Undécima lección del estudio: Teología Sistemática.
Hay una verdad que ningún calendario puede señalar y ningún reloj puede anunciar: llegará un día en que la historia humana habrá vivido su última mañana bajo el orden presente. Habrá una última generación, una última hora y un momento determinado por Dios en el que Cristo regresará. No será el final provocado por el azar ni la victoria definitiva del caos. Será el cumplimiento exacto del propósito que Dios estableció desde antes de la fundación del mundo.
Por eso, cuando las Escrituras hablan de los últimos tiempos, no buscan alimentar nuestra curiosidad acerca de fechas ocultas. Buscan levantar nuestros ojos hacia Cristo, fortalecer nuestra esperanza y enseñarnos cómo debemos vivir mientras esperamos su regreso.
La historia no camina sin dirección. Se dirige hacia un encuentro con su Rey.
Vivimos en los últimos tiempos
Una de las primeras verdades que debemos comprender es que, según el Nuevo Testamento, los últimos tiempos no se limitan únicamente a los días inmediatamente anteriores al regreso de Cristo. Comenzaron con la obra de Jesús y avanzan hacia su consumación.
Hebreos declara:
“Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo”. — Hebreos 1:1-2
Pedro enseñó algo semejante cuando explicó lo sucedido en Pentecostés alrededor del año 30 d. C. Citando al profeta Joel, dijo:
“Y en los postreros días, dice Dios, derramaré de mi Espíritu sobre toda carne”. — Hechos 2:17
Esto significa que la venida de Cristo marcó una nueva etapa en la historia de la redención. El Mesías prometido llegó, murió por nuestros pecados, resucitó, ascendió al cielo y derramó el Espíritu Santo sobre su pueblo. Ahora la Iglesia vive entre dos grandes acontecimientos: la primera venida de Cristo y su regreso.
Podemos pensar en la historia como una gran obra cuyo acontecimiento decisivo ya ocurrió. Cristo venció mediante su muerte y resurrección, pero todavía esperamos la manifestación completa de esa victoria.
Por eso el creyente vive mirando hacia atrás y hacia adelante. Mira hacia atrás, hacia la cruz y la tumba vacía, porque allí encuentra el fundamento de su salvación. Pero también mira hacia adelante, porque espera al Rey que prometió regresar.
El regreso de Cristo será real
Después de su resurrección, Jesús pasó cuarenta días apareciéndose a sus discípulos y enseñándoles acerca del reino de Dios. Finalmente, desde el monte de los Olivos, ascendió delante de ellos.
Mientras los discípulos contemplaban el cielo, dos ángeles les dijeron:
“Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo”. — Hechos 1:11
La promesa es extraordinariamente concreta: este mismo Jesús vendrá.
El Cristo que nació, caminó por Galilea, enseñó, fue crucificado, resucitó corporalmente y ascendió al cielo regresará personalmente.
Su regreso no debe reducirse a una metáfora del progreso espiritual de la humanidad. Tampoco significa simplemente que Cristo está presente espiritualmente con su Iglesia. Jesús ya está espiritualmente con su pueblo y prometió permanecer con nosotros hasta el fin del mundo. Sin embargo, las Escrituras anuncian además un regreso futuro y visible.
Jesús dijo:
“Entonces aparecerá la señal del Hijo del Hombre en el cielo; y entonces lamentarán todas las tribus de la tierra, y verán al Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes del cielo, con poder y gran gloria”. — Mateo 24:30
La primera venida estuvo marcada por humildad. Cristo nació en condiciones sencillas y muchos no reconocieron quién estaba delante de ellos. Su regreso será diferente. Vendrá manifestando públicamente su autoridad y gloria.
La historia humana descubrirá entonces algo que los creyentes confiesan desde ahora: Jesucristo es Señor.
Nadie conoce el día de su regreso
A lo largo de la historia muchas personas han intentado calcular la fecha del regreso de Cristo. Algunas incluso anunciaron días específicos. Todas esas predicciones fracasaron.
El problema fundamental no es simplemente que sus cálculos fueran incorrectos. El problema es que intentaron conocer algo que Cristo expresamente dijo que no nos corresponde conocer.
Jesús declaró:
“Pero del día y la hora nadie sabe, ni aun los ángeles de los cielos, sino sólo mi Padre”. — Mateo 24:36
Y antes de ascender respondió a sus discípulos:
“No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones, que el Padre puso en su sola potestad”. — Hechos 1:7
Estas palabras deberían producir humildad.
Dios nos ha revelado lo suficiente para vivir preparados, pero no nos ha entregado un calendario para satisfacer nuestra curiosidad.
La pregunta bíblica principal, entonces, no es: “¿En qué fecha regresará Cristo?”. La pregunta es: “¿Cómo debo vivir sabiendo que Cristo regresará?”.
Jesús dirige nuestra atención hacia la vigilancia, la fidelidad y la obediencia.
“Velad, pues, porque no sabéis a qué hora ha de venir vuestro Señor”. — Mateo 24:42
Esperar bíblicamente no significa abandonar nuestras responsabilidades y mirar constantemente hacia el cielo. Significa servir a Dios hoy porque sabemos quién viene mañana.
El estudiante continúa aprendiendo. El padre cuida de su familia. La madre sirve fielmente. El trabajador realiza su labor con integridad. La Iglesia anuncia el evangelio. El creyente lucha contra el pecado, ama a su prójimo, ora y persevera.
La esperanza futura transforma la vida presente.
La resurrección de los muertos
El regreso de Cristo estará acompañado por una realidad extraordinaria que atraviesa toda la esperanza cristiana: los muertos resucitarán.
Esto es importante porque la esperanza que presentan las Escrituras no consiste simplemente en que nuestra alma continúe existiendo después de la muerte. Dios creó al ser humano con cuerpo y alma, y su propósito final incluye la restauración de la persona completa.
Jesús enseñó:
“Vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación”. — Juan 5:28-29
Estas palabras muestran que la resurrección tendrá un alcance universal. Tanto justos como injustos comparecerán delante de Dios.
Para quienes pertenecen a Cristo, esta verdad está llena de esperanza.
Pablo explica en 1 Corintios 15 que nuestra resurrección está inseparablemente unida a la resurrección de Jesús. Cristo no solamente venció la muerte para demostrar quién era; resucitó como cabeza y representante de su pueblo.
“Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho”. — 1 Corintios 15:20
La palabra “primicias” comunica una imagen sencilla. En Israel, los primeros frutos de una cosecha anunciaban que vendrían muchos más. De manera semejante, la resurrección de Cristo garantiza la futura resurrección de quienes están unidos a Él.
Por eso la tumba no tiene la última palabra sobre el creyente.
Pablo explica que nuestros cuerpos actuales son débiles, corruptibles y mortales, pero serán levantados incorruptibles y glorificados. No recibiremos simplemente una reparación temporal de nuestro cuerpo actual. Dios realizará una transformación profunda que eliminará para siempre aquello que pertenece a la corrupción y a la muerte.
“Se siembra en corrupción, resucitará en incorrupción. Se siembra en deshonra, resucitará en gloria; se siembra en debilidad, resucitará en poder”. — 1 Corintios 15:42-43
Esta esperanza permite mirar la muerte desde una perspectiva diferente. La separación sigue siendo dolorosa. Las Escrituras nunca nos enseñan a fingir que perder a alguien no duele. Jesús mismo lloró ante la tumba de Lázaro. Pero el dolor del creyente está acompañado por una esperanza que la muerte no puede destruir.
La muerte sigue siendo enemiga, pero es una enemiga derrotada.
Todos compareceremos delante de Dios
El regreso de Cristo también traerá el juicio final.
Esta enseñanza puede resultar seria, pero no debe ocultarse. Un mensaje cristiano que habla del amor de Dios mientras elimina su justicia presenta una imagen incompleta de Dios.
Pablo declaró:
“Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo”. — 2 Corintios 5:10
El juicio final significa que la historia humana tendrá una evaluación perfecta. Ninguna injusticia quedará eternamente escondida. Ninguna mentira permanecerá sin ser expuesta. Ningún abuso será olvidado. Ninguna obra será juzgada incorrectamente.
En los tribunales humanos pueden faltar pruebas. Los testigos pueden mentir. Los jueces pueden equivocarse. Los culpables pueden escapar y los inocentes pueden sufrir injustamente.
Pero delante de Cristo nada estará oculto.
Él conoce cada pensamiento, cada intención y cada acción con una exactitud absoluta. Su juicio no dependerá de información incompleta. Abraham expresó esta confianza muchos siglos antes:
“El Juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo?”. — Génesis 18:25
Sí. Lo hará.
El juicio final mostrará públicamente la justicia perfecta de Dios.
La única seguridad está en Cristo
Ante esta realidad surge una pregunta inevitable: ¿cómo puede un pecador presentarse delante de un Dios perfectamente santo?
La respuesta no se encuentra en comparar nuestra conducta con la de otras personas.
Podemos encontrar fácilmente a alguien que aparentemente haya vivido peor que nosotros. Pero otras personas no son la medida con la cual Dios juzga. Su propia santidad es la medida, y delante de ella todos hemos pecado.
“Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios”. — Romanos 3:23
Si nuestra esperanza para el juicio final estuviera basada en nuestro propio historial, ninguno podría permanecer delante de Dios.
Aquí resplandece el corazón del evangelio.
El mismo Cristo que regresará como Juez vino primero como Salvador.
En la cruz, Jesús llevó sobre sí el juicio que merecía su pueblo. No murió simplemente como ejemplo de amor. Se entregó en lugar de pecadores, satisfaciendo la justicia divina.
“Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él”. — 2 Corintios 5:21
Por eso la seguridad del creyente no descansa en poder decir: “He vivido lo suficientemente bien”. Descansa en poder decir: “Cristo es mi justicia”.
Juan Calvino explicó en el siglo XVI que nuestra seguridad delante de Dios debe buscarse fuera de nosotros mismos, en Cristo. Esta verdad sigue siendo fundamental: si miramos únicamente nuestro desempeño encontraremos razones para temer; cuando descansamos por fe en la obra perfecta de Cristo encontramos una justicia que nosotros jamás podríamos producir.
Esto tampoco significa que nuestras obras carezcan de importancia.
Las buenas obras no compran la salvación, pero muestran el fruto de una fe verdadera. Somos salvados únicamente por la gracia de Dios mediante la fe, y esa gracia comienza a transformar nuestra manera de vivir.
Jesús enseñó que en el juicio quedará manifiesta la realidad de cada persona. Lo que ahora puede esconderse detrás de palabras religiosas será completamente revelado.
Para quien está unido a Cristo, el día del juicio no significará descubrir repentinamente si logró acumular suficientes méritos para entrar en la presencia de Dios. Su aceptación descansa en la obra perfecta de Cristo.
Pablo lo expresa con enorme claridad:
“Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús”. — Romanos 8:1
Observe la fuerza de estas palabras: ninguna condenación.
No poca condenación. No una condenación reducida. Ninguna.
El pecado del creyente ha sido verdaderamente juzgado en Cristo. Por eso puede esperar el regreso del Señor con reverencia, pero también con esperanza.
Dos destinos eternos
Las Escrituras no enseñan que finalmente todas las personas tendrán el mismo destino.
Jesús habló claramente de vida eterna y castigo eterno:
“E irán éstos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna”. — Mateo 25:46
Esta enseñanza debe comunicarse con seriedad y humildad, nunca con orgullo. La condenación eterna no es un tema para burlarse del pecador ni para sentirnos superiores a otras personas.
Si somos salvos, es únicamente por gracia.
Nadie entrará en la presencia eterna de Dios porque haya sido naturalmente mejor que los demás. Los redimidos estarán allí porque Cristo los compró con su sangre.
Por eso la enseñanza acerca del juicio debe despertar dos cosas en nosotros.
Primero, gratitud. El creyente reconoce la enorme misericordia que ha recibido.
Segundo, urgencia. Mientras exista oportunidad debemos anunciar el evangelio con amor, claridad y fidelidad.
El regreso de Cristo significa que la historia se dirige hacia una separación definitiva entre quienes pertenecen al Rey y quienes permanecen fuera de Él.
Pero todavía vivimos en el tiempo en que el mensaje de reconciliación está siendo anunciado.
“He aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de salvación”. — 2 Corintios 6:2
Por eso la enseñanza de los últimos tiempos no fue entregada para convertirnos en espectadores obsesionados con descifrar acontecimientos. Fue dada para formar discípulos que conocen el destino de la historia y, precisamente por eso, anuncian a Cristo mientras todavía hay tiempo.
Dios hará nuevas todas las cosas
La esperanza cristiana no termina simplemente con abandonar este mundo y permanecer para siempre en un estado espiritual. Las Escrituras presentan algo mucho más grande: Dios llevará su obra de redención hasta la renovación de su creación.
Pedro escribió:
“Pero nosotros esperamos, según sus promesas, cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia”. — 2 Pedro 3:13
Y Juan contempló esta realidad en la visión registrada en Apocalipsis:
“Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron”. — Apocalipsis 21:1
La Biblia comienza con Dios creando los cielos y la tierra y termina mostrando una creación liberada de la corrupción causada por el pecado. Esto permite contemplar toda la historia como una gran obra que posee principio, desarrollo y cumplimiento.
En Génesis encontramos un mundo creado bueno. Luego aparece el pecado, y con él entran la culpa, el sufrimiento, la separación y la muerte. Pero Dios no abandona su creación. A través de toda la Escritura desarrolla su propósito de redención, cuyo centro es Jesucristo.
Al final, aquello que el pecado dañó no permanecerá eternamente bajo corrupción.
Pablo explica que la creación misma espera ser libertada:
“Porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios”. — Romanos 8:21
Esta esperanza cambia profundamente nuestra manera de comprender el futuro. El destino final del creyente no es una existencia vaga entre nubes. La esperanza bíblica incluye cuerpos resucitados habitando en una creación renovada bajo el gobierno perfecto de Dios.
Dios habitará con su pueblo
Sin embargo, lo más maravilloso de la nueva creación no serán sus paisajes, su belleza ni la ausencia de sufrimiento. Su mayor gloria será la presencia de Dios.
Juan escuchó una gran voz que decía:
“He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios”. — Apocalipsis 21:3
Aquí encontramos el cumplimiento de una promesa que recorre toda la Biblia: Dios habitando con su pueblo.
En el Edén, Dios estaba con el ser humano. Después de la caída, el pecado produjo separación. Más adelante, el tabernáculo y el templo mostraron de manera especial la presencia de Dios entre Israel. Finalmente, el Hijo de Dios vino y habitó entre nosotros.
Pero todavía esperamos el cumplimiento definitivo.
Entonces no habrá templo que represente la presencia divina, porque Dios mismo estará con su pueblo.
Juan continúa:
“Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron”. — Apocalipsis 21:4
Observe que Dios no promete simplemente ayudarnos a soportar eternamente el sufrimiento. Promete eliminar aquello que lo produce.
La muerte desaparecerá. El pecado no volverá a corromper el corazón humano. Ninguna relación será destruida por el egoísmo. No existirá injusticia esperando reparación. La enfermedad, el deterioro y la muerte habrán terminado.
Entonces comprenderemos plenamente la declaración de Cristo:
“He aquí, yo hago nuevas todas las cosas”. — Apocalipsis 21:5
Veremos a Cristo
Existe todavía una esperanza mayor.
Los creyentes verán al Señor.
Juan escribió:
“Verán su rostro, y su nombre estará en sus frentes”. — Apocalipsis 22:4
Durante nuestra vida presente conocemos verdaderamente a Cristo mediante su Palabra y por la obra del Espíritu Santo. Lo amamos sin haberlo visto físicamente. Confiamos en sus promesas y caminamos por fe.
Pero llegará el día en que la fe dará paso a la vista.
Job expresó siglos antes una esperanza extraordinaria:
“Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo”. — Job 19:25
Esta esperanza sostuvo también a muchos creyentes a lo largo de la historia. Los puritanos hablaban frecuentemente de la vida cristiana como una peregrinación hacia la presencia de Dios. John Owen, quien murió en 1683, dedicó sus últimos años a meditar especialmente en la gloria de Cristo. Para él, contemplar a Cristo por la fe en esta vida preparaba al creyente para contemplarlo en gloria.
Ese énfasis sigue siendo profundamente bíblico.
El cielo no es precioso principalmente porque allí recuperaremos cosas perdidas. Es precioso porque allí estaremos con Cristo.
Pablo podía decir:
“Teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor”. — Filipenses 1:23
Cristo es el centro de nuestra esperanza futura porque Cristo es el centro de nuestra salvación presente.
Esperar el futuro transforma el presente
Podría parecer que pensar mucho en la eternidad nos alejaría de nuestras responsabilidades actuales. La Biblia enseña precisamente lo contrario.
Pedro, después de hablar acerca del día del Señor, pregunta:
“¿Qué clase de personas no debéis ser vosotros en santa y piadosa manera de vivir?”. — 2 Pedro 3:11
La esperanza futura debe producir santidad presente.
Si Cristo regresará, nuestra vida importa.
Si habrá juicio, nuestras decisiones importan.
Si nuestros cuerpos resucitarán, lo que hacemos con ellos importa.
Si habrá una nueva creación, nuestro trabajo realizado para la gloria de Dios no es inútil.
Si veremos a Cristo, vale la pena luchar hoy contra aquello que nos aleja de Él.
La enseñanza bíblica acerca de los últimos tiempos no fue escrita para alimentar discusiones interminables sobre cada detalle profético. Dentro de la historia cristiana han existido diferencias sinceras acerca del orden de ciertos acontecimientos futuros, especialmente en la interpretación del milenio de Apocalipsis 20. Debemos estudiar estas cuestiones cuidadosamente, pero sin permitir que asuntos secundarios oculten las grandes verdades que las Escrituras presentan con claridad.
Cristo regresará.
Los muertos resucitarán.
Habrá un juicio final.
El mal será definitivamente derrotado.
Los redimidos estarán para siempre con el Señor.
Dios hará nuevas todas las cosas.
Estas verdades no fueron dadas para producir especulación, sino perseverancia.
La historia terminará delante del Rey
Cuando observamos guerras, injusticias, enfermedades, persecuciones y muerte, podemos sentir que la historia está fuera de control. Pero las Escrituras muestran una realidad diferente.
Dios no está intentando descubrir cómo terminará la historia.
Él gobierna sobre ella.
El mismo Cristo que fue rechazado, golpeado y crucificado volverá como Rey. Aquel ante quien los hombres se burlaron será reconocido universalmente como Señor.
Pablo escribió:
“Para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre”. — Filipenses 2:10-11
Por eso la esperanza cristiana no depende de que la humanidad consiga construir finalmente un mundo perfecto. Descansa sobre algo mucho más seguro: las promesas del Dios que no puede mentir.
El creyente puede mirar hacia el futuro sin desesperación porque conoce al Señor del futuro.
Jonathan Edwards, pastor y pensador del siglo XVIII, contemplaba la historia como el escenario donde Dios desarrolla su gran obra de redención hasta conducirla a su propósito final. Esa perspectiva nos ayuda a comprender que los acontecimientos humanos no son capítulos desconectados. Todo avanza bajo la providencia divina hacia la victoria definitiva de Cristo.
Por eso nuestra esperanza no consiste en escapar aterrorizados del futuro. Consiste en esperar al Salvador.
“Aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo”. — Tito 2:13
Quizá nosotros muramos antes de contemplar su regreso. Quizá pertenezcamos a la generación que lo vea venir. Dios no nos ha revelado cuál será nuestro caso.
Pero sí nos ha revelado lo necesario.
Sabemos quién viene.
Sabemos que la tumba será vencida.
Sabemos que la justicia prevalecerá.
Sabemos que Cristo conservará a su pueblo.
Y sabemos que llegará el día en que la última lágrima será secada y la muerte no volverá a tocar la creación de Dios.
Hasta entonces, la Iglesia permanece esperando, sirviendo, anunciando el evangelio y levantando sus ojos hacia su Rey.
La Biblia termina precisamente con esa esperanza:
“El que da testimonio de estas cosas dice: Ciertamente vengo en breve. Amén; sí, ven, Señor Jesús”. — Apocalipsis 22:20
Ejercicios:
1. Escribe en tu libreta cuatro acontecimientos que ocurrirán relacionados con el regreso de Cristo según lo estudiado en esta lección. Al lado de cada uno coloca una referencia bíblica que lo enseñe.
2. Lee Apocalipsis 21:1-5 y escribe con tus propias palabras cinco cosas que serán diferentes en la nueva creación.
3. Explica brevemente en tu libreta por qué el creyente puede enfrentar el juicio final confiando en Cristo y no en sus propios méritos. Utiliza Romanos 8:1 como apoyo para tu respuesta.
4. Escribe tres maneras sencillas en las que saber que Cristo regresará debería cambiar tu manera de vivir esta semana. Puedes considerar tu relación con Dios, tu trato hacia otras personas y alguna responsabilidad cotidiana.