Primera lección del estudio: Teología Histórica.
La Iglesia apostólica y la expansión del cristianismo
Texto base: Hechos 1:8; Mateo 28:18-20; Efesios 2:19-22
Nadie habría apostado por aquel pequeño grupo reunido en Jerusalén. No tenían poder político, no poseían riquezas, no dirigían ejércitos ni ocupaban puestos de influencia en el Imperio romano. Su Maestro había sido crucificado pocas semanas antes bajo la acusación de ser un peligro para el orden público. Desde cualquier perspectiva humana, aquel movimiento estaba destinado a desaparecer rápidamente. Sin embargo, ocurrió exactamente lo contrario.
Aquel reducido grupo de hombres y mujeres terminó llevando el evangelio hasta las ciudades más importantes del mundo antiguo. En pocas décadas ya existían iglesias en Jerusalén, Samaria, Antioquía, Asia Menor, Macedonia, Grecia, Roma y muchos otros lugares. Lo que parecía débil terminó transformando la historia de millones de personas.
Esta no es simplemente la historia de personas valientes. Es, sobre todo, la historia de la fidelidad de Dios cumpliendo sus promesas. Cristo edificó su Iglesia exactamente como había anunciado. Él sostuvo a sus discípulos, abrió puertas donde parecía imposible, venció la oposición y extendió su reino mediante la predicación del evangelio.
Conocer la historia de la Iglesia apostólica nos ayuda a comprender cómo vivían los primeros creyentes, cuáles eran sus prioridades, cómo enfrentaban la persecución y por qué el evangelio se expandió con tanta fuerza. También nos recuerda que la Iglesia de hoy pertenece al mismo Señor que sostuvo a aquellos primeros discípulos.
El nacimiento de la Iglesia después de la resurrección
Después de resucitar, Jesús permaneció con sus discípulos durante cuarenta días enseñándoles acerca del reino de Dios. No dedicó ese tiempo a organizar una institución poderosa según los modelos humanos. Preparó el corazón de sus seguidores para una misión mucho mayor.
Antes de ascender al cielo les dio una promesa que cambiaría completamente el rumbo de la historia.
"Pero recibiréis poder cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra." (Hechos 1:8)
Este versículo funciona como el gran mapa del libro de los Hechos. Primero el evangelio sería anunciado en Jerusalén. Después alcanzaría Judea y Samaria. Finalmente llegaría a las naciones. Lo que sigue en el libro de los Hechos muestra precisamente el cumplimiento de esta promesa.
Poco después, Jesús ascendió al cielo. Los discípulos quedaron esperando la promesa del Padre mientras perseveraban unidos en oración.
Aproximadamente diez días después ocurrió uno de los acontecimientos más importantes de toda la historia de la Iglesia: el día de Pentecostés.
Pentecostés y el comienzo de la misión
Pentecostés era una de las principales fiestas judías. Judíos provenientes de numerosas regiones del Imperio romano viajaban a Jerusalén para celebrarla. Sin saberlo, muchos serían testigos del inicio de una nueva etapa en la historia de la redención.
El Espíritu Santo descendió sobre los discípulos tal como Cristo lo había prometido. Aquello no fue un espectáculo diseñado para llamar la atención, sino una señal de que Dios estaba inaugurando una nueva etapa en la vida de su pueblo.
Pedro, quien semanas antes había negado conocer a Jesús, ahora se levantó con una valentía completamente diferente. Predicó que Jesús era el Mesías prometido, que había muerto por los pecadores, resucitado al tercer día y exaltado a la diestra del Padre.
El resultado fue extraordinario.
"Así que, los que recibieron su palabra fueron bautizados; y se añadieron aquel día como tres mil personas." (Hechos 2:41)
El crecimiento de la Iglesia comenzó mediante la predicación fiel del evangelio. No fue producto de estrategias humanas ni de métodos extraordinarios. Dios utilizó la proclamación de su Palabra para traer personas al arrepentimiento y a la fe.
Juan Calvino observó que Dios decidió gobernar a su pueblo principalmente mediante la predicación de las Escrituras. La Iglesia crece cuando Cristo habla por medio de su Palabra y el Espíritu abre el corazón de quienes escuchan.
Cómo vivían los primeros creyentes
Muchas veces se habla de la Iglesia primitiva como si hubiera sido perfecta. Sin embargo, al leer cuidadosamente el Nuevo Testamento descubrimos que aquellos creyentes enfrentaban conflictos, luchas, diferencias y pecados, igual que nosotros. La diferencia estaba en que buscaban constantemente volver a la enseñanza de los apóstoles.
Lucas resume la vida de aquella comunidad con palabras muy sencillas.
"Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones." (Hechos 2:42)
Cuatro pilares sostenían la vida de la Iglesia.
El primero era la enseñanza de los apóstoles. Los creyentes deseaban conocer cada vez más la verdad revelada por Cristo.
El segundo era la comunión. No eran simplemente asistentes a reuniones religiosas. Compartían la vida, se ayudaban mutuamente y llevaban las cargas unos de otros.
El tercero era el partimiento del pan, una referencia a la Cena del Señor y también a la vida compartida entre los creyentes.
El cuarto era la oración. La Iglesia entendía que toda su fortaleza dependía completamente de Dios.
Estas prioridades siguen siendo necesarias hoy. Cada vez que una iglesia reemplaza la enseñanza bíblica por entretenimiento, la comunión por individualismo, la adoración por superficialidad o la oración por autosuficiencia, comienza a perder el rumbo.
La persecución no detuvo el evangelio
Muy pronto comenzaron las dificultades. Los líderes religiosos de Jerusalén se sintieron amenazados por la predicación de los apóstoles. Pedro y Juan fueron arrestados, interrogados y amenazados para que dejaran de hablar acerca de Jesús.
La respuesta de los apóstoles revela el fundamento de toda la misión cristiana.
"Juzgad si es justo delante de Dios obedecer a vosotros antes que a Dios; porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído." (Hechos 4:19-20)
Los primeros creyentes entendían que Cristo era el verdadero Señor de la Iglesia. Ninguna autoridad humana podía ocupar su lugar.
Poco tiempo después ocurrió el martirio de Esteban, aproximadamente entre los años 34 y 35 d.C. Su muerte marcó un momento decisivo. Mientras era apedreado contempló la gloria de Cristo y oró por quienes lo estaban matando.
Desde una perspectiva humana parecía una gran derrota. Sin embargo, Dios utilizó incluso aquella tragedia para extender el evangelio.
"Pero los que fueron esparcidos iban por todas partes anunciando el evangelio." (Hechos 8:4)
La persecución dispersó a los creyentes, pero también llevó el mensaje de Cristo a nuevas regiones. Lo que parecía un intento de destruir la Iglesia terminó impulsando su expansión.
A lo largo de la historia muchos creyentes han observado este mismo patrón. William Tyndale señaló que la verdad de Dios no puede ser encadenada, porque pertenece al Señor y no depende del poder de los hombres. Siglos después, John Stott recordaría que la misión de la Iglesia nunca ha avanzado principalmente por influencia política, sino por la fidelidad al evangelio.
Antioquía y el comienzo de la misión entre las naciones
Mientras el evangelio seguía extendiéndose, Dios estaba preparando una ciudad que tendría un papel fundamental en la historia de la Iglesia. Esa ciudad era Antioquía de Siria. Después de la persecución que siguió a la muerte de Esteban, muchos creyentes llegaron allí anunciando a Cristo, y el Señor comenzó a reunir tanto a judíos como a gentiles en una misma congregación.
Antioquía llegó a convertirse en uno de los principales centros del cristianismo durante el primer siglo. Allí ocurrió algo significativo.
"Y a los discípulos se les llamó cristianos por primera vez en Antioquía." (Hechos 11:26)
Ese nombre probablemente comenzó como una forma de identificar a quienes seguían a Cristo. Con el tiempo, los creyentes lo asumieron con gozo, porque expresaba exactamente quién era el centro de sus vidas.
Desde Antioquía la iglesia oró, ayunó y envió a Pablo y a Bernabé para anunciar el evangelio en nuevas regiones. Esto nos recuerda que la misión nunca fue el proyecto de una sola persona. Era la obra de toda la iglesia, guiada por el Espíritu Santo.
Los viajes misioneros de Pablo
Entre los años 46 y 57 d.C., aproximadamente, Pablo realizó varios viajes misioneros que cambiaron el curso de la historia del cristianismo. Recorrió miles de kilómetros por tierra y por mar anunciando el evangelio en ciudades importantes del mundo romano.
Visitó lugares como Chipre, Listra, Derbe, Filipos, Tesalónica, Berea, Corinto, Éfeso y muchas otras ciudades. En cada lugar encontraba diferentes desafíos. Algunas personas recibían con alegría el mensaje de Cristo; otras respondían con rechazo, burlas o violencia.
En ocasiones era encarcelado. En otras era golpeado o expulsado de las ciudades. Sin embargo, ninguna de esas dificultades logró detenerlo.
Su motivación no era alcanzar prestigio personal, sino anunciar a Cristo donde aún no era conocido.
"Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree." (Romanos 1:16)
En cada ciudad Pablo seguía un patrón muy claro. Predicaba el evangelio, enseñaba a los nuevos creyentes, organizaba iglesias locales, nombraba ancianos fieles y luego continuaba hacia otros lugares, sin dejar de cuidar espiritualmente a aquellas congregaciones mediante cartas y visitas posteriores.
Este modelo muestra que la misión no consiste únicamente en anunciar el evangelio, sino también en formar discípulos que permanezcan firmes en la verdad.
El Concilio de Jerusalén
A medida que miles de gentiles llegaban a la fe, surgió una pregunta importante. ¿Debían obedecer todas las leyes ceremoniales dadas a Israel para poder ser considerados parte del pueblo de Dios?
Algunos pensaban que sí. Sin embargo, esta enseñanza ponía en peligro la verdad del evangelio, pues añadía requisitos humanos a la obra perfecta de Cristo.
Aproximadamente en el año 49 d.C. los apóstoles y los ancianos se reunieron en Jerusalén para tratar esta cuestión. Este encuentro es conocido como el Concilio de Jerusalén y está narrado en Hechos 15.
Después de escuchar los testimonios de Pedro, Pablo, Bernabé y Jacobo, quedó claro que la salvación es únicamente por la gracia de Dios mediante la fe en Jesucristo, y no por las obras de la ley.
Esta decisión protegió la pureza del evangelio y permitió que la misión continuara extendiéndose entre las naciones sin imponer cargas que Dios nunca había establecido.
A lo largo de la historia, creyentes como Martín Lutero, Juan Calvino y más recientemente R. C. Sproul han insistido en esta misma verdad: el ser humano jamás puede justificarse por sus propios méritos. Toda esperanza descansa únicamente en la obra perfecta de Cristo.
La vida de las primeras iglesias
Las iglesias del primer siglo estaban formadas por personas muy diferentes entre sí. Había judíos y gentiles, esclavos y hombres libres, ricos y pobres, hombres y mujeres. Lo que los unía no era su origen, sino la gracia de Dios manifestada en Cristo.
Se reunían para escuchar la enseñanza de las Escrituras, orar, cantar, celebrar la Cena del Señor, bautizar a los nuevos creyentes y ayudarse mutuamente en sus necesidades.
También enfrentaban dificultades internas. Algunas iglesias sufrían divisiones; otras eran influenciadas por falsas enseñanzas; otras luchaban contra el pecado y la inmadurez espiritual.
Por esa razón encontramos tantas cartas en el Nuevo Testamento. Pablo, Pedro, Juan, Santiago y Judas escribieron para corregir errores, fortalecer la fe y recordar constantemente el evangelio.
La Iglesia nunca fue perfecta. Desde sus primeros días necesitó arrepentirse, crecer y volver continuamente a la verdad revelada por Dios.
La autoridad de las Escrituras desde el principio
Una característica sobresaliente de la Iglesia apostólica fue su profundo respeto por la Palabra de Dios. Los apóstoles entendían que no tenían autoridad para inventar un mensaje nuevo. Su responsabilidad consistía en anunciar fielmente lo que Cristo les había confiado.
Cuando Pablo llegó a Berea encontró creyentes con una actitud digna de imitar.
"Pues recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así." (Hechos 17:11)
Ellos no aceptaban las enseñanzas simplemente porque provenían de un predicador reconocido. Examinaban cuidadosamente las Escrituras para comprobar que todo fuera conforme a la verdad de Dios.
John Owen escribió siglos después que la Iglesia permanece segura únicamente mientras permanece sometida a la autoridad de la Palabra de Dios. De manera semejante, Sinclair Ferguson ha señalado que la salud espiritual de una iglesia siempre está relacionada con el lugar que ocupa la Escritura en su vida.
El crecimiento bajo la oposición
La expansión del cristianismo ocurrió en medio de enormes dificultades. Los creyentes enfrentaron oposición por parte de algunos líderes religiosos judíos y, más adelante, también del Imperio romano.
Durante el gobierno del emperador Nerón, alrededor de los años 64 al 68 d.C., comenzó una de las primeras persecuciones imperiales contra los cristianos. Muchos fueron encarcelados y algunos murieron por causa de su fe.
Según el testimonio histórico más antiguo, tanto Pedro como Pablo fueron martirizados durante ese período en Roma.
Humanamente parecía que el cristianismo sería destruido. Sin embargo, sucedió lo contrario. La fidelidad de aquellos creyentes despertó preguntas, abrió conversaciones y llevó a muchas personas a escuchar el evangelio.
Jesús había prometido mucho antes:
"Edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella." (Mateo 16:18)
La historia del primer siglo demuestra que esa promesa nunca dependió del poder de los hombres. Cristo mismo sostiene a su Iglesia.
Lo que aprendemos de la Iglesia apostólica
La historia de la Iglesia apostólica no fue escrita únicamente para satisfacer nuestra curiosidad. Dios la preservó para enseñar a cada generación cómo debe vivir su pueblo.
En primer lugar, aprendemos que el centro de la Iglesia siempre debe ser Jesucristo. Los primeros creyentes no anunciaban una filosofía, una cultura o una organización. Anunciaban a un Salvador crucificado y resucitado.
En segundo lugar, comprendemos que la Palabra de Dios debe ocupar el primer lugar en la vida de la Iglesia. Allí donde las Escrituras son abandonadas, tarde o temprano aparecen el error y la confusión.
En tercer lugar, vemos que la oración nunca fue un elemento secundario. Los primeros creyentes dependían del Señor antes de tomar decisiones, enfrentar persecuciones o comenzar nuevas obras.
En cuarto lugar, descubrimos que la verdadera comunión cristiana nace del evangelio. Personas completamente diferentes llegaron a formar una sola familia porque todos habían sido reconciliados con Dios por medio de Cristo.
Finalmente, aprendemos que la misión continúa vigente. La Iglesia apostólica no recibió una tarea exclusiva para el primer siglo. La orden dada por Cristo sigue siendo la misma para cada generación.
"Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones... enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado." (Mateo 28:19-20)
Conclusión
Cuando observamos la historia de la Iglesia apostólica descubrimos que el verdadero protagonista nunca fue Pedro, Pablo, Juan o cualquiera de los demás apóstoles. El protagonista siempre fue Cristo.
Él llamó a hombres comunes, los transformó mediante su gracia, los sostuvo en medio de la oposición y extendió su reino hasta lugares donde nadie imaginaba que el evangelio llegaría.
La expansión del cristianismo durante el primer siglo no puede explicarse únicamente por la capacidad humana. Fue el cumplimiento de las promesas de Dios. El mismo Señor que abrió puertas en Jerusalén, Antioquía, Éfeso, Corinto y Roma continúa edificando hoy a su Iglesia por medio de la predicación fiel de su Palabra.
Estudiar este período también nos invita a examinarnos. La Iglesia del primer siglo no fue perfecta, pero permanecía mirando continuamente a Cristo, perseverando en la enseñanza apostólica, viviendo en comunión, orando con constancia y anunciando el evangelio incluso cuando hacerlo implicaba sufrimiento.
Esa sigue siendo la necesidad de la Iglesia en cada generación. Los métodos cambian, las culturas cambian y las circunstancias cambian, pero el evangelio permanece inalterable. Cristo sigue siendo el mismo Señor, su Palabra continúa siendo verdadera y su promesa permanece firme: Él edificará su Iglesia hasta el día en que vuelva con gloria.
Ejercicios prácticos
1. Escribe en tu libreta cinco características que distinguían a la Iglesia apostólica según Hechos 2:42-47 y explica con una oración cómo puedes aplicarlas en tu vida.
2. Lee Hechos capítulos 13 y 14. Haz una lista de las ciudades visitadas por Pablo durante su primer viaje misionero y escribe qué dificultades enfrentó en cada una.
3. Lee Hechos 15 y responde con tus propias palabras por qué el Concilio de Jerusalén fue tan importante para la historia de la Iglesia.
4. Busca y escribe tres versículos del libro de los Hechos que muestren cómo Dios hizo crecer a la Iglesia, y explica brevemente qué enseñan acerca de la obra del Señor.
5. Escribe un párrafo de diez líneas respondiendo esta pregunta: ¿Qué enseñanza de la Iglesia apostólica considero más necesaria para la Iglesia de nuestros días y por qué?