Novena lección del estudio: Teología Filosófica.
Cristo como la respuesta definitiva a las grandes preguntas humanas
Lecturas principales: Juan 14:6; Colosenses 1:15-20; Juan 1:1-18; Hechos 4:12; Filipenses 2:5-11.
Durante miles de años, el ser humano ha levantado ciudades, escrito libros, fundado imperios, creado sistemas filosóficos y desarrollado descubrimientos que transformaron la historia. Sin embargo, una realidad permanece intacta: las preguntas más importantes siguen siendo las mismas. ¿Quién soy? ¿Por qué existo? ¿Qué es la verdad? ¿Existe un propósito para mi vida? ¿Por qué hay maldad? ¿Qué ocurre después de la muerte? Ningún avance científico ha conseguido borrar estas preguntas del corazón humano. Al contrario, muchas veces el progreso exterior ha dejado aún más evidente el vacío interior.
Hace aproximadamente dos mil quinientos años, Sócrates recorría las calles de Atenas interrogando a las personas sobre la verdad y el bien. Su discípulo Platón buscó una realidad eterna detrás del mundo visible. Más tarde, Aristóteles intentó explicar el universo mediante la razón y la observación. Siglos después, otros pensadores continuarían esa búsqueda desde diferentes perspectivas. Algunos llegaron al escepticismo. Otros al racionalismo. Algunos al materialismo. Otros al existencialismo. Todos hicieron aportes importantes para comprender aspectos de la realidad humana, pero ninguno pudo ofrecer una respuesta completa al problema más profundo del hombre: su separación de Dios.
Las Escrituras presentan una afirmación completamente diferente. No enseñan que el hombre, mediante su inteligencia, llegará finalmente hasta Dios. Enseñan que Dios descendió hasta el hombre en la persona de Jesucristo.
"Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros... lleno de gracia y de verdad." (Juan 1:14).
Esta declaración cambia completamente el panorama. El cristianismo no comienza con un hombre buscando a Dios, sino con Dios buscando al hombre perdido.
Las preguntas revelan el vacío del corazón
Es interesante observar que las grandes preguntas humanas aparecen en todas las culturas. Civilizaciones separadas por miles de kilómetros llegaron a formular interrogantes muy parecidos. Esto ocurre porque todos los seres humanos comparten la misma naturaleza creada por Dios.
Eclesiastés afirma que Dios puso eternidad en el corazón del hombre. Esa expresión significa que existe dentro de nosotros un deseo que ninguna realidad temporal puede satisfacer completamente.
"Todo lo hizo hermoso en su tiempo; y ha puesto eternidad en el corazón de ellos..." (Eclesiastés 3:11).
Las personas pueden intentar llenar ese vacío con éxito, dinero, conocimiento, relaciones o placer. Durante un tiempo pueden experimentar satisfacción, pero tarde o temprano descubren que el corazón continúa buscando algo más grande.
Blaise Pascal, matemático y pensador francés del siglo XVII, escribió una frase que sigue siendo ampliamente conocida: "Hay un vacío con forma de Dios en el corazón del hombre que ninguna cosa creada puede llenar." Aunque la expresión suele resumirse de distintas maneras, refleja una verdad profundamente coherente con la enseñanza bíblica.
Las Escrituras explican que este vacío no existe porque el hombre sea imperfecto en su diseño, sino porque el pecado rompió la comunión para la cual fue creado.
¿Quién soy realmente?
Esta pregunta parece sencilla, pero es una de las más difíciles de responder. Muchas personas construyen su identidad sobre aquello que cambia constantemente.
Algunos dicen: "Soy mi profesión."
Otros dicen: "Soy mi éxito."
Otros encuentran identidad en la familia, el dinero, la apariencia física, las capacidades intelectuales o el reconocimiento social.
El problema aparece cuando cualquiera de esas cosas desaparece. Si la identidad depende de algo temporal, toda la vida comienza a derrumbarse cuando aquello se pierde.
La Biblia responde desde un fundamento completamente distinto.
El hombre no define quién es observándose a sí mismo. Descubre quién es mirando a su Creador.
En Génesis encontramos que Dios creó al ser humano a su imagen y semejanza.
"Y creó Dios al hombre a su imagen..." (Génesis 1:27).
Esto significa que cada persona posee dignidad porque refleja, aunque de manera limitada, aspectos del carácter de Dios como la racionalidad, la capacidad moral, la creatividad y la posibilidad de relacionarse con Él.
Sin embargo, el pecado dañó profundamente esa imagen. No la destruyó por completo, pero sí afectó cada dimensión del ser humano. Nuestra mente, voluntad, emociones y deseos quedaron marcados por la corrupción del pecado.
Por eso nadie puede conocerse verdaderamente sin comprender primero qué ocurrió en la caída.
Juan Calvino escribió al comienzo de su obra Institución de la Religión Cristiana (1536) que el verdadero conocimiento del hombre depende del verdadero conocimiento de Dios. Mientras una persona ignore quién es Dios, tampoco entenderá correctamente quién es ella misma.
Jesucristo vino precisamente para restaurar aquello que el pecado había destruido.
En Él descubrimos quién es Dios y también quiénes fuimos creados para ser.
¿Por qué existo?
Esta pregunta ha acompañado a la humanidad desde el principio de la historia.
Muchos filósofos intentaron responderla.
Friedrich Nietzsche sostuvo durante el siglo XIX que, después de la "muerte de Dios", el hombre debía crear su propio significado.
Jean-Paul Sartre afirmó que primero existimos y luego cada individuo construye su propósito.
Albert Camus describió un universo aparentemente indiferente donde el ser humano lucha contra el absurdo.
Aunque estos pensadores realizaron profundas observaciones acerca del sufrimiento y la condición humana, sus conclusiones dejaban finalmente el significado de la vida dependiendo únicamente del individuo.
La Biblia ofrece una respuesta completamente diferente.
No fuimos creados por accidente.
No somos el resultado de una casualidad cósmica.
No aparecimos sin propósito.
Dios creó todas las cosas para Su gloria.
"Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas." (Romanos 11:36).
Esto incluye también nuestra existencia.
Vivimos porque Dios quiso crearnos.
Respiramos porque Él sostiene nuestra vida.
Tenemos propósito porque pertenecemos al Dios que hace todas las cosas conforme a su voluntad.
Cuando una persona intenta vivir ignorando esta realidad, inevitablemente experimenta desorientación. Es semejante a utilizar una herramienta para una función distinta de aquella para la cual fue diseñada. Tarde o temprano aparecerán el desgaste, la frustración y el vacío.
Jesucristo no solamente enseña cuál es el propósito de la vida.
Él mismo es el propósito.
Pablo escribe:
"Porque en él fueron creadas todas las cosas... todo fue creado por medio de él y para él." (Colosenses 1:16).
Esta afirmación cambia completamente la perspectiva de la existencia humana.
No vivimos simplemente para alcanzar sueños personales. Vivimos para conocer, amar, servir y glorificar a Cristo.
Agustín de Hipona escribió una frase que ha permanecido durante más de mil seiscientos años porque resume con precisión esta realidad:
"Nos hiciste para Ti, y nuestro corazón estará inquieto hasta descansar en Ti."
La historia demuestra que esa afirmación continúa siendo verdadera generación tras generación.
¿Qué es la verdad?
El siglo XXI ha popularizado una idea muy extendida: cada persona tiene su propia verdad.
Sin embargo, esa afirmación presenta un problema evidente.
Si todas las verdades fueran igualmente válidas, incluso cuando se contradicen entre sí, entonces la palabra "verdad" perdería completamente su significado.
La historia registra un momento extraordinario relacionado con esta pregunta.
Durante el juicio de Jesús, alrededor del año 30 d.C., Poncio Pilato formuló una de las preguntas más famosas de toda la historia.
"¿Qué es la verdad?" (Juan 18:38).
La ironía del momento resulta impresionante.
El hombre que preguntaba por la verdad tenía frente a sí a Aquel que es la Verdad encarnada.
Jesús respondió anteriormente con una declaración absolutamente exclusiva.
"Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí." (Juan 14:6).
Cristo no dijo que enseñaba una verdad entre muchas otras.
No afirmó poseer solamente parte de la verdad.
No dijo que Él conocía el camino.
Declaró ser la Verdad misma.
Esto significa que toda verdadera comprensión acerca de Dios, del hombre, del pecado, de la justicia, del propósito de la existencia y del destino eterno encuentra en Cristo su explicación definitiva.
Por eso el cristianismo no descansa únicamente sobre ideas, sino sobre una Persona viva.
La verdad tiene rostro. Tiene nombre. Ese nombre es Jesucristo.
¿Por qué existe el mal y el sufrimiento?
Pocas preguntas han acompañado tanto a la humanidad como esta. Basta observar las noticias de cualquier día para encontrar guerras, enfermedades, injusticias, desastres naturales, violencia y muerte. Desde que el pecado entró en el mundo, el dolor forma parte de la experiencia humana. Ninguna época ha logrado escapar de él.
Muchos filósofos dedicaron buena parte de su vida a intentar responder este dilema. En el siglo IV a. C., Epicuro formuló una reflexión que todavía es citada con frecuencia: si Dios quiere impedir el mal y no puede, entonces no es todopoderoso; si puede hacerlo y no quiere, entonces no sería bueno. Siglos después, David Hume retomó argumentos similares para cuestionar la existencia de un Dios bueno y soberano.
Estas preguntas son profundas y merecen una respuesta seria. La Biblia nunca ignora el sufrimiento ni invita a fingir que el dolor no existe. Al contrario, presenta hombres y mujeres que lloraron, dudaron, fueron perseguidos y enfrentaron pérdidas muy dolorosas. Sin embargo, también muestra que el mal no apareció porque Dios haya perdido el control del universo.
Las Escrituras enseñan que Dios creó todo bueno.
"Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera." (Génesis 1:31).
El mal no fue parte de la creación original. Entró cuando el hombre decidió rebelarse contra su Creador. Génesis 3 marca el momento en que la desobediencia de Adán introdujo el pecado y, con él, la muerte, el sufrimiento y la corrupción que alcanzan toda la creación.
Desde entonces, el mundo ya no funciona como fue diseñado originalmente. La creación gime bajo las consecuencias del pecado.
"Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora." (Romanos 8:22).
Esto significa que el sufrimiento tiene una explicación moral antes que simplemente natural. No todo dolor es consecuencia directa del pecado personal de quien lo padece, pero todo sufrimiento existe porque el pecado entró en el mundo.
La diferencia entre la respuesta bíblica y muchas explicaciones filosóficas es que las Escrituras no solamente explican el origen del problema; también presentan la solución.
Esa solución no consiste en una idea ni en un sistema moral. Es una Persona.
Jesucristo entró en un mundo marcado por el dolor. Lloró frente a la tumba de Lázaro. Fue rechazado, perseguido, golpeado y finalmente crucificado. Él no observó el sufrimiento desde la distancia. Caminó en medio de él.
En la cruz ocurrió algo que ninguna filosofía podía anticipar. El Hijo de Dios cargó voluntariamente el juicio que merecía el pecado de su pueblo.
"Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados... y por su llaga fuimos nosotros curados." (Isaías 53:5).
La cruz no elimina inmediatamente todo sufrimiento presente, pero garantiza que el mal no tendrá la última palabra. La resurrección de Cristo asegura que llegará el día en que el pecado, la muerte y el dolor serán destruidos para siempre.
¿Qué ocurre después de la muerte?
La muerte es la única experiencia segura para toda persona. Sin importar la cultura, la riqueza o el conocimiento, todos llegaremos a ese momento.
Precisamente por eso, la humanidad siempre ha intentado responder qué ocurre después del último aliento.
Algunas religiones hablan de la reencarnación. Otras enseñan la desaparición definitiva de la conciencia. Algunos filósofos materialistas sostienen que la muerte simplemente pone fin a toda existencia personal.
La Biblia responde con absoluta claridad.
"Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio." (Hebreos 9:27).
La vida no termina en el cementerio. La muerte no representa la desaparición del ser humano. Después de ella viene el encuentro con Dios.
Esta realidad cambia completamente la manera de vivir. Si solamente existiera esta vida, entonces tendría sentido buscar únicamente el placer, el éxito o el reconocimiento. Pero si existe una eternidad, entonces cada decisión adquiere un peso mucho mayor.
Jesús habló repetidamente acerca de la vida eterna.
"Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá." (Juan 11:25).
Esta promesa distingue a Cristo de cualquier otro maestro de la historia. Ningún filósofo venció la muerte. Ningún líder religioso salió victorioso del sepulcro por su propio poder.
El cristianismo se sostiene sobre un acontecimiento histórico: la resurrección corporal de Jesucristo.
El apóstol Pablo escribió que, si Cristo no resucitó, la fe cristiana sería inútil.
"Y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana." (1 Corintios 15:17).
Pero inmediatamente afirma que Cristo verdaderamente resucitó.
"Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos." (1 Corintios 15:20).
La esperanza cristiana no depende de deseos optimistas. Descansa sobre la victoria histórica del Señor resucitado.
¿Puede el hombre salvarse por sí mismo?
Esta pregunta divide prácticamente todas las religiones del mundo.
La mayoría enseña que el ser humano puede acercarse a Dios mediante esfuerzos personales, buenas obras, disciplina, prácticas espirituales o méritos acumulados.
La Biblia presenta un diagnóstico mucho más profundo.
El problema del hombre no consiste únicamente en que hace cosas malas. El problema es que posee un corazón afectado por el pecado.
"No hay justo, ni aun uno." (Romanos 3:10).
"Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios." (Romanos 3:23).
El pecado no es simplemente un error. Es una rebelión contra el Dios santo.
Por esa razón, ningún esfuerzo humano puede borrar la culpa delante de Él.
Martín Lutero comprendió esta realidad de manera profunda mientras estudiaba la carta a los Romanos durante los primeros años del siglo XVI. Después de buscar durante mucho tiempo alcanzar paz mediante sus propios esfuerzos, descubrió que la justicia que Dios exige es también la justicia que Él mismo concede por medio de Cristo a quienes creen.
Las Escrituras enseñan que la salvación es completamente por gracia.
"Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras." (Efesios 2:8-9).
Jesucristo vivió la vida perfecta que nosotros nunca podríamos vivir. Después murió ocupando el lugar de los pecadores y resucitó venciendo la muerte.
En la cruz ocurrió el intercambio más extraordinario de toda la historia.
"Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él." (2 Corintios 5:21).
Por eso Cristo no vino simplemente para enseñar un mejor camino hacia Dios. Él mismo abrió el único camino posible mediante su sacrificio perfecto.
John Owen escribió que la muerte de Cristo no fue un intento incierto de salvar pecadores, sino una obra perfecta que aseguró completamente la redención de aquellos por quienes Él entregó su vida.
Esta certeza llena de esperanza al creyente, porque su salvación no descansa sobre la fuerza de su fe, sino sobre la perfección de la obra de Cristo.
Cristo revela perfectamente quién es Dios
Desde la antigüedad, muchas personas intentaron conocer cómo sería Dios.
Algunos imaginaron numerosos dioses con virtudes y defectos humanos. Otros pensaron en una fuerza impersonal que gobierna el universo. Algunos concluyeron que Dios es imposible de conocer.
Las Escrituras presentan una respuesta sorprendente.
Dios decidió revelarse plenamente en su Hijo.
"A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer." (Juan 1:18).
El autor de Hebreos comienza su carta afirmando que Dios habló de muchas maneras en tiempos antiguos, pero que finalmente habló por medio de su Hijo.
"Dios... en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo." (Hebreos 1:1-2).
Esto significa que, cuando observamos la vida de Jesús, estamos contemplando la revelación perfecta del carácter del Padre.
Su compasión muestra la compasión de Dios.
Su justicia revela la justicia de Dios.
Su santidad manifiesta la santidad de Dios.
Su misericordia refleja la misericordia de Dios.
Y su autoridad demuestra que Él comparte plenamente la naturaleza divina.
Por eso Pablo escribió acerca de Cristo:
"Él es la imagen del Dios invisible." (Colosenses 1:15).
Jesús no es simplemente un mensajero enviado por Dios. Él es Dios hecho hombre, el único Mediador entre Dios y los hombres, Aquel en quien todas las preguntas fundamentales encuentran finalmente una respuesta verdadera y suficiente.
Cristo es el centro de toda la realidad
Después de recorrer las grandes preguntas de la humanidad, llegamos a una conclusión que atraviesa toda la Escritura. Jesucristo no es simplemente una respuesta entre muchas posibles. Él es la respuesta definitiva porque toda la historia, toda la creación y todo el propósito de Dios convergen en Él.
Muchas personas buscan a Cristo solamente cuando atraviesan una dificultad. Otras se acercan a Él esperando resolver un problema específico. Aunque el Señor ciertamente consuela, sostiene y ayuda a su pueblo, la Biblia presenta algo mucho más grande. Cristo no vino únicamente para mejorar algunos aspectos de nuestra vida. Él vino a reconciliar con Dios a hombres y mujeres que estaban espiritualmente muertos.
El apóstol Pablo describe la grandeza de Cristo con palabras extraordinarias.
"Él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten." (Colosenses 1:17).
Esto significa que el universo no continúa existiendo por casualidad. Cada estrella, cada galaxia, cada montaña, cada océano y cada ser vivo permanecen porque el Hijo de Dios sostiene todas las cosas con su poder.
El autor de Hebreos afirma la misma verdad.
"...quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder..." (Hebreos 1:3).
Vivimos en un mundo que cambia constantemente. Los gobiernos cambian. Las culturas cambian. Las ideas cambian. Incluso nuestras fuerzas físicas disminuyen con el paso de los años. Sin embargo, Cristo permanece inmutable.
"Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos." (Hebreos 13:8).
Esta verdad ofrece una esperanza firme. Nuestra confianza no descansa en circunstancias cambiantes, sino en un Salvador que jamás deja de ser quien es.
La búsqueda termina donde comienza la verdadera vida
Desde el principio de la historia, el ser humano ha buscado respuestas en innumerables lugares. Algunos las buscaron en la filosofía. Otros en la ciencia. Otros en el poder político, el arte, la riqueza, el placer o la fama.
Muchas de estas disciplinas han aportado conocimientos valiosos para comprender distintos aspectos del mundo. La observación de la naturaleza, el razonamiento lógico y la investigación responsable son regalos que Dios permite al ser humano desarrollar. Sin embargo, ninguna de estas herramientas puede responder por sí sola quién puede reconciliar al hombre con Dios.
El problema no es que la razón sea inútil. El problema es que la razón, afectada por el pecado, tiene límites. Puede analizar muchas cosas, pero no puede producir por sí misma la salvación.
Por esa razón, Pablo escribió:
"Porque ya que en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría..." (1 Corintios 1:21).
Esto no significa que el conocimiento carezca de valor. Significa que ningún esfuerzo intelectual puede reemplazar la revelación que Dios ha dado en su Hijo.
C. S. Lewis, profesor de literatura en la Universidad de Oxford y posteriormente en Cambridge, explicó que Jesucristo no deja espacio para reducirlo a la categoría de un simple maestro moral. Si sus afirmaciones son verdaderas, entonces Él es quien dijo ser. Si no lo fueran, tampoco podría ser considerado únicamente un gran maestro. Aunque Lewis no perteneció al movimiento reformado, esta reflexión ayuda a comprender que las declaraciones de Jesús obligan a tomar una decisión.
Las Escrituras no presentan a Cristo como una opción interesante entre muchas filosofías. Lo presentan como el Señor resucitado, delante de quien toda persona deberá comparecer.
"Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo." (2 Corintios 5:10).
Por eso la pregunta más importante no es cuánto sabemos acerca de Jesús, sino si realmente le conocemos por la fe y descansamos únicamente en su obra perfecta.
La esperanza que ninguna filosofía pudo ofrecer
Cuando observamos la historia, encontramos pensamientos extraordinarios que intentaron explicar la existencia humana. Muchos de ellos identificaron correctamente algunos problemas del corazón. Reconocieron la injusticia, el sufrimiento, el deseo de significado y la realidad de la muerte. Sin embargo, llegaron hasta el borde del problema sin poder cruzarlo.
El evangelio va mucho más lejos.
No solamente identifica el origen del pecado. También anuncia que Dios actuó decisivamente para rescatar pecadores.
Jesucristo vivió sin pecado, obedeciendo perfectamente al Padre. Después entregó voluntariamente su vida en la cruz para recibir el castigo que merecían todos aquellos que creerían en Él. Tres días más tarde resucitó corporalmente, demostrando que el pecado había sido vencido y que la muerte ya no tendría la última palabra.
Esta es la esperanza del creyente.
No consiste simplemente en que las circunstancias mejorarán algún día. Nuestra esperanza descansa en una Persona viva.
Pedro escribió:
"...nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos." (1 Pedro 1:3).
John Bunyan, conocido por escribir El progreso del peregrino mientras permanecía encarcelado en Inglaterra durante parte de la década de 1660 por predicar el evangelio sin autorización oficial, mostró mediante aquella obra que toda la vida del creyente es un camino hacia Cristo y sostenido por Cristo. Su relato continúa siendo leído porque refleja una verdad profundamente bíblica: el pueblo de Dios avanza en medio de luchas, pero nunca camina solo.
Del mismo modo, Charles H. Spurgeon recordó repetidamente que el creyente no mira primero la fuerza de su fe, sino la perfección del Salvador en quien ha puesto su confianza. La seguridad descansa en Cristo, no en nosotros.
Una respuesta que transforma toda la vida
Cuando una persona comprende quién es Jesucristo, todas las demás preguntas comienzan a encontrar su lugar.
Ya no necesita construir su identidad sobre el éxito, porque sabe que pertenece a Cristo.
Ya no necesita buscar desesperadamente un propósito cambiante, porque entiende que fue creada para glorificar a Dios.
El sufrimiento deja de ser un callejón sin salida, porque sabe que el Señor gobierna incluso aquello que hoy no alcanza a comprender.
La muerte pierde su dominio absoluto, porque Cristo venció el sepulcro.
La culpa encuentra perdón en la cruz.
La esperanza deja de depender del presente y queda anclada en las promesas eternas de Dios.
Esto no significa que el creyente nunca volverá a enfrentar dudas, tristeza o momentos difíciles. Significa que ahora posee un fundamento firme sobre el cual permanecer cuando todo a su alrededor parece derrumbarse.
Jesús concluyó el Sermón del Monte comparando dos personas que edificaban sus casas. Una construyó sobre arena. La otra sobre la roca.
"Descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos... pero no cayó, porque estaba fundada sobre la roca." (Mateo 7:25).
La diferencia no estaba en la tormenta. Ambos enfrentaron la misma. La diferencia estaba en el fundamento.
Cristo sigue siendo hoy esa Roca firme.
Todo aquello que el ser humano construye lejos de Él termina siendo temporal. Pero quien descansa en Cristo posee una esperanza que no será avergonzada.
Conclusión
Las grandes preguntas de la humanidad continuarán siendo formuladas mientras exista este mundo. Nuevos pensadores escribirán nuevos libros. Surgirán nuevas corrientes filosóficas. Cambiarán las culturas y las formas de entender muchas cosas. Sin embargo, la necesidad más profunda del ser humano permanecerá exactamente igual: ser reconciliado con Dios.
La Biblia dirige nuestra mirada constantemente hacia Jesucristo porque únicamente en Él encontramos la respuesta definitiva.
Él revela perfectamente al Padre.
Él explica quiénes somos realmente.
Él muestra el verdadero propósito de nuestra existencia.
Él resuelve el problema del pecado mediante su sacrificio perfecto.
Él venció la muerte por medio de su resurrección.
Él reina sobre todas las cosas.
Y Él volverá para consumar definitivamente su Reino.
Por eso Pedro proclamó delante de las autoridades de Jerusalén:
"Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos." (Hechos 4:12).
La mayor necesidad del hombre nunca fue adquirir más conocimiento, acumular más riquezas o alcanzar mayor reconocimiento. Su mayor necesidad siempre ha sido Cristo.
Quien le conoce encuentra perdón, esperanza, paz con Dios y la certeza de que su vida no termina en esta tierra. En Él, las preguntas más profundas del corazón humano encuentran finalmente una respuesta verdadera, suficiente y eterna.
Ejercicios prácticos
1. Escribe en tu libreta cinco preguntas importantes que toda persona suele hacerse sobre la vida. Luego, busca un pasaje bíblico que responda a cada una de ellas.
2. Lee lentamente Juan 14:6, Colosenses 1:15-20 y Hechos 4:12. Escribe con tus propias palabras qué enseñan estos pasajes acerca de quién es Jesucristo.
3. Haz dos columnas en tu libreta. En la primera escribe aquellas cosas en las que muchas personas buscan el sentido de su vida. En la segunda escribe cómo Cristo responde de manera superior y definitiva a cada una de ellas.
4. Memoriza Juan 14:6. Después, sin leer el versículo, escríbelo en tu libreta e identifica las tres afirmaciones que Jesús hace acerca de sí mismo.
5. Escribe un párrafo respondiendo esta pregunta: «¿Por qué solamente Jesucristo puede responder plenamente las grandes preguntas humanas?». Fundamenta tu respuesta con al menos dos citas bíblicas estudiadas en esta lección.