Quinta lección del estudio: Teología Histórica.
La Reforma, el regreso a las Escrituras y las confesiones de fe
Hubo un tiempo en que muchas personas podían entrar a una iglesia todos los domingos, escuchar ceremonias solemnes, contemplar edificios impresionantes y participar en innumerables prácticas religiosas, pero salir sin conocer realmente el evangelio. La Biblia existía, pero para la mayoría permanecía cerrada. La gracia de Dios era anunciada, pero con frecuencia quedaba escondida bajo una montaña de tradiciones humanas, temores y enseñanzas que alejaban a las personas de la seguridad que solo Cristo puede dar.
En medio de aquella oscuridad, Dios comenzó a levantar hombres comunes que volvieron sus ojos a las Escrituras. No buscaban fundar una religión nueva ni convertirse en personajes famosos. Su deseo era mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más profundo: que la Iglesia regresara a la Palabra de Dios y que Cristo ocupara nuevamente el lugar central que siempre le perteneció.
La Reforma del siglo XVI cambió la historia de la Iglesia y también la historia del mundo occidental. Gracias a ese movimiento, millones de personas pudieron leer la Biblia en su propio idioma, comprender el evangelio con mayor claridad y descubrir que la salvación no puede comprarse, ganarse ni merecerse, sino que es un regalo de Dios recibido únicamente por medio de la fe en Jesucristo.
Pero la Reforma no nació de la nada. Fue el resultado de muchos años de corrupción, errores doctrinales, luchas espirituales y personas que anhelaban volver a la verdad revelada por Dios. Comprender esta etapa de la historia nos ayuda a valorar aún más el inmenso privilegio que hoy tenemos de abrir libremente las Escrituras y conocer al Señor por medio de ellas.
Una Iglesia que necesitaba volver a la Palabra de Dios
Después de más de mil años de historia, la Iglesia occidental había acumulado muchas riquezas, poder político e influencia sobre reyes y naciones. En muchos aspectos había logrado estabilidad, pero al mismo tiempo comenzaron a crecer problemas muy graves.
No todos los líderes eran corruptos, ni toda la Iglesia había abandonado la verdad. Dios siempre preservó un pueblo fiel. Sin embargo, muchas enseñanzas humanas fueron ocupando el lugar que únicamente debía tener la Palabra de Dios.
La Biblia dejó de ser el centro de la vida espiritual de muchas congregaciones. Muy pocas personas podían leerla directamente. La mayoría dependía completamente de lo que otros les enseñaban.
Además, la Biblia se encontraba principalmente en latín, idioma que la mayor parte del pueblo ya no comprendía. Esto provocó que el conocimiento de las Escrituras quedara limitado a una pequeña parte de la población.
Con el paso del tiempo comenzaron a difundirse prácticas que no encontraban fundamento claro en la Palabra de Dios. Algunas surgieron con buenas intenciones, mientras que otras fueron producto del deseo de obtener poder, riqueza o influencia.
Muchos creyentes sinceros vivían con un profundo temor. No tenían la seguridad del perdón de sus pecados. Pensaban que nunca podrían hacer suficientes obras para alcanzar el favor de Dios.
Sin embargo, las Escrituras enseñan algo completamente diferente.
"Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe."
Efesios 2:8-9.
Ese mensaje tan sencillo había quedado oculto para muchas personas bajo una enorme cantidad de tradiciones y prácticas religiosas.
Dios, sin embargo, nunca abandona a su Iglesia. Aun cuando los hombres se desvían, Él continúa cumpliendo su propósito.
"La palabra del Señor permanece para siempre."
1 Pedro 1:25.
Dios preparó el camino muchos años antes
La Reforma no apareció de un día para otro. Mucho antes de Martín Lutero, Dios ya había levantado hombres que denunciaban varios de los problemas presentes dentro de la Iglesia.
Uno de ellos fue John Wycliffe (aproximadamente 1328-1384), en Inglaterra. Él estaba convencido de que toda persona debía tener acceso a la Biblia en su propio idioma. Bajo su dirección comenzó la traducción de las Escrituras al inglés, una labor extraordinaria para aquella época.
Wycliffe afirmaba que la autoridad suprema pertenecía a la Palabra de Dios y no a las tradiciones humanas cuando ambas entraban en conflicto.
Décadas después apareció Jan Hus (1372-1415), en Bohemia, actual República Checa. Inspirado por las enseñanzas de Wycliffe, comenzó a predicar con valentía que Cristo era la verdadera cabeza de la Iglesia.
Sus enseñanzas despertaron una fuerte oposición. Finalmente fue juzgado y condenado. El 6 de julio de 1415 murió en la hoguera durante el Concilio de Constanza.
Antes de morir declaró que prefería obedecer a Dios antes que negar la verdad que había encontrado en las Escrituras.
Muchos años más tarde, Martín Lutero reconocería la influencia que tuvieron hombres como Hus en el despertar espiritual que conduciría a la Reforma.
Estos creyentes no fueron perfectos. Como cualquier ser humano tuvieron limitaciones. Sin embargo, Dios los utilizó para preparar el terreno para una obra mucho mayor.
Esto nos recuerda que el Señor suele actuar durante generaciones antes de producir grandes cambios visibles.
La venta de indulgencias y el conflicto que despertó a Europa
Uno de los acontecimientos que más contribuyó al inicio de la Reforma fue la venta de indulgencias.
Las indulgencias eran documentos mediante los cuales se prometía una reducción del castigo temporal por los pecados. Con el paso del tiempo, esta práctica comenzó a utilizarse también para recaudar grandes cantidades de dinero.
Uno de los predicadores más conocidos fue Johann Tetzel, quien recorría distintas ciudades promoviendo estas indulgencias con afirmaciones que daban a entender que el dinero podía beneficiar incluso a familiares fallecidos.
Muchas personas, movidas por el temor y el deseo de ayudar a sus seres queridos, entregaban sus recursos creyendo que así obtenían mayor favor delante de Dios.
Sin embargo, ninguna parte de la Escritura enseña que el perdón pueda comprarse.
La Biblia declara claramente:
"En quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia."
Efesios 1:7.
El perdón fue comprado únicamente por Jesucristo mediante su sacrificio perfecto. Ningún dinero humano puede añadir algo a la obra consumada en la cruz.
La salvación pertenece completamente al Señor.
Martín Lutero y las noventa y cinco tesis
Martín Lutero nació el 10 de noviembre de 1483 en Eisleben, Alemania.
Durante muchos años vivió profundamente preocupado por la justicia de Dios. Oraba, ayunaba, confesaba sus pecados y procuraba agradar al Señor mediante una vida de intensa disciplina religiosa. Sin embargo, cuanto más intentaba alcanzar paz por sus propios esfuerzos, más consciente se volvía de su pecado.
Todo comenzó a cambiar mientras estudiaba cuidadosamente la carta a los Romanos.
Allí encontró unas palabras que transformarían no solo su vida, sino también la historia de la Iglesia.
"Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá."
Romanos 1:17.
Lutero comprendió que la justicia que salva al pecador no es una justicia producida por el esfuerzo humano, sino la justicia perfecta de Cristo que Dios concede gratuitamente al creyente.
Años después escribiría que aquellas palabras fueron como si las puertas del paraíso se hubieran abierto delante de él.
El 31 de octubre de 1517 publicó sus famosas noventa y cinco tesis en Wittenberg. Aunque durante mucho tiempo se ha representado el episodio clavándolas en la puerta de la iglesia del castillo, lo realmente importante no fue el lugar donde fueron colocadas, sino el contenido del documento.
Las tesis denunciaban principalmente los abusos relacionados con las indulgencias y llamaban a un debate público basado en las Escrituras.
Lutero todavía no imaginaba el enorme impacto que tendría aquel escrito. Gracias a la reciente invención de la imprenta por Johannes Gutenberg, desarrollada décadas antes alrededor de 1450, las tesis comenzaron a copiarse rápidamente y a difundirse por toda Alemania y luego por gran parte de Europa.
Lo que inicialmente parecía una discusión académica terminó convirtiéndose en uno de los acontecimientos más importantes de la historia del cristianismo.
El regreso a la autoridad de las Escrituras
El centro de la Reforma nunca fue un hombre. Tampoco fue un movimiento político. Su verdadero corazón fue el regreso a la autoridad suprema de la Palabra de Dios.
Los reformadores reconocieron que la Iglesia puede equivocarse, los concilios pueden equivocarse y los líderes también pueden equivocarse. Solamente las Escrituras son completamente verdaderas porque fueron inspiradas por Dios.
Pablo escribió:
"Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia."
2 Timoteo 3:16-17.
También el profeta Isaías declaró:
"Sécase la hierba, marchítase la flor; mas la palabra del Dios nuestro permanece para siempre."
Isaías 40:8.
Este principio transformó la predicación, la enseñanza y la vida de miles de iglesias. La autoridad ya no debía descansar sobre las opiniones humanas, sino sobre la revelación escrita de Dios.
Juan Calvino escribiría años después que las Escrituras poseen autoridad porque proceden de Dios mismo, no porque la Iglesia se la conceda. Del mismo modo, siglos más tarde, J. I. Packer recordó que la verdadera renovación espiritual siempre comienza cuando el pueblo de Dios vuelve a escuchar con humildad la voz del Señor en las Escrituras.
Este regreso a la Biblia produjo una transformación profunda. Los creyentes comenzaron a estudiar personalmente la Palabra, se impulsaron nuevas traducciones a diferentes idiomas y la predicación expositiva volvió a ocupar un lugar central en muchas congregaciones.
La Reforma no enseñó que toda tradición fuera mala. Lo que afirmó fue que toda tradición, toda enseñanza y toda práctica debían ser examinadas a la luz de la Palabra de Dios. Allí donde la Escritura hablaba con claridad, el creyente debía someterse a ella con humildad y confianza.
Ese principio continúa siendo necesario en cada generación. La Iglesia no permanece firme porque conserve costumbres antiguas, sino porque permanece edificada sobre la verdad eterna que Dios ha revelado en su Palabra.
La Reforma se extendió por Europa
Lo ocurrido en Wittenberg no quedó limitado a una sola ciudad. En pocos años, las ideas de la Reforma comenzaron a extenderse por gran parte de Europa. Dios levantó hombres en diferentes regiones que, aun con personalidades distintas y circunstancias diferentes, compartían una misma convicción: la Iglesia debía volver a la autoridad de las Escrituras y anunciar con claridad el evangelio de Jesucristo.
No todos trabajaron juntos desde el principio ni estuvieron de acuerdo en cada detalle. Hubo conversaciones difíciles, diferencias de interpretación y momentos de tensión. Sin embargo, coincidían en lo esencial: la salvación pertenece completamente a Dios y Cristo es el único mediador entre Dios y los hombres.
"Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre."
1 Timoteo 2:5.
Esta verdad comenzó a transformar iglesias, ciudades y naciones enteras. La predicación de la Biblia ocupó nuevamente el centro de la vida de muchas congregaciones. Miles de personas escuchaban por primera vez explicaciones continuas de los libros de la Escritura, en lugar de recibir únicamente enseñanzas aisladas o tradiciones acumuladas durante siglos.
Ulrico Zuinglio y la Reforma en Suiza
Mientras Martín Lutero desarrollaba su ministerio en Alemania, Dios también estaba obrando en Suiza por medio de Ulrico Zuinglio (1484-1531).
Zuinglio comenzó a predicar en la ciudad de Zúrich alrededor del año 1519. En lugar de seguir únicamente el calendario tradicional de lecturas, decidió enseñar la Biblia versículo por versículo. Para muchos fue algo completamente nuevo.
Su convicción era sencilla: si Dios habló en las Escrituras, entonces la Iglesia debía escuchar atentamente esa voz y obedecerla.
Poco a poco fueron desapareciendo diversas prácticas que no encontraban fundamento claro en la Biblia. La adoración comenzó a centrarse más en la predicación, la oración y la enseñanza de la Palabra.
Zuinglio insistía en que Cristo debía ocupar el lugar principal en toda la vida de la Iglesia.
Aunque posteriormente tuvo diferencias con Lutero respecto a la Cena del Señor, ambos compartían el profundo deseo de conducir nuevamente al pueblo hacia las Escrituras.
Este hecho también nos enseña algo importante: creyentes sinceros pueden tener diferencias en asuntos secundarios sin dejar de defender juntos las verdades esenciales del evangelio.
Juan Calvino y la consolidación de la Reforma
Entre los hombres que Dios utilizó durante este período destaca Juan Calvino (1509-1564).
Nació en Francia, pero desarrolló la mayor parte de su ministerio en la ciudad de Ginebra, Suiza. Allí dedicó su vida a enseñar las Escrituras, formar pastores y ayudar a organizar iglesias conforme al modelo bíblico.
Uno de sus aportes más importantes fue recordar constantemente que toda la vida pertenece a Dios. Para Calvino, la fe no debía limitarse al domingo ni al interior del templo. El señorío de Cristo debía reflejarse en el hogar, el trabajo, la educación, la justicia, el gobierno y cada aspecto de la existencia.
Su obra Institución de la Religión Cristiana, publicada por primera vez en 1536 y ampliada durante los años siguientes, se convirtió en una de las exposiciones más influyentes de la doctrina cristiana basada en las Escrituras.
Sin embargo, más importante que sus escritos fue su dedicación constante a la predicación. Durante años enseñó libro tras libro de la Biblia, convencido de que la Iglesia madura cuando escucha fielmente la voz de Dios.
Calvino escribió que el conocimiento verdadero de Dios siempre produce humildad y conduce al creyente a confiar únicamente en la gracia de Cristo. Esa idea continúa siendo una de las enseñanzas más valiosas de su ministerio.
Siglos después, R. C. Sproul recordaría que una comprensión correcta de la santidad de Dios siempre lleva al creyente a valorar mucho más la grandeza de la gracia revelada en Jesucristo.
La Dieta de Worms y una conciencia cautiva de la Palabra
El crecimiento de la Reforma produjo una fuerte oposición. Las autoridades civiles y religiosas convocaron a Martín Lutero para responder por sus escritos.
En abril de 1521 compareció ante la Dieta de Worms, una asamblea celebrada en el Sacro Imperio Romano Germánico.
Frente a emperadores, príncipes y representantes religiosos, se le pidió que retirara todo lo que había escrito.
Lutero pidió un día para responder. Sabía que aquella decisión podía costarle la vida.
Al día siguiente declaró que no podía retractarse si no era convencido por las Escrituras o por razones evidentes derivadas de ellas. Su conciencia, afirmó, estaba cautiva de la Palabra de Dios.
Más allá de la forma exacta en que fueron registradas sus palabras, el significado histórico permanece claro: ningún poder humano posee autoridad para obligar al creyente a negar lo que Dios ha revelado en las Escrituras.
Después de aquella reunión fue declarado fuera de la ley. Sin embargo, Dios preservó su vida mediante la protección de Federico el Sabio, quien organizó su permanencia en el castillo de Wartburg.
Durante ese tiempo Lutero aprovechó los meses de aislamiento para traducir el Nuevo Testamento al idioma alemán. Esa traducción permitió que innumerables personas leyeran por primera vez la Biblia en su propia lengua.
El acceso directo a las Escrituras fue uno de los frutos más importantes de la Reforma.
"Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino."
Salmo 119:105.
Las cinco solas
Con el paso de los años, las enseñanzas principales defendidas durante la Reforma fueron resumidas en cinco afirmaciones conocidas como las cinco solas. Estas expresiones no pretendían reemplazar la Biblia, sino resumir varias de sus enseñanzas fundamentales.
La primera afirma que únicamente las Escrituras constituyen la autoridad suprema para la fe y la vida de la Iglesia. Todo debe ser examinado a la luz de la Palabra de Dios.
"Escudriñad las Escrituras... ellas son las que dan testimonio de mí."
Juan 5:39.
La segunda enseña que la salvación es únicamente por gracia. Ningún ser humano puede ganar el favor de Dios mediante sus méritos.
"Nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia."
Tito 3:5.
La tercera declara que el pecador es justificado únicamente por medio de la fe en Jesucristo.
"Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo."
Romanos 5:1.
La cuarta afirma que Cristo es el único Salvador y el único Mediador entre Dios y los hombres.
"Y en ningún otro hay salvación."
Hechos 4:12.
La quinta enseña que toda la gloria pertenece únicamente a Dios. Ningún hombre puede atribuirse el mérito de la salvación ni ocupar el lugar que corresponde exclusivamente al Señor.
"Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos."
Romanos 11:36.
Estas cinco afirmaciones siguen recordando a la Iglesia que el centro del evangelio no es el esfuerzo humano, sino la obra perfecta de Dios realizada por medio de Jesucristo.
John Owen escribió siglos después que toda la esperanza del creyente descansa únicamente en Cristo y jamás en sus propios méritos. De manera semejante, Sinclair Ferguson ha señalado que cuanto más contempla el creyente la gracia de Dios, menos razones encuentra para confiar en sí mismo y mayor es su deseo de vivir para la gloria del Señor.
El regreso de la predicación bíblica
Uno de los cambios más visibles producidos por la Reforma fue el regreso de la predicación expositiva.
Durante siglos, en muchos lugares, la enseñanza sistemática de las Escrituras había perdido protagonismo. Los reformadores comprendieron que la Iglesia necesita alimentarse continuamente de la Palabra de Dios.
Por esa razón comenzaron a explicar libros completos de la Biblia, versículo por versículo, mostrando su contexto, su significado y su aplicación para la vida diaria.
Esta forma de enseñar permitió que las personas conocieran mejor el carácter de Dios, comprendieran el mensaje del evangelio y crecieran en madurez espiritual.
Pablo había dado esta misma instrucción a Timoteo muchos siglos antes:
"Que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo."
2 Timoteo 4:2.
La Reforma recordó a la Iglesia que ninguna opinión humana posee el poder para transformar el corazón. Es Dios quien obra mediante su Espíritu cuando su Palabra es anunciada con fidelidad.
Ese principio continúa siendo tan necesario hoy como lo fue hace quinientos años.
Las confesiones de fe y la necesidad de preservar la verdad
Después de que la Reforma comenzó a extenderse por Europa, surgió una nueva necesidad. Miles de personas estaban leyendo la Biblia, nacían nuevas congregaciones y numerosos pastores comenzaban a enseñar las Escrituras. Sin embargo, también aparecían interpretaciones equivocadas y enseñanzas contradictorias.
La Iglesia comprendió que no bastaba con decir que la Biblia era la autoridad suprema. También era necesario expresar con claridad qué enseñaba la Biblia acerca de Dios, de Cristo, de la salvación, de la Iglesia y de la vida cristiana.
Fue así como comenzaron a escribirse confesiones de fe y catecismos. Estos documentos no fueron elaborados para reemplazar las Escrituras. Su propósito era resumir de manera ordenada las principales enseñanzas bíblicas, proteger a las iglesias del error y servir como herramientas para enseñar a las nuevas generaciones.
En el libro de los Hechos encontramos un ejemplo del valor de expresar con claridad la verdad cuando surgían controversias. En el Concilio de Jerusalén, alrededor del año 49 d.C., los apóstoles examinaron cuidadosamente las Escrituras y dieron una respuesta conjunta para preservar el evangelio.
"Porque ha parecido bien al Espíritu Santo, y a nosotros…"
Hechos 15:28.
Desde los primeros siglos, la Iglesia entendió que era importante formular con precisión aquello que las Escrituras enseñaban.
La Confesión Belga
Una de las primeras confesiones más importantes fue la Confesión Belga, escrita en 1561 por Guido de Brès.
En aquellos años, muchos creyentes sufrían persecución en los Países Bajos. Eran acusados injustamente de ser rebeldes o enemigos del gobierno. Guido de Brès redactó esta confesión para demostrar que aquellos cristianos no buscaban provocar revoluciones políticas, sino permanecer fieles a la enseñanza de las Escrituras.
La Confesión Belga presenta de manera clara la doctrina acerca de Dios, la autoridad de las Escrituras, la persona y la obra de Cristo, la justificación por la fe, los sacramentos y la Iglesia.
Uno de sus aportes más importantes fue afirmar que únicamente la Biblia posee autoridad absoluta porque proviene de Dios mismo.
Guido de Brès pagó un alto precio por su fidelidad. Fue ejecutado en 1567, pero dejó un testimonio que continúa fortaleciendo a muchas iglesias hasta nuestros días.
Su vida recuerda las palabras del Señor Jesús:
"Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos."
Mateo 5:10.
El Catecismo de Heidelberg
Dos años después, en 1563, apareció otra de las obras más queridas de la Iglesia: el Catecismo de Heidelberg.
Fue preparado principalmente por Zacarías Ursino y Caspar Oleviano, en la ciudad alemana de Heidelberg.
A diferencia de otros documentos más extensos, este catecismo fue escrito en forma de preguntas y respuestas para facilitar la enseñanza tanto de niños como de adultos.
Su primera pregunta se convirtió en una de las declaraciones más conocidas de la historia del cristianismo:
"¿Cuál es tu único consuelo en la vida y en la muerte?"
La respuesta comienza diciendo:
"Que no me pertenezco a mí mismo, sino que pertenezco, en cuerpo y alma, tanto en la vida como en la muerte, a mi fiel Salvador Jesucristo."
Estas palabras resumen con gran belleza una verdad profundamente bíblica: el creyente pertenece completamente a Cristo porque fue comprado por su sangre.
"Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios."
1 Corintios 6:20.
Durante siglos, este catecismo ha ayudado a miles de familias a enseñar la fe cristiana dentro del hogar.
La Confesión de Westminster
Algunos años después, durante la Guerra Civil Inglesa, el Parlamento convocó una asamblea de pastores y estudiosos para elaborar una declaración doctrinal basada en las Escrituras.
La Asamblea de Westminster se reunió entre 1643 y 1653.
El resultado fue uno de los documentos doctrinales más completos de la historia de la Iglesia: la Confesión de Westminster, acompañada por el Catecismo Mayor y el Catecismo Menor.
Estos documentos presentan una explicación amplia de las enseñanzas bíblicas acerca de Dios, la creación, la providencia, el pecado, la salvación, la Iglesia, los sacramentos, la vida cristiana y la esperanza futura.
El Catecismo Menor comienza con otra pregunta que ha sido enseñada durante generaciones:
"¿Cuál es el fin principal del hombre?"
Su respuesta resume admirablemente el propósito de la existencia humana:
"El fin principal del hombre es glorificar a Dios y disfrutar de Él para siempre."
Esta afirmación refleja claramente la enseñanza bíblica.
"Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios."
1 Corintios 10:31.
Hasta la actualidad, la Confesión de Westminster continúa siendo una referencia doctrinal para numerosas iglesias alrededor del mundo.
¿Por qué siguen siendo importantes las confesiones?
Algunas personas piensan que las confesiones ya no son necesarias porque basta con tener una Biblia. Sin embargo, esta idea pasa por alto una realidad evidente: todas las personas interpretan las Escrituras de alguna manera.
La verdadera pregunta no es si tenemos una interpretación, sino si esa interpretación es fiel al conjunto de la enseñanza bíblica.
Las confesiones ayudan precisamente en ese propósito. Funcionan como un resumen cuidadosamente elaborado de las principales doctrinas enseñadas en la Palabra de Dios.
No poseen autoridad por sí mismas. Siempre están sujetas al juicio de las Escrituras. Si alguna afirmación contradijera la Biblia, debería ser corregida. Pero mientras expresan correctamente su enseñanza, sirven como herramientas muy valiosas para preservar la unidad doctrinal de la Iglesia.
Joel Beeke ha señalado que las confesiones no sustituyen el estudio personal de la Biblia; al contrario, orientan al creyente hacia una comprensión más profunda de ella. De manera similar, Michael Horton recuerda que estos documentos son el fruto de generaciones de creyentes que dedicaron su vida a estudiar cuidadosamente las Escrituras y defender el evangelio.
La historia demuestra que cuando las iglesias abandonan la sana enseñanza, tarde o temprano terminan alejándose también del evangelio.
Pablo escribió:
"Retén la forma de las sanas palabras que de mí oíste."
2 Timoteo 1:13.
Y también exhortó:
"Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello."
1 Timoteo 4:16.
La Reforma continúa llamando a la Iglesia
La Reforma fue un acontecimiento histórico, pero su llamado sigue siendo necesario en cada generación.
El corazón humano continúa siendo el mismo. Existe la misma tendencia a confiar en nuestras propias obras, a colocar las tradiciones por encima de la Palabra de Dios o a sustituir el evangelio por enseñanzas que agradan al hombre.
Por eso, el mayor legado de la Reforma no fue una fecha, un movimiento o un grupo de personas. Su legado fue recordar que la Iglesia pertenece a Cristo, que la Biblia es la autoridad suprema para la fe y la vida, que el pecador es salvado únicamente por la gracia de Dios mediante la fe en Jesucristo y que toda la gloria pertenece exclusivamente al Señor.
Charles Spurgeon escribió que una Biblia bien conocida vale más que muchas ideas humanas. En nuestros días, Steven Lawson ha insistido en que la verdadera renovación espiritual nunca comienza con estrategias humanas, sino cuando el pueblo de Dios vuelve a escuchar la voz del Señor en las Escrituras.
La historia confirma esta verdad una y otra vez. Cada vez que la Iglesia ha regresado humildemente a la Palabra de Dios, el Señor ha producido renovación, crecimiento y fidelidad.
Ese mismo llamado permanece vigente para nosotros.
"Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad."
Juan 17:17.
No somos llamados simplemente a admirar la Reforma como un acontecimiento del pasado. Somos llamados a vivir hoy bajo la autoridad de las Escrituras, a amar profundamente a Cristo, a anunciar fielmente el evangelio y a transmitir la verdad a las generaciones que vendrán después de nosotros.
Conclusión
La Reforma del siglo XVI no fue una revolución nacida del orgullo humano, sino un regreso decidido a la verdad revelada por Dios. En un tiempo de profunda confusión, el Señor levantó hombres que reconocieron que la esperanza de la Iglesia no estaba en nuevas ideas ni en el poder de las instituciones, sino en volver a escuchar la voz de Dios por medio de las Escrituras.
Ese regreso transformó la predicación, impulsó la traducción de la Biblia a numerosos idiomas, fortaleció la enseñanza del evangelio y dio origen a confesiones de fe que ayudaron a preservar la verdad para las generaciones futuras.
Hoy disfrutamos de muchos privilegios que aquellos creyentes no tuvieron. Podemos leer la Biblia libremente, estudiarla con facilidad y acceder a una enorme cantidad de recursos. Sin embargo, ese privilegio también trae una gran responsabilidad. No basta con tener una Biblia abierta; debemos acercarnos a ella con humildad, permitir que ella examine nuestro corazón y someternos a su autoridad.
La historia demuestra que la Iglesia permanece firme cuando Cristo ocupa el centro y cuando la Palabra de Dios gobierna la vida de su pueblo. Ese sigue siendo el camino para cada creyente y para cada generación.
Ejercicios para la libreta de apuntes
- Escribe cinco razones por las que la Reforma fue necesaria y busca un versículo bíblico que apoye cada una de ellas.
- Lee Romanos 1:16-17 y Efesios 2:8-9. Después, explica con tus propias palabras qué significa que la salvación es un regalo de Dios y no el resultado de nuestras obras.
- Haz una tabla con tres columnas. En la primera escribe el nombre de Martín Lutero, Ulrico Zuinglio y Juan Calvino. En la segunda anota el principal aporte de cada uno. En la tercera escribe una enseñanza que puedes aplicar a tu vida.
- Lee 2 Timoteo 3:16-17 y Salmo 119:105. Escribe un breve párrafo explicando por qué las Escrituras deben ser la autoridad principal para la vida del creyente.
- Escribe una reflexión de aproximadamente diez líneas respondiendo esta pregunta: ¿Qué cambios debería producir en mi vida el hecho de que toda la gloria pertenece únicamente a Dios?