Teología Filosófica - Lección 9

Novena lección del estudio: Teología Filosófica.

Hay preguntas que sobreviven a los imperios, a las guerras, a los descubrimientos científicos y a cada generación. Cambian los idiomas, las ciudades y las costumbres, pero el ser humano continúa preguntando: ¿quién soy?, ¿por qué existo?, ¿cómo puedo saber qué es verdad?, ¿por qué existe el mal?, ¿qué sentido tiene sufrir?, ¿qué sucede cuando muero? y ¿hay alguna esperanza que no termine en una tumba?

Durante siglos, algunas de las mentes más brillantes intentaron responderlas. Sócrates, condenado a muerte en Atenas en el año 399 a. C., dedicó gran parte de su vida a examinar cómo debía vivir el ser humano. Platón reflexionó sobre la realidad, el alma, la justicia y el bien. Aristóteles buscó comprender las causas últimas de las cosas. Muchos siglos después, René Descartes buscó una certeza imposible de poner en duda, mientras Blaise Pascal observó que existe en nosotros una profunda grandeza acompañada de una profunda miseria.

Estas preguntas no son inútiles. El problema aparece cuando esperamos que el ser humano encuentre dentro de sí mismo una respuesta completa al misterio de su propia existencia. La Escritura presenta una afirmación mucho más radical: la respuesta definitiva no es simplemente una idea, un sistema moral o una explicación. Es una persona. Jesucristo no solamente responde algunas de nuestras preguntas; Él revela quién es Dios, quiénes somos nosotros, qué salió mal en el mundo y hacia dónde se dirige la historia.

La pregunta acerca de Dios

Una de las preguntas más antiguas es también una de las más grandes: ¿cómo es Dios?

Los seres humanos han levantado templos, escrito libros y desarrollado innumerables ideas acerca de lo divino. Sin embargo, existe una dificultad fundamental: una criatura limitada no puede descubrir por sus propios medios todo lo que pertenece al Creador infinito. Podemos reconocer señales de su existencia y poder en lo creado, pero necesitamos que Dios mismo se dé a conocer.

Precisamente aquí aparece la grandeza de Cristo.

“A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer” (Juan 1:18).

Jesús no vino simplemente para hablar acerca de Dios como lo haría un maestro que explica algo distante. En Él, Dios se acercó verdaderamente a nosotros. Cristo pudo decir: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Juan 14:9).

Juan Calvino explicó que nuestro conocimiento de Dios depende de que Él se incline hacia nuestra pequeñez y se dé a conocer. Siglos después, J. I. Packer insistió en una verdad semejante: conocer información acerca de Dios no equivale necesariamente a conocer a Dios. Cristo nos lleva mucho más lejos que la especulación humana porque nos conduce al conocimiento personal del Padre.

Por eso, cuando preguntamos cómo es Dios, debemos mirar a Jesucristo. Allí encontramos santidad sin crueldad, autoridad sin injusticia, poder unido a misericordia, verdad sin engaño y amor que no abandona la justicia.

La pregunta acerca de nosotros mismos

También preguntamos: ¿quién soy?

Nuestra época suele responder buscando profundamente dentro del individuo. Pero existe un problema: si nosotros mismos somos el punto final para definir nuestra identidad, terminamos intentando explicar nuestra existencia desde una perspectiva limitada y cambiante.

La Biblia comienza en otro lugar.

“Y creó Dios al hombre a su imagen” (Génesis 1:27).

No somos accidentes sin significado. Tampoco somos nuestros propios creadores. Somos criaturas hechas por Dios, dependientes de Él y creadas para reflejar algo de su carácter.

Agustín de Hipona, aunque perteneció a una época muy anterior a los reformadores, expresó una observación que posteriormente tendría enorme influencia en el pensamiento cristiano: el corazón humano permanece inquieto mientras no encuentre descanso en Dios.

Cristo lleva esta verdad a su máxima claridad. Pablo escribe que “todo fue creado por medio de él y para él” (Colosenses 1:16).

Estas últimas palabras son decisivas: para Él.

Nuestra existencia tiene dirección porque no fuimos creados simplemente para existir, trabajar, consumir, envejecer y morir. Fuimos creados para Dios. Por eso ningún logro humano puede soportar permanentemente el peso de convertirse en nuestro propósito final.

La pregunta acerca de lo que salió mal

Sin embargo, aparece inmediatamente otra pregunta. Si fuimos creados por un Dios bueno, ¿por qué somos capaces de tanta maldad?

La historia humana contiene avances extraordinarios y atrocidades espantosas. Podemos construir hospitales y campos de concentración, escribir música hermosa y fabricar instrumentos de tortura. El problema humano es demasiado profundo para reducirlo solamente a falta de educación, pobreza, sistemas políticos o circunstancias sociales.

Jesús llevó el diagnóstico directamente al corazón.

“Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios” (Marcos 7:21).

Aquí encontramos una respuesta difícil pero necesaria. El mal no se encuentra solamente fuera de nosotros.

Blaise Pascal, en el siglo XVII, describió al ser humano como una criatura marcada simultáneamente por grandeza y miseria. La Biblia explica por qué existe esa extraña contradicción: conservamos la dignidad de haber sido creados a imagen de Dios, pero somos seres caídos y afectados profundamente por el pecado.

John Owen entendió esta realidad con enorme seriedad. Para él, el pecado no era simplemente una colección de malas acciones aisladas, sino una fuerza que debe ser combatida porque intenta gobernar nuestros deseos.

Por eso necesitamos algo mucho mayor que consejos para convertirnos en mejores personas. Necesitamos reconciliación, perdón y transformación.

La pregunta acerca de la verdad

Pocas escenas representan mejor la búsqueda humana que el encuentro entre Jesús y Poncio Pilato alrededor del año 30 d. C.

Jesús declaró:

“Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo, para dar testimonio a la verdad” (Juan 18:37).

Pilato respondió con una pregunta que continúa atravesando los siglos:

“¿Qué es la verdad?” (Juan 18:38).

La escena resulta sorprendente porque Pilato pregunta por la verdad mientras la Verdad está delante de él.

Siglos después, Friedrich Nietzsche cuestionaría profundamente la posibilidad de una verdad moral universal desligada de las luchas humanas por poder y significado. En nuestro tiempo encontramos una versión popular de este problema cuando alguien dice: “esa es tu verdad; yo tengo la mía”.

Pero si dos afirmaciones se contradicen, ambas no pueden ser verdaderas en el mismo sentido y al mismo tiempo. Cristo no presentó la verdad como algo que cada persona fabrica.

“Yo soy el camino, y la verdad, y la vida” (Juan 14:6).

Jesús hace aquí una afirmación extraordinaria. No dice solamente que conoce la verdad. Se presenta como la verdad encarnada. En Él encontramos el punto firme desde el cual podemos comprender correctamente a Dios, al mundo y a nosotros mismos.

La pregunta acerca del sufrimiento

Pero quizá ninguna pregunta golpea tan profundamente como esta: ¿por qué sufrimos?

Una respuesta superficial resulta ofensiva cuando se pronuncia frente a una tumba, una enfermedad, una traición o una familia destruida.

La Biblia nunca trata el sufrimiento como una ilusión. Jesús lloró frente a la tumba de Lázaro. Sintió hambre, cansancio, abandono, angustia y dolor físico. Finalmente fue crucificado.

Esto distingue profundamente la respuesta cristiana. Dios no permaneció observando el sufrimiento humano desde una distancia segura.

“Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto” (Isaías 53:3).

El filósofo Alvin Plantinga ha mostrado que la existencia del mal no produce necesariamente una contradicción lógica con la existencia de un Dios bueno y poderoso. Sin embargo, el evangelio ofrece algo todavía más profundo que una defensa intelectual: nos lleva hasta una cruz.

Allí vemos que Dios puede gobernar incluso acontecimientos terribles sin convertirse en autor moral del pecado. La crucifixión fue una injusticia humana espantosa y, al mismo tiempo, formaba parte del propósito redentor de Dios.

“A éste, entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios, prendisteis y matasteis por manos de inicuos, crucificándole” (Hechos 2:23).

La cruz no responde cada pregunta particular acerca de nuestro sufrimiento presente, pero destruye la idea de que Dios es indiferente ante él.

La pregunta acerca de la culpa

Existe además un problema que ninguna explicación puramente intelectual puede solucionar: sabemos que hemos hecho cosas que no debíamos hacer.

Podemos intentar justificarnos, compararnos con personas peores o simplemente olvidar. Pero ninguna de esas estrategias elimina nuestra verdadera culpa delante de Dios.

Martín Lutero conoció profundamente esta lucha antes de comprender con claridad la enseñanza bíblica acerca de la justificación. Descubrió que la paz con Dios no descansa en acumular suficientes méritos, sino en recibir por la fe una justicia que viene de fuera de nosotros.

Esto nos conduce directamente a Cristo.

“Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Corintios 5:21).

En la cruz ocurre algo que ninguna filosofía puede producir por sí misma. Nuestra culpa no es ignorada ni declarada insignificante. Es enfrentada mediante la obra sustitutiva de Cristo. La justicia de Dios permanece firme y el pecador puede recibir misericordia.

John Stott describió la cruz como el lugar donde debemos comprender simultáneamente la gravedad del pecado humano y la grandeza del amor de Dios. Si queremos saber cuánto importa nuestra culpa, observemos la cruz. Si queremos saber cuánto ama Dios a su pueblo, observemos esa misma cruz.

La pregunta acerca de la muerte

Toda filosofía de la vida termina encontrándose con una tumba.

Podemos distraernos durante décadas, pero sabemos que nuestra vida presente terminará. El filósofo Martin Heidegger reconoció que la conciencia de nuestra mortalidad afecta profundamente la manera en que entendemos nuestra existencia.

El cristianismo hace una afirmación mucho más fuerte que decir simplemente que debemos aceptar la muerte.

Afirma que Cristo la venció.

En la mañana del primer día de la semana, después de su crucifixión, la tumba fue encontrada vacía. Los discípulos no comenzaron proclamando simplemente que las enseñanzas de Jesús continuarían viviendo simbólicamente. Proclamaron que Él había resucitado corporalmente.

“Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho” (1 Corintios 15:20).

La esperanza cristiana depende de este acontecimiento histórico. Pablo llega a decir que, si Cristo no resucitó, nuestra fe es vana.

Pero si resucitó, entonces la muerte ya no tiene la última palabra.

La pregunta acerca del sentido de la vida

Finalmente llegamos a una pregunta que reúne muchas de las anteriores: ¿para qué vivir?

En el siglo XX, pensadores como Jean-Paul Sartre sostuvieron que el ser humano existe primero y posteriormente construye su propio significado. La propuesta parece ofrecer libertad absoluta, pero coloca sobre nuestros hombros una carga enorme: debemos fabricar el propósito de una existencia que nosotros mismos no originamos.

La Escritura presenta una alternativa mucho más sólida.

El significado no necesita ser inventado porque precede nuestra existencia.

“Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas” (Romanos 11:36).

Y nuevamente:

“Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia” (Filipenses 1:21).

Vivir para Cristo no significa abandonar las responsabilidades ordinarias. Significa que el trabajo, la familia, el conocimiento, el servicio, la amistad, el sufrimiento e incluso nuestra muerte encuentran su lugar correcto cuando Cristo ocupa el centro.

Jonathan Edwards sostuvo que la verdadera felicidad de la criatura se encuentra en Dios. No porque todas las demás cosas creadas carezcan de valor, sino porque ninguna de ellas fue diseñada para ocupar el lugar del Creador.

Cuando todas las preguntas convergen en Cristo

Al terminar este recorrido descubrimos algo extraordinario.

¿Cómo es Dios? Cristo lo revela.

¿Quién soy? Una criatura hecha por Dios y para Dios, cuya verdadera humanidad vemos perfectamente en Cristo.

¿Qué salió mal? El pecado ha separado al ser humano de su Creador.

¿Dónde encuentro la verdad? Cristo es la verdad.

¿Qué hago con mi culpa? Cristo llevó sobre sí la condenación de su pueblo.

¿Qué significa el sufrimiento? No comprendemos cada misterio, pero sabemos que nuestro Salvador sufrió y que Dios puede llevar adelante sus buenos propósitos incluso a través del dolor.

¿Qué hay después de la muerte? Cristo resucitó y promete resurrección a quienes le pertenecen.

¿Para qué vivir? Para conocer, amar, glorificar y disfrutar a Dios por medio de Cristo.

Por eso Pablo escribió una frase extraordinaria:

“En quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento” (Colosenses 2:3).

Cristo no elimina nuestra capacidad de pensar; la orienta. No nos llama a abandonar las grandes preguntas, sino a llevarlas hasta su raíz. Podemos estudiar filosofía, observar el universo, analizar argumentos y dialogar con quienes piensan diferente. Pero debemos reconocer los límites de nuestra razón.

Herman Bavinck señaló que toda la realidad encuentra finalmente su unidad en Dios. Cornelius Van Til insistió después en que ningún pensamiento humano es verdaderamente independiente del Creador. Y R. C. Sproul recordó constantemente que la vida cristiana implica vivir delante del rostro de Dios.

La historia humana continúa haciendo preguntas antiguas con palabras nuevas. Pero en medio de tantas voces permanece una figura que no puede ser reducida simplemente a otro filósofo sentado entre los grandes maestros de la humanidad.

Jesucristo afirma ser el Hijo eterno hecho hombre, el Creador por quien existen todas las cosas, la verdad que buscamos, el Salvador que carga nuestra culpa, el Rey que gobierna la historia y el vencedor de la muerte.

Por eso la pregunta final ya no es solamente: “¿Qué respuestas ofrece Cristo?”.

La pregunta termina siendo mucho más personal:

¿Quién es Cristo para nosotros?

Porque si Él realmente es quien afirmó ser, entonces no estamos simplemente frente a una respuesta interesante que podemos añadir a nuestra colección de ideas. Estamos delante de Aquel para quien fuimos creados.

“Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Juan 6:68).

Ejercicios prácticos

1. Escribe en tu libreta cuatro grandes preguntas que alguna vez hayas tenido acerca de la vida, Dios, el sufrimiento, la muerte o tu propósito. Al lado de cada una, escribe qué enseñanza de Cristo ayuda a responderla.

2. Lee Juan 14:1-11. Escribe con tus propias palabras qué quiso decir Jesús cuando afirmó: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida”.

3. Divide una página en dos columnas. En una escribe “Lo que el mundo dice que soy” y en la otra “Lo que Dios dice que soy”. Utiliza Génesis 1:27, Colosenses 1:16 y Efesios 2:10 para completar la segunda columna.

4. Lee Marcos 7:20-23. Explica en cinco líneas por qué Jesús enseña que el problema del mal no se encuentra solamente en las circunstancias externas del ser humano.

5. Lee 1 Corintios 15:12-22. Escribe tres consecuencias que tendría para la fe cristiana si Cristo no hubiera resucitado y tres razones por las que su resurrección produce esperanza.

6. Escribe una reflexión breve respondiendo esta pregunta: “Si realmente fui creado por medio de Cristo y para Cristo, ¿qué debería cambiar en mi manera de vivir esta semana?”. Menciona al menos una acción concreta que puedas comenzar a practicar.