Cómo estudiar la Biblia
Novena lección del estudio: Introducción a la Biblia
Una Biblia puede permanecer abierta durante una hora y, aun así, nuestra mente puede terminar exactamente igual que cuando comenzamos. Los ojos recorren las palabras, las páginas avanzan y algunos versículos incluso quedan subrayados, pero al cerrar el libro surge una pregunta difícil: ¿qué quiso decir realmente este pasaje? Leer la Biblia y estudiar la Biblia están relacionados, pero no son exactamente lo mismo. Estudiarla significa detenernos, observar, preguntar, comparar y buscar con cuidado lo que Dios ha comunicado por medio de su Palabra.
La Biblia no fue dada solamente para llenar nuestra mente de información. Dios la dio para que conozcamos quién es Él, comprendamos su obra, veamos nuestra verdadera condición, conozcamos a Cristo y aprendamos a vivir delante de Él. Por eso, estudiar correctamente las Escrituras requiere algo más que curiosidad. Requiere humildad, atención, paciencia y dependencia de Dios.
Comienza reconociendo qué clase de libro tienes delante
Cuando abrimos la Biblia no estamos frente a un libro cualquiera. Las Escrituras fueron escritas por hombres reales, en lugares y momentos reales de la historia, pero Dios dirigió su escritura para comunicar fielmente su verdad.
«Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia» (2 Timoteo 3:16).
Esto cambia nuestra manera de acercarnos a ella. No estudiamos la Biblia solamente para descubrir ideas interesantes. Nos acercamos para escuchar con atención lo que Dios ha dicho.
Juan Calvino insistía en que las Escrituras nos permiten conocer correctamente a Dios y también comprendernos correctamente a nosotros mismos. Esto significa que la Biblia no debe quedar bajo nuestro juicio, como si nosotros decidiéramos qué partes aceptar. Somos nosotros quienes debemos permitir que la Palabra examine nuestras creencias, decisiones y deseos.
Ora antes de comenzar
Estudiar cuidadosamente no elimina la necesidad de orar. Podemos conocer fechas, lugares, palabras y acontecimientos y, sin embargo, permanecer espiritualmente indiferentes a lo que hemos leído.
El salmista oró:
«Abre mis ojos, y miraré las maravillas de tu ley» (Salmo 119:18).
Esta es una excelente oración antes de estudiar. Podemos pedir: «Señor, ayúdame a comprender lo que realmente dice este pasaje. Corrige mis ideas equivocadas y enséñame a obedecer tu Palabra».
John Owen enseñaba que dependemos del Espíritu Santo para recibir y comprender espiritualmente la verdad de las Escrituras. Esto no significa esperar que Dios coloque misteriosamente en nuestra mente significados que el texto nunca enseñó. El Espíritu no contradice la Palabra que inspiró. Nos ayuda a recibirla, comprenderla y someternos a ella.
Lee despacio y observa lo que realmente está escrito
Uno de los errores más frecuentes consiste en comenzar preguntando: «¿Qué significa esto para mí?». Esa pregunta llega demasiado pronto. Primero debemos preguntar: «¿Qué está diciendo el pasaje?».
Supongamos que estudiamos Marcos 4, donde Jesús calma una tormenta. Antes de buscar una enseñanza personal, observamos la escena. Jesús y sus discípulos están cruzando el mar. Se levanta una gran tempestad. Las olas golpean la barca. Los discípulos sienten miedo. Jesús duerme. Ellos lo despiertan. Cristo ordena al viento y al mar que callen, y después pregunta por qué tuvieron miedo.
Entonces aparece una pregunta decisiva de los discípulos:
«¿Quién es éste, que aun el viento y el mar le obedecen?» (Marcos 4:41).
Ahora vemos que el relato no trata principalmente de cómo superar nuestros problemas personales. Marcos está mostrando algo extraordinario acerca de la identidad y autoridad de Jesús.
R. C. Sproul insistía constantemente en una regla sencilla: antes de aplicar un texto debemos comprender lo que significa. Saltarnos este paso abre la puerta para hacer que la Biblia diga prácticamente cualquier cosa.
Lee lo que está antes y después
Ningún versículo vive aislado de los demás. Una frase pertenece a un párrafo; el párrafo pertenece a un capítulo; el capítulo forma parte de un libro; y ese libro ocupa un lugar dentro de toda la historia bíblica.
Por ejemplo:
«Todo lo puedo en Cristo que me fortalece» (Filipenses 4:13).
Separada de lo que Pablo viene diciendo, esta frase puede parecer una promesa de que podemos alcanzar cualquier meta. Pero los versículos anteriores hablan de algo diferente. Pablo había experimentado abundancia y necesidad. Había aprendido a permanecer fiel tanto cuando tenía suficiente como cuando padecía escasez.
Por eso Filipenses 4:13 no promete que Cristo nos permitirá conseguir cualquier cosa que deseemos. Pablo está afirmando que Cristo lo fortalece para permanecer fiel en cualquier circunstancia que Dios permita.
Martyn Lloyd-Jones advertía sobre el peligro de separar declaraciones bíblicas de su lugar natural. Muchas interpretaciones equivocadas comienzan precisamente cuando tomamos una frase y olvidamos aquello que la rodea.
Pregunta quién escribió y a quién estaba hablando
La Biblia ocurrió dentro de la historia. Abraham caminó por tierras reales. Israel salió de Egipto. David gobernó un reino. Jesús enseñó entre aldeas, caminos, montañas y ciudades. Pablo escribió cartas dirigidas a congregaciones que enfrentaban situaciones concretas.
Cuando estudiamos un pasaje conviene preguntar quién habla, quién escucha, qué estaba ocurriendo y por qué fueron pronunciadas esas palabras.
Pensemos en Jeremías 29:11. Con frecuencia se cita como una promesa individual de éxito inmediato. Sin embargo, aquellas palabras fueron dirigidas a israelitas que estaban exiliados en Babilonia. Dios les había anunciado que permanecerían allí durante muchos años antes de regresar.
Conocer esa situación no hace que el texto sea menos hermoso. Lo hace más profundo. La esperanza no consistía en escapar inmediatamente del sufrimiento, sino en confiar en que Dios continuaba gobernando incluso durante un largo periodo de exilio.
Deja que los pasajes claros ayuden con los difíciles
Algunas partes de la Biblia son fáciles de comprender y otras requieren mayor paciencia. Cuando encontramos un texto difícil, no debemos construir una gran enseñanza sobre una interpretación dudosa.
Debemos comparar el pasaje con otros textos que hablan del mismo asunto. La Biblia forma una unidad y no se contradice a sí misma.
La Confesión de Westminster expresó este principio afirmando que cuando el sentido de alguna parte de la Escritura presenta dificultad, debemos buscar claridad en otros lugares donde el mismo asunto sea tratado con mayor claridad.
Charles Spurgeon también mostraba una profunda confianza en la capacidad de las Escrituras para iluminarse unas a otras. Una Biblia abierta junto a otra página de la misma Biblia suele resolver preguntas que una lectura aislada deja abiertas.
Por eso es útil utilizar las referencias que aparecen junto a algunos versículos y comparar pasajes relacionados.
Busca a Cristo sin forzar el pasaje
Jesús enseñó que las Escrituras dan testimonio de Él.
«Escudriñad las Escrituras... y ellas son las que dan testimonio de mí» (Juan 5:39).
Después de su resurrección explicó a dos discípulos cómo las Escrituras señalaban hacia Él:
«Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían» (Lucas 24:27).
Esto no significa que cada piedra, árbol, número o personaje esconda secretamente una referencia a Jesús. Esa manera de leer termina inventando significados.
Significa que toda la historia bíblica avanza hacia la obra de Cristo. Las promesas, los sacrificios, el sacerdocio, el reino, los profetas y la esperanza de restauración encuentran finalmente su cumplimiento en Él.
Edmund Clowney mostró con gran claridad que debemos ver a Cristo dentro del desarrollo real de la historia bíblica, no introducirlo artificialmente donde el texto no lo hace.
Utiliza buenas ayudas sin convertirlas en tu autoridad
Después de estudiar personalmente un pasaje, podemos consultar una Biblia de estudio, comentarios confiables, diccionarios bíblicos y enseñanzas de creyentes preparados. Estas herramientas pueden mostrarnos detalles históricos o conexiones que habíamos pasado por alto.
Pero existe un orden saludable: primero debemos trabajar con el texto bíblico y después consultar las ayudas.
Los comentarios pueden equivocarse. Los maestros pueden equivocarse. Nosotros también podemos equivocarnos. La autoridad final permanece en las Escrituras.
Los creyentes de Berea ofrecen un buen ejemplo:
«Recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así» (Hechos 17:11).
No rechazaron automáticamente lo que Pablo enseñaba, pero tampoco aceptaron sus palabras de manera descuidada. Examinaron las Escrituras.
Kevin DeYoung ha destacado que una relación saludable con la Biblia incluye creerla, estudiarla, obedecerla y permitir que forme nuestra manera de pensar. No necesitamos perseguir interpretaciones novedosas. Necesitamos comprender fielmente lo que Dios ya ha dicho.
Escribe lo que descubres
Una libreta sencilla puede transformar la manera en que estudias. No necesitas llenar páginas enteras. Puedes escribir el pasaje, resumir su enseñanza principal, anotar alguna pregunta y registrar aquello que debes recordar.
Por ejemplo, después de estudiar Marcos 4:35-41 podrías escribir: «Jesús tiene autoridad incluso sobre la creación. Los discípulos descubrieron que estaban delante de alguien mucho mayor de lo que habían comprendido».
Escribir obliga a nuestra mente a ordenar lo aprendido. Si no podemos explicar con palabras sencillas lo que hemos leído, probablemente todavía necesitamos estudiarlo mejor.
Jonathan Edwards acostumbraba registrar cuidadosamente pensamientos y observaciones porque entendía el valor de conservar aquello que aprendía. La memoria olvida rápidamente; la escritura nos permite regresar y examinar nuevamente lo aprendido.
Termina preguntando qué debe cambiar
El estudio bíblico no termina cuando comprendemos correctamente una frase. Santiago compara la Palabra con un espejo.
«Sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores» (Santiago 1:22).
Cuando una persona mira un espejo y descubre suciedad en su rostro, sería absurdo felicitar al espejo por mostrarla y marcharse sin limpiarse. De manera semejante, podemos llenar una libreta de observaciones bíblicas y continuar viviendo exactamente igual.
Después de comprender un pasaje podemos preguntarnos: ¿qué me enseña acerca de Dios? ¿Qué revela acerca del ser humano? ¿Hay algo que debo creer? ¿Existe algún pecado que debo abandonar? ¿Hay una promesa que debo recordar? ¿Existe un mandato que debo obedecer? ¿Cómo dirige este pasaje mi atención hacia Cristo?
J. I. Packer recordaba que conocer verdades acerca de Dios no es lo mismo que conocer verdaderamente a Dios. El conocimiento bíblico alcanza su propósito cuando nos conduce a confiar en Él, adorarlo y vivir bajo su Palabra.
Un método sencillo para comenzar
No necesitas un escritorio lleno de libros para estudiar bien la Biblia. Puedes comenzar con una Biblia, una libreta y un lápiz.
Escoge un libro bíblico y avanza poco a poco en lugar de abrir páginas al azar. Lee un párrafo varias veces. Observa quién habla, qué sucede y cuáles palabras o ideas se repiten. Lee los párrafos anteriores y posteriores. Busca otros textos relacionados. Resume con tus propias palabras la enseñanza principal. Después piensa cómo esa verdad debe influir en tu vida.
Por encima de todo, no estudies buscando simplemente algo nuevo. Busca comprender fielmente lo que está escrito.
Thomas Watson decía que no basta con leer las Escrituras; debemos procurar que sus verdades permanezcan en nuestra mente y desciendan hasta nuestra vida. Esa diferencia sigue siendo fundamental.
Una Biblia muy subrayada no necesariamente pertenece a una persona transformada. Podemos conocer capítulos, doctrinas, personajes y acontecimientos y continuar resistiéndonos a Dios. El verdadero propósito del estudio bíblico no consiste en convertirnos en personas capaces de ganar discusiones, sino en conocer mejor al Dios que habla en las Escrituras, contemplar con mayor claridad a Cristo y aprender a caminar en obediencia.
«Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino» (Salmo 119:105).
Una lámpara no fue hecha simplemente para ser admirada. Fue hecha para alumbrar el camino. Así también, la Palabra de Dios debe ser leída, estudiada, creída y vivida.
Ejercicios prácticos
1. Lee Marcos 4:35-41 dos veces. Escribe en tu libreta quiénes aparecen en el relato, dónde están y qué sucede.
2. Lee Filipenses 4:10-13. Escribe en una oración qué significa Filipenses 4:13 después de leer los versículos anteriores.
3. Escoge un Salmo corto. Anota tres cosas que el pasaje te enseñe acerca de Dios.
4. Lee Santiago 1:22-25. Explica con tus propias palabras por qué Santiago compara la Palabra de Dios con un espejo.
5. Lee Lucas 24:25-27. Escribe qué enseñó Jesús acerca de la relación entre las Escrituras y su persona.
6. Durante tres días consecutivos estudia un pequeño párrafo de la Biblia. Escribe cada día tres cosas: qué dice el pasaje, qué te enseña acerca de Dios y qué debes poner en práctica.