Segunda lección del estudio: Teología Histórica.
Una pequeña llama puede parecer insignificante frente a una tormenta. Sin embargo, cuando esa llama permanece encendida después de que el viento ha soplado con toda su fuerza, deja de ser un simple fuego y se convierte en un testimonio de resistencia. Así ocurrió con la Iglesia de los primeros siglos. Mientras el Imperio romano dominaba gran parte del mundo conocido con ejércitos poderosos, leyes estrictas y emperadores considerados casi divinos, un grupo de hombres y mujeres sencillos anunciaba que solo Jesucristo era el verdadero Señor. No poseían riquezas, no dirigían ejércitos ni ocupaban los palacios del poder. Lo único que tenían era el evangelio. Y, sorprendentemente, fue ese mensaje el que terminó transformando el mundo.
La historia de las persecuciones no es una colección de relatos trágicos destinados únicamente a despertar emociones. Es el testimonio de la fidelidad de Dios hacia su pueblo y de la firmeza de creyentes que consideraron más valioso obedecer a Cristo que conservar su propia vida. Al estudiar estos acontecimientos descubrimos que el Señor nunca abandonó a su Iglesia. Aun cuando muchos fueron encarcelados, torturados o ejecutados, el evangelio continuó extendiéndose con mayor fuerza.
Comprender este periodo también nos ayuda a valorar la libertad que muchos creyentes disfrutan hoy y nos recuerda que seguir a Cristo siempre ha tenido un costo. La historia demuestra que la Iglesia nunca ha dependido del favor de los gobiernos para permanecer viva. Su fuerza siempre ha venido del Señor.
Jesús anunció que sus discípulos serían perseguidos
Las persecuciones contra los primeros cristianos no fueron un accidente inesperado. Mucho antes de que ocurrieran, Jesucristo preparó a sus discípulos para esa realidad. Él nunca prometió una vida libre de dificultades. Por el contrario, habló con absoluta claridad acerca del precio de seguirle.
"Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me ha aborrecido antes que a vosotros." (Juan 15:18)
También declaró:
"En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo." (Juan 16:33)
Estas palabras cambiaron la manera en que los creyentes entendieron el sufrimiento. Ellos no interpretaban la persecución como una señal de que Dios los había abandonado. Más bien comprendían que estaban caminando por el mismo sendero recorrido por Cristo.
Después de la resurrección y ascensión del Señor, los apóstoles comenzaron a anunciar el evangelio con valentía. Muy pronto aparecieron las amenazas. Las autoridades judías encarcelaron a Pedro y a Juan, prohibiéndoles predicar acerca de Jesús. Sin embargo, respondieron con firmeza:
"Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres." (Hechos 5:29)
Aquella respuesta marcó el espíritu de generaciones enteras. Para ellos, Cristo era el Rey supremo. Ninguna autoridad humana podía ocupar el lugar que pertenecía únicamente al Hijo de Dios.
El mundo romano en el que nació la Iglesia
Cuando Jesús nació, el Imperio romano dominaba casi todo el Mediterráneo. Era uno de los imperios más organizados de la historia antigua. Sus carreteras conectaban ciudades lejanas, existía un sistema legal muy desarrollado y el comercio permitía que personas de diferentes regiones viajaran constantemente.
En muchos aspectos, este escenario facilitó la expansión del evangelio. Los apóstoles podían recorrer grandes distancias utilizando las mismas rutas construidas por Roma. El idioma griego era comprendido en buena parte del imperio, permitiendo que las Escrituras fueran leídas por personas de distintas culturas.
Pero existía un problema mucho más profundo.
El Imperio romano esperaba que todos reconocieran la autoridad religiosa del emperador. En diversas ciudades era común ofrecer incienso delante de su imagen y llamarlo "señor" o "salvador". Para la mayoría de las personas aquello era simplemente un acto político. Sin embargo, para los cristianos significaba negar la autoridad exclusiva de Jesucristo.
Por esa razón surgió un conflicto inevitable.
Mientras muchos aceptaban participar en ceremonias dedicadas al emperador, los creyentes respondían que solamente Cristo merecía adoración.
No estaban organizando una revolución política. No buscaban destruir el Imperio. Simplemente se negaban a rendir culto a cualquier otro fuera del Dios verdadero.
Esa decisión fue suficiente para convertirlos en enemigos del Estado.
Las primeras persecuciones
Las primeras dificultades surgieron principalmente por parte de algunos líderes judíos que rechazaban el mensaje acerca de Jesús como el Mesías prometido. El libro de Hechos registra el encarcelamiento de los apóstoles y el asesinato de Esteban alrededor del año 34 d.C.
Esteban se convirtió en el primer mártir registrado después de la resurrección de Cristo.
Mientras era apedreado, levantó su mirada hacia el cielo y dijo:
"Señor Jesús, recibe mi espíritu." (Hechos 7:59)
Incluso pidió perdón para quienes lo estaban matando.
Aquellas palabras recordaban las pronunciadas por el mismo Señor en la cruz. La muerte de Esteban mostró que el evangelio había transformado profundamente el corazón de los creyentes.
Paradójicamente, aquella persecución produjo un resultado inesperado. Muchos cristianos huyeron de Jerusalén, llevando consigo el mensaje del evangelio a otras regiones.
Lo que parecía una derrota terminó convirtiéndose en una expansión misionera.
La persecución bajo Nerón
Uno de los episodios más conocidos ocurrió durante el gobierno del emperador Nerón.
En julio del año 64 d.C., un enorme incendio destruyó gran parte de la ciudad de Roma. Muchos ciudadanos comenzaron a sospechar que el propio emperador había tenido alguna responsabilidad en la tragedia. Para desviar las acusaciones, Nerón buscó un grupo al cual culpar.
Los cristianos fueron el blanco perfecto.
El historiador romano Tácito relata que numerosos creyentes fueron arrestados y ejecutados de formas extremadamente crueles. Algunos fueron entregados a animales salvajes durante los espectáculos públicos. Otros fueron crucificados. Algunos incluso fueron utilizados como antorchas humanas durante celebraciones nocturnas organizadas por el emperador.
Aunque estos acontecimientos resultan profundamente dolorosos, muestran hasta dónde podía llegar el odio contra quienes confesaban el nombre de Cristo.
Durante este periodo, la tradición cristiana sitúa el martirio de los apóstoles Pedro y Pablo alrededor de los años 64 al 67 d.C.
Pedro habría sido crucificado, mientras que Pablo, por ser ciudadano romano, habría sido ejecutado mediante decapitación. Aunque el Nuevo Testamento no registra sus muertes, diversos testimonios muy antiguos coinciden en señalar que ambos permanecieron fieles hasta el final.
Las persecuciones continuaron durante los siglos siguientes
Después de Nerón, la situación cambió varias veces dependiendo del emperador. Algunos gobernantes mostraron cierta tolerancia, mientras otros intensificaron la persecución.
Bajo el emperador Domiciano, entre los años 81 y 96 d.C., muchos creyentes fueron perseguidos por negarse a participar en el culto imperial. Durante este periodo, según una antigua tradición ampliamente aceptada, el apóstol Juan fue desterrado a la isla de Patmos, donde recibió la revelación registrada en el libro de Apocalipsis.
Más adelante, durante el gobierno de Trajano (98–117 d.C.), se estableció una política que marcaría muchos años. Los cristianos no debían ser buscados activamente, pero si eran denunciados y se negaban a renunciar a Cristo, podían ser condenados a muerte.
Esta situación obligó a muchos creyentes a tomar una decisión muy difícil.
Bastaba con ofrecer un pequeño sacrificio al emperador para recuperar la libertad.
Sin embargo, miles prefirieron permanecer fieles al Señor.
El testimonio de Policarpo de Esmirna
Uno de los testimonios más conocidos pertenece a Policarpo, obispo de Esmirna. Nació aproximadamente entre los años 69 y 70 d.C. y, según antiguos testimonios, conoció personalmente al apóstol Juan.
Cuando tenía cerca de ochenta y seis años fue arrestado por negarse a ofrecer sacrificios al emperador.
El gobernador intentó convencerlo de salvar su vida diciendo simplemente unas palabras contra Cristo.
La respuesta de Policarpo quedó grabada para siempre en la historia de la Iglesia:
"Durante ochenta y seis años le he servido, y nunca me ha hecho ningún mal. ¿Cómo podría blasfemar contra mi Rey que me salvó?"
Finalmente fue condenado a morir alrededor del año 155 d.C.
Más allá de los detalles de su ejecución, lo verdaderamente importante fue el testimonio de una fe firme hasta el último momento.
Su vida recuerda las palabras del Señor:
"Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida." (Apocalipsis 2:10)
¿Por qué los cristianos no negaban su fe?
Desde una perspectiva humana, muchos podrían preguntarse por qué aquellos creyentes no pronunciaban unas pocas palabras para salvar su vida.
La respuesta se encuentra en el corazón mismo del evangelio.
Ellos estaban convencidos de que Jesucristo había muerto y resucitado verdaderamente. No estaban defendiendo una idea filosófica ni una tradición cultural. Estaban dando testimonio de una Persona viva.
Sabían que la muerte no era el final.
Creían firmemente en la promesa hecha por Cristo:
"Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá." (Juan 11:25)
Por eso el temor a perder la vida fue reemplazado por una esperanza mucho mayor.
El apóstol Pablo había escrito años antes:
"Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia." (Filipenses 1:21)
Estas palabras dejaron de ser una simple enseñanza escrita para convertirse en una realidad visible en miles de creyentes.
John Calvin comentó que la fortaleza de los creyentes perseguidos no nacía de un valor natural, sino de la obra del Espíritu Santo sosteniendo a aquellos que pertenecen a Cristo. De manera semejante, John Owen afirmó que la verdadera perseverancia no descansa en la fuerza humana, sino en la fidelidad de Dios hacia su pueblo. En tiempos más recientes, R. C. Sproul recordó que la Iglesia nunca ha sobrevivido por su propio poder, sino porque Cristo cumple fielmente su promesa de edificarla y preservarla.
Hasta este punto de la historia resulta evidente que las persecuciones no lograron destruir a la Iglesia. Cada intento por apagar el evangelio terminó demostrando que el Señor seguía gobernando sobre todas las cosas. En la siguiente parte veremos cómo, en medio de ese escenario de oposición, Dios levantó hombres que defendieron públicamente la fe cristiana frente a gobernantes, filósofos y acusadores, dejando un legado que continúa fortaleciendo a la Iglesia hasta nuestros días.
Dios levantó hombres para defender públicamente la fe
Mientras muchos creyentes entregaban su vida por causa de Cristo, otros fueron llamados a responder con sabiduría a las acusaciones levantadas contra la Iglesia. Estos hombres no utilizaron la violencia ni buscaron imponer el evangelio por la fuerza. Su arma fue la verdad. Escribieron cartas, libros y defensas dirigidas a emperadores, gobernadores y filósofos, explicando qué creían realmente los cristianos y demostrando que muchas de las acusaciones eran completamente falsas.
A estos creyentes se les conoce como los primeros defensores de la fe. Su labor fue muy importante porque ayudó a mostrar que el cristianismo no era una superstición peligrosa, sino la revelación del Dios verdadero manifestada en Jesucristo.
Muchos paganos afirmaban que los cristianos eran enemigos del Imperio, que practicaban actos inmorales durante sus reuniones e incluso que eran caníbales porque hablaban de comer el cuerpo y beber la sangre de Cristo. Estas acusaciones surgían por ignorancia y por rumores que circulaban entre la población.
Los defensores de la fe respondieron explicando el verdadero significado de la Cena del Señor, el amor entre los creyentes y la obediencia que los cristianos mostraban hacia las autoridades civiles, siempre que estas no les exigieran desobedecer a Dios.
Justino Mártir y la defensa del evangelio
Uno de los más conocidos fue Justino Mártir, nacido alrededor del año 100 d.C. Antes de conocer a Cristo había dedicado muchos años al estudio de la filosofía griega. Buscó respuestas en diferentes escuelas de pensamiento, pero ninguna logró satisfacer las preguntas más profundas de su corazón.
Después de convertirse al cristianismo comprendió que toda verdad encuentra su plenitud en Jesucristo.
Justino escribió varias defensas dirigidas al emperador Antonino Pío alrededor del año 155 d.C. En ellas explicó que los cristianos no eran enemigos del Estado, sino ciudadanos que buscaban vivir de manera justa, amar al prójimo y obedecer las leyes siempre que estas no contradijeran la voluntad de Dios.
También describió cómo se reunían los creyentes para leer las Escrituras, orar, celebrar la Cena del Señor y ayudar a los necesitados. Gracias a estos escritos conocemos muchos detalles sobre la vida de la Iglesia durante el siglo II.
Finalmente Justino fue arrestado por negarse a ofrecer sacrificios a los dioses romanos. Permaneció firme en su fe y murió como mártir alrededor del año 165 d.C.
Otros hombres que fortalecieron a la Iglesia
Dios utilizó a muchos creyentes fieles durante aquellos siglos difíciles. Entre ellos sobresalen Ireneo de Lyon, Tertuliano, Atenágoras y Melitón de Sardes.
Ireneo, que vivió aproximadamente entre los años 130 y 202 d.C., dedicó gran parte de su ministerio a proteger a las iglesias de las falsas enseñanzas. Insistía en que la verdadera enseñanza debía permanecer fiel a las Escrituras recibidas de los apóstoles y proclamadas por las iglesias desde el principio.
Tertuliano, nacido alrededor del año 155 d.C., fue uno de los escritores cristianos más influyentes del norte de África. Defendió con valentía la fe frente a las autoridades romanas y denunció la injusticia de perseguir a personas únicamente por llevar el nombre de cristianos.
Una frase que tradicionalmente se le atribuye resume bien lo que estaba ocurriendo durante aquellos años:
"La sangre de los mártires es semilla."
Con esta expresión quería decir que, cuanto más perseguían a la Iglesia, más personas conocían el evangelio. El intento de destruirla terminaba produciendo el efecto contrario.
La gran persecución de Diocleciano
La persecución más intensa de toda la época romana comenzó durante el gobierno del emperador Diocleciano.
En el año 303 d.C. fueron publicados varios decretos que ordenaban destruir edificios donde se reunían los cristianos, quemar ejemplares de las Escrituras, encarcelar a numerosos creyentes y obligarlos a ofrecer sacrificios a los dioses del Imperio.
Miles perdieron sus bienes, otros fueron enviados a prisión y muchos entregaron su vida antes que negar a Cristo.
Humanamente parecía que la Iglesia estaba viviendo sus últimos días.
Sin embargo, ocurrió exactamente lo contrario.
El evangelio siguió extendiéndose y el número de creyentes continuó creciendo incluso en medio del sufrimiento.
Aquello confirmó una vez más las palabras pronunciadas por Jesús:
"Edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella." (Mateo 16:18)
El cambio bajo Constantino
En el año 312 d.C. ocurrió un acontecimiento que marcó profundamente la historia de la Iglesia. Constantino obtuvo una importante victoria militar en el Puente Milvio. Al año siguiente, en el 313 d.C., junto con Licinio, promulgó el llamado Edicto de Milán.
Este decreto concedió libertad para practicar la fe cristiana y puso fin a las persecuciones oficiales promovidas por el Estado romano.
Muchos creyentes que durante años habían vivido escondidos pudieron reunirse públicamente para adorar al Señor.
Aunque este cambio trajo importantes beneficios, también abrió nuevos desafíos. Con el paso del tiempo algunas personas comenzaron a acercarse a la Iglesia no por una fe genuina, sino por conveniencia social o política.
La historia enseña que tanto la persecución como la prosperidad pueden convertirse en pruebas para el pueblo de Dios. En un caso existe el peligro del temor; en el otro, el peligro de la indiferencia y del conformismo espiritual.
La fidelidad de Dios nunca faltó
Cuando observamos estos casi tres siglos de persecuciones descubrimos un patrón constante.
Los emperadores cambiaban.
Las leyes cambiaban.
Las ciudades eran destruidas.
Los creyentes morían.
Pero la Palabra de Dios permanecía firme.
Cada generación encontraba nuevos hombres y mujeres dispuestos a anunciar el mismo evangelio recibido de los apóstoles.
Pedro había escrito muchos años antes:
"Mas la palabra del Señor permanece para siempre." (1 Pedro 1:25)
Eso fue exactamente lo que ocurrió.
Los perseguidores desaparecieron con el paso de los siglos. Sus imperios cayeron. Sus monumentos fueron destruidos. Sin embargo, el evangelio continuó siendo anunciado en todas las generaciones.
Lo que esta historia enseña a la Iglesia de hoy
Es fácil admirar a los mártires del pasado, pero el propósito de estudiar su vida no es simplemente recordar su valentía. La verdadera pregunta es cómo debemos vivir nosotros a la luz de ese testimonio.
La mayoría de los creyentes actuales probablemente nunca enfrente un anfiteatro romano ni un decreto imperial que exija negar a Cristo. Sin embargo, todos enfrentan presiones para guardar silencio acerca del evangelio, adaptar el mensaje a las opiniones de la cultura o buscar la aprobación de las personas antes que la de Dios.
Los primeros cristianos entendían que seguir a Cristo significaba obedecerle en cualquier circunstancia. Su mayor preocupación no era conservar la comodidad, sino permanecer fieles al Señor.
Hoy la Iglesia necesita recuperar esa misma convicción. La fidelidad diaria suele manifestarse en decisiones aparentemente pequeñas: decir la verdad cuando resulta costoso, vivir con integridad, amar a quienes nos rechazan, mantenernos firmes en la enseñanza de las Escrituras y anunciar el evangelio con humildad y valentía.
El ejemplo de aquellos creyentes también nos recuerda que el sufrimiento nunca tiene la última palabra. Cristo resucitó, y esa victoria garantiza que quienes pertenecen a Él compartirán también su gloria.
"Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria." (2 Corintios 4:17)
Una historia que apunta siempre hacia Cristo
Cuando pensamos en Esteban, Policarpo, Justino y en miles de creyentes cuyos nombres solo Dios conoce, podríamos sentir admiración por su valentía. Sin embargo, ellos mismos dirigirían inmediatamente nuestra mirada hacia otra Persona.
Ninguno murió para salvar al mundo.
Ninguno venció al pecado mediante su propio sacrificio.
Ninguno conquistó la muerte por su propia fuerza.
Solo Jesucristo hizo todo eso.
Los mártires no son el centro de la historia. Son testigos que señalan al verdadero Salvador. Su fidelidad fue posible porque primero Cristo permaneció fiel hasta la cruz. Ellos soportaron el sufrimiento porque antes contemplaron al Hijo de Dios entregando su vida por ellos.
Por eso, al estudiar este periodo de la historia cristiana, no debemos terminar admirando únicamente el valor humano. Debemos terminar adorando al Señor que sostuvo a su pueblo durante siglos de oposición y que continúa edificando su Iglesia en cada generación.
Como escribió Juan Calvino, nunca debemos medir la fortaleza de la Iglesia por lo que nuestros ojos alcanzan a ver, sino por la promesa inquebrantable de Cristo. De manera semejante, Charles Spurgeon recordó que la causa del evangelio jamás depende del poder de los hombres, sino de la presencia permanente de su Señor. Y R. C. Sproul señaló que la historia de la Iglesia demuestra una y otra vez que Dios cumple cada una de sus promesas, incluso cuando las circunstancias parecen decir lo contrario.
Las persecuciones pasaron. Los emperadores desaparecieron. Los mártires descansan en la presencia del Señor. Pero Cristo sigue reinando. Ese es el verdadero mensaje que atraviesa toda esta historia y que continúa fortaleciendo a la Iglesia hasta nuestros días.
Ejercicios para realizar en tu libreta
1. Escribe tres razones por las que los primeros cristianos se negaban a adorar al emperador romano.
2. Lee Juan 15:18-21 y escribe con tus propias palabras qué enseñó Jesús acerca de la persecución.
3. Elabora una línea del tiempo sencilla con estos acontecimientos:
- Martirio de Esteban.
- Persecución de Nerón.
- Martirio de Policarpo.
- Gran persecución de Diocleciano.
- Edicto de Milán.
4. Escribe un párrafo breve explicando qué aprendiste del testimonio de Policarpo o de Justino Mártir y cómo ese ejemplo puede fortalecer tu vida cristiana.
5. Lee Mateo 16:18, Juan 16:33 y 2 Corintios 4:17. Después, redacta cinco enseñanzas que estos pasajes ofrecen acerca de la fidelidad de Dios hacia su Iglesia.