Segunda lección del estudio: Teología Filosófica.
Hay una pregunta que permanece en pie cuando casi todas las demás han sido respondidas: ¿por qué existe algo en lugar de no existir absolutamente nada? Podemos explicar cómo nace una estrella, cómo crece un árbol o cómo funciona el cuerpo humano. Pero después de cada explicación todavía queda una pregunta más profunda: ¿por qué existen las estrellas, los árboles, los seres humanos y el universo mismo?
En 1714, el filósofo alemán Gottfried Wilhelm Leibniz formuló esta cuestión de manera célebre al preguntar por qué existe algo en vez de nada. Sin embargo, muchos siglos antes, las Escrituras habían comenzado precisamente allí. Sus primeras palabras no intentan demostrar primero la existencia de Dios. Declaran algo mucho más fundamental:
“En el principio creó Dios los cielos y la tierra” (Génesis 1:1).
La Biblia establece así una diferencia que será fundamental para toda esta lección. El universo existe, pero no existe por sí mismo. Nosotros existimos, pero nuestra existencia depende de muchas cosas. Dios, en cambio, no recibió la existencia de nadie. Él simplemente es.
La pregunta detrás de todas las cosas
Cuando preguntamos qué significa “ser”, estamos haciendo una pregunta sencilla en apariencia: ¿qué significa existir?
Mira cualquier objeto que tengas cerca. Una mesa existe porque alguien la fabricó utilizando materiales que ya existían. Un árbol existe porque antes hubo una semilla. Nosotros estamos vivos porque hubo padres antes que nosotros. Si retrocedemos de generación en generación, descubriremos que ninguna persona contiene en sí misma la explicación final de su propia existencia.
También dependemos constantemente de algo fuera de nosotros. Necesitamos aire, alimento, agua, temperatura adecuada y un cuerpo que continúe funcionando. Nuestra vida tuvo un comienzo y llegará, salvo que Cristo regrese antes, a la muerte.
El apóstol Pablo expresó esta dependencia cuando habló en Atenas alrededor del año 50 d. C. Allí, rodeado de altares y pensamientos filosóficos, declaró acerca de Dios:
“Él es quien da a todos vida y aliento y todas las cosas” (Hechos 17:25).
Esto cambia profundamente nuestra manera de comprender la realidad. No somos seres independientes que casualmente habitan un universo independiente. Cada respiración demuestra nuestra dependencia.
Dios no comenzó a existir
Aquí encontramos una diferencia absoluta entre Dios y todo lo demás.
Cuando Moisés estaba frente a la zarza ardiente, aproximadamente en el segundo milenio antes de Cristo, preguntó qué debía responder cuando Israel quisiera saber quién lo había enviado. Dios contestó:
“YO SOY EL QUE SOY” (Éxodo 3:14).
Dios no dijo: “Yo llegué a ser”. Tampoco señaló hacia otro ser anterior que explicara su existencia. Su respuesta dirige nuestra mirada hacia alguien cuya existencia no depende de ninguna realidad creada.
Agustín de Hipona, entre los siglos IV y V, reflexionó profundamente sobre esta diferencia entre el Creador y aquello que Él creó. Siglos después, Juan Calvino insistiría en que nuestro conocimiento verdadero de nosotros mismos está inseparablemente relacionado con nuestro conocimiento de Dios. Cuanto mejor comprendemos quién es Dios, más claramente entendemos quiénes somos nosotros.
Dios nunca comenzó. Nunca hubo un instante en el que Él no existiera.
“Antes que naciesen los montes y formases la tierra y el mundo, desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios” (Salmo 90:2).
Observa la escena que presenta el salmista. Podemos retroceder mentalmente antes de las ciudades, antes de las naciones, antes de los seres humanos y aun antes de las montañas. Cuando todavía no había océanos, estrellas ni tierra bajo nuestros pies, Dios ya era Dios.
¿Quién creó a Dios?
Esta pregunta aparece con frecuencia, pero contiene una confusión importante.
La afirmación cristiana nunca ha sido que “todo necesita un creador”. Si así fuera, tendríamos inmediatamente que preguntar quién creó al creador.
La afirmación correcta es que aquello que comienza a existir necesita una explicación suficiente para su existencia. El universo no es Dios. Cambia, contiene seres que nacen y mueren y no posee dentro de sí una explicación evidente de por qué existe.
Dios pertenece a una categoría completamente diferente. Él no comenzó a existir.
El filósofo Aristóteles, en el siglo IV a. C., razonó acerca de la necesidad de una realidad primera que explicara el movimiento sin depender ella misma de una causa anterior del mismo tipo. Su conclusión no equivale plenamente al Dios revelado en las Escrituras, pero muestra que el pensamiento humano puede reconocer un problema real: una cadena de explicaciones que nunca llega a un fundamento último no explica finalmente por qué existe la realidad.
Las Escrituras van mucho más lejos. Ese fundamento último no es una fuerza impersonal. Es el Dios vivo que habla, conoce, ama, juzga, crea y sostiene.
Todo existe porque Dios quiso que existiera
La creación no apareció porque Dios necesitara compañía, materiales o algo que completara una carencia en Él.
Dios creó libremente.
“Porque él dijo, y fue hecho; él mandó, y existió” (Salmo 33:9).
La imagen es extraordinariamente sencilla. Dios habla y donde no había mundo aparece un mundo. No encuentra materia independiente y comienza a organizarla como un artesano encuentra madera. La creación depende completamente de su voluntad.
Herman Bavinck explicó que Dios no necesita del mundo para ser Dios. El mundo depende completamente de Él, mientras que Él no depende del mundo. Esto protege una verdad fundamental: Dios no es simplemente el ser más poderoso dentro del universo. Él es el Creador del universo.
Jonathan Edwards también contempló la creación como una manifestación de la gloria de Dios. El universo no llena alguna deficiencia divina; muestra, dentro de una realidad creada, la sabiduría, bondad y grandeza de su Creador.
Dios no solamente creó el mundo
Podríamos cometer otro error. Pensar que Dios creó el universo, lo puso en funcionamiento y después se retiró sería insuficiente.
La Biblia enseña que las cosas continúan existiendo porque Dios las sostiene.
Hablando del Hijo, Pablo escribe:
“Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten” (Colosenses 1:17).
Hebreos añade que Cristo sustenta “todas las cosas con la palabra de su poder” (Hebreos 1:3).
Piensa en lo que esto significa. La silla que sostiene tu cuerpo, el suelo debajo de ella, tu cuerpo, el corazón que continúa latiendo mientras lees y el universo donde todo esto sucede permanecen dentro de una creación sostenida por Dios.
Francis Turretin, en el siglo XVII, defendió cuidadosamente esta dependencia absoluta de las criaturas respecto de Dios. Más recientemente, R. C. Sproul explicó esta verdad señalando que ninguna criatura posee existencia independiente. Todo lo creado depende continuamente de su Creador.
Por eso Dios no pertenece simplemente al pasado del universo. Está relacionado con cada segundo de su existencia.
El problema humano es también un problema del ser
Esta enseñanza podría parecer muy abstracta hasta que comprendemos sus consecuencias.
El pecado no consiste únicamente en realizar determinadas acciones malas. En el fondo existe una rebelión mucho más profunda: la criatura intenta vivir como si fuera independiente del Creador.
Romanos 1 describe precisamente este movimiento. Los seres humanos conocen algo de Dios mediante la creación, pero terminan honrando las cosas creadas en lugar del Creador.
“Ya que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador” (Romanos 1:25).
Ahí está la tragedia. El ser humano recibe de Dios cada latido de su corazón mientras utiliza esa misma vida para ignorarlo.
Juan Calvino describió el corazón humano como una fábrica constante de ídolos. Tomamos cosas que existen gracias a Dios —dinero, relaciones, conocimiento, placer, poder o incluso nosotros mismos— y les entregamos el lugar que solamente corresponde al Creador.
Por eso comprender quién sostiene nuestro ser conduce inevitablemente a preguntarnos para quién vivimos.
En Cristo vemos al Creador entrando en su creación
Aquí la enseñanza alcanza una profundidad extraordinaria.
El Dios del cual depende nuestra existencia no permaneció distante de nuestra miseria. El Evangelio de Juan declara acerca del Hijo:
“Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho” (Juan 1:3).
Y pocos versículos después:
“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros” (Juan 1:14).
El contraste es enorme. Aquel por medio de quien fueron hechas todas las cosas entró verdaderamente en la creación que Él mismo había hecho. El Creador caminó sobre suelo creado, respiró aire creado y fue contemplado por ojos que existían gracias a Él.
Y finalmente fue llevado a una cruz.
Sin embargo, su muerte no fue la derrota del Creador. Cristo entregó voluntariamente su vida para salvar a criaturas rebeldes. Resucitó corporalmente y mostró que la esperanza cristiana no consiste en escapar de la creación, sino en su restauración definitiva bajo su Rey.
Existimos para Dios
La pregunta “¿por qué existe algo?” termina conduciendo hacia otra pregunta mucho más personal: “¿por qué existo yo?”
La respuesta bíblica no comienza en nuestros deseos, profesiones o logros.
“Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos” (Romanos 11:36).
De Él significa que nuestra existencia tiene su origen último en Dios. Por Él significa que dependemos de su poder. Para Él significa que nuestra vida posee una dirección final.
Abraham Kuyper expresó esta realidad insistiendo en que ninguna parte de la existencia queda fuera del señorío de Cristo. Esto significa que estudiar, trabajar, formar una familia, descansar, servir, pensar y utilizar nuestros dones adquiere verdadero sentido cuando reconocemos a quién pertenecemos.
La pregunta por el ser, entonces, no termina en una biblioteca ni en una discusión filosófica. Termina delante de Dios.
No somos accidentes abandonados dentro de un universo sin explicación. Somos criaturas. Nuestra existencia es recibida, sostenida y dirigida por Dios. Él no depende de nosotros; nosotros dependemos completamente de Él.
Y precisamente allí encontramos humildad y esperanza. Nuestra vida no descansa finalmente sobre nuestra capacidad para sostenerla. Descansa bajo el gobierno del Dios que puede decir sencillamente: “YO SOY”.
Tarea
1. Escribe con tus propias palabras qué diferencia existe entre la manera en que Dios existe y la manera en que nosotros existimos.
2. Lee Éxodo 3:13-15 y escribe tres cosas que puedes aprender acerca de Dios a partir de su respuesta a Moisés.
3. Observa cinco objetos que tengas cerca. Escribe de qué depende cada uno para existir y explica qué te enseña esto acerca de la diferencia entre la creación y el Creador.
4. Lee Hechos 17:22-31. Anota qué afirma Pablo acerca de Dios, del mundo y de los seres humanos.
5. Explica en cinco líneas por qué la pregunta “¿quién creó a Dios?” parte de una idea equivocada acerca de quién es Dios.
6. Lee Romanos 11:36 y escribe una breve reflexión personal explicando cómo debería cambiar tu manera de vivir si realmente reconoces que todas las cosas son de Dios, por Dios y para Dios.