Representación visual de la omnipotencia de Dios

La omnipotencia de Dios

«Todo lo que Jehova quiere, lo hace, En los cielos y en la tierra, en los mares y en todos los abismos»
Salmos 135:6

El poder ante el cual todo límite desaparece

Hay una pregunta que atraviesa silenciosamente muchos momentos de nuestra vida: ¿qué sucede cuando llegamos al lugar donde ya no podemos hacer nada? Hay puertas que nuestra fuerza no puede abrir, circunstancias que nuestra inteligencia no puede controlar y acontecimientos que ningún ser humano puede detener. Podemos construir ciudades, cruzar océanos, estudiar las estrellas y desarrollar máquinas extraordinarias, pero seguimos siendo criaturas limitadas. Basta una tormenta, una enfermedad, el paso del tiempo o una circunstancia inesperada para recordarnos que nuestro poder tiene fronteras.

Dios no conoce esas fronteras.

Cuando la Biblia habla del poder de Dios, no presenta simplemente a un ser mucho más fuerte que nosotros. Presenta al Señor cuyo poder no tiene medida creada. Él no necesita reunir fuerzas antes de actuar, no necesita ayuda para terminar lo que comienza y nunca encuentra una situación que sea demasiado grande para Él.

Job lo reconoció después de contemplar la grandeza divina: «Yo conozco que todo lo puedes, y que no hay pensamiento que se esconda de ti» (Job 42:2).

Stephen Charnock, al escribir acerca de los atributos de Dios, explicó que su poder es aquella perfección por la cual puede realizar todo cuanto quiere conforme a su naturaleza. Esto es importante. La omnipotencia no significa que Dios haga cosas absurdas o contrarias a quien Él es. Significa que nada puede impedirle realizar todo aquello que su santa voluntad determina.

Dios posee todo poder

Nosotros utilizamos fuerzas que ya existen. El agricultor necesita tierra, semilla, agua y luz. El constructor necesita materiales. El artista necesita un medio sobre el cual trabajar. Incluso las personas más poderosas dependen constantemente de cosas que no produjeron.

Dios es diferente.

Las primeras palabras de la Escritura nos colocan delante de esta realidad: «En el principio creó Dios los cielos y la tierra» (Génesis 1:1). Después escuchamos repetidamente: «Y dijo Dios», y aquello que Dios ordenaba llegaba a existir.

No encontramos a Dios luchando contra una materia rebelde. No hay un adversario intentando impedir la creación. Dios habla y la realidad responde.

Juan Calvino observaba que el universo entero depende continuamente del poder de Dios. La creación, por tanto, no es solamente evidencia de algo que Dios hizo hace mucho tiempo; cada instante de nuestra existencia sigue declarando que somos sostenidos por Él.

Jonathan Edwards llevó esta verdad todavía más lejos al insistir en la dependencia absoluta de la criatura respecto de Dios. Nada creado posee existencia independiente. Cada respiración, cada movimiento y cada segundo de nuestra vida dependen finalmente de Aquel que nos hizo.

El filósofo y matemático Blaise Pascal percibió profundamente la pequeñez humana frente a la inmensidad del universo. Sin embargo, la Escritura nos conduce todavía más arriba: el universo que nos hace sentir pequeños es, a su vez, pequeño delante de su Creador.

Isaías pregunta: «¿Quién midió las aguas con el hueco de su mano y los cielos con su palmo?» (Isaías 40:12). La imagen es deliberadamente inmensa. Aquello que nosotros apenas podemos contemplar, Dios lo gobierna sin esfuerzo.

Nada puede frustrar sus propósitos

La omnipotencia de Dios no consiste solamente en su capacidad para realizar actos extraordinarios. También significa que ninguna criatura puede finalmente derrotar su voluntad.

Nabucodonosor aprendió esta verdad después de haber sido humillado. Al recuperar la razón confesó acerca de Dios: «Él hace según su voluntad en el ejército del cielo, y en los habitantes de la tierra, y no hay quien detenga su mano» (Daniel 4:35).

Reyes pueden levantar ejércitos. Naciones pueden elaborar planes. Personas pueden rebelarse contra los mandamientos de Dios. Satanás puede oponerse a sus propósitos. Sin embargo, ninguna criatura puede colocar a Dios en una situación en la que Él diga: «Quería hacer esto, pero finalmente no pude».

Charles Spurgeon enseñaba con frecuencia que la soberanía divina sería solamente un título vacío si Dios careciera del poder necesario para ejecutar aquello que determina. Pero el Dios de la Biblia no observa impotente cómo la historia escapa de sus manos.

José proporciona una de las imágenes más claras. Sus hermanos actuaron con verdadera maldad cuando lo vendieron. Sin embargo, años después José pudo decirles: «Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien» (Génesis 50:20).

Dios no llamó bueno al pecado de aquellos hombres. Tampoco perdió el control por causa de ese pecado. Su poder fue tan grande que incluso las decisiones perversas de los hombres terminaron sirviendo a un propósito que ellos jamás habían planeado.

Herman Bavinck señaló que el poder de Dios nunca debe separarse de su sabiduría y bondad. Dios no es una fuerza gigantesca actuando sin dirección. Su poder pertenece al mismo Dios que es santo, sabio, justo y bueno.

Dios puede hacer lo que para nosotros es imposible

Abraham y Sara conocieron esta realidad cuando Dios prometió un hijo en circunstancias humanamente imposibles. Ante la incredulidad de Sara, el Señor preguntó: «¿Hay para Dios alguna cosa difícil?» (Génesis 18:14).

Siglos después, el ángel Gabriel anunció a María algo todavía más extraordinario y declaró: «Porque nada hay imposible para Dios» (Lucas 1:37).

Esto no significa que podamos inventar cualquier deseo y exigir que Dios lo realice. La omnipotencia nunca convierte nuestros deseos en órdenes para Dios. Él puede hacer todo cuanto quiere, pero siempre actúa conforme a su voluntad perfecta.

Tomás de Aquino hizo una distinción útil al explicar que el poder divino no incluye contradicciones absurdas. Dios no puede dejar de ser Dios, mentir o actuar contra su propia naturaleza. La Escritura misma afirma que «es imposible que Dios mienta» (Hebreos 6:18). Esto no revela debilidad, sino perfección. Mentir no requiere mayor poder; revela corrupción.

R. C. Sproul insistía por esta razón en que los atributos de Dios nunca deben separarse unos de otros. Su poder siempre es santo. Su poder siempre es sabio. Su poder siempre pertenece al Dios perfectamente bueno.

El poder de Dios sobre la salvación

Existe una obra todavía más asombrosa que contemplar montañas, océanos y galaxias: Dios puede dar vida espiritual a personas que no pueden producirla por sí mismas.

Jesús explicó la gravedad de nuestra condición cuando dijo: «Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere» (Juan 6:44).

El problema humano no consiste simplemente en falta de información. El pecado ha penetrado nuestra voluntad, nuestros deseos y nuestro entendimiento. Necesitamos algo que ninguna educación, filosofía o disciplina moral puede producir por sí sola: necesitamos que Dios actúe.

Pablo describe esta obra con palabras extraordinarias: «Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados» (Efesios 2:1).

John Owen enseñó ampliamente que la transformación del pecador es obra eficaz del Espíritu de Dios. El corazón humano no se reconstruye a sí mismo para después acudir a Cristo. Dios obra profundamente en nosotros, abre nuestros ojos y nos lleva voluntariamente hacia el Salvador.

Por eso, cuando los discípulos preguntaron: «¿Quién, pues, podrá ser salvo?», Jesús respondió: «Para los hombres esto es imposible; mas para Dios todo es posible» (Mateo 19:25-26).

Aquí la omnipotencia deja de ser solamente una enseñanza para contemplar y se convierte en esperanza. El Dios que llamó la luz desde las tinieblas puede iluminar un corazón. El Dios que levantó a Cristo de entre los muertos puede dar vida al pecador.

El poder de Dios también se manifiesta en el juicio

Sería un grave error hablar del poder de Dios solamente como una fuente de consuelo. La Biblia también presenta su omnipotencia como motivo de reverencia.

Ninguna injusticia permanecerá eternamente fuera de su alcance. Ningún gobernante será demasiado poderoso para comparecer delante de Él. Ningún secreto podrá esconderse para siempre.

Jesús dijo: «Temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno» (Mateo 10:28).

La misma mano capaz de salvar perfectamente también posee autoridad para juzgar justamente. Esto impide convertir la omnipotencia en una idea sentimental. Dios no existe simplemente para resolver nuestros problemas. Él es Rey, y nosotros somos sus criaturas.

La omnipotencia resplandece de manera extraordinaria en Cristo

En los Evangelios vemos algo sorprendente. Jesús habla al viento y el viento se detiene. Ordena al mar y las aguas obedecen. Enfermedades retroceden ante su autoridad. Incluso la muerte está sometida a su palabra.

Cuando una tormenta amenazaba la embarcación de los discípulos, Cristo «reprendió a los vientos y al mar; y se hizo grande bonanza» (Mateo 8:26).

Los discípulos preguntaron entonces: «¿Qué hombre es este, que aun los vientos y el mar le obedecen?» (Mateo 8:27).

La pregunta conduce al corazón de su identidad.

Pablo declara acerca de Cristo: «Porque en él fueron creadas todas las cosas» (Colosenses 1:16). Y Hebreos afirma que sostiene «todas las cosas con la palabra de su poder» (Hebreos 1:3).

El poder que creó las estrellas es el poder del Hijo eterno.

Sin embargo, la cruz nos muestra algo profundamente sorprendente. Cristo poseía todo poder y, aun así, se entregó voluntariamente. Su muerte no ocurrió porque sus enemigos hubieran conseguido vencer a un Mesías indefenso. Jesús afirmó: «Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo» (Juan 10:18).

Después vino la resurrección. La tumba que parecía anunciar la victoria definitiva de la muerte quedó vacía. Pablo habla de «la supereminente grandeza de su poder» manifestada cuando Dios levantó a Cristo de los muertos (Efesios 1:19-20).

Cuando nuestra fuerza termina

Esta verdad cambia la manera en que enfrentamos nuestros temores.

Hay circunstancias que realmente están fuera de nuestro control. Negarlo no es fe. Somos débiles, nuestra comprensión es pequeña y nuestro futuro permanece oculto para nosotros.

Pero estar fuera de nuestras manos no significa estar fuera de las manos de Dios.

Pensemos en una pequeña embarcación atravesando un mar oscuro. Los pasajeros pueden desconocer la profundidad de las aguas, la dirección del viento y lo que encontrarán después. Nuestra vida muchas veces se siente así. Sin embargo, la seguridad del creyente no descansa en conocer cada ola que aparecerá, sino en saber quién gobierna el mar.

John Flavel enseñó extensamente acerca de la providencia y animaba a los creyentes a observar cómo Dios dirige incluso aquellas circunstancias que parecen confusas. No siempre comprenderemos inmediatamente lo que Él está haciendo. La fe no significa comprender todos sus caminos; significa descansar en el carácter de Aquel cuyos caminos son perfectos.

Por eso el temor no debe tener la última palabra.

Cuando miramos únicamente nuestra capacidad, muchas situaciones parecen gigantescas. Cuando recordamos quién es Dios, comprendemos que nuestros problemas jamás adquieren omnipotencia. Ninguna circunstancia puede convertirse en rival de Dios.

Aprender a confiar cuando no entendemos

También debemos evitar otro error: pensar que, porque Dios tiene poder para cambiar inmediatamente una situación, necesariamente tiene que hacerlo.

Pablo pidió tres veces que fuera quitado aquello que lo afligía. Dios tenía poder para hacerlo, pero respondió: «Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad» (2 Corintios 12:9).

A veces Dios muestra su poder quitando la dificultad. Otras veces lo muestra sosteniendo a su pueblo en medio de ella.

Esta diferencia es fundamental.

La fe madura no dice: «Dios es poderoso, por tanto hará exactamente lo que deseo». Dice: «Dios es poderoso, sabio y bueno; por tanto puedo confiar en Él incluso cuando su decisión es diferente de la mía».

J. I. Packer recordó a generaciones de creyentes que conocer a Dios transforma nuestra manera de interpretar las circunstancias. Cuanto más grande es nuestra comprensión de Dios, menos sentido tiene vivir como si todo dependiera finalmente de nuestra capacidad.

Descansar bajo las manos del Todopoderoso

La omnipotencia de Dios destruye dos ilusiones humanas. La primera es pensar que somos autosuficientes. La segunda es pensar que existen situaciones demasiado difíciles para Dios.

Ambas son falsas.

Somos más débiles de lo que muchas veces queremos reconocer, pero Dios es infinitamente más poderoso de lo que podemos comprender.

Cuando Abraham contemplaba una promesa humanamente imposible, Dios seguía siendo poderoso. Cuando Israel quedó frente al mar y Faraón avanzaba detrás, Dios seguía siendo poderoso. Cuando Daniel descendió al foso, Dios seguía siendo poderoso. Cuando los discípulos contemplaron la piedra colocada sobre la tumba de Cristo, Dios seguía siendo poderoso.

Y cuando nosotros llegamos al límite de nuestras fuerzas, Él no ha llegado al límite de las suyas.

La omnipotencia nos llama entonces a abandonar la ilusión del control, obedecer cuando el camino parece difícil, orar cuando humanamente parece no existir salida y confiar cuando todavía no podemos comprender lo que Dios está haciendo.

El Salmo 115:3 permanece como una roca debajo de nuestros pies: «Nuestro Dios está en los cielos; todo lo que quiso ha hecho».

Nada puede agotar su poder. Nada puede sorprenderlo. Nada puede derribar su trono. Ningún propósito suyo terminará abandonado por falta de fuerza.

El Dios que creó, sostiene, gobierna, salva y juzga llevará finalmente su propósito hasta el final. Por eso nuestra esperanza no descansa en que nosotros podamos controlar el mañana, sino en que el mañana pertenece al Dios Todopoderoso.