Teología Histórica - Lección 5

Quinta lección del estudio: Teología Histórica.

La Reforma, el regreso a las Escrituras y las confesiones de fe

El 31 de octubre de 1517, un monje alemán llamado Martín Lutero hizo públicas en Wittenberg una serie de 95 tesis que cuestionaban especialmente la venta de indulgencias. Aquel acto no parecía anunciar uno de los cambios más profundos de la historia de la Iglesia. Lutero todavía no comprendía todas las consecuencias de lo que estaba comenzando. Sin embargo, detrás de aquella controversia había una pregunta mucho mayor: ¿quién tiene la autoridad final para decirle a la Iglesia qué debe creer?

La Reforma del siglo XVI no surgió porque un grupo de hombres quisiera simplemente fundar iglesias nuevas. Tampoco puede reducirse a la personalidad de Lutero. Existían problemas acumulados durante siglos, intentos anteriores de reforma y un creciente deseo de volver a las fuentes. En el centro del conflicto apareció nuevamente la autoridad de las Escrituras y, junto con ella, preguntas fundamentales acerca del evangelio, la gracia, la fe, Cristo y la verdadera naturaleza de la Iglesia.

Una Iglesia que necesitaba ser corregida

A comienzos del siglo XVI, la Iglesia occidental poseía una enorme influencia religiosa, social y política. Pero esa influencia convivía con abusos serios. Había corrupción entre miembros del clero, intereses políticos, acumulación de riquezas y prácticas religiosas que con frecuencia confundían al pueblo acerca del evangelio.

Uno de los asuntos que provocó mayor controversia fue la predicación y venta de indulgencias. Aunque el sistema era más complejo que simplemente “comprar el perdón”, en la práctica podía transmitir al pueblo la peligrosa impresión de que las consecuencias del pecado podían solucionarse mediante dinero y acciones religiosas.

Esto chocaba con el mensaje que Lutero encontraba al estudiar las Escrituras. Romanos declaraba:

“Mas el justo por la fe vivirá” (Romanos 1:17).

El problema era mucho más profundo que corregir algunos abusos. Si el ser humano es pecador delante de Dios, ninguna cantidad de dinero, ceremonias o méritos humanos puede reconciliarlo con su Creador. La salvación debía entenderse nuevamente a la luz del evangelio.

El regreso a la autoridad de la Palabra

Uno de los principios centrales de la Reforma fue conocido como Sola Scriptura, es decir, la Escritura como autoridad suprema para determinar lo que la Iglesia debe creer y enseñar.

Esto no significaba rechazar automáticamente todo lo enseñado por los cristianos del pasado. Los reformadores leyeron ampliamente a autores antiguos como Agustín de Hipona y valoraron los credos históricos de la Iglesia. El punto era diferente: ninguna tradición, concilio, líder religioso o maestro podía colocarse al mismo nivel que la Palabra de Dios.

Jesús mismo reprendió a quienes elevaban las tradiciones humanas por encima del mandato divino:

“Invalidando la palabra de Dios con vuestra tradición que habéis transmitido” (Marcos 7:13).

La Iglesia no está por encima de las Escrituras. Está debajo de ellas. No posee autoridad para inventar nuevas verdades reveladas, sino la responsabilidad de escuchar, enseñar y obedecer lo que Dios ha hablado.

Este principio tuvo consecuencias enormes. Si la Biblia era la norma suprema, debía ser estudiada cuidadosamente, predicada con claridad y puesta al alcance del pueblo.

La Biblia nuevamente en manos del pueblo

La Reforma coincidió con un cambio tecnológico decisivo: la expansión de la imprenta de tipos móviles en Europa durante el siglo XV. Esto permitió producir libros con mucha mayor rapidez que mediante la copia manual.

Lutero tradujo el Nuevo Testamento al alemán y lo publicó en 1522. La Biblia alemana completa apareció en 1534. Su propósito era que hombres y mujeres pudieran escuchar y leer las Escrituras en una lengua que comprendieran.

En Inglaterra ocurrió algo parecido. William Tyndale trabajó para traducir las Escrituras directamente desde sus lenguas originales al inglés. Su Nuevo Testamento apareció en 1526. Su trabajo encontró una fuerte oposición y Tyndale fue ejecutado en 1536, pero su traducción ejercería una enorme influencia sobre posteriores Biblias inglesas.

Detrás de estos esfuerzos había una convicción sencilla: la Palabra de Dios no debía permanecer encerrada entre especialistas.

“Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino” (Salmo 119:105).

La salvación volvió al centro

El regreso a las Escrituras llevó inevitablemente a examinar cómo puede un pecador ser declarado justo delante de Dios.

Los reformadores insistieron en que la justificación es recibida por medio de la fe, no conseguida mediante méritos humanos. Las buenas obras tienen un lugar indispensable en la vida cristiana, pero son fruto de la salvación y no su precio.

Pablo lo expresa con extraordinaria claridad:

“Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley” (Romanos 3:28).

Y también:

“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios” (Efesios 2:8).

Juan Calvino, cuya obra más conocida comenzó a publicarse en 1536, explicó cuidadosamente que nuestra aceptación delante de Dios descansa en Cristo. El creyente no presenta delante del Juez sus propios méritos como fundamento de esperanza. Descansa en la justicia de Cristo recibida por la fe.

Esto protegía el corazón mismo del evangelio. La pregunta dejaba de ser cuánto mérito puede acumular el pecador y pasaba a ser qué ha hecho Cristo en favor de pecadores que no podían salvarse a sí mismos.

Cristo suficiente para pecadores insuficientes

La Reforma también recuperó con fuerza la suficiencia de Cristo. Jesucristo no vino simplemente para ayudarnos a completar aquello que nosotros comenzamos. Él es el único Mediador entre Dios y los hombres.

“Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (1 Timoteo 2:5).

Su vida perfecta, su muerte sustitutiva y su resurrección constituyen el fundamento de nuestra reconciliación con Dios.

Por eso la Reforma puede resumirse alrededor de grandes convicciones: la Escritura posee la autoridad suprema; la salvación es por gracia; se recibe mediante la fe; Cristo es el único fundamento suficiente de nuestra salvación; y toda la gloria pertenece finalmente a Dios.

La Reforma no fue obra de un solo hombre

Concentrarse únicamente en Lutero sería históricamente insuficiente. En distintos lugares surgieron movimientos de reforma relacionados entre sí, aunque no siempre estuvieron de acuerdo en todos los asuntos.

Ulrico Zuinglio dirigió importantes cambios en Zúrich durante la década de 1520. Juan Calvino ejerció posteriormente una enorme influencia desde Ginebra. Heinrich Bullinger continuó la labor en Zúrich. En Escocia, John Knox desempeñó un papel fundamental en el desarrollo de la Iglesia reformada escocesa.

Tampoco debemos presentar a estos hombres como héroes perfectos. Cometieron errores, sostuvieron desacuerdos importantes y algunas decisiones tomadas durante aquel período merecen una evaluación crítica. La fidelidad de Dios no depende de que sus instrumentos sean impecables.

La Reforma debe conducirnos, por tanto, no a glorificar hombres, sino a agradecer que Dios puede utilizar personas limitadas para dirigir nuevamente la atención de la Iglesia hacia su Palabra.

Por qué aparecieron las confesiones de fe

Una vez que las iglesias comenzaron a organizarse alrededor de las enseñanzas recuperadas de las Escrituras, apareció una necesidad práctica: explicar claramente qué creían.

Así surgieron importantes confesiones y catecismos. No pretendían sustituir la Biblia. Su función era resumir ordenadamente lo que las iglesias entendían que la Biblia enseñaba.

Entre los documentos más importantes encontramos la Confesión Belga de 1561, el Catecismo de Heidelberg de 1563 y, posteriormente, la Confesión de Fe de Westminster, terminada durante la década de 1640.

Estos documentos trataban asuntos como las Escrituras, Dios, Cristo, la salvación, la Iglesia, los sacramentos, la vida cristiana y la esperanza futura.

La Confesión de Westminster comienza su exposición destacando la necesidad y autoridad de las Escrituras. Su preocupación fundamental era que la fe de la Iglesia pudiera ser examinada a la luz de aquello que Dios había revelado.

Años después, el puritano John Owen insistiría repetidamente en la necesidad de que la vida cristiana estuviera gobernada por la Palabra y centrada en Cristo. Siglos más tarde, autores como J. I. Packer, R. C. Sproul y Sinclair Ferguson han continuado explicando estas mismas convicciones a nuevas generaciones.

Las confesiones no reemplazan la Biblia

Aquí debemos mantener una diferencia fundamental. Una confesión puede equivocarse; la Palabra de Dios no.

Por eso una confesión saludable funciona como un mapa, no como el territorio mismo. Ayuda a organizar y expresar las grandes enseñanzas bíblicas, pero siempre debe permanecer sometida a las Escrituras.

Esto también protege a la Iglesia del individualismo. Decir “solo necesito mi Biblia” puede parecer humilde, pero fácilmente podemos interpretar las Escrituras según nuestras propias ideas sin reconocerlo. Las confesiones permiten escuchar cómo generaciones anteriores entendieron las grandes doctrinas cristianas y comparar nuestras conclusiones con las de creyentes que estudiaron cuidadosamente estos mismos textos.

Los cristianos de Berea ofrecen un modelo excelente:

“Escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así” (Hechos 17:11).

No aceptaban una enseñanza simplemente porque alguien importante la pronunciara. La examinaban mediante las Escrituras.

Una Reforma que sigue hablando

Más de quinientos años después de 1517, la gran lección de la Reforma continúa siendo necesaria. Toda generación cristiana enfrenta la tentación de colocar algo por encima o al lado de la Palabra de Dios: la cultura, las emociones, las preferencias personales, líderes admirados, tradiciones o ideas populares.

El verdadero legado de la Reforma no consiste en repetir nombres históricos ni celebrar acontecimientos del siglo XVI. Consiste en volver constantemente a las Escrituras.

La Iglesia necesita preguntarse una y otra vez: ¿esto que creemos realmente está escrito? ¿Nuestra predicación conduce hacia Cristo? ¿Nuestra confianza descansa en la gracia de Dios o en nuestros méritos? ¿Estamos obedeciendo la Palabra o solamente conservando nuestras costumbres?

Pablo escribió:

“Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia” (2 Timoteo 3:16).

La Reforma recuerda algo que la Iglesia nunca debe olvidar: no somos dueños de la verdad que Dios ha revelado. Somos receptores de ella. Nuestra responsabilidad es conocerla, conservarla, enseñarla y vivir bajo su autoridad.

Lutero, Calvino, Tyndale, Knox, los puritanos y los autores de las grandes confesiones murieron hace siglos. Cristo permanece. Las instituciones humanas cambian. La Palabra permanece. Las generaciones aparecen y desaparecen, pero el evangelio continúa anunciando la misma esperanza: pecadores culpables pueden ser reconciliados gratuitamente con Dios únicamente por medio de Jesucristo.

“Mas la palabra del Señor permanece para siempre” (1 Pedro 1:25).

Ejercicios prácticos

  1. Ordena los acontecimientos. Escribe en tu libreta estos cuatro acontecimientos en orden cronológico: publicación del Nuevo Testamento alemán de Lutero, 95 tesis de Lutero, Confesión Belga y Catecismo de Heidelberg. Después coloca el año correspondiente junto a cada uno.
  2. Explica con tus propias palabras. Escribe entre tres y cinco líneas explicando qué significa afirmar que las Escrituras poseen la autoridad suprema para la Iglesia.
  3. Lee y compara. Lee Romanos 3:21-28 y Efesios 2:8-10. Anota qué enseñan ambos pasajes acerca de la fe, la gracia, las obras y la salvación.
  4. Distingue Biblia y confesión. Divide una página en dos columnas. En una escribe “Escrituras” y en la otra “Confesiones”. Anota al menos tres diferencias entre ambas y explica por qué una confesión nunca debe tener la misma autoridad que la Palabra de Dios.
  5. Aplica la lección. Escribe tres ejemplos de ideas, costumbres o enseñanzas que un cristiano debería examinar mediante las Escrituras antes de aceptarlas como verdaderas. Junto a cada ejemplo escribe un pasaje bíblico que pueda ayudarte a evaluarlo.