La autoridad de la Biblia
Quinta lección del estudio: Introducción a la Biblia
La autoridad de la Biblia
Imagina por un momento que estás caminando en medio de una noche completamente oscura.
No puedes ver con claridad el camino. No sabes si unos metros más adelante hay un terreno firme, un precipicio o un obstáculo. Entonces alguien enciende una lámpara y la coloca delante de ti. La luz no crea el camino. El camino ya estaba allí. Pero ahora puedes verlo y caminar con seguridad.
Así ocurre con la Biblia.
El mundo está lleno de voces. Algunas personas dicen que la verdad depende de lo que cada uno siente. Otras dicen que la verdad cambia con el tiempo. Algunas afirman que cada persona debe decidir por sí misma qué está bien y qué está mal. Incluso dentro del cristianismo existen muchas opiniones diferentes sobre Dios, el pecado, la salvación y la vida humana.
En medio de tantas voces surge una pregunta fundamental
¿Quién tiene la autoridad final para decirnos qué es verdad acerca de Dios y cómo debemos vivir delante de Él?
La respuesta de la Biblia es clara. La autoridad final no pertenece a nuestros sentimientos, a nuestra cultura, a nuestras tradiciones, a la opinión de la mayoría ni a la inteligencia humana. La autoridad final pertenece a Dios, y Dios ha hablado de manera escrita por medio de las Sagradas Escrituras.
Por eso, cuando estudiamos la autoridad de la Biblia, no estamos hablando simplemente de un libro antiguo que merece respeto. Estamos hablando de la Palabra de Dios, dada para revelar quién es Él, mostrar nuestra verdadera condición, anunciar el camino de salvación y dirigir toda nuestra vida.
La autoridad de la Biblia significa que, porque Dios es su autor, sus palabras tienen el derecho supremo de gobernar lo que creemos, lo que pensamos y la manera en que vivimos.
Esta verdad es fundamental para comprender todo lo demás. Si la Biblia no tiene autoridad, entonces cada persona puede convertirse en su propia autoridad. Pero si Dios ha hablado, entonces nuestra responsabilidad es escuchar.
Dios ha hablado y su Palabra tiene autoridad porque Él mismo tiene autoridad.
La autoridad comienza con Dios
Para entender la autoridad de la Biblia debemos comenzar con Dios, no con el ser humano.
Dios es el Creador y nosotros somos sus criaturas. Esta diferencia es fundamental. Dios no necesita recibir permiso de nadie para gobernar su creación. Él no necesita someterse a una autoridad superior, porque no existe una autoridad por encima de Él.
«En el principio creó Dios los cielos y la tierra». (Génesis 1:1)
La primera frase de la Biblia ya establece una realidad que cambia completamente nuestra manera de pensar. Dios estaba allí antes que nosotros. Dios existía antes que nuestra cultura, nuestras opiniones y nuestras ideas. Él es anterior a todo lo creado.
Por eso, la autoridad de Dios no depende de que nosotros la reconozcamos. Dios no se convierte en autoridad porque nosotros decidimos obedecerlo. Él ya es autoridad porque Él es Dios.
Un niño puede cerrar los ojos y decir que el sol no existe, pero eso no hace desaparecer el sol. Una persona puede negar la existencia de Dios, pero su negación no cambia quién es Dios.
De la misma manera, una persona puede rechazar la autoridad de la Biblia, pero su rechazo no disminuye la autoridad de la Palabra de Dios.
El apóstol Pablo escribió
«Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia». (2 Timoteo 3:16)
La expresión «inspirada por Dios» significa que la Escritura procede de Dios. Pablo no está diciendo simplemente que algunos hombres tuvieron pensamientos religiosos y después los escribieron. Está afirmando que detrás de las Escrituras está Dios mismo.
Por eso la Biblia tiene autoridad.
No porque sea antigua.
No porque millones de personas crean en ella.
No porque haya sido aceptada por una institución.
No porque tenga una influencia cultural extraordinaria.
La Biblia tiene autoridad porque Dios es su autor.
Dios habló por medio de hombres
Cuando decimos que Dios es el autor de la Escritura, no significa que los escritores bíblicos fueran máquinas que simplemente escribieron palabras sin comprenderlas.
Dios utilizó hombres reales, con personalidades reales, vocabularios diferentes, experiencias diferentes y contextos históricos diferentes.
Moisés escribió desde su contexto.
David escribió salmos desde experiencias profundas de dolor, arrepentimiento y confianza.
Isaías escribió en medio de una época de crisis nacional.
Lucas investigó cuidadosamente los acontecimientos relacionados con la vida de Jesús.
Pablo escribió cartas dirigidas a iglesias concretas que enfrentaban problemas concretos.
Sin embargo, detrás de todos ellos estaba Dios guiando la producción de su Palabra.
Pedro lo explicó de esta manera
«Porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo». (2 Pedro 1:21)
Aquí encontramos una verdad extraordinaria. La Biblia es verdaderamente palabra humana en el sentido de que fue escrita por seres humanos, pero al mismo tiempo es verdaderamente Palabra de Dios porque el Espíritu Santo dirigió a sus autores.
Esto explica por qué podemos encontrar diferentes estilos literarios en la Biblia sin pensar que su autoridad disminuye.
Encontramos historia, poesía, proverbios, profecía, cartas y relatos. Cada autor escribe de una manera particular, pero todos forman parte de la revelación que Dios quiso entregar a su pueblo.
Es como una gran ventana construida con diferentes piezas. Cada pieza tiene una forma particular, pero todas juntas permiten contemplar el mismo paisaje.
La Biblia tiene muchos autores humanos, pero detrás de todos ellos existe un solo Autor supremo.
La Biblia posee autoridad porque es verdadera
La autoridad de la Biblia también está relacionada con su verdad.
Dios no puede mentir.
«Dios no es hombre, para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta». (Números 23:19)
Si Dios es verdadero y no puede mentir, entonces su Palabra también es verdadera.
Jesús dijo
«Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad». (Juan 17:17)
Observemos cuidadosamente las palabras de Cristo. Él no dijo simplemente que la Palabra contiene verdad. Dijo que la Palabra es verdad.
Esto significa que la Biblia no necesita ser corregida por la cultura de cada generación para convertirse en verdadera. La verdad de Dios no cambia porque cambien las opiniones humanas.
Las personas cambian.
Las sociedades cambian.
Las costumbres cambian.
Las ideas cambian.
Pero Dios no cambia.
«Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos». (Hebreos 13:8)
Y porque Dios no cambia, su verdad tampoco necesita adaptarse a cada nueva moda intelectual.
Esto no significa que la Biblia sea irrelevante para el presente. Todo lo contrario. Precisamente porque su verdad procede de Dios, continúa siendo relevante para cada generación.
El corazón humano del siglo XXI sigue enfrentando el mismo problema fundamental que enfrentaba el ser humano hace miles de años. Seguimos luchando con orgullo, egoísmo, idolatría, mentira, inmoralidad, miedo y rebelión contra Dios.
La tecnología ha cambiado.
La ropa ha cambiado.
Las ciudades han cambiado.
Pero el corazón humano sigue necesitando a Cristo.
Por eso la Palabra de Dios sigue hablando con autoridad.
La Biblia es la autoridad final para nuestra fe
La autoridad de la Biblia significa que ella debe gobernar lo que creemos acerca de Dios.
Podemos aprender muchas cosas observando la creación. Podemos utilizar nuestra razón. Podemos estudiar la historia. Podemos aprender de otras personas. Todo esto puede ser útil.
Pero ninguna de estas fuentes puede ocupar el lugar de la Escritura.
La razón humana tiene valor, pero es limitada.
La experiencia puede enseñarnos cosas importantes, pero puede engañarnos.
Los sentimientos son reales, pero pueden cambiar.
La tradición puede contener sabiduría, pero también puede equivocarse.
La cultura puede aportar conocimientos, pero no puede convertirse en el juez supremo de la verdad.
Por encima de todo esto está la Palabra de Dios.
Isaías escribió
«¡A la ley y al testimonio! Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido». (Isaías 8:20)
La idea es sencilla. Cuando una enseñanza aparece delante de nosotros, debemos compararla con la Palabra de Dios.
La pregunta principal no debe ser
«¿Qué pienso yo?»
La pregunta tampoco debe ser únicamente
«¿Qué piensa la mayoría?»
La pregunta correcta es
«¿Qué ha dicho Dios?»
Esto cambia completamente nuestra manera de acercarnos a la Biblia.
Cuando encontramos un pasaje que contradice nuestras preferencias, no tenemos derecho a cambiar la Palabra para proteger nuestras opiniones. Somos nosotros quienes debemos corregir nuestro pensamiento delante de ella.
Martín Lutero expresó esta convicción de manera contundente durante la Reforma del siglo XVI. En 1521, en el contexto de la Dieta de Worms, defendió su posición apelando a la autoridad de la Escritura y a la conciencia sometida a ella. Su postura reflejaba una convicción fundamental: ningún ser humano tiene autoridad para obligar a alguien a creer algo contrario a la Palabra de Dios.
La importancia de este principio no está en Lutero como individuo. Está en la verdad que defendía. La Iglesia no está por encima de la Escritura. El creyente tampoco está por encima de la Escritura. Todos estamos llamados a someternos a la autoridad de Dios revelada en su Palabra.
La autoridad de la Biblia no depende de nuestra aceptación
Existe una diferencia importante entre autoridad y reconocimiento de autoridad.
Un rey sigue siendo rey aunque un ciudadano se niegue a reconocerlo. Un juez sigue teniendo autoridad legal aunque una persona no esté de acuerdo con su decisión.
De manera infinitamente superior, Dios sigue siendo Dios aunque alguien lo rechace.
La Biblia sigue teniendo autoridad aunque alguien diga que no cree en ella.
Esto nos ayuda a entender algo importante. Nosotros no le damos autoridad a la Biblia. Nosotros reconocemos una autoridad que ya posee.
La Biblia no se vuelve Palabra de Dios cuando creemos en ella. Creemos en ella porque es Palabra de Dios.
Esta diferencia es fundamental.
Si la autoridad de la Biblia dependiera de nuestra aprobación, entonces nosotros seríamos superiores a la Biblia. Nosotros decidiríamos qué partes aceptar y cuáles rechazar.
Pero si Dios es el Autor, entonces nuestra posición es diferente.
La Biblia nos juzga a nosotros. Nosotros no juzgamos la Biblia como si estuviéramos sentados en un tribunal por encima de Dios.
El profeta Isaías escribió
«Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová». (Isaías 55:8)
Esto significa que cuando la Biblia confronta nuestra manera de pensar, no debemos asumir inmediatamente que la Biblia está equivocada.
Tal vez somos nosotros quienes necesitamos ser corregidos.
La autoridad de la Biblia alcanza toda nuestra vida
La autoridad de la Escritura no se limita al domingo ni a los momentos religiosos.
La Biblia tiene autoridad sobre toda nuestra existencia.
Tiene autoridad sobre nuestra manera de adorar.
Tiene autoridad sobre nuestra manera de tratar a nuestra familia.
Tiene autoridad sobre la forma en que usamos nuestro dinero.
Tiene autoridad sobre nuestras palabras.
Tiene autoridad sobre nuestra sexualidad.
Tiene autoridad sobre nuestras decisiones.
Tiene autoridad sobre nuestra manera de trabajar.
Tiene autoridad sobre cómo tratamos a nuestros enemigos.
Tiene autoridad sobre lo que pensamos cuando nadie nos está observando.
El salmista escribió
«Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino». (Salmo 119:105)
Imagina a una persona caminando por un sendero durante la noche. La lámpara no ilumina necesariamente todo el camino hasta el horizonte. Ilumina lo suficiente para que pueda dar el siguiente paso.
Así funciona muchas veces la Palabra de Dios en nuestra vida.
Queremos conocer todo el futuro.
Queremos saber qué ocurrirá dentro de cinco años.
Queremos tener todas las respuestas antes de obedecer.
Pero Dios muchas veces nos da luz suficiente para el paso que tenemos delante.
La Biblia no siempre nos dice exactamente qué trabajo debemos aceptar, qué casa debemos comprar o qué decisión específica debemos tomar. Pero sí nos enseña cómo pensar, qué principios debemos obedecer y qué clase de personas debemos ser.
La autoridad de la Biblia no significa que encontraremos una respuesta directa para cada detalle de la vida moderna. Significa que ninguna área de nuestra vida está fuera del gobierno de Dios y que la Escritura nos proporciona la verdad necesaria para vivir de una manera que le agrade.
La autoridad de la Biblia y la conciencia humana
La conciencia tiene un lugar importante en la vida humana, pero no es una autoridad absoluta.
Nuestra conciencia puede acusarnos o defendernos. Puede ayudarnos a reconocer que algo está mal. Pero la conciencia también puede estar mal informada.
Una persona puede sentirse culpable por algo que Dios no condena. Otra puede sentirse tranquila haciendo algo que Dios sí condena.
Por eso nuestra conciencia necesita ser formada y corregida por la Palabra de Dios.
El apóstol Pablo escribió
«No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento». (Romanos 12:2)
La Palabra de Dios transforma nuestra manera de pensar.
Esto es muy importante porque vivimos rodeados de mensajes que intentan decirnos qué debemos amar, qué debemos temer, qué debemos perseguir y qué debemos considerar correcto.
Todos los días recibimos cientos de mensajes a través de las redes sociales, la televisión, la música, las películas, la publicidad y las conversaciones.
Si no tenemos cuidado, podemos comenzar a pensar de acuerdo con la voz más repetida.
Pero el cristiano debe aprender a escuchar primero la voz de Dios.
La pregunta no es simplemente qué dice la sociedad.
La pregunta es qué dice la Escritura.
La autoridad de la Biblia y la obra del Espíritu Santo
Una persona puede leer la Biblia y no comprender su verdadera importancia.
Puede estudiar palabras.
Puede analizar fechas.
Puede conocer acontecimientos históricos.
Puede memorizar muchos versículos.
Pero comprender intelectualmente un texto no es lo mismo que recibirlo con fe y obediencia.
El Espíritu Santo obra en el corazón del creyente para que pueda reconocer la verdad de la Palabra y responder a ella.
Pablo escribió
«Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura». (1 Corintios 2:14)
Esto no significa que una persona no pueda entender las palabras de la Biblia. Significa que, sin la obra de Dios en el corazón, el ser humano no recibe las verdades espirituales con la respuesta adecuada de fe y sumisión.
Por eso, cuando abrimos la Biblia, debemos hacerlo con humildad.
No nos acercamos como jueces.
Nos acercamos como personas que necesitan ser enseñadas.
La Biblia no fue dada para que simplemente acumulemos información religiosa. Fue dada para que conozcamos a Dios y vivamos delante de Él.
La Biblia como norma para la Iglesia
La autoridad de la Escritura también alcanza a la Iglesia.
Una iglesia no puede inventar nuevas verdades y colocarlas al mismo nivel que la Palabra de Dios.
Los líderes de la Iglesia tienen autoridad, pero su autoridad es limitada y derivada. No tienen derecho a gobernar la conciencia de las personas más allá de lo que Dios ha revelado.
Los pastores deben enseñar la Biblia.
Los maestros deben explicar la Biblia.
Los predicadores deben proclamar la Biblia.
Y todos deben someterse a la Biblia.
Pedro escribió a los líderes de la Iglesia
«Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente». (1 Pedro 5:2)
El pastor no es dueño de las ovejas. Las ovejas pertenecen a Cristo.
Por eso, cualquier enseñanza cristiana debe ser examinada a la luz de la Escritura.
Los creyentes de Berea son un excelente ejemplo. Cuando escucharon la predicación de Pablo y Silas, no aceptaron todo ciegamente. Examinaron las Escrituras para comprobar si lo que escuchaban era verdad.
«Y estos eran más nobles que los que estaban en Tesalónica, pues recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así». (Hechos 17:11)
Esto es una lección enorme para nosotros.
No debemos creer algo simplemente porque lo dice un predicador famoso.
No debemos creerlo porque aparece en un video con millones de visitas.
No debemos creerlo porque lo dijo alguien que admiramos.
Debemos preguntarnos si está de acuerdo con la Palabra de Dios.
La autoridad de la Biblia nos lleva a Cristo
Existe un peligro cuando estudiamos la autoridad de la Biblia. Podemos terminar admirando el libro y olvidar al Dios que el libro revela.
La Biblia no fue entregada simplemente para convertirnos en expertos en información religiosa.
Su propósito es llevarnos a conocer a Dios y, de manera central, mostrarnos a Jesucristo.
Jesús dijo
«Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí». (Juan 5:39)
La Escritura apunta hacia Cristo.
Desde las promesas iniciales del Antiguo Testamento hasta la proclamación del Evangelio en el Nuevo Testamento, la Biblia nos muestra el plan de Dios para la redención.
Nos muestra el problema del pecado.
Nos muestra la incapacidad humana para salvarse a sí misma.
Nos muestra la justicia de Dios.
Nos muestra la gracia de Dios.
Y nos presenta a Jesucristo como el Salvador.
Por eso, someterse a la autoridad de la Biblia no es simplemente obedecer reglas. Es escuchar la voz de Dios que nos llama a arrepentirnos, creer en Cristo y caminar con Él.
John Owen, uno de los grandes escritores cristianos del siglo XVII, insistió repetidamente en la importancia de la obra del Espíritu Santo en la comprensión y aplicación de la Palabra. Su énfasis ayuda a recordar que la Escritura no debe ser tratada como un simple objeto académico. Debe ser recibida con fe, porque Dios utiliza su Palabra para transformar al creyente.
La autoridad de la Biblia exige una respuesta
Si realmente creemos que la Biblia es la Palabra de Dios, entonces no podemos tratarla como cualquier otro libro.
Podemos leer una novela y decidir si nos gusta o no.
Podemos leer un periódico y estar de acuerdo o en desacuerdo.
Podemos escuchar una opinión y aceptarla o rechazarla.
Pero cuando Dios habla, nuestra responsabilidad es escuchar y obedecer.
Santiago escribió
«Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos». (Santiago 1:22)
La autoridad de la Biblia no se demuestra solamente diciendo que creemos en ella.
Se demuestra cuando permitimos que su verdad corrija nuestras ideas.
Se demuestra cuando abandonamos un pecado porque Dios lo condena.
Se demuestra cuando perdonamos porque Cristo nos manda perdonar.
Se demuestra cuando amamos a nuestros enemigos porque Jesús nos enseña a hacerlo.
Se demuestra cuando confiamos en Dios aun cuando no entendemos lo que está sucediendo.
Se demuestra cuando obedecemos aunque nuestros sentimientos nos digan lo contrario.
La verdadera pregunta no es solamente
«¿Creo que la Biblia tiene autoridad?»
La pregunta más profunda es
«¿Estoy viviendo como alguien que realmente cree que la Biblia tiene autoridad?»
Una Palabra que permanece
Las generaciones pasan.
Los gobiernos cambian.
Las culturas se transforman.
Las ideas aparecen y desaparecen.
Pero la Palabra de Dios permanece.
Isaías declaró
«Sécase la hierba, marchítase la flor; mas la palabra del Dios nuestro permanece para siempre». (Isaías 40:8)
Piensa en cuántas generaciones han pasado desde que estas palabras fueron escritas.
Han desaparecido imperios.
Han caído reyes.
Han cambiado fronteras.
Han surgido nuevas naciones.
Millones de personas que alguna vez caminaron sobre esta tierra ya no están aquí.
Pero la Palabra de Dios permanece.
Por eso podemos abrir la Biblia hoy y escuchar la misma verdad que Dios entregó a su pueblo hace siglos.
El mundo nos dice que debemos construir nuestra vida sobre nuestras propias ideas.
La Biblia nos llama a construir sobre la Palabra de Dios.
Jesús terminó uno de sus grandes discursos utilizando una imagen poderosa. Habló de dos hombres. Uno construyó su casa sobre la roca y otro sobre la arena. Cuando llegaron las lluvias, los ríos y los vientos, la diferencia entre ambos quedó completamente expuesta.
Jesús dijo
«Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca». (Mateo 7:24)
Observa algo importante. Jesús no dijo solamente «el que oye». Dijo «el que oye y hace».
La autoridad de la Biblia se vuelve visible cuando construimos nuestra vida sobre ella.
Una casa puede parecer firme durante un día tranquilo. Pero la tormenta revela sobre qué estaba construida.
De la misma manera, la autoridad de la Palabra se vuelve especialmente preciosa cuando llegan las tormentas de la vida.
Cuando no sabemos qué hacer.
Cuando perdemos algo importante.
Cuando enfrentamos sufrimiento.
Cuando nuestras emociones nos confunden.
Cuando todos parecen pensar de manera diferente.
Cuando nuestra propia mente nos acusa.
Entonces necesitamos recordar que nuestra seguridad no descansa en la estabilidad de nuestras emociones, sino en la verdad estable de Dios.
Conclusión
La autoridad de la Biblia descansa en la autoridad de Dios.
Dios es su Autor supremo. Por eso su Palabra es verdadera, confiable y digna de obediencia.
La Biblia no está debajo de la cultura.
No está debajo de nuestras emociones.
No está debajo de las opiniones humanas.
No está debajo de la autoridad de ningún líder religioso.
Todos nosotros debemos colocarnos debajo de la autoridad de la Palabra de Dios.
Esto no debe producir temor servil en el creyente. Debe producir confianza. El mismo Dios que tiene autoridad sobre nosotros es el Dios que se ha revelado como bueno, justo, santo, misericordioso y lleno de gracia.
Cuando Dios habla, no lo hace para destruirnos, sino para mostrarnos la verdad.
Cuando nos corrige, nos muestra el camino.
Cuando nos confronta con nuestro pecado, nos dirige hacia nuestra necesidad de Cristo.
Cuando nos consuela, nos recuerda sus promesas.
Cuando nos enseña, transforma nuestra manera de pensar.
Y cuando nos llama a obedecer, nos llama a caminar en la vida que Él diseñó para nosotros.
Por eso, la pregunta final de esta lección no es solamente si creemos que la Biblia tiene autoridad.
La pregunta es si estamos dispuestos a vivir bajo esa autoridad.
Tal vez hay una enseñanza bíblica que conoces, pero no quieres obedecer.
Tal vez hay un pecado que intentas justificar.
Tal vez hay una decisión en la que estás buscando primero la opinión de las personas, cuando deberías comenzar buscando la voluntad de Dios revelada en su Palabra.
Tal vez llevas tiempo escuchando la Biblia, pero pocas veces permites que ella te examine.
Hoy es un buen momento para detenerse y recordar algo sencillo.
La Biblia no fue dada para que nosotros la coloquemos bajo juicio. Fue dada para que ella examine nuestra vida.
No somos nosotros quienes decidimos qué partes de la Palabra tienen autoridad. Es Dios quien habla, y nuestra responsabilidad es escuchar, creer y obedecer.
Y cuando la Palabra nos lleva a Cristo, encontramos la mayor razón para confiar en ella. Porque el centro de las Escrituras no es simplemente un conjunto de ideas, sino el Dios que se revela y el Salvador que vino a rescatar a pecadores.
Así que, cuando abras la Biblia, no la abras como quien simplemente consulta un libro antiguo.
Ábrela recordando que estás delante de la Palabra del Dios vivo.
Escucha.
Examina.
Aprende.
Arrepiéntete cuando sea necesario.
Confía en sus promesas.
Y obedece.
Porque la Palabra de Dios permanece para siempre.