La omnisciencia de Dios
«Grande es el Señor nuestro, y de mucho poder; y su entendimiento es infinito»
Salmo 147:5
El Dios para quien nada es desconocido
Hay una experiencia que acompaña al ser humano durante toda su vida: no saber qué ocurrirá después. Podemos cerrar los ojos esta noche con muchos planes para mañana, pero ninguno de nosotros conoce con certeza lo que traerá el nuevo día. No sabemos qué conversación cambiará nuestros planes, qué noticia llegará, qué puerta se abrirá o qué acontecimiento alterará el rumbo de nuestra vida. Caminamos hacia el futuro como quien avanza por un camino que solo puede ver unos metros delante de sus pies.
Dios no vive de esa manera.
Para Él no existe una habitación oscura del universo que todavía necesite explorar. Nunca descubre algo que ignoraba. Nunca recibe una noticia inesperada. Nunca tiene que corregir una conclusión porque apareció información nueva. Desde la inmensidad de las galaxias hasta el pensamiento silencioso que todavía no hemos pronunciado, todo está completamente descubierto delante de Él.
David quedó profundamente impresionado al contemplar esta realidad. Escribió:
«Oh Jehová, tú me has examinado y conocido. Tú has conocido mi sentarme y mi levantarme; has entendido desde lejos mis pensamientos. Has escudriñado mi andar y mi reposo, y todos mis caminos te son conocidos. Pues aún no está la palabra en mi lengua, y he aquí, oh Jehová, tú la sabes toda» (Salmo 139:1-4).
Estas palabras no describen simplemente a un Dios que posee una enorme cantidad de información. Presentan al Dios cuyo conocimiento no tiene límites.
Cuando afirmamos que Dios es omnisciente estamos diciendo algo extraordinariamente sencillo y, al mismo tiempo, insondablemente profundo: Dios conoce perfectamente todas las cosas.
Dios nunca tuvo que aprender
Nosotros comenzamos nuestra existencia sin conocimiento y pasamos buena parte de la vida aprendiendo. Un niño pregunta porque desconoce. Un estudiante abre un libro porque necesita recibir información. Un científico observa, compara y experimenta porque busca comprender algo que todavía no conoce completamente.
Incluso las mentes humanas más extraordinarias tienen límites.
Sócrates quedó asociado a la humilde conciencia de nuestra ignorancia. Aristóteles dedicó enormes esfuerzos a comprender la realidad. Agustín reconoció repetidamente que la mente humana es pequeña delante de la grandeza divina. Blaise Pascal, siglos después, señaló la sorprendente condición del hombre: suficientemente capaz para reconocer muchas cosas, pero demasiado limitado para abarcar la totalidad de la realidad.
Dios es completamente diferente.
Nadie le enseñó.
Isaías pregunta:
«¿Quién enseñó al Espíritu de Jehová, o le aconsejó enseñándole? ¿A quién pidió consejo para ser avisado? ¿Quién le enseñó el camino del juicio, o le enseñó ciencia, o le mostró la senda de la prudencia?» (Isaías 40:13-14).
La respuesta es evidente: nadie.
Dios nunca asistió a una escuela del universo. Nunca recibió conocimiento de una criatura. Nunca tuvo un momento en el cual comprendiera menos de lo que comprende ahora.
Esteban Charnock, al reflexionar extensamente sobre los atributos divinos, insistía en que el conocimiento de Dios pertenece a su propia naturaleza. Dios no necesita mirar fuera de sí mismo para completar alguna deficiencia en su entendimiento.
Esto establece una diferencia fundamental entre nosotros y nuestro Creador. Nosotros adquirimos conocimiento. Dios posee conocimiento perfecto eternamente.
Dios se conoce perfectamente a sí mismo
Existe una profundidad todavía mayor.
Nosotros ni siquiera nos conocemos completamente a nosotros mismos. A veces creemos conocer nuestras motivaciones hasta que una situación difícil revela orgullo, temor, egoísmo o deseos que permanecían escondidos. Podemos engañar a otras personas y también podemos engañarnos a nosotros mismos.
Dios, en cambio, se conoce perfectamente.
Pablo escribe:
«Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios» (1 Corintios 2:11).
El Padre conoce perfectamente al Hijo; el Hijo conoce perfectamente al Padre; y el Espíritu conoce las profundidades de Dios. No existe oscuridad, confusión ni misterio dentro del conocimiento que Dios posee de sí mismo.
Juan Calvino señalaba que nuestro conocimiento verdadero comienza cuando reconocemos quién es Dios y, a la luz de su grandeza, comprendemos quiénes somos nosotros. Cuando contemplamos su conocimiento perfecto, nuestra limitada comprensión encuentra su lugar correcto.
No somos el centro desde donde toda la realidad debe ser interpretada. Somos criaturas conocidas completamente por Aquel que nos dio existencia.
Dios conoce toda su creación
La Escritura lleva esta verdad desde las alturas del cielo hasta detalles sorprendentemente pequeños.
Jesús dijo:
«¿No se venden dos pajarillos por un cuarto? Con todo, ni uno de ellos cae a tierra sin vuestro Padre. Pues aun vuestros cabellos están todos contados» (Mateo 10:29-30).
Pensemos en la magnitud de esta afirmación.
Mientras una persona observa únicamente lo que sucede delante de sus ojos, Dios conoce simultáneamente cada rincón de su creación. Conoce las estrellas que ningún telescopio humano ha observado. Conoce cada criatura que se mueve en las profundidades del océano. Conoce cada pájaro que atraviesa un bosque donde ningún ser humano está presente.
El Salmo 147 dice que Dios:
«Cuenta el número de las estrellas; a todas ellas llama por sus nombres» (Salmo 147:4).
La astronomía moderna nos ha permitido contemplar una pequeña parte de la inmensidad del cosmos. Cuanto más observamos, más evidente resulta nuestra pequeñez. Pero aquello que para nosotros constituye una extensión casi inconcebible está completamente presente ante el conocimiento de Dios.
Herman Bavinck explicó que el conocimiento divino no consiste en reunir fragmentos de información hasta construir una imagen completa. Dios conoce la realidad de manera perfecta porque todas las cosas dependen de Él para existir.
Eso cambia nuestra manera de contemplar el mundo. La creación no es una máquina abandonada funcionando fuera de la mirada de su Creador. Cada parte permanece abierta delante de Él.
Dios conoce nuestro interior
La omnisciencia se vuelve especialmente personal cuando la Biblia dirige nuestra atención hacia el corazón humano.
Nosotros podemos ocultar mucho.
Podemos sonreír mientras estamos preocupados. Podemos pronunciar palabras amables mientras guardamos resentimiento. Podemos realizar una acción correcta por una motivación equivocada. Las personas observan principalmente lo exterior; Dios contempla también aquello que ocurre detrás de nuestras palabras y acciones.
Samuel aprendió esta verdad cuando buscaba al futuro rey de Israel:
«Porque Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón» (1 Samuel 16:7).
El autor de Hebreos lo expresa con enorme claridad:
«Y no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta» (Hebreos 4:13).
Jonathan Edwards comprendió profundamente esta realidad. Para él, la verdadera vida delante de Dios no podía reducirse a una apariencia religiosa. Si Dios conoce las inclinaciones del corazón, entonces ninguna máscara espiritual puede engañarlo.
Esto debería producir humildad.
Podemos construir cuidadosamente una reputación delante de otras personas, pero jamás podemos construir una apariencia falsa delante de Dios. Él conoce nuestras palabras antes de pronunciarlas, nuestras motivaciones antes de expresarlas y nuestras intenciones aunque nadie más llegue a descubrirlas.
Dios conoce perfectamente el pasado
La memoria humana es frágil.
Con el paso de los años olvidamos conversaciones, rostros, lugares y acontecimientos. Incluso nuestros recuerdos pueden cambiar. Dos personas pueden recordar el mismo acontecimiento de maneras diferentes.
El conocimiento de Dios no funciona mediante una memoria que pueda deteriorarse.
Cada momento de la historia permanece perfectamente conocido por Él.
Conoce cada palabra pronunciada desde el comienzo de la humanidad. Conoce cada imperio que apareció y desapareció, cada decisión de gobernantes cuyos nombres ya nadie recuerda y cada oración pronunciada silenciosamente por creyentes que nunca aparecieron en los libros de historia.
R. C. Sproul solía destacar que Dios nunca contempla los acontecimientos desde una posición de ignorancia o incertidumbre. Su comprensión es absoluta.
Por eso ningún pecado queda realmente escondido y ninguna obra realizada en fidelidad queda realmente olvidada.
Quizá nadie recuerde aquella ocasión en que ayudaste silenciosamente a alguien. Tal vez ninguna persona conozca aquella oración que hiciste cuando estabas solo. Puede que una obra realizada para servir a Cristo desaparezca completamente de la memoria humana.
Pero no desaparece del conocimiento de Dios.
Dios conoce perfectamente el futuro
Aquí encontramos una de las dimensiones más asombrosas de su omnisciencia.
Nosotros hablamos del futuro mediante posibilidades. Decimos «quizá», «probablemente», «esperamos» o «si todo sale bien». Incluso cuando realizamos cálculos muy cuidadosos seguimos trabajando con incertidumbre.
Dios no contempla el futuro haciendo predicciones.
Isaías registra estas palabras:
«Acordaos de las cosas pasadas desde los tiempos antiguos; porque yo soy Dios, y no hay otro Dios, y nada hay semejante a mí, que anuncio lo por venir desde el principio, y desde la antigüedad lo que aún no era hecho» (Isaías 46:9-10).
Dios conoce el final desde el principio.
No porque simplemente posea una extraordinaria capacidad para calcular lo que probablemente sucederá, sino porque la historia permanece bajo su gobierno soberano.
Esta verdad nos conduce hacia una cuestión todavía más profunda: si Dios conoce perfectamente el futuro, ¿cómo se relacionan su conocimiento, su voluntad y nuestras decisiones? ¿Significa su conocimiento que nuestras acciones dejan de ser verdaderas decisiones? ¿Cómo puede Dios conocer incluso aquello que nosotros todavía no hemos hecho?
Estas preguntas necesitan ser tratadas cuidadosamente, porque la respuesta bíblica evita tanto convertir al hombre en una máquina como presentar a Dios como un espectador que espera descubrir qué ocurrirá.
Y precisamente allí comienza la siguiente parte de nuestra enseñanza.
Su conocimiento y nuestras decisiones
Que Dios conozca perfectamente nuestras decisiones no significa que dejemos de tomar decisiones reales. La Biblia mantiene juntas dos verdades que nuestra mente tiende a separar: Dios gobierna soberanamente la historia y, al mismo tiempo, el ser humano actúa voluntariamente y es responsable de sus acciones.
Uno de los ejemplos más claros se encuentra en la muerte de Cristo.
Pedro dijo acerca de Jesús:
«A éste, entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios, prendisteis y matasteis por manos de inicuos, crucificándole» (Hechos 2:23).
Observemos las dos realidades. La muerte de Cristo ocurrió conforme al propósito determinado de Dios. Sin embargo, quienes participaron en su crucifixión fueron responsables de lo que hicieron. El propósito soberano de Dios no convirtió su maldad en bondad ni eliminó su responsabilidad.
Más adelante, la iglesia reconoció esta misma verdad:
«Porque verdaderamente se unieron en esta ciudad contra tu santo Hijo Jesús, a quien ungiste, Herodes y Poncio Pilato, con los gentiles y el pueblo de Israel, para hacer cuanto tu mano y tu consejo habían antes determinado que sucediera» (Hechos 4:27-28).
Aquí encontramos algo profundamente importante. Herodes decidió. Pilato decidió. Las autoridades decidieron. El pueblo actuó. Sin embargo, por encima de todas aquellas decisiones humanas permanecía el propósito eterno de Dios.
Juan Calvino defendió cuidadosamente esta realidad: la providencia divina no elimina las causas humanas ni convierte a las personas en objetos sin voluntad. Dios gobierna incluso mediante las decisiones reales de sus criaturas, sin convertirse por ello en autor del pecado.
José comprendió algo semejante al mirar hacia los años dolorosos de su vida. Sus hermanos habían actuado con verdadera maldad, pero Dios había gobernado incluso aquellos acontecimientos para cumplir un propósito bueno.
«Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien» (Génesis 50:20).
No existen dos historias, una controlada por los seres humanos y otra escrita por Dios. Existe una sola historia en la cual las criaturas actúan verdaderamente mientras Dios permanece soberanamente sobre todas las cosas.
Conocer no significa causar el pecado
Debemos hacer otra distinción importante. Que Dios conozca una acción pecaminosa no significa que Él produzca moralmente ese pecado en el corazón de la criatura.
Santiago declara:
«Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie» (Santiago 1:13).
Dios conoce perfectamente el pecado sin participar de su corrupción. Lo gobierna dentro de su providencia sin aprobarlo moralmente. Puede limitarlo, dirigir sus consecuencias y utilizar incluso las acciones malvadas de los hombres para cumplir propósitos santos sin compartir jamás su maldad.
Esta distinción protege dos verdades esenciales: Dios permanece absolutamente santo y el ser humano permanece responsable.
Jonathan Edwards dedicó gran atención a la voluntad humana. Señaló que las personas actúan conforme a sus deseos y disposiciones. Cuando alguien peca, no puede acusar al conocimiento de Dios como si este lo hubiera obligado a hacerlo. La persona realiza aquello que verdaderamente quiere realizar.
Por eso la omnisciencia divina nunca puede utilizarse como excusa para el pecado.
El Dios que conoce nuestras heridas
Hasta este punto, la omnisciencia podría parecernos una verdad principalmente destinada a producir reverencia. Pero también contiene un consuelo extraordinario.
Dios no solamente conoce nuestros pecados. También conoce nuestro sufrimiento.
Hay dolores difíciles de explicar. En ocasiones una persona intenta describir lo que lleva dentro y descubre que las palabras parecen demasiado pequeñas. Los demás pueden escuchar nuestras frases, pero no pueden entrar completamente en nuestra experiencia.
Dios sí conoce.
Cuando Israel sufría bajo la esclavitud en Egipto, Dios dijo:
«Bien he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y he oído su clamor a causa de sus exactores; pues he conocido sus angustias» (Éxodo 3:7).
Ese último detalle es precioso: «he conocido sus angustias».
Dios conocía cada jornada de trabajo, cada lágrima y cada clamor que parecía perderse en el aire. Antes de que Israel pudiera ver su liberación, Dios ya conocía perfectamente su sufrimiento.
El puritano Thomas Watson enseñaba que el conocimiento de Dios debe producir consuelo en quienes le pertenecen, porque ninguna necesidad de sus hijos permanece escondida delante de Él.
Tal vez otras personas comprendan solamente una pequeña parte de lo que atravesamos. Dios nunca recibe una versión incompleta de nuestra historia.
Cristo conoce perfectamente al ser humano
Cuando llegamos a los Evangelios encontramos algo extraordinario. Jesús manifiesta un conocimiento que supera las capacidades normales del hombre.
Juan declara:
«Pero Jesús mismo no se fiaba de ellos, porque conocía a todos, y no tenía necesidad de que nadie le diese testimonio del hombre, pues él sabía lo que había en el hombre» (Juan 2:24-25).
Jesús conocía aquello que permanecía escondido para los demás.
Cuando Natanael se acercó, Jesús demostró conocerlo antes de que ambos hubieran tenido una conversación. Natanael respondió sorprendido:
«¿De dónde me conoces?» (Juan 1:48).
En otra ocasión, mientras hablaba con la mujer samaritana, Jesús reveló conocer aspectos de su vida que ella no le había contado. Aquella mujer regresó a la ciudad diciendo:
«Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será éste el Cristo?» (Juan 4:29).
Estas escenas nos muestran mucho más que una extraordinaria capacidad de observación. El Evangelio presenta al Hijo eterno que conoce al ser humano hasta sus profundidades.
Sin embargo, hay algo todavía más maravilloso: Cristo conoce completamente a los suyos y aun así los recibe.
Pedro ofrece un ejemplo conmovedor. Después de haber negado a Jesús, fue restaurado por Él. Cuando Cristo le preguntó por tercera vez si lo amaba, Pedro respondió:
«Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo» (Juan 21:17).
Pedro ya no intenta defenderse mediante una imagen cuidadosamente construida. Apela al conocimiento perfecto de Cristo.
«Tú lo sabes todo».
Cristo conocía su fracaso, su temor, su negación y también conocía la realidad de su amor.
El creyente descansa precisamente allí: somos conocidos mucho más profundamente de lo que nosotros mismos podemos conocernos y, sin embargo, en Cristo somos recibidos por gracia.
Su conocimiento destruye nuestra apariencia
La omnisciencia de Dios también confronta nuestra tendencia a vivir para la mirada de los demás.
Podemos preocuparnos más por parecer buenos que por ser íntegros. Podemos cuidar nuestras palabras cuando alguien escucha y descuidarlas cuando creemos estar solos. Podemos buscar reconocimiento por nuestras buenas acciones mientras escondemos cuidadosamente aquello que dañaría nuestra reputación.
Pero delante de Dios no existe una vida pública y otra secreta.
David oró:
«Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno» (Salmo 139:23-24).
Es notable que David no huya del Dios que conoce todo. Le pide que examine todavía más profundamente su corazón.
Esto sucede cuando comprendemos correctamente quién es Dios. Su omnisciencia deja de ser solamente una doctrina que afirmamos y comienza a transformar nuestra manera de vivir.
John Owen insistía en la necesidad de tratar seriamente con el pecado interior. Podemos controlar una conducta exterior durante cierto tiempo, pero Dios ve la raíz de donde nacen nuestras acciones.
Por eso la vida cristiana verdadera no consiste simplemente en mejorar nuestra apariencia. Consiste en caminar delante de Dios con un corazón que aprende continuamente a arrepentirse y depender de Cristo.
Su conocimiento transforma nuestra oración
Jesús enseñó algo sorprendente acerca de la oración:
«Vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis» (Mateo 6:8).
Entonces surge una pregunta natural: si Dios ya sabe lo que necesitamos, ¿por qué debemos orar?
Porque la oración nunca tuvo como propósito informar a Dios.
No oramos para entregarle datos que desconocía. Oramos porque Dios ha determinado relacionarse con sus hijos mediante la oración. Pedimos porque dependemos de Él. Confesamos porque necesitamos reconocer nuestro pecado. Agradecemos porque toda buena dádiva procede de su mano. Adoramos porque Él es digno.
J. I. Packer explicó que conocer a Dios no consiste simplemente en acumular información acerca de Él, sino en vivir en relación con Aquel que nos conoce perfectamente.
Esto puede cambiar profundamente nuestra manera de orar.
No necesitamos impresionar a Dios con palabras elegantes. No necesitamos fingir una fortaleza que no tenemos. Podemos acercarnos reconociendo nuestras dudas, debilidades y necesidades porque antes de pronunciar la primera palabra Él ya conoce completamente nuestro corazón.
Nuestro futuro está delante de sus ojos
La incertidumbre puede convertirse fácilmente en temor porque nosotros queremos saber qué ocurrirá mañana.
Queremos conocer el resultado antes de atravesar el proceso.
Queremos saber qué puertas se abrirán, qué dificultades aparecerán y cómo terminará aquello que hoy nos preocupa.
Dios normalmente no nos entrega esa información.
En cambio, nos entrega algo mejor: la certeza de que Él ya conoce aquello que nosotros todavía no conocemos.
David escribió:
«Mi embrión vieron tus ojos, y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar una de ellas» (Salmo 139:16).
Nuestra seguridad, entonces, no descansa en conocer anticipadamente cada detalle de nuestra vida. Descansa en pertenecer al Dios que conoce perfectamente todos esos detalles.
R. C. Sproul señalaba constantemente que no existe una sola partícula fuera del gobierno de Dios. Si algo pudiera escapar completamente de su conocimiento y dominio, entonces nuestra confianza finalmente dependería del azar.
Pero la Escritura presenta una realidad diferente.
El futuro puede ser desconocido para nosotros sin ser desconocido para Dios.
Vivir delante del Dios que lo sabe todo
La omnisciencia de Dios debería producir al menos tres respuestas en nosotros.
Primero, humildad. Nuestro conocimiento es pequeño. Podemos equivocarnos, interpretar mal una situación y juzgar precipitadamente a otras personas. Dios nunca comete esos errores. Reconocer nuestros límites debería hacernos más cuidadosos antes de hablar como si comprendiéramos completamente todas las cosas.
Segundo, integridad. No existe un rincón de nuestra vida escondido de Dios. Aquello que hacemos cuando nadie nos observa continúa ocurriendo delante de sus ojos. Su conocimiento nos llama a abandonar la doble vida y caminar sinceramente delante de Él.
Tercero, confianza. Dios conoce aquello que necesitamos, aquello que tememos y aquello que todavía no podemos ver.
Charles Spurgeon encontraba enorme consuelo en la soberanía y el conocimiento de Dios porque comprendía que la vida del creyente no está abandonada a fuerzas ciegas. Nuestra historia permanece delante de los ojos del Padre.
Esta confianza no significa que comprenderemos todos sus caminos. Job atravesó precisamente esa dificultad. No podía comprender lo que Dios estaba haciendo, pero finalmente tuvo que reconocer que su perspectiva era demasiado pequeña para juzgar la sabiduría del Creador.
Hay momentos en los cuales nosotros tampoco recibiremos todas las respuestas.
Pero no necesitamos conocer todo para confiar en Aquel que sí lo conoce.
Conocidos completamente y amados en Cristo
Al final, la omnisciencia de Dios nos conduce a una verdad que puede estremecer y consolar al mismo tiempo.
Dios sabe.
Sabe aquello que mostramos y aquello que escondemos. Sabe lo que hicimos ayer y lo que haremos mañana. Conoce nuestras motivaciones más nobles y aquellas que nos avergüenzan. Conoce nuestras preguntas, nuestras heridas, nuestras luchas y cada pecado que alguna vez intentamos esconder.
Ante semejante conocimiento podríamos pensar que nuestra única reacción posible sería huir.
Pero el evangelio nos dirige hacia Cristo.
El Dios que conoce perfectamente nuestra culpa no esperó descubrir nuestra condición para decidir qué hacer con nosotros. Desde antes de nuestra existencia conocía completamente a aquellos que salvaría y determinó mostrarles misericordia en su Hijo.
Pablo escribe:
«Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo» (Romanos 8:29).
La esperanza del creyente no descansa en conseguir que Dios piense que somos mejores de lo que realmente somos. Eso sería imposible.
Descansa en Cristo.
Él conoce toda nuestra historia y su obra es suficiente para toda nuestra culpa.
Por eso podemos acercarnos a Dios sin máscaras.
El mismo David que quedó maravillado porque Dios conocía sus pensamientos terminó diciendo:
«¡Cuán preciosos me son, oh Dios, tus pensamientos! ¡Cuán grande es la suma de ellos! Si los enumero, se multiplican más que la arena» (Salmo 139:17-18).
El Dios que conoce cada estrella conoce también nuestro nombre. El Dios que contempla toda la historia conoce nuestras lágrimas. El Dios que conoce nuestros pecados conoce también a todos aquellos que están unidos a su Hijo.
Nosotros seguiremos caminando hacia días que todavía no conocemos. Habrá preguntas sin respuesta y caminos cuyo final no podremos ver desde donde estamos.
Pero nunca caminaremos hacia un lugar que Dios no conozca.
Nunca llegará un día que pueda sorprenderlo.
Nunca aparecerá una circunstancia capaz de superar su sabiduría.
Y cuando nuestra pequeña comprensión llegue a su límite, podremos descansar en una verdad que jamás cambia:
nuestro conocimiento es limitado, pero el entendimiento de nuestro Dios es infinito.
«Grande es el Señor nuestro, y de mucho poder; y su entendimiento es infinito» (Salmo 147:5).