Teología Bíblica - Lección 6

Sexta lección del estudio: Teología Bíblica.

David, el reino prometido y la esperanza del Mesías

Hubo un tiempo en que el pueblo de Israel creyó que todo estaba finalmente tomando el rumbo correcto. Después de años de esclavitud, desierto, jueces y guerras constantes, un rey había logrado unir a las tribus, derrotar a los enemigos y establecer a Jerusalén como la capital del reino. Parecía que, por fin, la historia encontraba estabilidad. Sin embargo, Dios tenía un propósito mucho más grande que construir un reino fuerte sobre la tierra. Mientras muchos miraban el trono de David, Dios estaba señalando un trono eterno. Mientras el pueblo veía a un rey con espada y corona, el Señor estaba preparando el camino para el Rey perfecto que vencería no solamente a los enemigos de Israel, sino al pecado, a la muerte y a Satanás mismo.

La historia de David es una de las más conocidas de toda la Biblia. Pero si únicamente la vemos como la historia de un joven valiente que derrotó a Goliat o de un rey exitoso, perderemos el propósito principal que Dios quiso revelar. David no es el centro de la historia. Él es una señal que apunta hacia alguien infinitamente mayor. Desde su vida, Dios comenzó a revelar con mayor claridad la esperanza del Mesías prometido.

En esta lección veremos cómo el pacto con David se convierte en una de las columnas principales de toda la Escritura y cómo cada promesa encuentra su cumplimiento perfecto en Jesucristo.


El contexto del reino de David

Después de la muerte de Saúl, alrededor del año 1010 a. C., David comenzó a reinar primero sobre Judá y, algunos años después, sobre todo Israel (2 Samuel 5). Durante décadas el pueblo había sufrido divisiones, conflictos internos y amenazas constantes de pueblos enemigos como los filisteos.

Dios utilizó a David para traer unidad nacional. Jerusalén fue conquistada y establecida como la nueva capital del reino. Allí también fue trasladada el arca del pacto, mostrando que la presencia de Dios debía ocupar el centro de la vida del pueblo.

Esto no fue una simple decisión política. Jerusalén comenzaría a ocupar un lugar especial dentro de la historia de la redención. Desde allí gobernaría David, allí sería construido posteriormente el templo y, muchos siglos después, allí moriría y resucitaría Jesucristo.

Desde el principio observamos que Dios va organizando cada acontecimiento con un propósito mucho mayor del que las personas pueden comprender en ese momento.

"Y tomó David la fortaleza de Sion, la cual es la ciudad de David." (2 Samuel 5:7).


Dios escoge a David por gracia

Cuando Samuel llegó a la casa de Isaí para ungir al futuro rey, todos pensaban que el elegido sería alguno de los hermanos mayores. Eran hombres altos, fuertes y con apariencia de liderazgo. Sin embargo, Dios rechazó cada una de esas opciones.

David ni siquiera había sido invitado a la reunión. Permanecía cuidando ovejas mientras sus hermanos estaban presentes delante del profeta.

Entonces Dios pronunció una de las enseñanzas más importantes de toda la Biblia.

"Porque Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón." (1 Samuel 16:7).

Esto no significa que David fuera un hombre sin pecado. La Biblia mostrará más adelante que también cometería pecados graves. Lo que distingue a David es que Dios decidió mostrarle su gracia y formar en él un corazón que aprendiera a depender del Señor.

Esta elección nos recuerda una verdad que aparece desde Génesis hasta Apocalipsis: Dios no salva ni llama a las personas porque sean superiores a otras. Él actúa por pura gracia. Como escribió Juan Calvino, toda la esperanza del creyente descansa únicamente en la misericordia de Dios y no en sus propios méritos.

Desde ese momento, David comenzó a convertirse en una figura que anunciaba al verdadero Rey que vendría siglos después.


David como un rey imperfecto

Muchas personas leen la historia de David como si fuera la historia de un héroe casi perfecto. Pero la Biblia hace exactamente lo contrario. Expone tanto sus victorias como sus fracasos.

David derrotó a Goliat cuando nadie más se atrevía a enfrentarlo.

Perdonó varias veces la vida de Saúl cuando pudo haber tomado venganza.

Mostró amor por la presencia de Dios.

Escribió muchos de los salmos que todavía fortalecen la fe de millones de creyentes.

Sin embargo, también cayó profundamente.

El pecado con Betsabé (2 Samuel 11), el asesinato indirecto de Urías, las consecuencias dentro de su propia familia, la rebelión de Absalón y otros episodios muestran que David estaba lejos de ser el Salvador que el mundo necesitaba.

La Biblia nunca intenta esconder las debilidades de sus personajes. Al contrario, las presenta para que entendamos que ningún ser humano podía cumplir perfectamente las promesas de Dios.

Cada fracaso de David hacía que la esperanza del pueblo siguiera mirando hacia el futuro.

Debía venir otro Rey.

Un Rey sin pecado.

Un Rey completamente justo.

Un Rey cuya obediencia nunca fallaría.


El pacto que cambia la historia

Uno de los momentos más importantes de toda la Escritura ocurre en 2 Samuel 7.

David deseaba construir una casa para Dios. Pensaba que no era correcto vivir en un palacio mientras el arca permanecía en una tienda.

Sin embargo, Dios respondió de una manera completamente inesperada.

No sería David quien construiría una casa para Dios.

Sería Dios quien construiría una casa para David.

Aquí la palabra "casa" no habla de un edificio, sino de una descendencia real que permanecería para siempre.

"Yo levantaré después de ti a uno de tu linaje... afirmaré para siempre el trono de su reino... Y será afirmada tu casa y tu reino para siempre delante de tu rostro, y tu trono será estable eternamente." (2 Samuel 7:12-16).

Estas palabras tienen un cumplimiento inmediato en Salomón, quien construiría el templo. Pero el lenguaje va mucho más allá de Salomón.

Ningún rey humano reinó para siempre.

Todos murieron.

Todos fueron pecadores.

Todos dejaron un reino temporal.

Entonces, ¿a quién estaba señalando esta promesa?

La respuesta comienza a aparecer poco a poco a través de los profetas.

Isaías habló de un descendiente de David cuyo reino jamás tendría fin.

"Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado... Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite, sobre el trono de David y sobre su reino." (Isaías 9:6-7).

Jeremías anunció que surgiría un Renuevo justo de la descendencia de David.

"He aquí que vienen días, dice Jehová, en que levantaré a David renuevo justo; y reinará como Rey." (Jeremías 23:5).

Ezequiel también habló de un futuro Pastor descendiente de David que apacentaría al pueblo para siempre (Ezequiel 34:23-24).

Durante siglos, estas promesas alimentaron la esperanza de Israel. Aunque el reino cayó, Jerusalén fue destruida por Babilonia en el año 586 a. C. y la familia real perdió el trono, Dios nunca retiró su palabra.

Desde una perspectiva humana, todo parecía perdido.

Pero las promesas de Dios nunca dependen de las circunstancias visibles.

Como escribió Matthew Henry, cuando parece que las promesas están dormidas, en realidad Dios sigue obrando silenciosamente para cumplir cada una en el momento señalado.


Los salmos y la esperanza del Rey perfecto

Muchos de los salmos escritos por David no solamente describen sus propias experiencias. En numerosas ocasiones, el Espíritu Santo llevó a David a escribir palabras que apuntaban mucho más allá de su propia vida.

Por ejemplo, el Salmo 2 presenta al Rey establecido por Dios sobre Sion.

"Pero yo he puesto mi Rey sobre Sion, mi santo monte." (Salmo 2:6).

Más adelante declara:

"Pídeme, y te daré por herencia las naciones, y como posesión tuya los confines de la tierra." (Salmo 2:8).

Ningún rey de Israel gobernó literalmente sobre todas las naciones de la tierra. El alcance de esta promesa solamente encuentra su verdadero cumplimiento en Cristo.

Algo semejante ocurre en el Salmo 110.

"Dijo Jehová a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies." (Salmo 110:1).

Jesús mismo citó este pasaje para mostrar que el Mesías sería mucho más que un simple descendiente de David (Mateo 22:41-46).

David llama "Señor" a uno de sus propios descendientes, mostrando que el Rey prometido tendría una dignidad infinitamente superior a cualquier rey humano.

Incluso el Salmo 22, escrito aproximadamente mil años antes de la crucifixión, describe con impresionante precisión sufrimientos que encontrarían su cumplimiento definitivo en la muerte de Jesucristo.

De esta manera, los salmos fueron formando la esperanza del pueblo. No solo enseñaban a adorar; también enseñaban a esperar.

Cada cántico recordaba que todavía faltaba la llegada del Rey perfecto.

Jesús es el Hijo de David prometido

Al comenzar el Nuevo Testamento, una de las primeras cosas que encontramos no es un milagro ni una enseñanza, sino una genealogía. A simple vista puede parecer una lista de nombres difíciles de leer, pero Dios no colocó esa genealogía allí por casualidad. Cada nombre demuestra que Él había permanecido fiel a su promesa durante siglos.

Mateo abre su Evangelio diciendo:

"Libro de la genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham." (Mateo 1:1).

Con una sola frase, Mateo conecta las dos grandes promesas del Antiguo Testamento. Jesús es el descendiente de Abraham por medio del cual serían benditas todas las naciones, y también es el descendiente de David que ocuparía el trono para siempre.

Lucas también presenta la genealogía de Jesús, mostrando que la historia de la salvación nunca fue una improvisación. Dios fue guiando cada generación hasta el nacimiento del Salvador.

Durante el ministerio de Jesús, muchas personas comenzaron a llamarlo "Hijo de David". Los ciegos clamaban:

"¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de nosotros!" (Mateo 20:30).

Cuando Jesús entró en Jerusalén, la multitud exclamó:

"¡Hosanna al Hijo de David!" (Mateo 21:9).

Aunque muchos esperaban un libertador político, Jesús vino a establecer un reino mucho más grande. Él no vino simplemente para liberar a Israel del dominio romano. Vino a rescatar pecadores de toda nación, lengua y pueblo.

Como explicó Charles Spurgeon, Cristo no heredó simplemente el trono de David; heredó un reino infinitamente mayor, uno que jamás será destruido porque está fundado sobre la victoria de la cruz y la realidad de la resurrección.


Un reino diferente al esperado

Muchos esperaban que el Mesías levantara un ejército, derrotara a Roma y restaurara el antiguo esplendor de Israel. Sin embargo, Jesús habló continuamente de un reino que comenzaba transformando el corazón.

Él declaró:

"Mi reino no es de este mundo." (Juan 18:36).

Con estas palabras no estaba diciendo que su reino no tendría influencia sobre este mundo, sino que su origen, su autoridad y su naturaleza no dependían de los sistemas humanos.

Los reinos de este mundo suelen sostenerse mediante la fuerza, la riqueza o el poder militar. El reino de Cristo avanza por medio del evangelio, la obra del Espíritu Santo y la transformación de vidas.

Esto explica por qué Jesús lavó los pies de sus discípulos, recibió a pecadores arrepentidos, mostró misericordia hacia los quebrantados y finalmente entregó su propia vida en la cruz.

Su coronación fue completamente distinta de la esperada por los hombres. Antes de recibir una corona de gloria, llevó una corona de espinas. Antes de sentarse visiblemente sobre un trono, fue levantado sobre una cruz.

Precisamente allí comenzó la mayor victoria de la historia. Lo que parecía una derrota fue el momento en que Cristo cargó sobre sí el juicio que merecían los pecadores.

Como escribió John Owen, la muerte de Cristo no fue un accidente de la historia, sino el acto soberano mediante el cual Dios aseguró completamente la salvación de su pueblo.


El Rey que vive para siempre

Todos los reyes de Israel murieron. David murió. Salomón murió. Los reyes posteriores también desaparecieron uno tras otro. Ninguno pudo conservar el reino para siempre.

Jesús, en cambio, resucitó al tercer día.

La resurrección demuestra que Él no es simplemente otro descendiente de David. Es el Rey eterno prometido desde siglos atrás.

El apóstol Pedro recordó precisamente esta promesa durante su predicación en Jerusalén.

"Siendo profeta, y sabiendo que con juramento Dios le había jurado que de su descendencia... levantaría al Cristo para que se sentase en su trono." (Hechos 2:30).

Pedro explica que David murió y fue sepultado. Su tumba permanecía entre ellos. Pero Cristo resucitó y vive para siempre.

La promesa hecha en 2 Samuel 7 encuentra así su cumplimiento definitivo. El trono eterno pertenece únicamente a Jesucristo.

El autor de Hebreos también declara:

"Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos." (Hebreos 13:8).

Su reino no tendrá sucesor, porque Él jamás dejará de reinar.


La esperanza que permanece para la Iglesia

Comprender el pacto con David transforma la manera en que leemos toda la Biblia. Ya no vemos historias aisladas, sino una sola obra que Dios fue desarrollando pacientemente durante siglos.

Cuando David derrotó a Goliat, apuntaba hacia el verdadero vencedor del pecado.

Cuando David fue ungido como rey, anticipaba al Ungido perfecto.

Cuando Jerusalén fue establecida como ciudad real, preparaba el escenario para la obra del Mesías.

Cuando Dios prometió un trono eterno, estaba anunciando la llegada de Cristo.

Nada ocurrió por casualidad.

Desde Génesis hasta Apocalipsis observamos la fidelidad de Dios desarrollándose paso a paso. Lo que parecía una serie de acontecimientos separados forma una sola historia cuyo centro es Jesucristo.

Geerhardus Vos explicó que la revelación divina avanza como el crecimiento de una semilla. Al principio parece pequeña, pero con el paso del tiempo desarrolla toda la riqueza que Dios había determinado desde el comienzo.

Esta verdad también fortalece nuestra esperanza presente. El mundo continúa lleno de injusticia, sufrimiento y pecado. Muchas veces parece que la maldad avanza sin límite.

Sin embargo, Cristo sigue reinando.

Su autoridad no depende de las circunstancias, de los gobiernos humanos ni de los acontecimientos de la historia. Él gobierna sobre todas las cosas y cumplirá completamente cada una de sus promesas.

El último libro de la Biblia presenta al Señor resucitado como el Rey victorioso.

"En su vestidura y en su muslo tiene escrito este nombre: REY DE REYES Y SEÑOR DE SEÑORES." (Apocalipsis 19:16).

El humilde pastor de Belén fue una sombra. Jesucristo es la realidad.

David señaló el camino. Cristo es el destino.

David gobernó durante algunos años. Cristo reina eternamente.

David necesitó el perdón de Dios. Cristo es quien concede ese perdón.

David fue un rey conforme al corazón de Dios, pero imperfecto. Jesús es el Rey perfecto que jamás fallará a su pueblo.

Por eso nuestra esperanza no descansa en líderes humanos, gobiernos o reinos pasajeros. Descansa únicamente en el Hijo de David, quien venció en la cruz, resucitó con poder y reina para siempre. En Él todas las promesas de Dios encuentran su perfecto cumplimiento, y en Él la Iglesia tiene una esperanza firme que jamás será avergonzada.


Ejercicios para la libreta

  1. Escribe con tus propias palabras por qué el pacto de Dios con David fue tan importante para la historia de la salvación.

  2. Lee 2 Samuel 7:8-16 y anota cinco promesas que Dios hizo a David. Después escribe cuál de ellas encuentras cumplida plenamente en Jesucristo.

  3. Lee Mateo 1:1 y Lucas 1:32-33. Escribe qué relación existe entre estos pasajes y las promesas hechas a David.

  4. Haz una lista de cuatro diferencias entre el reino de David y el reino eterno de Jesucristo.

  5. Escribe una oración de agradecimiento al Señor porque cumple sus promesas y porque Cristo reina hoy como el Rey eterno.