Duodécima lección del estudio: Teología Sistemática.
Viviendo toda la verdad de Dios
Una persona puede conocer muchas verdades acerca de Dios y, al mismo tiempo, vivir durante años como si algunas de ellas no fueran ciertas. Puede afirmar que Dios gobierna todas las cosas y quedar dominada por el temor cuando pierde el control. Puede confesar que Cristo es suficiente y buscar su valor en la aprobación de otros. Puede hablar de la gracia mientras guarda resentimiento, defender la santidad mientras tolera pecados secretos, y creer en la eternidad mientras organiza toda su vida alrededor de lo temporal.
Ahí aparece una de las preguntas más importantes de este curso: ¿qué sucede cuando todo lo que hemos aprendido acerca de Dios deja de ser solamente conocimiento y comienza a gobernar nuestra manera de vivir?
La verdad bíblica nunca fue dada simplemente para llenar nuestra mente. Dios nos revela quién es Él, quiénes somos nosotros, qué ha hecho Cristo, cómo obra el Espíritu, qué es la Iglesia y hacia dónde se dirige la historia para que toda nuestra existencia quede orientada hacia Él.
Por eso, esta última lección no consiste simplemente en recordar enseñanzas anteriores. Se trata de unirlas. Es contemplar el gran cuadro de la Escritura y comprender que ninguna verdad revelada por Dios debería permanecer aislada de nuestra vida diaria.
La verdad de Dios debe convertirse en la forma en que vemos la vida.
Conocer la verdad debe conducirnos a vivirla
Jesús dijo:
“Si sabéis estas cosas, bienaventurados seréis si las hiciereis”. — Juan 13:17
Observemos cuidadosamente sus palabras. Cristo no desprecia el conocimiento. Primero dice: “si sabéis estas cosas”. Hay algo que debemos conocer. Pero inmediatamente añade: “si las hiciereis”.
La Escritura nunca enfrenta el conocimiento verdadero con la obediencia. Los une.
Santiago presenta el mismo principio cuando escribe:
“Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos”. — Santiago 1:22
El peligro que Santiago señala es serio porque habla de una forma de engaño espiritual. Una persona puede escuchar constantemente la Palabra, comprender muchas de sus enseñanzas e incluso explicarlas correctamente, pero comenzar a pensar que conocerlas equivale automáticamente a vivirlas.
No es así.
Saber que Dios es santo debería afectar aquello que permitimos en nuestra vida. Saber que Dios es soberano debería transformar nuestra manera de enfrentar la incertidumbre. Saber que Cristo murió por nuestros pecados debería producir humildad y gratitud. Saber que hemos sido perdonados debería afectar nuestra disposición a perdonar. Saber que Cristo regresará debería modificar nuestras prioridades.
La verdad bíblica tiene consecuencias.
Pensemos en un mapa. Un viajero puede estudiar cuidadosamente cada camino, conocer las distancias, identificar los ríos, aprender dónde están las montañas y señalar correctamente el destino. Pero si nunca comienza a caminar, todo su conocimiento del mapa no lo habrá llevado a ninguna parte.
La Escritura hace algo mucho mayor que mostrarnos un camino. Nos revela al Dios vivo y nos conduce hacia una vida centrada en Él.
Todo comienza con Dios y no con nosotros
Una de las transformaciones más profundas que produce la Escritura ocurre cuando dejamos de interpretar toda la realidad comenzando por nosotros mismos.
La Biblia comienza de otra manera:
“En el principio creó Dios los cielos y la tierra”. — Génesis 1:1
Antes de nuestra existencia estaba Dios. Antes de nuestros problemas estaba Dios. Antes de nuestros sueños, decisiones, familias, naciones y generaciones estaba Dios.
Él no aparece dentro de una historia que ya estaba desarrollándose. La historia existe porque Él quiso crear.
Esto cambia nuestra perspectiva.
Nuestra vida no es una historia en la cual Dios ocupa un pequeño espacio religioso. Nosotros ocupamos un pequeño lugar dentro de la inmensa historia que Dios está llevando hacia el propósito que Él mismo determinó.
Pablo lo expresa de una manera extraordinaria:
“Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén”. — Romanos 11:36
De Él.
Por Él.
Para Él.
Estas palabras pueden reorganizar completamente nuestra manera de vivir.
Si todas las cosas son de Él, entonces Dios es el origen.
Si todas las cosas existen por Él, entonces Dios es quien sostiene.
Si todas las cosas son para Él, entonces Dios es el propósito final.
Juan Calvino expresó esta orientación al comenzar su obra más conocida señalando que nuestro conocimiento verdadero está relacionado inseparablemente con conocer a Dios y conocernos a nosotros mismos. La Escritura nos obliga a levantar la mirada hacia Dios y, desde allí, comprender correctamente quiénes somos.
Esto destruye una idea muy común: pensar que Dios existe principalmente para ayudarnos a cumplir nuestros planes.
La realidad bíblica es mucho mayor.
Nosotros existimos para Dios.
La soberanía de Dios cambia nuestra manera de mirar la vida
Si Dios solamente hubiera creado el universo y después lo hubiera abandonado, nuestra existencia estaría suspendida sobre la incertidumbre. Pero la Biblia enseña algo completamente diferente.
Dios continúa sosteniendo aquello que creó.
Hebreos declara acerca de Cristo:
“quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder”. — Hebreos 1:3
No solamente las cosas grandes.
Todas las cosas.
El universo no funciona independientemente de Dios. La historia tampoco escapa de sus manos.
Jesús llevó esta verdad hasta los detalles más pequeños de la vida cuando dijo:
“¿No se venden dos pajarillos por un cuarto? Con todo, ni uno de ellos cae a tierra sin vuestro Padre”. — Mateo 10:29
Después añade que aun nuestros cabellos están contados.
Esto no significa que todo lo que sucede sea bueno. La Biblia jamás llama bueno al pecado simplemente porque Dios gobierna sobre la historia. Los seres humanos toman decisiones reales y son responsables de ellas. Sin embargo, ninguna acción humana consigue destruir el propósito final de Dios.
La cruz constituye el ejemplo supremo.
Pedro declaró acerca de Jesús:
“a éste, entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios, prendisteis y matasteis por manos de inicuos, crucificándole”. — Hechos 2:23
Observemos las dos realidades.
Los hombres actuaron perversamente y fueron responsables.
Al mismo tiempo, el propósito de Dios no fue derrotado.
En el acontecimiento más injusto de la historia humana, Dios estaba realizando la obra mediante la cual salvaría a pecadores.
Por eso, creer realmente en el gobierno de Dios no significa afirmar que comprendemos cada acontecimiento. Significa saber que incluso cuando nosotros no podemos ver el cuadro completo, Dios nunca pierde el control de una sola pieza.
La verdad acerca del pecado nos mantiene humildes
También necesitamos recordar quiénes somos aparte de la gracia de Dios.
La Biblia no presenta al ser humano como alguien básicamente bueno que solamente necesita algunos consejos para mejorar. Nuestro problema es mucho más profundo.
Pablo escribe:
“por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios”. — Romanos 3:23
El pecado afecta nuestros deseos, pensamientos, decisiones y relaciones. No somos observadores inocentes de un mundo roto. Nosotros también pertenecemos a esa humanidad caída.
Esta verdad destruye el orgullo espiritual.
Cuando vemos claramente nuestra condición, dejamos de mirar a los demás desde una supuesta superioridad moral. Comprendemos que, si hemos sido rescatados, no fue porque Dios encontró en nosotros algo que nos hiciera merecedores de su misericordia.
Pablo recuerda a los creyentes:
“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe”. — Efesios 2:8-9
Charles Spurgeon insistió repetidamente en su predicación del siglo XIX en que la salvación debía atribuirse completamente a la gracia de Dios. Esa convicción no convierte al creyente en alguien orgulloso de poseer una doctrina correcta. Debería producir exactamente lo contrario.
La gracia correctamente comprendida nos hace humildes.
Cuando miramos nuestra vida y vemos algo bueno que Dios ha producido en nosotros, nuestra conclusión no debería ser: “Mira cuánto he avanzado por mí mismo”.
Deberíamos mirar hacia Dios y reconocer:
“Señor, tu gracia ha hecho esto”.
Y aquí comenzamos a acercarnos al corazón de toda la verdad bíblica: nuestra esperanza no descansa finalmente en lo que nosotros podemos hacer por Dios, sino en lo que Dios ha hecho por pecadores en Jesucristo.
Cristo está en el centro de nuestra vida
Cuando comprendemos la gravedad del pecado, también comenzamos a comprender por qué nuestra esperanza no puede encontrarse dentro de nosotros mismos.
No necesitamos solamente mejores hábitos, más conocimiento o mayor disciplina. Necesitamos reconciliación con Dios. Y esa reconciliación no fue alcanzada por nuestro esfuerzo, sino por Jesucristo.
Pablo escribe:
“Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre”. — 1 Timoteo 2:5
Cristo no ocupa simplemente una parte importante de la fe cristiana. Él está en su centro.
Cuando contemplamos la cruz entendemos que allí ocurrió algo que nosotros jamás podríamos haber realizado. El Hijo de Dios tomó voluntariamente el lugar de pecadores y cargó con la condenación que ellos merecían.
Pedro lo expresa así:
“quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero”. — 1 Pedro 2:24
Por eso, vivir toda la verdad de Dios significa vivir mirando continuamente hacia Cristo.
Cuando nuestra conciencia nos acusa por pecados que hemos confesado y abandonado, miramos a Cristo.
Cuando sentimos la tentación de pensar que nuestras buenas obras nos hacen superiores a otros, miramos a Cristo.
Cuando caemos y necesitamos arrepentirnos, regresamos a Cristo.
Cuando obedecemos y vemos fruto en nuestra vida, damos gracias a Cristo.
Nuestra seguridad no descansa en tener una semana espiritualmente perfecta. Tampoco desaparece porque atravesemos una semana difícil. Nuestra esperanza descansa fuera de nosotros, en la obra terminada de Jesucristo.
Eso produce una libertad extraordinaria.
Ya no obedecemos intentando comprar el amor de Dios. Obedecemos porque, unidos a Cristo por la fe, hemos recibido una gracia que nunca podríamos comprar.
La obediencia cristiana no intenta pagar la salvación. Nace de haberla recibido gratuitamente.
La unión con Cristo transforma nuestra identidad
Existe una expresión que aparece constantemente en las cartas de Pablo y que fácilmente podemos leer demasiado rápido: “en Cristo”.
Pero esas dos palabras contienen una realidad inmensa.
El creyente no solamente recibe beneficios de Cristo desde lejos. Por medio de la fe está unido a Él.
Pablo declara:
“De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”. — 2 Corintios 5:17
Esto significa que nuestra identidad más profunda ya no debe construirse sobre aquello que poseemos, nuestra apariencia, nuestros éxitos, nuestros fracasos, la opinión de otras personas o incluso nuestro pasado.
El creyente pertenece a Cristo.
Esta verdad cambia la manera en que enfrentamos tanto el orgullo como la vergüenza.
Cuando tenemos éxito, no necesitamos convertir nuestros logros en nuestra identidad. Y cuando fracasamos, tampoco debemos pensar que nuestros fracasos tienen la última palabra sobre nosotros.
Pablo podía decir:
“Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí”. — Gálatas 2:20
John Murray, profesor y escritor del siglo XX, destacó la unión con Cristo como una realidad central para comprender la salvación. No recibimos el perdón por un lado, una nueva vida por otro y una esperanza futura completamente separada. Todas estas bendiciones están relacionadas con nuestra pertenencia a Cristo.
Esto también significa que seguir a Jesús no consiste simplemente en añadir ciertas prácticas religiosas a una vida que continúa teniendo al yo como centro.
La vida entera cambia de dueño.
Nuestro tiempo pertenece a Cristo.
Nuestros pensamientos pertenecen a Cristo.
Nuestras capacidades pertenecen a Cristo.
Nuestras relaciones deben ser vividas bajo el señorío de Cristo.
Nuestro futuro pertenece a Cristo.
Ser cristiano no significa solamente creer algunas verdades acerca de Jesús. Significa pertenecer a Jesús.
El Espíritu Santo produce una vida nueva
Pero inmediatamente surge una pregunta: ¿cómo puede una persona pecadora comenzar realmente a vivir de una manera diferente?
La respuesta bíblica no es simplemente: “Esfuérzate más”.
El creyente necesita algo que ninguna cantidad de fuerza humana puede producir por sí sola.
Necesita la obra del Espíritu Santo.
Mucho antes de la venida de Cristo, Dios había prometido:
“Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos”. — Ezequiel 36:27
Esta promesa nos ayuda a comprender que la vida cristiana no consiste solamente en recibir nuevas instrucciones. Dios transforma a las personas desde dentro.
El Espíritu abre nuestros ojos para comprender la verdad, nos lleva al arrepentimiento, produce nuevos deseos, nos ayuda en nuestra debilidad y continúa formando el carácter de Cristo en nosotros.
Pablo describe el resultado:
“Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza”. — Gálatas 5:22-23
Observemos que Pablo habla de fruto.
Pensemos en un árbol plantado junto a una casa. Durante un tiempo podemos observar sus ramas y no encontrar ningún fruto. Sin embargo, bajo la tierra existen raíces recibiendo agua y nutrientes. Con el paso del tiempo comienza a aparecer aquello que demuestra que el árbol está vivo.
Algo semejante sucede en la vida cristiana.
El crecimiento verdadero no siempre ocurre con la velocidad que quisiéramos. Existen luchas, tropiezos, correcciones y temporadas difíciles. Pero donde Dios ha dado nueva vida, comienza también una obra de transformación.
Esto no significa alcanzar perfección en esta vida.
Significa que ya no podemos hacer las paces con el pecado.
Antes podíamos justificarlo. Ahora comenzamos a odiarlo.
Antes podíamos ocultarlo sin preocupación. Ahora nuestra conciencia nos lleva a confesarlo.
Antes queríamos vivir principalmente para nosotros mismos. Ahora existe dentro de nosotros un deseo real, aunque todavía imperfecto, de agradar a Dios.
La presencia de lucha no demuestra necesariamente ausencia de crecimiento. Muchas veces luchamos precisamente porque ahora vemos como enemigo aquello que antes aceptábamos tranquilamente.
La santidad alcanza la vida cotidiana
A veces podemos reducir la santidad a evitar una pequeña lista de pecados visibles. Pero la Escritura presenta algo mucho más amplio.
Pablo escribe:
“Y todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús”. — Colosenses 3:17
La palabra importante aquí es todo.
La verdad de Dios debe entrar en nuestra casa, nuestros estudios, nuestro trabajo, nuestras conversaciones, nuestras decisiones económicas, nuestra manera de utilizar el tiempo y nuestra relación con otras personas.
Podemos verlo en situaciones muy sencillas.
Si creemos que Dios es verdadero, nosotros debemos hablar con verdad.
Si creemos que Dios es misericordioso, debemos aprender a tratar con misericordia a los demás.
Si creemos que hemos recibido perdón, no podemos alimentar eternamente el resentimiento.
Si creemos que nuestros bienes pertenecen finalmente a Dios, debemos utilizarlos responsablemente y con generosidad.
Si creemos que cada persona ha sido creada a imagen de Dios, no podemos tratar a alguien como si su dignidad dependiera de su posición social, inteligencia, riqueza o utilidad para nosotros.
Si creemos que Dios conoce nuestros pensamientos, entonces la santidad no puede limitarse a aquello que otras personas pueden observar.
Aquí la vida privada adquiere una enorme importancia.
Podemos mantener una apariencia correcta frente a otros y cultivar al mismo tiempo pensamientos, deseos o comportamientos que jamás permitiríamos que fueran conocidos públicamente.
Pero David reconoció:
“Oh Jehová, tú me has examinado y conocido”. — Salmo 139:1
Dios conoce al ser humano completamente.
Por eso la integridad significa que nuestra vida delante de otras personas y nuestra vida cuando nadie nos observa no pertenecen a dos mundos diferentes.
No significa que jamás fallemos. Significa que dejamos de construir escondites para proteger nuestro pecado.
Cuando pecamos, confesamos.
Cuando encontramos una práctica que alimenta nuestro pecado, la enfrentamos.
Cuando hemos dañado a otra persona, buscamos reparar lo que sea posible.
Cuando necesitamos ayuda, dejamos el orgullo y la buscamos.
John Owen, pastor y escritor inglés del siglo XVII, enseñó con gran insistencia que el creyente no debe tratar el pecado como algo pequeño. Su énfasis sigue siendo necesario: el pecado que toleramos no permanece quieto. Busca crecer.
Pero tampoco luchamos contra él para conseguir que Dios finalmente decida aceptarnos.
Luchamos desde una nueva identidad, dependiendo del Espíritu y descansando en Cristo.
La verdad también transforma nuestras relaciones
Una vida centrada en Dios necesariamente afecta la manera en que tratamos a las personas.
Juan presenta una prueba sorprendentemente práctica:
“El que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?”. — 1 Juan 4:20
Podemos hablar correctamente acerca de Dios y, sin embargo, ser orgullosos, crueles, impacientes o incapaces de reconocer nuestros errores.
La Escritura no permite separar esas cosas.
La madurez se hace visible en conversaciones ordinarias.
Se muestra cuando escuchamos antes de responder.
Cuando reconocemos que nos equivocamos.
Cuando dejamos de utilizar palabras para destruir.
Cuando perdonamos.
Cuando ayudamos sin esperar reconocimiento.
Cuando decimos la verdad con amor.
Cuando tratamos con paciencia a alguien difícil.
Cuando nos alegramos sinceramente por el bien de otra persona en lugar de sentirnos amenazados por su éxito.
Jesús dijo:
“En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros”. — Juan 13:35
Esto significa que las grandes verdades de la Escritura deben hacerse visibles en lugares sorprendentemente ordinarios: alrededor de una mesa, dentro de una conversación familiar, frente a una ofensa, durante una discusión, al tomar una decisión o cuando tenemos la oportunidad de servir sin recibir nada a cambio.
La verdad que confesamos con nuestra boca debe comenzar a reconocerse también en nuestra manera de vivir.
Y cuando esto ocurre, comprendemos que Dios no está formando simplemente personas que conocen correctamente su Palabra. Está formando un pueblo que, unido a Cristo y transformado por su Espíritu, comienza a reflejar su carácter en medio del mundo.
Dios no nos llamó a caminar solos
Ese pueblo que Dios está formando no es una idea abstracta. Cristo reúne a sus creyentes en una comunidad visible donde escuchan la Palabra, oran, aprenden, sirven, son corregidos y crecen juntos.
La vida cristiana nunca fue diseñada para vivirse en aislamiento.
Pablo escribe:
“Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular”. — 1 Corintios 12:27
La imagen es sencilla y profunda. Un miembro separado del cuerpo no puede vivir como si no necesitara a los demás. De manera semejante, Dios no nos salva para convertirnos en creyentes aislados que solamente se relacionan con Él de manera privada.
Necesitamos escuchar la Palabra junto con otros. Necesitamos aprender de creyentes maduros. Necesitamos servir. Necesitamos personas capaces de advertirnos cuando comenzamos a desviarnos. Y también necesitamos estar presentes cuando otros atraviesan sufrimientos, dudas o necesidades.
Hebreos dice:
“Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras”. — Hebreos 10:24
La Iglesia no es una reunión de personas que han alcanzado la perfección. Es una comunidad de pecadores rescatados que todavía necesitan diariamente la gracia de Dios.
Por eso habrá momentos en los que necesitaremos perdonar y ser perdonados, corregir y ser corregidos, ayudar y recibir ayuda.
La vida compartida también expone nuestro corazón. Es relativamente fácil considerarnos pacientes cuando nadie pone nuestra paciencia a prueba. Es fácil pensar que somos humildes mientras nadie contradice nuestra opinión. Es fácil hablar del perdón hasta que alguien realmente nos ofende.
Dios utiliza nuestras relaciones para mostrar áreas de nuestra vida que todavía necesitan ser transformadas.
Toda nuestra vida puede servir a Dios
Existe otro error que debemos evitar: pensar que solamente servimos a Dios cuando realizamos actividades directamente relacionadas con la Iglesia.
La Escritura presenta una visión mucho más amplia.
Pablo escribió:
“Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres”. — Colosenses 3:23
Esto cambia nuestra manera de entender las tareas ordinarias.
Un estudiante puede honrar a Dios estudiando responsablemente.
Un trabajador puede honrar a Dios realizando su labor con integridad.
Un padre o una madre puede servir a Dios cuidando pacientemente a sus hijos.
Una persona puede glorificar a Dios administrando correctamente sus recursos, ayudando a alguien necesitado, cumpliendo una promesa o realizando con excelencia una tarea que quizá nadie llegue a reconocer.
No necesitamos convertir cada actividad cotidiana en algo extraordinario para que tenga valor.
Necesitamos realizarla bajo el señorío de Cristo.
Esto también protege nuestro corazón de vivir solamente buscando reconocimiento. Si nuestra tarea es realizada finalmente delante de Dios, entonces incluso aquello que otros nunca ven puede tener verdadero valor.
La pregunta deja de ser solamente: “¿Qué quiero hacer con mi vida?”.
Comenzamos a preguntar: “¿Cómo puedo utilizar aquello que Dios ha puesto en mis manos para honrarlo y servir a otros?”
Nuestro tiempo, capacidades, oportunidades y recursos no son independientes de Dios. Somos administradores de aquello que hemos recibido.
La esperanza futura cambia nuestra manera de vivir hoy
Pero nuestra vida presente todavía ocurre en un mundo marcado por el pecado, la injusticia, el sufrimiento y la muerte.
Por eso necesitamos mirar hacia el final de la historia.
La Biblia no termina con la humanidad abandonada en un mundo destruido. Termina mostrando el cumplimiento de aquello que Dios había prometido.
Juan escribe:
“Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron”. — Apocalipsis 21:1
Después escucha estas palabras:
“He aquí, yo hago nuevas todas las cosas”. — Apocalipsis 21:5
La esperanza cristiana no consiste simplemente en pensar que las circunstancias mejorarán. Nuestra esperanza descansa en la promesa de Dios.
Cristo regresará.
Los muertos serán resucitados.
El mal será finalmente juzgado.
El pueblo de Dios será plenamente restaurado.
La creación será liberada de la corrupción.
Y los creyentes estarán para siempre con el Señor.
Esta esperanza cambia la manera en que vivimos ahora.
Cuando sufrimos, sabemos que el sufrimiento no tendrá la última palabra.
Cuando luchamos contra el pecado, sabemos que llegará el día en que esa lucha terminará.
Cuando hacemos el bien y nadie parece notarlo, sabemos que Dios lo ve.
Cuando perdemos algo que considerábamos importante, recordamos que nuestra herencia definitiva todavía está delante de nosotros.
Pablo podía mirar las aflicciones presentes desde esa perspectiva y escribir:
“Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria”. — 2 Corintios 4:17
No estaba diciendo que el sufrimiento fuera imaginario. Pablo conoció cárceles, persecuciones, rechazo y profundas dificultades.
Estaba comparando el sufrimiento presente con la grandeza de la gloria futura.
La eternidad coloca el presente en su verdadera proporción.
Toda la verdad conduce finalmente a la gloria de Dios
Ahora podemos contemplar el cuadro completo.
Dios creó todas las cosas para su gloria.
El ser humano cayó en pecado y quedó incapaz de rescatarse a sí mismo.
Dios llevó adelante su propósito de redención.
El Hijo eterno entró en nuestra historia, tomó verdadera naturaleza humana, vivió en perfecta obediencia, murió en lugar de pecadores y resucitó victoriosamente.
El Espíritu Santo da nueva vida, habita en los creyentes y los transforma.
Dios reúne un pueblo para sí mismo.
Cristo gobierna y un día regresará.
La historia terminará exactamente donde Dios ha determinado.
Cuando todas estas verdades permanecen unidas, nuestra manera de ver la vida cambia profundamente.
Ya no podemos pensar que somos el centro del universo.
Ya no podemos considerar el pecado como algo pequeño.
Ya no podemos tratar la cruz como un detalle secundario.
Ya no podemos considerar la santidad como algo opcional.
Ya no podemos vivir como si este mundo presente fuera todo lo que existe.
Y tampoco necesitamos vivir como si nuestra salvación dependiera finalmente de nuestra capacidad para mantenernos firmes por nuestras propias fuerzas.
Jesús dijo acerca de sus ovejas:
“y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano”. — Juan 10:28
Nuestra esperanza comienza con la gracia, continúa por la gracia y llegará a su cumplimiento por la gracia.
Esto no produce indiferencia. Produce gratitud.
Y la gratitud comienza a expresarse en obediencia.
Vivir delante de Dios
Podemos terminar este curso regresando a una escena sencilla.
Mañana por la mañana comenzará otro día ordinario.
Habrá tareas pendientes, conversaciones, decisiones, responsabilidades, tentaciones, alegrías y posiblemente dificultades que hoy todavía desconocemos.
Quizá nada parezca extraordinario.
Pero ninguna parte de ese día ocurrirá fuera de la presencia de Dios.
Cuando abras los ojos, seguirás viviendo en el mundo que Él creó.
Cuando aparezca una dificultad, continuarás bajo su gobierno.
Cuando recuerdes tu pecado, podrás mirar hacia la cruz.
Cuando seas tentado, podrás depender del Espíritu.
Cuando alguien te ofenda, podrás recordar la gracia que tú mismo has recibido.
Cuando tengas una oportunidad de servir, podrás hacerlo para la gloria de Dios.
Y cuando llegue el cansancio, podrás recordar que la historia todavía no ha terminado.
Eso significa vivir toda la verdad de Dios.
No significa caminar cada día pensando constantemente en una enorme cantidad de conceptos. Significa que las verdades de la Escritura han comenzado a formar nuestra manera de interpretar cada parte de nuestra existencia.
El puritano John Flavel, quien vivió entre 1627 y 1691, dedicó gran parte de su ministerio a enseñar a los creyentes a reconocer la mano de Dios en las circunstancias ordinarias de la vida. Esa mirada sigue siendo profundamente necesaria.
Necesitamos aprender a vivir conscientes de Dios.
No solamente cuando oramos.
No solamente cuando abrimos la Biblia.
No solamente cuando nos reunimos con otros creyentes.
Sino también cuando trabajamos, descansamos, estudiamos, sufrimos, celebramos, tomamos decisiones y servimos.
Pablo resume esta visión con palabras extraordinariamente sencillas:
“Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios”. — 1 Corintios 10:31
Hacedlo todo.
Ahí está la meta.
No solamente conocer la verdad.
No solamente defenderla.
No solamente explicarla correctamente.
Sino creerla, amarla y vivir bajo ella.
Que nuestra mente conozca a Dios por medio de su Palabra. Que nuestro corazón encuentre su descanso en Cristo. Que nuestras decisiones sean moldeadas por sus mandamientos. Que nuestras relaciones reflejen su gracia. Que nuestra esperanza permanezca puesta en sus promesas.
Y cuando fallemos, porque todavía fallaremos, que no corramos lejos de Dios intentando ocultarnos, sino hacia Cristo en arrepentimiento y fe.
Al final, la vida cristiana no consiste en demostrar cuánto podemos hacer nosotros.
Consiste en vivir cada día reconociendo cuánto necesitamos a Cristo.
La verdad de Dios no fue entregada solamente para llenar nuestras libretas. Fue dada para gobernar nuestra mente, transformar nuestro corazón, dirigir nuestros pasos y conducir toda nuestra vida hacia la gloria de Dios.
Ejercicios:
1. Una verdad para vivir
Escribe en tu libreta una verdad acerca de Dios que hayas aprendido durante este curso. Debajo escribe una manera sencilla y concreta en la que esa verdad debería cambiar tu vida diaria.
2. Cristo en el centro
Lee Colosenses 3:1-17. Después escribe tres cosas que encuentres en el pasaje que una persona unida a Cristo debe abandonar y tres que debe comenzar a practicar.
3. Examina una parte de tu día
Escoge una actividad cotidiana como estudiar, trabajar, conversar con tu familia o utilizar tu tiempo libre. Escribe dos maneras prácticas en las que puedes realizar esa actividad para honrar a Dios.
4. Una oración final
Escribe una oración muy breve agradeciendo a Dios por tres verdades que hayas aprendido. Después pídele que esas verdades no permanezcan solamente en tu mente, sino que produzcan cambios reales en tu manera de vivir.