Viviendo bajo la Palabra de Dios
Decima lección del estudio: Introducción a la Biblia
Una Biblia puede permanecer abierta sobre una mesa durante años y, aun así, no gobernar una sola decisión de quien vive en esa casa. Puede estar subrayada, marcada y llena de notas, mientras el corazón sigue tomando sus propias decisiones. Ese es uno de los peligros más silenciosos de la vida cristiana: conocer lo que Dios ha dicho sin aprender a vivir bajo lo que Dios ha dicho.
La meta de conocer la Biblia no es simplemente acumular información. Dios nos ha dado su Palabra para que conozcamos quién es Él, comprendamos quiénes somos nosotros, contemplemos a Cristo y aprendamos a caminar delante de nuestro Creador. La Escritura no fue entregada solamente para ocupar nuestra mente, sino también para dirigir nuestra vida.
La Palabra tiene autoridad sobre nosotros
Vivir bajo la Palabra comienza reconociendo algo fundamental: nosotros no estamos por encima de la Escritura. No somos jueces que decidimos qué enseñanzas aceptaremos y cuáles rechazaremos. Cuando Dios habla, nuestra responsabilidad es escuchar, creer y obedecer.
Jesús dijo:
«Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad» (Juan 17:17).
Observa que Jesús no dijo simplemente que la Palabra contiene algunas verdades útiles. La presentó como verdad. Por eso, nuestra cultura, sentimientos, experiencias y opiniones personales no tienen autoridad para corregir a Dios.
Juan Calvino enseñaba que la verdadera sabiduría comienza cuando dejamos que Dios nos instruya por medio de su Palabra. Esto exige humildad. Hay momentos en los que leeremos algo que confrontará directamente nuestros deseos. Allí descubriremos si realmente queremos escuchar a Dios o solamente buscamos que Dios confirme lo que ya habíamos decidido.
Vivir bajo la Palabra significa poder decir: «Aunque esto confronte lo que deseo, si Dios lo ha dicho claramente, quiero someterme a Él».
No basta con escuchar
Santiago utiliza una comparación extraordinariamente sencilla:
«Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos» (Santiago 1:22).
Luego habla de una persona que contempla su rostro en un espejo y después se marcha olvidando cómo era. La Biblia funciona de manera parecida. Cuando la abrimos, no solamente aprendemos acerca de Dios; también somos confrontados con la realidad de nuestro propio corazón.
Podemos descubrir orgullo donde creíamos que había madurez, falta de perdón donde pensábamos que había justicia, amor al dinero disfrazado de prudencia o temor a las personas escondido detrás del deseo de agradar.
El puritano Thomas Watson insistía en que escuchar la Palabra sin practicarla produce poco beneficio. La evidencia de que una enseñanza realmente ha descendido al corazón aparece cuando comienza a transformar nuestra manera de vivir.
Por ejemplo, si estudiamos acerca del perdón pero continuamos alimentando rencor deliberadamente, todavía existe una distancia entre lo que sabemos y lo que vivimos. Si aprendemos que Dios gobierna todas las cosas pero vivimos dominados constantemente por el temor, necesitamos llevar esa verdad desde nuestra mente hasta nuestras decisiones diarias.
La obediencia nace de un corazón transformado
Sin embargo, debemos evitar otro error. Vivir bajo la Palabra no significa convertir la vida cristiana en una larga lista de reglas mediante las cuales intentamos ganar el favor de Dios.
La obediencia cristiana no compra el amor de Dios. Es una respuesta a su gracia.
Jesús dijo:
«Si me amáis, guardad mis mandamientos» (Juan 14:15).
El orden importa. Cristo no dijo: «Obedézcanme para que pueda amarlos». La obediencia surge de una relación en la que hemos conocido su amor y misericordia.
John Owen explicó ampliamente que el corazón humano necesita una obra profunda de Dios, porque el pecado no es solamente un problema externo. Podemos modificar ciertas conductas y conservar dentro de nosotros los mismos deseos desordenados. Por eso necesitamos continuamente la obra del Espíritu de Dios aplicando la Palabra a nuestro corazón.
Pablo escribió:
«Porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad» (Filipenses 2:13).
Dios no solamente nos muestra el camino; también obra en sus hijos para que aprendan a caminar por él.
La Palabra debe acompañarnos cada día
Cuando Israel estaba a punto de entrar en la tierra prometida, Dios le dio a Josué una instrucción muy clara:
«Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de noche meditarás en él» (Josué 1:8).
La imagen es la de una persona cuya mente regresa continuamente a lo que Dios ha dicho. No se trata simplemente de leer rápidamente algunos versículos por la mañana y olvidarlos durante el resto del día.
Meditar significa detenernos, pensar, recordar y considerar cómo una verdad determinada debe afectar nuestra vida.
El Salmo 1 describe al hombre que encuentra su deleite en la ley del Señor y medita en ella de día y de noche. Después lo compara con un árbol plantado junto a corrientes de aguas. Sus raíces permanecen cerca de una fuente constante.
R.C. Sproul señaló repetidamente que una de las grandes necesidades de los creyentes es conocer la mente de Dios revelada en las Escrituras. No podemos desarrollar una vida cristiana firme mientras nuestra mente permanece casi completamente alimentada por otras voces.
Todos los días escuchamos mensajes acerca del éxito, dinero, identidad, felicidad, relaciones y propósito. La pregunta no es si nuestra mente está siendo formada. La pregunta es quién la está formando.
La Palabra debe entrar en nuestras decisiones
Vivir bajo la Palabra se vuelve especialmente visible cuando debemos tomar decisiones.
Antes de hablar, podemos preguntarnos si nuestras palabras honran a Dios. Antes de responder con ira, podemos recordar lo que la Escritura enseña acerca de la paciencia. Antes de tomar una decisión económica, podemos considerar lo que Dios dice sobre la generosidad y el contentamiento. Antes de participar en algo, podemos preguntarnos si aquello puede hacerse para la gloria de Dios.
David escribió:
«Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino» (Salmo 119:105).
Una lámpara antigua no iluminaba kilómetros de camino. Permitía ver los pasos que estaban delante. Esa imagen describe muy bien la manera en que Dios suele guiarnos. Muchas veces queremos conocer todo nuestro futuro, mientras Dios nos muestra claramente cómo debemos caminar hoy.
Charles Spurgeon animaba constantemente a los creyentes a llenar su mente de las Escrituras para que, cuando llegaran las dificultades, las verdades de Dios estuvieran disponibles en el corazón. La Palabra aprendida durante los días tranquilos puede convertirse en una fuente extraordinaria de firmeza durante los días difíciles.
La Palabra también nos corrige
Pablo escribió:
«Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia» (2 Timoteo 3:16).
Esto significa que debemos permitir que la Biblia nos contradiga.
Ese punto es importante porque fácilmente buscamos pasajes que nos consuelen mientras evitamos aquellos que exponen nuestro pecado. Pero un buen médico no solamente tranquiliza al paciente; también identifica aquello que necesita tratamiento.
Tim Keller explicaba con frecuencia que el evangelio confronta tanto nuestra rebelión abierta como nuestra confianza orgullosa en nuestra propia bondad. La Escritura derriba nuestras falsas seguridades y nos dirige continuamente hacia Cristo.
Cuando descubrimos mediante la Biblia que hemos pecado, la respuesta correcta no es esconderlo ni justificarlo. Debemos confesarlo.
«Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad» (1 Juan 1:9).
La corrección de Dios no busca alejarnos de Él, sino conducirnos nuevamente al camino correcto.
Cristo está en el centro de una vida gobernada por la Palabra
Podríamos estudiar toda la Biblia y aun perder su gran centro si terminamos pensando que su mensaje principal consiste simplemente en convertirnos en mejores personas.
Jesús dijo acerca de las Escrituras:
«Ellas son las que dan testimonio de mí» (Juan 5:39).
La historia bíblica nos conduce hacia Cristo. La ley revela nuestra necesidad. Las promesas despiertan esperanza. Los sacrificios anticipan una obra mayor. Los profetas anuncian al Rey que habría de venir. Los Evangelios presentan su vida, muerte y resurrección. Las cartas explican las consecuencias de su obra, y Apocalipsis dirige nuestra mirada hacia su victoria final.
Sinclair Ferguson ha insistido en que el crecimiento cristiano no puede separarse de nuestra unión y comunión con Cristo. Por eso, leer la Biblia correctamente no consiste solamente en buscar instrucciones para nuestra conducta. Consiste también en conocer cada vez mejor al Salvador.
Cuanto más comprendemos quién es Cristo, lo que hizo por nosotros y cuánto dependemos de Él, más razones encontramos para confiar y obedecer.
Una vida construida sobre roca
Jesús terminó el Sermón del Monte con una escena que resume perfectamente esta lección. Dos hombres construyeron casas. Desde afuera podían parecer semejantes. La diferencia apareció cuando llegaron la lluvia, los ríos y los vientos.
Una permaneció. La otra cayó.
Jesús explicó:
«Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca» (Mateo 7:24).
La diferencia no estaba simplemente en escuchar. Ambos podían haber oído. La diferencia estaba en escuchar y obedecer.
J.I. Packer recordó a los creyentes que conocer a Dios implica mucho más que conocer información acerca de Él. El conocimiento verdadero de Dios transforma nuestra relación con Él y, como consecuencia, nuestra manera de vivir.
Ese es también un buen cierre para este curso de Introducción a la Biblia. Hemos aprendido qué es la Escritura, cómo Dios se revela, qué significa su inspiración, cómo se formó el canon, por qué posee autoridad, cómo está organizada, cómo se relacionan sus diferentes partes, cómo toda ella nos conduce hacia Cristo y cómo debemos estudiarla. Pero todo ese conocimiento apunta finalmente hacia una pregunta mucho más personal:
¿Qué haremos con lo que Dios ha dicho?
La Biblia no fue dada para permanecer únicamente abierta sobre una mesa. Dios quiere que su Palabra habite en nosotros, corrija nuestros pensamientos, forme nuestros deseos, gobierne nuestras decisiones, fortalezca nuestra fe y dirija nuestros pasos.
«La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros» (Colosenses 3:16).
Vivir bajo la Palabra significa aprender cada día a escuchar a Dios con humildad, creerle con confianza, acudir a Cristo con fe y obedecer incluso cuando nuestros deseos quieren llevarnos en otra dirección. No lo hacemos para conseguir su gracia, sino porque en Cristo hemos recibido gracia.
Y así, poco a poco, la Biblia deja de ser solamente un libro que leemos y se convierte en la verdad bajo la cual aprendemos a vivir.
Ejercicios prácticos
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Lee Santiago 1:22-25 y escribe con tus propias palabras cuál es la diferencia entre escuchar la Palabra y practicarla.
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Lee Salmo 119:105. Dibuja una pequeña lámpara en tu libreta y escribe debajo tres áreas de tu vida en las que necesitas que la Palabra de Dios dirija tus decisiones.
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Lee Mateo 7:24-27 y escribe dos diferencias entre el hombre prudente y el hombre insensato.
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Piensa en una enseñanza bíblica que te resulte difícil obedecer. Escríbela y anota una acción sencilla que puedas realizar esta semana para comenzar a ponerla en práctica.
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Durante tres días, antes de dormir, escribe una decisión que hayas tomado durante el día y responde esta pregunta: «¿Cómo podría la Palabra de Dios ayudarme a tomar mejor esta decisión?»