Primera lección del estudio: Teología Bíblica.
¿Qué es la Teología Bíblica y por qué es importante?
Hay una diferencia enorme entre entrar en una biblioteca llena de miles de páginas sueltas y entrar en una biblioteca donde cada libro ocupa exactamente su lugar dentro de una misma historia. La Biblia puede parecer, al principio, una colección inmensa: reyes y pastores, guerras y pactos, sacrificios y profetas, genealogías y poemas, promesas y juicios. Génesis parece estar muy lejos de Apocalipsis, y Abraham parece pertenecer a un mundo completamente diferente al de Pablo. Sin embargo, cuando comenzamos a observar las Escrituras con atención, descubrimos algo extraordinario: detrás de sus muchos libros existe una sola gran historia.
La Biblia tiene 66 libros escritos por distintos autores humanos, en diferentes épocas, lugares y circunstancias. Sin embargo, Dios es su Autor supremo, y por eso toda la Escritura posee una profunda unidad. No estamos frente a una colección de pensamientos religiosos desconectados, sino ante la revelación progresiva del propósito de Dios para redimir a un pueblo y restaurar todas las cosas por medio de Jesucristo.
«Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían» (Lucas 24:27).
Aprender a contemplar esa gran historia cambia profundamente nuestra manera de leer la Biblia.
Una sola historia desarrollada a través de muchos siglos
Esta disciplina estudia cómo el mensaje de Dios se desarrolla progresivamente a través de la historia narrada en las Escrituras. En lugar de tomar cada pasaje como si existiera aislado, pregunta dónde se encuentra dentro de la historia que comienza con la creación y termina con la nueva creación.
Podemos pensar en un árbol. En Génesis encontramos la semilla; después aparecen el tronco y las ramas; finalmente encontramos el árbol desarrollado y su fruto. No sería correcto mirar solamente la semilla y afirmar que allí podemos ver todos los detalles del árbol adulto. Pero tampoco podríamos comprender el árbol sin reconocer que surgió de aquella semilla.
Algo semejante sucede con las Escrituras.
Después de la caída, Dios anunció que la descendencia de la mujer vencería a la serpiente. Más adelante llamó a Abraham y prometió que mediante su descendencia serían benditas todas las familias de la tierra. Luego encontramos a Israel, el éxodo, la ley, el tabernáculo, los sacrificios, el sacerdocio, la tierra prometida, el reino de David, los profetas, el exilio y las promesas de restauración.
Estos acontecimientos no son piezas colocadas al azar. Avanzan hacia Cristo.
«En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra» (Génesis 22:18).
Pablo explica posteriormente que esta promesa encuentra su cumplimiento definitivo en Cristo.
«Ahora bien, a Abraham fueron hechas las promesas, y a su simiente... la cual es Cristo» (Gálatas 3:16).
Dios reveló su propósito progresivamente
Dios no entregó toda su revelación en un solo momento. La fue dando progresivamente dentro de acontecimientos reales.
Abraham conoció promesas que Adán no había recibido con el mismo grado de claridad. David comprendió aspectos del reino que Abraham todavía no había visto plenamente. Los profetas recibieron revelaciones acerca del Mesías, del nuevo pacto y de la restauración futura. Finalmente llegó Cristo.
Hebreos comienza precisamente señalando este movimiento.
«Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo» (Hebreos 1:1-2).
Esto significa que la revelación anterior no era falsa ni defectuosa. Era verdadera, pero todavía avanzaba hacia algo mayor. Como la luz del amanecer que permite distinguir primero las siluetas y después, con la salida del sol, contemplar claramente el paisaje, las promesas antiguas fueron adquiriendo mayor claridad hasta llegar a Jesucristo.
Geerhardus Vos, profesor en Princeton entre 1893 y 1932 y una de las figuras más importantes en el desarrollo moderno de esta manera de estudiar las Escrituras, insistió precisamente en este carácter histórico y progresivo de la revelación. Dios habló dentro de la historia, y cada etapa debe comprenderse tanto en su propio momento como en relación con aquello hacia lo cual avanzaba.
Cristo ocupa el centro de la historia
Una de las razones más importantes para estudiar la Biblia de esta manera es aprender a reconocer correctamente la centralidad de Cristo sin introducirlo artificialmente en cada frase.
Jesús mismo enseñó que las Escrituras daban testimonio de Él.
«Escudriñad las Escrituras... y ellas son las que dan testimonio de mí» (Juan 5:39).
Después de resucitar, Jesús habló con dos discípulos que caminaban hacia Emaús. Ellos estaban confundidos porque esperaban que Jesús redimiera a Israel, pero su crucifixión parecía haber destruido aquella esperanza. Cristo corrigió su manera de comprender las Escrituras mostrándoles que su sufrimiento y su gloria habían sido anunciados anteriormente.
«¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas, y que entrara en su gloria?» (Lucas 24:26).
La cruz, entonces, no fue un accidente inesperado dentro de la historia. Era parte del propósito redentor de Dios.
Siglos antes encontramos animales sacrificados, sangre derramada, sacerdotes entrando delante de Dios y un día anual de expiación. Cuando llegamos al Nuevo Testamento comprendemos con mayor claridad hacia dónde señalaban aquellas realidades.
«Porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados» (Hebreos 10:14).
El sacrificio de Cristo permite contemplar bajo una luz mucho más clara aquello que los sacrificios anteriores anticipaban.
Las grandes líneas que atraviesan las Escrituras
Cuando seguimos cuidadosamente la historia bíblica comenzamos a reconocer temas que aparecen, crecen y finalmente alcanzan su cumplimiento.
El reino de Dios es uno de ellos. También encontramos los pactos, la presencia de Dios, el templo, el sacrificio, el sacerdocio, la tierra, el éxodo, la descendencia prometida y la nueva creación.
Pensemos en la presencia de Dios. En Edén, Dios habita con el ser humano. Después del pecado aparece separación. Más adelante encontramos el tabernáculo en medio de Israel y posteriormente el templo en Jerusalén. Entonces sucede algo extraordinario.
«Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros» (Juan 1:14).
Finalmente, Apocalipsis presenta la consumación de esta historia.
«He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos» (Apocalipsis 21:3).
Edén, tabernáculo, templo, Cristo y nueva creación están relacionados dentro del desarrollo de la presencia de Dios con su pueblo.
Autores contemporáneos como Graeme Goldsworthy y G. K. Beale han ayudado especialmente a mostrar estas conexiones, mientras Edmund Clowney destacó cómo las distintas partes de las Escrituras conducen hacia Cristo sin ignorar su contexto original.
Nos protege de utilizar versículos aislados
Una de las malas costumbres más comunes al leer la Biblia consiste en extraer una frase de su contexto y aplicarla inmediatamente a nuestra vida.
Podemos terminar tratando las Escrituras como una caja llena de pequeñas frases motivadoras. Abrimos una página, encontramos una oración que nos gusta y la convertimos en una promesa personal sin preguntarnos quién habló, a quién habló, qué estaba sucediendo y qué lugar ocupa ese acontecimiento dentro del propósito general de Dios.
Esta manera de estudiar nos obliga a detenernos.
Cuando encontramos una promesa hecha a Abraham, primero preguntamos qué significaba para Abraham. Después observamos cómo esa promesa continúa desarrollándose. Finalmente preguntamos cómo alcanza su cumplimiento en Cristo y qué relación tiene con nosotros.
Así evitamos hacer que la Biblia diga aquello que nosotros queremos escuchar.
Nos ayuda a comprender mejor el Antiguo Testamento
Sin esta visión general, muchas partes del Antiguo Testamento pueden parecernos lejanas. Levítico puede convertirse simplemente en una extensa colección de sacrificios. El tabernáculo puede parecernos una construcción antigua llena de detalles difíciles. Las genealogías pueden parecer listas sin propósito.
Pero cuando comprendemos el desarrollo de la historia, aquellas páginas comienzan a ocupar su lugar.
Los sacrificios enseñan la gravedad del pecado y la necesidad de expiación. El sacerdocio muestra la necesidad de un mediador. El templo habla de la presencia santa de Dios. David y su descendencia preparan nuestra comprensión del Rey prometido. El exilio muestra las consecuencias del pecado y aumenta la esperanza de restauración.
John Owen, pastor y escritor inglés del siglo XVII, contempló profundamente la relación entre las antiguas promesas y su cumplimiento en Cristo, especialmente al estudiar Hebreos. Para Owen, las instituciones anteriores no debían convertirse en el destino final de nuestra mirada. Su propósito encontraba plenitud en Cristo.
Nos muestra que nuestra salvación pertenece a una historia mucho mayor
El evangelio no comienza cuando nosotros sentimos necesidad de Dios. Tampoco comienza en Mateo.
Sus raíces atraviesan toda la Escritura.
Antes de nuestro nacimiento, antes de la Reforma, antes de la Iglesia medieval, antes de los apóstoles, antes de David y antes de Abraham, Dios ya estaba realizando su propósito.
«Según nos escogió en él antes de la fundación del mundo» (Efesios 1:4).
Esto cambia nuestra perspectiva. El cristianismo no consiste principalmente en colocar a Dios dentro de nuestros pequeños proyectos personales. Nosotros somos incorporados, por gracia, al gran propósito de Dios realizado en Cristo.
La Biblia comienza con Dios creando los cielos y la tierra y termina con cielos nuevos y tierra nueva. Comienza con un jardín donde el pecado todavía no había entrado y termina con una ciudad-jardín donde la maldición ha desaparecido. Entre ambos extremos encontramos rebelión, juicio, promesa, redención y restauración.
Aprender a contemplar el panorama completo
Estudiar las Escrituras de esta manera es parecido a subir una montaña después de haber caminado durante horas entre árboles. Desde abajo solamente podíamos observar unos cuantos metros delante de nosotros. Desde arriba comenzamos a distinguir el camino completo: vemos dónde comenzó, por dónde pasó y hacia dónde conduce.
Eso es precisamente lo que necesitamos al leer la Biblia.
Necesitamos estudiar cuidadosamente cada pasaje, pero también levantar la mirada y observar dónde se encuentra dentro del conjunto. Creación, caída, promesa, pactos, Israel, reino, profetas, Cristo, cruz, resurrección, Iglesia y nueva creación forman parte de una historia que avanza hacia el cumplimiento del propósito eterno de Dios.
Y en el centro está Jesucristo.
«Porque todas las promesas de Dios son en él Sí, y en él Amén» (2 Corintios 1:20).
Por eso esta forma de estudiar las Escrituras importa tanto. Nos ayuda a leer la Biblia respetando su historia, comprender cómo Dios reveló progresivamente su propósito, reconocer las conexiones entre sus diferentes libros y contemplar con mayor claridad la gloria de Cristo.
Cuando comenzamos a comprender esto, Génesis deja de ser simplemente el libro de los comienzos, Éxodo deja de ser solamente la historia de Moisés, los sacrificios dejan de parecernos ceremonias extrañas, los profetas dejan de ser voces aisladas y los Evangelios adquieren una profundidad extraordinaria.
Las piezas comienzan a unirse.
Descubrimos que desde el primer anuncio de esperanza después de la caída hasta la última visión de la nueva creación, Dios está contando una historia coherente de juicio, gracia, promesa, redención y gloria. Y cuanto mejor comprendemos esa historia, mejor comprendemos por qué Cristo vino, qué logró en la cruz y hacia dónde conduce finalmente el propósito de Dios.
Ejercicios prácticos
1. Escribe en tu libreta estas seis etapas en orden: creación, caída, promesa, Israel, Cristo y nueva creación. Debajo de cada una escribe una oración explicando qué sucede en esa etapa.
2. Lee Génesis 3:15 y Gálatas 4:4. Escribe qué relación encuentras entre la promesa pronunciada después de la caída y la llegada de Jesucristo.
3. Lee Éxodo 12:1-14 y después Juan 1:29. Anota tres características del cordero de la Pascua y escribe por qué crees que Juan presenta a Jesús como el Cordero de Dios.
4. Lee Génesis 12:1-3 y Gálatas 3:7-9. Escribe cuál fue la promesa dada a Abraham y explica, con tus propias palabras, cómo esa bendición alcanza posteriormente a personas de otras naciones.
5. Dibuja una línea horizontal en tu libreta. En el comienzo escribe «Génesis 1–3» y al final «Apocalipsis 21–22». Entre ambos extremos coloca cinco acontecimientos importantes de la historia bíblica. Después responde debajo de la línea: ¿qué lugar ocupa Jesucristo dentro de toda esta historia?