Introducción a la Biblia - Lección 10

Viviendo bajo la Palabra de Dios

Decima lección del estudio: Introducción a la Biblia

Viviendo bajo la Palabra de Dios

Introducción

Imagina que despiertas una mañana y encuentras un mapa sobre la mesa. No es un mapa cualquiera. Es el mapa que necesitas para llegar a un lugar donde nunca has estado. Afuera hay muchos caminos. Algunos parecen fáciles. Otros son atractivos. Hay personas que te dicen que tomes una dirección y otras que aseguran que debes ir por otra. Si decides ignorar el mapa, tendrás que confiar únicamente en tus propios cálculos, en tus emociones y en lo que otras personas te digan.

Ahora imagina que ese viaje no dura unas horas, sino toda tu vida.

Todos los días tomamos decisiones. Elegimos qué creer, cómo tratar a los demás, qué hacer con nuestro dinero, cómo enfrentar el sufrimiento, cómo responder cuando somos heridos, qué considerar correcto o incorrecto y hacia dónde dirigir nuestras esperanzas. La gran pregunta es esta: ¿sobre qué fundamento estamos construyendo nuestra vida?

La Biblia no fue dada solamente para ser estudiada. Fue dada para ser creída, obedecida y vivida.

Podemos conocer muchos datos sobre la Biblia y, sin embargo, vivir como si Dios no hubiera hablado. Podemos memorizar versículos, asistir regularmente a una iglesia y escuchar sermones durante años, pero seguir tomando nuestras decisiones según nuestros propios deseos. El problema no está en que la Palabra de Dios sea insuficiente. El problema está en que muchas veces conocemos lo que Dios dice, pero no permitimos que su Palabra gobierne nuestra manera de vivir.

Vivir bajo la Palabra de Dios significa reconocer que Dios tiene autoridad sobre nosotros y que su verdad debe dirigir nuestra mente, nuestro corazón, nuestras decisiones y nuestra conducta. No significa vivir bajo una lista fría de reglas. Significa aprender a caminar delante de Dios escuchando su voz, confiando en sus promesas y obedeciendo sus mandamientos.

La pregunta que debemos hacernos al estudiar esta lección es sencilla, pero profunda: ¿qué significa realmente vivir bajo la Palabra de Dios?

La Palabra de Dios tiene autoridad sobre nuestra vida

Para comprender cómo debemos vivir bajo la Palabra de Dios, primero debemos entender quién habla cuando leemos las Escrituras.

La Biblia no es simplemente una colección de pensamientos religiosos escritos por personas inteligentes de diferentes épocas. Aunque fue escrita por seres humanos reales, en diferentes momentos de la historia y utilizando diferentes estilos literarios, su origen último está en Dios.

Pablo escribió:

“Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra.”

2 Timoteo 3:16-17

Esto significa que cuando abrimos las Escrituras no estamos simplemente leyendo opiniones humanas acerca de Dios. Estamos recibiendo la revelación que Dios quiso darnos para conocerlo y vivir delante de él.

Por eso la Biblia posee una autoridad que ningún otro libro puede reclamar.

Un consejo humano puede ser sabio, pero puede equivocarse. Una tradición puede tener valor histórico, pero puede contener errores. La opinión de una persona puede ser útil, pero sigue siendo una opinión humana. Incluso nuestros propios pensamientos pueden engañarnos.

Pero Dios no se equivoca.

Por eso nuestra vida debe someterse a su Palabra.

Esto no significa que dejemos de pensar. Al contrario. La Biblia nos enseña a pensar correctamente. No nos llama a apagar nuestra mente, sino a someter nuestra mente a la verdad de Dios.

El problema de la humanidad no es solamente que carezca de información. Muchas veces el problema es que sabemos lo suficiente para reconocer lo que debemos hacer, pero nuestro corazón desea otra cosa.

Por eso vivir bajo la Palabra de Dios requiere algo más profundo que acumular conocimiento. Requiere un corazón dispuesto a escuchar y obedecer.

Escuchar la Palabra no es suficiente

Jesús contó una parábola que ilustra perfectamente esta verdad. Habló de dos hombres que construyeron sus casas. Uno construyó sobre la roca y el otro sobre la arena.

Jesús dijo:

“Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca.”

Mateo 7:24

Observemos algo importante. Jesús no dijo simplemente que el hombre prudente era aquel que escuchaba sus palabras. Dijo que era aquel que las escuchaba y las hacía.

La diferencia entre los dos hombres no estaba en que uno hubiera escuchado a Jesús y el otro no. Ambos habían escuchado. La diferencia estaba en lo que hicieron después de escuchar.

Esta imagen nos ayuda a entender la vida cristiana.

Imagina una casa hermosa construida junto al mar. Desde afuera parece perfecta. Las paredes están bien pintadas. Las ventanas son grandes. La decoración es hermosa. Pero nadie se preocupó por el fundamento.

Mientras el clima es tranquilo, todo parece estar bien.

Pero después llega una tormenta.

El viento golpea las paredes. La lluvia cae con fuerza. El agua comienza a subir. Entonces se descubre algo que antes no podía verse: la casa no tenía un fundamento firme.

La vida funciona de una manera semejante.

Cuando todo marcha bien, muchas personas creen que están firmes. Pero cuando llega la enfermedad, la pérdida, el rechazo, la decepción, la injusticia o la muerte de alguien amado, aquello sobre lo que realmente hemos construido nuestra vida queda expuesto.

La Palabra de Dios no promete que nunca enfrentaremos tormentas. Promete algo más profundo: nos enseña sobre qué debemos construir para permanecer firmes cuando las tormentas lleguen.

La obediencia a Dios no es una manera de comprar su amor. En Cristo, quienes creen han recibido la gracia de Dios. La obediencia es la respuesta de una vida que ha sido alcanzada por esa gracia.

Primero Dios nos llama a confiar en Cristo. Después, esa fe verdadera comienza a producir una vida diferente.

Por eso Santiago escribió:

“Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos.”

Santiago 1:22

Una persona puede engañarse a sí misma pensando que está creciendo espiritualmente porque escucha muchas enseñanzas. Pero el verdadero crecimiento se demuestra cuando la verdad comienza a transformar nuestra manera de vivir.

La Palabra transforma nuestra manera de pensar

Vivir bajo la Palabra de Dios comienza en la mente, porque nuestras acciones normalmente nacen de lo que creemos.

Si una persona cree que el dinero es lo más importante, probablemente organizará toda su vida alrededor de conseguirlo.

Si cree que su valor depende de la aprobación de los demás, vivirá buscando constantemente reconocimiento.

Si cree que debe vengarse de todo aquel que le hace daño, responderá al mal con más mal.

Si cree que está completamente sola en el mundo, enfrentará las dificultades desde el miedo y la desesperanza.

Pero cuando la Palabra de Dios entra en nuestra manera de pensar, comienza a cambiar nuestra perspectiva.

Pablo escribió:

“No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento.”

Romanos 12:2

La Biblia confronta nuestras ideas y nos enseña a mirar la realidad desde la perspectiva de Dios.

Esto es profundamente importante porque vivimos rodeados de voces. La cultura nos dice qué debemos amar. Las redes sociales nos dicen qué debemos admirar. La publicidad nos dice qué necesitamos para ser felices. Los amigos pueden influir en nuestras decisiones. Nuestra propia naturaleza puede inclinarnos hacia aquello que nos agrada.

En medio de todas esas voces, la Palabra de Dios permanece como una autoridad firme.

Vivir bajo ella significa aprender a preguntar:

¿Qué dice Dios sobre esto?

¿Qué enseña la Escritura acerca de esta situación?

¿Estoy tomando esta decisión porque es correcta delante de Dios o simplemente porque es lo que deseo?

¿Mi manera de pensar está siendo formada por la verdad de Dios o por las opiniones que escucho constantemente?

Estas preguntas pueden cambiar completamente nuestra manera de vivir.

La Palabra nos muestra quién es Dios

Uno de los grandes errores que podemos cometer al leer la Biblia es convertirla simplemente en un manual para mejorar nuestra vida.

La Biblia ciertamente nos enseña cómo vivir, pero antes de mostrarnos qué debemos hacer, nos revela quién es Dios.

La Escritura nos muestra que Dios es santo, justo, bueno, misericordioso, paciente, fiel, soberano y verdadero.

También nos muestra quiénes somos nosotros.

Somos criaturas dependientes de nuestro Creador. Somos pecadores que necesitamos reconciliación con Dios. Somos incapaces de salvarnos por nuestras propias obras. Necesitamos la gracia.

Y en el centro de las Escrituras encontramos a Jesucristo.

Jesús mismo enseñó que las Escrituras apuntan hacia él:

“Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí.”

Juan 5:39

Por eso vivir bajo la Palabra de Dios no consiste simplemente en aprender reglas para convertirse en una mejor persona. Consiste en conocer a Dios y encontrar en Cristo al Salvador que necesitamos.

La Biblia nos lleva a Cristo, y Cristo nos enseña a vivir en obediencia a Dios.

El apóstol Pedro escribió:

“Desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación.”

1 Pedro 2:2

La imagen es poderosa. Un bebé necesita alimento para crecer. No lo considera un lujo. No piensa: “Quizá algún día tenga ganas de alimentarme”. Lo necesita.

De la misma manera, el creyente necesita alimentarse continuamente de la verdad de Dios.

No podemos esperar vivir una vida firme si dejamos la Palabra de Dios abandonada durante semanas y luego pretendemos enfrentar grandes problemas con una fe fuerte.

La fortaleza espiritual no aparece mágicamente en el momento de la crisis. Se cultiva diariamente mientras aprendemos a conocer a Dios, confiar en sus promesas y obedecer su verdad.

La Palabra debe habitar en nosotros

Pablo escribió a los creyentes de Colosas:

“La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros.”

Colosenses 3:16

La expresión “more” nos ayuda a imaginar una verdad importante. La Palabra de Cristo no debe ser una visitante ocasional de nuestra vida. Debe tener un lugar permanente en nosotros.

Hay una diferencia entre visitar una casa y vivir en ella.

Un visitante llega, permanece unas horas y después se marcha. Pero quien vive en una casa forma parte de ella. Sus pertenencias están allí. Sus hábitos están allí. Su presencia afecta la manera en que funciona todo.

Así debe ser la Palabra de Dios en nuestra vida.

Debe entrar en nuestros pensamientos, nuestras conversaciones, nuestras decisiones, nuestras relaciones y nuestros deseos.

Cuando alguien nos ofende, la Palabra debe hablarnos.

Cuando tenemos miedo, la Palabra debe recordarnos quién es Dios.

Cuando somos tentados, la Palabra debe mostrarnos el camino de obediencia.

Cuando sufrimos, la Palabra debe recordarnos que Dios sigue siendo fiel.

Cuando tenemos éxito, la Palabra debe protegernos del orgullo.

Cuando pecamos, la Palabra debe mostrarnos nuestra necesidad de arrepentimiento y llevarnos nuevamente a Cristo.

Esto significa que la Biblia no debe quedarse encerrada entre las paredes de una iglesia. Debe acompañarnos a nuestra casa, a nuestro trabajo, a nuestras conversaciones y a nuestras decisiones más privadas.

Vivir bajo la Palabra cuando nadie nos observa

Una de las pruebas más claras de nuestra relación con la Palabra de Dios aparece cuando nadie nos está mirando.

Es relativamente sencillo comportarnos correctamente cuando sabemos que otros nos observan. Pero la verdadera obediencia se revela en los lugares secretos.

¿Qué hacemos cuando nadie puede descubrir nuestras decisiones?

¿Qué pensamientos alimentamos cuando estamos solos?

¿Cómo usamos nuestro teléfono cuando nadie está cerca?

¿Qué hacemos con el dinero que nadie controla?

¿Cómo hablamos de una persona cuando ella no está presente?

¿Qué hacemos cuando tenemos la oportunidad de obtener algo injustamente y parece que nadie se dará cuenta?

La Palabra de Dios entra precisamente en esos lugares.

David escribió:

“¿Con qué limpiará el joven su camino? Con guardar tu palabra.”

Salmo 119:9

La respuesta bíblica no es simplemente “ten cuidado” o “sé fuerte”. Es guardar la Palabra.

El mismo salmo continúa:

“En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti.”

Salmo 119:11

Guardar la Palabra en el corazón significa llevarla dentro de nosotros. Es conocerla, recordarla, meditar en ella y permitir que dirija nuestras decisiones.

Cuando la tentación aparece, una verdad bíblica que hemos aprendido puede convertirse en una luz en medio de la oscuridad.

Cuando estamos a punto de responder con ira, podemos recordar que debemos ser prontos para oír y tardos para hablar.

Cuando queremos vengarnos, podemos recordar que la venganza pertenece a Dios.

Cuando sentimos que no podemos continuar, podemos recordar las promesas de Dios.

La Palabra almacenada en el corazón se convierte en una guía que llevamos con nosotros.

La Palabra nos corrige

Una de las funciones más importantes de la Biblia es mostrarnos cuando estamos equivocados.

Esto no siempre resulta agradable, pero es necesario.

Una persona que nunca acepta corrección terminará caminando cada vez más lejos de la verdad.

La Biblia no fue dada para confirmar todo lo que pensamos. Muchas veces hace exactamente lo contrario: nos confronta.

Nos dice que podemos estar equivocados.

Nos muestra pecados que preferiríamos ignorar.

Revela motivaciones que escondemos incluso de nosotros mismos.

Nos llama a arrepentirnos.

Hebreos 4:12 dice:

“Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.”

La imagen es fuerte. La Palabra penetra profundamente. No se queda en la superficie.

Podemos engañar a otras personas. Incluso podemos engañarnos a nosotros mismos. Pero delante de Dios no existen rincones ocultos.

Cuando la Biblia confronta nuestro pecado, la respuesta correcta no es cerrar el libro. Es arrepentirnos.

La corrección de Dios no tiene como propósito destruir al creyente, sino conducirlo hacia una vida de obediencia.

Como escribió el puritano John Owen, quien vivió entre 1616 y 1683, el pecado debe ser enfrentado seriamente porque, si no lo hacemos, terminará debilitando nuestra comunión con Dios. Su conocida exhortación sobre la lucha contra el pecado apunta a una verdad bíblica sencilla: no debemos hacer las paces con aquello que Dios nos llama a abandonar.

La Palabra nos ayuda a reconocer el pecado, pero también nos dirige hacia Cristo.

Cuando descubrimos nuestra incapacidad, no debemos desesperarnos. Debemos correr hacia el Salvador.

La Palabra nos guía en las decisiones

Muchas personas desean que Dios les revele exactamente qué carrera estudiar, dónde trabajar, con quién casarse o qué decisión específica tomar en cada situación.

Pero normalmente Dios no dirige nuestra vida de esa manera.

La Biblia no contiene una respuesta específica para cada decisión personal. No encontraremos un versículo que diga qué automóvil comprar o qué casa alquilar.

Sin embargo, la Escritura sí nos da principios suficientes para aprender a tomar decisiones sabias.

Nos enseña a ser honestos.

Nos enseña a trabajar diligentemente.

Nos enseña a cuidar a nuestra familia.

Nos enseña a amar al prójimo.

Nos enseña a evitar la codicia.

Nos enseña a buscar consejo sabio.

Nos enseña a considerar las consecuencias de nuestras decisiones.

Nos enseña a buscar primero el reino de Dios.

Por eso el Salmo 119:105 declara:

“Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino.”

Observemos la imagen.

Una lámpara no necesariamente ilumina todo el camino hasta el destino final. Muchas veces ilumina solamente los próximos pasos.

Así funciona la Palabra de Dios en nuestra vida.

Dios no siempre nos muestra todo lo que sucederá dentro de cinco años. Pero nos muestra cómo debemos caminar hoy.

La pregunta del creyente no debe ser únicamente: “Señor, muéstrame todo mi futuro”.

También debe ser: “Señor, enséñame a obedecerte en el próximo paso”.

La Palabra en tiempos de sufrimiento

Vivir bajo la Palabra de Dios no significa vivir sin dolor.

La Biblia nunca promete una vida libre de sufrimiento.

Job sufrió.

José fue vendido por sus propios hermanos.

David conoció la persecución.

Jeremías lloró profundamente.

Pablo enfrentó grandes dificultades.

Y, sobre todos ellos, nuestro Señor Jesucristo fue despreciado, rechazado y crucificado.

La Palabra de Dios no nos promete que las tormentas desaparecerán. Nos enseña quién es Dios mientras atravesamos las tormentas.

Cuando todo parece cambiar, Dios permanece.

Cuando las circunstancias son inciertas, sus promesas permanecen.

Cuando no entendemos lo que está sucediendo, podemos confiar en su carácter.

El salmista escribió:

“Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo.”

Salmo 23:4

David no dijo que nunca caminaría por el valle. Dijo que no tendría que caminarlo solo.

Esta es una de las grandes verdades que aprendemos al vivir bajo la Palabra: nuestra esperanza no depende de que las circunstancias sean favorables, sino de que Dios sea fiel.

El creyente puede perder muchas cosas y todavía conservar su esperanza porque su esperanza está en Dios.

La Palabra y la vida diaria

La verdadera prueba de cuánto valoramos la Biblia no está solamente en cuánto tiempo pasamos leyéndola, sino en cuánto afecta nuestra manera de vivir.

Podemos leer diez capítulos y no obedecer ninguno.

Podemos escuchar una predicación y olvidar su contenido antes de llegar a casa.

Podemos subrayar cientos de versículos y seguir tratando mal a las personas.

Podemos hablar constantemente de la verdad y vivir de una manera que contradice aquello que afirmamos creer.

Por eso Jesús dijo:

“Si me amáis, guardad mis mandamientos.”

Juan 14:15

El amor verdadero hacia Cristo produce obediencia.

No obedecemos para comprar la salvación. Obedecemos porque hemos recibido gracia.

Esta diferencia es fundamental.

El legalismo dice: “Obedezco para que Dios me acepte”.

El evangelio dice: “En Cristo he sido recibido por gracia, y ahora deseo obedecer a Dios”.

La obediencia cristiana nace de una relación restaurada con Dios.

Por eso la vida bajo la Palabra no debe sentirse como una carga impuesta desde afuera, sino como el camino de una persona que ha aprendido que los mandamientos de Dios son buenos.

El Salmo 19 describe la Palabra de Dios como perfecta, fiel, recta, pura y verdadera. El salmista no habla de ella como una prisión, sino como un tesoro.

Cuando conocemos verdaderamente al Dios que habla, comenzamos a entender que sus mandamientos no buscan destruir nuestra vida, sino conducirnos por un camino que honra su carácter y protege nuestro bien.

La Palabra debe gobernar nuestra familia

Vivir bajo la Palabra también significa permitir que ella transforme la vida familiar.

Una familia puede tener una Biblia abierta sobre una mesa y, al mismo tiempo, vivir completamente lejos de sus enseñanzas.

La Palabra debe afectar la manera en que los esposos se tratan.

Debe influir en la forma en que los padres corrigen a sus hijos.

Debe enseñar a los hijos a respetar a sus padres.

Debe cambiar la manera en que una familia enfrenta los conflictos.

Debe enseñarnos a pedir perdón.

Debe enseñarnos a perdonar.

Debe enseñarnos a hablar con verdad.

Debe enseñarnos a controlar nuestras palabras.

Efesios 4:29 dice:

“Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación.”

Imagina cuánto cambiaría un hogar si cada miembro pensara antes de hablar: “¿Lo que voy a decir va a destruir o va a edificar?”

La Palabra comienza a gobernar una familia cuando deja de ser solamente un objeto religioso y comienza a convertirse en una guía práctica para las conversaciones y las relaciones.

La Palabra debe gobernar nuestra relación con otros

Jesús resumió gran parte de la vida cristiana en dos grandes mandamientos: amar a Dios y amar al prójimo.

Eso significa que la Palabra de Dios debe afectar nuestra relación con las personas que nos agradan y también con aquellas que nos han hecho daño.

Jesús dijo:

“Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen.”

Mateo 5:44

Esto es humanamente difícil.

Pero aquí vemos la diferencia entre vivir según nuestros impulsos y vivir bajo la Palabra de Dios.

Nuestro impulso puede decir: “Devuelve el daño”.

La Palabra dice: “Haz bien”.

Nuestro orgullo puede decir: “Nunca perdones”.

La Palabra nos recuerda la gracia que nosotros mismos hemos recibido.

Nuestro corazón puede decir: “Busca venganza”.

La Palabra nos enseña a confiar en la justicia de Dios.

Vivir bajo la Palabra no significa negar que hemos sido heridos. Significa negarnos a permitir que el dolor gobierne nuestras acciones.

La Palabra nos enseña a discernir

Vivimos en una época donde existen más voces que nunca.

Tenemos acceso inmediato a miles de opiniones. Podemos escuchar a personas de todo el mundo en cuestión de segundos. Podemos recibir información constantemente, pero información no es lo mismo que verdad.

Por eso necesitamos discernimiento.

Hebreos 5:14 habla de personas maduras que tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal.

La madurez espiritual implica aprender a distinguir.

No todo lo que suena religioso es bíblico.

No todo lo que emociona es verdadero.

No todo lo que tiene muchos seguidores merece nuestra confianza.

No todo predicador que utiliza versículos está enseñando correctamente.

No todo mensaje popular representa la verdad de Dios.

La Palabra debe ser nuestro criterio.

Los creyentes de Berea son un buen ejemplo. Cuando Pablo predicó, ellos recibieron el mensaje con interés, pero también examinaron las Escrituras para comprobar lo que escuchaban.

Hechos 17:11 dice:

“Y estos eran más nobles que los que estaban en Tesalónica, pues recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así.”

Este principio sigue siendo necesario hoy.

No debemos creer algo simplemente porque lo dijo un pastor, un autor o una persona famosa.

Debemos preguntar: ¿Es bíblico?

La Biblia debe estar por encima de nuestras preferencias y también por encima de cualquier autoridad humana.

La Palabra nos lleva a una vida de perseverancia

El creyente necesita perseverar.

Habrá días de entusiasmo y días de cansancio.

Habrá momentos en los que orar será fácil y otros en los que será difícil.

Habrá temporadas de abundancia y temporadas de necesidad.

Pero la Palabra permanece.

Isaías 40:8 declara:

“Sécase la hierba, marchítase la flor; mas la palabra del Dios nuestro permanece para siempre.”

Las culturas cambian.

Las generaciones pasan.

Las opiniones aparecen y desaparecen.

Los gobiernos cambian.

Las modas cambian.

Pero Dios permanece y su Palabra permanece.

Por eso nuestra vida debe construirse sobre algo más firme que las tendencias del momento.

El teólogo y pastor inglés J. C. Ryle, quien vivió entre 1816 y 1900, insistió repetidamente en la importancia de conocer las Escrituras y vivir conforme a ellas. Su énfasis era sencillo: una fe que no transforma la vida termina siendo una fe solamente de palabras.

La historia de la Iglesia también muestra este principio. A lo largo de los siglos, hombres y mujeres han encontrado en las Escrituras la fuerza para permanecer fieles en medio de la oposición, el sufrimiento y la muerte. No porque fueran personas extraordinarias por naturaleza, sino porque confiaban en un Dios cuya Palabra no cambia.

Vivir bajo la Palabra es vivir bajo el señorío de Cristo

Al llegar al final de esta lección debemos recordar algo esencial: la Biblia no es simplemente un libro de instrucciones.

La Biblia nos presenta al Rey.

Ese Rey es Jesucristo.

Cuando vivimos bajo la Palabra, estamos reconociendo que Cristo tiene autoridad sobre nuestra vida.

Él no es solamente alguien a quien admiramos.

Él es nuestro Señor.

Él tiene autoridad sobre nuestras decisiones.

Sobre nuestros pensamientos.

Sobre nuestras palabras.

Sobre nuestras relaciones.

Sobre nuestro trabajo.

Sobre nuestro dinero.

Sobre nuestra familia.

Sobre nuestro futuro.

Sobre toda nuestra existencia.

Jesús dijo:

“Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra.”

Mateo 28:18

Por eso la pregunta final no es solamente: “¿Cuánto conozco de la Biblia?”

La pregunta es: “¿Estoy dispuesto a vivir bajo la autoridad de lo que Dios ha dicho?”

Podemos imaginar nuevamente la casa de la parábola.

La tormenta llegará.

El viento soplará.

La lluvia caerá.

Las circunstancias cambiarán.

Pero existe una diferencia entre una casa construida sobre arena y una casa construida sobre roca.

La diferencia está en el fundamento.

Vivir bajo la Palabra de Dios significa construir sobre la verdad de Dios, confiar en Cristo, escuchar su voz y obedecerla.

No significa que nunca fallaremos.

Fallaremos.

Habrá momentos en que desobedeceremos.

Habrá ocasiones en las que escogeremos nuestro propio camino.

Pero cuando la Palabra de Dios nos muestre nuestro pecado, volveremos a Cristo.

Cuando nos muestre nuestra debilidad, buscaremos su gracia.

Cuando nos muestre el camino, caminaremos por él.

Cuando nos confronte, nos arrepentiremos.

Cuando nos consuele, descansaremos en sus promesas.

Cuando no sepamos qué hacer, volveremos a la verdad que Dios ya nos ha revelado.

Ese es el llamado de esta lección.

No solamente leer la Palabra.

No solamente estudiarla.

No solamente hablar de ella.

Sino vivir bajo ella.

Reflexión final

Quizá la pregunta más importante que podemos llevarnos hoy sea esta: ¿qué área de mi vida todavía estoy intentando gobernar sin someterla a la Palabra de Dios?

Tal vez sea una relación.

Tal vez una decisión.

Tal vez el manejo del dinero.

Tal vez una herida que no queremos entregar a Dios.

Tal vez un pecado secreto.

Tal vez un temor sobre el futuro.

Tal vez una actitud que sabemos que debemos cambiar.

La Palabra de Dios no fue dada para decorar nuestra vida. Fue dada para dirigirla.

El mundo cambia constantemente, pero Dios no cambia.

Nuestras emociones cambian, pero las promesas de Dios permanecen.

Nuestras fuerzas disminuyen, pero Dios continúa siendo fiel.

Por eso podemos vivir con confianza.

La vida bajo la Palabra no es una vida sin problemas. Es una vida con un fundamento firme.

Es caminar cada día con una verdad que no depende de nuestras emociones.

Es aprender a decir, incluso cuando no entendemos lo que ocurre: “Dios ha hablado, y confiaré en él”.

Es abrir las Escrituras por la mañana y no preguntarnos solamente qué podemos aprender, sino también qué debemos creer, qué debemos abandonar y qué debemos obedecer.

Es permitir que la Palabra nos encuentre en nuestros lugares más profundos.

Y es recordar que, detrás de cada página de la Escritura, encontramos al Dios vivo que se ha revelado para que podamos conocerlo y, por medio de Cristo, vivir reconciliados con él.

Que nuestra vida pueda ser como aquella casa construida sobre la roca. No una casa que nunca enfrenta tormentas, sino una casa que permanece firme cuando llegan.

Porque al final, nuestra seguridad no está en la fuerza de nuestras manos, ni en nuestra inteligencia, ni en nuestra capacidad de controlar las circunstancias.

Nuestra seguridad está en Dios y en la verdad que él ha hablado.

“El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.”

Mateo 24:35

Por eso, mientras tengamos vida, debemos seguir escuchando, creyendo y obedeciendo la Palabra de Dios.

Porque una vida construida sobre la Palabra no es una vida desperdiciada.

Es una vida edificada sobre la roca.