Teología Bíblica - Lección 5

Quinta lección del estudio: Teología Bíblica.

La noche había caído sobre Egipto. Dentro de las casas de Israel, las familias permanecían reunidas alrededor de una mesa, mientras afuera se acercaba una noche de juicio. En las puertas había una señal extraña: sangre. No era la fuerza de Israel, ni su inteligencia, ni su superioridad moral lo que marcaría la diferencia entre la vida y la muerte. Dios había determinado que un cordero muriera y que su sangre fuera puesta sobre los dinteles de las casas. Aquella noche cambiaría la historia de Israel y dejaría una de las imágenes más profundas de toda la Biblia.

El éxodo no es solamente la historia de un pueblo que escapó de la esclavitud. Es la historia de Dios rescatando para sí a un pueblo, enseñándole cómo vivir y estableciendo su presencia en medio de él. Por eso el éxodo, la ley y el tabernáculo no son historias separadas. Forman una sola secuencia: Dios rescata, Dios enseña y Dios habita con su pueblo.


Dios escucha el clamor de su pueblo

La historia comienza con Israel sufriendo bajo el poder de Egipto. Habían pasado generaciones desde los días de José. Un nuevo faraón veía a los israelitas como una amenaza y los sometió a trabajos forzados. Éxodo describe una vida marcada por barro, ladrillos, golpes y agotamiento.

Pero mientras Faraón veía esclavos, Dios veía al pueblo de su pacto.

“Y oyó Dios el gemido de ellos, y se acordó de su pacto con Abraham, Isaac y Jacob” (Éxodo 2:24).

La expresión “se acordó” no significa que Dios hubiera olvidado. Significa que había llegado el momento de actuar conforme a lo que había prometido. Siglos antes había anunciado a Abraham que sus descendientes vivirían como extranjeros y serían oprimidos, pero también había prometido sacarlos de aquella tierra (Génesis 15:13-14).

Dios llamó a Moisés desde una zarza que ardía sin consumirse. Moisés no era presentado como un héroe seguro de sí mismo. Tenía temores, preguntas y objeciones. La esperanza de Israel no descansaría en la capacidad de Moisés, sino en Aquel que lo enviaba.

“YO SOY EL QUE SOY” (Éxodo 3:14).

El Dios que enviaba a Moisés era el Dios vivo, eterno y fiel a sus promesas.


El éxodo revela una salvación realizada por Dios

Faraón se negó repetidamente a dejar salir a Israel. Entonces comenzaron las plagas. El Nilo, las ranas, los insectos, las enfermedades, el granizo, las tinieblas y los demás juicios demostraron que el poder de Egipto no podía competir con el Señor.

Finalmente llegó la décima plaga: la muerte de los primogénitos.

Dios ordenó a cada familia israelita sacrificar un cordero sin defecto y colocar su sangre en los postes y el dintel de la puerta.

“Y veré la sangre y pasaré de vosotros” (Éxodo 12:13).

La seguridad de aquella familia no dependía de sus sentimientos. Tampoco dependía de que dentro de la casa hubiera personas moralmente perfectas. Dependía de la provisión que Dios mismo había establecido: la sangre del cordero.

La Pascua se convierte así en una gran señal que atraviesa toda la historia bíblica. Muchos siglos después, Juan el Bautista miraría a Jesús y declararía:

“He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29).

Y Pablo escribiría:

“Porque nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros” (1 Corintios 5:7).

La liberación de Egipto señalaba hacia una liberación todavía mayor. Egipto mostraba una esclavitud exterior; el evangelio revela una esclavitud mucho más profunda: la del pecado. El éxodo muestra a Dios sacando a su pueblo de la casa de servidumbre; Cristo libera a su pueblo del dominio del pecado y de la condenación.


Primero viene la gracia y después la obediencia

Después de salir de Egipto, Israel llegó al monte Sinaí. Allí Dios entregó su ley.

El orden de los acontecimientos es fundamental.

Dios no entregó primero los Diez Mandamientos y después dijo: “Si logran obedecerlos, los sacaré de Egipto”. Hizo exactamente lo contrario. Primero los rescató y después les enseñó cómo debía vivir un pueblo que le pertenecía.

Antes de pronunciar los mandamientos, Dios recordó lo que ya había hecho:

“Yo soy Jehová tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre” (Éxodo 20:2).

Después vienen las palabras: “No tendrás dioses ajenos delante de mí”, “No matarás”, “No cometerás adulterio”, “No hurtarás”.

La obediencia no era el precio del rescate. Era la respuesta del pueblo rescatado.

Juan Calvino destacó esta relación entre la gracia de Dios y la obediencia. La ley debía entenderse dentro de la relación que Dios había establecido con su pueblo. Dios no estaba enseñando a Israel cómo comprar su salvación, sino cómo debía vivir delante de Él.

Este mismo patrón aparece en el Nuevo Testamento. Pablo dedica grandes secciones de sus cartas a explicar lo que Dios ha hecho en Cristo y después enseña cómo deben vivir quienes han recibido esa misericordia. La obediencia cristiana nunca compra el favor de Dios. Surge como fruto de haber recibido su gracia.


La ley revela el carácter santo de Dios

En el Sinaí, Israel descubrió algo que jamás debía olvidar: el Dios que los había rescatado era santo.

La montaña estaba cubierta por nube y humo. Hubo truenos, relámpagos y sonido de trompeta. El pueblo temblaba.

“Todo el monte Sinaí humeaba, porque Jehová había descendido sobre él en fuego” (Éxodo 19:18).

La escena mostraba que acercarse a Dios no era algo trivial. El pecado había creado una separación real entre Dios y el ser humano.

La ley revelaba cómo debía reflejarse el carácter de Dios en la vida de su pueblo. La fidelidad matrimonial importaba porque Dios es fiel. La justicia importaba porque Dios es justo. La verdad importaba porque Dios es verdadero. El cuidado del prójimo importaba porque Dios es bueno.

Pero la ley también hacía visible el pecado humano. Como posteriormente explicó Pablo, por medio de la ley viene el conocimiento del pecado (Romanos 3:20).

La ley puede mostrar la suciedad, pero no puede lavar el corazón. Puede señalar nuestra culpa, pero no puede cargar con ella. Por eso toda la historia conduce hacia la necesidad de un Salvador.

El puritano Thomas Watson explicaba que la ley permite al ser humano reconocer su enfermedad moral y comprender su necesidad de Cristo. Cuando una persona contempla seriamente la santidad de Dios, deja de compararse solamente con otras personas y comienza a reconocer la profundidad de su propio pecado.


El tabernáculo muestra el deseo de Dios de habitar con su pueblo

Después de la ley aparece algo extraordinario. Dios ordenó construir el tabernáculo.

“Y harán un santuario para mí, y habitaré en medio de ellos” (Éxodo 25:8).

Aquí encontramos el corazón de toda esta historia.

Dios no rescató a Israel simplemente para sacarlo de Egipto. Lo rescató para traerlo hacia sí mismo.

El tabernáculo era una tienda cuidadosamente construida que acompañaría a Israel durante su peregrinación. Había un atrio, un altar para los sacrificios, una fuente, el Lugar Santo y, detrás de un velo, el Lugar Santísimo. Allí se encontraba el arca del pacto.

Cada detalle enseñaba algo.

El altar recordaba que el pecado requería sacrificio. La fuente hablaba de limpieza. Los sacerdotes mostraban la necesidad de mediación. El velo declaraba silenciosamente que el acceso directo a la presencia santa de Dios todavía estaba restringido.

Una vez al año, en el Día de la Expiación, el sumo sacerdote entraba al Lugar Santísimo con sangre, siguiendo cuidadosamente las instrucciones de Dios (Levítico 16).

La presencia de Dios estaba en medio del pueblo, pero el camino hacia ella todavía estaba rodeado de sacrificios, sacerdotes y barreras.


El tabernáculo recupera una historia que comenzó en Edén

Para comprender la importancia del tabernáculo debemos mirar hacia atrás.

En Edén, Dios estaba con el ser humano. Pero el pecado produjo expulsión y separación. Adán y Eva fueron echados del jardín y querubines guardaron el camino hacia el árbol de la vida (Génesis 3:24).

En el tabernáculo aparecen nuevamente imágenes que recuerdan un jardín, junto con querubines y la presencia divina. Era como si Dios estuviera mostrando que su propósito de habitar con la humanidad no había desaparecido.

Sin embargo, todavía existía un velo.

El problema del pecado seguía sin resolverse definitivamente.

Siglos después, el templo de Jerusalén continuaría este mismo patrón. Pero ni el tabernáculo ni el templo eran el destino final de la historia.

El profesor y pastor Edmund Clowney señaló repetidamente que las estructuras y ceremonias del Antiguo Testamento encuentran su verdadero significado cuando vemos hacia dónde conducen. No debemos detenernos en la sombra cuando ha llegado aquello que la sombra anunciaba.


Jesucristo es el verdadero encuentro entre Dios y su pueblo

El Evangelio de Juan comienza haciendo una afirmación sorprendente:

“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros” (Juan 1:14).

Juan presenta a Cristo como Dios viniendo a vivir entre nosotros. Aquello que el tabernáculo representaba mediante una tienda, sacrificios, sacerdotes y símbolos alcanza su realidad plena en Jesús.

Él es también el verdadero Cordero. Él es el sacerdote perfecto. Él ofrece el sacrificio definitivo y, al mismo tiempo, Él mismo es ese sacrificio.

Por eso, cuando Jesús murió, ocurrió algo profundamente significativo:

“Y he aquí, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo” (Mateo 27:51).

El velo que simbolizaba separación fue abierto.

Hebreos explica que los creyentes ahora pueden acercarse a Dios por medio de Cristo:

“Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo” (Hebreos 10:19).

El acceso a Dios ya no depende de sacrificios repetidos de animales. Cristo ofreció un sacrificio suficiente y definitivo.

Geerhardus Vos ayudó a mostrar cómo la historia bíblica avanza progresivamente hacia Cristo. Lo que al principio aparece mediante símbolos y acontecimientos va adquiriendo mayor claridad hasta encontrar su cumplimiento en Él. El éxodo, el cordero, Moisés, la ley, los sacerdotes y el tabernáculo forman parte de esa gran historia.


La presencia de Dios es el verdadero destino de la redención

Existe una línea extraordinaria que atraviesa toda la Biblia.

En Génesis, Dios está con el ser humano en Edén. El pecado rompe aquella comunión. En Éxodo, Dios establece su presencia en medio de Israel mediante el tabernáculo. Después viene el templo. Más tarde, Dios mismo viene en la persona de Jesucristo. Después de la resurrección y ascensión de Cristo, el Espíritu Santo habita en los creyentes y en su Iglesia.

Pero todavía queda un capítulo final.

Apocalipsis describe la nueva creación diciendo:

“He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos” (Apocalipsis 21:3).

La historia termina donde siempre se dirigía: Dios habitando para siempre con su pueblo.

Entonces comprendemos que la salvación es mucho más que escapar del juicio. Dios no solamente nos rescata de algo; nos rescata para alguien. Nos lleva hacia Él.

El éxodo nos enseña que necesitamos liberación. La Pascua nos enseña que esa liberación requiere un sustituto. La ley revela la santidad de Dios y descubre nuestro pecado. El tabernáculo muestra que necesitamos sacrificio y mediación para acercarnos a Él. Y todos esos caminos terminan señalando hacia Jesucristo.

El pastor y escritor Sinclair Ferguson ha insistido en que toda la obra de salvación conduce finalmente a la comunión con Dios. El gran regalo del evangelio no consiste solamente en recibir beneficios de Dios, sino en recibir a Dios mismo.

Esta es la belleza que une toda la historia. El Dios que escuchó los gemidos de esclavos en Egipto es el mismo Dios que descendió para rescatarlos, caminó en medio de ellos y finalmente vino personalmente en Cristo para salvar a pecadores.

Desde la sangre colocada sobre las puertas de Egipto hasta la sangre derramada en la cruz, desde la nube sobre el tabernáculo hasta la promesa de la nueva creación, una misma verdad recorre las Escrituras: Dios está formando un pueblo redimido para habitar con él para siempre.


Ejercicios prácticos

1. Lee Éxodo 12:1-14 y escribe en tu libreta tres detalles acerca del cordero de la Pascua. Después escribe una frase explicando cómo esta historia ayuda a comprender Juan 1:29.

2. Lee Éxodo 20:1-17. Escribe los Diez Mandamientos con tus propias palabras y señala cuál consideras que necesitas recordar con mayor frecuencia en tu vida diaria.

3. Lee Éxodo 25:8 y responde brevemente: ¿Cuál era uno de los propósitos principales del tabernáculo? Después explica en dos o tres frases por qué la presencia de Dios era tan importante para Israel.

4. Dibuja una línea sencilla en tu libreta y escribe sobre ella estas palabras en orden: Edén — Tabernáculo — Templo — Jesucristo — Iglesia — Nueva creación. Debajo de cada palabra escribe una frase explicando cómo se relaciona con la presencia de Dios.

5. Completa con tus propias palabras estas cuatro frases: “El éxodo me enseña que…”, “La ley me enseña que…”, “El tabernáculo me enseña que…” y “Jesucristo cumple todo esto porque…”. Procura responder cada una en una o dos frases.