Segunda lección del estudio: Teología Sistemática.
La doctrina de Dios
Hay una pregunta que está detrás de casi todas las demás preguntas importantes de la vida: ¿quién es Dios?
No es una pregunta reservada para estudiosos, pastores o personas que disfrutan de los temas profundos. La respuesta que demos afecta la manera en que entendemos nuestra existencia, el pecado, el sufrimiento, la salvación, la oración, la muerte y la eternidad.
Podemos equivocarnos acerca de muchas cosas y continuar viviendo. Pero equivocarnos acerca de Dios afecta todo lo demás.
Una persona puede conocer muchos versículos y, aun así, haber construido en su mente una idea de Dios que se parece más a sus propios deseos que al Dios que realmente se revela en las Escrituras. Puede pensar en Él únicamente como alguien que ayuda cuando tenemos problemas, que concede lo que pedimos o que permanece cerca mientras nosotros dirigimos nuestra propia vida.
Pero la Biblia comienza de una manera completamente diferente.
“En el principio creó Dios los cielos y la tierra.” — Génesis 1:1
Antes del universo, Dios ya estaba allí. Antes del primer amanecer, antes del primer ser humano, antes de los ángeles, antes del tiempo tal como nosotros lo conocemos, Dios era Dios.
Él no comenzó a existir.
Nadie lo creó.
Nadie le dio autoridad.
Nadie le enseñó a ser Dios.
Todo lo que existe depende de Él, mientras que Él no depende de nada fuera de sí mismo.
Esta verdad debe convertirse en el punto de partida de todo lo que aprendamos acerca de Dios.
Dios existe por sí mismo
Cuando Moisés se encontraba delante de aquella zarza que ardía sin consumirse, recibió una tarea que parecía imposible. Dios lo enviaría a Egipto para confrontar al faraón y sacar de la esclavitud al pueblo de Israel.
Moisés preguntó qué debía responder cuando los israelitas preguntaran por el nombre del Dios que lo había enviado.
La respuesta fue extraordinaria:
“YO SOY EL QUE SOY.” — Éxodo 3:14
Dios no se presentó diciendo: “Yo llegué a existir”, “alguien me hizo” o “mi poder procede de otro”. Simplemente declaró: YO SOY.
Nosotros no podemos decir eso en el mismo sentido.
Nuestra existencia depende constantemente de cosas externas. Necesitamos alimento, agua, aire, descanso y muchas otras condiciones para permanecer vivos. Hubo un momento en que ninguno de nosotros existía y, si Dios no sostuviera nuestra vida, dejaríamos de existir.
Dios es completamente diferente.
Su existencia no depende del universo. En realidad, es el universo el que depende de Él.
El apóstol Pablo explicó esta realidad cuando habló en Atenas:
“El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay, siendo Señor del cielo y de la tierra, no habita en templos hechos por manos humanas, ni es honrado por manos de hombres, como si necesitase de algo; pues él es quien da a todos vida y aliento y todas las cosas.” — Hechos 17:24-25
Dios no necesita que nosotros completemos algo que le falta.
Cuando adoramos a Dios, no aumentamos su grandeza. Cuando lo ignoramos, no disminuimos su gloria. Cuando obedecemos, no estamos llenando alguna necesidad que exista en Él.
Nosotros necesitamos a Dios. Dios no nos necesita a nosotros.
Sin embargo, esto hace todavía más maravillosa su gracia. El Dios que no necesita absolutamente nada decidió crear, amar, sostener y salvar a criaturas que dependen completamente de Él.
Dios es el Creador y nosotros somos sus criaturas
Existe una diferencia fundamental entre Dios y todo lo demás.
Por un lado está Dios, el Creador.
Por otro está todo lo creado.
El Sol puede parecernos inmenso, pero fue creado. Las galaxias son enormes, pero fueron creadas. Los ángeles poseen capacidades superiores a las nuestras, pero también fueron creados. Nosotros tenemos inteligencia, conciencia y voluntad, pero seguimos siendo criaturas.
Solamente Dios es Dios.
Isaías expresa esta diferencia con una pregunta poderosa:
“¿A qué, pues, haréis semejante a Dios, o qué imagen le compondréis?” — Isaías 40:18
Más adelante añade:
“Alzad a lo alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas.” — Isaías 40:26
El cielo nocturno puede llenarnos de asombro. Miles de estrellas aparecen ante nuestros ojos y muchas se encuentran a distancias difíciles de comprender. Sin embargo, la Biblia dirige nuestra atención más allá de las estrellas.
No debemos detenernos solamente ante la grandeza de la creación. Debemos preguntar por la grandeza del Creador.
Juan Calvino expresó esta realidad en 1536, cuando apareció la primera edición de su obra Institución de la Religión Cristiana. Desde el comienzo insistió en que el conocimiento de Dios y el conocimiento de nosotros mismos están profundamente relacionados.
Cuando comenzamos a comprender quién es Dios, también comenzamos a comprender quiénes somos nosotros.
Descubrimos que no somos el centro de la realidad.
No somos autónomos.
No somos nuestros propios dueños.
Somos criaturas hechas por Dios y para Dios.
Dios puede ser conocido porque Él se ha dado a conocer
Aquí encontramos una verdad fundamental.
Si Dios no hubiera decidido revelarse, nosotros jamás podríamos descubrirlo completamente mediante nuestras propias capacidades.
Podemos observar el universo y reconocer señales claras de su poder y sabiduría.
David escribió:
“Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos.” — Salmo 19:1
Pablo también enseña:
“Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas.” — Romanos 1:20
La creación habla de su Creador.
Un cielo lleno de estrellas, la complejidad de una célula, el orden de las leyes que gobiernan el universo, la existencia de nuestra conciencia y la realidad misma de que algo exista en lugar de nada señalan más allá de nosotros.
Pero Dios hizo algo todavía mayor.
Él habló.
Las Escrituras no son el registro de seres humanos intentando escalar hasta Dios mediante sus propios razonamientos. Son el testimonio de un Dios que decidió darse a conocer.
Por eso podemos conocer verdades reales acerca de Él.
No podemos conocer todo lo que Dios conoce. Nuestra mente es limitada y la suya no lo es. Pero aquello que Dios ha revelado acerca de sí mismo es verdadero.
Moisés lo expresó de esta manera:
“Las cosas secretas pertenecen a Jehová nuestro Dios; mas las reveladas son para nosotros y para nuestros hijos para siempre.” — Deuteronomio 29:29
Hay cosas que Dios no nos ha revelado. Ante ellas debemos aprender humildad.
Pero hay cosas que sí nos ha revelado. Ante ellas debemos escuchar, creer y obedecer.
No necesitamos inventar un dios que podamos comprender completamente. Necesitamos conocer al Dios verdadero hasta donde Él mismo ha decidido darse a conocer.
Dios es incomprensible, pero verdaderamente conocible
Decir que no podemos comprender completamente a Dios no significa que no podamos conocerlo realmente.
Existe una enorme diferencia entre ambas afirmaciones.
Un niño puede conocer verdaderamente a su padre sin conocer absolutamente todo acerca de él. Su conocimiento es limitado, pero puede ser verdadero.
Con Dios ocurre algo mucho mayor.
Nunca podremos llegar al final de su grandeza.
David escribió:
“Grande es Jehová, y digno de suprema alabanza; y su grandeza es inescrutable.” — Salmo 145:3
Pablo exclama:
“¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos!” — Romanos 11:33
Esto coloca límites saludables sobre nuestra mente.
Hay momentos en los que queremos comprender exactamente por qué Dios permitió determinado acontecimiento, por qué respondió de cierta manera o cómo pueden relacionarse perfectamente algunas verdades que nuestra mente encuentra difíciles.
Debemos estudiar cuidadosamente lo que Dios ha revelado. Pensar no es enemigo de la fe. Pero también debemos reconocer que una criatura limitada jamás podrá contener completamente en su mente al Dios infinito.
Stephen Charnock, pastor y escritor inglés del siglo XVII, dedicó extensos estudios a las características de Dios. Una de las grandes preocupaciones presentes en su obra era mostrar que nuestra adoración depende profundamente de lo que creemos acerca del carácter divino.
Ese principio sigue siendo importante.
Una visión pequeña de Dios produce una vida espiritual pequeña.
Cuando pensamos que Dios es apenas una versión más poderosa de nosotros mismos, comenzamos a tratarlo como alguien que debe adaptarse a nuestros deseos. Pero cuando las Escrituras amplían nuestra comprensión de su grandeza, nuestra actitud cambia.
La oración cambia.
La adoración cambia.
La obediencia cambia.
Incluso nuestra manera de enfrentar el sufrimiento comienza a cambiar.
Dios es espíritu
Jesús dijo claramente:
“Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren.” — Juan 4:24
Dios no posee un cuerpo físico como nosotros.
La Biblia algunas veces habla de la “mano”, los “ojos” o el “brazo” de Dios. Estas expresiones nos ayudan a comprender su acción utilizando palabras que nuestra mente puede entender. Cuando las Escrituras hablan del brazo poderoso de Dios, por ejemplo, comunican su poder para actuar y salvar.
Pero Dios no está limitado por un cuerpo humano.
Tampoco podemos encerrarlo dentro de una representación creada.
Esta fue precisamente una de las razones por las que Israel recibió una prohibición tan seria contra los ídolos. Reducir al Dios infinito a una figura fabricada por manos humanas distorsiona quién es Él.
“No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra.” — Éxodo 20:4
El Dios verdadero no puede ser reducido al tamaño de nuestras representaciones.
Conocer a Dios es más que acumular información
Podemos estudiar cuidadosamente quién es Dios y aun así perder el propósito principal.
La meta no consiste únicamente en poder responder preguntas acerca de Él.
Jesús dijo:
“Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.” — Juan 17:3
Conocer a Dios en las Escrituras tiene una dimensión personal.
No significa simplemente conocer datos correctos acerca de Dios, aunque esos datos importan profundamente. Significa entrar, por medio de Cristo, en una relación verdadera con el Dios que se ha revelado.
J. I. Packer recordó con fuerza esta diferencia en su libro El conocimiento del Dios santo, publicado originalmente en 1973. Una persona puede poseer mucha información religiosa y, sin embargo, conocer muy poco a Dios en la experiencia real de confianza, obediencia y adoración.
Esta lección, por tanto, no pretende únicamente llenar nuestra libreta de conceptos.
Busca dirigir nuestros ojos hacia Dios mismo.
Porque cuanto más correctamente lo conocemos, más claramente comprendemos nuestra pequeñez, nuestra dependencia, nuestro pecado y nuestra necesidad de gracia.
Y precisamente allí comienza a hacerse todavía más preciosa la persona de Jesucristo.
El Dios invisible no permaneció silencioso ni distante. En la historia de la redención se dio a conocer de una manera suprema en su Hijo.
“A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer.” — Juan 1:18
Por eso, cuando queremos conocer verdaderamente a Dios, finalmente debemos mirar hacia Cristo.
En la siguiente parte estudiaremos algo extraordinario: cómo es este Dios que se ha dado a conocer. Veremos sus principales atributos, su santidad, eternidad, poder, conocimiento, presencia, bondad, amor, justicia e inmutabilidad, y por qué estas verdades no son ideas alejadas de nuestra vida diaria.
La doctrina de Dios
Hay una pregunta que está detrás de casi todas las demás preguntas importantes de la vida: ¿quién es Dios?
No es una pregunta reservada para estudiosos, pastores o personas que disfrutan de los temas profundos. La respuesta que demos afecta la manera en que entendemos nuestra existencia, el pecado, el sufrimiento, la salvación, la oración, la muerte y la eternidad.
Podemos equivocarnos acerca de muchas cosas y continuar viviendo. Pero equivocarnos acerca de Dios afecta todo lo demás.
Una persona puede conocer muchos versículos y, aun así, haber construido en su mente una idea de Dios que se parece más a sus propios deseos que al Dios que realmente se revela en las Escrituras. Puede pensar en Él únicamente como alguien que ayuda cuando tenemos problemas, que concede lo que pedimos o que permanece cerca mientras nosotros dirigimos nuestra propia vida.
Pero la Biblia comienza de una manera completamente diferente.
“En el principio creó Dios los cielos y la tierra.” — Génesis 1:1
Antes del universo, Dios ya estaba allí. Antes del primer amanecer, antes del primer ser humano, antes de los ángeles, antes del tiempo tal como nosotros lo conocemos, Dios era Dios.
Él no comenzó a existir.
Nadie lo creó.
Nadie le dio autoridad.
Nadie le enseñó a ser Dios.
Todo lo que existe depende de Él, mientras que Él no depende de nada fuera de sí mismo.
Esta verdad debe convertirse en el punto de partida de todo lo que aprendamos acerca de Dios.
Dios existe por sí mismo
Cuando Moisés se encontraba delante de aquella zarza que ardía sin consumirse, recibió una tarea que parecía imposible. Dios lo enviaría a Egipto para confrontar al faraón y sacar de la esclavitud al pueblo de Israel.
Moisés preguntó qué debía responder cuando los israelitas preguntaran por el nombre del Dios que lo había enviado.
La respuesta fue extraordinaria:
“YO SOY EL QUE SOY.” — Éxodo 3:14
Dios no se presentó diciendo: “Yo llegué a existir”, “alguien me hizo” o “mi poder procede de otro”. Simplemente declaró: YO SOY.
Nosotros no podemos decir eso en el mismo sentido.
Nuestra existencia depende constantemente de cosas externas. Necesitamos alimento, agua, aire, descanso y muchas otras condiciones para permanecer vivos. Hubo un momento en que ninguno de nosotros existía y, si Dios no sostuviera nuestra vida, dejaríamos de existir.
Dios es completamente diferente.
Su existencia no depende del universo. En realidad, es el universo el que depende de Él.
El apóstol Pablo explicó esta realidad cuando habló en Atenas:
“El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay, siendo Señor del cielo y de la tierra, no habita en templos hechos por manos humanas, ni es honrado por manos de hombres, como si necesitase de algo; pues él es quien da a todos vida y aliento y todas las cosas.” — Hechos 17:24-25
Dios no necesita que nosotros completemos algo que le falta.
Cuando adoramos a Dios, no aumentamos su grandeza. Cuando lo ignoramos, no disminuimos su gloria. Cuando obedecemos, no estamos llenando alguna necesidad que exista en Él.
Nosotros necesitamos a Dios. Dios no nos necesita a nosotros.
Sin embargo, esto hace todavía más maravillosa su gracia. El Dios que no necesita absolutamente nada decidió crear, amar, sostener y salvar a criaturas que dependen completamente de Él.
Dios es el Creador y nosotros somos sus criaturas
Existe una diferencia fundamental entre Dios y todo lo demás.
Por un lado está Dios, el Creador.
Por otro está todo lo creado.
El Sol puede parecernos inmenso, pero fue creado. Las galaxias son enormes, pero fueron creadas. Los ángeles poseen capacidades superiores a las nuestras, pero también fueron creados. Nosotros tenemos inteligencia, conciencia y voluntad, pero seguimos siendo criaturas.
Solamente Dios es Dios.
Isaías expresa esta diferencia con una pregunta poderosa:
“¿A qué, pues, haréis semejante a Dios, o qué imagen le compondréis?” — Isaías 40:18
Más adelante añade:
“Alzad a lo alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas.” — Isaías 40:26
El cielo nocturno puede llenarnos de asombro. Miles de estrellas aparecen ante nuestros ojos y muchas se encuentran a distancias difíciles de comprender. Sin embargo, la Biblia dirige nuestra atención más allá de las estrellas.
No debemos detenernos solamente ante la grandeza de la creación. Debemos preguntar por la grandeza del Creador.
Juan Calvino expresó esta realidad en 1536, cuando apareció la primera edición de su obra Institución de la Religión Cristiana. Desde el comienzo insistió en que el conocimiento de Dios y el conocimiento de nosotros mismos están profundamente relacionados.
Cuando comenzamos a comprender quién es Dios, también comenzamos a comprender quiénes somos nosotros.
Descubrimos que no somos el centro de la realidad.
No somos autónomos.
No somos nuestros propios dueños.
Somos criaturas hechas por Dios y para Dios.
Dios puede ser conocido porque Él se ha dado a conocer
Aquí encontramos una verdad fundamental.
Si Dios no hubiera decidido revelarse, nosotros jamás podríamos descubrirlo completamente mediante nuestras propias capacidades.
Podemos observar el universo y reconocer señales claras de su poder y sabiduría.
David escribió:
“Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos.” — Salmo 19:1
Pablo también enseña:
“Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas.” — Romanos 1:20
La creación habla de su Creador.
Un cielo lleno de estrellas, la complejidad de una célula, el orden de las leyes que gobiernan el universo, la existencia de nuestra conciencia y la realidad misma de que algo exista en lugar de nada señalan más allá de nosotros.
Pero Dios hizo algo todavía mayor.
Él habló.
Las Escrituras no son el registro de seres humanos intentando escalar hasta Dios mediante sus propios razonamientos. Son el testimonio de un Dios que decidió darse a conocer.
Por eso podemos conocer verdades reales acerca de Él.
No podemos conocer todo lo que Dios conoce. Nuestra mente es limitada y la suya no lo es. Pero aquello que Dios ha revelado acerca de sí mismo es verdadero.
Moisés lo expresó de esta manera:
“Las cosas secretas pertenecen a Jehová nuestro Dios; mas las reveladas son para nosotros y para nuestros hijos para siempre.” — Deuteronomio 29:29
Hay cosas que Dios no nos ha revelado. Ante ellas debemos aprender humildad.
Pero hay cosas que sí nos ha revelado. Ante ellas debemos escuchar, creer y obedecer.
No necesitamos inventar un dios que podamos comprender completamente. Necesitamos conocer al Dios verdadero hasta donde Él mismo ha decidido darse a conocer.
Dios es incomprensible, pero verdaderamente conocible
Decir que no podemos comprender completamente a Dios no significa que no podamos conocerlo realmente.
Existe una enorme diferencia entre ambas afirmaciones.
Un niño puede conocer verdaderamente a su padre sin conocer absolutamente todo acerca de él. Su conocimiento es limitado, pero puede ser verdadero.
Con Dios ocurre algo mucho mayor.
Nunca podremos llegar al final de su grandeza.
David escribió:
“Grande es Jehová, y digno de suprema alabanza; y su grandeza es inescrutable.” — Salmo 145:3
Pablo exclama:
“¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos!” — Romanos 11:33
Esto coloca límites saludables sobre nuestra mente.
Hay momentos en los que queremos comprender exactamente por qué Dios permitió determinado acontecimiento, por qué respondió de cierta manera o cómo pueden relacionarse perfectamente algunas verdades que nuestra mente encuentra difíciles.
Debemos estudiar cuidadosamente lo que Dios ha revelado. Pensar no es enemigo de la fe. Pero también debemos reconocer que una criatura limitada jamás podrá contener completamente en su mente al Dios infinito.
Stephen Charnock, pastor y escritor inglés del siglo XVII, dedicó extensos estudios a las características de Dios. Una de las grandes preocupaciones presentes en su obra era mostrar que nuestra adoración depende profundamente de lo que creemos acerca del carácter divino.
Ese principio sigue siendo importante.
Una visión pequeña de Dios produce una vida espiritual pequeña.
Cuando pensamos que Dios es apenas una versión más poderosa de nosotros mismos, comenzamos a tratarlo como alguien que debe adaptarse a nuestros deseos. Pero cuando las Escrituras amplían nuestra comprensión de su grandeza, nuestra actitud cambia.
La oración cambia.
La adoración cambia.
La obediencia cambia.
Incluso nuestra manera de enfrentar el sufrimiento comienza a cambiar.
Dios es espíritu
Jesús dijo claramente:
“Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren.” — Juan 4:24
Dios no posee un cuerpo físico como nosotros.
La Biblia algunas veces habla de la “mano”, los “ojos” o el “brazo” de Dios. Estas expresiones nos ayudan a comprender su acción utilizando palabras que nuestra mente puede entender. Cuando las Escrituras hablan del brazo poderoso de Dios, por ejemplo, comunican su poder para actuar y salvar.
Pero Dios no está limitado por un cuerpo humano.
Tampoco podemos encerrarlo dentro de una representación creada.
Esta fue precisamente una de las razones por las que Israel recibió una prohibición tan seria contra los ídolos. Reducir al Dios infinito a una figura fabricada por manos humanas distorsiona quién es Él.
“No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra.” — Éxodo 20:4
El Dios verdadero no puede ser reducido al tamaño de nuestras representaciones.
Conocer a Dios es más que acumular información
Podemos estudiar cuidadosamente quién es Dios y aun así perder el propósito principal.
La meta no consiste únicamente en poder responder preguntas acerca de Él.
Jesús dijo:
“Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.” — Juan 17:3
Conocer a Dios en las Escrituras tiene una dimensión personal.
No significa simplemente conocer datos correctos acerca de Dios, aunque esos datos importan profundamente. Significa entrar, por medio de Cristo, en una relación verdadera con el Dios que se ha revelado.
J. I. Packer recordó con fuerza esta diferencia en su libro El conocimiento del Dios santo, publicado originalmente en 1973. Una persona puede poseer mucha información religiosa y, sin embargo, conocer muy poco a Dios en la experiencia real de confianza, obediencia y adoración.
Esta lección, por tanto, no pretende únicamente llenar nuestra libreta de conceptos.
Busca dirigir nuestros ojos hacia Dios mismo.
Porque cuanto más correctamente lo conocemos, más claramente comprendemos nuestra pequeñez, nuestra dependencia, nuestro pecado y nuestra necesidad de gracia.
Y precisamente allí comienza a hacerse todavía más preciosa la persona de Jesucristo.
El Dios invisible no permaneció silencioso ni distante. En la historia de la redención se dio a conocer de una manera suprema en su Hijo.
“A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer.” — Juan 1:18
Por eso, cuando queremos conocer verdaderamente a Dios, finalmente debemos mirar hacia Cristo.
En la siguiente parte estudiaremos algo extraordinario: cómo es este Dios que se ha dado a conocer. Veremos sus principales atributos, su santidad, eternidad, poder, conocimiento, presencia, bondad, amor, justicia e inmutabilidad, y por qué estas verdades no son ideas alejadas de nuestra vida diaria.
¿Cómo es el Dios que se ha dado a conocer?
Hasta aquí hemos visto que Dios existe por sí mismo, que es el Creador de todo, que no depende de nadie y que podemos conocerlo porque Él decidió darse a conocer.
Ahora surge una pregunta inevitable: ¿cómo es Dios?
Cuando la Biblia responde esta pregunta, no nos entrega simplemente una lista de características separadas. Nos presenta al único Dios verdadero en toda la perfección de su ser.
Dios no está dividido en partes.
Él no es parcialmente santo, parcialmente justo y parcialmente amoroso. Todo lo que Dios es, lo es perfectamente y siempre. Su amor es santo. Su justicia es buena. Su poder es sabio. Su misericordia nunca contradice su verdad.
Por eso debemos tener cuidado cuando hablamos de sus atributos. No estamos desmontando a Dios para estudiar diferentes piezas. Estamos contemplando, desde diferentes ángulos, al mismo Dios perfecto que las Escrituras nos revelan.
Dios es eterno
Nuestra vida está marcada por el tiempo.
Nacemos, crecemos, envejecemos. Recordamos lo que sucedió ayer y desconocemos gran parte de lo que sucederá mañana. Cada reloj nos recuerda silenciosamente que nuestra vida avanza.
Dios no vive bajo esas mismas limitaciones.
Moisés escribió:
“Antes que naciesen los montes y formases la tierra y el mundo, desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios.” — Salmo 90:2
Dios nunca comenzó a existir y jamás dejará de existir.
Antes de que existiera el primer ser humano, Dios era. Antes de que aparecieran los océanos, Dios era. Antes de que brillara la primera estrella, Dios era.
No hubo una época en la que Dios todavía no existiera.
Y nunca llegará un momento en que deje de existir.
Esto también significa que Dios contempla la historia desde una posición completamente diferente a la nuestra. Nosotros vemos pequeñas partes. Él conoce perfectamente el principio, el desarrollo y el final.
Por eso podemos confiar en Él cuando nosotros solamente vemos una pequeña porción del camino.
Dios no cambia
Una de las experiencias más comunes de la vida humana es el cambio.
Cambian las personas. Cambian las circunstancias. Cambian nuestras emociones. Cambian nuestros planes. Incluso aquello que parecía seguro puede desaparecer.
Pero las Escrituras presentan a Dios como nuestra gran roca en medio de un mundo cambiante.
“Porque yo Jehová no cambio.” — Malaquías 3:6
Santiago lo llama:
“Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación.” — Santiago 1:17
Esto no significa que Dios sea inmóvil o indiferente. La Biblia muestra a Dios actuando, hablando, juzgando, mostrando misericordia y respondiendo verdaderamente dentro de la historia.
Lo que no cambia es quién es Él.
Su carácter no mejora porque ya es perfecto. Tampoco empeora. Su verdad no envejece. Su santidad no disminuye. Sus promesas no pierden validez. Sus propósitos no fracasan.
Herman Bavinck, escribiendo entre finales del siglo XIX y comienzos del XX, insistió en que la constancia de Dios es precisamente una de las razones por las que sus criaturas pueden confiar en Él. Nuestra esperanza no descansa en un Dios cuyo carácter pueda ser diferente mañana.
El Dios que fue fiel a Abraham, Moisés, David y los apóstoles sigue siendo fiel.
Dios está presente en todo lugar
David hizo una pregunta extraordinaria:
“¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia?” — Salmo 139:7
Después menciona las alturas, las profundidades y los lugares más lejanos. Su conclusión es sencilla: no existe rincón de la creación donde Dios esté ausente.
Dios no está repartido por el universo como si una parte de Él estuviera en un lugar y otra parte en otro.
Él está plenamente presente dondequiera que está.
Esto produce consuelo y también reverencia.
El creyente que ora solo durante la noche no está hablando hacia un cielo vacío. Dios está presente.
La persona que atraviesa una situación que nadie más comprende no se encuentra fuera de su mirada.
Pero tampoco existe un lugar secreto donde podamos esconder nuestro pecado.
“¿Se ocultará alguno, dice Jehová, en escondrijos que yo no lo vea? ¿No lleno yo, dice Jehová, el cielo y la tierra?” — Jeremías 23:24
La presencia de Dios consuela al que confía en Él y confronta al que pretende vivir lejos de su autoridad.
Dios conoce todas las cosas
Nuestro conocimiento siempre es limitado.
Olvidamos. Nos equivocamos. Interpretamos mal las intenciones de otras personas. Tomamos decisiones sin conocer todas sus consecuencias.
Dios nunca enfrenta ese problema.
“Grande es el Señor nuestro, y de mucho poder; y su entendimiento es infinito.” — Salmo 147:5
Dios conoce perfectamente toda su creación.
Conoce aquello que ocurre públicamente y aquello que permanece oculto. Conoce nuestras palabras antes de que lleguen a nuestros labios. Conoce nuestros pensamientos, nuestras intenciones y las razones profundas de nuestras acciones.
David escribió:
“Pues aún no está la palabra en mi lengua, y he aquí, oh Jehová, tú la sabes toda.” — Salmo 139:4
Nada sorprende a Dios.
Nunca recibe información nueva que lo obligue a reconsiderar apresuradamente sus planes. Nunca descubre algo que anteriormente ignoraba.
Esto debería transformar nuestra oración.
Cuando oramos, no estamos informando a Dios de una situación que desconoce. Estamos llevando nuestras necesidades ante Aquel que ya las conoce perfectamente.
Jesús dijo:
“Vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis.” — Mateo 6:8
Entonces, ¿por qué oramos?
Porque Dios ha establecido la oración como uno de los medios por los cuales sus hijos viven en dependencia de Él. Oramos no para aumentar su conocimiento, sino porque dependemos de su sabiduría, cuidado y voluntad.
Dios es todopoderoso
Después de anunciar que Sara tendría un hijo cuando humanamente parecía imposible, Dios planteó a Abraham una pregunta:
“¿Hay para Dios alguna cosa difícil?” — Génesis 18:14
La respuesta bíblica es clara.
Dios posee todo poder.
Jeremías confesó:
“¡Oh Señor Jehová! he aquí que tú hiciste el cielo y la tierra con tu gran poder, y con tu brazo extendido, ni hay nada que sea difícil para ti.” — Jeremías 32:17
Sin embargo, afirmar que Dios puede hacer todas las cosas no significa que pueda actuar contra su propia naturaleza.
Dios no puede mentir porque es perfectamente verdadero.
“Dios, que no miente.” — Tito 1:2
No puede dejar de ser santo. No puede convertirse en un ser injusto. No puede negarse a sí mismo.
Esto no representa una debilidad.
Al contrario, demuestra su perfección.
El poder de Dios siempre actúa de acuerdo con su carácter perfecto.
Cuando contemplamos la creación, vemos una pequeña demostración de ese poder. Génesis no describe a Dios luchando contra la materia para formar el universo. Dios habla y la creación responde.
“Porque él dijo, y fue hecho; él mandó, y existió.” — Salmo 33:9
Dios es perfectamente santo
En Isaías 6 encontramos una de las escenas más impresionantes de las Escrituras.
Era aproximadamente el año 740 a. C., el año en que murió el rey Uzías. Judá acababa de perder a un monarca que había gobernado durante décadas. En medio de aquella transición, Isaías recibió una visión.
Vio al Señor sentado sobre un trono alto y sublime.
Los serafines proclamaban:
“Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria.” — Isaías 6:3
Isaías no respondió felicitándose por haber recibido semejante experiencia.
Su primera reacción fue reconocer su propia condición:
“¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos.” — Isaías 6:5
La santidad de Dios revela nuestra verdadera condición.
Dios está completamente separado del pecado. No existe oscuridad moral en Él. Nunca piensa algo malo, nunca desea algo perverso y nunca realiza una acción injusta.
Por eso el pecado no es simplemente romper una regla.
Es rebelarse contra un Dios perfectamente santo.
Cuanto más pequeña sea nuestra visión de la santidad divina, más pequeño parecerá nuestro pecado. Pero cuando comenzamos a contemplar la pureza de Dios, comprendemos por qué necesitamos desesperadamente su gracia.
Dios es justo
Abraham preguntó:
“El Juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo?” — Génesis 18:25
Dios siempre hace lo correcto.
No existe corrupción en su tribunal. Nadie puede sobornarlo. Nadie puede engañarlo. Nadie puede esconder evidencia delante de Él.
Su juicio nunca se basa en información incompleta.
“Justicia y juicio son el cimiento de tu trono.” — Salmo 89:14
Esto plantea una pregunta seria para nosotros.
Si Dios es perfectamente justo y nosotros somos pecadores, ¿cómo puede recibirnos sin negar su propia justicia?
La respuesta se encuentra en el corazón del evangelio.
Dios no salvó a pecadores fingiendo que el pecado no importaba.
En la cruz vemos simultáneamente la gravedad del pecado, la justicia de Dios y la grandeza de su misericordia.
Pablo explica que Dios presentó a Cristo como sacrificio para demostrar su justicia:
“A fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús.” — Romanos 3:26
En Cristo, Dios no abandona su justicia para mostrarnos gracia.
Nos muestra gracia satisfaciendo su justicia.
Dios es bueno y misericordioso
Cuando Moisés pidió conocer más profundamente la gloria de Dios, el Señor respondió:
“Yo haré pasar todo mi bien delante de tu rostro.” — Éxodo 33:19
Después, cuando Dios proclamó su nombre delante de Moisés, declaró:
“¡Jehová! ¡Jehová! fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad.” — Éxodo 34:6
La bondad no es algo externo que Dios aprendió a practicar.
Dios es bueno.
Todo verdadero bien encuentra finalmente su origen en Él.
Incluso personas que nunca reconocen a Dios reciben diariamente evidencias de su bondad: alimento, lluvia, relaciones humanas, capacidades, belleza en la creación y muchos otros regalos que con frecuencia damos por sentado.
Pero la demostración suprema de su bondad no está en las cosas materiales que recibimos.
Está en Cristo.
Dios es amor
Juan hace una afirmación extraordinaria:
“Dios es amor.” — 1 Juan 4:8
No dice solamente que Dios realiza actos amorosos.
El amor pertenece eternamente a quien Él es.
Pero debemos permitir que la Biblia defina ese amor.
El amor de Dios no significa aprobación automática de todo lo que hacemos. Precisamente porque Dios ama perfectamente, también se opone al mal.
La cruz destruye cualquier idea superficial del amor divino.
“En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él.” — 1 Juan 4:9
El amor de Dios tiene forma histórica.
El Hijo vino.
Vivió entre nosotros.
Obedeció perfectamente.
Fue entregado por pecadores.
Y resucitó victorioso.
Cuando un creyente pregunta en medio del dolor: “¿Realmente me ama Dios?”, la respuesta más firme no se encuentra primero en sus circunstancias.
Debe mirar hacia la cruz.
Allí Dios ha dado una demostración objetiva de su amor que ninguna noche difícil puede borrar.
Pablo pudo escribir:
“Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.” — Romanos 5:8
Y todavía queda una verdad fundamental por considerar.
Este Dios eterno, santo, justo, bueno y amoroso no es una existencia solitaria. Desde toda la eternidad, el único Dios existe como Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Comprender esta verdad nos llevará al corazón mismo de quién es Dios y nos permitirá entender mejor la creación, la salvación, la oración y la vida cristiana.
Ese será el punto central de la tercera y última parte.