Teología Bíblica - Lección 8

Octava lección del estudio: Teología Bíblica.

La tarde del día de la resurrección, dos discípulos caminaban desde Jerusalén hacia una pequeña aldea llamada Emaús. Habían escuchado a Jesús, habían puesto sus esperanzas en Él y ahora estaban convencidos de que todo había terminado. La cruz parecía haber destruido sus expectativas. Sin embargo, mientras avanzaban por aquel camino, un desconocido comenzó a caminar junto a ellos. Era Jesús resucitado, aunque todavía no lo reconocían.

Entonces ocurrió algo extraordinario. Jesús pudo simplemente decirles quién era, pero primero hizo algo diferente: los llevó a las Escrituras.

“Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían” (Lucas 24:27).

Aquella escena nos entrega una de las claves más importantes para comprender la Biblia. Jesucristo no apareció repentinamente al final de una historia que no tenía relación con Él. Desde los primeros capítulos de Génesis hasta las últimas páginas de Apocalipsis, Dios estaba desarrollando un mismo propósito que encuentra su cumplimiento definitivo en Cristo.


Una sola gran historia

Cuando abrimos la Biblia encontramos 66 libros escritos por diferentes autores, en épocas distintas y bajo circunstancias muy variadas. Encontramos historia, leyes, poesía, sabiduría, profecías, cartas y visiones. Sin embargo, detrás de toda esa diversidad existe una profunda unidad.

La Biblia cuenta la historia de Dios creando un mundo bueno, del ser humano rebelándose contra su Creador, de Dios prometiendo rescatar a pecadores y restaurar lo que el pecado había destruido, y finalmente de la llegada de aquel Salvador prometido.

Por eso, después de su resurrección, Jesús dijo a sus discípulos:

“Era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos” (Lucas 24:44).

Jesús estaba hablando de las grandes divisiones de las Escrituras que sus discípulos conocían. Su afirmación era sorprendente: toda aquella historia avanzaba hacia Él.

Esto no significa que cada versículo mencione directamente a Jesús. Sería un error intentar encontrar referencias escondidas a Cristo en cada pequeño detalle. Significa que las promesas, los pactos, los sacrificios, el sacerdocio, el reino, los grandes acontecimientos y la esperanza de las Escrituras avanzan progresivamente hacia la persona y obra de Cristo.


La primera promesa aparece entre las ruinas

Para comprender esta historia debemos regresar al principio.

Dios creó al hombre y a la mujer para vivir bajo su gobierno, disfrutar de su presencia y reflejar su gloria. Pero Génesis 3 describe la entrada del pecado. Adán y Eva desobedecieron a Dios, y con aquella rebelión llegaron la culpa, la corrupción y la muerte.

Sin embargo, en medio del juicio apareció una promesa.

Dios dijo a la serpiente:

“Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar” (Génesis 3:15).

La promesa todavía era pequeña, como una luz encendida en medio de una habitación oscura. Vendría alguien nacido de mujer que sería herido, pero finalmente derrotaría al enemigo.

Desde ese momento comienza una espera que atraviesa generaciones.

¿Quién será ese descendiente?

La respuesta se irá aclarando poco a poco hasta llegar a Cristo.


Las promesas comienzan a tomar forma

Siglos después, Dios llamó a Abraham y le prometió:

“En ti serán benditas todas las familias de la tierra” (Génesis 12:3).

La promesa ya no solamente hablaba de victoria sobre el enemigo. Ahora descubrimos que la bendición alcanzaría a las naciones.

El apóstol Pablo explica que esta promesa encuentra su cumplimiento definitivo en Cristo:

“Ahora bien, a Abraham fueron hechas las promesas, y a su simiente... la cual es Cristo” (Gálatas 3:16).

Después encontramos otra pieza importante en la historia. Dios prometió al rey David que levantaría un descendiente cuyo reino sería establecido para siempre. Esta esperanza atravesó siglos de guerras, divisiones, pecados de los reyes y finalmente el exilio.

Los reyes humanos morían. Sus gobiernos terminaban. Algunos incluso llevaron al pueblo hacia una terrible rebelión contra Dios. Pero la promesa permanecía.

Entonces los profetas comenzaron a hablar con mayor claridad acerca del Rey que vendría.

Isaías anunció:

“Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado; y el principado sobre su hombro” (Isaías 9:6).

La historia estaba tomando forma. El descendiente prometido sería también Rey.


Los sacrificios señalaban una necesidad más profunda

Hay otro camino que atraviesa gran parte de las Escrituras y termina directamente en Cristo: el sacrificio.

Cuando observamos el sistema de sacrificios dado a Israel, encontramos animales, sacerdotes, sangre y altares. Todo aquello enseñaba una verdad seria: el pecado produce culpa delante de un Dios santo y la reconciliación requiere expiación.

Pero aquellos sacrificios se repetían constantemente.

Cada nuevo sacrificio mostraba que el problema todavía no había sido solucionado definitivamente.

La carta a los Hebreos explica:

“Porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados” (Hebreos 10:4).

Aquellos sacrificios preparaban al pueblo para comprender la necesidad de un sacrificio perfecto.

Por eso, cuando Juan el Bautista vio acercarse a Jesús, declaró:

“He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29).

De repente, siglos de altares, sangre y sacrificios comenzaron a mostrar con mayor claridad aquello hacia lo cual apuntaban.

Jesús no vino solamente para enseñarnos cómo vivir. Vino para entregar su vida por pecadores.


El éxodo encuentra un cumplimiento mayor

La liberación de Israel de Egipto fue uno de los acontecimientos más importantes de su historia. El pueblo estaba esclavizado bajo el poder de Faraón y no podía liberarse por sí mismo.

Dios intervino.

Durante la noche de la Pascua, cada familia israelita debía sacrificar un cordero y colocar su sangre en los postes de la puerta. Aquella sangre señalaba que allí había ocurrido una muerte sustitutiva. Después, Dios sacó a su pueblo de Egipto.

Muchos siglos después, Jesús celebró la Pascua con sus discípulos la noche anterior a su crucifixión. Allí tomó el pan y la copa y dirigió la atención hacia su propia muerte.

Pablo incluso escribe:

“Porque nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros” (1 Corintios 5:7).

El éxodo histórico fue real, pero también preparaba el camino para una liberación mucho mayor. Cristo rescata a su pueblo de una esclavitud más profunda: la esclavitud del pecado.


El templo señalaba hacia una presencia mayor

El tabernáculo y posteriormente el templo ocupaban un lugar central en la vida de Israel. Allí Dios manifestaba de manera especial su presencia entre su pueblo.

Sin embargo, cuando Jesús llegó, ocurrió algo sorprendente.

Juan escribió:

“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros” (Juan 1:14).

La idea es profundamente hermosa: Dios vino a habitar entre los hombres.

Más adelante, Jesús habló acerca de su propio cuerpo como el verdadero templo:

“Destruid este templo, y en tres días lo levantaré” (Juan 2:19).

Juan aclara que Jesús hablaba del templo de su cuerpo.

El punto es enorme. La presencia de Dios ya no debía buscarse principalmente en un edificio de piedra en Jerusalén. Dios había venido personalmente a habitar entre nosotros en la persona de su Hijo.


Los profetas esperaban algo que solamente Cristo podía realizar

Los profetas observaron el pecado persistente de Israel y anunciaron que Dios haría algo extraordinario.

Jeremías anunció un nuevo pacto en el cual Dios escribiría su ley en el corazón y perdonaría verdaderamente el pecado.

“Perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado” (Jeremías 31:34).

Ezequiel habló de un corazón nuevo y del Espíritu de Dios habitando en su pueblo.

Isaías describió a un Siervo que sufriría llevando sobre sí la culpa de otros:

“Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados” (Isaías 53:5).

Cuando Jesús llegó, todas estas líneas comenzaron a encontrarse en una sola persona.

Él es el Rey prometido, el Siervo sufriente, el Cordero sacrificado, el verdadero templo y el Mediador del nuevo pacto.


La cruz no fue un accidente en la historia

Desde una perspectiva humana, la crucifixión de Jesús parecía una derrota. Jerusalén estaba bajo dominio romano. Poncio Pilato autorizó la ejecución. Jesús fue llevado fuera de la ciudad y crucificado.

Pero los apóstoles comprendieron después que la cruz estaba dentro del propósito de Dios anunciado previamente en las Escrituras.

Pedro declaró en Pentecostés:

“A éste, entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios, prendisteis y matasteis por manos de inicuos, crucificándole” (Hechos 2:23).

La responsabilidad humana era real, pero el propósito soberano de Dios también lo era.

En la cruz convergen las grandes líneas de la historia bíblica. Allí vemos al descendiente herido que vence al enemigo. Allí está el verdadero Cordero. Allí encontramos al Siervo sufriente. Allí el Rey obtiene la victoria precisamente mediante su aparente derrota.

Y tres días después, la resurrección confirmó que la muerte no había vencido al Rey.


Cristo como centro no significa forzar los textos

Aquí debemos tener cuidado.

Decir que toda la Escritura encuentra su cumplimiento en Cristo no significa convertir cada objeto, número, personaje o acontecimiento en un símbolo secreto de Jesús.

Debemos respetar lo que cada pasaje realmente dice dentro de su contexto.

Sin embargo, también debemos preguntarnos dónde se encuentra ese pasaje dentro de la gran historia de Dios. ¿Qué revela acerca de Dios? ¿Qué muestra acerca del pecado humano? ¿Qué promesa desarrolla? ¿Qué necesidad deja sin resolver? ¿Cómo contribuye al camino que finalmente conduce hacia Cristo?

El predicador inglés Charles Spurgeon insistía frecuentemente en conducir a sus oyentes hacia Cristo. Siglos antes, Juan Calvino había explicado que las promesas antiguas encuentran en Cristo su sustancia y cumplimiento. Y en tiempos más recientes, autores como Edmund Clowney y Graeme Goldsworthy han mostrado ampliamente la importancia de leer cada parte de la Escritura dentro de la historia completa que culmina en Cristo.

La clave está en no inventar conexiones, sino descubrir las que la propia Escritura establece.


Jesús también es el centro de nuestra esperanza futura

La historia no termina en la cruz ni siquiera en la resurrección.

El Cristo resucitado ascendió y reina. La Iglesia anuncia su evangelio entre las naciones mientras espera su regreso.

Y cuando llegamos a los últimos capítulos de la Biblia encontramos algo sorprendente: muchos elementos del comienzo aparecen nuevamente, pero ahora restaurados.

En Génesis encontramos creación, vida, un jardín y la presencia de Dios. Después aparece el pecado y entra la muerte. En Apocalipsis encontramos una nueva creación, el árbol de la vida, la desaparición de la maldición y nuevamente la presencia de Dios con su pueblo.

En el centro está el Cordero.

“Y no habrá más maldición; y el trono de Dios y del Cordero estará en ella” (Apocalipsis 22:3).

La Biblia comienza con Dios creando todas las cosas y termina con Dios restaurando su creación mediante Cristo.


Leer la Biblia viendo la grandeza de Cristo

Cuando comprendemos esta unidad, nuestra manera de leer las Escrituras cambia.

Abraham ya no es solamente la historia de un hombre llamado a abandonar su tierra; forma parte del camino de la promesa. David no es simplemente un joven que derrotó a Goliat; pertenece a una línea real que conduce al Rey definitivo. El éxodo no es solamente una emocionante liberación de esclavos; prepara nuestra comprensión de una redención mayor. Los sacrificios no son ceremonias antiguas sin importancia para nosotros; muestran la gravedad del pecado y preparan nuestros ojos para contemplar al Cordero de Dios.

La Biblia no es principalmente una colección de héroes para imitar. Sus grandes personajes también pecaron, fallaron y necesitaron gracia.

Abraham tuvo miedo. Moisés desobedeció. David cayó gravemente. Salomón terminó desviándose. Pedro negó a Jesús.

La Escritura no nos está diciendo simplemente: “Sé como ellos”. Nos muestra que incluso los mejores hombres necesitaban un Salvador mejor que ellos.

Jesús es ese Salvador.

Donde Adán desobedeció, Cristo obedeció. Donde Israel falló, Cristo permaneció fiel. Donde los reyes humanos fueron incapaces de gobernar perfectamente, Cristo reina con justicia. Donde los sacrificios animales nunca pudieron eliminar definitivamente el pecado, Cristo ofreció un sacrificio suficiente una vez y para siempre.

“Porque todas las promesas de Dios son en él Sí, y en él Amén” (2 Corintios 1:20).

Por eso conocer las Escrituras debería llevarnos a conocer mejor a Cristo. Podemos acumular información bíblica, recordar fechas, personajes y acontecimientos, y aun así perder aquello hacia lo cual todo apunta.

Jesús advirtió precisamente sobre este peligro:

“Escudriñad las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de mí” (Juan 5:39).

La meta no es simplemente terminar una lectura bíblica con más información en nuestra mente. La meta es contemplar con mayor claridad quién es Dios, comprender nuestra necesidad, reconocer la grandeza de su gracia y descansar en la obra suficiente de Jesucristo.

Desde la primera promesa pronunciada después de la caída hasta la visión final del Cordero reinando en la nueva creación, una misma esperanza atraviesa las páginas de la Escritura.

El Salvador prometido vino.

El sacrificio fue ofrecido.

La deuda fue pagada.

La muerte fue vencida.

El Rey está vivo.

Y la historia todavía avanza hacia el día en que aquel que estuvo en el centro de las promesas será contemplado como el centro de la nueva creación.


Ejercicios prácticos

1. Lee Lucas 24:13-35 y escribe con tus propias palabras qué hizo Jesús para ayudar a los discípulos a comprender lo ocurrido con su muerte y resurrección.

2. Divide una página de tu libreta en dos columnas. En una escribe cinco elementos del Antiguo Testamento mencionados en esta lección, como sacrificio, templo, rey o pascua. En la otra explica brevemente cómo encuentran su cumplimiento en Cristo.

3. Lee Génesis 3:15, Isaías 53:5, Juan 1:29 y Apocalipsis 22:3. Escribe una frase debajo de cada texto explicando qué aspecto de la persona u obra de Cristo puedes reconocer.

4. Escoge un personaje bíblico como Abraham, Moisés o David. Escribe tres cosas buenas que Dios realizó mediante esa persona y una razón por la cual esa persona también necesitaba un Salvador.

5. Escribe en cinco líneas cómo cambiaría tu manera de leer la Biblia si, además de preguntarte qué enseña un pasaje, comenzaras a preguntarte qué lugar ocupa dentro de la gran historia que culmina en Jesucristo.