Primera lección del estudio: Teología Histórica.
Jerusalén, alrededor del año 30 d. C. Un pequeño grupo de discípulos permanece reunido después de haber visto morir a su Maestro en una cruz. Desde la perspectiva humana, todo parece terminado. No tienen ejército, edificios, influencia política ni grandes recursos económicos. Su líder fue ejecutado públicamente y ellos mismos sienten temor. Sin embargo, pocas décadas después, el mensaje que aquel pequeño grupo anunciaba podía escucharse desde Jerusalén hasta ciudades importantes del Imperio romano. ¿Cómo pudo una comunidad aparentemente tan débil extenderse con tanta rapidez? La respuesta que presenta el libro de Hechos no comienza con la capacidad de los discípulos, sino con el poder de Dios.
El nacimiento de la Iglesia apostólica
Después de su resurrección, Jesús permaneció durante cuarenta días apareciéndose a sus discípulos y enseñándoles acerca del reino de Dios. Antes de ascender, les dejó una misión que determinaría el rumbo de sus vidas:
“Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra” (Hechos 1:8).
Estas palabras funcionan casi como un mapa del libro de Hechos. El evangelio comienza siendo proclamado en Jerusalén, atraviesa Judea y Samaria y continúa avanzando hacia otras regiones. La Iglesia no nació porque algunos hombres decidieran fundar una nueva religión. Nació como resultado de la obra de Cristo y del cumplimiento de su promesa.
En Pentecostés, aproximadamente en el año 30 d. C., los discípulos estaban reunidos en Jerusalén cuando el Espíritu Santo descendió sobre ellos. Pedro, quien pocas semanas antes había negado conocer a Jesús, se levantó ahora públicamente para anunciar que aquel Jesús crucificado había resucitado y era el Señor y el Cristo.
“Así que, los que recibieron su palabra fueron bautizados; y se añadieron aquel día como tres mil personas” (Hechos 2:41).
La transformación es sorprendente. Un grupo que anteriormente había permanecido detrás de puertas cerradas por miedo comenzó a predicar abiertamente. La explicación bíblica no es que aquellos hombres descubrieran una extraordinaria confianza interior. Cristo había resucitado y el Espíritu Santo los había capacitado para dar testimonio de Él.
Una comunidad formada alrededor de la Palabra
La primera comunidad cristiana no se caracterizó solamente por crecer en número. Hechos describe claramente aquello que ocupaba el centro de su vida:
“Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones” (Hechos 2:42).
Estas palabras muestran una Iglesia sencilla, pero profundamente centrada en Dios. Los creyentes escuchaban la enseñanza recibida de Cristo por medio de los apóstoles, compartían la vida unos con otros, comían juntos, recordaban al Señor y oraban.
También existía una profunda preocupación por las necesidades de los hermanos. Quienes poseían bienes ayudaban voluntariamente a aquellos que atravesaban necesidad. Esto no significa que desapareciera toda propiedad personal, pues el mismo libro de Hechos continúa hablando de casas y posesiones particulares. Lo extraordinario era que el amor hacia los hermanos estaba comenzando a vencer el egoísmo.
Juan Calvino destacó que la verdadera Iglesia permanece unida a la enseñanza de la Palabra y no depende simplemente de tradiciones humanas. Siglos después, el puritano John Owen insistiría igualmente en que Cristo gobierna a su pueblo mediante su Palabra y su Espíritu. La Iglesia apostólica ofrece precisamente ese cuadro: Cristo reina, su Palabra es anunciada y el Espíritu transforma a personas reales.
La oposición no logró detener el mensaje
El crecimiento de la Iglesia pronto produjo resistencia. Pedro y Juan fueron arrestados después de la sanidad de un hombre que no podía caminar desde su nacimiento. Las autoridades religiosas les ordenaron dejar de enseñar en el nombre de Jesús.
Su respuesta revela hasta qué punto estaban convencidos de aquello que habían presenciado:
“Porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído” (Hechos 4:20).
La presión aumentó hasta llegar a un momento decisivo con Esteban. Alrededor de los primeros años de la década del 30 d. C., Esteban fue apedreado después de testificar acerca de Cristo. Hechos lo presenta como el primer creyente cuya muerte se registra directamente por causa de su testimonio cristiano.
Humanamente, aquello parecía una derrota. Después de su muerte comenzó una persecución que dispersó a numerosos creyentes fuera de Jerusalén. Pero ocurrió algo inesperado:
“Pero los que fueron esparcidos iban por todas partes anunciando el evangelio” (Hechos 8:4).
La persecución dispersó a los creyentes, pero al hacerlo también extendió el mensaje. Aquellos hombres y mujeres llevaron consigo el evangelio a nuevos lugares. Lo que sus adversarios pretendían apagar terminó extendiéndose aún más.
Esto no significa que debamos considerar el sufrimiento como algo bueno en sí mismo. La persecución fue injusta y dolorosa. Familias tuvieron que abandonar sus hogares y algunos creyentes perdieron la vida. Pero Hechos muestra una verdad profunda: incluso las acciones malvadas de los hombres permanecen bajo la providencia de Dios y no pueden destruir sus propósitos.
El evangelio rompe antiguas fronteras
Uno de los acontecimientos más importantes ocurrió cuando Felipe anunció a Cristo en Samaria. Durante generaciones existió una profunda separación entre judíos y samaritanos. Sin embargo, el evangelio comenzó a cruzar aquella barrera.
Después, Felipe fue enviado hacia el camino que descendía de Jerusalén a Gaza, donde encontró a un funcionario etíope leyendo al profeta Isaías. Felipe comenzó desde aquel pasaje y le anunció a Jesús. El hombre creyó y fue bautizado.
Posteriormente ocurrió algo todavía más decisivo. Pedro fue enviado a la casa de Cornelio, un centurión romano. Allí comprendió que Dios estaba llevando el evangelio también a los gentiles.
“En verdad comprendo que Dios no hace acepción de personas” (Hechos 10:34).
La Iglesia estaba aprendiendo algo que Cristo ya había establecido: su pueblo no estaría limitado a una nación. Personas de diferentes pueblos serían reunidas alrededor del mismo Salvador.
La conversión de Saulo
Entre quienes perseguían a los cristianos se encontraba un hombre llamado Saulo de Tarso. Había aprobado la muerte de Esteban y perseguía activamente a los seguidores de Jesús.
Mientras viajaba hacia Damasco para arrestar creyentes, ocurrió algo que cambió su vida. Cristo resucitado se manifestó a él.
“Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” (Hechos 9:4).
Resulta significativo que Jesús no preguntara simplemente por qué perseguía a sus discípulos, sino por qué lo perseguía a Él. Cristo se identifica profundamente con su pueblo.
El perseguidor terminó convirtiéndose en proclamador del mismo evangelio que intentaba destruir. Aquel hombre sería conocido posteriormente como Pablo y desempeñaría un papel fundamental en la expansión del cristianismo entre los gentiles.
El cambio de Pablo demuestra algo esencial acerca de la gracia. El cristianismo no comenzó avanzando solamente porque personas moralmente admirables decidieran seguir a Jesús. Uno de sus mayores mensajeros había sido anteriormente enemigo de la Iglesia. Dios transformó al perseguidor y lo convirtió en siervo.
Charles Spurgeon señalaría muchos siglos después que la salvación pertenece enteramente a la gracia de Dios. La vida de Pablo constituye una poderosa ilustración histórica de esa realidad.
Antioquía y el comienzo de una expansión mayor
La ciudad de Antioquía de Siria se convirtió en uno de los centros más importantes de la Iglesia primitiva. Allí se formó una comunidad compuesta por creyentes de diferentes procedencias.
Hechos registra además un detalle histórico interesante:
“Y a los discípulos se les llamó cristianos por primera vez en Antioquía” (Hechos 11:26).
Desde Antioquía fueron enviados Pablo y Bernabé para anunciar el evangelio en otras regiones. Alrededor de los años 40 y 50 d. C., Pablo realizó diferentes viajes que llevaron el mensaje a lugares como Chipre, regiones de Asia Menor, Macedonia y Grecia.
Ciudades como Filipos, Tesalónica, Corinto y Éfeso escucharon la predicación cristiana. En muchos lugares surgieron pequeñas congregaciones. Algunas se reunían en casas. No poseían grandes edificios ni instituciones poderosas. Eran comunidades formadas por hombres y mujeres que confesaban que Jesús era el Señor.
El método era sorprendentemente sencillo: anunciar a Cristo, enseñar las Escrituras, formar creyentes y establecer comunidades locales.
El concilio de Jerusalén
La entrada de numerosos gentiles produjo una pregunta seria. ¿Debían convertirse primero en judíos y guardar la ley ceremonial de Moisés para ser aceptados por Dios?
Alrededor del año 49 d. C., según la fecha comúnmente aceptada, los apóstoles y ancianos se reunieron en Jerusalén para considerar el asunto, registrado en Hechos 15.
Pedro recordó cómo Dios había concedido el Espíritu Santo también a los gentiles y declaró:
“Antes creemos que por la gracia del Señor Jesús seremos salvos, de igual modo que ellos” (Hechos 15:11).
Esta declaración protegía el corazón del evangelio. Nadie entra al pueblo de Dios por su origen étnico, sus méritos personales o el cumplimiento de ceremonias. Judíos y gentiles son salvados de la misma manera: por la gracia del Señor Jesucristo.
Martín Lutero defendería con enorme fuerza esta misma verdad muchos siglos después al enseñar que el pecador es aceptado delante de Dios por medio de Cristo y no por sus propias obras. La Iglesia apostólica ya había tenido que defender esa verdad desde sus primeros años.
El evangelio llega hasta Roma
El libro de Hechos termina de una manera llamativa. Pablo llega a Roma alrededor del año 60 d. C., pero llega como prisionero. Desde una perspectiva humana, podría parecer nuevamente una derrota.
Sin embargo, incluso bajo custodia, Pablo continúa anunciando el reino de Dios y enseñando acerca de Jesucristo.
Las últimas palabras de Hechos describen la predicación avanzando “con toda libertad y sin impedimento” (Hechos 28:31).
El mensajero estaba encadenado, pero el mensaje no.
Esta es una de las grandes enseñanzas de la historia apostólica. La expansión del cristianismo no puede explicarse principalmente por la habilidad humana. Los apóstoles fueron perseguidos, encarcelados, golpeados y rechazados. Sin embargo, Cristo continuó edificando su Iglesia.
Siglos después, John Stott describió el libro de Hechos como la historia del avance del evangelio mediante el poder del Espíritu y el testimonio de la Iglesia. R. C. Sproul también recordó constantemente que la Iglesia pertenece a Cristo y depende de su autoridad, no de la aprobación del mundo.
Una Iglesia pequeña sostenida por un Cristo poderoso
Cuando observamos la Iglesia apostólica, debemos evitar idealizarla. Aquellos primeros creyentes también tuvieron problemas. Ananías y Safira mintieron, surgieron discusiones sobre la atención de las viudas, Pablo y Bernabé tuvieron un fuerte desacuerdo y algunas congregaciones posteriormente enfrentaron divisiones y graves pecados.
La grandeza de aquella Iglesia no estaba en la perfección de sus miembros.
Estaba en Cristo.
Él tomó pescadores, antiguos perseguidores, comerciantes, mujeres, familias, esclavos, ciudadanos romanos, judíos y gentiles, y comenzó a formar un pueblo que atravesaría fronteras culturales y geográficas.
La Iglesia que comenzó públicamente en Jerusalén no permaneció allí. El evangelio recorrió caminos polvorientos, entró en hogares, cruzó mares, llegó a plazas públicas, prisiones y grandes ciudades. Cada generación de creyentes recibió el mismo mensaje y tuvo la responsabilidad de transmitirlo a la siguiente.
Por eso la historia de la Iglesia apostólica no es simplemente una colección de acontecimientos antiguos. Nos recuerda quién sostiene verdaderamente a la Iglesia.
Jesús había prometido:
“Edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella” (Mateo 16:18).
Los primeros cristianos comprobaron esa promesa en medio de persecuciones, viajes, pérdidas y oposición. Nosotros seguimos viviendo bajo la misma promesa. La Iglesia puede atravesar épocas difíciles, cometer errores y enfrentar oposición, pero su esperanza nunca ha descansado finalmente en la capacidad de sus miembros. Descansa en Jesucristo, quien murió, resucitó, reina y continúa reuniendo para sí un pueblo de toda nación.
Ejercicios prácticos
1. Lee Hechos 1:8 y escribe en tu libreta los cuatro lugares mencionados por Jesús. Después explica en dos oraciones cómo este versículo resume la expansión del evangelio en Hechos.
2. Lee Hechos 2:42. Escribe las cuatro actividades principales de la primera comunidad cristiana y menciona una manera sencilla de practicar cada una actualmente.
3. Escribe los nombres de Pedro, Esteban, Felipe y Pablo. Junto a cada nombre anota una acción importante que realizó durante la expansión del evangelio.
4. Lee Hechos 8:1-4. Explica con tus propias palabras cómo Dios utilizó incluso la persecución para llevar el evangelio hacia nuevos lugares.
5. Escribe una reflexión breve de cinco líneas respondiendo esta pregunta: ¿Qué puedo aprender de la Iglesia apostólica acerca de mi responsabilidad de conocer, vivir y compartir el evangelio?