Octava lección del estudio: Teología Filosófica.
Hay preguntas que aparecen una y otra vez en la historia de la humanidad. No importa el idioma, la cultura o la época. Desde los antiguos filósofos griegos hasta una persona que contempla el cielo en silencio durante la noche, la misma inquietud vuelve a surgir: ¿Por qué existo? ¿Tiene algún propósito mi vida? ¿Hay un significado real detrás de todo lo que veo o simplemente estamos aquí por casualidad?
Hace más de dos mil cuatrocientos años, Sócrates animaba a las personas a examinar sus vidas. Poco después, Platón hablaba de una realidad superior que daba sentido al mundo visible. Aristóteles enseñó que todo tiene una causa y un propósito. Siglos después, pensadores como Blaise Pascal observaron que el corazón humano posee un vacío que nada creado puede llenar completamente. Aunque muchas respuestas fueron valiosas, ninguna pudo responder de manera definitiva la gran pregunta de la existencia. La razón es sencilla: el ser humano puede contemplar la creación, pero solo el Creador puede revelar por qué la creó.
La Biblia comienza respondiendo aquello que toda filosofía ha intentado descubrir durante siglos. No empieza hablando del hombre, sino de Dios. Antes de mencionar montañas, océanos, estrellas o personas, presenta al único Ser que existe por Sí mismo y que da origen a todo lo demás.
"En el principio creó Dios los cielos y la tierra."
Génesis 1:1
Este primer versículo cambia completamente nuestra manera de pensar. La existencia no comenzó con un accidente ni con una fuerza impersonal. Todo comenzó con una Persona eterna, sabia, buena y poderosa. Si Dios creó todas las cosas, entonces la creación tiene un origen, un propósito y un significado.
Durante esta lección descubriremos que la belleza del universo no es una casualidad, que la existencia humana posee un propósito mucho más grande de lo que solemos imaginar y que solamente cuando conocemos a Dios entendemos realmente quiénes somos y para qué fuimos creados.
La existencia comienza con Dios
Muchas corrientes filosóficas comienzan preguntando qué es el ser humano. La Biblia comienza preguntándonos, en cierto sentido, quién es Dios. Ese orden es importante porque jamás podremos comprender correctamente nuestra identidad mientras ignoremos a nuestro Creador.
Dios no necesita una causa que explique Su existencia. Él simplemente es. Cuando Moisés preguntó cuál era Su nombre, el Señor respondió con una expresión extraordinaria.
"YO SOY EL QUE SOY."
Éxodo 3:14
Dios existe por Sí mismo. Nunca comenzó a existir y jamás dejará de existir. Todo lo creado depende de Él para vivir, mientras que Él depende de nadie.
Muchos filósofos hablaron sobre un "ser necesario". Aristóteles utilizó la expresión "Primer Motor Inmóvil" para explicar que debía existir una causa primera que moviera todas las cosas sin ser movida por otra. Aunque Aristóteles no conoció la revelación bíblica, su reflexión muestra que la razón humana puede reconocer que el universo necesita un fundamento último. La Escritura revela con claridad quién es ese fundamento: el Dios vivo.
Siglos después, Tomás de Aquino desarrolló argumentos semejantes al afirmar que debe existir un Ser cuya existencia no dependa de otro. Sin embargo, la Biblia va mucho más allá de una demostración filosófica. No solamente afirma que Dios existe, sino que muestra Su carácter, Su bondad, Su justicia y Su amor.
Todo cuanto vemos existe porque Dios quiso que existiera.
"Porque en él fueron creadas todas las cosas... todo fue creado por medio de él y para él."
Colosenses 1:16
Observa cuidadosamente esa última frase: para Él.
No dice solamente que Dios creó todas las cosas. Dice también que todo fue creado para Él. Esto significa que el propósito final de toda la creación no es el hombre, sino la gloria de Dios.
Juan Calvino escribió que el mundo entero es como un inmenso teatro donde puede contemplarse la gloria del Creador. Cada montaña, cada río, cada galaxia y cada ser vivo anuncian silenciosamente la grandeza de Dios.
Eso explica por qué el universo posee orden. Las leyes de la naturaleza funcionan porque detrás de ellas existe un Dios fiel y constante. La belleza no apareció por accidente. La armonía no nació del caos sin dirección. Todo refleja la sabiduría del Creador.
La belleza revela al Autor de la creación
Piensa por un momento en un amanecer. Poco antes de salir el sol, el cielo comienza a cambiar lentamente de color. El negro profundo se convierte en azul oscuro. Después aparecen tonos anaranjados, rosados y dorados. Los árboles empiezan a proyectar largas sombras mientras las aves anuncian un nuevo día con su canto.
Muy pocas personas observan un amanecer y concluyen que semejante espectáculo carece completamente de significado. La belleza produce admiración porque fue diseñada para despertar admiración.
David expresó esa realidad con palabras inolvidables.
"Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos."
Salmo 19:1
La creación habla constantemente.
No utiliza palabras humanas, pero comunica algo poderoso. Cada estrella proclama la inmensidad de Dios. Cada flor refleja Su creatividad. Cada océano manifiesta Su poder. Cada detalle del universo señala hacia su Autor.
El apóstol Pablo también explicó esta verdad.
"Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas."
Romanos 1:20
Esto significa que nadie contempla honestamente la creación sin recibir algún testimonio acerca de Dios.
El filósofo romano Cicerón escribió siglos antes de Cristo que el orden del universo hacía evidente la existencia de una inteligencia superior. Aunque no conocía toda la revelación bíblica, reconocía que el mundo posee un diseño admirable.
Mucho tiempo después, Johannes Kepler (1571–1630), uno de los grandes astrónomos de la historia y creyente convencido, afirmaba que al estudiar los cielos estaba "pensando los pensamientos de Dios después de Él". Para Kepler, descubrir las leyes del universo no disminuía la gloria de Dios; la aumentaba.
La verdadera ciencia nunca contradice la existencia del Creador. Al contrario, cuanto más conocemos la complejidad del universo, más evidente resulta su extraordinario diseño.
El ser humano posee una belleza diferente
Sin embargo, existe una diferencia enorme entre una montaña y una persona.
Las montañas muestran el poder de Dios.
Los mares muestran Su grandeza.
Las estrellas muestran Su inmensidad.
Pero solamente el ser humano fue creado a imagen de Dios.
"Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza."
Génesis 1:26
Esta afirmación transforma completamente nuestra comprensión de la existencia humana.
Nuestro valor no depende de nuestra inteligencia, riqueza, apariencia física, salud o éxito. Nuestro valor proviene de que fuimos creados para reflejar, de una manera única, aspectos del carácter de Dios.
Por eso las personas aman, crean, razonan, disfrutan la belleza, distinguen entre el bien y el mal, buscan justicia y anhelan eternidad.
Eclesiastés dice algo sorprendente.
"Todo lo hizo hermoso en su tiempo; y ha puesto eternidad en el corazón de ellos."
Eclesiastés 3:11
Existe dentro del ser humano un deseo constante de encontrar algo que trascienda esta vida. Ningún logro material logra satisfacer completamente ese anhelo. Podemos alcanzar metas, adquirir bienes, viajar, estudiar y experimentar muchas alegrías, pero siempre queda una sensación de que todavía falta algo.
Blaise Pascal expresó esta realidad con una frase que ha permanecido durante siglos: "Hay en el corazón del hombre un vacío que tiene la forma de Dios."
Aunque la frase no aparece en la Biblia, resume muy bien una verdad bíblica. Fuimos creados para vivir en comunión con Dios. Cuando intentamos llenar ese lugar con cualquier otra cosa, tarde o temprano descubrimos que nada creado puede ocupar el lugar del Creador.
Agustín de Hipona escribió a finales del siglo IV una reflexión que continúa siendo profundamente actual:
"Nos hiciste para Ti, y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en Ti."
Ese descanso no consiste simplemente en sentir paz emocional. Consiste en descubrir finalmente el propósito para el cual fuimos creados.
La existencia encuentra su verdadero significado cuando dejamos de colocarnos en el centro de nuestra historia y reconocemos que Dios siempre ha ocupado ese lugar.
Cuando el pecado oscureció el propósito de la existencia
Si Dios creó un mundo bueno, lleno de belleza y con un propósito definido, surge una pregunta inevitable: ¿por qué experimentamos tanta confusión, dolor, injusticia y vacío?
La Biblia responde esta pregunta desde los primeros capítulos del Génesis. El problema principal de la humanidad no es la falta de inteligencia, de educación o de desarrollo. El problema comenzó cuando el ser humano decidió vivir separado de Dios.
"Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera."
Génesis 1:31
Al principio, todo era armonía. El hombre disfrutaba de una relación perfecta con Dios, consigo mismo, con los demás y con la creación. No existía culpa, temor ni muerte. La existencia tenía una dirección clara porque Dios ocupaba el centro de ella.
Sin embargo, esa armonía fue quebrantada.
Adán y Eva decidieron desobedecer el mandato de Dios, creyendo que podrían encontrar una vida mejor siguiendo su propio camino. Aquel acto no fue simplemente comer de un árbol prohibido. Fue un intento de vivir independientemente del Creador.
"Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios."
Romanos 3:23
Desde entonces, el corazón humano continúa buscando significado, pero lo hace muchas veces en lugares donde nunca podrá encontrarlo plenamente.
Algunos lo buscan en el éxito. Otros en el dinero. Otros en el reconocimiento. Algunos creen que lo hallarán acumulando conocimiento. Otros, viviendo nuevas experiencias. Sin embargo, después de alcanzar aquello que tanto deseaban, descubren que el vacío permanece.
Esto no significa que el trabajo, la familia, el estudio o las metas sean malos. Todos ellos son buenos regalos de Dios cuando ocupan el lugar correcto. El problema aparece cuando esperamos que esas cosas nos den una identidad y un propósito que solo Dios puede otorgar.
El rey Salomón experimentó esta realidad como pocas personas en la historia. Tuvo riquezas, poder, sabiduría, fama y una posición privilegiada. Probó prácticamente todo aquello que el ser humano suele perseguir.
Al final de su búsqueda escribió:
"Vanidad de vanidades... todo es vanidad."
Eclesiastés 1:2
La palabra "vanidad" comunica la idea de algo pasajero, como el vapor que aparece unos instantes y luego desaparece. Salomón comprendió que una vida centrada únicamente en las cosas temporales nunca puede satisfacer el anhelo eterno del corazón.
Muchos siglos después, el filósofo francés Jean-Paul Sartre sostuvo que el ser humano existe primero y luego debe construir por sí mismo el significado de su vida. Desde esa perspectiva, no existe un propósito dado por Dios; cada persona crea el suyo.
Aunque esta idea influyó profundamente en el pensamiento moderno, presenta una dificultad importante. Si el significado depende únicamente de cada individuo, entonces ninguna respuesta puede ser verdadera para todos. El propósito cambia con cada persona, con cada cultura e incluso con cada etapa de la vida. El resultado suele ser incertidumbre en lugar de esperanza.
La Biblia presenta una respuesta completamente diferente. El significado de la existencia no nace dentro del hombre; viene de Aquel que lo creó.
El corazón siempre adora algo
El ser humano fue creado para vivir orientado hacia Dios. Cuando deja de adorarlo, no deja de adorar; simplemente cambia el objeto de su adoración.
Por eso algunas personas terminan viviendo únicamente para el dinero. Otras para el éxito profesional. Algunas colocan toda su esperanza en una relación sentimental. Otras hacen de la fama, del placer o incluso de ellas mismas el centro de su existencia.
Sin darse cuenta, aquello que ocupa el primer lugar en el corazón termina gobernando toda la vida.
Jesús enseñó esta verdad con una frase muy sencilla.
"Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón."
Mateo 6:21
Esta afirmación funciona como un espejo. Nos ayuda a descubrir qué es realmente lo más importante para nosotros.
Jonathan Edwards explicó que el corazón humano siempre está inclinado hacia aquello que considera más hermoso y valioso. Cuando Dios deja de ocupar ese lugar, inevitablemente otra cosa lo reemplaza.
Eso explica por qué tantas personas experimentan frustración aun cuando alcanzan sus sueños. El problema no es haber logrado una meta; el problema es haber esperado que esa meta hiciera lo que solo Dios puede hacer.
El corazón fue creado para descansar en el Creador. Cuando intenta descansar en algo creado, tarde o temprano termina decepcionado.
Cristo devuelve el verdadero significado de la vida
Hasta este punto podría parecer que la historia termina con una humanidad perdida y sin esperanza. Pero el mensaje de la Biblia cambia completamente cuando aparece Jesucristo.
El Hijo de Dios no vino únicamente para enseñarnos cómo vivir mejor. Vino para reconciliarnos con Dios y restaurar aquello que el pecado había destruido.
"Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido."
Lucas 19:10
Observa la profundidad de estas palabras.
Jesús no vino simplemente a mejorar personas buenas. Vino a rescatar personas perdidas.
Eso significa que el verdadero propósito de la existencia comienza cuando somos reconciliados con Aquel para quien fuimos creados.
El apóstol Pablo describe esta restauración con una de las declaraciones más hermosas del Nuevo Testamento.
"De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas."
2 Corintios 5:17
Dios no solamente perdona el pecado. También transforma la dirección de nuestra vida.
Antes vivíamos para nosotros mismos.
Ahora vivimos para Aquel que nos dio la vida y nos redimió.
Esto cambia completamente nuestra manera de entender el trabajo, la familia, el estudio, las relaciones y cada decisión cotidiana.
Incluso las tareas más sencillas adquieren un nuevo significado cuando se realizan para la gloria de Dios.
Martín Lutero enseñaba que cualquier trabajo honesto podía convertirse en un acto de servicio a Dios cuando era realizado con fe y gratitud. Esto rompía con la idea de que solo ciertas actividades tenían valor espiritual. Toda la vida pertenece al Señor.
El apóstol Pablo expresó esta misma realidad.
"Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres."
Colosenses 3:23
Esta enseñanza devuelve dignidad a la vida diaria. Preparar una comida, cuidar de una familia, estudiar, trabajar con integridad o ayudar al necesitado dejan de ser actividades comunes para convertirse en oportunidades de honrar a Dios.
La belleza que Cristo restaura comienza desde el interior
Vivimos en una cultura que suele asociar la belleza únicamente con la apariencia física. Sin embargo, la Biblia dirige nuestra atención hacia una belleza mucho más profunda.
Dios transforma primero el corazón.
Cuando una persona conoce verdaderamente a Cristo, empiezan a aparecer cambios que ninguna cirugía, riqueza o prestigio pueden producir.
Nace un amor nuevo por la verdad.
Crece el deseo de perdonar.
Aumenta la humildad.
La paciencia comienza a reemplazar la ira.
La generosidad vence poco a poco al egoísmo.
La esperanza sustituye a la desesperación.
Estos cambios no ocurren porque la persona sea naturalmente mejor que los demás. Son el resultado de la obra de Dios en su vida.
"Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas."
Efesios 2:10
La palabra "hechura" puede entenderse como una obra cuidadosamente realizada. Dios no trata a Sus hijos como objetos producidos en serie. Él está formando sus vidas con un propósito eterno.
Charles Spurgeon comparó la obra de Dios con la de un artista que continúa dando forma a su creación hasta completar aquello que había planeado desde el principio. Aunque todavía vemos nuestras debilidades, Dios no ha terminado Su obra.
Esto produce esperanza. Nuestra historia no está definida únicamente por nuestro pasado ni por nuestros fracasos. En Cristo existe un futuro que Dios mismo está construyendo.
Por esa razón, el significado de la existencia no depende de las circunstancias cambiantes. Depende de una relación viva con el Dios que creó todas las cosas, sostiene el universo con Su poder y cumple fielmente cada uno de Sus propósitos.
Comprender esta verdad transforma la manera en que vemos nuestra propia vida. Dejamos de preguntarnos únicamente qué queremos hacer con nuestros años, para comenzar a preguntarnos cómo podemos glorificar al Dios que nos dio cada uno de ellos.
La esperanza que sostiene toda la existencia
Si la historia terminara con un mundo marcado por el pecado, el sufrimiento y la muerte, sería difícil hablar de un propósito definitivo para la existencia. La belleza seguiría siendo pasajera, el amor terminaría con la muerte y toda esperanza acabaría en una tumba.
Pero la Biblia no termina ahí.
Desde el principio hasta el final de las Escrituras, Dios revela que Su propósito nunca ha cambiado. Él está llevando toda la historia hacia una restauración completa. Nada de lo que ocurre escapa a Su conocimiento ni frustra Sus planes.
El profeta Isaías anunció un día en el que la creación sería renovada.
"Porque he aquí que yo crearé nuevos cielos y nueva tierra; y de lo primero no habrá memoria, ni más vendrá al pensamiento."
Isaías 65:17
Siglos después, el apóstol Juan contempló esa misma promesa cumplida en la visión que Dios le concedió.
"Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron."
Apocalipsis 21:1
Estas promesas muestran que la historia no avanza sin dirección. Dios conduce todas las cosas hacia el cumplimiento de Su voluntad. La existencia humana no es un viaje sin destino, sino una historia que comenzó con el Creador y terminará con Él reinando sobre una creación renovada.
Por esa razón, el creyente no vive únicamente mirando el presente. Vive con la esperanza puesta en aquello que Dios ha prometido.
Esta esperanza no es un deseo incierto, como cuando alguien dice: "Espero que todo salga bien". La esperanza bíblica descansa sobre la fidelidad de Dios, quien nunca ha dejado de cumplir Sus promesas.
El propósito transforma la manera de vivir
Cuando una persona comprende para qué fue creada, también cambia la manera en que utiliza su tiempo, sus capacidades y sus recursos.
Ya no vive únicamente para acumular bienes o buscar reconocimiento. Entiende que cada día recibido es una oportunidad para glorificar a Dios y servir al prójimo.
Esto no significa abandonar las responsabilidades diarias. Al contrario, significa realizarlas con una motivación diferente.
Un agricultor que cultiva la tierra con honestidad puede glorificar a Dios.
Una madre que cuida con amor a sus hijos puede glorificar a Dios.
Un estudiante que estudia con diligencia puede glorificar a Dios.
Un trabajador que actúa con integridad puede glorificar a Dios.
La diferencia no está solamente en la actividad, sino en el propósito que guía el corazón.
El apóstol Pablo resume esta verdad con una instrucción sencilla y profunda.
"Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios."
1 Corintios 10:31
Observa que Pablo menciona incluso acciones tan comunes como comer y beber. Con ello enseña que no existen áreas de la vida completamente separadas de Dios. Toda nuestra existencia le pertenece.
Richard Baxter escribió que las tareas más sencillas adquieren un valor extraordinario cuando son realizadas con un corazón que desea honrar al Señor. Lo importante no siempre es hacer cosas extraordinarias, sino vivir de manera fiel en aquello que Dios nos ha confiado.
Esta perspectiva cambia nuestra forma de enfrentar tanto los días de alegría como los de dificultad. Sabemos que ninguno de ellos carece de sentido delante de Dios.
La belleza verdadera permanece aun en medio del sufrimiento
Hablar de la belleza de la existencia no significa ignorar el dolor. La Biblia nunca minimiza el sufrimiento humano.
Los salmos están llenos de lágrimas.
Los profetas lloraron por su pueblo.
Los apóstoles enfrentaron persecuciones.
Y el mismo Señor Jesucristo lloró ante la tumba de Lázaro.
Sin embargo, el sufrimiento no tiene la última palabra.
Dios puede obrar incluso en aquello que nosotros jamás habríamos escogido vivir.
José conoció el rechazo de sus hermanos, la esclavitud y la prisión. Años después pudo mirar toda su historia desde otra perspectiva.
"Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien."
Génesis 50:20
Esta afirmación no llama bueno al mal. Más bien muestra que Dios es tan sabio y poderoso que puede cumplir Sus propósitos incluso en medio de las acciones pecaminosas de los hombres.
El apóstol Pablo también escribió:
"Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien."
Romanos 8:28
Este versículo no promete una vida sin dificultades. Promete algo mucho mayor: que Dios gobierna cada circunstancia para cumplir Su propósito en Sus hijos.
John Owen escribió que ninguna aflicción llega por accidente a la vida del creyente. Cada una pasa primero por las manos de un Padre sabio que conoce perfectamente el final de la historia.
Esta verdad sostiene al creyente cuando las respuestas parecen tardar y cuando muchas preguntas permanecen sin resolver.
Cristo es el centro del significado de todas las cosas
Después de recorrer toda la enseñanza bíblica sobre la existencia, llegamos a la conclusión más importante.
El significado de la vida no es una idea.
No es una filosofía.
No es un conjunto de principios.
El significado de la existencia tiene un nombre: Jesucristo.
Todas las cosas fueron creadas por medio de Él.
Todas las cosas existen para Él.
Todas las cosas encuentran en Él su verdadero propósito.
El apóstol Pablo lo expresó con extraordinaria claridad.
"Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén."
Romanos 11:36
Cuando el ser humano intenta ocupar el lugar que solo pertenece a Dios, aparece la confusión.
Cuando Cristo ocupa nuevamente el centro, cada parte de la vida comienza a encontrar su lugar correcto.
Por eso Jesús declaró:
"Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia."
Juan 10:10
La abundancia de la que habla Jesús no consiste principalmente en poseer más bienes materiales. Se refiere a una vida reconciliada con Dios, llena de esperanza, propósito y comunión con Aquel que es la fuente de toda verdadera belleza.
C. S. Lewis escribió una reflexión que resume muy bien esta realidad:
"Si encuentro en mí un deseo que ninguna experiencia de este mundo puede satisfacer, la explicación más probable es que fui hecho para otro mundo."
Esta frase armoniza con la enseñanza bíblica. Nuestro corazón anhela una plenitud que este mundo nunca podrá ofrecer completamente porque fuimos creados para disfrutar eternamente de Dios.
Conclusión
La belleza del universo no es una casualidad. La existencia humana no es un accidente. Nuestra vida no es el resultado de una serie de acontecimientos sin dirección.
Fuimos creados por un Dios eterno, sabio y bueno.
Fuimos creados para conocerle, amarle, obedecerle y reflejar Su gloria.
El pecado oscureció ese propósito y llenó el corazón humano de confusión, pero Dios no abandonó Su creación. Envió a Su Hijo para reconciliar consigo a un pueblo y restaurar aquello que había sido destruido.
En Cristo descubrimos quién es Dios.
En Cristo comprendemos quiénes somos.
En Cristo encontramos el propósito para el cual fuimos creados.
Y en Cristo recibimos la esperanza de una creación nueva donde la belleza ya no será pasajera, el pecado habrá desaparecido y la comunión con Dios será perfecta para siempre.
Hasta ese día, cada amanecer, cada acto de bondad, cada muestra de amor, cada verdad descubierta y cada paso de obediencia nos recuerdan que el universo sigue proclamando silenciosamente la gloria de su Creador.
La existencia encuentra su verdadero significado cuando toda nuestra vida apunta hacia Aquel de quien proceden, por quien permanecen y para quien existen todas las cosas.
Ejercicios para la libreta de apuntes
- Escribe con tus propias palabras por qué la Biblia afirma que la existencia tiene un propósito y menciona dos pasajes bíblicos que lo demuestren.
- Lee Salmo 19:1-6 y anota cinco elementos de la creación que observas con frecuencia. Explica cómo cada uno refleja algún atributo de Dios.
- Lee Eclesiastés 3:11 y responde: ¿Qué significa que Dios "ha puesto eternidad en el corazón" del ser humano? Escríbelo en un párrafo breve.
- Haz dos columnas. En la primera escribe cinco cosas temporales que muchas personas buscan para encontrar felicidad. En la segunda escribe por qué ninguna de ellas puede reemplazar a Dios.
- Lee Colosenses 3:23 y escribe tres actividades comunes de tu vida diaria que puedes realizar para la gloria de Dios. Explica cómo podrías hacerlo de manera práctica.
- Escribe una reflexión de unas diez líneas respondiendo esta pregunta: ¿Cómo cambia mi manera de vivir al comprender que fui creado por Dios, para Dios y que mi vida encuentra su significado únicamente en Jesucristo?