Teología Filosófica - Lección 1

Primera lección del estudio: Teología Filosófica.

¿Qué es la Teología Filosófica y por qué es importante?

«Mirad que nadie os engañe por medio de filosofías y huecas sutilezas, según las tradiciones de los hombres, conforme a los rudimentos del mundo, y no según Cristo.» — Colosenses 2:8

En el año 399 a. C., Sócrates fue llevado ante un tribunal en Atenas. Entre las acusaciones contra él estaba la de corromper a los jóvenes y cuestionar las creencias aceptadas de su ciudad. Finalmente fue condenado a muerte. Detrás de aquel juicio había algo más profundo que un conflicto político: un hombre había dedicado buena parte de su vida a hacer preguntas. ¿Qué es la justicia? ¿Qué significa vivir bien? ¿Cómo sabemos que algo es verdadero? ¿Qué clase de persona debemos ser?

Más de dos mil años después, esas preguntas siguen vivas. Pero el cristiano debe añadir otras todavía mayores: ¿por qué existe algo en lugar de nada? ¿Quién es Dios? ¿Puede la razón humana conocer la verdad? ¿Por qué existe el mal? ¿Qué hace que una acción sea realmente buena o mala? ¿Tiene la vida un propósito objetivo? ¿Qué significa ser humano?

Estas preguntas no pertenecen solamente a profesores encerrados entre libros. Aparecen cuando una persona contempla un funeral, cuando alguien sufre una injusticia, cuando un niño pregunta quién hizo el mundo o cuando una persona mira el cielo nocturno y se pregunta por qué existe. Pensar cuidadosamente sobre estas cuestiones a la luz de las Escrituras es precisamente el terreno que estudia esta disciplina.

Una fe que también piensa

La palabra filosofía procede del griego y suele entenderse como «amor a la sabiduría». Sin embargo, la Biblia enseña que la verdadera sabiduría no comienza colocando al ser humano en el centro, sino reconociendo a Dios.

«El temor de Jehová es el principio de la sabiduría, y el conocimiento del Santísimo es la inteligencia.» — Proverbios 9:10

Esto establece un punto fundamental. El cristiano puede hacer preguntas profundas, razonar, investigar y examinar argumentos, pero no comienza desde un universo vacío de Dios. Comienza reconociendo que Dios existe, que ha creado todas las cosas y que se ha dado a conocer.

Juan Calvino escribió en 1536, en la primera edición de la Institución de la Religión Cristiana, acerca del conocimiento de Dios y del conocimiento de nosotros mismos. Para Calvino, ambos están profundamente relacionados. Cuando contemplamos nuestra fragilidad, descubrimos que no somos seres independientes; y cuando contemplamos la grandeza de Dios, comprendemos mejor quiénes somos.

La fe cristiana, por tanto, no exige apagar la mente. Exige utilizarla correctamente. Jesús mismo dijo:

«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente.» — Mateo 22:37

Pensar cuidadosamente puede convertirse en una forma de obediencia cuando nuestra mente se somete a la verdad revelada por Dios.

Las grandes preguntas humanas

Desde la antigüedad, diferentes pensadores han intentado comprender la realidad. Platón, que vivió aproximadamente entre 427 y 347 a. C., reflexionó acerca de la verdad, la justicia y aquello que permanece detrás de un mundo cambiante. Aristóteles, nacido en 384 a. C., estudió las causas de las cosas y razonó acerca de una causa primera.

Siglos después, Agustín de Hipona, convertido al cristianismo en el año 386 d. C., examinó muchas de esas preguntas desde las Escrituras. Había buscado respuestas en distintas corrientes de pensamiento, pero terminó comprendiendo que la mente humana no encuentra su fundamento último mirándose a sí misma, sino conociendo al Creador.

La Escritura lleva la pregunta todavía más atrás:

«En el principio creó Dios los cielos y la tierra.» — Génesis 1:1

La Biblia no comienza intentando demostrar experimentalmente a Dios. Comienza con Él. Antes de las estrellas, los océanos, los seres humanos, las naciones y los filósofos, Dios ya era. Esto significa que la realidad no apareció por sí misma ni depende finalmente del ser humano para tener significado.

Cuando preguntamos por qué existe el universo, estamos haciendo una pregunta filosófica. Cuando examinamos esa pregunta reconociendo lo que Dios ha revelado, estamos entrando en el corazón de esta disciplina.

La razón tiene valor, pero también límites

Uno de los errores más importantes que debemos evitar consiste en pensar que la inteligencia humana puede funcionar como un juez situado por encima de Dios. La Biblia presenta una realidad diferente. Nuestra capacidad de razonar es un regalo del Creador, pero nosotros somos criaturas.

«Porque ¿quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero?» — Romanos 11:34

Además, el pecado no afectó únicamente nuestros deseos y acciones; también afecta nuestra manera de pensar. Podemos construir argumentos inteligentes para justificar aquello que deseamos creer.

Pablo explica en Romanos 1 que los seres humanos poseen verdadero conocimiento acerca de Dios mediante la creación, pero suprimen esa verdad.

«Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas.» — Romanos 1:20

Esto explica una paradoja extraordinaria: el ser humano puede estudiar galaxias, construir ciudades, desarrollar matemáticas y analizar el funcionamiento del cerebro, y al mismo tiempo equivocarse profundamente acerca del significado último de su propia existencia.

Blaise Pascal, matemático y pensador cristiano del siglo XVII, comprendió bien esta tensión. El ser humano posee una grandeza extraordinaria y, al mismo tiempo, una profunda miseria. Bíblicamente podemos explicar ambas cosas: somos criaturas hechas a imagen de Dios y, a la vez, criaturas caídas.

No toda filosofía es enemiga de la fe

Colosenses 2:8 suele interpretarse como si Pablo estuviera condenando todo razonamiento filosófico. Pero el texto es más preciso. Pablo advierte contra una filosofía basada en tradiciones humanas y no según Cristo.

El problema no es pensar profundamente. El problema es construir una explicación de la realidad que excluya o contradiga al Creador.

En Hechos 17 vemos a Pablo en Atenas dialogando con epicúreos y estoicos. No huyó del encuentro intelectual. Escuchó sus ideas, identificó sus errores y utilizó elementos conocidos por ellos para conducir la conversación hacia el Dios verdadero.

«El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay, siendo Señor del cielo y de la tierra, no habita en templos hechos por manos humanas.» — Hechos 17:24

Pablo incluso citó autores griegos conocidos por sus oyentes. Esto muestra una forma equilibrada de relacionarnos con otros pensadores: podemos leerlos, comprenderlos y reconocer cuando dicen algo verdadero, sin convertirlos en nuestra autoridad final.

Por qué esta disciplina es necesaria

Su importancia aparece cuando descubrimos que prácticamente toda persona vive según ciertas ideas acerca de la realidad, aunque nunca haya abierto un libro de filosofía.

Una persona que afirma «cada uno tiene su propia verdad» ya está haciendo una afirmación acerca de la verdad. Quien dice «Dios no existe» está afirmando algo acerca de la naturaleza última de la realidad. Quien sostiene que «algo es bueno porque me hace feliz» está utilizando una determinada idea acerca de la moral.

Las ideas tienen consecuencias.

Friedrich Nietzsche, en el siglo XIX, comprendió esto con notable claridad. Al anunciar culturalmente la «muerte de Dios», sabía que eliminar a Dios del pensamiento occidental tendría consecuencias enormes para la moral, el significado y los valores. Aunque su respuesta fue radicalmente diferente de la cristiana, identificó correctamente la magnitud del problema.

Si Dios no existe, debemos preguntarnos seriamente de dónde procede una obligación moral objetiva. Si somos únicamente materia organizada accidentalmente, debemos explicar qué fundamento tiene la dignidad humana. Si todo pensamiento es simplemente producto de procesos físicos destinados a la supervivencia, debemos preguntarnos por qué confiar en nuestra capacidad para conocer la verdad.

Estas preguntas ayudan al creyente a detectar contradicciones y a comprender mejor aquello que cree.

La creación habla de su Creador

Los cielos, la conciencia humana, el orden de la naturaleza, nuestra capacidad racional y nuestro sentido de justicia no son realidades independientes de Dios.

«Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos.» — Salmo 19:1

Jonathan Edwards, pastor y pensador del siglo XVIII, veía la creación como una realidad llena de señales de la grandeza divina. Para él, estudiar el mundo correctamente debía conducir finalmente hacia Dios.

Herman Bavinck desarrolló posteriormente una idea igualmente importante: toda verdad pertenece finalmente a Dios porque toda realidad depende de Él. Por eso el creyente no necesita temer una investigación honesta. Si algo es verdaderamente cierto, nunca podrá destruir aquello que Dios realmente ha revelado.

Esto no significa que sepamos responder inmediatamente cada pregunta. Existen misterios que superan nuestra capacidad. La humildad intelectual consiste precisamente en reconocer la diferencia entre aquello que Dios nos ha permitido conocer y aquello que permanece fuera de nuestro alcance.

Cristo transforma nuestra manera de comprender la realidad

El propósito final de este estudio no consiste simplemente en ganar discusiones. Podemos conocer numerosos argumentos acerca de Dios y continuar teniendo un corazón lejos de Él.

La sabiduría cristiana encuentra su centro en Jesucristo.

«En quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento.» — Colosenses 2:3

Cornelius Van Til, durante el siglo XX, insistió en que ningún pensamiento humano es completamente independiente de Dios. Francis Schaeffer llevó muchas de estas preguntas al terreno cotidiano y mostró que las ideas acerca de Dios, el ser humano y la verdad terminan afectando nuestra cultura, nuestra moral y nuestra manera de vivir.

Cristo nos permite comprender conjuntamente cosas que de otro modo parecen fragmentadas. La creación explica nuestra grandeza. La caída explica nuestra corrupción. La cruz muestra simultáneamente la gravedad del mal y la profundidad de la misericordia divina. La resurrección anuncia que la historia no camina hacia el vacío, sino hacia el cumplimiento del propósito de Dios.

Aprender a pensar para aprender a vivir

Estudiar estas cuestiones debe producir algo más que conocimiento. Debe enseñarnos a formular mejores preguntas, reconocer argumentos débiles, descubrir contradicciones y escuchar cuidadosamente antes de responder.

También debe producir humildad. Cuanto más comprendemos la inmensidad de Dios, más evidente resulta nuestra pequeñez.

«¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos!» — Romanos 11:33

Durante este curso examinaremos preguntas que han acompañado al ser humano durante siglos: la existencia de Dios, la naturaleza de la realidad, la verdad, la razón, el mal, la conciencia, el tiempo, la belleza, el propósito y el significado de nuestra existencia.

No estudiaremos estas cuestiones para sustituir las Escrituras por razonamientos humanos. Haremos exactamente lo contrario: aprenderemos a observar las grandes preguntas de la existencia bajo la luz de la Palabra de Dios.

Una mente cristiana madura no teme preguntar, pero tampoco convierte sus preguntas en autoridad suprema. Investiga, compara, razona y reconoce sus límites. Sobre todo, recuerda que detrás de cada pregunta acerca de la existencia se encuentra una realidad mucho mayor que nuestra capacidad de comprenderla: el Dios eterno que creó nuestra mente, sostiene nuestra existencia y se ha dado a conocer de manera suprema en Jesucristo.

Ejercicios prácticos

  1. Escribe con tus propias palabras qué entiendes por filosofía y explica en dos o tres oraciones por qué un cristiano puede hacer preguntas profundas sin abandonar la autoridad de las Escrituras.

  2. Lee Salmo 19:1-4 y Romanos 1:19-20. Escribe tres cosas de la creación que consideres que muestran orden, sabiduría o poder. Después explica brevemente qué puedes aprender acerca de Dios mediante ellas.

  3. Escribe estas cuatro preguntas en tu libreta: «¿Quién soy?», «¿Por qué existe el mundo?», «¿Cómo sé qué es bueno?» y «¿Cuál es el propósito de la vida?». Responde cada una utilizando una o dos frases y busca un pasaje bíblico que apoye cada respuesta.

  4. Piensa en la afirmación «cada persona tiene su propia verdad». Escribe si consideras que esa frase puede ser completamente cierta y explica por qué. Utiliza un ejemplo sencillo, como afirmar que está lloviendo cuando realmente no está lloviendo.

  5. Lee Hechos 17:22-31. Anota qué cosas observó Pablo acerca de las creencias de los atenienses, qué corrigió y hacia quién dirigió finalmente su mensaje.

  6. Durante un día presta atención a una conversación, anuncio, película, publicación o noticia. Identifica una afirmación acerca de la verdad, la moral, Dios, el propósito de la vida o la naturaleza humana. Escríbela en tu libreta y compárala con lo que enseñan las Escrituras.