Teología Bíblica - Lección 9

Novena lección del estudio: Teología Bíblica.

Hay construcciones que sobreviven siglos enteros. Palacios, murallas y monumentos han resistido guerras, terremotos y el paso del tiempo. Sin embargo, todos ellos tienen algo en común: algún día desaparecerán. Ninguna obra humana es eterna. En cambio, hace casi dos mil años comenzó una obra mucho más silenciosa. No nació en un palacio ni fue levantada con piedra, hierro o mármol. Comenzó con un pequeño grupo de hombres y mujeres transformados por el Espíritu Santo. Desde entonces ha atravesado imperios, persecuciones, epidemias, revoluciones y culturas completamente distintas. Muchos intentaron destruirla, pero sigue viva. ¿Por qué? Porque no es una institución creada por el hombre. Es la obra de Dios. La Iglesia existe porque Cristo vive, la sostiene con su poder y la conduce hacia un destino glorioso que culminará cuando Dios haga nuevas todas las cosas.

Cuando observamos toda la historia de la Biblia descubrimos que Dios nunca actuó sin propósito. Desde Génesis hasta Apocalipsis existe una sola historia: el Dios soberano que salva un pueblo para su gloria mediante Jesucristo. La Iglesia, la misión y la esperanza futura no son temas separados. Forman parte del mismo plan eterno de Dios.

La Iglesia nació en el corazón de Dios

Muchas personas piensan que la Iglesia apareció solamente después de la resurrección de Jesús. Sin embargo, cuando estudiamos cuidadosamente las Escrituras encontramos algo mucho más profundo. La Iglesia no fue una solución improvisada después del rechazo de Israel. Desde antes de la creación del mundo, Dios había determinado salvar para sí un pueblo por medio de Cristo.

"Según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él." (Efesios 1:4).

Estas palabras nos llevan antes del principio de la historia humana. Antes de que existiera el universo, Dios ya había determinado reunir un pueblo que viviría para su gloria. Esto no significa que las personas sean simples robots. La Biblia enseña que Dios obra soberanamente mientras las personas responden responsablemente al llamado del evangelio.

Después de la caída de Adán y Eva, Dios no abandonó a la humanidad. En medio del juicio apareció una promesa llena de esperanza.

"Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar." (Génesis 3:15).

Este versículo anuncia que vendría un descendiente que derrotaría definitivamente al enemigo. Desde ese momento toda la historia bíblica comienza a avanzar hacia Cristo. Cada pacto, cada profeta, cada sacrificio y cada promesa preparan el camino para su llegada.

Juan Calvino explicó que Dios nunca ha tenido dos pueblos diferentes con dos maneras distintas de salvación. Siempre ha existido un solo pueblo redimido por la gracia divina mediante la fe en el Salvador prometido y finalmente revelado en Jesucristo. A lo largo de la historia bíblica cambia la administración del pacto, pero no cambia el propósito de Dios.

Israel preparó el camino para la llegada del Mesías

Cuando Dios llamó a Abraham, no solamente estaba formando una nación. Estaba preparando el escenario para la llegada del Salvador.

"Y serán benditas en ti todas las familias de la tierra." (Génesis 12:3).

Desde el principio, el propósito nunca fue limitar la bendición a un solo pueblo. Israel fue escogido para que, por medio de él, llegara el Redentor del mundo.

Durante siglos Dios levantó jueces, sacerdotes, reyes y profetas. Todos ellos señalaban hacia alguien mayor. Ninguno podía salvar completamente al pueblo. Todos eran imperfectos. Todos morían. Todos necesitaban la gracia de Dios.

Cuando llegó "el cumplimiento del tiempo" (Gálatas 4:4), Jesucristo apareció como el verdadero cumplimiento de todas las promesas del Antiguo Testamento.

Él es el verdadero Cordero anunciado en la Pascua.

Él es el verdadero templo donde Dios habita con su pueblo.

Él es el verdadero Rey descendiente de David.

Él es el gran Sumo Sacerdote perfecto.

Él es el Profeta prometido por Moisés.

Todo el Antiguo Testamento apunta hacia Él.

Como escribió Agustín de Hipona: "El Nuevo Testamento está oculto en el Antiguo, y el Antiguo es revelado en el Nuevo". Esta afirmación resume de manera sencilla la unidad de toda la Escritura.

Cristo edificó su Iglesia

Durante su ministerio terrenal Jesús anunció algo extraordinario.

"Edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella." (Mateo 16:18).

Notemos cuidadosamente cada palabra.

No dijo: "ustedes construirán mi iglesia".

Dijo: "Yo edificaré mi iglesia".

Cristo mismo es quien llama, salva, transforma y sostiene a su pueblo.

La palabra "iglesia" significa "los llamados". No se refiere principalmente a un edificio ni a una organización humana. Habla de personas rescatadas por Dios para pertenecerle.

La Iglesia está formada por hombres y mujeres de diferentes culturas, idiomas, edades y naciones que tienen algo en común: fueron reconciliados con Dios mediante Jesucristo.

"Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios." (1 Pedro 2:9).

La identidad del creyente cambia completamente. Antes vivía lejos de Dios. Ahora pertenece a su pueblo. Antes estaba bajo condenación. Ahora forma parte de la familia de Dios.

John Owen escribió que la mayor belleza de la Iglesia no consiste en su organización externa, sino en la presencia de Cristo en medio de ella. Sin Cristo, cualquier congregación pierde su verdadera razón de existir.

Cristo es la cabeza de la Iglesia

La Biblia utiliza varias imágenes para ayudarnos a comprender qué es la Iglesia.

La llama cuerpo.

La llama esposa.

La llama templo espiritual.

La llama familia de Dios.

Cada una revela un aspecto diferente de la relación entre Cristo y su pueblo.

Quizá la imagen del cuerpo sea una de las más fáciles de entender.

"Y él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia." (Colosenses 1:18).

Así como el cuerpo humano depende completamente de la cabeza para vivir y funcionar correctamente, la Iglesia depende totalmente de Cristo.

No existe verdadera vida espiritual separada de Él.

No existe verdadera unidad basada solamente en afinidades humanas.

No existe verdadero crecimiento cuando Cristo deja de ocupar el centro.

Toda congregación saludable aprende constantemente a mirar hacia su Señor antes que hacia sus propios recursos.

Esto también significa que ningún líder ocupa el lugar de Cristo. Pastores, ancianos y maestros cumplen una función importante, pero todos están bajo la autoridad del único Pastor supremo.

"Y cuando aparezca el Príncipe de los pastores, vosotros recibiréis la corona incorruptible de gloria." (1 Pedro 5:4).

La misión comenzó mucho antes de Pentecostés

En ocasiones se piensa que la misión comenzó cuando Jesús envió a sus discípulos al final de los Evangelios. Sin embargo, toda la historia bíblica muestra que Dios siempre tuvo un propósito mundial.

Desde la promesa hecha a Abraham, Dios anunció que todas las naciones serían bendecidas.

Los Salmos invitan continuamente a todos los pueblos a adorar al Señor.

Los profetas anunciaron que las naciones acudirían al Dios verdadero.

Isaías escribió:

"También te di por luz de las naciones, para que seas mi salvación hasta lo postrero de la tierra." (Isaías 49:6).

Ese anuncio encuentra su cumplimiento perfecto en Jesucristo.

Después de su resurrección, el Señor entregó a sus discípulos una misión que continúa hasta nuestros días.

"Id, y haced discípulos a todas las naciones." (Mateo 28:19).

La misión principal de la Iglesia no consiste simplemente en aumentar asistentes o construir edificios. Su llamado es anunciar el evangelio para que hombres y mujeres sean reconciliados con Dios y aprendan a obedecer a Cristo.

La palabra "discípulo" describe a alguien que aprende continuamente de su Maestro. La misión no termina cuando una persona escucha el evangelio. Continúa durante toda la vida, mientras crece en santidad y madurez.

El libro de los Hechos muestra cómo esta misión comenzó a extenderse desde Jerusalén hacia Judea, Samaria y finalmente hasta los extremos del mundo conocido. A pesar de las persecuciones, encarcelamientos y sufrimientos, el evangelio siguió avanzando.

En el año 64 d.C., durante el gobierno del emperador Nerón, comenzó una de las persecuciones más crueles contra los cristianos en Roma. Muchos creyentes fueron ejecutados. Sin embargo, la Iglesia no desapareció. Al contrario, continuó creciendo porque el poder del evangelio nunca ha dependido de la fuerza política, sino de la obra del Espíritu Santo.

A lo largo de los siglos esa misión continuó expandiéndose. Dios levantó creyentes fieles que llevaron las Escrituras a diferentes pueblos y lenguas. William Carey recordó una verdad sencilla que sigue siendo vigente: la misión existe porque Dios merece ser conocido y adorado entre todas las naciones.

Hoy la Iglesia continúa participando en esa misma obra. Cada creyente es llamado a reflejar a Cristo mediante su manera de vivir, sus palabras, su servicio y su amor hacia los demás. La misión no pertenece únicamente a pastores o misioneros. Toda la Iglesia ha sido enviada para anunciar las buenas noticias del reino de Dios allí donde el Señor la ha colocado.

La esperanza de la nueva creación

Cuando la Biblia habla del futuro, no lo hace para satisfacer la curiosidad de las personas, sino para fortalecer su esperanza. Muchos creyentes se preguntan cómo terminará la historia del mundo. Las Escrituras responden con claridad: la historia no terminará en el caos, sino en la victoria definitiva de Dios.

Desde Génesis hasta Apocalipsis encontramos una misma dirección. Dios creó un mundo bueno. El pecado introdujo la muerte, el dolor, la injusticia y la separación entre el hombre y su Creador. Sin embargo, el pecado nunca tomó por sorpresa a Dios. Desde el principio, Él anunció que un día restauraría todas las cosas por medio de Jesucristo.

La esperanza del creyente no consiste simplemente en ir al cielo cuando muera. La esperanza bíblica es mucho más grande. Dios promete renovar toda su creación para que vuelva a reflejar perfectamente su gloria.

"Porque he aquí que yo crearé nuevos cielos y nueva tierra; y de lo primero no habrá memoria, ni más vendrá al pensamiento." (Isaías 65:17).

Siglos después, el apóstol Juan contempló el cumplimiento de esa promesa.

"Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron." (Apocalipsis 21:1).

La Biblia comienza con un jardín en Génesis y termina con una creación completamente restaurada en Apocalipsis. Lo que el pecado destruyó será plenamente renovado por el poder de Dios. No se trata de un plan diferente, sino de la culminación de la misma historia de redención.

Herman Bavinck escribió que la obra de Cristo no destruye la creación, sino que la restaura para que alcance el propósito con el cual fue creada desde el principio. Esta perspectiva nos ayuda a comprender que el plan de Dios siempre ha sido renovar, no abandonar, aquello que Él mismo hizo.

La segunda venida de Cristo

La esperanza de la Iglesia descansa sobre una promesa firme: Jesucristo volverá.

Después de su resurrección, mientras los discípulos observaban cómo ascendía al cielo, dos ángeles les dieron una declaración que sigue llenando de esperanza a la Iglesia.

"Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo." (Hechos 1:11).

La segunda venida de Cristo no será un acontecimiento simbólico ni una idea espiritual. Será un evento real, visible y glorioso. El mismo Señor que nació en Belén, caminó por los caminos de Galilea, murió en la cruz y resucitó al tercer día regresará con poder y majestad.

En aquella ocasión no vendrá para ofrecer nuevamente el sacrificio por el pecado. Esa obra quedó completamente terminada en la cruz.

"Consumado es." (Juan 19:30).

Su regreso marcará el fin definitivo de la historia tal como hoy la conocemos. Cristo juzgará con perfecta justicia, derrotará para siempre toda forma de maldad y manifestará públicamente la gloria de su Reino.

Por esa razón, la Iglesia vive mirando hacia adelante. No porque ignore las responsabilidades del presente, sino porque sabe que la historia tiene un final seguro en las manos de Dios.

La victoria definitiva sobre el pecado y la muerte

Todos conocemos el dolor que produce la muerte. Ninguna familia ha escapado a ella. Los cementerios recuerdan constantemente la fragilidad de la vida humana. El pecado dejó una herida profunda en toda la creación.

Pero la muerte no tendrá la última palabra.

La resurrección de Jesucristo fue el anuncio de una victoria mucho mayor. Él resucitó como las primicias de todos los que creen en Él.

"Sorbida es la muerte en victoria." (1 Corintios 15:54).

El creyente todavía enfrenta enfermedades, sufrimientos y pérdidas. Sin embargo, ninguna de esas realidades es definitiva. Cristo venció aquello que parecía invencible.

Por eso Pablo podía escribir con absoluta seguridad:

"¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?" (1 Corintios 15:55).

La esperanza cristiana no depende del optimismo humano. Descansa sobre un hecho histórico: Cristo verdaderamente resucitó. Si Él venció la muerte, quienes pertenecen a Él también participarán de esa victoria.

Dios habitará con su pueblo para siempre

Uno de los temas que atraviesa toda la Biblia es la presencia de Dios con su pueblo.

En el jardín del Edén, Dios caminaba con el hombre.

En el desierto, su presencia acompañaba a Israel mediante la nube y la columna de fuego.

En el tabernáculo y posteriormente en el templo, Dios manifestó su gloria entre su pueblo.

Después, el Hijo de Dios vino al mundo.

"Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros." (Juan 1:14).

Hoy el Espíritu Santo mora en cada creyente y en la Iglesia reunida.

Sin embargo, todavía esperamos el cumplimiento pleno de esa comunión perfecta.

Juan describe ese momento con palabras profundamente esperanzadoras.

"He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios." (Apocalipsis 21:3).

La mayor bendición de la nueva creación no será simplemente la ausencia del dolor. Será la presencia perfecta de Dios. Todo aquello que el pecado rompió quedará completamente restaurado. No existirá distancia entre Dios y su pueblo. La comunión será plena, eterna y perfecta.

Un mundo sin lágrimas, sin pecado y sin muerte

Las palabras finales del libro de Apocalipsis contienen una de las promesas más consoladoras de toda la Escritura.

"Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron." (Apocalipsis 21:4).

Estas palabras no intentan minimizar el sufrimiento presente. Dios conoce perfectamente el dolor humano. Él conoce las lágrimas silenciosas, las enfermedades prolongadas, las injusticias, las despedidas y las noches de angustia.

Sin embargo, ninguna de esas experiencias será eterna.

La nueva creación será un mundo completamente libre de pecado. Nunca más habrá corrupción, violencia, odio, enfermedad, egoísmo ni separación de Dios.

Thomas Boston escribió que la gloria futura será tan grande que las aflicciones presentes parecerán pequeñas al compararlas con aquello que Dios ha preparado para los que le aman. Sus palabras reflejan la esperanza enseñada por el apóstol Pablo.

"Porque tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera." (Romanos 8:18).

Cómo debemos vivir mientras esperamos

La esperanza futura nunca debe producir pasividad. Al contrario, transforma la manera en que vivimos hoy.

Quien sabe que Cristo volverá procura vivir con fidelidad.

Quien espera la nueva creación aprende a valorar más las cosas eternas que las temporales.

Quien conoce el evangelio desea compartirlo con otros antes de que llegue el día del Señor.

Pedro hace una pregunta que sigue siendo profundamente actual.

"¿Qué clase de personas debéis ser vosotros en santa y piadosa manera de vivir?" (2 Pedro 3:11).

La esperanza no nos aleja del mundo. Nos impulsa a servir con mayor amor, humildad y perseverancia.

Sabemos que nuestro trabajo para el Señor nunca es inútil.

"Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano." (1 Corintios 15:58).

Cada acto de amor, cada palabra del evangelio compartida, cada servicio realizado con fidelidad y cada decisión tomada para honrar a Cristo forman parte de una vida que anticipa la realidad del Reino venidero.

Conclusión

Al recorrer toda la Biblia descubrimos una historia perfectamente unida. Dios creó todas las cosas para su gloria. El hombre cayó en pecado. Dios prometió un Redentor. Cristo vino al mundo, murió por los pecadores y resucitó victorioso. Ahora reúne para sí un pueblo de toda lengua, nación y cultura, al que llama Iglesia. Mientras ese pueblo anuncia el evangelio, espera el día en que su Señor regresará para hacer nuevas todas las cosas.

Por eso, la Iglesia no vive únicamente recordando el pasado. Tampoco vive atrapada por las preocupaciones del presente. Vive mirando hacia Cristo.

Nuestra misión continúa mientras haya personas que todavía no conocen al Salvador.

Nuestra esperanza permanece firme porque Cristo ya venció.

Nuestro futuro está asegurado porque las promesas de Dios jamás fallan.

Al finalizar la historia no triunfará el pecado, ni la muerte, ni el sufrimiento. Triunfará el Cordero que fue inmolado y que ahora reina para siempre.

Hasta ese día, la Iglesia sigue caminando con fidelidad, anunciando el evangelio con humildad y esperando con gozo el regreso de su Rey, sabiendo que la historia terminará exactamente como Dios la ha prometido: con una nueva creación donde Él será glorificado por los siglos de los siglos.


Ejercicios. Toma tu libreta de apuntes y realiza lo siguiente:

1. Lee Apocalipsis 21:1-8 y escribe en tu libreta cinco características de la nueva creación. Luego explica con tus propias palabras cuál de ellas llena más tu corazón de esperanza y por qué.

2. Elabora una lista con diez acontecimientos importantes del plan de Dios que aparecen desde Génesis hasta Apocalipsis (por ejemplo: creación, caída, llamado de Abraham, nacimiento de Cristo, cruz, resurrección, etc.). Esto te ayudará a visualizar la unidad de toda la Biblia.

3. Lee Mateo 28:18-20 y responde las siguientes preguntas:
• ¿Quién posee toda autoridad?
• ¿Cuál es la misión de la Iglesia?
• ¿Qué promesa hace Jesús a sus discípulos?

4. Escribe una oración de unas diez líneas agradeciendo a Dios porque Cristo edificó su Iglesia, la sostiene en el presente y cumplirá todas sus promesas en el futuro.

5. Durante esta semana conversa con una persona acerca de la esperanza que ofrece Jesucristo. Después escribe en tu libreta qué aprendiste de esa conversación y cómo puedes seguir creciendo para compartir el evangelio con amor, claridad y fidelidad.