Novena lección del estudio: Teología Bíblica.
La historia bíblica comienza en un jardín y termina en una ciudad donde vuelve a aparecer un río, el árbol de la vida y la presencia de Dios. Entre Génesis y Apocalipsis hay guerras, reyes, exilios, promesas, una cruz, una tumba vacía y una Iglesia enviada al mundo. Pero todos esos acontecimientos forman parte de una misma historia. Dios no abandonó lo que había creado ni permitió que el pecado escribiera el último capítulo.
Después de la resurrección de Jesucristo, la historia no terminó. Comenzó una nueva etapa. Cristo reunió a su pueblo, lo envió a anunciar el evangelio y prometió regresar. Por eso la Iglesia vive mirando en dos direcciones: recuerda lo que Cristo ya hizo y espera lo que todavía hará.
Un pueblo reunido por Cristo
La Iglesia no nació simplemente porque algunas personas decidieron organizar una nueva religión. Su existencia forma parte del propósito de Dios que atraviesa toda la Escritura.
En Génesis 12, Dios llamó a Abraham y prometió que por medio de él serían benditas todas las familias de la tierra. Más adelante, Israel fue llamado a ser un pueblo apartado para Dios. Sin embargo, el pecado mostró que el pueblo necesitaba algo mucho más profundo que leyes externas: necesitaba un corazón transformado.
Los profetas anunciaron que llegaría el día cuando Dios realizaría precisamente esa obra. Jeremías habló de un nuevo pacto y Ezequiel anunció que Dios daría un corazón nuevo y pondría su Espíritu dentro de su pueblo.
“Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros.” — Ezequiel 36:26
Estas promesas encuentran su cumplimiento decisivo en Jesucristo. La noche antes de su muerte, Jesús tomó la copa y declaró que su sangre era la sangre del nuevo pacto. Su muerte no fue un accidente dentro de la historia; fue el sacrificio mediante el cual aseguró la salvación de su pueblo.
Por eso la Iglesia está formada por personas reconciliadas con Dios mediante Cristo. No es el edificio donde los creyentes se reúnen. Es el pueblo que pertenece a Cristo.
Pedro utiliza palabras que recuerdan directamente la historia de Israel:
“Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios.” — 1 Pedro 2:9
Personas de diferentes pueblos, idiomas y culturas son reunidas alrededor de un mismo Salvador.
Pentecostés y la expansión del evangelio
Después de resucitar, Jesús permaneció durante cuarenta días apareciéndose a sus discípulos. Antes de ascender, les explicó que recibirían poder cuando viniera sobre ellos el Espíritu Santo.
“Y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra.” — Hechos 1:8
Estas palabras funcionan casi como un mapa del libro de Hechos. El evangelio comienza a proclamarse en Jerusalén, atraviesa las fronteras de Judea y Samaria y continúa extendiéndose hacia las naciones.
En Pentecostés ocurrió algo extraordinario. El Espíritu Santo fue derramado sobre los discípulos y Pedro anunció públicamente a Jesucristo crucificado y resucitado. Aproximadamente tres mil personas recibieron la palabra aquel día.
La escena es importante. Jerusalén estaba llena de personas procedentes de distintas regiones. Hombres que hablaban diferentes lenguas escucharon las maravillas de Dios. El mensaje acerca de Cristo ya no quedaría encerrado dentro de las fronteras de Israel.
La promesa dada a Abraham estaba avanzando hacia las naciones.
La misión que Cristo entregó a su Iglesia
Antes de ascender, Jesús dio una orden que sigue vigente:
“Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones.” — Mateo 28:19
La misión de la Iglesia no consiste simplemente en atraer personas a reuniones. Cristo ordenó hacer discípulos.
Eso incluye anunciar quién es Jesús, explicar su muerte y resurrección, llamar al arrepentimiento y a la fe, bautizar a quienes profesan creer y enseñarles a obedecer todo lo que Cristo mandó.
La Iglesia, por tanto, no tiene autoridad para inventar su propio mensaje. No anuncia sus ideas, preferencias ni opiniones. Pablo lo expresó claramente:
“Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor.” — 2 Corintios 4:5
John Stott insistió repetidamente en que la misión cristiana debe permanecer profundamente unida al mensaje bíblico de Cristo. Y J. I. Packer recordó que evangelizar significa comunicar fielmente las buenas noticias de Jesús dejando los resultados en las manos soberanas de Dios.
Esto libera a la Iglesia de una enorme carga. Nuestra responsabilidad es anunciar fielmente el evangelio; solamente Dios puede abrir el corazón humano.
Una misión que atraviesa fronteras
El libro de Hechos muestra que esta misión encontró resistencia desde sus primeros días. Pedro y Juan fueron amenazados. Esteban fue asesinado. Los creyentes fueron perseguidos y dispersados.
Sin embargo, ocurrió algo sorprendente: quienes fueron dispersados llevaron consigo el evangelio.
“Pero los que fueron esparcidos iban por todas partes anunciando el evangelio.” — Hechos 8:4
La persecución que pretendía detener el mensaje terminó contribuyendo a su expansión.
Después encontramos a Felipe anunciando a Cristo en Samaria, a Pedro entrando en casa de Cornelio y a Pablo viajando por ciudades del mundo mediterráneo. En lugares como Filipos, Corinto, Éfeso y Roma comenzaron a aparecer comunidades cristianas.
La Iglesia aprendía lentamente una verdad enorme: Jesucristo no había venido únicamente por personas de una nación.
La visión final de Apocalipsis muestra el resultado:
“Una gran multitud, la cual nadie podía contar, de todas naciones y tribus y pueblos y lenguas.” — Apocalipsis 7:9
La misión de la Iglesia se mueve hacia esa escena.
La Iglesia vive entre dos grandes acontecimientos
Existe una tensión importante en la vida cristiana. Cristo ya venció, pero todavía vemos pecado, enfermedad, injusticia, muerte y sufrimiento.
Esto sucede porque vivimos entre la primera venida de Cristo y su regreso.
En la cruz, Jesús derrotó decisivamente al pecado. En su resurrección venció a la muerte. Sin embargo, la eliminación completa de todos los efectos del pecado ocurrirá cuando regrese.
Herman Bavinck destacó que la obra salvadora de Dios no termina simplemente rescatando almas individuales; alcanza finalmente la renovación de la creación. Anthony Hoekema también explicó que la esperanza cristiana no consiste en escapar para siempre del mundo material, sino en esperar la resurrección y la creación renovada por Dios.
Esta diferencia es fundamental.
La esperanza cristiana no es abandonar para siempre la creación. Es verla restaurada.
La resurrección de Cristo anuncia lo que viene
Cuando Jesús salió de la tumba, algo comenzó que alcanzará finalmente a todo su pueblo.
Pablo llama a Cristo:
“Primicias de los que durmieron.” — 1 Corintios 15:20
Las primicias eran los primeros frutos de una cosecha y anunciaban que vendrían más. La resurrección de Jesús funciona de manera semejante. Su cuerpo verdaderamente murió y verdaderamente resucitó. Su tumba quedó vacía.
Por eso la esperanza del creyente incluye la resurrección corporal.
“El cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya.” — Filipenses 3:21
La muerte, entonces, no tendrá la última palabra sobre quienes pertenecen a Cristo.
Esta esperanza cambia la manera de mirar un cementerio cristiano. Las lápidas parecen hablar de finales. El evangelio responde que, para quienes están en Cristo, esos cuerpos esperan la resurrección.
Toda la creación espera
La caída de Génesis 3 afectó mucho más que las relaciones humanas. La tierra quedó bajo maldición. Aparecieron dolor, desgaste y muerte.
Pablo describe a la creación como alguien que gime esperando ser liberado:
“Porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción.” — Romanos 8:21
Esto significa que Dios no piensa abandonar su creación a la destrucción definitiva. Él la renovará.
Isaías ya había utilizado imágenes extraordinarias para describir esta esperanza:
“Porque he aquí que yo crearé nuevos cielos y nueva tierra.” — Isaías 65:17
Pedro retoma esa esperanza y Apocalipsis la presenta en su culminación.
La nueva creación
Apocalipsis 21 abre una de las escenas más gloriosas de toda la Biblia:
“Vi un cielo nuevo y una tierra nueva.” — Apocalipsis 21:1
Juan contempla la Nueva Jerusalén descendiendo del cielo. Observa algo profundamente significativo: la dirección es hacia abajo. La ciudad desciende de Dios.
Entonces escucha:
“He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos.” — Apocalipsis 21:3
Aquí reaparece uno de los grandes temas de toda la historia bíblica: Dios habitando con su pueblo.
En Edén, Dios estaba con el ser humano. Después del pecado apareció separación. Más adelante encontramos el tabernáculo, luego el templo y finalmente a Jesucristo, Dios habitando entre nosotros. Después, mediante el Espíritu Santo, Dios habita en su Iglesia. Pero en la nueva creación esa comunión llegará a su plenitud.
Ya no habrá templo porque Dios mismo estará allí.
Ya no habrá muerte.
Ya no habrá llanto.
Ya no habrá dolor.
Ya no habrá maldición.
“Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte.” — Apocalipsis 21:4
La Biblia comienza con la humanidad expulsada del árbol de la vida y termina con el árbol de la vida nuevamente accesible. Comienza con una creación buena dañada por el pecado y termina con una creación renovada donde la maldición ha desaparecido.
El pecado no consigue destruir el propósito de Dios.
La esperanza que transforma el presente
La esperanza futura no convierte al creyente en alguien indiferente al presente. Produce exactamente lo contrario.
Pablo dedica casi todo 1 Corintios 15 a explicar la resurrección. Después de describir la victoria final sobre la muerte, termina diciendo:
“Estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano.” — 1 Corintios 15:58
Observe la conexión. Precisamente porque habrá resurrección, nuestro servicio presente tiene sentido.
Podemos enseñar, servir, ayudar, evangelizar, criar a nuestros hijos en el conocimiento de Cristo, cuidar al necesitado, trabajar honestamente y perseverar cuando los resultados parecen pequeños. Nada hecho verdaderamente para el Señor es inútil.
Los puritanos comprendieron bien esta relación entre esperanza y perseverancia. Richard Baxter escribió pensando constantemente en la eternidad porque entendía que contemplar el mundo venidero debía transformar la manera de vivir en este mundo.
El final que explica toda la historia
Ahora podemos mirar nuevamente toda la historia bíblica.
Dios crea un mundo bueno. El ser humano se rebela. Dios promete redención. Llama a Abraham. Forma a Israel. Establece pactos. Levanta reyes y profetas. Promete un Mesías. Cristo llega, vive perfectamente, muere por pecadores y resucita. El Espíritu Santo es derramado. La Iglesia lleva el evangelio hacia las naciones. Cristo regresará, los muertos resucitarán, el mal será juzgado y la creación será renovada.
Entonces comprenderemos plenamente que la historia nunca estuvo fuera de las manos de Dios.
La Biblia no termina simplemente diciendo que los creyentes estarán seguros. Termina mostrando a Dios habitando con una humanidad redimida dentro de una creación renovada.
Y las últimas palabras de esperanza de la Iglesia siguen mirando hacia Jesucristo:
“Amén; sí, ven, Señor Jesús.” — Apocalipsis 22:20
Hasta que llegue ese día, la Iglesia tiene una tarea clara: permanecer fiel a Cristo, anunciar su evangelio, hacer discípulos y vivir como un pueblo cuya esperanza no descansa en las circunstancias del presente, sino en la promesa segura de su Rey.
Ejercicios prácticos
1. Lee Mateo 28:18-20 y escribe en tu libreta tres cosas que Jesús ordenó hacer a sus discípulos.
2. Lee Hechos 1:8 y escribe con tus propias palabras cuál es la misión que Cristo entregó a su Iglesia.
3. Lee Romanos 8:18-25. Anota qué espera la creación y qué esperan los creyentes.
4. Lee Apocalipsis 21:1-5 y escribe cinco cosas que ya no existirán o que serán completamente transformadas en la nueva creación.
5. Escribe una oración breve respondiendo esta pregunta: Si realmente creo que Cristo regresará y renovará todas las cosas, ¿qué debería cambiar hoy en mi manera de vivir, servir y hablar de Cristo?