Teología Bíblica - Lección 4

Cuarta lección del estudio: Teología Bíblica.

El reino de Dios a través de la historia bíblica

Hubo imperios que parecían invencibles. Egipto levantó enormes monumentos que todavía desafían el paso del tiempo. Asiria sembró temor entre las naciones. Babilonia llenó el mundo antiguo con su poder y esplendor. Persia gobernó desde la India hasta el Mediterráneo. Grecia conquistó con su cultura. Roma extendió su autoridad sobre casi todo el mundo conocido. Todos esos reinos compartieron una misma característica: surgieron, alcanzaron su máximo esplendor y finalmente desaparecieron.

Sin embargo, mientras los hombres levantaban tronos que tarde o temprano terminarían en ruinas, Dios estaba edificando un reino completamente diferente. No nació por medio de guerras humanas ni dependió del poder militar. No se sostuvo por riquezas ni por alianzas políticas. Su historia comenzó mucho antes de que existieran los grandes imperios de la humanidad y continuará cuando todos los reinos de este mundo hayan desaparecido.

Cuando la Biblia habla del reino de Dios, no está presentando un tema secundario. Desde Génesis hasta Apocalipsis, las Escrituras cuentan una sola gran historia: Dios reina, el hombre se rebela, Dios promete restaurar todas las cosas por medio de Cristo y finalmente establece un reino eterno donde habita la justicia.

Comprender el reino de Dios permite unir toda la Biblia como una sola historia. Lo que ocurre en el jardín del Edén, en el monte Sinaí, en Jerusalén, en la cruz y en la nueva creación forma parte del mismo plan eterno de Dios. Nada aparece por accidente. Cada acontecimiento apunta hacia el Rey prometido y hacia el establecimiento definitivo de su reino.

A lo largo de esta lección recorreremos esa historia para descubrir cómo Dios ha ido revelando su reino paso a paso, mostrando que Él siempre ha gobernado sobre toda la creación y que toda la historia encuentra su sentido en Jesucristo.


¿Qué significa el reino de Dios?

Cuando escuchamos la palabra "reino", normalmente pensamos en un territorio, un palacio o un rey sentado sobre un trono. La Biblia utiliza esa imagen, pero la lleva mucho más lejos.

El reino de Dios es el gobierno soberano de Dios sobre toda su creación. Él gobierna porque es el Creador de todas las cosas. Su autoridad no depende de la aprobación de los hombres. Nadie lo eligió como Rey, porque Él siempre ha sido Rey.

"Jehová estableció en los cielos su trono, y su reino domina sobre todos." (Salmo 103:19)

Este versículo resume una verdad fundamental. Dios nunca comenzó a reinar. Nunca obtuvo el poder porque antes careciera de él. Él reina desde la eternidad.

Muchos creyentes piensan que el reino comenzó cuando Jesús vino al mundo. En realidad, Jesús vino para manifestar, anunciar e inaugurar una nueva etapa del reino prometido desde el principio de la historia.

Por eso debemos distinguir dos realidades que la Biblia presenta constantemente.

Primero, Dios siempre ha gobernado sobre todo el universo. Nada escapa de su autoridad. Cada estrella, cada nación, cada ser humano y cada segundo de la historia existen bajo su dominio.

Segundo, Dios prometió establecer un reino de salvación donde el pecado sería derrotado, el Rey prometido gobernaría para siempre y su pueblo viviría reconciliado con Él. Esa promesa atraviesa toda la Biblia.


El reino comienza desde la creación

La historia bíblica no comienza con un pueblo ni con una nación. Comienza con Dios.

"En el principio creó Dios los cielos y la tierra." (Génesis 1:1)

Las primeras palabras de la Biblia ya presentan a Dios como el Rey absoluto. Antes de que existiera el universo, solamente existía Él. No luchó contra otros dioses para obtener el poder. No heredó un reino. Simplemente habló, y todo comenzó a existir.

Cada día de la creación revela su autoridad. Dios habla y aparece la luz. Dios habla y surgen los mares. Dios habla y nacen las montañas, los árboles, los animales y finalmente el ser humano.

Toda la creación refleja el gobierno perfecto de su Creador.

El jardín del Edén representa mucho más que un lugar hermoso. Allí vemos el primer escenario donde el hombre vive bajo el gobierno directo de Dios.

Adán no fue creado para vivir de manera independiente. Fue creado para representar a Dios dentro de la creación, administrar el mundo y reflejar el carácter de su Rey.

"Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla..." (Génesis 1:28)

Este mandato suele llamarse el mandato cultural. Dios entrega al hombre la responsabilidad de gobernar la creación como un administrador fiel, nunca como un dueño absoluto.

Aquí aparece un principio muy importante. El hombre fue creado para ejercer autoridad únicamente mientras permaneciera sometido a la autoridad de Dios.

El verdadero reino siempre funciona así: Dios gobierna y el hombre responde con obediencia.


La caída y la aparente pérdida del reino

Todo cambia en Génesis 3.

La serpiente introduce una mentira que continúa presente hasta nuestros días. Convence al hombre de que puede vivir sin depender de Dios.

"Seréis como Dios..." (Génesis 3:5)

Ese fue el verdadero problema del pecado. No fue simplemente comer un fruto prohibido. Fue un intento de destronar a Dios para colocarse uno mismo en el centro.

Desde ese momento el pecado afecta todas las áreas de la existencia humana. La relación con Dios se rompe. La creación es maldecida. El trabajo se vuelve difícil. La muerte entra en el mundo.

Lo que antes era un reino lleno de armonía ahora aparece marcado por el dolor, la violencia y la corrupción.

Sin embargo, Dios no abandona su propósito.

Incluso en medio del juicio aparece la primera promesa de esperanza.

"Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza..." (Génesis 3:15)

Muchos creyentes han llamado a este pasaje el primer anuncio del evangelio. Allí Dios promete que un descendiente de la mujer vencerá definitivamente a la serpiente.

Aquí comienza el desarrollo histórico del reino prometido. Desde este momento toda la Biblia espera la llegada de ese Rey vencedor.

Juan Calvino observó que toda la esperanza del Antiguo Testamento descansa finalmente en esta promesa hecha inmediatamente después de la caída. Dios no dejó al hombre sin esperanza. Desde el mismo día del pecado anunció al Salvador.


Las promesas hechas a Abraham

La humanidad continúa alejándose de Dios. Génesis muestra cómo el pecado llena rápidamente toda la tierra.

El diluvio, ocurrido aproximadamente entre los siglos XXV y XXIV a.C. según varias cronologías conservadoras, demuestra la gravedad de esa corrupción universal.

Después aparece la torre de Babel, donde nuevamente el hombre intenta construir un reino independiente de Dios.

Entonces Dios llama a un hombre llamado Abram.

"Vete de tu tierra... y haré de ti una nación grande." (Génesis 12:1-2)

Este llamado cambia toda la historia bíblica.

Dios promete tres cosas fundamentales.

Una tierra.

Una descendencia.

Una bendición para todas las naciones.

Estas promesas forman la base del desarrollo posterior del reino de Dios.

Abraham no recibe solamente una promesa personal. Dios comienza a formar un pueblo mediante el cual traerá al Rey prometido.

"Y serán benditas en ti todas las familias de la tierra." (Génesis 12:3)

Siglos después el apóstol Pablo explicará que esta promesa encuentra su cumplimiento definitivo en Cristo.

El reino de Dios nunca tuvo como objetivo salvar únicamente a una nación. Desde Abraham, Dios anuncia que alcanzará personas de todos los pueblos del mundo.


Israel como pueblo del reino

Los descendientes de Abraham terminan viviendo en Egipto durante varios siglos. Allí son esclavizados hasta que Dios levanta a Moisés para liberarlos.

El éxodo, alrededor del siglo XV a.C. según una cronología temprana ampliamente defendida por numerosos estudiosos cristianos, constituye uno de los acontecimientos centrales del Antiguo Testamento.

Dios derrota al faraón mediante señales extraordinarias y demuestra que ningún rey terrenal puede oponerse a su autoridad.

La salida de Egipto no representa únicamente una liberación política. Es una imagen poderosa de la redención.

"Vosotros visteis lo que hice a los egipcios... Ahora, pues, si diereis oído a mi voz... vosotros me seréis un reino de sacerdotes, y gente santa." (Éxodo 19:4-6)

Observe la expresión utilizada por Dios.

Israel debía ser un reino de sacerdotes.

Su misión consistía en reflejar el carácter santo de Dios delante de las demás naciones.

La ley dada en el monte Sinaí no fue entregada para ganar la salvación. Dios ya había rescatado a Israel antes de entregar los mandamientos.

La ley enseñaba cómo debía vivir un pueblo que pertenecía a su Rey.

El puritano Thomas Watson escribió que los mandamientos no son cadenas para esclavizar al creyente, sino caminos por los cuales aprende a vivir para la gloria de Dios.

Sin embargo, la historia demuestra una realidad dolorosa.

Así como Adán falló en el Edén, Israel también fracasa repetidamente.

El pueblo cae en idolatría, desobediencia e incredulidad. Una y otra vez demuestra que el verdadero problema no era simplemente la falta de leyes, sino la condición del corazón humano.

Todo esto prepara el escenario para una pregunta que recorrerá el resto del Antiguo Testamento.

¿Quién será el Rey perfecto capaz de gobernar al pueblo de Dios con justicia, obediencia perfecta y amor eterno?

La respuesta comenzará a revelarse con mayor claridad cuando aparezca la figura del rey David, cuya historia marca un momento decisivo en el desarrollo del reino de Dios a través de toda la historia bíblica.

El reino prometido a David

Después del tiempo de los jueces, Israel pidió un rey como las demás naciones (1 Samuel 8). Detrás de esa petición había un problema más profundo que un simple cambio de gobierno. El pueblo estaba dejando de confiar plenamente en Dios como su verdadero Rey y deseaba la seguridad visible que ofrecían los reinos de este mundo.

Primero reinó Saúl, pero su historia mostró que un rey con apariencia fuerte no necesariamente posee un corazón obediente. Su desobediencia terminó conduciendo al fracaso de su reinado.

Entonces Dios levantó a David. No era el mayor de sus hermanos ni el candidato que cualquier persona habría elegido. Sin embargo, Dios veía lo que el hombre no podía ver.

"Porque Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón." (1 Samuel 16:7)

Durante el reinado de David, aproximadamente entre los años 1010 y 970 a.C., Israel alcanzó un tiempo de estabilidad y expansión. Pero el acontecimiento más importante no fue militar ni político. Fue el pacto que Dios estableció con David.

"Y será afirmada tu casa y tu reino para siempre delante de tu rostro, y tu trono será estable eternamente." (2 Samuel 7:16)

Esta promesa cambió la expectativa de todo el Antiguo Testamento. Desde ese momento, el Rey prometido ya no sería simplemente un descendiente de Abraham ni únicamente la simiente de la mujer anunciada en Génesis. Ahora debía ser un descendiente de David que reinaría para siempre.

David comprendió que aquella promesa iba mucho más allá de su propia vida. Ningún rey humano podía ocupar un trono eterno. La promesa señalaba hacia alguien mayor.

Siglos después, el Señor Jesucristo sería presentado precisamente como el Hijo de David, el heredero legítimo del reino eterno.

Charles Spurgeon escribió que todas las promesas hechas a David encuentran su plenitud en Cristo, el único Rey cuyo gobierno jamás tendrá fin.


Los profetas anuncian un reino futuro

Después de David y Salomón, la historia de Israel comenzó a deteriorarse. El reino se dividió. La idolatría aumentó. Los reyes se alejaron de Dios y el pueblo siguió el mismo camino.

Como consecuencia de esa rebelión, el reino del norte fue llevado cautivo por Asiria en el año 722 a.C. Más de un siglo después, Jerusalén cayó ante Babilonia en el año 586 a.C., y el templo fue destruido.

A primera vista parecía que las promesas de Dios habían fracasado. No había rey. No había independencia. El pueblo estaba disperso.

Pero precisamente en ese escenario oscuro, Dios habló por medio de sus profetas.

Isaías anunció el nacimiento de un Rey diferente.

"Porque un niño nos es nacido... y el principado sobre su hombro... Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite." (Isaías 9:6-7)

Jeremías prometió un Rey justo descendiente de David.

"Levantaré a David renuevo justo, y reinará como Rey." (Jeremías 23:5)

Ezequiel habló de un solo Pastor que cuidaría para siempre al pueblo de Dios.

"Yo levantaré sobre ellas a un pastor... mi siervo David." (Ezequiel 34:23)

Daniel recibió una de las visiones más extraordinarias acerca del reino.

"Su dominio es dominio eterno, que nunca pasará, y su reino uno que no será destruido." (Daniel 7:14)

Observe cómo todas estas promesas avanzan en una misma dirección. Dios no abandonó su plan. Mientras los reinos humanos caían uno tras otro, Él seguía preparando la llegada de su Rey eterno.

Geerhardus Vos destacó que la revelación bíblica avanza como un río que se hace cada vez más ancho. Las promesas no cambian de dirección; simplemente se vuelven más claras hasta llegar a Cristo.


Jesús anuncia que el reino ha llegado

Después de aproximadamente cuatrocientos años sin profetas, apareció Juan el Bautista anunciando que el Rey estaba cerca.

Poco después comenzó el ministerio público de Jesús.

"El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos y creed en el evangelio." (Marcos 1:15)

Estas palabras resumen el centro de su predicación.

Jesús no vino únicamente a enseñar principios morales. Tampoco vino solamente a hacer milagros. Él vino anunciando que el reino esperado durante siglos finalmente había llegado.

Sin embargo, muchas personas esperaban un libertador político que expulsara a Roma. Jesús presentó un reino completamente distinto.

"Mi reino no es de este mundo." (Juan 18:36)

Eso no significa que su reino no tenga relación con este mundo. Significa que su origen, su autoridad y su poder no proceden de los sistemas humanos.

Jesús demostró la llegada del reino de muchas maneras.

Cuando sanaba enfermos, mostraba que el Rey tenía autoridad sobre el sufrimiento.

Cuando expulsaba demonios, mostraba que el reino de las tinieblas estaba siendo derrotado.

Cuando perdonaba pecados, revelaba una autoridad que solamente Dios posee.

Cada milagro era una señal visible de que el reino prometido estaba irrumpiendo en la historia.


La cruz como la victoria del Rey

Desde una perspectiva humana, la muerte de Jesús parecía el fracaso definitivo.

El Rey prometido terminó crucificado. Sus discípulos huyeron. Sus enemigos celebraban.

Pero precisamente allí ocurrió la mayor victoria de toda la historia.

En la cruz, Cristo cargó el pecado de su pueblo, derrotó a Satanás y abrió el camino para la reconciliación con Dios.

"Despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz." (Colosenses 2:15)

Tres días después, la resurrección confirmó públicamente que Jesús era el Rey victorioso.

La muerte ya no podía retenerlo.

El pecado había sido vencido.

El verdadero Rey estaba vivo para siempre.

John Owen escribió que la resurrección es la proclamación pública de que Cristo terminó perfectamente la obra que el Padre le había encomendado.


El reino durante el tiempo de la Iglesia

Después de ascender al cielo, Cristo no dejó de reinar.

"Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra." (Mateo 28:18)

Hoy Cristo gobierna desde el cielo. Su reino continúa extendiéndose por medio de la proclamación del evangelio.

Cada vez que una persona se arrepiente y cree en Cristo, está siendo trasladada del reino de las tinieblas al reino del Hijo de Dios.

"El cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo." (Colosenses 1:13)

La Iglesia no establece el reino mediante fuerza política ni por poder militar. Su misión consiste en anunciar el evangelio, hacer discípulos y vivir bajo el señorío de Cristo.

Esto significa que el reino ya está presente, pero todavía espera su manifestación completa.

Los creyentes siguen viviendo en un mundo marcado por el pecado, la enfermedad y la muerte. Sin embargo, también viven con la certeza de que Cristo reina incluso ahora.

Herman Bavinck afirmaba que toda la historia del mundo avanza hacia el día en que Cristo será reconocido públicamente como Señor sobre todas las cosas.


La consumación del reino

La historia bíblica no termina con la Iglesia. Termina con el regreso glorioso de Jesucristo.

El mismo Rey que vino en humildad volverá con gloria.

"Los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará por los siglos de los siglos." (Apocalipsis 11:15)

Ese día desaparecerá definitivamente el pecado.

La muerte será destruida.

Satanás recibirá su juicio eterno.

La creación será renovada.

Los creyentes vivirán para siempre en la presencia de Dios.

La Biblia termina casi donde comenzó. En Génesis encontramos un jardín. En Apocalipsis encontramos una creación completamente restaurada. Lo que el pecado arruinó será perfectamente renovado por Cristo.

"He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres... y enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor." (Apocalipsis 21:3-4)

Entonces el propósito eterno de Dios habrá llegado a su plenitud. Su pueblo vivirá con Él para siempre bajo el gobierno perfecto del Rey de reyes.


Conclusión

Toda la Biblia cuenta una sola historia. No es una colección de relatos aislados ni un conjunto de enseñanzas desconectadas. Desde Génesis hasta Apocalipsis vemos el desarrollo del mismo plan eterno de Dios.

En la creación contemplamos al Rey soberano. En la caída vemos la rebelión del hombre. En Abraham aparecen las primeras promesas de restauración. En Israel observamos la necesidad de un Rey perfecto. En David recibimos la promesa de un reino eterno. Los profetas mantienen viva esa esperanza. En Jesucristo el Rey prometido finalmente llega. En la cruz obtiene la victoria definitiva. En la Iglesia su reino continúa extendiéndose mediante el evangelio. Y en la nueva creación contemplaremos el cumplimiento perfecto de todas las promesas.

Por eso estudiar el reino de Dios no consiste solamente en aprender una doctrina importante. Significa aprender a leer toda la Biblia teniendo a Cristo como el centro de la historia.

Cuando abrimos cualquier libro de las Escrituras, tarde o temprano encontramos el mismo hilo conductor: Dios está llevando toda la historia hacia el día en que toda rodilla se doblará delante de Jesucristo y toda lengua confesará que Él es el Señor, para la gloria de Dios Padre (Filipenses 2:9-11).

Ese reino ya ha comenzado en Cristo, sigue extendiéndose mediante el evangelio y un día será manifestado en toda su gloria. Esa es la esperanza que sostiene al creyente mientras espera el regreso del Rey eterno.


Ejercicios:

1. Dibuja una línea del tiempo en tu libreta y escribe estos acontecimientos en el orden correcto: Creación, Caída, Abraham, Éxodo, David, Profetas, Jesucristo, Iglesia y Nueva Creación. Al lado de cada uno escribe una oración explicando cómo contribuye al desarrollo del reino de Dios.

2. Lee Génesis 3:15, 2 Samuel 7:16 y Marcos 1:15. Después responde con tus propias palabras: ¿qué promesa aparece en cada pasaje y cómo se relaciona con Jesucristo?

3. Escribe cinco características del reino de Dios que hayas aprendido durante esta lección y acompaña cada una con un versículo bíblico mencionado en el estudio.

4. Lee Colosenses 1:13-14 y escribe un breve párrafo explicando qué significa haber sido trasladado al reino del Hijo de Dios y cómo debería reflejarse eso en la vida diaria.

5. Termina escribiendo una oración personal dando gracias a Dios porque Cristo es el Rey eterno. Menciona al menos tres razones por las que esa verdad fortalece tu esperanza y tu manera de vivir cada día.