Teología Histórica - Lección 6

Sexta lección del estudio: Teología Histórica.

De los puritanos a la Iglesia contemporánea

“Estad firmes y retened la doctrina que habéis aprendido.” — 2 Tesalonicenses 2:15

En una fría mañana de enero de 1665, Thomas Watson subió al púlpito para predicar en Londres. Inglaterra atravesaba años difíciles. Había conflictos políticos, divisiones religiosas, enfermedades y fuertes tensiones dentro de la Iglesia. Muchos pastores habían perdido sus púlpitos pocos años antes por negarse a actuar contra sus convicciones. Sin embargo, en medio de aquella época agitada, hombres y mujeres continuaban abriendo sus Biblias, reuniendo a sus familias para orar y enseñando a sus hijos las verdades de la fe cristiana.

Esta escena ayuda a comprender una realidad que se repite a lo largo de la historia: la Iglesia nunca ha avanzado en condiciones perfectas. Ha vivido entre persecuciones, errores, divisiones, avivamientos, épocas de gran claridad bíblica y períodos de profunda confusión. Desde los puritanos del siglo XVII hasta la Iglesia del siglo XXI, encontramos una historia llena de luces y sombras. Pero por encima de todas ellas permanece una verdad: Cristo continúa edificando su Iglesia.

“Edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella.” — Mateo 16:18


¿Quiénes fueron los puritanos?

El movimiento puritano surgió principalmente en Inglaterra durante los siglos XVI y XVII. Su nombre originalmente no fue un título honorable. La palabra “puritano” llegó a utilizarse de manera despectiva para referirse a quienes querían una reforma más profunda de la Iglesia de Inglaterra.

Después de la Reforma del siglo XVI, muchos creyentes ingleses consideraban que todavía permanecían prácticas que no estaban suficientemente sometidas a las Escrituras. No querían simplemente cambiar ceremonias externas. Deseaban una Iglesia donde la predicación de la Palabra, la oración, la santidad y la vida familiar fueran tomadas seriamente.

Los puritanos no fueron un grupo perfectamente uniforme. Existieron diferencias importantes entre ellos acerca del gobierno de la Iglesia y otros asuntos. Sin embargo, compartían una preocupación fundamental: la Palabra de Dios debía transformar no solamente lo que una persona creía, sino también cómo vivía.

Entre sus figuras más conocidas encontramos a William Perkins, Richard Sibbes, John Owen, Thomas Watson, Thomas Brooks y John Bunyan. Cada uno tuvo características diferentes, pero todos dejaron escritos que todavía son leídos siglos después.


Una fe que debía llegar al corazón

Uno de los grandes aportes de los puritanos fue insistir en que conocer correctamente las Escrituras no era suficiente si ese conocimiento nunca descendía al corazón y llegaba a la vida diaria.

John Owen, nacido en 1616, escribió profundamente acerca del pecado y la vida cristiana. Enseñó que el creyente no debe tratar el pecado como un enemigo pequeño. El pecado debe ser combatido continuamente mediante la obra del Espíritu y la verdad de la Palabra.

Esta preocupación reflejaba la enseñanza de Pablo:

“Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros.” — Colosenses 3:5

Los puritanos hablaban mucho del corazón porque entendían que allí se encuentra el verdadero campo de batalla. Una persona puede aparentar obediencia mientras interiormente alimenta orgullo, envidia, codicia o incredulidad. Por eso buscaban examinar sus motivaciones delante de Dios.

Pero sería incorrecto presentar a todos los puritanos como personas sombrías obsesionadas únicamente con el pecado. Richard Sibbes, por ejemplo, destacó de manera hermosa la ternura de Cristo hacia los creyentes débiles. En su obra La caña cascada, explicó que Cristo no destruye al creyente herido que viene a Él, sino que lo sostiene con paciencia y misericordia.

La vida cristiana debía contener ambas verdades: una visión seria del pecado y una confianza profunda en la gracia de Cristo.


La fe dentro del hogar

Para los puritanos, el hogar era uno de los lugares más importantes para enseñar las Escrituras. Los padres tenían la responsabilidad de instruir a sus hijos, orar con ellos y mostrar mediante su conducta que seguir a Cristo involucraba toda la vida.

Podemos visualizar muchas casas del siglo XVII al finalizar el día. No había electricidad ni las innumerables distracciones actuales. Una familia podía reunirse alrededor del fuego mientras el padre leía un pasaje de la Biblia, explicaba brevemente su significado y posteriormente todos oraban.

No debemos idealizar aquella época. Sus hogares también tenían conflictos y pecados. Sin embargo, su insistencia en llevar la Palabra al interior de la familia sigue siendo valiosa.

“Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos.” — Deuteronomio 6:6-7

La fe no debía quedar encerrada dentro del edificio de la Iglesia. Debía acompañar al creyente cuando trabajaba, educaba a sus hijos, administraba su dinero, sufría, descansaba y se relacionaba con otras personas.


1662 y una Iglesia puesta a prueba

Uno de los acontecimientos más importantes para comprender este período ocurrió en 1662. Ese año entró en vigor en Inglaterra el Acta de Uniformidad. Los ministros debían aceptar determinadas condiciones para continuar ejerciendo oficialmente dentro de la Iglesia de Inglaterra.

Alrededor de dos mil ministros dejaron sus puestos o fueron apartados de ellos. Este acontecimiento llegó a conocerse como la Gran Expulsión.

Entre los afectados estuvieron hombres como Thomas Watson y Richard Baxter.

La situación plantea una pregunta que continúa siendo importante: ¿qué debe hacer un creyente cuando obedecer a las autoridades humanas entra en conflicto con su conciencia sometida a la Palabra de Dios?

Los apóstoles enfrentaron una situación semejante cuando se les ordenó dejar de predicar acerca de Cristo.

“Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres.” — Hechos 5:29

Esto no significa que cada desacuerdo justifique la rebelión. Las Escrituras ordenan respetar a las autoridades. Pero ninguna autoridad humana posee el derecho de ocupar el lugar que corresponde a Dios.


John Bunyan y el evangelio detrás de los barrotes

John Bunyan ofrece uno de los ejemplos más memorables de este período. Nació en 1628 y durante años luchó intensamente con la culpa y con preguntas acerca de su salvación. Después de comprender con mayor claridad la gracia de Dios en Cristo, comenzó a predicar.

En 1660 fue encarcelado por predicar sin autorización oficial. Pasó alrededor de doce años en prisión durante su primer período de encarcelamiento.

Allí experimentó una prueba dolorosa. Tenía esposa e hijos, incluyendo una hija ciega llamada Mary. Bunyan sabía que permanecer encarcelado causaba sufrimiento a su familia, pero también entendía que abandonar su predicación simplemente para recuperar su libertad significaría actuar contra su conciencia.

Posteriormente escribió El progreso del peregrino, publicado por primera vez en 1678. La obra presenta la vida cristiana mediante la historia de un hombre llamado Cristiano que abandona la Ciudad de Destrucción y emprende un viaje hacia la Ciudad Celestial.

Su mensaje fundamental era sencillo: seguir a Cristo es una peregrinación. Hay peligros, caídas, dudas y enemigos, pero el creyente continúa caminando sostenido por la gracia de Dios.


El despertar del siglo XVIII

Al entrar en el siglo XVIII, muchas iglesias atravesaban períodos de frialdad espiritual. Sin embargo, comenzaron a surgir movimientos de renovación tanto en Gran Bretaña como en las colonias americanas.

Uno de los nombres fundamentales fue Jonathan Edwards, nacido en 1703 en Connecticut. Edwards fue pastor, predicador y escritor. Durante los años 1730 y 1740 fue testigo de un notable despertar espiritual.

Edwards defendía la necesidad de distinguir entre una emoción religiosa pasajera y una verdadera obra de Dios en el corazón. No todo entusiasmo demostraba conversión. El fruto verdadero debía verse en una vida transformada, un amor creciente por Cristo y una obediencia real.

Esta prueba sigue siendo necesaria.

“Por sus frutos los conoceréis.” — Mateo 7:20

También destacó George Whitefield, nacido en 1714. Predicó a enormes multitudes al aire libre tanto en Gran Bretaña como en América. Su mensaje insistía en la necesidad del nuevo nacimiento y en la salvación por medio de Cristo.


El movimiento misionero moderno

A finales del siglo XVIII ocurrió otro cambio importante. Muchos cristianos comenzaron a mirar con mayor atención hacia pueblos donde el evangelio apenas había sido anunciado.

William Carey, un humilde zapatero y pastor bautista inglés, fue una figura decisiva. En 1792 publicó un escrito defendiendo la responsabilidad permanente de los cristianos de llevar el evangelio a todas las naciones. Al año siguiente viajó a la India.

Carey enfrentó enormes dificultades: pobreza, enfermedades, pérdidas familiares, problemas económicos y años de trabajo antes de contemplar resultados significativos. Sin embargo, perseveró.

Su convicción provenía directamente del mandato de Cristo:

“Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones.” — Mateo 28:19

Durante el siglo XIX surgieron numerosos esfuerzos misioneros. Adoniram Judson trabajó durante décadas en Birmania, actualmente Myanmar. Hudson Taylor desarrolló una extensa obra en China. David Livingstone llevó su trabajo misionero y exploratorio a diferentes regiones de África.

Estos hombres tuvieron limitaciones y cometieron errores, como cualquier ser humano. No deben convertirse en héroes intocables. Pero su disposición a abandonar seguridad, cultura y hogar para llevar el evangelio a lugares difíciles continúa confrontándonos.


Charles Spurgeon y la centralidad de Cristo

En el siglo XIX aparece otra figura destacada: Charles Haddon Spurgeon.

Nació en Inglaterra en 1834 y comenzó a predicar siendo muy joven. En 1854, con apenas veinte años, se convirtió en pastor de la congregación que posteriormente se reuniría en el Metropolitan Tabernacle de Londres.

Miles de personas acudían a escucharlo.

Sin embargo, el centro de su ministerio no era su personalidad. Spurgeon insistía constantemente en predicar a Cristo crucificado y llamar a las personas al arrepentimiento y la fe.

También comprendió que una Iglesia debía hacer algo más que celebrar reuniones. Impulsó preparación de pastores, distribución de literatura cristiana, ayuda a personas necesitadas y diferentes obras de misericordia.

Su ministerio muestra algo fundamental: una Iglesia fiel no debe escoger entre verdad y compasión. Ambas deben caminar juntas.

“Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad.” — 1 Juan 3:18


El siglo XX y nuevos desafíos

El siglo XX presentó dificultades diferentes. Dos guerras mundiales, sistemas políticos totalitarios, grandes cambios culturales y el crecimiento del secularismo afectaron profundamente a las sociedades occidentales.

Dentro de muchas iglesias también aumentaron las discusiones acerca de la autoridad de las Escrituras, la persona de Cristo, los milagros, la resurrección y otras verdades fundamentales.

En este contexto, hombres como J. Gresham Machen defendieron con firmeza que el cristianismo no podía conservar simplemente algunas palabras bíblicas mientras abandonaba su contenido histórico.

Durante las décadas posteriores también destacaron pastores y escritores como Martyn Lloyd-Jones, quien durante muchos años predicó en Westminster Chapel, Londres. Lloyd-Jones insistió en la necesidad de una predicación profundamente bíblica, convencido de que la Iglesia no necesitaba convertir el púlpito en entretenimiento.

Más adelante, autores como R. C. Sproul, J. I. Packer y Sinclair Ferguson ayudaron a nuevas generaciones a comprender doctrinas que habían sido enseñadas durante siglos.

Sproul insistió especialmente en recuperar una visión elevada de la santidad de Dios. Packer destacó la importancia de conocer a Dios personalmente y no conformarse con acumular información acerca de Él. Ferguson ha insistido ampliamente en la unión del creyente con Cristo y en la obra de la gracia en toda la vida cristiana.


La Iglesia contemporánea

Finalmente llegamos a nuestra propia generación.

La Iglesia contemporánea posee oportunidades que los creyentes de siglos anteriores difícilmente podrían haber concebido. Una Biblia puede llevarse completa dentro de un teléfono. Un sermón predicado en un pequeño templo puede escucharse minutos después al otro lado del planeta. Miles de libros antiguos pueden consultarse desde una computadora.

Pero tener más información no significa necesariamente poseer mayor sabiduría.

Nuestra época también enfrenta grandes peligros: superficialidad, búsqueda de popularidad, culto a personalidades, enseñanzas centradas en prosperidad material, relativismo moral, distracción constante y una tendencia a medir el éxito mediante números, seguidores o reconocimiento público.

Por eso necesitamos recuperar una pregunta antigua: ¿es esto fiel a la Palabra de Dios?

“Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad.” — Juan 17:17

La Iglesia no necesita inventar un evangelio adecuado a cada generación. Necesita anunciar fielmente el mismo evangelio dentro de cada generación.

Las herramientas pueden cambiar. Los edificios pueden cambiar. Los idiomas cambian. Las culturas cambian. Incluso la manera de comunicar puede adaptarse. Pero Cristo no necesita ser reemplazado por algo supuestamente más atractivo.


La gran lección de estos siglos

Desde una casa puritana del siglo XVII hasta una congregación del siglo XXI existe una distancia enorme. Sin embargo, la necesidad humana sigue siendo esencialmente la misma.

Seguimos siendo pecadores que necesitan reconciliación con Dios. Seguimos necesitando las Escrituras. Seguimos necesitando arrepentimiento. Seguimos necesitando gracia. Y, sobre todo, seguimos necesitando a Cristo.

Los puritanos murieron. Edwards murió. Whitefield murió. Carey murió. Spurgeon murió. Lloyd-Jones murió. Sproul y Packer también terminaron su peregrinación. Ningún maestro permanece para siempre.

Pero Cristo permanece.

“Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos.” — Hebreos 13:8

Esta es quizá la enseñanza más importante al estudiar este período. La historia de la Iglesia no debe producir nostalgia por épocas anteriores ni admiración exagerada hacia grandes hombres. Debe enseñarnos a reconocer la fidelidad de Dios y aprender tanto de los aciertos como de los errores de quienes nos precedieron.

Cada generación recibe temporalmente la responsabilidad de guardar, vivir y transmitir el evangelio.

Ahora esa responsabilidad está en nuestras manos.

Algún día nuestra generación también pertenecerá a los libros de historia. La pregunta no será cuánto reconocimiento alcanzamos, cuántas herramientas tuvimos o cuánto contenido produjimos. La pregunta verdaderamente importante será si permanecimos fieles a Cristo y a su Palabra.

“Pelea la buena batalla de la fe, echa mano de la vida eterna.” — 1 Timoteo 6:12


Ejercicios prácticos

  1. Escribe tres características de los puritanos que consideres útiles para la vida cristiana actual. Explica cada una en una oración.

  2. Lee Colosenses 3:1-10 y escribe dos pecados que Pablo manda abandonar y dos características de la nueva vida que el creyente debe buscar.

  3. Escoge uno de estos personajes: John Bunyan, Jonathan Edwards, William Carey o Charles Spurgeon. Escribe cinco líneas explicando qué puedes aprender de su vida.

  4. Haz dos columnas en tu libreta. En una escribe tres oportunidades que posee la Iglesia actual y en la otra tres peligros que enfrenta. Después escribe cómo puede ayudar la Biblia frente a cada peligro.

  5. Lee Hebreos 13:8. Después escribe un pequeño párrafo respondiendo esta pregunta: ¿por qué saber que Jesucristo no cambia produce seguridad cuando la Iglesia atraviesa épocas de grandes cambios?