Sexta lección del estudio: Teología Histórica.
De los puritanos a la Iglesia contemporánea
Hubo un tiempo en que un hombre podía perder su libertad simplemente por reunirse con su familia para leer la Biblia. En algunos lugares era vigilado, perseguido o expulsado de su iglesia por insistir en que Cristo debía ocupar el centro de la vida cristiana y que las Escrituras debían gobernar la fe por encima de las tradiciones humanas. Muchos de aquellos creyentes no buscaron fama ni reconocimiento. Solo querían obedecer a Dios con todo su corazón. Algunos escribieron libros desde la cárcel. Otros predicaron en campos abiertos. Otros cruzaron océanos dejando atrás su hogar porque preferían perderlo todo antes que abandonar la verdad del evangelio.
Siglos después, muchas de las Biblias, himnos, confesiones de fe y enseñanzas que hoy fortalecen a millones de creyentes existen gracias a la fidelidad de aquellas personas. Su historia nos recuerda que la Iglesia nunca ha permanecido firme por el poder político, la riqueza o la popularidad. Ha permanecido porque Dios ha sostenido a un pueblo que, generación tras generación, ha amado su Palabra más que su propia vida.
"El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán." Mateo 24:35
Después de la Reforma del siglo XVI, la historia de la Iglesia continuó avanzando. Nuevos desafíos aparecieron. Algunas naciones abrazaron el evangelio mientras otras regresaron al error. Surgieron grandes despertamientos espirituales, movimientos misioneros, persecuciones, divisiones y nuevas preguntas. Sin embargo, por encima de todos esos acontecimientos permaneció una realidad inmutable: Cristo siguió edificando su Iglesia exactamente como lo había prometido.
"Edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella." Mateo 16:18
Los puritanos y el deseo de una Iglesia más fiel
Durante los siglos XVI y XVII, especialmente en Inglaterra, apareció un grupo de creyentes conocidos como los puritanos. Su nombre originalmente fue usado como una burla. Se les acusaba de querer una Iglesia "demasiado pura". Sin embargo, aquello que comenzó como un insulto terminó identificando a hombres y mujeres profundamente comprometidos con las Escrituras.
Los puritanos no intentaban crear un nuevo evangelio. Tampoco buscaban una nueva Iglesia. Su deseo era que la Reforma siguiera avanzando hasta que cada aspecto de la vida de la Iglesia estuviera gobernado únicamente por la Palabra de Dios.
Ellos entendían que una reforma externa no era suficiente. No bastaba cambiar estructuras o ceremonias. Era necesario que los corazones fueran transformados por el Espíritu Santo.
"Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos." Ezequiel 36:27
Por esa razón insistían constantemente en la santidad personal, la adoración reverente, la predicación expositiva, la vida familiar, la oración y el estudio constante de las Escrituras.
Para ellos no existía separación entre la vida diaria y la vida espiritual. Creían que Cristo debía gobernar el hogar, el trabajo, la educación, la política, la economía y cada decisión cotidiana.
Richard Baxter escribió que el ministerio comienza en el corazón antes de llegar al púlpito. John Owen insistía en que ningún creyente puede jugar con el pecado sin sufrir consecuencias espirituales. Thomas Watson enseñaba que la verdadera felicidad nace de conocer y amar a Dios. John Flavel recordaba continuamente que toda la vida cristiana depende de contemplar la gloria de Cristo.
Sus libros no fueron escritos para impresionar intelectualmente. Fueron escritos para alimentar el alma.
La Asamblea de Westminster
Uno de los acontecimientos más importantes ocurrió entre 1643 y 1653, cuando el Parlamento inglés convocó una gran reunión de pastores y estudiosos de las Escrituras en la Abadía de Westminster, en Londres.
Su propósito era preparar documentos que ayudaran a enseñar con claridad las doctrinas fundamentales del cristianismo.
De aquel trabajo surgieron varios documentos que siguen siendo estudiados hasta nuestros días:
- La Confesión de Fe de Westminster.
- El Catecismo Mayor.
- El Catecismo Menor.
- El Directorio para la Adoración Pública.
Estos escritos nunca fueron considerados superiores a la Biblia. Al contrario, fueron elaborados para resumir y explicar de forma organizada las enseñanzas bíblicas.
Muchísimas iglesias alrededor del mundo todavía utilizan estos documentos porque consideran que expresan fielmente las enseñanzas de las Escrituras.
"Retén la forma de las sanas palabras que de mí oíste." 2 Timoteo 1:13
La Asamblea de Westminster dejó una enorme herencia: recordar que la Iglesia necesita enseñar con claridad aquello que cree.
Persecución y fidelidad
No todos aceptaban las convicciones de los puritanos.
Después de la restauración de la monarquía inglesa en 1660, comenzaron años difíciles para muchos de ellos.
En 1662 ocurrió un acontecimiento conocido como la Gran Expulsión. Más de dos mil pastores fueron removidos de sus iglesias porque se negaron a aceptar ciertas normas impuestas por el Estado sobre la adoración y el ministerio.
Muchos perdieron su salario.
Otros fueron encarcelados.
Algunos predicaban en bosques, graneros o casas escondidas.
John Bunyan fue encarcelado durante aproximadamente doce años por predicar sin autorización oficial. Durante ese tiempo escribió una de las obras cristianas más influyentes de toda la historia: El Progreso del Peregrino.
En ese libro describió la vida cristiana como un peregrinaje lleno de luchas, tentaciones, esperanza y perseverancia hasta llegar a la Ciudad Celestial.
La historia continúa siendo leída porque refleja una verdad permanente: el creyente avanza por gracia mientras mantiene sus ojos puestos en Cristo.
"Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe." Hebreos 12:2
La fidelidad de aquellos creyentes demuestra que la verdadera fortaleza de la Iglesia nunca depende de tener poder político. Su fortaleza descansa en la fidelidad del Señor.
"Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte." 2 Corintios 12:10
Los grandes despertamientos espirituales
Durante el siglo XVIII, Dios obró nuevamente de manera extraordinaria en diferentes regiones.
Mientras muchas iglesias comenzaban a enfriarse espiritualmente, el Señor levantó predicadores que anunciaban con claridad la necesidad del nuevo nacimiento, el arrepentimiento y la fe en Jesucristo.
Uno de los nombres más conocidos fue Jonathan Edwards (1703–1758), pastor en Northampton, Massachusetts.
Edwards observó que muchas personas asistían a la iglesia por costumbre, pero no conocían realmente a Cristo. Sus predicaciones insistían en la santidad de Dios, la gravedad del pecado, la necesidad del arrepentimiento y la belleza incomparable del evangelio.
Su famoso sermón Pecadores en manos de un Dios airado, predicado en 1741, suele recordarse por sus advertencias acerca del juicio divino. Sin embargo, su ministerio completo fue mucho más amplio. Edwards dedicó gran parte de su vida a mostrar que la verdadera conversión produce un profundo amor por Cristo y una transformación visible en la vida del creyente.
También escribió extensamente sobre los avivamientos, enseñando que las emociones, por sí solas, nunca prueban que una obra proviene de Dios. Lo que realmente confirma la obra del Espíritu es una vida transformada, una mayor obediencia a las Escrituras y un amor creciente hacia Cristo.
"Por sus frutos los conoceréis." Mateo 7:16
Casi al mismo tiempo, George Whitefield (1714–1770) comenzó a predicar al aire libre porque muchas iglesias cerraban sus puertas a su ministerio. Miles de personas se reunían en campos abiertos para escuchar el evangelio.
Whitefield cruzó el océano Atlántico en numerosas ocasiones, predicando tanto en Inglaterra como en las colonias americanas. Se calcula que habló personalmente a millones de personas durante su vida, algo extraordinario para aquella época.
Su mensaje era sencillo, claro y profundamente centrado en Cristo. No buscaba entretener a las multitudes. Buscaba que las personas nacieran de nuevo mediante la obra del Espíritu Santo.
"Os es necesario nacer de nuevo." Juan 3:7
Estos despertamientos no estuvieron libres de errores humanos. Hubo excesos emocionales y algunas personas confundieron entusiasmo con verdadera conversión. Sin embargo, hombres como Jonathan Edwards dedicaron mucho esfuerzo a distinguir entre una emoción pasajera y una obra genuina del Espíritu Santo, recordando que toda experiencia debía ser examinada a la luz de las Escrituras.
El resultado fue un renovado interés por la predicación fiel, la evangelización, la vida santa y el estudio de la Palabra de Dios.
Así, una vez más, quedó claro que cuando la Biblia ocupa el centro de la vida de la Iglesia, el Señor continúa obrando para su gloria.
El nacimiento del gran movimiento misionero
Durante muchos siglos, la Iglesia había anunciado el evangelio principalmente dentro de Europa y en las regiones cercanas al mar Mediterráneo. Sin embargo, al finalizar el siglo XVIII comenzó una nueva etapa en la historia cristiana. Creció la convicción de que el mandato de Cristo seguía vigente y que todas las naciones debían escuchar las buenas noticias del evangelio.
"Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones..." Mateo 28:19-20
Uno de los hombres que Dios utilizó de manera especial fue William Carey (1761–1834). Antes de ser misionero era zapatero en Inglaterra. Mientras reparaba zapatos estudiaba mapas, aprendía idiomas y leía todo lo que encontraba acerca de los pueblos que aún no conocían el evangelio. Cuanto más aprendía, mayor era su convicción de que la Iglesia no podía permanecer indiferente.
En 1792 publicó un pequeño libro en el que animaba a las iglesias a asumir seriamente la responsabilidad de llevar el evangelio hasta los lugares donde Cristo todavía no era conocido. Ese mismo año nació la Sociedad Misionera Bautista, y poco después Carey viajó a la India.
Su ministerio estuvo lleno de dificultades. Pasó años sin ver conversiones. Sufrió enfermedades, pobreza y la pérdida de seres queridos. Aun así, permaneció firme porque estaba convencido de que Dios cumpliría su propósito.
Además de predicar, tradujo la Biblia a varios idiomas y dialectos, promovió la educación, fundó escuelas y enseñó que toda persona debía tener acceso a las Escrituras en su propia lengua.
Una de sus frases más conocidas resume bien su confianza en Dios: "Espera grandes cosas de Dios; intenta grandes cosas para Dios". No era una invitación al orgullo humano, sino a confiar plenamente en la soberanía del Señor.
"Porque la tierra será llena del conocimiento de la gloria de Jehová, como las aguas cubren el mar." Habacuc 2:14
Después de Carey surgieron muchos otros misioneros que llevaron el evangelio a África, Asia, Oceanía y América Latina. Entre ellos se encuentran Adoniram Judson en Birmania, Robert Morrison en China, David Livingstone en África y Hudson Taylor, fundador de la Misión al Interior de China en 1865.
Cada uno enfrentó circunstancias diferentes, pero todos compartían una misma convicción: Cristo merece ser conocido por todos los pueblos.
Nuevos desafíos durante los siglos XIX y XX
Mientras el evangelio avanzaba hacia muchas naciones, el mundo también experimentaba cambios profundos. La Revolución Industrial transformó la economía, crecieron las ciudades y aparecieron nuevas formas de pensar que cuestionaban abiertamente la autoridad de las Escrituras.
Muchos comenzaron a afirmar que la razón humana era suficiente para explicar toda la realidad sin necesidad de Dios. Otros negaban los milagros, rechazaban la resurrección de Cristo o consideraban la Biblia simplemente como un libro escrito por hombres.
Estas ideas influyeron incluso en algunas iglesias y seminarios. Poco a poco, algunos dejaron de predicar el evangelio tal como aparece en las Escrituras y comenzaron a adaptar su mensaje para hacerlo más aceptable a la cultura de su tiempo.
Sin embargo, el Señor siguió levantando hombres que defendieron con firmeza la autoridad de la Palabra de Dios.
Charles Haddon Spurgeon (1834–1892), conocido como el "Príncipe de los Predicadores", anunció el evangelio durante décadas en Londres. Miles de personas asistían cada semana a escuchar la exposición de las Escrituras.
Spurgeon insistía en que el poder de la Iglesia nunca depende de la creatividad humana, sino de la fidelidad con la que se anuncia la Palabra de Dios.
"Porque la palabra de Dios es viva y eficaz..." Hebreos 4:12
Cuando algunas iglesias comenzaron a abandonar las enseñanzas fundamentales del cristianismo, Spurgeon advirtió públicamente sobre ese peligro. Él entendía que una iglesia puede conservar edificios, recursos y popularidad, pero si pierde el evangelio, ha perdido aquello que realmente le da vida.
Décadas más tarde, el pastor galés Martyn Lloyd-Jones (1899–1981) continuó enfatizando la importancia de la predicación bíblica. Después de ejercer como médico, dejó esa profesión para dedicarse completamente al ministerio pastoral.
Lloyd-Jones enseñaba que la mayor necesidad del ser humano sigue siendo la misma de todas las generaciones: ser reconciliado con Dios mediante Jesucristo.
En una época marcada por guerras mundiales, crisis económicas y profundas transformaciones sociales, recordó constantemente que ninguna solución humana puede reemplazar la obra salvadora de Cristo.
"Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre." 1 Timoteo 2:5
La expansión del evangelio alrededor del mundo
Uno de los acontecimientos más sorprendentes de los últimos doscientos años ha sido el crecimiento del cristianismo fuera de Europa.
En el siglo XVII la mayoría de los creyentes vivían en Europa. Hoy, una gran parte de la Iglesia se encuentra en África, Asia y América Latina.
Este cambio demuestra que el evangelio nunca perteneció a una cultura específica. Desde el principio fue anunciado para personas de toda lengua, nación y pueblo.
"Después de esto miré, y he aquí una gran multitud, la cual nadie podía contar, de todas naciones y tribus y pueblos y lenguas..." Apocalipsis 7:9
En muchos países donde el cristianismo era prácticamente desconocido hace dos siglos, hoy existen iglesias, seminarios, traductores de la Biblia y creyentes que anuncian fielmente el evangelio.
Sin embargo, este crecimiento también ha traído nuevos retos. No todas las iglesias enseñan correctamente las Escrituras. Han surgido movimientos que mezclan el evangelio con filosofías humanas, intereses económicos o promesas que la Biblia nunca hace.
Por esa razón sigue siendo indispensable examinar toda enseñanza a la luz de la Palabra de Dios.
"Examinadlo todo; retened lo bueno." 1 Tesalonicenses 5:21
La historia demuestra que los errores doctrinales no desaparecen por sí solos. Cada generación necesita volver continuamente a las Escrituras para permanecer firme en la verdad.
La fidelidad de Dios en medio de las persecuciones modernas
Muchas personas piensan que las persecuciones contra los cristianos pertenecen únicamente a los primeros siglos de la Iglesia. Sin embargo, la historia reciente muestra que millones de creyentes han sufrido por seguir a Cristo.
Durante el siglo XX, distintos gobiernos intentaron eliminar la fe cristiana mediante prohibiciones, encarcelamientos y violencia. En algunos lugares se cerraron iglesias, se prohibió la distribución de Biblias y numerosos pastores fueron enviados a prisión.
A pesar de ello, la Iglesia no desapareció.
En varios países donde el evangelio parecía extinguirse, continuó creciendo en secreto. Familias enteras memorizaban porciones de la Biblia porque no podían conservar un ejemplar completo. Algunos creyentes copiaban las Escrituras a mano para compartirlas con otros. Otros caminaban largas distancias durante la noche para reunirse en pequeños grupos de oración y adoración.
Todo esto recuerda las palabras del apóstol Pablo:
"Estamos atribulados en todo, mas no angustiados; en apuros, mas no desesperados; perseguidos, mas no desamparados..." 2 Corintios 4:8-9
La historia confirma una verdad repetida una y otra vez desde los días de los apóstoles: la Iglesia puede ser perseguida, pero nunca derrotada. Los reinos cambian, los gobiernos pasan y las culturas se transforman, pero Cristo permanece fiel a su promesa de sostener a su pueblo hasta el fin.
John Stott recordó que la Iglesia nunca ha sido llamada a seguir las tendencias del mundo, sino a permanecer fiel a Cristo. De manera similar, R. C. Sproul insistía en que la autoridad final pertenece únicamente a Dios y a su Palabra, no a las opiniones cambiantes de cada generación.
Al mirar toda esta historia comprendemos que Dios no ha dejado sola a su Iglesia. Desde los puritanos hasta nuestros días, el Señor ha seguido levantando creyentes sencillos, pastores fieles, misioneros valientes y congregaciones que, aun en medio de dificultades, continúan anunciando el mismo evangelio que transformó la vida de los apóstoles hace casi dos mil años.
La Iglesia en el siglo XXI
La Iglesia de nuestros días vive en un mundo muy diferente al de los puritanos. La tecnología ha transformado la manera en que las personas trabajan, estudian y se comunican. En pocos segundos una predicación puede llegar a millones de personas. Nunca antes había existido tanto acceso a Biblias, comentarios, libros y recursos para estudiar las Escrituras.
Sin embargo, esa facilidad también trae nuevos desafíos. La cantidad de información disponible no siempre significa que exista mayor conocimiento de la verdad. Muchas voces afirman hablar en nombre de Dios, pero enseñan cosas completamente diferentes entre sí. Algunas colocan las emociones por encima de la Palabra. Otras presentan un evangelio centrado en el bienestar humano, dejando a un lado el llamado al arrepentimiento, la santidad y la obediencia a Cristo.
Por esa razón, la necesidad de discernimiento es hoy tan importante como en cualquier otro momento de la historia de la Iglesia.
"Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios." 1 Juan 4:1
El creyente no debe aceptar una enseñanza simplemente porque sea popular, porque tenga millones de seguidores o porque resulte agradable de escuchar. La autoridad continúa siendo la misma que sostuvo a la Iglesia desde el principio: la Palabra de Dios.
"Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia." 2 Timoteo 3:16-17
Durante las últimas décadas, el Señor también ha levantado hombres que han dedicado su vida a enseñar fielmente las Escrituras. Entre ellos se encuentran J. I. Packer, quien recordó la importancia de conocer verdaderamente a Dios y no solo acumular información acerca de Él; John MacArthur, ampliamente reconocido por su predicación expositiva verso por verso; Sinclair Ferguson, quien ha escrito sobre la vida cristiana, la obra del Espíritu Santo y la centralidad de Cristo; R. C. Sproul, que explicó con claridad la santidad de Dios y la autoridad de las Escrituras; Joel Beeke, profundo conocedor de los puritanos y de la vida cristiana práctica; y Michael Horton, quien ha enfatizado la necesidad de mantener el evangelio en el centro de la vida de la Iglesia.
Sus diferencias en asuntos secundarios no eliminan una convicción compartida: la Iglesia necesita regresar constantemente a las Escrituras y mantener a Cristo como el centro de toda enseñanza.
Lo que la historia nos enseña
Después de recorrer casi quinientos años de historia, aparece un patrón que se repite una y otra vez.
Cuando la Iglesia deja de escuchar la Palabra de Dios, poco a poco comienza a desviarse. Puede conservar edificios, organizaciones, recursos económicos y una gran influencia social, pero pierde aquello que realmente le da vida: el evangelio.
En cambio, cuando la Iglesia vuelve humildemente a las Escrituras, Dios suele obrar de maneras sorprendentes. Así ocurrió con la Reforma. Así ocurrió con los puritanos. Así ocurrió durante los grandes despertamientos espirituales. Así ocurrió con el movimiento misionero moderno. Y así continúa ocurriendo en muchas partes del mundo.
La historia también nos enseña que Dios suele utilizar personas aparentemente comunes.
Muchos de los hombres y mujeres que marcaron profundamente la historia cristiana nunca buscaron convertirse en figuras famosas. Algunos fueron pastores de pequeñas congregaciones. Otros fueron maestros, impresores, traductores, madres que enseñaban las Escrituras a sus hijos, creyentes que copiaban Biblias a mano o misioneros que pasaron décadas sirviendo en lugares donde casi nadie conocía su nombre.
Desde una perspectiva humana, sus vidas parecían pequeñas. Sin embargo, Dios utilizó su fidelidad para bendecir a generaciones enteras.
"Además se requiere de los administradores, que cada uno sea hallado fiel." 1 Corintios 4:2
La historia de la Iglesia no gira alrededor de grandes personajes. Gira alrededor de un gran Salvador que, siglo tras siglo, continúa llamando, salvando, santificando y sosteniendo a su pueblo.
Cristo permanece inmutable
Al mirar toda la historia de la Iglesia es fácil concentrarse únicamente en los acontecimientos, las fechas o los nombres de quienes participaron en ellos. Sin embargo, el verdadero protagonista nunca ha cambiado.
Mientras los imperios aparecían y desaparecían, Cristo seguía reinando.
Mientras surgían falsas enseñanzas, Cristo seguía edificando su Iglesia.
Mientras algunos creyentes sufrían prisión, exilio o persecución, Cristo permanecía junto a ellos.
Mientras generaciones enteras nacían y morían, el evangelio continuaba anunciándose porque el Señor seguía cumpliendo su promesa.
"Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos." Hebreos 13:8
Esta verdad llena de esperanza al creyente. Nuestra confianza no descansa en líderes humanos, movimientos religiosos o instituciones. Todos ellos son limitados y pasajeros. Nuestra esperanza descansa únicamente en Cristo, quien gobierna soberanamente sobre la historia y jamás abandona a los que le pertenecen.
Juan Calvino escribió que la Iglesia puede parecer débil ante los ojos del mundo, pero jamás dejará de existir porque Dios mismo la sostiene. Siglos más tarde, Charles Spurgeon expresó una idea semejante al afirmar que la defensa más poderosa del evangelio no es la habilidad humana, sino la verdad de Dios obrando por medio de su Espíritu.
Estas afirmaciones resumen una de las grandes lecciones de toda la historia cristiana: el Señor nunca ha perdido el control de su Iglesia.
Una responsabilidad para nuestra generación
Ahora la historia continúa con nosotros.
Las generaciones futuras conocerán el cristianismo, en parte, por la fidelidad con la que los creyentes de hoy vivan y anuncien el evangelio.
Eso no significa que debamos intentar ser famosos o dejar nuestro nombre en los libros de historia. Significa vivir con integridad delante de Dios, amar su Palabra, servir a la Iglesia, anunciar a Cristo con humildad y permanecer firmes cuando aparezcan nuevas dificultades.
Los puritanos, los misioneros, los pastores fieles y tantos creyentes desconocidos que hemos estudiado no eran personas perfectas. También tuvieron debilidades, errores y luchas. Sin embargo, todos compartían una misma convicción: Cristo era digno de entregar toda la vida por Él.
Esa sigue siendo la misma llamada para la Iglesia de nuestros días.
"Sed firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano." 1 Corintios 15:58
La historia aún no ha terminado. Cristo continúa reuniendo a su pueblo de toda lengua, nación y cultura. Cada creyente forma parte de esa gran obra que comenzó hace dos mil años y que alcanzará su plenitud cuando el Señor regrese con gloria.
Entonces se cumplirá plenamente la visión contemplada por el apóstol Juan:
"...una gran multitud, la cual nadie podía contar, de todas naciones y tribus y pueblos y lenguas... clamaban a gran voz, diciendo: La salvación pertenece a nuestro Dios que está sentado en el trono, y al Cordero." Apocalipsis 7:9-10
Hasta ese día, la misión de la Iglesia permanece inalterable: anunciar fielmente el evangelio, hacer discípulos, vivir para la gloria de Dios y confiar en que el Señor seguirá edificando su Iglesia, tal como lo ha hecho en cada generación desde los días de los apóstoles.
Conclusión
La historia de la Iglesia no es simplemente el relato de acontecimientos pasados. Es el testimonio de la fidelidad de Dios obrando a través de personas comunes para cumplir un propósito eterno.
Desde los puritanos que anhelaron una Iglesia más fiel, pasando por los grandes despertamientos espirituales, el movimiento misionero moderno y los desafíos de la época contemporánea, una verdad permanece inalterable: Dios nunca ha abandonado a su pueblo.
Cada generación ha enfrentado errores distintos, persecuciones diferentes y circunstancias únicas. Sin embargo, el evangelio ha permanecido exactamente igual porque su fundamento no depende de la cultura ni de las ideas cambiantes del mundo, sino de Jesucristo, el Señor de la Iglesia.
Conocer esta historia no debe producir orgullo intelectual, sino gratitud. Nos recuerda que hoy disfrutamos de Biblias traducidas, himnos, confesiones de fe, libros y enseñanzas que existen gracias a creyentes que permanecieron fieles aun cuando eso les costó la libertad, la comodidad, sus bienes y, en muchos casos, la vida misma.
Ahora la responsabilidad pasa a nuestras manos. Somos llamados a amar las Escrituras, servir con humildad, vivir en santidad y transmitir fielmente el evangelio a la siguiente generación, confiando en que el mismo Dios que sostuvo a su Iglesia durante siglos seguirá siendo fiel hasta el regreso glorioso de Cristo.
"Al único y sabio Dios, sea gloria mediante Jesucristo para siempre. Amén." Romanos 16:27
Ejercicios para la libreta
- Escribe cinco enseñanzas que los puritanos dejaron a la Iglesia y explica con una o dos oraciones por qué siguen siendo importantes para los creyentes de hoy.
- Elabora una línea del tiempo sencilla con al menos seis acontecimientos importantes estudiados en esta lección, incluyendo sus fechas aproximadas y una breve descripción de cada uno.
- Lee Mateo 28:18-20 y escribe cómo el movimiento misionero moderno buscó obedecer este mandato de Jesucristo.
- Lee 2 Timoteo 3:16-17 y anota tres razones por las que la Biblia debe seguir siendo la autoridad suprema para la Iglesia en cualquier época de la historia.
- Escribe un párrafo respondiendo la siguiente pregunta: ¿Cuál fue la enseñanza más importante que aprendiste de esta lección y de qué manera puedes aplicarla en tu vida durante esta semana?