Primera lección del estudio: Teología Sistemática.
¿Qué es la Teología Sistemática y por qué es importante?
Una persona puede conocer muchos versículos de memoria y, aun así, tener grandes vacíos en su comprensión de la fe. Puede saber que Dios es amor, que Cristo murió por los pecadores y que existe una vida eterna, pero ¿cómo se relacionan todas estas verdades? ¿Quién es Dios? ¿Qué ocurrió realmente con el ser humano después de la caída? ¿Por qué era necesaria la muerte de Cristo? ¿Qué sucede cuando Dios salva a una persona? ¿Qué es la Iglesia? ¿Qué ocurrirá al final de la historia?
Estas preguntas no están aisladas. Son como habitaciones que pertenecen a una misma casa. Si observamos solamente una habitación, conoceremos algo verdadero de ella, pero todavía no comprenderemos la estructura completa del edificio.
Algo parecido ocurre cuando abrimos la Biblia.
Las Escrituras contienen 66 libros escritos por distintos autores humanos, en diferentes épocas y circunstancias. Encontramos historia, poesía, profecía, cartas, sabiduría, mandamientos y relatos. Sin embargo, detrás de toda esa diversidad existe una profunda unidad, porque el mismo Dios habla a través de su Palabra.
“Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia.” (2 Timoteo 3:16)
Por eso, estudiar las grandes enseñanzas de la Biblia consiste en escuchar todo lo que Dios ha revelado acerca de un asunto y procurar comprender cómo esas verdades se relacionan entre sí.
Escuchar toda la Escritura
Supongamos que queremos responder una pregunta aparentemente sencilla: ¿quién es Dios?
No sería suficiente abrir un solo versículo y construir toda nuestra respuesta alrededor de él. Tendríamos que escuchar Génesis cuando presenta a Dios como Creador; Éxodo cuando revela su santidad y su nombre; los Salmos cuando proclaman su grandeza; Isaías cuando anuncia que solamente Él es Dios; los Evangelios cuando muestran al Padre enviando al Hijo; y las cartas cuando explican con mayor profundidad la obra del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Cada pasaje aporta algo verdadero. Ninguno debe ser enfrentado contra los demás.
La pregunta correcta no es solamente: “¿Qué dice este versículo?”. También debemos preguntar: “¿Qué enseña toda la Escritura acerca de esto?”.
Jesús mismo mostró que las Escrituras poseen esta unidad. Después de su resurrección caminó con dos discípulos hacia Emaús. Ellos estaban confundidos por su muerte y todavía no comprendían cómo encajaban los acontecimientos que acababan de presenciar. Entonces Cristo hizo algo extraordinario:
“Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían.” (Lucas 24:27)
Jesús no trató las Escrituras como una colección desordenada de pensamientos religiosos. Les mostró que existía una historia coherente cuyo cumplimiento estaba delante de ellos.
Este principio resulta fundamental. Cuando estudiamos una enseñanza bíblica, no estamos intentando colocar nuestras ideas sobre la Biblia. Hacemos justamente lo contrario: permitimos que la Biblia corrija nuestras ideas.
Dios ha hablado y nosotros escuchamos
Todo comienza con una verdad sencilla pero decisiva: Dios existe y ha decidido darse a conocer.
Nosotros no podemos descubrir quién es Dios simplemente mirando dentro de nosotros mismos. Nuestra mente es limitada y, además, el pecado afecta nuestra manera de pensar. Si dependiéramos únicamente de nuestras conclusiones, terminaríamos construyendo una versión de Dios conforme a nuestros deseos.
Pero Dios no permaneció en silencio.
“Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo.” (Hebreos 1:1-2)
Observemos el orden. Dios habla; nosotros escuchamos. Dios revela; nosotros recibimos. Dios establece la verdad; nosotros debemos someternos a ella.
Esta diferencia protege al creyente de un error muy común: comenzar con una opinión personal y después buscar versículos que parezcan confirmarla.
La Biblia debe hacer exactamente lo contrario. Debe corregirnos.
Cuando nuestras ideas acerca de Dios, del pecado, de Cristo, de la salvación o de cualquier otra enseñanza contradicen claramente las Escrituras, no necesitamos modificar la Biblia para conservar nuestras ideas. Necesitamos abandonar nuestras ideas para permanecer bajo la autoridad de la Palabra.
Juan Calvino expresó este principio con enorme fuerza durante el siglo XVI. En 1536 publicó la primera edición de su obra Institución de la religión cristiana, que posteriormente amplió durante años. Su propósito no era reemplazar las Escrituras, sino ayudar al creyente a comprender de manera ordenada las grandes verdades que ellas enseñan. Para Calvino, conocer verdaderamente a Dios también nos obliga a reconocer quiénes somos delante de Él.
Este orden sigue siendo esencial.
No estudiamos estas verdades para sentirnos intelectualmente superiores. Las estudiamos porque queremos conocer mejor al Dios que adoramos.
Ordenar no significa alterar
Aquí debemos aclarar algo importante.
La Biblia no fue escrita como un manual dividido en capítulos llamados “Dios”, “el hombre”, “Cristo”, “salvación”, “Iglesia” y “últimas cosas”. Génesis comienza con la creación; los Evangelios narran la vida y obra de Cristo; Romanos explica grandes verdades acerca del pecado y la salvación; Apocalipsis dirige nuestra mirada hacia la consumación de todas las cosas.
Entonces, ¿por qué organizar sus enseñanzas?
Porque hacerlo nos permite contemplar con mayor claridad todo lo que Dios ha dicho acerca de un asunto determinado.
Pensemos en una mesa sobre la cual colocamos todas las piezas de un rompecabezas. Las piezas ya existen. Nosotros no fabricamos ninguna. Nuestra tarea consiste en observarlas cuidadosamente y reconocer cómo se relacionan.
De manera semejante, cuando estudiamos la doctrina de la salvación, reunimos lo que las Escrituras enseñan acerca del pecado, la elección, el llamado de Dios, el nuevo nacimiento, la fe, el arrepentimiento, la justificación, la adopción, la santificación, la perseverancia y la glorificación.
No inventamos esas verdades. Las encontramos en la Palabra.
Por ejemplo, Pablo escribe:
“A los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó.” (Romanos 8:30)
En pocas palabras encontramos varias realidades profundamente relacionadas. Otros pasajes amplían nuestra comprensión de cada una de ellas. Al estudiarlos juntos podemos contemplar con mayor claridad la obra completa de Dios en la salvación.
La verdad forma un todo
Una de las razones por las que este estudio es tan importante es que las enseñanzas bíblicas están conectadas.
Lo que creemos acerca de Dios afectará nuestra comprensión del ser humano. Lo que creemos acerca del pecado determinará cómo entendemos nuestra necesidad de Cristo. Lo que creemos acerca de Cristo afectará nuestra comprensión de la cruz. Lo que creemos acerca de la salvación determinará a quién atribuimos finalmente la gloria por ella.
Un error en una parte puede terminar afectando muchas otras.
Si reducimos la gravedad del pecado, también reduciremos nuestra comprensión de la gracia. Si pensamos que el ser humano solamente necesita mejorar algunas conductas, Cristo terminará pareciendo simplemente un maestro que nos ayuda a vivir mejor. Pero si aceptamos el diagnóstico bíblico de nuestra condición, comprendemos por qué necesitábamos mucho más que consejos.
Pablo describe nuestra antigua condición con palabras contundentes:
“Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados.” (Efesios 2:1)
El problema era más profundo de lo que normalmente queremos admitir. Y precisamente por eso la salvación es mucho más gloriosa de lo que solemos comprender.
El mismo capítulo declara:
“Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo.” (Efesios 2:4-5)
Cuando las distintas enseñanzas de las Escrituras comienzan a conectarse delante de nuestros ojos, también comenzamos a contemplar con mayor claridad la grandeza de la obra de Dios.
Y este es apenas el comienzo.
Porque conocer correctamente estas verdades no solamente ordena nuestra mente. También transforma nuestra manera de ver a Dios, comprendernos a nosotros mismos y vivir cada día delante de Él.
Conocer la verdad transforma nuestra manera de vivir
Existe un error que debemos evitar desde el principio: pensar que estudiar profundamente las enseñanzas de la Biblia sirve solamente para acumular información.
Una persona podría aprender muchos conceptos, conocer numerosos versículos e incluso explicar correctamente ciertas doctrinas, pero permanecer orgullosa, indiferente, impaciente y distante de Dios. Cuando eso sucede, el conocimiento no está produciendo aquello para lo cual fue dado.
La verdad bíblica no fue revelada simplemente para llenar nuestra mente. Fue dada para llevarnos a conocer, amar, obedecer y adorar a Dios.
Pablo muestra esta relación cuando escribe:
“Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional.” (Romanos 12:1)
Estas palabras aparecen después de once capítulos en los que Pablo ha explicado grandes verdades acerca del pecado, la justicia de Dios, la obra de Cristo, la justificación, la vida en el Espíritu, la elección y la misericordia divina.
Entonces llega Romanos 12 y prácticamente dice: ahora vivan a la luz de todo esto.
Ese orden es importante.
Dios no nos llama primero a transformarnos para después recibir su misericordia. Nos muestra su misericordia en Cristo y, sobre ese fundamento, nos llama a vivir para Él.
La verdad conduce a la vida.
Una raíz profunda sostiene una vida firme
Pensemos en un árbol durante una tormenta. Lo primero que vemos son sus ramas agitándose violentamente. Pero aquello que determinará si permanece en pie está debajo de la tierra.
Sus raíces.
Algo semejante ocurre con el creyente. Hay momentos en los que nuestra vida parece tranquila, pero llegarán temporadas de sufrimiento, dudas, pérdidas, tentaciones y preguntas difíciles. En esos momentos descubrimos si nuestra confianza estaba apoyada principalmente en nuestras emociones o en verdades firmes acerca de Dios.
Cuando una persona sabe que Dios es soberano, el sufrimiento no significa que Dios haya perdido el control.
Cuando sabe que Dios es bueno, una circunstancia dolorosa no demuestra que Él haya dejado de amar a sus hijos.
Cuando comprende la justificación por la fe, puede luchar contra la culpa recordando que su aceptación delante de Dios descansa en la justicia de Cristo y no en la perfección de su desempeño.
Cuando comprende la adopción, puede acercarse a Dios sabiendo que en Cristo ha sido recibido como hijo.
Cuando comprende la perseverancia de los santos, aprende que su seguridad final no descansa simplemente en la fuerza con la que él sostiene a Cristo, sino en la fidelidad de Cristo sosteniéndolo a él.
Jesús dijo:
“Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano.” (Juan 10:27-28)
Una verdad como esta deja de ser solamente una frase aprendida cuando llega una temporada difícil. Entonces se convierte en una roca sobre la cual podemos descansar.
También nos protege del error
No todo mensaje que menciona a Dios es verdadero. No toda predicación que utiliza versículos interpreta correctamente las Escrituras. Tampoco toda enseñanza que parece espiritual conduce necesariamente a Cristo.
Este problema no comenzó en nuestra generación.
La Iglesia tuvo que enfrentarlo desde sus primeros años.
Pablo advirtió a los creyentes de Galacia porque estaban recibiendo un mensaje que alteraba el evangelio:
“Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema.” (Gálatas 1:8)
La intensidad de estas palabras muestra algo importante: la verdad importa.
No podemos decir que todas las diferencias doctrinales carecen de importancia. Algunas diferencias pueden existir entre creyentes fieles sin destruir el centro de la fe cristiana. Pero otras afectan directamente quién es Dios, quién es Cristo o cómo puede un pecador ser reconciliado con Dios.
Por eso necesitamos aprender a distinguir.
Durante el siglo IV, por ejemplo, surgió una enorme controversia acerca de la identidad de Jesucristo. Arrio enseñaba que el Hijo no era eterno de la misma manera que el Padre, sino una criatura extraordinariamente elevada. La discusión llegó al Concilio de Nicea en el año 325.
A primera vista, alguien podría preguntarse por qué era necesaria tanta precisión.
Pero la pregunta era enorme: ¿Jesucristo es verdaderamente Dios o solamente una criatura?
Las Escrituras no dejan a Cristo en una categoría intermedia.
Juan declara:
“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.” (Juan 1:1)
Y más adelante afirma:
“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros.” (Juan 1:14)
La Iglesia no necesitaba inventar una nueva identidad para Jesús. Necesitaba expresar con fidelidad lo que las Escrituras ya revelaban acerca de Él.
Este ejemplo histórico nos recuerda por qué debemos conocer bien nuestra fe. Cuando no sabemos lo que creemos, resulta mucho más fácil aceptar enseñanzas falsas simplemente porque parecen atractivas, emocionantes o convincentes.
Debemos aprender a pensar bíblicamente
Una de las grandes ventajas de estudiar las enseñanzas de la Escritura de manera ordenada es que comenzamos a desarrollar una visión bíblica de la realidad.
Ya no preguntamos solamente: “¿Qué pienso acerca de esto?”.
Comenzamos a preguntar: “¿Qué ha dicho Dios?”.
Ese cambio afecta nuestra manera de comprender la vida.
Cuando pensamos en el ser humano, recordamos que fue creado a imagen de Dios, pero también que ha sido profundamente afectado por el pecado.
Cuando pensamos en la historia, sabemos que no avanza sin dirección, sino bajo el gobierno de Dios y hacia el cumplimiento de sus propósitos.
Cuando pensamos en la salvación, comprendemos que no comienza con la capacidad humana de alcanzar a Dios, sino con la gracia de Dios descendiendo hacia pecadores que no podían salvarse a sí mismos.
Cuando pensamos en la muerte, sabemos que es un enemigo real, pero también sabemos que Cristo la venció mediante su resurrección.
Cuando pensamos en el futuro, no dependemos de especulaciones humanas. Esperamos el regreso de Cristo, la resurrección de los muertos, el juicio y la restauración final de todas las cosas conforme a la promesa de Dios.
Así, poco a poco, la Biblia comienza a cambiar las lentes con las que observamos la realidad.
La doctrina debe terminar en adoración
Quizá uno de los mejores ejemplos de cómo debe terminar el conocimiento de Dios aparece al final de Romanos 11.
Después de desarrollar algunas de las verdades más profundas de toda la carta, Pablo no termina admirando su propia capacidad para comprenderlas.
Termina adorando.
“¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos!” (Romanos 11:33)
Y después declara:
“Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén.” (Romanos 11:36)
Este debería ser también nuestro destino.
Cuanto más comprendemos la santidad de Dios, más reconocemos nuestra pequeñez. Cuanto más comprendemos nuestro pecado, más extraordinaria aparece la gracia. Cuanto más comprendemos la persona de Cristo, más razones encontramos para adorarlo. Cuanto más contemplamos la obra de la salvación, menos espacio queda para nuestra jactancia.
El verdadero conocimiento de Dios no alimenta el orgullo.
Lo destruye.
Nos lleva a reconocer que todo procede de Él, depende de Él y finalmente existe para su gloria.
Por eso estudiar cuidadosamente las grandes verdades de las Escrituras no debería producir personas que solamente sepan discutir mejor. Debería producir creyentes más humildes, más firmes, más agradecidos y más maravillados ante la grandeza de Dios.
Cristo mantiene unidas las grandes verdades de la Escritura
Al estudiar cada enseñanza por separado existe un peligro que debemos reconocer: podemos conocer correctamente muchas partes de la Biblia y perder de vista a la persona hacia quien toda la historia de la redención nos conduce.
Cristo no debe convertirse simplemente en un tema más dentro de una larga lista.
Él ocupa un lugar central en el propósito redentor de Dios.
Jesús explicó esto después de su resurrección. Hablando con sus discípulos, declaró:
“Estas son las palabras que os hablé, estando aún con vosotros: que era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos.” (Lucas 24:44)
Desde Génesis hasta Apocalipsis encontramos una historia que avanza hacia el cumplimiento del propósito de Dios. La creación nos muestra el mundo bueno que Él hizo. La caída explica la entrada del pecado y de la muerte. Las promesas comienzan a señalar hacia una esperanza futura. Los sacrificios muestran la necesidad de expiación. El reino de David anticipa al Rey prometido. Los profetas anuncian una salvación venidera. Finalmente aparece Jesucristo.
En Él, las promesas de Dios encuentran su cumplimiento.
Pablo lo expresa de esta manera:
“Porque todas las promesas de Dios son en él Sí, y en él Amén, por medio de nosotros, para la gloria de Dios.” (2 Corintios 1:20)
Esto significa que nuestras diferentes áreas de estudio no deben convertirse en habitaciones cerradas. Debemos observar cómo se relacionan dentro del propósito completo de Dios y cómo la obra de Cristo ocupa el centro de nuestra salvación.
No todas las enseñanzas tienen el mismo peso
También necesitamos aprender una distinción importante.
Toda la Escritura es verdadera y posee autoridad divina, pero no todas las diferencias entre cristianos tienen las mismas consecuencias.
Existen verdades esenciales que no podemos abandonar sin alterar profundamente la fe cristiana: la existencia y santidad de Dios, la plena divinidad y verdadera humanidad de Cristo, su muerte por los pecadores, su resurrección corporal, la salvación por gracia mediante la fe y su regreso.
También existen asuntos en los que creyentes sinceros que reconocen la autoridad de las Escrituras han llegado a conclusiones diferentes.
Esto requiere madurez.
No debemos tratar una diferencia secundaria como si fuera una negación del evangelio. Pero tampoco debemos utilizar la palabra “secundario” como excusa para dejar de estudiar cuidadosamente la Biblia.
Pablo aconsejó a Timoteo:
“Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad.” (2 Timoteo 2:15)
Necesitamos, por tanto, dos cualidades que deben caminar juntas: convicción y humildad.
Convicción para permanecer firmes donde Dios ha hablado claramente. Humildad para reconocer nuestras limitaciones y examinar continuamente nuestras conclusiones a la luz de las Escrituras.
Una herencia que debemos recibir con discernimiento
No somos la primera generación de cristianos que abre la Biblia y hace preguntas difíciles.
Durante casi dos mil años, creyentes han estudiado las Escrituras, defendido la verdad, reconocido errores y transmitido a las generaciones siguientes lo que aprendieron.
Podemos beneficiarnos de ellos.
En 1646, la Asamblea de Westminster completó la Confesión de Fe de Westminster, y en 1647 fueron terminados sus catecismos. Estos documentos organizaron cuidadosamente grandes enseñanzas cristianas acerca de las Escrituras, Dios, la creación, la providencia, Cristo, la salvación, la Iglesia y las últimas cosas.
Su utilidad no descansa en que sus autores fueran infalibles. No lo eran.
Su valor consiste en que buscaron resumir de manera ordenada lo que entendían que enseñaba la Palabra de Dios.
Lo mismo puede decirse de autores como Juan Calvino, John Owen, Thomas Watson, Jonathan Edwards y, en tiempos más recientes, R. C. Sproul, J. I. Packer y Sinclair Ferguson. Podemos aprender mucho de sus escritos, pero ninguno debe ocupar el lugar que corresponde únicamente a las Escrituras.
Los buenos maestros pueden señalar el camino.
La Palabra de Dios sigue siendo la autoridad.
Los bereanos nos ofrecen un hermoso ejemplo de esta actitud. Cuando Pablo les predicó, no aceptaron sus palabras simplemente porque hablaba con autoridad. Lucas dice que:
“Recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así.” (Hechos 17:11)
Esa debe ser también nuestra disposición durante todo este curso.
Estudiar para conocer mejor a Dios
Al comenzar este recorrido estudiaremos asuntos enormes. Hablaremos acerca de las Escrituras, Dios, sus atributos, sus decretos, la creación, la providencia, el ser humano, el pecado, Cristo, la salvación, el Espíritu Santo, la Iglesia y el cumplimiento final de la historia.
Pero debemos recordar constantemente por qué hacemos todo esto.
No buscamos simplemente terminar una serie de lecciones.
Queremos conocer mejor al Dios verdadero.
Queremos entender con mayor claridad quiénes somos delante de Él, comprender la gravedad de nuestro pecado, contemplar la suficiencia de Cristo, maravillarnos ante la gracia de la salvación y aprender a vivir bajo la autoridad de su Palabra.
Existe una gran diferencia entre conocer información acerca de una persona y conocer realmente a esa persona. Podemos leer una biografía completa de alguien, recordar fechas importantes de su vida y repetir muchas de sus palabras sin haberlo conocido personalmente.
Con Dios debemos evitar una separación semejante.
Jesús dijo:
“Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.” (Juan 17:3)
Por eso cada enseñanza debería conducirnos más allá de una definición.
Cuando estudiemos la santidad de Dios, debemos preguntarnos cómo debemos vivir delante del Santo.
Cuando estudiemos su soberanía, debemos aprender a confiar.
Cuando estudiemos su gracia, debemos abandonar toda jactancia.
Cuando estudiemos a Cristo, debemos contemplarlo, creer en Él y seguirlo.
Cuando estudiemos la salvación, debemos terminar agradeciendo.
Cuando estudiemos el futuro, debemos aprender a esperar.
La verdad conocida correctamente debe descender desde nuestra mente hasta nuestra vida.
Una casa construida sobre roca
Al terminar esta primera lección podemos regresar a la imagen con la que comenzamos.
Las grandes verdades de la Biblia son como habitaciones pertenecientes a una misma casa. Durante este curso entraremos cuidadosamente en cada una de ellas. Observaremos sus detalles, abriremos sus puertas y veremos cómo se conectan unas con otras.
Pero existe algo todavía más importante que conocer la distribución de la casa.
Necesitamos saber sobre qué fundamento está construida.
Jesús habló de dos hombres que construyeron casas. Desde afuera podían parecer semejantes. La diferencia se hizo visible cuando llegó la tormenta.
Uno había construido sobre la arena.
El otro había construido sobre la roca.
“Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca.” (Mateo 7:24)
Ese es el propósito que debe acompañarnos durante todo este recorrido.
No queremos construir nuestra comprensión de Dios sobre opiniones populares, emociones cambiantes, tradiciones humanas o aquello que simplemente deseamos que sea verdad.
Queremos construir sobre lo que Dios ha dicho.
Estudiaremos para comprender. Comprenderemos para creer con mayor firmeza. Creeremos para obedecer. Y mientras avanzamos, descubriremos que cuanto más profundamente conocemos las Escrituras, más razones encontramos para mirar fuera de nosotros mismos y descansar en Cristo.
Al final, el conocimiento verdadero no debería hacer que el creyente diga: “Miren cuánto sé”.
Debería llevarlo a levantar los ojos y decir:
“¡Señor mío, y Dios mío!” (Juan 20:28)
Ejercicios prácticos
1. Una verdad acerca de Dios
Lee Salmo 103:8-13. Escribe en tu libreta tres cosas que este pasaje enseña acerca del carácter de Dios. Después escribe una oración explicando por qué una de ellas es importante para tu vida.
2. Conecta las enseñanzas
Lee Efesios 2:1-10. Divide una página de tu libreta en tres apartados: nuestra condición, lo que Dios hizo y el resultado de su obra. Escribe debajo de cada apartado las palabras o ideas principales que encuentres en el pasaje.
3. Examina lo que escuchas
Durante esta semana, presta atención a una enseñanza cristiana que escuches en una predicación, estudio o conversación. Escribe una de sus afirmaciones principales y busca al menos dos pasajes bíblicos que permitan comprobar si esa afirmación está de acuerdo con las Escrituras.
4. Explica con tus propias palabras
Sin volver a leer esta lección, responde en cuatro o cinco líneas: ¿por qué es importante estudiar de manera ordenada todo lo que la Biblia enseña? Después vuelve a la lección, compara tu respuesta y añade cualquier idea importante que hayas olvidado.