Introducción a la Biblia - Lección 5

La autoridad de la Biblia

Quinta lección del estudio: Introducción a la Biblia

“Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad.” — Juan 17:17

Una Biblia puede permanecer abierta sobre una mesa durante años y, aun así, no gobernar una sola decisión de quien vive en esa casa. Puede ser leída, subrayada, citada y hasta defendida, mientras sus palabras son ignoradas cuando contradicen nuestros deseos. Allí aparece una de las preguntas más importantes que todo cristiano debe responder: cuando Dios ha hablado y yo pienso de manera diferente, ¿quién tiene la última palabra?

Hablar de la autoridad de la Biblia no consiste simplemente en afirmar que es un libro importante, antiguo o digno de respeto. Significa reconocer que, por medio de las Escrituras, Dios ha hablado de manera verdadera y que su Palabra tiene derecho a gobernar lo que creemos, cómo vivimos, qué llamamos bueno, qué reconocemos como pecado y dónde ponemos nuestra esperanza.

La Biblia no pide permiso para decirnos la verdad. Tampoco necesita que una generación moderna apruebe sus enseñanzas para que estas sean válidas. Su autoridad no nace de nosotros. Nace de Dios.

Dios tiene el derecho de hablar

Para comprender la autoridad de la Biblia debemos comenzar con Dios, no con el libro en sí mismo. Dios es el Creador. Nosotros somos sus criaturas. Él existía antes de que hubiera cielos, tierra, mares, montañas o seres humanos.

“En el principio creó Dios los cielos y la tierra.” — Génesis 1:1

Esta primera declaración de la Biblia establece una realidad fundamental. El mundo pertenece a Dios porque procede de Él. Nuestra vida tampoco nos pertenece de manera absoluta. Respiramos porque Él nos dio vida. Pensamos porque Él nos dio una mente. Existimos dentro de una creación que lleva su firma.

Por eso Dios posee una autoridad que ningún ser humano puede reclamar. Un gobernante tiene autoridad limitada. Un padre tiene responsabilidades sobre su familia. Un maestro puede instruir a sus alumnos. Pero todos ellos siguen siendo criaturas. Dios, en cambio, es Señor sobre todo.

Cuando Dios habla, sus palabras poseen la autoridad de quien las pronuncia.

Juan Calvino insistía en que las Escrituras no reciben su autoridad de la Iglesia. La Iglesia reconoce la Palabra de Dios, pero no la convierte en Palabra de Dios. Es parecido a reconocer la luz del sol. Nuestros ojos no producen el sol; simplemente reconocen la luz que ya está brillando.

Esto cambia profundamente nuestra manera de acercarnos a la Biblia. No somos jueces sentados sobre las Escrituras para decidir qué partes aceptaremos. Somos criaturas escuchando a nuestro Creador.

Cuando la Escritura habla, Dios habla

Pablo escribió a Timoteo:

“Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia.” — 2 Timoteo 3:16

La Biblia fue escrita por seres humanos reales. Moisés, David, Isaías, Mateo, Juan, Pablo y los demás autores vivieron en épocas concretas, utilizaron su propio vocabulario y escribieron en circunstancias diferentes. Sin embargo, Dios actuó de tal manera que lo escrito por ellos comunicara fielmente aquello que Él quiso revelar.

Pedro lo expresa de esta manera:

“Porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo.” — 2 Pedro 1:21

Por eso la autoridad bíblica no depende de la inteligencia de sus escritores. Su fundamento está en Dios, quien habló por medio de ellos.

B. B. Warfield explicó cuidadosamente esta realidad al señalar que las Escrituras son verdaderamente palabras escritas por hombres y, al mismo tiempo, Palabra dada por Dios. No debemos enfrentar una cosa contra la otra.

Esto significa que cuando leemos seriamente las Escrituras no estamos simplemente escuchando pensamientos religiosos procedentes de personas que vivieron hace miles de años. Estamos recibiendo el mensaje que Dios quiso dejar a su pueblo.

Jesús trató las Escrituras como autoridad

La manera en que Jesucristo utilizó las Escrituras debería determinar profundamente nuestra manera de verlas.

Cuando fue tentado en el desierto, Satanás intentó apartarlo del camino de obediencia. Jesús respondió repetidamente con una expresión sencilla y poderosa:

“Escrito está.” — Mateo 4:4

Jesús no respondió diciendo que cierta enseñanza era una buena tradición religiosa. Apeló a lo que estaba escrito como una palabra que debía ser obedecida.

En otra ocasión declaró:

“La Escritura no puede ser quebrantada.” — Juan 10:35

Y cuando oró por sus discípulos dijo:

“Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad.” — Juan 17:17

Observe que Jesús no dijo simplemente que la Palabra de Dios contiene algunas cosas verdaderas. La llamó verdad.

Si afirmamos seguir a Cristo, pero rechazamos la manera en que Cristo veía las Escrituras, aparece una contradicción seria. No podemos separar fácilmente a Jesús de la Palabra que Él mismo afirmó, citó y obedeció.

R. C. Sproul expresó esta realidad con claridad al enseñar que la autoridad de la Biblia descansa finalmente sobre la autoridad de Dios. Rechazar deliberadamente aquello que Dios ha dicho no es simplemente tener una opinión diferente sobre un libro; es resistir la autoridad del que habló.

La Biblia está por encima de nuestras opiniones

Este punto puede resultar difícil porque naturalmente queremos conservar el derecho de decidir por nosotros mismos qué está bien y qué está mal.

Vivimos rodeados de voces. Familiares, profesores, escritores, líderes, redes sociales, culturas y generaciones enteras ofrecen diferentes respuestas sobre el propósito de la vida, el pecado, el matrimonio, la justicia, la muerte, Dios y la salvación.

Pero ninguna opinión humana se convierte en verdad simplemente porque muchas personas estén de acuerdo con ella.

Isaías escribió:

“Sécase la hierba, marchítase la flor; mas la palabra del Dios nuestro permanece para siempre.” — Isaías 40:8

Las culturas cambian. Las ideas populares cambian. Las generaciones cambian. Lo que una época celebra puede ser rechazado por la siguiente. La Palabra de Dios no necesita adaptarse continuamente a cada generación porque su verdad procede del Dios que no cambia.

John Owen enseñaba que la fe del creyente debe descansar finalmente en Dios hablando por medio de su Palabra, y no en la mera aprobación humana. Los maestros pueden ayudarnos a comprender las Escrituras, pero ninguno ocupa el lugar de Dios.

Esto también significa que nuestras emociones no son la autoridad final.

Podemos sentir sinceramente que algo es correcto y estar equivocados. El corazón humano necesita ser guiado.

“Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino.” — Salmo 119:105

Una lámpara sirve precisamente porque permite ver lo que nuestros ojos, por sí solos, no distinguen en la oscuridad.

La autoridad de la Biblia alcanza toda nuestra vida

Sería fácil afirmar que creemos en la autoridad de la Biblia mientras reservamos ciertas habitaciones de nuestra vida donde no permitimos que entre.

Podemos aceptar lo que dice acerca del amor de Dios y resistir lo que dice acerca del pecado. Podemos recibir sus promesas mientras ignoramos sus mandamientos. Podemos buscar consuelo en los Salmos y, al mismo tiempo, rechazar una enseñanza bíblica cuando toca directamente una decisión que no queremos abandonar.

Pero la autoridad de Dios no funciona de esa manera.

Santiago escribió:

“Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos.” — Santiago 1:22

Thomas Watson advertía que conocer la voluntad de Dios sin obedecerla no constituye verdadera madurez. La Palabra debe descender desde la mente hasta la vida.

Piense en una persona que abre la Biblia una mañana y lee acerca del perdón. Esa misma persona lleva meses alimentando resentimiento contra alguien. En ese momento la autoridad bíblica deja de ser una idea distante. La pregunta se vuelve personal: ¿permitirá que la Palabra corrija su corazón?

Otro hombre puede leer que debe hablar con verdad mientras está considerando una mentira que podría beneficiarlo económicamente. Una joven puede encontrar una enseñanza bíblica contraria a lo que sus amigos consideran normal. Una familia puede descubrir que ciertas costumbres que ha practicado durante años no reflejan correctamente lo que Dios manda.

En cada caso aparece la misma decisión: cambiar la Escritura para acomodarla a nuestra vida o permitir que la Escritura cambie nuestra vida.

La autoridad de la Biblia también limita a los líderes

Ningún pastor, predicador, maestro, escritor o institución cristiana está por encima de las Escrituras.

Esto quedó ilustrado de manera poderosa en Berea. Cuando Pablo predicó allí, sus oyentes no aceptaron sus palabras simplemente porque fuera un apóstol. Lucas dice:

“Recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así.” — Hechos 17:11

Este principio protege a la Iglesia. Un predicador puede equivocarse. Un libro puede contener errores. Una tradición puede desviarse. Una persona respetada puede interpretar incorrectamente un pasaje.

La pregunta final debe ser: ¿qué enseñan realmente las Escrituras?

Martín Lutero defendió con enorme fuerza esta convicción durante la Reforma. No consideraba que las opiniones humanas fueran inútiles, pero sostenía que la conciencia debía quedar cautiva de la Palabra de Dios.

Charles Spurgeon mantuvo una convicción semejante siglos después. Para él, el predicador no tenía la tarea de mejorar el mensaje de Dios, sino de proclamarlo fielmente. El mensajero está bajo la autoridad del mensaje.

La autoridad bíblica no elimina la necesidad de estudiar

Afirmar que la Biblia tiene autoridad no significa que cada interpretación que alguien haga de ella sea automáticamente correcta.

Podemos malinterpretar un pasaje. Podemos leer una frase fuera de su contexto. Podemos llegar al texto intentando encontrar apoyo para una idea que ya habíamos decidido creer.

Por eso debemos leer cuidadosamente.

Debemos observar quién escribió, a quién se dirigía, qué estaba ocurriendo, qué dicen los versículos anteriores y posteriores y cómo se relaciona ese pasaje con el resto de las Escrituras.

J. I. Packer recordaba que someterse a la autoridad bíblica incluye esforzarse por entender correctamente lo que Dios ha dicho. No honramos la Palabra colocando nuestras propias ideas dentro de ella.

La humildad verdadera no dice: “Este versículo significa lo que yo quiera que signifique”. La humildad pregunta: “¿Qué quiso comunicar Dios aquí?”

La Palabra nos conduce a Cristo

La autoridad bíblica no fue dada simplemente para llenar nuestra mente de mandamientos. Las Escrituras desarrollan una gran historia que conduce hacia Jesucristo.

Jesús dijo:

“Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí.” — Juan 5:39

La Biblia revela nuestra creación, nuestra caída, nuestra culpa y nuestra incapacidad para salvarnos. Pero también revela la promesa de Dios, la llegada de Cristo, su vida perfecta, su muerte por pecadores, su resurrección y la esperanza de restauración.

La misma Palabra que descubre nuestra rebelión anuncia al Salvador.

John Stott destacó constantemente que Cristo ocupa el centro del mensaje bíblico. No estudiamos las Escrituras simplemente para convertirnos en personas con más información religiosa. Las estudiamos para conocer al Dios que se ha revelado y comprender la salvación que ha realizado en Cristo.

Escuchar, creer y obedecer

La verdadera pregunta no es solamente si tenemos una Biblia en casa. Tampoco es cuántos versículos conocemos.

La pregunta es qué sucede cuando la Biblia contradice nuestras preferencias.

Allí descubrimos quién tiene realmente autoridad.

Podemos acercarnos a las Escrituras con un lápiz para subrayarlas, pero debemos permitir también que ellas examinen nuestro corazón. Podemos estudiarlas buscando respuestas, pero debemos estar preparados para encontrar corrección. Podemos abrirlas buscando consuelo y descubrir primero que Dios quiere confrontar algún pecado.

David entendió esta actitud cuando escribió:

“Enséñame, oh Jehová, el camino de tus estatutos, y lo guardaré hasta el fin.” — Salmo 119:33

Kevin DeYoung ha señalado que amar verdaderamente la Palabra de Dios implica recibir no solamente aquello que nos anima, sino también aquello que nos corrige y dirige.

La autoridad de la Biblia es una buena noticia porque significa que no estamos abandonados a nuestras propias opiniones. Dios no dejó a sus criaturas caminando en oscuridad, intentando descubrir por sí mismas quién es Él, quiénes somos nosotros o cómo podemos ser reconciliados con Él.

Dios habló.

Por eso, cada vez que abrimos las Escrituras, deberíamos hacerlo con una disposición sencilla y profunda: escuchar cuidadosamente, creer humildemente y obedecer sinceramente.

La Biblia no necesita ocupar solamente un lugar importante en nuestra biblioteca. Debe ocupar el lugar que corresponde a la Palabra de Dios en nuestra vida.

Ejercicios prácticos

  1. Lee 2 Timoteo 3:16-17. Escribe en tu libreta cuatro cosas que, según estos versículos, hace la Escritura en nuestra vida.

  2. Lee Mateo 4:1-11. Anota cuántas veces Jesús responde utilizando las Escrituras y escribe qué aprendes de su ejemplo.

  3. Lee Salmo 119:105. Escribe con tus propias palabras qué significa que la Palabra de Dios sea una lámpara para nuestros pies.

  4. Piensa en una decisión cotidiana. Puede relacionarse con tus palabras, amistades, trabajo, familia o uso del tiempo. Escribe cómo debería influir la Biblia en esa decisión.

  5. Lee Hechos 17:10-12. Escribe dos características de los habitantes de Berea que podrías practicar cuando escuches una predicación o enseñanza.

  6. Escribe una oración breve. Pide a Dios que te ayude a leer su Palabra con humildad, comprenderla correctamente y obedecer aquello que aprendas.