Teología Filosófica - Lección 2

Segunda lección del estudio: Teología Filosófica.

Dios y el problema del ser

"Porque en él vivimos, y nos movemos, y somos..."
Hechos 17:28


Hubo una pregunta que atravesó siglos enteros sin perder fuerza. No nació dentro de una iglesia ni en una escuela de filosofía. Nació cuando un ser humano levantó la mirada, contempló el cielo durante la noche y, por primera vez, comprendió que él existía. Desde ese momento apareció una inquietud imposible de ignorar: ¿por qué existe algo en lugar de no existir absolutamente nada?

Esa pregunta llevó a reyes, campesinos, científicos, filósofos y creyentes a buscar una respuesta. Algunos concluyeron que el universo siempre existió. Otros afirmaron que todo apareció por casualidad. Algunos incluso dijeron que la existencia no tiene propósito alguno. Sin embargo, ninguno de esos caminos logra responder completamente la pregunta más profunda de todas: ¿de dónde proviene el ser mismo?

La Biblia comienza precisamente donde todas las demás explicaciones terminan. No intenta demostrar que Dios existe ni presenta un argumento para convencer al lector. Simplemente declara una realidad absoluta.

"En el principio creó Dios los cielos y la tierra." (Génesis 1:1)

Todo comienza con Dios. Antes del tiempo, antes del espacio, antes de la materia, antes de los ángeles y antes del primer ser humano, Dios ya era Dios. Él no llegó a existir. Nunca comenzó a existir. Nunca aprendió a existir. Él simplemente es.

Comprender esta verdad cambia completamente nuestra manera de mirar el universo, nuestra vida y hasta nuestra propia existencia.


La pregunta que cambió la historia del pensamiento

A lo largo de la historia muchas personas dedicaron su vida a responder qué significa existir.

Alrededor del año 515 a.C., el filósofo griego Parménides afirmó una frase que marcó profundamente el pensamiento occidental:

"El ser es; el no-ser no es."

Aunque aquella expresión parece sencilla, escondía una enorme pregunta. Parménides comprendió que algo no puede surgir de la nada absoluta. Si realmente no hubiera existido nada, entonces jamás podría haber comenzado a existir algo.

Siglos después, Platón (427-347 a.C.) reflexionó sobre una realidad superior e inmutable detrás del mundo visible. Más tarde, Aristóteles (384-322 a.C.) habló de una primera causa, un primer motor que mueve todas las cosas sin ser movido por nadie más.

Aquellas observaciones mostraban que el universo necesitaba una explicación fuera de sí mismo. Sin embargo, ninguno de ellos conocía plenamente al Dios revelado en las Escrituras.

La Biblia responde aquello que ellos solamente alcanzaron a observar desde lejos.

El fundamento del ser no es una fuerza impersonal.

No es una energía.

No es el universo.

No es la naturaleza.

Es un Dios personal, eterno, santo, sabio y todopoderoso.


Dios existe por sí mismo

Uno de los atributos más extraordinarios de Dios es que Él posee vida en sí mismo.

Todo lo creado depende de algo más para existir.

Los árboles necesitan agua.

Los peces necesitan el mar.

Los seres humanos necesitan alimento, aire, descanso y miles de condiciones para continuar viviendo.

El universo mismo depende de leyes físicas perfectamente ordenadas.

Pero Dios no depende absolutamente de nada.

Él nunca necesitó que alguien lo creara.

Nunca necesitó recibir poder.

Nunca necesitó adquirir conocimiento.

Nunca necesitó crecer.

Nunca necesitó comenzar.

Cuando Moisés preguntó cuál era su nombre, Dios respondió:

"YO SOY EL QUE SOY." (Éxodo 3:14)

Aquella respuesta contiene una profundidad inmensa.

Dios no dijo:

"Yo llegué a ser."

Ni dijo:

"Yo fui creado."

Ni tampoco:

"Algún día dejaré de existir."

Él simplemente afirmó:

"YO SOY."

Todo lo demás recibe existencia.

Solo Dios posee existencia por naturaleza.

El escritor y pastor Stephen Charnock (1628-1680), conocido por sus estudios sobre los atributos de Dios, explicó que la existencia de Dios no depende de ninguna causa anterior. Dios existe por sí mismo y es la fuente de toda vida. Nada puede añadirle algo ni quitarle algo.

Siglos después, Herman Bavinck (1854-1921) afirmó una idea semejante. Explicó que toda criatura vive de manera dependiente, mientras que Dios posee vida en sí mismo de manera perfecta y eterna.

Esto significa que cada respiración que damos es un regalo recibido del único Ser que jamás ha necesitado recibir vida de otro.


Todo lo creado refleja que existe un Creador

Muchas personas creen que el universo simplemente apareció.

Otras piensan que todo existe porque una serie de accidentes produjo la vida.

Pero cuando observamos la realidad con honestidad encontramos algo diferente.

Cada efecto tiene una causa.

Cada diseño señala un diseñador.

Cada obra señala un autor.

Cuando encontramos una casa en medio del bosque, nadie piensa que el viento acomodó ladrillos durante millones de años hasta formar habitaciones perfectamente construidas.

Cuando vemos un reloj, entendemos inmediatamente que alguien lo diseñó.

Cuando observamos un libro, sabemos que hubo un escritor.

Entonces surge una pregunta inevitable.

Si una simple casa necesita un constructor, ¿cómo podría el universo entero no tener un Autor?

El apóstol Pablo escribió:

"Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas." (Romanos 1:20)

La creación no es Dios.

Pero sí funciona como un inmenso testimonio que apunta hacia Él.

Cada amanecer.

Cada estrella.

Cada montaña.

Cada molécula.

Cada célula del cuerpo humano.

Todo anuncia silenciosamente que existe un Creador infinitamente sabio.

Juan Calvino (1509-1564) escribió que el universo entero funciona como un teatro donde puede contemplarse la gloria del Creador. No porque la naturaleza sea divina, sino porque refleja continuamente la grandeza de Aquel que la hizo.

David expresó exactamente esa misma verdad muchos siglos antes:

"Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos." (Salmo 19:1)

La creación no responde todas las preguntas acerca de Dios, pero sí responde una muy importante: no estamos aquí por accidente.

Existimos porque el Dios eterno quiso que existiéramos.

El ser humano existe, pero no existe por sí mismo

Hasta este punto hemos visto que Dios posee el ser por naturaleza. Él existe desde la eternidad y no depende absolutamente de nadie. Nosotros, en cambio, existimos de una manera muy diferente. Nuestra existencia es real, pero también es prestada. Cada segundo de vida que tenemos depende de la voluntad de Dios.

Vivimos en una época donde muchas personas hablan de independencia absoluta. Se repite constantemente la idea de que el ser humano es dueño de sí mismo, que puede definir su propia realidad y construir su propio significado sin necesitar a Dios. Sin embargo, esa forma de pensar choca con la realidad más básica de nuestra existencia.

Ninguno de nosotros decidió nacer.

Ninguno eligió la época en la que viviría.

Ninguno determinó el lugar donde abriría los ojos por primera vez.

Ni siquiera podemos asegurar que seguiremos respirando dentro de un minuto.

La Biblia nos recuerda continuamente que nuestra vida depende del Señor.

"Él es quien da a todos vida y aliento y todas las cosas." (Hechos 17:25)

Estas palabras fueron pronunciadas por el apóstol Pablo en Atenas, alrededor del año 50 d.C., mientras hablaba con filósofos epicúreos y estoicos. Muchos de ellos admiraban el conocimiento humano, pero desconocían al Dios verdadero. Pablo no comenzó discutiendo sobre costumbres religiosas. Comenzó hablando del fundamento de toda existencia.

Su argumento era sencillo y profundo. Si Dios es quien da la vida, entonces ninguna criatura puede considerarse autosuficiente. Todo lo que somos proviene de Él.

Agustín de Hipona (354-430) escribió una frase que resume muy bien esta verdad:

"Nos hiciste para ti, y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en ti."

Aunque Agustín vivió muchos siglos antes de la Reforma, esta afirmación ha sido ampliamente valorada por numerosos creyentes a lo largo de la historia porque expresa una realidad profundamente bíblica. El ser humano no fue creado para existir separado de Dios. Nuestra existencia encuentra su sentido únicamente cuando conocemos al Creador.


El pecado no destruyó el ser, pero sí lo corrompió

Cuando hablamos del problema del ser, también debemos hablar del pecado. No porque el pecado haya creado la existencia, sino porque dañó profundamente la manera en que el ser humano vive delante de Dios.

Después de crear todas las cosas, Dios declaró:

"Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera." (Génesis 1:31)

Nada había sido creado con maldad. Todo reflejaba perfectamente la sabiduría y la bondad de Dios.

Pero en Génesis 3 ocurrió uno de los acontecimientos más decisivos de toda la historia. Adán y Eva desobedecieron el mandato del Señor. A partir de ese momento el pecado entró en el mundo y con él llegaron la muerte, el sufrimiento y la separación de Dios.

Es importante comprender algo. El pecado no hizo que el hombre dejara de existir. Seguimos siendo seres humanos creados a imagen de Dios. Sin embargo, esa imagen quedó profundamente afectada por la caída.

Nuestra mente fue oscurecida.

Nuestra voluntad fue inclinada hacia el pecado.

Nuestros deseos dejaron de buscar naturalmente a Dios.

El apóstol Pablo describe esta condición con palabras muy claras:

"No hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios." (Romanos 3:10-11)

Estas palabras pueden parecer duras, pero describen con honestidad la condición espiritual del ser humano. El problema más grande del hombre no es simplemente que comete errores. El problema es mucho más profundo. Nuestra naturaleza quedó afectada por el pecado.

Jonathan Edwards (1703-1758) explicó que el corazón humano, dejado a sí mismo, siempre se inclina hacia aquello que ama más. Y mientras el corazón no sea transformado por la gracia de Dios, jamás amará a Dios por encima de todas las cosas.

Por esa razón la solución nunca puede ser solamente adquirir más conocimiento. El ser humano necesita una transformación que solo Dios puede producir.


Cristo revela el verdadero sentido del ser

Hasta ahora podría parecer que todo conduce únicamente al problema del pecado. Sin embargo, la Biblia nunca presenta el pecado como el final de la historia. Desde el principio señala hacia Cristo.

Cuando el Hijo de Dios vino al mundo, no solamente vino a enseñar una mejor manera de vivir. Vino a reconciliar con Dios a quienes estaban espiritualmente muertos.

El evangelio de Juan comienza recordándonos algo extraordinario.

"En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres." (Juan 1:4)

La vida no es simplemente un regalo que Cristo entrega.

Cristo mismo es la vida.

Por eso Jesús declaró:

"Yo soy el camino, y la verdad, y la vida." (Juan 14:6)

Observa que Jesús no dijo únicamente que conocía la verdad o que enseñaba la vida. Él afirmó ser la verdad y la vida. En Él encontramos aquello que ningún filósofo pudo descubrir completamente por sus propios medios.

Cuando Moisés escuchó "YO SOY" delante de la zarza ardiente, Dios reveló su existencia eterna. Siglos después, Jesús utilizó repetidamente esa misma expresión para hablar de sí mismo.

"Antes que Abraham fuese, yo soy." (Juan 8:58)

Aquellas palabras provocaron una fuerte reacción entre quienes lo escuchaban porque comprendieron exactamente lo que Jesús estaba afirmando. Él estaba identificándose con el Dios eterno revelado en el Antiguo Testamento.

Aquí encontramos el centro de toda esta lección. El problema del ser no se resuelve únicamente preguntándonos por qué existimos. Se resuelve cuando conocemos personalmente al Dios que existe desde la eternidad y que se dio a conocer en Jesucristo.

Toda búsqueda sincera acerca del origen del ser encuentra finalmente su respuesta en Cristo.

Como escribió el apóstol Pablo:

"Porque en él fueron creadas todas las cosas... todo fue creado por medio de él y para él." (Colosenses 1:16)

Esto significa que nuestra existencia tiene un origen, un propósito y un destino. No somos el resultado de un accidente cósmico. Fuimos creados por medio de Cristo y para la gloria de Cristo.

John Owen (1616-1683) escribió que toda verdadera sabiduría termina contemplando la gloria de Dios manifestada en Jesucristo. Allí el hombre comprende quién es Dios y también comprende quién es él mismo.

Cuando el ser humano pierde de vista a Cristo, inevitablemente termina intentando construir su identidad sobre riquezas, poder, conocimiento, reconocimiento o placer. Pero ninguna de esas cosas puede sostener el corazón para siempre.

Solo Cristo puede responder la pregunta más profunda de la existencia porque únicamente Él posee vida eterna y puede compartir esa vida con quienes creen en Él.

Vivir delante del Dios que siempre es

Después de recorrer esta pregunta tan profunda, podríamos pensar que todo queda únicamente en el terreno de las ideas. Sin embargo, la Biblia nunca presenta estas verdades para satisfacer únicamente nuestra curiosidad. Dios no revela quién es simplemente para que acumulemos conocimiento. Él se da a conocer para transformar nuestra manera de vivir.

Saber que Dios existe por sí mismo cambia completamente nuestra perspectiva de la vida.

Cuando entendemos que Él es eterno, comprendemos que nuestro tiempo sobre la tierra es breve.

Cuando entendemos que Él no cambia, aprendemos que no debemos construir nuestra esperanza sobre cosas que cambian todos los días.

Cuando entendemos que Él sostiene toda la creación, dejamos de creer que todo depende únicamente de nuestras fuerzas.

Vivimos en una cultura que invita constantemente a colocar al ser humano en el centro de todas las cosas. Se nos dice que cada persona debe convertirse en la autoridad máxima sobre su propia vida, definir su propia verdad y establecer su propio propósito. Pero la Escritura dirige nuestra mirada hacia otro lugar.

El centro de la realidad nunca ha sido el hombre.

El centro siempre ha sido Dios.

Nuestra existencia encuentra sentido únicamente cuando gira alrededor de Él.

El profeta Isaías escribió:

"Yo soy Jehová, y ninguno más hay; no hay Dios fuera de mí." (Isaías 45:5)

Estas palabras fueron pronunciadas siglos antes del nacimiento de Cristo, aproximadamente entre los años 740 y 700 a.C. Israel vivía rodeado de pueblos que adoraban numerosos dioses. Sin embargo, el Señor recordó una verdad que jamás ha cambiado: solo Él posee el ser de manera absoluta. Todo lo demás depende de Él.

Esta realidad también transforma nuestra forma de enfrentar las dificultades.

Cuando las circunstancias cambian, Dios permanece.

Cuando las personas fallan, Dios permanece.

Cuando nuestro cuerpo envejece, Dios permanece.

Cuando los gobiernos cambian, Dios permanece.

Cuando termina una generación y comienza otra, Dios permanece exactamente igual.

El autor de Hebreos declara:

"Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos." (Hebreos 13:8)

Esta no es solamente una hermosa frase para memorizar. Es el fundamento de nuestra confianza. Si Dios cambiara constantemente, nunca podríamos descansar en sus promesas. Pero precisamente porque Él es inmutable, podemos confiar plenamente en todo lo que ha dicho.


La humildad que nace al conocer a Dios

Existe otro resultado que muchas veces pasa desapercibido. Comprender quién es Dios también transforma la manera en que nos vemos a nosotros mismos.

Vivimos rodeados de mensajes que exaltan el orgullo humano. Se nos anima a pensar que somos completamente autosuficientes, que no necesitamos a nadie y que podemos controlar nuestro destino.

La Biblia presenta una imagen completamente distinta.

Cada respiración que damos es sostenida por Dios.

Cada latido del corazón ocurre porque Él lo permite.

Cada amanecer es un regalo que no merecemos.

El rey David expresó esta verdad con profunda humildad:

"¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites?" (Salmo 8:4)

David no estaba menospreciando el valor del ser humano. Al contrario, estaba maravillándose de que el Dios eterno, el Creador del universo, decidiera mostrar amor y misericordia hacia criaturas tan pequeñas.

Esta verdad destruye tanto el orgullo como la desesperación.

Destruye el orgullo porque recordamos que no somos la fuente de nuestra propia existencia.

Y destruye la desesperación porque comprendemos que nuestra vida nunca ha estado fuera del cuidado de Dios.

Charles Spurgeon (1834-1892) escribió que la contemplación de Dios produce dos resultados inseparables: una visión más elevada de la grandeza del Señor y una comprensión más humilde de nosotros mismos. Lejos de destruir al creyente, esta verdad lo conduce a descansar en la gracia divina.


La respuesta definitiva al problema del ser

Volvamos ahora a la pregunta con la que iniciamos esta lección.

¿Por qué existe algo en lugar de no existir absolutamente nada?

Después de recorrer el testimonio de las Escrituras, la respuesta es clara.

Existe un universo porque existe un Dios eterno.

Existe vida porque Dios es la fuente de toda vida.

Existe orden porque Dios gobierna con perfecta sabiduría.

Existe propósito porque todo fue creado para su gloria.

El problema del ser no encuentra una respuesta definitiva en la ciencia, porque la ciencia estudia aquello que ya existe.

Tampoco encuentra una respuesta completa en la filosofía, porque aunque muchas de sus preguntas son valiosas, por sí sola no puede revelar plenamente al Dios vivo.

La respuesta final se encuentra en la revelación que Dios ha dado de sí mismo en las Escrituras y, de manera perfecta, en Jesucristo.

El apóstol Pablo escribió:

"Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén." (Romanos 11:36)

Este versículo resume toda la lección.

Todo procede de Dios.

Todo es sostenido por Dios.

Todo existe para Dios.

Nada queda fuera de su dominio.

Nada existe independientemente de Él.

Nada puede ocupar el lugar que solo le pertenece al Creador.

J. I. Packer (1926-2020) escribió que conocer verdaderamente a Dios transforma toda la vida, porque quien comprende quién es Dios también comprende quién es el hombre y cuál es el propósito para el cual fue creado.

Por eso, estudiar este tema no debe producir únicamente admiración intelectual. Debe llevarnos a la adoración.

Cada estrella anuncia su poder.

Cada amanecer proclama su fidelidad.

Cada respiración recuerda que dependemos completamente de Él.

Y cada página de las Escrituras dirige nuestra mirada hacia Jesucristo, el Hijo eterno de Dios, por medio de quien fueron creadas todas las cosas y en quien encontramos vida eterna.

Cuando comprendemos que Dios no simplemente existe, sino que Él es el único Ser que posee existencia en sí mismo, dejamos de vivir creyendo que somos el centro del universo. Aprendemos a descansar en Aquel que nunca comenzó, nunca cambiará y nunca dejará de ser.


Conclusión

La pregunta acerca del ser ha acompañado a la humanidad durante miles de años. Filósofos dedicaron su vida a buscar una respuesta. Algunos lograron acercarse a ciertas conclusiones importantes, reconociendo que debía existir una causa primera o un fundamento eterno para toda la realidad. Sin embargo, fue Dios mismo quien dio la respuesta definitiva cuando se reveló en las Escrituras.

Él es el único que puede decir con absoluta verdad: "YO SOY EL QUE SOY."

Nuestra existencia no comenzó por azar. No somos un accidente del universo ni una simple combinación de materia. Fuimos creados por Dios, sostenidos por Dios y llamados a vivir para la gloria de Dios.

La pregunta más importante ya no es solamente "¿Por qué existo?", sino "¿Estoy viviendo para Aquel que me dio la existencia?"

Cuando esa pregunta encuentra respuesta en Cristo, toda la vida adquiere un significado completamente nuevo.


Ejercicios para la libreta de apuntes

  1. Escribe con tus propias palabras qué significa que Dios sea el único Ser que existe por sí mismo.

  2. Lee Éxodo 3:14 y explica por qué el nombre "YO SOY" revela algo único acerca de Dios.

  3. Lee Romanos 11:36 y anota las tres expresiones principales del versículo. Después explica brevemente qué enseña cada una.

  4. Haz una lista de cinco cosas de la creación que, según Romanos 1:20 y el Salmo 19:1, reflejan la grandeza del Creador.

  5. Escribe un párrafo respondiendo esta pregunta: ¿Qué cambia en mi manera de vivir al saber que dependo completamente de Dios?

  6. Busca y lee Colosenses 1:15-17. Escribe tres verdades que este pasaje enseña acerca de Jesucristo.

  7. Finaliza la lección escribiendo una oración personal de gratitud, reconociendo que tu vida, tu existencia y tu esperanza descansan únicamente en Dios.