Segunda lección del estudio: Teología Histórica.
Hubo un tiempo en que confesar públicamente «Jesús es el Señor» podía costarle a una persona su familia, sus bienes, su libertad y, en algunos casos, la vida. Para los primeros cristianos, aquellas palabras no eran una frase religiosa pronunciada dentro de un edificio seguro. Eran una declaración de lealtad. Mientras el Imperio romano exigía respeto hacia sus dioses y hacia la autoridad imperial, los creyentes afirmaban que solamente Cristo poseía el señorío absoluto. Esa convicción parecía sencilla, pero tenía consecuencias enormes.
Durante los primeros siglos, la Iglesia atravesó periodos de rechazo, acusaciones, encarcelamientos y ejecuciones. Sin embargo, la persecución no fue constante ni tuvo la misma intensidad en todas las regiones. Hubo épocas relativamente tranquilas y otras de gran violencia. Tampoco debemos presentar a los cristianos como personas que buscaban morir. La Iglesia valoraba la vida. Los mártires no eran admirados porque amaran la muerte, sino porque, cuando fueron obligados a escoger entre negar a Cristo o permanecer fieles, muchos prefirieron perderlo todo antes que negar a su Salvador.
La persecución ya estaba anunciada
El sufrimiento de los primeros creyentes no apareció inesperadamente. Jesús había advertido a sus discípulos:
«Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me ha aborrecido antes que a vosotros» (Juan 15:18).
También declaró:
«En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo» (Juan 16:33).
El libro de Hechos muestra muy pronto el cumplimiento de estas palabras. Pedro y Juan fueron arrestados por anunciar a Cristo. Esteban fue apedreado y se convirtió en el primer mártir cristiano registrado después de la resurrección del Señor. Más tarde, Herodes Agripa I mandó matar a espada al apóstol Jacobo, hermano de Juan, alrededor del año 44 d. C. Pablo también sufrió azotes, cárceles, golpes y numerosas amenazas.
La Iglesia, por tanto, nació sabiendo que seguir a Cristo no significaba recibir una vida libre de sufrimiento. Pedro escribió a creyentes que estaban atravesando pruebas:
«Amados, no os sorprendáis del fuego de prueba que os ha sobrevenido, como si alguna cosa extraña os aconteciese» (1 Pedro 4:12).
Roma y los cristianos
El Imperio romano permitía una enorme variedad de cultos. El problema con los cristianos no era simplemente que adoraran a Jesús. El conflicto surgía porque afirmaban que solo había un Dios verdadero y se negaban a rendir adoración religiosa a otros dioses.
Además, la sociedad romana estaba profundamente unida a prácticas religiosas públicas. Negarse a participar podía interpretarse como rechazo a las costumbres que, según muchos romanos, protegían el bienestar del imperio.
Una de las primeras persecuciones imperiales más conocidas ocurrió bajo Nerón. En julio del año 64 d. C., un enorme incendio destruyó grandes zonas de Roma. El historiador romano Tácito relata que Nerón responsabilizó a los cristianos y los sometió a castigos crueles. La tradición cristiana antigua relaciona también el periodo de Nerón con las muertes de Pedro y Pablo, probablemente durante la década de los años 60.
Sin embargo, es importante no exagerar los datos. La persecución de Nerón parece haber estado principalmente concentrada en Roma. No debemos imaginar que desde ese momento todos los cristianos del imperio fueron perseguidos continuamente.
Cuando una confesión podía costar la vida
Uno de los testimonios más conmovedores procede de Policarpo, obispo de Esmirna y anciano respetado entre los cristianos. Murió aproximadamente a mediados del siglo II.
Según el antiguo relato de su martirio, las autoridades intentaron persuadirlo para que negara a Cristo y así conservara su vida. Policarpo se negó. Su respuesta reflejaba décadas de fidelidad al Señor. No estaba defendiendo una idea que acababa de conocer. Era un anciano que había caminado durante muchos años confesando a Cristo y no estaba dispuesto a abandonarlo frente a la muerte.
El valor de Policarpo no debe entenderse como orgullo humano. La perseverancia cristiana descansa finalmente en la gracia de Dios. Jesús había dicho:
«Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida» (Apocalipsis 2:10).
Otro caso notable ocurrió en Cartago, en el norte de África, alrededor del año 203. Perpetua, una joven cristiana, y Felicidad, una esclava también creyente, fueron ejecutadas junto con otros cristianos. Sus circunstancias sociales eran muy diferentes, pero delante de la muerte compartían la misma confesión. La Iglesia antigua descubrió algo poderoso: en Cristo, el rico y el pobre, el esclavo y el libre podían pertenecer a una misma familia.
Las grandes persecuciones
Durante el siglo III la situación se volvió especialmente difícil en determinados momentos. En el año 250, el emperador Decio ordenó que los habitantes del imperio ofrecieran sacrificios a los dioses y demostraran públicamente su cumplimiento. Para muchos cristianos aquello produjo una crisis terrible.
Algunos permanecieron firmes y sufrieron. Otros huyeron. Otros cedieron por miedo y participaron en los sacrificios. Después surgió una pregunta dolorosa: ¿qué debía hacerse con quienes habían negado su fe y posteriormente se arrepentían?
La Iglesia tuvo que aprender a mantener juntas dos verdades bíblicas. Negar deliberadamente a Cristo era un pecado grave, pero el arrepentimiento verdadero tampoco debía ser despreciado. La historia de Pedro ya mostraba ambas realidades. Pedro negó tres veces al Señor, lloró amargamente y después fue restaurado por Cristo.
La persecución más extensa llegó bajo Diocleciano y sus asociados, comenzando en el año 303. Se ordenó destruir lugares de reunión, entregar y quemar escritos cristianos y tomar medidas contra quienes permanecieran firmes en su fe. Aquella etapa es conocida habitualmente como la Gran Persecución.
Pero el intento de eliminar el cristianismo fracasó. En el año 311, Galerio emitió un edicto que puso fin a buena parte de la persecución. Dos años después, en el 313, Constantino y Licinio establecieron mediante el llamado Edicto de Milán una política de tolerancia religiosa que permitió a los cristianos practicar públicamente su fe.
La sangre no era la fuerza secreta de la Iglesia
Tertuliano, escritor cristiano de finales del siglo II y comienzos del III, expresó de manera memorable que la sangre de los cristianos actuaba como semilla. Su observación describía algo sorprendente. Las autoridades podían encarcelar a un creyente, pero no podían encarcelar el evangelio. Podían matar a un predicador, pero no podían resucitar a Cristo para volver a colocarlo en una tumba.
Aun así, debemos hacer una aclaración importante. El poder de la Iglesia nunca estuvo realmente en la sangre de los mártires. Estaba y continúa estando en Dios y en su evangelio.
Pablo lo había expresado con claridad:
«Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree» (Romanos 1:16).
Los mártires no salvaron a la Iglesia mediante sus muertes. Cristo ya había salvado a su pueblo mediante la suya. Ellos simplemente dieron testimonio, incluso bajo amenaza, de que Jesucristo era más precioso para ellos que aquello que podían perder.
Siglos después, Juan Calvino insistiría en que la perseverancia del creyente depende del cuidado de Dios. Los puritanos también hablaron repetidamente de una fe que debía permanecer firme durante la prueba. John Bunyan conoció esta realidad personalmente. Pasó alrededor de doce años encarcelado en Inglaterra durante el siglo XVII por continuar predicando fuera de las condiciones establecidas por las autoridades. Su experiencia recuerda que la fidelidad cristiana no pertenece únicamente a los primeros siglos.
La fe también tuvo que ser defendida con palabras
Los cristianos antiguos no solamente tuvieron que soportar persecuciones. También fueron acusados de ignorancia, inmoralidad, deslealtad y prácticas extrañas. Algunas acusaciones surgían de graves malentendidos acerca de las reuniones cristianas, la Cena del Señor y el lenguaje con el que los creyentes se llamaban «hermanos» y «hermanas».
Por esa razón aparecieron hombres que explicaron públicamente qué creían realmente los cristianos. Uno de los más conocidos fue Justino Mártir, quien vivió aproximadamente entre los años 100 y 165. Antes de convertirse había buscado respuestas entre diferentes corrientes filosóficas. Después defendió públicamente la fe cristiana y escribió obras dirigidas incluso a las autoridades romanas.
Justino no pedía privilegios especiales. Argumentaba que los cristianos no debían ser condenados simplemente por llevar el nombre de cristianos. Si habían cometido un delito, debían probarse los hechos. Su defensa permite observar que la Iglesia antigua procuró responder a sus críticos no solamente con valor, sino también con razonamiento.
Esto refleja el mandato de Pedro:
«Estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros» (1 Pedro 3:15).
No todos fueron héroes
La historia debe contarse sin convertir a los primeros cristianos en personajes perfectos. Algunos tuvieron miedo. Algunos abandonaron temporalmente su confesión. Hubo desacuerdos dentro de las iglesias sobre cómo recibir nuevamente a quienes habían cedido durante las persecuciones.
Esto hace que la historia sea más humana y, al mismo tiempo, muestra con mayor claridad la gracia de Dios.
Los mártires tampoco deben ocupar el lugar de Cristo. Podemos agradecer a Dios por Policarpo, Perpetua, Felicidad y muchos creyentes cuyos nombres ni siquiera conocemos. Podemos aprender de su valentía. Pero ninguno de ellos murió para pagar nuestros pecados.
Solamente Cristo pudo hacerlo.
«Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios» (1 Pedro 3:18).
Esta diferencia es fundamental. El mártir cristiano entrega su vida porque pertenece a Cristo. Cristo entregó voluntariamente su vida para salvar a pecadores. La muerte de los mártires es un testimonio; la muerte de Jesús es redentora.
Lo que aquellos siglos todavía nos enseñan
Cuando observamos aquellos primeros siglos, descubrimos que la Iglesia pudo perder edificios, seguridad, reconocimiento social e incluso la vida de muchos de sus miembros, pero continuó existiendo. Su permanencia no puede explicarse simplemente por valentía humana.
Cristo había prometido edificar su Iglesia, y ningún emperador podía destruir aquello que el Señor había decidido preservar.
«Edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella» (Mateo 16:18).
R. C. Sproul recordaba con frecuencia que el cristianismo histórico descansa sobre afirmaciones verdaderas acerca de Dios y de lo que Él ha hecho en la historia. Sinclair Ferguson también ha insistido en que la unión del creyente con Cristo transforma su manera de entender tanto la vida como el sufrimiento. La seguridad final del cristiano no se encuentra en que las circunstancias sean favorables, sino en pertenecer a Jesucristo.
Los primeros mártires nos obligan entonces a formular una pregunta seria: ¿cuánto vale Cristo para nosotros?
Ellos vivieron en sociedades diferentes a la nuestra y enfrentaron circunstancias que muchos creyentes actuales nunca experimentarán. Por eso no debemos buscar persecución ni convertir el sufrimiento en una señal automática de fidelidad. Un cristiano puede sufrir también por decisiones equivocadas. Pedro distingue claramente entre sufrir por hacer el mal y sufrir por hacer el bien.
La enseñanza correcta es otra. Cuando obedecer a Cristo tenga un precio, nuestra lealtad debe permanecer con Él.
Los imperios cambian. Los gobernantes mueren. Las culturas pasan. Las generaciones desaparecen. Pero aquel Cristo que sostuvo a su pueblo durante los primeros siglos continúa siendo el mismo Señor.
«Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos» (Hebreos 13:8).
La historia de las persecuciones antiguas no es principalmente una colección de relatos sobre personas extraordinariamente fuertes. Es el testimonio de creyentes débiles sostenidos por un Salvador fuerte. Algunos permanecieron firmes hasta la muerte; otros cayeron y necesitaron restauración. Pero por encima de todos ellos permaneció Cristo, preservando a su Iglesia y haciendo avanzar su evangelio de generación en generación.
Ejercicios prácticos
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Ordena los acontecimientos
Escribe en tu libreta, en orden cronológico, estos cinco acontecimientos: persecución bajo Nerón, martirio de Perpetua y Felicidad, persecución bajo Decio, Gran Persecución bajo Diocleciano y Edicto de Milán. Coloca junto a cada uno su fecha aproximada.
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Compara dos textos
Lee Juan 15:18-20 y 1 Pedro 4:12-16. Escribe tres enseñanzas que ambos pasajes presenten acerca del sufrimiento por causa de Cristo.
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Distingue dos muertes
Explica en cinco líneas cuál es la diferencia entre la muerte de un mártir cristiano y la muerte de Jesucristo. Utiliza 1 Pedro 3:18 como base para tu respuesta.
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Conoce a un creyente antiguo
Escoge uno de estos nombres: Policarpo, Perpetua, Felicidad o Justino Mártir. Escribe quién fue, aproximadamente cuándo vivió y qué enseñanza puedes aprender de su vida.
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Aplica la enseñanza
Escribe una situación sencilla en la que una persona pueda sentir presión para ocultar o negar su fe. Después escribe cómo podría responder con fidelidad, respeto y mansedumbre basándote en 1 Pedro 3:15.