelación alcanza su punto más alto en Jesucristo
La revelación de Dios no termina simplemente con un libro.
Su centro es una persona.
Jesucristo.
El apóstol Juan comienza su Evangelio con una afirmación extraordinaria
«En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios».
Juan 1:1
Y después dice
«Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros».
Juan 1:14
Esto cambia completamente nuestra comprensión de la revelación.
Dios no solamente envió información.
Dios mismo vino a nuestro encuentro en la persona de su Hijo.
Jesús no es simplemente otro mensajero entre muchos. Él es la revelación suprema y absoluta de Dios.
Cuando Felipe le pidió a Jesús que les mostrara al Padre, Jesús respondió
«El que me ha visto a mí, ha visto al Padre».
Juan 14:9
Esto no significa que Jesús sea el Padre, porque la Biblia distingue entre el Padre y el Hijo. Significa que Jesús revela perfectamente al Padre.
En Cristo vemos el carácter de Dios manifestado en una vida humana.
Vemos su santidad.
Vemos su compasión.
Vemos su justicia.
Vemos su verdad.
Vemos su autoridad.
Vemos su misericordia.
Vemos su amor.
Pero también vemos la seriedad del pecado.
La cruz nos muestra que Dios no trata el pecado como algo insignificante. Al mismo tiempo, nos muestra la profundidad de su gracia.
En Cristo, la revelación de Dios no es simplemente información para llenar nuestra mente. Es una verdad que nos llama al arrepentimiento, a la fe y a la adoración.
Las Escrituras son necesarias para conocer a Cristo correctamente
Alguien podría preguntar
Si Cristo es la revelación suprema de Dios, ¿por qué necesitamos la Biblia?
La respuesta es sencilla. Necesitamos las Escrituras porque ellas nos muestran de manera confiable quién es Cristo y qué hizo.
Sin las Escrituras, nuestras ideas acerca de Jesús quedarían expuestas a la imaginación humana.
Podríamos inventar un Jesús según nuestros gustos.
Un Jesús que nunca confronta.
Un Jesús que solamente habla de amor sin hablar del pecado.
Un Jesús que promete prosperidad pero no llama al arrepentimiento.
Un Jesús que se parece más a nuestras preferencias que al Cristo verdadero.
Pero la Biblia corrige nuestras ideas.
Nos presenta al Jesús real.
El apóstol Juan escribió
«Pero estas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre».
Juan 20:31
Observa el propósito. Las Escrituras fueron escritas para que conozcamos a Cristo y creamos en Él.
Por eso, cuando estudiamos la revelación de Dios, debemos comprender que la Biblia no es simplemente un manual de información religiosa.
Es la Palabra mediante la cual Dios nos da a conocer la verdad y nos conduce hacia Cristo.
La inspiración protege la verdad comunicada por Dios
La Biblia fue escrita por seres humanos reales.
Moisés escribió.
David escribió.
Isaías escribió.
Mateo escribió.
Juan escribió.
Pablo escribió.
Pedro escribió.
Cada autor tenía su propia personalidad, estilo, vocabulario y contexto histórico.
Sin embargo, detrás de esta diversidad humana está la obra del Espíritu Santo guiando a los escritores para comunicar fielmente la Palabra de Dios.
Pablo escribió
«Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia».
2 Timoteo 3:16
La expresión «inspirada por Dios» señala que las Escrituras tienen su origen último en Dios.
Esto no significa que los escritores fueran simples máquinas que escribían palabras sin comprenderlas. La Biblia muestra que Dios utilizó personas reales, en contextos reales, con estilos diferentes.
La autoridad de la Escritura descansa finalmente en Dios, su autor supremo.
Por eso, cuando la Biblia habla con autoridad, Dios habla mediante ella.
La Palabra de Dios es verdadera y confiable
La revelación de Dios tiene una característica fundamental. Es verdadera.
Dios no puede mentir.
El salmista declaró
«La suma de tu palabra es verdad, y eterno es todo juicio de tu justicia».
Salmo 119:160
Jesús también oró al Padre diciendo
«Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad».
Juan 17:17
Esto significa que la Biblia no es simplemente una colección de opiniones religiosas que debemos colocar al mismo nivel que cualquier otra opinión humana.
La Escritura tiene autoridad porque Dios es su fuente.
Esto no significa que entendamos perfectamente cada pasaje desde el primer momento. Significa que cuando interpretamos correctamente la Escritura, podemos confiar en que su enseñanza es verdadera.
La dificultad siempre estará en nosotros, no en la verdad de Dios.
Podemos equivocarnos al interpretar.
Podemos desconocer el contexto.
Podemos leer nuestras propias ideas dentro del texto.
Por eso debemos acercarnos a la Biblia con humildad.
No venimos para obligar a la Escritura a decir lo que queremos.
Venimos para escuchar lo que Dios ha dicho.
La revelación no debe quedarse en información
Existe un peligro al estudiar la Biblia. Podemos aprender mucho acerca de Dios y, sin embargo, no vivir delante de Él.
Podemos conocer fechas.
Podemos memorizar conceptos.
Podemos aprender nombres de personajes.
Podemos discutir interpretaciones.
Y aun así tener un corazón lejos de Dios.
Jesús confrontó este problema cuando habló con personas que conocían las Escrituras, pero no reconocían al Mesías que ellas anunciaban.
«Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí».
Juan 5:39
La Biblia debe llevarnos a Cristo.
Y Cristo nos lleva a la adoración.
El verdadero conocimiento de Dios nunca termina simplemente en acumular datos. Termina produciendo una respuesta.
Cuando comprendemos su grandeza, adoramos.
Cuando comprendemos su santidad, reconocemos nuestro pecado.
Cuando comprendemos su gracia, damos gracias.
Cuando comprendemos su verdad, buscamos obedecer.
Cuando comprendemos su misericordia, aprendemos a confiar.
La revelación de Dios nos llama a responder al Dios que se ha dado a conocer.
La historia de la Iglesia y el valor de la Palabra
A lo largo de la historia cristiana, muchos hombres comprendieron que la vida de la Iglesia debía estar sometida a la autoridad de las Escrituras.
Agustín de Hipona, quien vivió entre los años 354 y 430, expresó una profunda confianza en la autoridad de la Palabra de Dios. Para él, la Escritura debía ocupar un lugar superior a las opiniones humanas.
Muchos siglos después, durante la Reforma del siglo XVI, hombres como Juan Calvino, insistieron en que el conocimiento verdadero de Dios no podía separarse de la Palabra que Él mismo había dado.
Calvino utilizó una imagen muy útil. Comparó las Escrituras con unas gafas. Así como una persona con problemas de visión necesita lentes para ver con claridad, el ser humano necesita la Palabra de Dios para interpretar correctamente la realidad espiritual.
La imagen es poderosa porque nos recuerda algo importante. La Biblia no solamente nos entrega información sobre Dios. También corrige nuestra manera de mirar el mundo.
Los puritanos también insistieron profundamente en esta verdad. John Owen, dedicó gran parte de su vida al estudio de la obra del Espíritu Santo y de las Escrituras. Para Owen, conocer la verdad de Dios debía conducir a una vida transformada.
Jonathan Edwards, también insistió en que el conocimiento verdadero de Dios debía afectar el corazón y la vida. La verdad bíblica no debía producir solamente una mente llena de conceptos, sino una vida orientada hacia Dios.
Estos hombres no sustituyeron la Biblia por sus propias ideas. Su valor histórico está precisamente en que buscaron comprender y aplicar lo que las Escrituras enseñan.
Dios se ha revelado para que lo conozcamos
Ahora podemos reunir todo lo que hemos aprendido.
Dios se revela mediante la creación.
La creación muestra su poder y grandeza.
Dios se revela en la conciencia humana.
La conciencia muestra que existe una dimensión moral que no podemos ignorar.
Dios se reveló mediante sus actos en la historia.
Los acontecimientos bíblicos muestran que Dios interviene y cumple sus propósitos.
Dios se reveló mediante sus palabras.
Los profetas hablaron porque Dios les confió su mensaje.
Dios se reveló de manera suprema en Jesucristo.
En Él vemos la manifestación perfecta del Hijo eterno que vino al mundo.
Y Dios nos ha dado las Escrituras para que tengamos un testimonio verdadero, confiable y permanente de su revelación.
La revelación de Dios comienza con Dios.
Continúa a través de su obra en la historia.
Alcanza su centro en Cristo.
Y queda registrada para nosotros en las Escrituras.
La pregunta que queda delante de nosotros
Tal vez la pregunta más importante al terminar esta lección no sea cuánto aprendimos, sino qué haremos con lo que Dios nos ha mostrado.
Dios ha hablado.
La creación proclama su gloria.
La conciencia nos confronta.
Las Escrituras nos enseñan.
Cristo se presenta como el Salvador.
La cruz anuncia la gravedad del pecado y la grandeza de la gracia.
La resurrección declara que Cristo venció la muerte.
Y ahora nosotros debemos responder.
No podemos tratar la revelación de Dios como si fuera simplemente un tema académico.
Si Dios realmente se ha dado a conocer, entonces debemos escucharlo. Si Dios realmente ha hablado, debemos tomar en serio su Palabra.
Si Cristo realmente es quien la Biblia dice que es (y la Biblia es la Palabra infalible de Dios), entonces nuestra vida debe girar alrededor de Él.
La revelación de Dios nos recuerda que no estamos abandonados en un universo sin sentido, intentando descubrir solos cuál es nuestro propósito.
Dios ha hablado.
Y su mensaje no termina en una serie de conceptos.
Su Palabra nos conduce hacia una persona.
Jesucristo.
Por eso, estudiar la Biblia es mucho más que abrir un libro antiguo. Es acercarnos al testimonio mediante el cual Dios ha decidido darse a conocer.
Y mientras avanzamos en este curso, esa verdad debe acompañarnos siempre. No estudiamos la Biblia simplemente para saber más sobre ella. La estudiamos para conocer mejor al Dios que se revela en sus páginas, para contemplar la gloria de Cristo y para aprender a vivir delante de Él con fe, humildad y obediencia.
Para recordar
La revelación de Dios es el acto mediante el cual Dios se da a conocer a sus criaturas.
La creación revela de manera general el poder, la grandeza y la gloria de Dios.
La conciencia humana también da testimonio de una realidad moral.
Debido al pecado, el ser humano no responde correctamente a esta revelación y necesita que Dios se dé a conocer de manera especial.
La revelación especial se encuentra en las Escrituras y alcanza su máxima expresión en Jesucristo.
La Biblia es la Palabra de Dios escrita y constituye la autoridad confiable para conocer su voluntad.
Jesucristo es el centro de la revelación bíblica y las Escrituras dan testimonio de Él.
El propósito de conocer la revelación de Dios no es simplemente aumentar nuestra información, sino llevarnos a conocer, confiar, adorar y obedecer al Dios que se ha dado a conocer.
«Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo».
Hebreos 1:1-2
Tarea de la lección
Toma tu libro de notas y responde las siguientes preguntas con tus propias palabras, basándote en lo aprendido durante la lección.
1. ¿Qué significa que Dios se revela?
2. ¿Qué nos muestra la creación acerca de Dios?
3. ¿Cuál es la diferencia entre la revelación general y la revelación especial?
4. ¿Quién es la revelación suprema de Dios?
5. ¿Por qué necesitamos las Escrituras para conocer correctamente a Cristo?