Primera lección del estudio: Teología Bíblica.
¿Qué es la Teología Bíblica y por qué es importante?
Durante muchos siglos hubo personas que conocían grandes porciones de la Biblia de memoria y, aun así, no entendían realmente de qué trataba. Sabían historias, recordaban nombres, repetían mandamientos y podían citar salmos completos. Sin embargo, al abrir las Escrituras veían una colección de relatos separados, como si cada libro contara una historia distinta. Entonces apareció una pregunta que cambió la manera de leer la Biblia: ¿existe un solo mensaje que una desde Génesis hasta Apocalipsis?
Esa pregunta no nació por curiosidad intelectual. Nació porque Jesucristo mismo enseñó que toda la Escritura habla de Él. Cuando los discípulos caminaban desanimados hacia Emaús después de la crucifixión, pensaban que todo había terminado. Habían visto morir a su Maestro y no podían comprender lo ocurrido. Entonces Jesús se acercó a ellos, caminó a su lado y comenzó a explicarles las Escrituras. No les mostró solamente algunos versículos aislados. Les enseñó que toda la historia apuntaba hacia Él.
"Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían." (Lucas 24:27).
Aquella conversación transformó para siempre la manera correcta de leer la Biblia. Las Escrituras no son simplemente una colección de libros antiguos. Son una sola historia escrita durante muchos siglos por diferentes autores humanos, pero guiados por un mismo Dios. Comprender esa unidad cambia completamente nuestra forma de estudiar la Palabra de Dios.
Una sola historia escrita durante muchos siglos
La Biblia fue escrita aproximadamente entre los años 1446 a.C. y 95 d.C. Aunque algunos detalles cronológicos son debatidos por distintos estudiosos, existe un amplio consenso en que su composición abarca alrededor de quince siglos. Durante ese largo período participaron cerca de cuarenta autores humanos con profesiones muy diferentes.
Moisés fue pastor y líder de Israel. David fue rey. Amós era pastor de ovejas. Lucas fue médico. Pedro era pescador. Pablo fue un erudito formado bajo Gamaliel. Juan escribió siendo ya un anciano mientras estaba desterrado en la isla de Patmos.
Vivieron en épocas distintas, hablaron diferentes estilos de lenguaje y enfrentaron circunstancias completamente diferentes. Sin embargo, cuando leemos cuidadosamente la Biblia encontramos una sorprendente armonía. Todos anuncian el mismo plan de Dios.
Esto no puede explicarse simplemente por la inteligencia humana. La misma Escritura enseña cuál es el origen de esa unidad.
"Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia." (2 Timoteo 3:16).
El verdadero Autor es Dios. Los escritores humanos conservaron su personalidad, su estilo y su vocabulario, pero el Espíritu Santo los guió para comunicar exactamente lo que Dios quiso revelar.
"Porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo." (2 Pedro 1:21).
Por esa razón la Biblia posee una unidad que ningún otro libro de la historia puede igualar.
¿Qué significa realmente estudiar la Biblia de esta manera?
Muchas personas leen la Biblia como si cada historia estuviera completamente separada de las demás. Ven a Noé únicamente como el hombre del arca. Ven a Abraham solamente como un ejemplo de fe. Piensan que David enseña únicamente sobre valentía. Consideran a Jonás simplemente como un hombre tragado por un gran pez.
Pero la Biblia nunca fue escrita para presentar únicamente ejemplos morales. Claro que aprendemos de la obediencia de algunos personajes y de los errores de otros, pero ese no es el propósito principal.
Cada libro forma parte de un relato mucho más grande. Es como observar un enorme mural. Si nos acercamos demasiado veremos únicamente pequeños fragmentos de pintura. Solo cuando damos algunos pasos hacia atrás descubrimos la imagen completa.
Algo parecido ocurre con las Escrituras. Cada página tiene un propósito propio, pero también ocupa un lugar dentro del gran plan de Dios para salvar a un pueblo por medio de Jesucristo.
Geerhardus Vos (1862–1949), considerado uno de los principales estudiosos en este campo, explicó que Dios fue revelando su plan de manera progresiva a lo largo de la historia. Esto significa que la revelación no apareció completa desde Génesis. Dios fue mostrando cada vez más de su propósito hasta alcanzar su plenitud en Cristo.
No cambió su plan. Lo fue revelando paso a paso.
Dios revela su plan poco a poco
Cuando comenzamos a leer Génesis encontramos un mundo perfecto. Todo era bueno porque había salido de las manos del Creador. No existía el pecado, la muerte ni el sufrimiento.
Sin embargo, esa armonía fue destruida cuando Adán y Eva desobedecieron a Dios.
"Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron." (Romanos 5:12).
A partir de ese momento toda la historia cambia. El pecado afecta cada aspecto de la creación. El ser humano queda separado de Dios y es incapaz de salvarse por sí mismo.
Pero antes de pronunciar el juicio definitivo, Dios hizo una promesa extraordinaria.
"Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar." (Génesis 3:15).
Ese versículo es considerado por muchos creyentes a lo largo de la historia como el primer anuncio del evangelio. Allí aparece la promesa de un descendiente que vencería definitivamente al enemigo.
En ese momento Dios no explicó todos los detalles. Solo dio una promesa. Sin embargo, toda la Biblia comenzará a desarrollar esa promesa hasta llegar a Jesucristo.
Cada nuevo libro añade una pieza más al gran cuadro.
Las promesas hechas a Abraham
Muchos años después Dios llamó a un hombre llamado Abraham. No fue porque Abraham fuera mejor que los demás. Fue por pura gracia.
"Pero Jehová había dicho a Abram: Vete de tu tierra y de tu parentela... y haré de ti una nación grande... y serán benditas en ti todas las familias de la tierra." (Génesis 12:1–3).
Esta promesa resulta mucho más importante de lo que parece a primera vista.
Dios prometió darle una descendencia, una tierra y una bendición para todas las naciones.
Cuando seguimos leyendo la Biblia descubrimos que esas promesas no terminaban únicamente en el pueblo de Israel. Encontraban su cumplimiento definitivo en Jesucristo.
El apóstol Pablo lo explicó siglos después.
"Ahora bien, a Abraham fueron hechas las promesas, y a su simiente... la cual es Cristo." (Gálatas 3:16).
Lo que comenzó con una promesa en Génesis encuentra su cumplimiento pleno en el Nuevo Testamento.
Así funciona toda la Biblia. Dios promete. Dios prepara. Dios cumple.
Las sombras anuncian una realidad mayor
Al leer el Antiguo Testamento encontramos sacrificios, sacerdotes, el tabernáculo, el templo, las fiestas solemnes y numerosos símbolos que, a primera vista, pueden parecer lejanos para nosotros.
Sin embargo, todos ellos tenían un propósito mucho más profundo.
El sacrificio de un cordero recordaba constantemente que el pecado produce muerte y que solamente mediante un sustituto puede existir reconciliación con Dios.
El sumo sacerdote entraba una vez al año al Lugar Santísimo para ofrecer sacrificios por el pueblo. El tabernáculo enseñaba que Dios habita entre su pueblo, pero que el pecado impide acercarse libremente a su presencia.
Todo esto preparaba el camino para la llegada de Jesucristo.
La carta a los Hebreos explica que aquellos sacrificios nunca pudieron quitar definitivamente el pecado. Eran una sombra que señalaba hacia algo mucho mayor.
"Porque la ley, teniendo la sombra de los bienes venideros, no la imagen misma de las cosas, nunca puede... hacer perfectos a los que se acercan." (Hebreos 10:1).
Cuando Cristo murió en la cruz, el verdadero sacrificio había llegado. Ya no era necesaria aquella repetición constante de ofrendas porque el Hijo de Dios ofreció un sacrificio perfecto y suficiente para siempre.
"Porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados." (Hebreos 10:14).
Al comprender esto dejamos de ver el Antiguo Testamento como una serie de rituales antiguos sin sentido. Descubrimos que cada uno señalaba hacia la obra perfecta del Salvador.
Cristo es el centro de toda la Escritura
Uno de los errores más comunes al leer la Biblia consiste en pensar que su personaje principal cambia constantemente. Algunos creen que Génesis trata sobre Abraham, Éxodo sobre Moisés, los Evangelios sobre los discípulos y las cartas sobre Pablo.
Sin embargo, Jesucristo enseñó algo completamente diferente.
"Escudriñad las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de mí." (Juan 5:39).
Eso no significa que cada versículo mencione directamente el nombre de Jesús, sino que toda la historia avanza hacia Él. Desde la primera promesa en Edén hasta la Nueva Jerusalén en Apocalipsis, el plan de Dios tiene un mismo propósito: glorificar a su Hijo mediante la redención de un pueblo.
Edmund Clowney (1917–2005) insistía en que cada parte de la Biblia encuentra su verdadero significado cuando es leída a la luz de Cristo. De manera semejante, Sinclair Ferguson ha recordado repetidamente que la Biblia no es, ante todo, un libro acerca de lo que el ser humano debe hacer para llegar a Dios, sino la historia de lo que Dios ha hecho para rescatar pecadores por medio de su Hijo.
Cuando entendemos esto, nuestra lectura cambia por completo. Dejamos de buscar únicamente personajes a quienes imitar y comenzamos a contemplar al Redentor que sostiene toda la historia de la salvación.
Leer cada libro dentro del gran propósito de Dios
Una de las mayores riquezas de estudiar la Biblia de esta manera consiste en aprender a leer cada libro dentro de la historia completa que Dios está desarrollando. Cuando entendemos el lugar que ocupa cada acontecimiento, dejamos de interpretar los pasajes de forma aislada y comenzamos a apreciar la extraordinaria armonía de toda la Escritura.
Por ejemplo, el libro de Éxodo no es únicamente el relato de un pueblo que fue liberado de la esclavitud en Egipto. Ese acontecimiento revela el carácter de Dios como Salvador y anticipa una liberación mucho más grande. Israel fue rescatado de la esclavitud física, pero la obra de Cristo libera al pecador de la esclavitud del pecado y de la condenación eterna.
"Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres." (Juan 8:36).
Del mismo modo, el reinado de David no solamente narra la historia de uno de los reyes más importantes de Israel. Dios había prometido que uno de sus descendientes reinaría para siempre.
"Y será afirmada tu casa y tu reino para siempre delante de tu rostro, y tu trono será estable eternamente." (2 Samuel 7:16).
Esa promesa encuentra su cumplimiento definitivo en Jesucristo, el verdadero Rey cuyo reino jamás tendrá fin.
Cuando observamos estos vínculos, comprendemos que Dios nunca improvisa. Cada acontecimiento ocupa un lugar exacto dentro de su propósito eterno.
La unidad de las Escrituras fortalece nuestra confianza
Vivimos en una época en la que muchas personas consideran la Biblia como un libro más entre miles de libros religiosos. Sin embargo, cuanto más la estudiamos cuidadosamente, más evidente resulta su extraordinaria unidad.
Sus autores vivieron separados por siglos. Algunos escribieron durante tiempos de paz; otros lo hicieron en medio de guerras, persecuciones o exilios. Aun así, todos presentan el mismo problema: el pecado del hombre. Todos anuncian la misma esperanza: la gracia de Dios. Todos señalan hacia el mismo Salvador: Jesucristo.
Esa coherencia fortalece nuestra confianza porque demuestra que la Biblia no es una colección de ideas humanas desconectadas, sino una revelación cuidadosamente dirigida por Dios.
Juan Calvino (1509–1564) afirmaba que las Escrituras poseen una majestad que convence al creyente porque llevan la marca de su Autor. No dependen únicamente de argumentos humanos para demostrar su autoridad; el Espíritu Santo confirma en el corazón de los creyentes que la Palabra proviene de Dios.
Esta confianza no elimina el estudio serio. Al contrario, nos anima a estudiar con mayor dedicación, sabiendo que cada página tiene un propósito dentro del plan divino.
Una lectura centrada en Cristo transforma el corazón
Existe una gran diferencia entre adquirir información y conocer verdaderamente al Señor. Es posible aprender fechas, lugares, nombres y acontecimientos sin que el corazón sea transformado.
Los líderes religiosos del tiempo de Jesús conocían profundamente las Escrituras. Sin embargo, no reconocieron al Mesías cuando estuvo delante de ellos.
"Porque si creyeseis a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él." (Juan 5:46).
El problema no era la falta de conocimiento, sino la manera en que interpretaban la Palabra de Dios. Habían convertido la Escritura en un fin en sí misma, olvidando que toda ella conduce hacia Cristo.
Cada vez que abrimos la Biblia debemos preguntarnos: ¿qué me está mostrando este pasaje acerca de Dios? ¿Cómo revela su carácter? ¿Cómo prepara el camino para Cristo o explica su obra? ¿Qué me enseña acerca de la salvación que Dios ha realizado?
Estas preguntas ayudan a mantener nuestra lectura enfocada en el mensaje central de las Escrituras.
La Biblia presenta un solo plan de salvación
Algunas personas piensan que Dios actuó de una manera en el Antiguo Testamento y de otra completamente distinta en el Nuevo. Sin embargo, las Escrituras muestran un único plan de salvación desarrollado progresivamente.
Desde el principio, nadie fue salvo por sus propias obras. Abraham creyó a Dios, y esa fe le fue contada por justicia.
"Y creyó a Jehová, y le fue contado por justicia." (Génesis 15:6).
Siglos después, el apóstol Pablo utiliza precisamente este pasaje para demostrar que la salvación siempre ha sido por la gracia de Dios mediante la fe.
"Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley." (Romanos 3:28).
Los creyentes del Antiguo Testamento miraban hacia adelante, confiando en las promesas de Dios. Los creyentes del Nuevo Testamento miramos hacia la obra que Cristo ya realizó en la cruz. En ambos casos, la salvación depende únicamente de la gracia de Dios.
Esto nos permite contemplar toda la Biblia como una sola historia de redención, cuyo centro es Jesucristo.
¿Por qué es importante estudiar la Biblia de esta manera?
Comprender la unidad de las Escrituras produce beneficios muy prácticos para la vida cristiana.
En primer lugar, evita que interpretemos los versículos fuera de su contexto. Muchas falsas enseñanzas nacen cuando se toma un texto aislado y se ignora el resto de la revelación bíblica.
En segundo lugar, fortalece nuestra adoración. Cuanto más descubrimos la perfección del plan de Dios desarrollado durante siglos, mayor es nuestra admiración por su sabiduría.
En tercer lugar, aumenta nuestra confianza en las promesas del Señor. El Dios que cumplió cada una de sus promesas acerca de Cristo también cumplirá todas las promesas que todavía esperan su consumación.
"Porque todas las promesas de Dios son en él Sí, y en él Amén." (2 Corintios 1:20).
Finalmente, nos ayuda a anunciar el evangelio con mayor claridad. Cuando conocemos la historia completa de la redención, podemos explicar no solamente qué hizo Cristo, sino también por qué era necesaria su venida desde el principio.
Una invitación para toda la vida
Estudiar la Biblia de esta manera no consiste simplemente en adquirir nuevos conocimientos. Es aprender a contemplar la fidelidad de Dios a través de toda la historia.
Cada promesa cumplida, cada profecía realizada y cada acontecimiento registrado muestran que el Señor gobierna la historia con absoluta sabiduría. Nada ocurre por accidente. Desde el jardín del Edén hasta la nueva creación descrita en Apocalipsis, Dios dirige todas las cosas para cumplir su propósito eterno.
Por eso, abrir la Biblia nunca debería ser una actividad rutinaria. Cada lectura nos permite conocer un poco más al Dios que salva, sostiene y cumple fielmente todo cuanto ha prometido.
Graeme Goldsworthy ha señalado que la Biblia solo alcanza su pleno significado cuando es leída como una historia unificada cuyo centro es Jesucristo. De manera semejante, Sinclair Ferguson recuerda que toda la Escritura conduce al creyente a contemplar la grandeza del Hijo de Dios y la suficiencia de su obra redentora.
Cuando comprendemos esta perspectiva, dejamos de leer la Biblia como un conjunto de relatos separados y comenzamos a verla como el testimonio vivo del Dios que, desde antes de la fundación del mundo, preparó un camino perfecto para rescatar a pecadores mediante su Hijo amado.
"Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén." (Romanos 11:36).
Ejercicios para realizar en tu libreta
- Lee Lucas 24:13–35. Escribe con tus propias palabras por qué Jesús dijo que toda la Escritura hablaba de Él.
- Haz una lista de cinco acontecimientos del Antiguo Testamento que preparan el camino para la venida de Cristo. Explica cada uno en una o dos líneas.
- Lee Génesis 3:15, Génesis 12:1–3 y 2 Samuel 7:16. Escribe qué promesa hace Dios en cada pasaje y cómo se cumple en Jesucristo.
- Escribe un breve resumen (entre cinco y ocho líneas) respondiendo esta pregunta: ¿Por qué toda la Biblia presenta una sola historia de redención?
- Durante esta semana, lee los primeros cuatro capítulos de Génesis. Mientras lees, anota todas las referencias que encuentres acerca del pecado, las promesas de Dios y la esperanza de redención. Lleva tus observaciones a la siguiente lección.