Segunda lección del estudio: Teología Bíblica.
Hay una pregunta que ha acompañado al ser humano desde el comienzo de la historia. No nació en una universidad, ni en un laboratorio, ni en un salón de filosofía. Surgió cuando el hombre comenzó a contemplar el cielo, observó el orden de las estrellas, vio el nacimiento de un hijo, sintió el peso de la muerte y descubrió la lucha constante dentro de su propio corazón. La pregunta es sencilla, pero inmensamente profunda: ¿Cómo comenzó todo y por qué el mundo es como es?
La Biblia responde esa pregunta de una manera completamente diferente a cualquier otra explicación humana. No comienza intentando demostrar la existencia de Dios, porque da por sentado que Él siempre ha existido. Tampoco comienza hablando del hombre, sino del Creador. Antes de que existieran los mares, las montañas, el tiempo, los ángeles, la materia o el universo entero, Dios ya era Dios. Él no tuvo principio, no fue creado y jamás dependerá de nadie para existir.
Comprender este principio cambia completamente nuestra manera de leer toda la Escritura. Si entendemos correctamente el inicio de la historia, entenderemos por qué existe el pecado, por qué sufrimos, por qué necesitamos un Salvador y por qué toda la Biblia termina señalando a Jesucristo. Esta primera lección servirá como fundamento para todo el estudio, porque aquí comienza la historia de la redención.
Dios existe antes de todas las cosas
La primera frase de la Biblia es una de las declaraciones más profundas jamás escritas:
"En el principio creó Dios los cielos y la tierra." (Génesis 1:1)
La Escritura no intenta explicar quién creó a Dios. Tampoco presenta argumentos para demostrar Su existencia. Simplemente afirma que Él ya estaba allí antes de todo.
Mientras todo lo creado tiene un comienzo, Dios no lo tiene. Él existe eternamente. Moisés escribió siglos después:
"Antes que naciesen los montes y formases la tierra y el mundo, desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios." (Salmo 90:2)
Esto significa que Dios nunca comenzó a existir. Nunca aprendió. Nunca cambió. Nunca evolucionó. Nunca mejoró porque jamás le ha faltado absolutamente nada.
Stephen Charnock (1628–1680), uno de los grandes escritores puritanos, afirmaba que la eternidad de Dios significa que toda criatura depende de Él, mientras que Dios jamás ha dependido de ninguna criatura. Él posee vida en Sí mismo.
Esta verdad llena de humildad al creyente. Nosotros cambiamos cada día. Nuestro cuerpo envejece. Nuestra mente olvida. Nuestro corazón fluctúa. Pero Dios permanece exactamente igual.
"Porque yo Jehová no cambio." (Malaquías 3:6)
La creación revela el poder del Creador
La Biblia enseña que todo cuanto existe fue creado por la palabra poderosa de Dios.
No hubo lucha entre dioses. No hubo materia eterna esperando ser organizada. No hubo accidente cósmico. Todo comenzó porque Dios quiso que existiera.
En repetidas ocasiones Génesis utiliza una expresión que transmite autoridad absoluta:
"Y dijo Dios..."
Cada vez que Dios hablaba, algo nuevo aparecía.
La luz surgió donde antes solo había oscuridad. Los mares encontraron sus límites. La tierra produjo vegetación. Los cuerpos celestes ocuparon su lugar. Los animales comenzaron a llenar el cielo, la tierra y el mar.
Todo obedecía inmediatamente la voz del Creador.
David contempló esa realidad cuando escribió:
"Porque él dijo, y fue hecho; él mandó, y existió." (Salmo 33:9)
Esta sencillez sorprende. Dios no necesitó herramientas. No necesitó ayuda. No encontró resistencia alguna. Su palabra posee autoridad absoluta.
Juan inicia su Evangelio recordando precisamente esta verdad:
"Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho." (Juan 1:3)
Más adelante el apóstol Pablo añade:
"Porque en él fueron creadas todas las cosas... todo fue creado por medio de él y para él." (Colosenses 1:16)
Desde el comienzo descubrimos que el universo existe para reflejar la gloria de Cristo.
La creación era completamente buena
Vivimos rodeados de enfermedades, violencia, guerras, muerte y dolor. Por eso resulta difícil imaginar un mundo donde ninguna de esas cosas existía.
Sin embargo, ese fue precisamente el mundo que Dios creó.
Al finalizar la obra de la creación, Génesis dice:
"Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera." (Génesis 1:31)
No existía muerte.
No existía enfermedad.
No existían lágrimas.
No existía corrupción.
No existía violencia.
No existía culpa.
Toda la creación funcionaba exactamente como Dios la había diseñado.
Esto nos enseña una verdad muy importante. Dios no creó un mundo defectuoso. El problema no comenzó con Él. El problema comenzó cuando el pecado entró en la historia humana.
El ser humano ocupa un lugar único
Después de preparar el mundo, Dios creó al hombre y a la mujer.
Pero aquí ocurre algo diferente.
Mientras el resto de la creación aparece por medio de una orden directa, antes de crear al ser humano Dios expresa un propósito especial.
"Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza." (Génesis 1:26)
Estas palabras muestran la enorme dignidad que Dios otorgó al ser humano.
Ningún animal fue creado a imagen de Dios.
Ningún ángel recibe esta descripción.
Solo el hombre y la mujer fueron creados para reflejar de una manera especial el carácter del Creador.
Ser imagen de Dios no significa que Dios tenga cuerpo humano. Significa que el hombre fue creado para representar Su gobierno sobre la creación, vivir en comunión con Él, reflejar Su justicia, amar lo bueno y administrar responsablemente el mundo.
Juan Calvino escribió que la imagen de Dios brillaba originalmente en la mente, en el corazón y en toda la vida del hombre, mostrando una perfecta armonía con su Creador.
Aquella armonía sería quebrantada poco tiempo después.
El jardín del Edén
Dios colocó al hombre en un lugar extraordinario.
El jardín del Edén no era simplemente un hermoso paisaje. Era el lugar donde el ser humano disfrutaba una comunión perfecta con Dios.
Allí el trabajo no producía agotamiento destructivo.
La tierra respondía perfectamente.
No existía vergüenza.
No existía miedo.
Adán y Eva vivían delante de Dios con total confianza.
Génesis incluso describe la cercanía de esa relación diciendo que Dios caminaba en medio del huerto.
Esto expresa una comunión íntima, cercana y llena de paz.
Muchos siglos después, Sinclair Ferguson ha explicado que el propósito original del hombre nunca fue simplemente existir sobre la tierra, sino vivir en una relación permanente con Dios como el mayor de todos los privilegios.
El mandato dado por Dios
Desde el principio Dios dejó claro que Él era el Señor y el hombre era la criatura.
Por eso entregó un mandato sencillo:
"De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás." (Génesis 2:16-17)
Este mandato no era una carga pesada.
Dios había llenado el jardín de abundancia.
Solo un árbol estaba prohibido.
La obediencia era una expresión de amor y confianza hacia el Creador.
En realidad, la pregunta detrás del mandato era sencilla:
¿Confiará el hombre en la bondad de Dios o decidirá vivir según su propio criterio?
Toda la historia posterior de la humanidad respondería esa pregunta.
La llegada de la tentación
En Génesis 3 aparece un nuevo personaje: la serpiente.
El resto de la Escritura identifica claramente a esta serpiente con Satanás.
Jesús habló de él como homicida desde el principio (Juan 8:44), y el libro de Apocalipsis lo identifica como la serpiente antigua (Apocalipsis 12:9).
Su estrategia no comienza con violencia.
Comienza sembrando dudas acerca de la palabra de Dios.
"¿Conque Dios os ha dicho...?" (Génesis 3:1)
Así comienza prácticamente toda tentación.
Primero se pone en duda la autoridad de Dios.
Después se cuestiona Su bondad.
Finalmente el pecado parece más atractivo que la obediencia.
La serpiente promete independencia, conocimiento y grandeza.
Pero en realidad conduce al hombre hacia la muerte.
Hasta el día de hoy Satanás continúa utilizando exactamente la misma estrategia.
La caída del hombre
Eva escuchó la mentira.
Observó el fruto.
Lo deseó.
Lo tomó.
Después Adán también comió.
Con ese acto de desobediencia ocurrió el acontecimiento más trágico de toda la historia humana.
No fue simplemente comer un fruto.
Fue una rebelión abierta contra el gobierno de Dios.
Fue decidir que el ser humano podía determinar por sí mismo qué es bueno y qué es malo.
Fue reemplazar la confianza por la autosuficiencia.
Fue cambiar la verdad por la mentira.
El apóstol Pablo resume siglos después las consecuencias de ese momento:
"Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte..." (Romanos 5:12)
A partir de ese instante toda la creación quedó marcada por la corrupción.
La comunión perfecta con Dios fue quebrantada.
El miedo apareció donde antes existía confianza.
La vergüenza ocupó el lugar de la inocencia.
La muerte comenzó a extenderse sobre toda la humanidad.
Sin embargo, la historia no termina aquí.
Cuando todo parecía perdido, Dios pronunció una promesa que cambiaría para siempre el rumbo de la historia. Esa promesa comenzará a revelar que el pecado no tendría la última palabra y que, desde el mismo jardín donde ocurrió la caída, Dios anunciaría la llegada de un Redentor.
La primera promesa de redención
Después de la desobediencia de Adán y Eva, podría parecer lógico pensar que la historia terminaría allí mismo. Dios había advertido claramente las consecuencias del pecado. Su justicia era perfecta y el hombre había quebrantado deliberadamente el único mandato que había recibido.
Sin embargo, ocurre algo extraordinario. Antes de que el ser humano pronunciara una palabra de arrepentimiento, antes de que pudiera hacer algo para reparar su condición, Dios tomó la iniciativa. Él salió al encuentro del hombre caído.
Esta es una verdad que recorrerá toda la Biblia: la salvación comienza con Dios, no con el hombre.
Cuando Adán y Eva escucharon la voz del Señor, no corrieron hacia Él. Hicieron exactamente lo contrario. Se escondieron entre los árboles del huerto.
"Y oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto... y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios." (Génesis 3:8)
El pecado había cambiado completamente su corazón. Aquellos que antes disfrutaban la presencia de Dios ahora la temían.
Entonces Dios hizo una pregunta que no buscaba información, sino confrontar la condición espiritual del hombre:
"¿Dónde estás tú?" (Génesis 3:9)
No era Dios quien había perdido al hombre. Era el hombre quien se había alejado de Dios.
Esa pregunta sigue resonando hasta nuestros días. No porque Dios ignore dónde está cada persona, sino porque constantemente llama al pecador a reconocer su verdadera condición delante de Él.
Génesis 3:15 anuncia la victoria de Cristo
En medio del juicio contra la serpiente aparece una declaración sorprendente.
"Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar." (Génesis 3:15)
Durante siglos, este versículo ha sido conocido como el Protoevangelio, es decir, el primer anuncio del evangelio en toda la Escritura.
Aquí todavía no aparece el nombre de Jesús. Tampoco se explica cómo ocurrirá la salvación. Pero Dios deja claro que un descendiente de la mujer derrotará definitivamente a la serpiente.
Mientras la serpiente herirá el calcañar, la descendencia prometida aplastará su cabeza. La diferencia es enorme. Una herida en el talón es dolorosa, pero una herida en la cabeza representa una derrota definitiva.
Muchos siglos después, el Nuevo Testamento muestra el cumplimiento de esta promesa en Jesucristo.
En la cruz, Satanás creyó haber vencido. Sin embargo, precisamente allí Cristo obtuvo la victoria sobre el pecado, la muerte y el diablo.
Pablo escribe:
"Y despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz." (Colosenses 2:15)
La cruz no fue una derrota inesperada. Fue el cumplimiento del plan eterno de Dios anunciado desde el mismo jardín del Edén.
Dios cubrió la vergüenza del hombre
Después de pecar, Adán y Eva intentaron resolver su problema confeccionando delantales con hojas de higuera.
"Entonces fueron abiertos los ojos de ambos... y cosieron hojas de higuera." (Génesis 3:7)
Era el primer intento humano de cubrir el pecado mediante esfuerzos propios.
Pero aquellas hojas no podían eliminar la culpa. Solo escondían temporalmente la vergüenza.
Entonces ocurre otro acto lleno de gracia.
"Y Jehová Dios hizo al hombre y a su mujer túnicas de pieles, y los vistió." (Génesis 3:21)
Para que existieran aquellas túnicas fue necesaria la muerte de un animal inocente. La Biblia no explica todos los detalles, pero el simbolismo resulta profundamente significativo.
Desde el comienzo aparece la idea de que la culpa del pecador solo puede cubrirse mediante el derramamiento de sangre.
Este principio recorrerá toda la Escritura hasta alcanzar su cumplimiento perfecto en Cristo.
"Sin derramamiento de sangre no se hace remisión." (Hebreos 9:22)
Las pieles del Edén no quitaban realmente el pecado. Eran una sombra que apuntaba hacia el sacrificio perfecto del Cordero de Dios.
La expulsión del Edén
Dios expulsó al hombre del jardín.
A primera vista, este acto parece únicamente un juicio. Sin embargo, también contiene misericordia.
Si el hombre hubiera permanecido allí y hubiera comido del árbol de la vida en su condición caída, viviría eternamente bajo la esclavitud del pecado.
Por eso Dios cerró el acceso al árbol de la vida.
"Expulsó, pues, al hombre... y puso querubines... para guardar el camino del árbol de la vida." (Génesis 3:24)
La humanidad salió del jardín llevando consigo las consecuencias del pecado, pero también una promesa: un día el acceso a la vida sería restaurado por medio del Redentor prometido.
No es casualidad que el último libro de la Biblia vuelva a mencionar el árbol de la vida.
"Bienaventurados los que lavan sus ropas, para tener derecho al árbol de la vida." (Apocalipsis 22:14)
La historia que comenzó en un jardín termina en una nueva creación donde Dios vuelve a habitar con Su pueblo.
Toda la Biblia comienza a señalar hacia Cristo
Desde este momento, cada etapa de la Escritura desarrolla la promesa anunciada en Génesis 3:15.
Noé preserva la línea prometida durante el diluvio.
Abraham recibe la promesa de una descendencia mediante la cual serían benditas todas las naciones.
Isaac, Jacob y Judá continúan esa línea.
David recibe la promesa de un Rey eterno.
Los profetas anuncian la llegada del Mesías.
Finalmente, en Belén, nace Jesucristo.
Todo el Antiguo Testamento mira hacia adelante esperando al Salvador.
Todo el Nuevo Testamento mira hacia atrás contemplando la obra ya realizada por Cristo.
Por eso Jesús dijo a los líderes religiosos:
"Escudriñad las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de mí." (Juan 5:39)
La Biblia posee muchos personajes, muchos acontecimientos y muchos autores humanos, pero un solo protagonista principal: Jesucristo.
Geerhardus Vos (1862–1949), considerado uno de los mayores estudiosos de la historia de la redención, explicó que toda la revelación bíblica avanza de manera progresiva hasta alcanzar su plenitud en la persona y la obra de Cristo.
Lo que aprendemos acerca del corazón humano
La caída no solo explica el origen del pecado. También explica quiénes somos.
Muchas personas creen que el ser humano es básicamente bueno y que solo necesita mejores oportunidades.
La Biblia presenta un diagnóstico mucho más profundo.
Nuestro problema principal no es económico, político, educativo o cultural. Todas esas áreas son importantes, pero la raíz del problema está en el corazón.
Jesús dijo:
"Porque del corazón salen los malos pensamientos..." (Mateo 15:19)
El pecado afecta nuestros deseos, pensamientos, decisiones y relaciones.
Por eso ninguna reforma humana puede resolver completamente el problema del hombre.
Necesitamos un nuevo corazón.
Necesitamos una nueva vida.
Necesitamos un nuevo nacimiento.
Solo Dios puede producir esa transformación mediante Su gracia.
La esperanza nunca estuvo en el hombre
Si la historia dependiera de Adán, terminaría en fracaso.
Si dependiera de Abraham, también terminaría en fracaso.
Si dependiera de Moisés, de David, de Pedro o de Pablo, igualmente terminaría en fracaso.
La esperanza de la humanidad nunca estuvo depositada en hombres pecadores.
Siempre estuvo en el Hijo eterno de Dios.
Pablo establece un hermoso contraste entre Adán y Cristo:
"Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados." (1 Corintios 15:22)
Adán introdujo el pecado.
Cristo introdujo la vida.
Adán trajo condenación.
Cristo trae justificación.
Adán desobedeció en un jardín.
Cristo obedeció perfectamente hasta la muerte en la cruz.
Donde el primer hombre cayó, el segundo Adán obtuvo la victoria definitiva.
Conclusión
La Biblia comienza hablándonos de un Dios santo que crea un mundo bueno, de un hombre formado a Su imagen para vivir en comunión con Él y de una creación llena de armonía.
Pero también nos muestra la tragedia de la rebelión humana. El pecado rompió aquella comunión, trajo muerte, sufrimiento y separación. Desde entonces, toda la humanidad experimenta las consecuencias de aquella caída.
Sin embargo, el mensaje de Génesis no termina con desesperanza. En el mismo lugar donde apareció el pecado, Dios anunció la victoria del Redentor. Antes de que existiera Israel, antes de los profetas y antes de Belén, Dios ya había prometido un Salvador.
Esa promesa encontró su cumplimiento perfecto en Jesucristo. Él es la descendencia prometida que venció a Satanás, cargó con el pecado de Su pueblo y abrió nuevamente el camino hacia la vida eterna.
Por eso, desde la primera página hasta la última, la Escritura cuenta una sola gran historia: la historia del Dios que, por pura gracia, decidió rescatar a pecadores para hacerlos vivir eternamente en Su presencia. Comprender este fundamento permitirá entender con mayor claridad todo lo que aprenderemos en las siguientes lecciones.
Ejercicios. Toma tu libreta de apuntes y realiza lo siguiente:
1. Lee cuidadosamente Génesis 1, 2 y 3. Escribe cinco características del mundo antes de la entrada del pecado.
2. Haz una lista de las consecuencias que produjo la caída de Adán y Eva. Anota junto a cada una el versículo donde la encontraste.
3. Escribe con tus propias palabras qué significa Génesis 3:15 y explica por qué este versículo apunta a Jesucristo.
4. Lee Romanos 5:12-21 y escribe tres diferencias entre Adán y Cristo que encuentres en el pasaje.
5. Escribe una oración de agradecimiento a Dios por Su plan de salvación anunciado desde el principio de la Biblia y menciona tres enseñanzas que esta lección dejó para tu vida.