Octava lección del estudio: Teología Filosófica.
Hay momentos en los que una persona puede tener muchas cosas funcionando correctamente y, aun así, preguntarse en silencio: “¿Para qué estoy aquí?”. Esa pregunta puede surgir mientras contempla un cielo cubierto de estrellas, cuando sostiene por primera vez a un hijo entre sus brazos, durante el funeral de alguien amado o simplemente al final de un día común. La existencia humana tiene algo extraño: podemos disfrutar de la belleza y, al mismo tiempo, sentir que ninguna belleza terrenal nos satisface completamente. Podemos alcanzar metas y descubrir que todavía buscamos algo más. Podemos conocer muchas cosas acerca del mundo y seguir preguntándonos qué significa estar vivos.
Estas preguntas han acompañado a la humanidad durante siglos. Filósofos, escritores y pensadores han intentado responderlas desde caminos muy diferentes. Sin embargo, las Escrituras comienzan desde un punto decisivo: nuestra existencia no es un accidente sin explicación. Hay un Creador, y solamente cuando la criatura es comprendida en relación con Él comienzan a encajar la belleza, el propósito y el significado de la vida.
La belleza que apunta más allá de sí misma
La Biblia comienza presentándonos un mundo lleno de orden, diversidad y belleza. Dios separa la luz de las tinieblas, establece los mares, cubre la tierra de vegetación, llena el cielo de lumbreras y coloca criaturas en los mares y sobre la tierra. Al contemplar lo que había hecho, declara que era bueno.
“Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera” (Génesis 1:31).
La belleza, por tanto, no apareció accidentalmente. Un amanecer sobre las montañas, la complejidad de una flor, la inmensidad del océano, una melodía hermosa o la sonrisa de un niño pertenecen a un mundo creado por Dios. La creación no es Dios, pero lleva las huellas de su sabiduría, poder y generosidad.
David contempló esta realidad y escribió: “Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos” (Salmo 19:1). Siglos después, Pablo enseñó algo semejante en Romanos 1:20 al afirmar que el poder y la naturaleza divina de Dios pueden percibirse mediante las cosas creadas.
Agustín de Hipona, quien vivió entre los años 354 y 430, entendió que las cosas hermosas pueden convertirse en señales que dirigen nuestra mirada hacia quien las hizo. Juan Calvino desarrolló una idea semejante al describir el mundo como un escenario donde la gloria de Dios se hace visible. Jonathan Edwards, en el siglo XVIII, reflexionó profundamente sobre la belleza de Dios y sostuvo que toda verdadera belleza encuentra finalmente su fundamento en Él.
Esto cambia nuestra manera de mirar el mundo. No debemos adorar el paisaje, la música, el arte ni las personas hermosas. Debemos aprender a recibir esas cosas con gratitud y permitir que despierten nuestra admiración por su Creador.
Por qué la belleza nunca parece suficiente
Aquí aparece una paradoja. El mundo continúa siendo extraordinariamente hermoso, pero también está profundamente quebrado. Una tarde puede terminar con un cielo espectacular mientras, a pocos kilómetros, alguien recibe una noticia devastadora. Un jardín puede florecer junto a un hospital. Podemos escuchar una hermosa canción mientras llevamos dentro una tristeza que nadie conoce.
La Escritura explica esta contradicción mediante la caída. El pecado no destruyó completamente la creación, pero introdujo corrupción, dolor, muerte y separación de Dios. Por eso Pablo escribe que “toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora” (Romanos 8:22).
La belleza permanece, pero está herida.
El filósofo Blaise Pascal, que vivió entre 1623 y 1662, observó una extraña grandeza y miseria en el ser humano. Somos capaces de pensar acerca del universo, buscar justicia, amar, crear y preguntarnos por la eternidad; pero también somos capaces de orgullo, engaño, crueldad y destrucción. Esa contradicción resulta difícil de explicar si el ser humano es solamente materia organizada accidentalmente.
Las Escrituras ofrecen una explicación más profunda. Fuimos creados a imagen de Dios, pero somos criaturas caídas. Conservamos una grandeza recibida de nuestro Creador mientras llevamos las consecuencias de nuestra rebelión contra Él.
El propósito no lo inventamos nosotros
Una idea muy extendida sostiene que cada persona debe crear su propio propósito. Puede sonar liberador, pero contiene un problema serio. Si el propósito depende únicamente de nuestra decisión, entonces puede desaparecer cuando cambian nuestros deseos, nuestras circunstancias o nuestras capacidades.
Una herramienta tiene sentido en relación con aquello para lo cual fue diseñada. Del mismo modo, para comprender profundamente al ser humano debemos preguntar por qué fue creado.
La respuesta bíblica es clara: existimos para Dios.
“Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos” (Romanos 11:36).
Nuestra vida no comienza con nosotros mismos ni termina en nosotros mismos. Dios creó al ser humano para conocerle, amarle, reflejar su carácter, disfrutar de su bondad y vivir responsablemente dentro de su creación.
La conocida respuesta del Catecismo Menor de Westminster, publicado en 1647, resume esta verdad diciendo que el fin principal del ser humano es glorificar a Dios y disfrutar de Él para siempre. No presenta dos destinos separados. Glorificar a Dios y encontrar nuestra alegría suprema en Él pertenecen a una misma vida.
Esto significa que trabajar, formar una familia, estudiar, servir, descansar, crear, enseñar o cuidar a otros pueden adquirir verdadero significado cuando son vividos delante de Dios.
Cuando buscamos significado donde no puede sostenernos
El libro de Eclesiastés examina con extraordinaria honestidad la búsqueda humana. Su autor observa el placer, las riquezas, el trabajo, la sabiduría y los grandes proyectos. Ninguna de estas cosas es necesariamente mala. El problema aparece cuando intentamos convertirlas en la razón última de nuestra existencia.
“Vanidad de vanidades, dijo el Predicador; vanidad de vanidades, todo es vanidad” (Eclesiastés 1:2).
La palabra comunica la fragilidad de algo parecido al vapor. Intentamos sujetarlo, pero se escapa entre nuestros dedos.
Una carrera profesional puede terminar. El dinero puede perderse. La juventud desaparece. El reconocimiento público cambia rápidamente. Incluso las relaciones humanas más preciosas están bajo la sombra de la muerte.
Friedrich Nietzsche, en el siglo XIX, comprendió algunas de las consecuencias que surgirían cuando una sociedad intentara vivir después de abandonar a Dios. Si desaparece todo fundamento trascendente, el ser humano queda enfrentado al enorme problema de construir valores y significado por sí mismo. Nietzsche intentó responder a esa crisis desde una dirección muy diferente a la Escritura, pero vio con claridad la profundidad del problema.
Timothy Keller señaló en tiempos recientes que muchas personas modernas colocan sobre el éxito profesional, el romance o los logros personales un peso que esas cosas simplemente no pueden soportar. Cuando algo creado se convierte en nuestra fuente suprema de identidad, terminamos exigiéndole aquello que solamente Dios puede proporcionar.
El corazón humano fue hecho para algo mayor
La inquietud humana no demuestra automáticamente que cada deseo sea correcto. Nuestros deseos también han sido afectados por el pecado. Sin embargo, existe una profunda sed de permanencia, justicia, amor y plenitud que las cosas temporales nunca consiguen satisfacer completamente.
Eclesiastés declara que Dios “ha puesto eternidad en el corazón de ellos” (Eclesiastés 3:11).
C. S. Lewis observó que muchos deseos humanos encuentran objetos capaces de satisfacerlos: el hambre encuentra alimento y el cansancio encuentra descanso. Él razonaba que nuestros deseos más profundos pueden señalar hacia una realidad que este mundo, por sí solo, no puede proporcionar plenamente.
La respuesta bíblica va todavía más lejos. Nuestro problema no consiste solamente en que necesitamos encontrar una filosofía que haga nuestra vida interesante. Necesitamos reconciliación con el Dios para quien fuimos creados.
Cristo revela lo que significa verdaderamente vivir
El significado de nuestra existencia alcanza su mayor claridad en Jesucristo. Él no vino simplemente a ofrecer consejos para que construyéramos vidas más satisfactorias. Vino a reconciliar pecadores con Dios.
“Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra... todo fue creado por medio de él y para él” (Colosenses 1:16).
Estas palabras transforman completamente nuestra pregunta. No solamente preguntamos “¿qué quiero hacer con mi vida?”, sino también “¿para quién fui creado?”. Pablo responde: para Cristo.
El pecado había torcido nuestros afectos. Amamos las criaturas más que al Creador, buscamos nuestra gloria en lugar de la suya y tratamos de construir significado lejos de Él. Pero Cristo entra en nuestra condición, vive en perfecta obediencia, carga con el pecado de su pueblo en la cruz y resucita venciendo la muerte.
Juan Calvino enseñaba que mientras una persona permanece separada de Cristo, todo cuanto Él realizó para la salvación permanece fuera de ella. Necesitamos estar unidos a Cristo. Allí comienza una existencia restaurada: no cuando inventamos una identidad, sino cuando somos reconciliados con nuestro Creador mediante el Salvador.
Una vida ordinaria puede tener un significado extraordinario
El mundo suele medir el significado mediante visibilidad, influencia y grandes logros. Las Escrituras utilizan otra medida.
Una madre cuidando pacientemente a sus hijos, un trabajador realizando honestamente una tarea que nadie celebra, una persona visitando a un enfermo, un creyente orando cuando nadie lo observa o alguien ofreciendo un vaso de agua en el nombre de Cristo pueden estar viviendo vidas profundamente significativas.
“Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres” (Colosenses 3:23).
Abraham Kuyper expresó esta amplitud del señorío de Cristo afirmando que no existe una sola parte de la vida sobre la cual Cristo no reclame autoridad. La existencia cristiana, por tanto, no está dividida entre momentos espirituales importantes y actividades ordinarias sin significado. Toda nuestra vida pertenece al Señor.
Esto también libera al creyente de la obsesión por ser extraordinario ante los ojos del mundo. Nuestro valor no depende de convertirnos en personas famosas, admiradas o recordadas durante siglos. Una vida puede pasar desapercibida para millones de personas y ser preciosa delante de Dios.
La belleza que todavía esperamos
La historia bíblica no termina con seres humanos intentando encontrar pequeños momentos de felicidad antes de morir. Termina con restauración.
Apocalipsis describe nuevos cielos y nueva tierra, donde Dios habita con su pueblo. Allí desaparecen definitivamente la muerte, el llanto y el dolor.
“Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor” (Apocalipsis 21:4).
Esta esperanza explica por qué la belleza presente puede producir simultáneamente alegría y nostalgia. Cuando observamos algo verdaderamente hermoso, disfrutamos de un regalo real de Dios; pero todavía vivimos en una creación que espera restauración.
La esperanza cristiana no consiste en escapar eternamente de la creación, sino en su renovación bajo el reinado de Cristo. El cuerpo será resucitado. La muerte será vencida. La creación será liberada de corrupción. El pueblo de Dios contemplará finalmente la belleza de su Señor sin pecado que oscurezca sus ojos.
Por eso nuestra existencia tiene significado incluso cuando atravesamos sufrimiento. La última palabra sobre nuestra vida no pertenece al fracaso, al envejecimiento ni a la tumba. Pertenece a Cristo.
Vivir sabiendo para qué existimos
La belleza nos recuerda que el mundo tiene un Autor. Nuestra búsqueda de propósito revela que no podemos explicarnos adecuadamente separados de nuestro Creador. Nuestra sed de significado muestra la pobreza de intentar construir toda una existencia alrededor de cosas que inevitablemente pasan.
La respuesta final no consiste en mirar cada vez más profundamente dentro de nosotros mismos. Consiste en levantar la mirada hacia Dios.
“¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra” (Salmo 73:25).
Cuando conocemos a Dios mediante Cristo, las cosas creadas encuentran nuevamente su lugar correcto. Podemos disfrutar de un paisaje sin convertirlo en dios. Podemos amar profundamente a nuestra familia sin exigirle que sea nuestra salvación. Podemos trabajar con excelencia sin hacer del éxito nuestra identidad. Podemos atravesar pérdidas sin concluir que nuestra existencia ha quedado vacía.
La vida posee significado porque procede de Dios, se sostiene por Dios y encuentra su destino final en Dios. La belleza que hoy contemplamos es apenas un reflejo. El propósito que ahora aprendemos a vivir será plenamente realizado. Y la esperanza que hoy abrazamos por fe terminará convirtiéndose en vista cuando Cristo haga nuevas todas las cosas.
Ejercicios prácticos
1. Escribe cinco cosas que consideres hermosas dentro de la creación. Junto a cada una, escribe qué característica de Dios puede llevarte a recordar.
2. Lee Salmo 19:1-6. Escribe con tus propias palabras qué enseña este pasaje acerca de la creación y su Creador.
3. Escribe tres cosas que las personas suelen utilizar para encontrar significado en su vida. Explica brevemente por qué ninguna puede ocupar el lugar de Dios.
4. Lee Colosenses 1:15-17. Anota tres afirmaciones que el pasaje hace acerca de Cristo y explica qué relación tienen con el propósito de nuestra existencia.
5. Piensa en tres actividades ordinarias que realizas durante una semana. Escribe junto a cada una una manera sencilla de realizarlas para la gloria de Dios.
6. Lee Apocalipsis 21:1-5. Escribe un párrafo breve explicando cómo la futura restauración de todas las cosas cambia la manera en que un creyente puede enfrentar el sufrimiento, las pérdidas y la muerte.