Cuarta lección del estudio: Teología Bíblica.
Un jardín perdido, un pueblo esclavizado, un trono vacío, una cruz levantada fuera de Jerusalén y una ciudad donde ya no existe la muerte parecen escenas muy distintas. Sin embargo, una misma realidad atraviesa cada una de ellas: Dios está estableciendo su reino y llevando la historia hacia el día en que su gobierno será reconocido plenamente sobre toda la creación.
El reino de Dios no aparece de repente cuando Jesús comienza a predicar. Sus raíces se encuentran en las primeras páginas de la Biblia y su cumplimiento final aparece en las últimas. Desde Génesis hasta Apocalipsis vemos al mismo Rey, el desarrollo de su propósito y la promesa de una creación finalmente restaurada.
El reino comienza con el Rey
Antes de preguntarnos dónde está el reino de Dios, debemos preguntarnos quién es su Rey. La Biblia comienza presentando a Dios como el Creador soberano de todas las cosas.
“En el principio creó Dios los cielos y la tierra” (Génesis 1:1).
Dios no recibe autoridad de nadie. Él existe antes que la creación y todo cuanto existe depende de Él. El Salmo 103:19 declara:
“Jehová estableció en los cielos su trono, y su reino domina sobre todos”.
Por eso, cuando hablamos del reino de Dios no debemos pensar solamente en un territorio. Hablamos principalmente del gobierno de Dios, de su autoridad y de su derecho absoluto sobre lo que ha creado.
En Génesis 1 y 2 encontramos una primera imagen de cómo debía verse la vida bajo ese gobierno. Dios crea un mundo bueno, ordenado y lleno de vida. Coloca al ser humano en el jardín y le entrega una responsabilidad especial.
“Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla” (Génesis 1:28).
Adán y Eva no eran propietarios independientes del mundo. Eran criaturas hechas a imagen del verdadero Rey. Debían vivir bajo su Palabra y extender por la tierra un gobierno que reflejara la bondad, el orden y la justicia de su Creador.
La rebelión contra el Rey
Génesis 3 introduce la gran ruptura. La serpiente presenta una posibilidad seductora: vivir sin confiar en la Palabra de Dios. Adán y Eva comen del fruto prohibido y detrás de aquel acto aparentemente pequeño existe una rebelión enorme. La criatura intenta decidir por sí misma qué es bueno y qué es malo.
El pecado, por tanto, no es solamente hacer cosas incorrectas. En su raíz existe un rechazo del gobierno de Dios.
Las consecuencias aparecen inmediatamente. Entran la vergüenza, el miedo, el dolor, el conflicto y finalmente la muerte. El ser humano es expulsado del jardín. Parece que el propósito inicial ha quedado destruido.
Sin embargo, en medio del juicio aparece una promesa.
“Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; esta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar” (Génesis 3:15).
La historia no terminará con la victoria de la serpiente. Vendrá alguien que derrotará al enemigo, aunque esa victoria implicará sufrimiento.
Abraham y la promesa de una bendición mundial
Después de mostrar cómo el pecado continúa extendiéndose, Génesis dirige nuestra atención hacia un hombre llamado Abram. Aproximadamente al comienzo del segundo milenio antes de Cristo, Dios lo llama y hace una promesa extraordinaria.
“Haré de ti una nación grande, y te bendeciré... y serán benditas en ti todas las familias de la tierra” (Génesis 12:2-3).
Aquí encontramos elementos que serán fundamentales para el desarrollo posterior: un pueblo, una tierra, la presencia y bendición de Dios, y un propósito que alcanzará finalmente a las naciones.
La promesa no queda limitada a Abraham. Pasa a Isaac, después a Jacob y finalmente a sus descendientes. Dios está formando un pueblo mediante el cual avanzará su propósito de restauración.
Israel aprende a vivir bajo el gobierno de Dios
Siglos después, los descendientes de Abraham se encuentran esclavizados en Egipto. Dios escucha su clamor y levanta a Moisés. Mediante las plagas, la Pascua y el cruce del mar Rojo, Dios demuestra que ningún gobernante humano puede frustrar su propósito.
Éxodo 19:6 contiene una declaración fundamental:
“Y vosotros me seréis un reino de sacerdotes, y gente santa”.
Dios rescata primero a Israel y después le entrega su ley. El orden es importante. La obediencia no era el precio para que Dios los rescatara de Egipto; era la respuesta de un pueblo que ya había sido liberado.
Israel debía mostrar cómo era vivir bajo el gobierno del verdadero Dios. Sin embargo, la historia demuestra repetidamente que el problema de la humanidad no podía solucionarse simplemente mediante leyes externas. El corazón humano continuaba inclinado hacia la rebelión.
David y la promesa del Rey
Con el establecimiento de la monarquía, el tema del reino adquiere una nueva claridad. Después del fracaso de Saúl, Dios establece a David como rey de Israel. Alrededor del año 1000 a. C., Jerusalén se convierte en el centro político del reino.
Pero lo verdaderamente decisivo ocurre cuando Dios hace una promesa a David:
“Y será afirmada tu casa y tu reino para siempre delante de tu rostro, y tu trono será estable eternamente” (2 Samuel 7:16).
Esta promesa supera ampliamente la vida de David. Ningún rey humano común podía ocupar un trono eternamente.
Desde ese momento comienza a crecer la expectativa de un descendiente de David cuyo gobierno sería diferente a todos los demás. Los salmos y los profetas desarrollarán esa esperanza.
El reino humano fracasa pero la promesa permanece
Después de David llega Salomón. Durante su reinado Israel experimenta prosperidad, paz y esplendor. El templo es construido en Jerusalén. Durante un momento parece que las promesas están alcanzando su plenitud.
Pero Salomón también cae. Después de su muerte, alrededor del 930 a. C., el reino se divide. Israel queda al norte y Judá al sur. La idolatría, la injusticia y la desobediencia aumentan.
En el 722 a. C., el reino del norte cae ante Asiria. En el 586 a. C., Jerusalén es destruida por Babilonia y el templo queda reducido a ruinas. El pueblo es llevado al exilio.
Humanamente, aquello parecía el final.
Pero los profetas anuncian algo sorprendente: Dios todavía establecerá su reino.
Isaías anuncia:
“Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado... lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite, sobre el trono de David” (Isaías 9:6-7).
Daniel contempla un reino que destruirá finalmente todos los poderes que se levantan contra Dios:
“El Dios del cielo levantará un reino que no será jamás destruido” (Daniel 2:44).
La esperanza ahora apunta hacia un Rey futuro.
Jesús anuncia que el reino ha llegado
Cuando Jesús comienza su ministerio público alrededor del año 27-30 d. C., sus primeras palabras registradas por Marcos contienen un anuncio extraordinario:
“El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio” (Marcos 1:15).
Jesús no estaba anunciando simplemente una nueva enseñanza moral. Estaba declarando que aquello que Dios había prometido durante siglos estaba entrando en una etapa decisiva.
Por eso sus milagros tienen un significado profundo. Cuando Jesús devuelve la vista a los ciegos, limpia leprosos, libera personas oprimidas, calma una tormenta y resucita muertos, está mostrando señales visibles de lo que ocurre cuando el gobierno salvador de Dios invade un mundo quebrantado.
Pero Jesús también muestra que el problema más profundo es el pecado. Por eso perdona pecados y llama al arrepentimiento.
George Eldon Ladd explicó con especial claridad esta realidad: en Jesús, el reino prometido ha entrado verdaderamente en la historia, aunque todavía esperamos su manifestación completa.
El Rey vence mediante una cruz
Aquí aparece una de las paradojas más profundas de toda la Biblia. El Rey prometido no conquista primero mediante ejércitos, sino entregando su propia vida.
Jesús entra en Jerusalén como el Rey anunciado por los profetas, pero pocos días después es crucificado. Sobre su cabeza colocan irónicamente la acusación:
“ESTE ES JESÚS, EL REY DE LOS JUDÍOS” (Mateo 27:37).
Lo que parecía la derrota del Rey era precisamente el camino de su victoria. En la cruz, Cristo carga con el pecado de su pueblo, satisface la justicia divina y derrota el poder que mantenía al ser humano bajo condenación.
Herman Bavinck señaló que la obra de Cristo no puede reducirse solamente a rescatar individuos aislados; el propósito de Dios alcanza finalmente la restauración de su creación. La salvación personal es esencial, pero pertenece a una historia mucho mayor.
La resurrección confirma la victoria. El Rey crucificado vive.
La Iglesia vive bajo el Rey y anuncia su reino
Después de resucitar, Jesús declara:
“Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra” (Mateo 28:18).
Desde esa autoridad envía a sus discípulos a todas las naciones. La Iglesia no crea el reino ni reemplaza al Rey. Su tarea es anunciar el evangelio, hacer discípulos y vivir bajo el señorío de Cristo mientras espera su regreso.
Hermanos creyentes de distintas épocas comprendieron esta realidad. Juan Calvino insistió en que Cristo gobierna y preserva a su pueblo aun cuando los poderes del mundo parecen dominar. Siglos después, el puritano Thomas Watson enseñó que buscar el reino de Dios implica desear que el gobierno de Cristo avance en nosotros y que su autoridad sea reconocida.
Esto cambia profundamente la vida cristiana. Seguir a Jesús no consiste únicamente en esperar ir al cielo después de morir. Significa reconocer ahora a Cristo como Señor sobre nuestra mente, decisiones, relaciones, trabajo, familia, dinero, deseos y futuro.
El reino ya está presente pero todavía esperamos su plenitud
Aquí debemos mantener juntas dos verdades bíblicas.
El reino ya ha llegado porque el Rey ya vino, murió, resucitó y reina. Pablo puede afirmar:
“El cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo” (Colosenses 1:13).
Pero todavía vemos muerte, pecado, injusticia y sufrimiento. Por eso seguimos orando:
“Venga tu reino” (Mateo 6:10).
No existe contradicción. Vivimos entre la inauguración del reino y su manifestación final. Cristo reina ahora, pero todavía esperamos el día en que todos sus enemigos sean puestos definitivamente bajo sus pies.
La historia termina donde siempre estuvo destinada a terminar
Apocalipsis nos lleva hacia el final de la historia bíblica. Allí encontramos una nueva creación, la presencia de Dios con su pueblo y la desaparición definitiva de la maldición.
“El reino del mundo ha venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará por los siglos de los siglos” (Apocalipsis 11:15).
Y más adelante:
“Y no habrá más maldición; y el trono de Dios y del Cordero estará en ella” (Apocalipsis 22:3).
Observa la belleza de toda la historia. Génesis comienza con Dios, su creación, un jardín y seres humanos viviendo ante su presencia. El pecado introduce la maldición y el ser humano es expulsado. Después vienen Abraham, Israel, David, los profetas y las promesas. Finalmente llega Cristo, el verdadero Rey. Él muere, resucita, reúne a su pueblo y promete regresar.
Apocalipsis termina con aquello que Génesis anticipaba, pero llevado a una gloria mucho mayor: Dios habitando con una humanidad redimida dentro de una creación restaurada.
Graeme Goldsworthy resumió el corazón de esta historia alrededor de una idea sencilla: el pueblo de Dios viviendo en el lugar de Dios bajo el gobierno de Dios. Esa línea nos ayuda a observar cómo las distintas partes de la Biblia pertenecen a una sola historia.
El reino de Dios, entonces, no es un tema secundario. Nos ayuda a comprender por qué existe la creación, qué destruyó el pecado, qué prometió Dios, por qué vino Cristo, qué está haciendo actualmente y hacia dónde se dirige la historia.
La gran pregunta final no es simplemente cuánto sabemos acerca del reino, sino si vivimos reconociendo al Rey.
Porque la Biblia comienza anunciando que Dios creó todas las cosas y termina mostrando que su propósito no fracasó. El jardín perdido da paso a una nueva creación. La rebelión es vencida. La maldición desaparece. El Cordero ocupa el trono. Y aquello que durante siglos fue anunciado mediante promesas finalmente puede escucharse como una realidad eterna:
“Y reinarán por los siglos de los siglos” (Apocalipsis 22:5).
Ejercicios prácticos
1. Escribe con tus propias palabras qué significa la expresión “reino de Dios”. Intenta explicarla en tres o cuatro líneas sin consultar nuevamente la lección.
2. Lee Génesis 1:26-28 y Génesis 3:1-19. Escribe dos diferencias entre la vida bajo el gobierno de Dios antes de la caída y las consecuencias que aparecieron después del pecado.
3. Copia en tu libreta Génesis 12:1-3 y 2 Samuel 7:12-16. Después escribe debajo de cada pasaje qué promesa importante encuentras allí.
4. Lee Marcos 1:14-15. Responde brevemente: ¿qué anunció Jesús, qué ordenó hacer a las personas y qué relación existe entre el reino y el evangelio?
5. Escribe cinco señales del reino de Dios que puedan observarse durante el ministerio de Jesús. Puedes buscar ejemplos en los Evangelios.
6. Divide una página de tu libreta en dos partes. En una escribe “El reino ya está presente” y coloca debajo tres evidencias bíblicas. En la otra escribe “El reino todavía espera su plenitud” y coloca tres evidencias bíblicas.
7. Escribe esta secuencia en tu libreta: Creación → Caída → Abraham → Israel → David → Profetas → Cristo → Iglesia → Nueva creación. Debajo de cada etapa escribe una frase sencilla explicando cómo avanza en ella el propósito del reino de Dios.