Octava lección del estudio: Teología Bíblica.
Hubo una pregunta que cambió para siempre la manera de leer la Biblia. No fue hecha en una escuela ni en un templo. Fue pronunciada por Jesús después de su resurrección, mientras caminaba junto a dos discípulos desanimados que regresaban a Emaús. Ellos conocían las Escrituras desde pequeños. Habían leído a Moisés, los Salmos y los profetas durante toda su vida. Sin embargo, no habían comprendido el mensaje principal. Entonces Jesús comenzó a explicarles cada pasaje, mostrando que todas aquellas páginas hablaban de Él. Aquellos hombres no descubrieron un significado nuevo. Descubrieron el significado que siempre había estado allí.
Ese momento nos enseña una verdad inmensa. Es posible conocer muchos relatos bíblicos y, aun así, perder de vista al personaje principal. Podemos admirar a Noé, Abraham, Moisés, David, Elías o Daniel y olvidar que ninguno de ellos es el centro de la historia. Todos señalan hacia alguien mayor. Toda la Escritura tiene una sola gran historia: Dios obrando para salvar a un pueblo por medio de Jesucristo.
Cuando comprendemos esto, la Biblia deja de parecer una colección de libros separados y comienza a verse como una obra perfectamente unida, escrita a lo largo de aproximadamente mil quinientos años por cerca de cuarenta autores distintos, pero inspirada por un mismo Dios. Desde Génesis hasta Apocalipsis existe una unidad sorprendente. Cada promesa, cada sacrificio, cada rey, cada profeta y cada acontecimiento prepara el camino para la llegada del Mesías.
En esta lección aprenderemos que Jesucristo no aparece solamente en los Evangelios. Él es el centro de toda la revelación de Dios. El Antiguo Testamento anuncia su venida, los Evangelios presentan su vida y su obra, las cartas explican el significado de su muerte y resurrección, y Apocalipsis revela su victoria definitiva sobre todas las cosas.
La Biblia cuenta una sola historia
Muchas personas leen la Biblia como si fuera un conjunto de historias independientes. Un día leen acerca del diluvio, otro día sobre David y Goliat, después acerca de Jonás o Daniel en el foso de los leones. Aunque estos acontecimientos son reales y enseñan grandes verdades, todos forman parte de una historia mucho mayor.
La Biblia narra el desarrollo del plan eterno de Dios para rescatar a la humanidad caída por medio de Jesucristo. Desde el primer libro hasta el último existe una línea continua que nunca se rompe.
La creación revela al Dios santo y bueno. La caída muestra el pecado del hombre. Las promesas anuncian un Redentor. Israel es preparado para recibir al Mesías. Cristo viene al mundo. Muere por los pecadores. Resucita victorioso. La Iglesia anuncia el evangelio. Finalmente, Cristo regresará para establecer plenamente su reino.
Esta es la gran historia de la Escritura.
Por eso Jesús declaró:
"Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí." (Juan 5:39)
Los líderes religiosos conocían cientos de pasajes de memoria. Sabían interpretar muchas normas y tradiciones, pero no reconocieron al mismo Salvador del cual hablaban las Escrituras que tanto estudiaban.
Esto demuestra que conocer información bíblica no siempre significa conocer realmente a Cristo.
Jesús mismo enseñó que toda la Escritura habla de Él
Después de su resurrección ocurrió uno de los momentos más extraordinarios registrados en los Evangelios. Dos discípulos caminaban profundamente decepcionados. Ellos pensaban que Jesús restauraría inmediatamente el reino de Israel, pero lo habían visto morir en la cruz.
Mientras caminaban, Jesús se acercó, aunque ellos no lo reconocieron.
Entonces ocurrió algo maravilloso.
"Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían." (Lucas 24:27)
Jesús no tomó solamente unos cuantos versículos. Comenzó desde Moisés, es decir, desde Génesis, y recorrió todas las Escrituras mostrando cómo cada parte apuntaba hacia Él.
Más adelante volvió a decir:
"Era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos." (Lucas 24:44)
En tiempos de Jesús, estas tres divisiones representaban todo el Antiguo Testamento. En otras palabras, Cristo afirmó que toda la Escritura anunciaba su persona y su obra.
Esta declaración cambia completamente nuestra manera de leer la Biblia. Ya no buscamos únicamente ejemplos morales. Buscamos descubrir cómo Dios revela progresivamente a su Hijo.
La primera promesa del Salvador
El primer anuncio acerca de Jesucristo aparece mucho antes del nacimiento de Abraham, de Moisés o del pueblo de Israel.
Apenas el pecado entró al mundo, Dios pronunció una promesa extraordinaria.
"Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar." (Génesis 3:15)
Este versículo ha sido llamado durante siglos el primer anuncio del evangelio porque contiene la primera promesa del Redentor.
La serpiente heriría al descendiente prometido, pero ese descendiente aplastaría definitivamente la cabeza de la serpiente.
Desde ese momento toda la historia bíblica comienza a responder una sola pregunta.
¿Quién será ese descendiente?
La respuesta aparece de manera progresiva.
Será descendiente de Abraham.
Será descendiente de Judá.
Será descendiente de David.
Nacerá de una virgen.
Nacerá en Belén.
Sufrirá por los pecadores.
Resucitará.
Gobernará para siempre.
Todas esas promesas convergen finalmente en una sola persona: Jesucristo.
Las promesas hechas a Abraham encuentran su cumplimiento en Cristo
Aproximadamente hacia el año 2090 a.C., Dios llamó a Abraham y le hizo promesas que cambiarían la historia del mundo.
"Y serán benditas en ti todas las familias de la tierra." (Génesis 12:3)
Durante muchos siglos esta promesa parecía mirar hacia un futuro todavía lejano. Israel llegó a pensar que aquella bendición pertenecería únicamente a su nación.
Sin embargo, el Nuevo Testamento explica que la promesa siempre apuntó hacia Cristo.
El apóstol Pablo escribió:
"Ahora bien, a Abraham fueron hechas las promesas, y a su simiente... la cual es Cristo." (Gálatas 3:16)
Por medio de Jesús la bendición prometida alcanza personas de todas las naciones, lenguas y pueblos.
Lo que comenzó con un hombre anciano viviendo en Canaán terminará con una multitud incontable adorando al Cordero en la nueva creación.
Los sacrificios señalaban hacia una obra perfecta
Al leer el libro de Levítico, muchas personas encuentran difíciles sus capítulos. Allí aparecen numerosos sacrificios, sacerdotes, altares, sangre, animales y ceremonias que parecen muy lejanas a nuestra realidad.
Sin embargo, ninguno de esos sacrificios existía por casualidad.
Cada uno enseñaba una verdad acerca del pecado y anunciaba la necesidad de un sacrificio perfecto.
Cuando una persona llevaba un cordero al altar, ocurría una escena profundamente solemne. El animal inocente moría en lugar del pecador. La sangre era derramada para mostrar que el pecado merece juicio y que la reconciliación con Dios exige una sustitución.
Aun así, aquellos sacrificios nunca podían quitar completamente el pecado.
El autor de Hebreos afirma:
"Porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados." (Hebreos 10:4)
Entonces, ¿para qué servían?
Funcionaban como una enorme señal colocada por Dios durante siglos. Cada altar levantado en Israel anunciaba silenciosamente que un día llegaría el verdadero Cordero.
Cuando Juan el Bautista vio acercarse a Jesús junto al río Jordán, pronunció unas palabras que resumen toda esa historia.
"He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo." (Juan 1:29)
En ese instante, todas las sombras comenzaron a desaparecer porque había llegado la realidad que aquellas ceremonias anunciaban.
John Owen escribió que todas las ceremonias del antiguo pacto encontraban su verdadero significado únicamente en Cristo. Separadas de Él eran solamente sombras pasajeras; unidas a Él revelaban la profundidad del plan de Dios.
Siglos después, Sinclair Ferguson expresó una idea semejante al afirmar que toda la Escritura conduce finalmente hacia Cristo y solamente en Él encuentra su unidad y su sentido pleno.
Por eso, cuando abrimos el Antiguo Testamento, no estamos leyendo un libro antiguo que quedó atrás. Estamos contemplando cómo Dios fue preparando cuidadosamente el escenario para la llegada de su Hijo. Cada promesa, cada sacrificio y cada acontecimiento forman parte de una misma historia que culmina en Jesucristo, el Salvador prometido desde el principio.
Jesucristo es el cumplimiento de los pactos de Dios
Al recorrer toda la Biblia descubrimos que Dios fue revelando su plan por medio de pactos. Un pacto es un compromiso establecido por Dios para mostrar su propósito y su fidelidad. Cada uno de ellos aporta una pieza al gran panorama de la redención, pero ninguno encuentra su plenitud en sí mismo. Todos conducen finalmente hacia Jesucristo.
Después del diluvio, Dios estableció un pacto con Noé y prometió preservar la creación mientras la historia de la salvación continuara desarrollándose (Génesis 9:8-17). Más adelante llamó a Abraham y prometió darle una descendencia, una tierra y una bendición que alcanzaría a todas las naciones (Génesis 12:1-3).
Siglos después, por medio de Moisés, Dios entregó su Ley a Israel para mostrar su santidad y revelar la gravedad del pecado. Luego prometió a David que uno de sus descendientes reinaría para siempre.
"Y será afirmada tu casa y tu reino para siempre delante de tu rostro, y tu trono será estable eternamente." (2 Samuel 7:16)
Durante generaciones, el pueblo esperaba la llegada de ese Rey. Los reyes de Israel fallaban una y otra vez. Algunos comenzaron bien y terminaron mal. Otros llevaron al pueblo hacia la idolatría. Ninguno pudo cumplir perfectamente las promesas de Dios.
Entonces apareció Jesús.
Él nació de la descendencia de David, tal como habían anunciado los profetas. Su reino no tendría fin porque Él es el verdadero Rey prometido.
Finalmente, la noche antes de su crucifixión, Jesús tomó la copa durante la cena con sus discípulos y dijo:
"Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama." (Lucas 22:20)
Con estas palabras mostró que todos los pactos anteriores encontraban su cumplimiento en su muerte y resurrección. Lo que Dios había prometido durante siglos ahora comenzaba a cumplirse plenamente en Cristo.
Jesús es el verdadero Profeta, Sacerdote y Rey
En el Antiguo Testamento Dios levantó hombres para cumplir funciones específicas dentro de su pueblo. Había profetas que anunciaban la Palabra de Dios. Había sacerdotes que ofrecían sacrificios e intercedían por el pueblo. También había reyes encargados de gobernar con justicia.
Sin embargo, todos ellos eran limitados. Los profetas morían. Los sacerdotes también eran pecadores y debían ofrecer sacrificios por sus propias faltas. Los reyes cometían errores que afectaban a toda la nación.
Jesucristo reúne perfectamente estos tres oficios.
Él es el Profeta perfecto porque no solamente comunica la verdad de Dios; Él mismo es la verdad.
"Yo soy el camino, y la verdad, y la vida." (Juan 14:6)
Él es el gran Sacerdote porque ofreció un sacrificio que nunca necesitará repetirse.
"Pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios." (Hebreos 10:12)
También es el Rey eterno.
"Rey de reyes y Señor de señores." (Apocalipsis 19:16)
En Jesús convergen perfectamente estas tres funciones. Él revela a Dios, reconcilia a los pecadores con Dios y gobierna para siempre al pueblo de Dios.
Jesús es el nuevo Adán
Cuando Dios creó a Adán, lo estableció como representante de toda la humanidad. Su obediencia traería vida, pero su desobediencia introduciría el pecado y la muerte en el mundo.
Todos conocemos el resultado.
Adán desobedeció y toda la humanidad quedó bajo la esclavitud del pecado.
Pero Dios ya había preparado la solución.
Pablo explica esta verdad con enorme claridad.
"Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados." (1 Corintios 15:22)
Jesús vino como el nuevo representante de su pueblo. Donde Adán cayó, Cristo permaneció firme. Donde el primer hombre desobedeció, Cristo obedeció perfectamente hasta la muerte.
En el desierto resistió las tentaciones de Satanás. Durante toda su vida obedeció perfectamente la voluntad del Padre. Finalmente, entregó su vida en la cruz para cargar el castigo que merecían los pecadores.
La historia de la humanidad cambia completamente cuando entendemos esta realidad. Nuestra esperanza no descansa en nuestro desempeño, sino en la obediencia perfecta de Cristo.
Jesús es el verdadero Israel
Israel fue llamado para ser luz entre las naciones. Dios le dio su Ley, sus promesas y enormes privilegios. Sin embargo, una y otra vez el pueblo falló.
Cayó en la idolatría.
Rechazó la voz de los profetas.
Quebrantó el pacto.
Fue llevado al exilio.
Entonces aparece Jesús recorriendo un camino sorprendentemente parecido al de Israel.
Israel descendió a Egipto.
Jesús también descendió a Egipto siendo niño.
Israel atravesó el mar.
Jesús fue bautizado en el Jordán.
Israel pasó cuarenta años en el desierto.
Jesús permaneció cuarenta días en el desierto.
Pero existe una diferencia decisiva.
Donde Israel fracasó, Cristo permaneció completamente fiel.
Él obedeció perfectamente al Padre y cumplió todo aquello que Israel nunca pudo cumplir.
Por eso Mateo aplica a Jesús palabras que originalmente describían la historia de Israel.
"De Egipto llamé a mi Hijo." (Mateo 2:15)
La vida de Cristo no fue una sucesión de casualidades. Cada acontecimiento mostraba que Él era el verdadero cumplimiento de la historia del pueblo de Dios.
Las profecías encuentran su cumplimiento en Jesucristo
Uno de los aspectos más sorprendentes de la Biblia es la cantidad de profecías que se cumplen en Jesús.
Miqueas anunció que el Mesías nacería en Belén.
"Pero tú, Belén Efrata... de ti me saldrá el que será Señor en Israel." (Miqueas 5:2)
Isaías anunció que nacería de una virgen.
"He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo." (Isaías 7:14)
También describió con impresionante detalle el sufrimiento del Siervo de Dios aproximadamente siete siglos antes del nacimiento de Cristo.
"Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados." (Isaías 53:5)
El Salmo 22 describe escenas de la crucifixión muchos siglos antes de que este método de ejecución existiera en Israel.
Zacarías anunció que el Rey entraría humildemente montado sobre un asno.
Daniel habló de la llegada del Mesías dentro del desarrollo de la historia de los imperios.
Cada una de estas promesas fortalece nuestra confianza en que Dios gobierna la historia con absoluta precisión. Nada ocurrió por accidente. Todo sucedió conforme al propósito eterno del Señor.
Charles H. Spurgeon decía que cualquiera podía abrir la Biblia por cualquier lugar y encontrar un camino que condujera hasta Cristo. Esa afirmación resume muy bien la unidad de toda la Escritura.
Cristo es el centro de nuestra lectura de la Biblia
Comprender que Jesucristo es el centro de toda la Escritura cambia completamente nuestra forma de estudiar la Biblia.
Ya no buscamos solamente ejemplos de personas valientes o principios para mejorar nuestra conducta. Buscamos conocer mejor al Salvador.
Cada relato nos ayuda a contemplar algún aspecto de su persona.
Noé nos recuerda que existe salvación por medio del juicio.
Isaac nos hace pensar en el hijo amado ofrecido por su padre.
El cordero de la Pascua apunta hacia el sacrificio de Cristo.
El tabernáculo nos habla de la presencia de Dios entre su pueblo.
El maná señala al verdadero pan del cielo.
La roca en el desierto nos recuerda que Cristo da agua de vida.
David anticipa al Rey definitivo.
Jonás permanece tres días antes de salir para cumplir su misión, anticipando la resurrección del Señor.
Estas relaciones no nacen de la imaginación. Surgen porque toda la historia bíblica avanza hacia Jesucristo bajo la dirección del mismo Dios que inspiró las Escrituras.
Juan Calvino enseñó que toda la riqueza de la Escritura encuentra su plenitud únicamente en Cristo. Él insistía en que nadie comprende verdaderamente la Biblia si no llega al conocimiento del Salvador revelado en ella.
Conclusión
Cuando cerramos la última página de la Biblia descubrimos que la historia comenzó y terminó hablando del mismo Señor.
En Génesis aparece la promesa del descendiente que vencería a la serpiente.
En los Evangelios contemplamos su nacimiento, su vida perfecta, su muerte y su gloriosa resurrección.
En las cartas comprendemos el significado de su obra salvadora.
En Apocalipsis vemos al Rey victorioso sentado sobre el trono, gobernando todas las cosas y preparando la nueva creación para su pueblo.
Por eso Jesús no ocupa simplemente un lugar importante dentro de la Biblia. Él es el corazón de toda la revelación de Dios.
Leer la Escritura sin llegar a Cristo es como recorrer un camino sin llegar nunca al destino. Podemos admirar los paisajes, aprender muchos datos y memorizar numerosos relatos, pero perderemos aquello para lo cual la Biblia fue escrita.
Pablo expresó esta verdad con absoluta claridad:
"Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo." (1 Corintios 3:11)
Que cada vez que abramos la Biblia podamos hacerlo con la misma oración de aquellos discípulos en el camino a Emaús: "Señor, abre nuestros ojos para verte en toda tu Palabra". Entonces la Escritura dejará de ser únicamente un libro de acontecimientos antiguos y se convertirá en el testimonio vivo del Salvador que vino, murió, resucitó y un día regresará para hacer nuevas todas las cosas.
Ejercicios prácticos
Ejercicio 1
Lee Lucas 24:13-35 y escribe cinco enseñanzas que aprendiste acerca de la manera en que Jesús interpretó las Escrituras.
Ejercicio 2
Haz una tabla con dos columnas. En la primera escribe cinco personajes del Antiguo Testamento (por ejemplo: Adán, Abraham, Moisés, David y Jonás). En la segunda explica, con una o dos oraciones, de qué manera cada uno apunta hacia Jesucristo.
Ejercicio 3
Busca y lee los siguientes pasajes: Génesis 3:15, Isaías 53, Miqueas 5:2, Juan 1:29 y Hebreos 10:12. Después escribe un breve párrafo explicando cómo todos ellos hablan del mismo Salvador.
Ejercicio 4
Escribe diez promesas o símbolos del Antiguo Testamento que encuentren su cumplimiento en Jesucristo. Puedes incluir el cordero pascual, el maná, el tabernáculo, el rey David, el templo, el sacerdote, el sacrificio, la roca, el pacto con Abraham y el nuevo pacto.
Ejercicio 5
Escribe una reflexión de unas diez líneas respondiendo esta pregunta:
¿Cómo cambia mi manera de leer la Biblia al comprender que Jesucristo es el cumplimiento y el centro de toda la Escritura?