Representación visual de la omnipresencia de Dios

La omnipresencia de Dios

«¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia?»
Salmo 139:7

El Dios del que nadie puede alejarse

Hay una puerta que ningún ser humano puede cerrar, una distancia que nadie puede recorrer y un escondite que jamás podrá encontrarse. Podemos cerrar una habitación, abandonar una ciudad, cruzar un océano o caminar hacia un lugar donde ningún rostro conocido pueda reconocernos. Podemos ocultar nuestros pensamientos de nuestros amigos y guardar palabras que jamás hemos pronunciado delante de otra persona. Pero existe una realidad que permanece exactamente igual en cada lugar: Dios está allí.

David quedó profundamente impresionado por esta verdad. En el Salmo 139 no contempla a Dios como quien estudia una idea fría. Habla como un hombre que descubre que toda su existencia ocurre delante de Dios. El Señor conoce cuando se sienta y cuando se levanta, conoce sus pensamientos antes de que sean expresados y sabe cuáles serán sus palabras antes de que lleguen a sus labios. Entonces David pregunta:

«¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia?» — Salmo 139:7

La respuesta es sencilla y, al mismo tiempo, inmensa: a ninguna parte.

La omnipresencia de Dios significa que Dios está plenamente presente en todo lugar al mismo tiempo. No existe rincón de la creación fuera de su presencia. El cielo no puede contenerlo, la tierra no puede limitarlo, la oscuridad no puede ocultarnos de Él y ninguna distancia puede alejarnos de su mirada.

Esta verdad no pretende llenar nuestra mente solamente de información. Si realmente comenzamos a comprenderla, cambia nuestra manera de mirar una habitación vacía, una noche silenciosa, una oración pronunciada en secreto, una tentación escondida, una pérdida dolorosa y hasta nuestra propia existencia.

Dios no está encerrado dentro del universo

Cuando decimos que Dios está en todas partes debemos tener mucho cuidado con lo que queremos decir. La Biblia no enseña que Dios sea el universo, ni que los árboles, las montañas, los océanos o las estrellas sean partes de Dios. El Creador y la creación nunca deben confundirse.

Dios creó todas las cosas, pero Él existía antes de ellas y no depende de ninguna de ellas.

«En el principio creó Dios los cielos y la tierra.» — Génesis 1:1

Antes de que hubiera mares, galaxias, ángeles, seres humanos, espacio o tiempo creado, Dios ya era Dios. Por eso su presencia no debe entenderse como si estuviera extendido físicamente por el universo. Dios no posee un cuerpo gigantesco distribuido entre las galaxias. Jesús enseñó que «Dios es Espíritu» en Juan 4:24.

Salomón comprendió algo de esta grandeza cuando dedicó el templo de Jerusalén. Aquel edificio era extraordinario, pero Salomón sabía que ninguna construcción podía contener al Señor:

«Los cielos, los cielos de los cielos, no te pueden contener.» — 1 Reyes 8:27

Esta afirmación destruye cualquier intento de reducir a Dios a un lugar religioso. El templo podía ser un lugar especial donde Dios manifestaba su presencia entre su pueblo, pero Dios jamás quedó encerrado dentro de sus paredes.

Juan Calvino insistió en mantener esta diferencia entre el Creador y aquello que Él creó. Dios sostiene y gobierna el mundo sin convertirse en parte del mundo. Herman Bavinck desarrolló esta misma verdad al explicar que Dios está por encima de todo lo creado y, sin embargo, está verdaderamente presente y activo en su creación.

Esta distinción es fundamental. Dios está presente en el universo, pero el universo no es Dios.

Dios está completamente presente

Nuestra presencia funciona de manera muy diferente. Si una persona está en Tegucigalpa, no puede estar físicamente al mismo tiempo en Jerusalén. Nuestra existencia ocupa un lugar determinado. Para llegar a otro sitio debemos movernos y necesitamos tiempo.

Dios no está sujeto a esas limitaciones.

Jeremías registra una declaración extraordinaria del Señor:

«¿No lleno yo, dice Jehová, el cielo y la tierra?» — Jeremías 23:24

No debemos pensar que una pequeña parte de Dios está en Honduras, otra parte en Jerusalén y otra entre las estrellas. Dios está plenamente presente en cada lugar. No se divide. No se fragmenta. No disminuye.

Stephen Charnock, uno de los grandes escritores puritanos del siglo XVII, dedicó una extensa reflexión a los atributos de Dios. Al tratar su presencia, mostró que ninguna distancia puede separar a la criatura del Creador. Su intención era llevar al creyente más allá de una idea pequeña de Dios.

El filósofo Blaise Pascal reconocía que la realidad humana no puede comprenderse correctamente si Dios queda reducido a las dimensiones de nuestra razón. Y aquí encontramos una importante lección: nuestra dificultad para comprender cómo Dios puede estar plenamente presente en todas partes no demuestra que esto sea imposible; demuestra que nosotros somos criaturas intentando comprender al Creador.

Nuestra mente tiene límites. Dios no.

Ni siquiera la oscuridad puede escondernos

David lleva esta verdad hasta uno de sus extremos más personales. Considera el cielo, las profundidades, las enormes distancias y finalmente la oscuridad.

«Aun las tinieblas no encubren de ti.» — Salmo 139:12

Para nosotros, la oscuridad oculta. Cuando una habitación pierde completamente la luz, nuestros ojos dejan de distinguir lo que está delante. Pero Dios no necesita luz para ver.

Esto convierte su omnipresencia en una verdad profundamente seria.

Podemos esconder acciones de nuestros padres, amigos, maestros, líderes o vecinos. Podemos borrar una conversación, cerrar una puerta o mantener una intención dentro del pensamiento. Pero nunca existe un pecado secreto delante de Dios.

«No hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia.» — Hebreos 4:13

El puritano John Owen comprendía que la lucha contra el pecado debía comenzar en lo profundo del corazón, precisamente porque vivimos delante de Dios. La pregunta del creyente no puede limitarse a «¿alguien me está viendo?». Existe una pregunta mucho más importante: ¿cómo puedo vivir esto delante del Dios que está aquí?

Søren Kierkegaard reflexionó ampliamente sobre el individuo viviendo delante de Dios. Aunque no debemos aceptar automáticamente cada conclusión de un filósofo, esa expresión señala algo profundamente bíblico: la vida humana posee una dimensión que ninguna multitud puede borrar. Finalmente cada persona vive coram Deo, delante del rostro de Dios.

No existe vida verdaderamente privada ante Él.

Su presencia no significa lo mismo para todos

Aquí necesitamos hacer una distinción importante. Si Dios está en todas partes, alguien podría preguntar: ¿está también donde existe rebelión, sufrimiento y juicio?

Sí. Ningún lugar queda fuera de su presencia. Sin embargo, Dios no manifiesta su presencia de la misma manera en todos los lugares.

En unos contextos manifiesta su favor; en otros, su poder; en otros, su juicio. Por eso la Biblia puede hablar de estar lejos del Señor no porque alguien haya escapado literalmente de su omnipresencia, sino porque no disfruta de su comunión y favor.

Esto evita un error frecuente. La omnipresencia no significa que todos disfruten automáticamente de una relación salvadora con Dios. El Señor está presente ante el pecador que se rebela contra Él, pero eso no significa que el pecador esté reconciliado con Dios.

R. C. Sproul explicó repetidamente la importancia de reconocer que vivimos constantemente delante del Dios santo. Su presencia es consuelo para quien pertenece a Él, pero también destruye la ilusión de que podemos vivir independientemente de nuestro Creador.

El mismo Dios cuya presencia sostiene nuestra existencia es el Dios ante quien tendremos que responder.

La presencia de Dios sostiene nuestra existencia

Hay algo todavía más profundo. Dios no solamente observa el universo desde todos sus rincones. Él sostiene continuamente aquello que creó.

Pablo declaró en Atenas:

«En él vivimos, y nos movemos, y somos.» — Hechos 17:28

Cada respiración ocurre dentro de una creación sostenida por Dios. Cada latido depende finalmente de su voluntad providencial. Ningún planeta continúa su recorrido porque haya conseguido independizarse del Creador.

El filósofo cristiano Agustín comprendió que Dios no debe ser buscado como si fuera simplemente otro objeto dentro del universo. Todo cuanto existe depende de Él, mientras que Él no depende de nada creado.

Francis Schaeffer, hablando al mundo moderno, insistió en que el Dios bíblico no es una fuerza impersonal ni una idea distante. Es el Dios personal que existe verdaderamente, habla y se relaciona con sus criaturas.

Esto transforma nuestra visión del mundo. Cuando levantamos los ojos hacia una noche llena de estrellas, no estamos contemplando una región donde Dios comienza a desaparecer debido a la distancia. Si pudiéramos viajar durante millones de años hacia los confines observables del universo, jamás encontraríamos una frontera con un letrero que dijera: «A partir de aquí Dios ya no está».

Antes de nuestra llegada, Él ya estaría allí.

Una presencia que consuela al creyente

La omnipresencia de Dios sería aterradora si solamente supiéramos que un Dios santo observa nuestros pecados. Pero las Escrituras nos conducen hacia Cristo.

En Jesucristo, el pecador encuentra reconciliación con el Dios del cual jamás podía escapar.

El evangelio no consiste en encontrar una manera de alejarnos de la presencia divina, sino en ser reconciliados con Aquel ante quien siempre hemos vivido. Cristo cargó con la culpa de su pueblo y abrió el camino para que quienes estaban separados de Dios por el pecado fueran recibidos como hijos.

Por eso la presencia divina se convierte en una extraordinaria fuente de seguridad.

Jesús prometió a sus discípulos:

«Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.» — Mateo 28:20

Esto significa que el creyente nunca entra verdaderamente solo en una habitación de hospital, nunca atraviesa completamente solo una noche de lágrimas y nunca ora hacia un cielo vacío.

Sinclair Ferguson ha destacado frecuentemente que la vida cristiana descansa en la comunión real con Dios por medio de Cristo y del Espíritu Santo. La presencia de Dios no es simplemente una doctrina para colocar en una página. Es una realidad en la cual vive el creyente.

Cuando nadie comprende perfectamente lo que ocurre dentro de nosotros, Dios está presente. Cuando una oración apenas puede convertirse en palabras, Dios está presente. Cuando atravesamos circunstancias que no podemos controlar, Él continúa allí.

No llegamos primero a ningún lugar.

Dios ya está allí.

Vivir sabiendo que Dios está aquí

Esta verdad debe producir cambios concretos.

Primero, debe despertar reverencia. Si Dios está presente, ninguna parte de nuestra vida es insignificante. La habitación donde nadie nos observa sigue siendo territorio santo en el sentido de que vivimos delante del Señor.

Segundo, debe producir integridad. La persona que comprende la presencia de Dios aprende a ser la misma cuando otros la observan y cuando nadie la ve.

Tercero, debe producir seguridad. Podemos perder compañía humana sin perder jamás la presencia de Dios.

Cuarto, debe llevarnos a la oración. No necesitamos atravesar una enorme distancia para encontrar al Señor. Cuando Nehemías estuvo delante del rey Artajerjes, pudo elevar una oración silenciosa en aquel mismo instante. Dios estaba allí.

Finalmente, debe llevarnos a Cristo. Porque saber que Dios está en todas partes no basta. Necesitamos poder permanecer delante de Él sin condenación, y esa esperanza solamente existe por medio del Salvador.

La pregunta decisiva, entonces, no es si estamos delante de Dios.

Ya lo estamos.

La verdadera pregunta es cómo estamos delante de Él.

David comenzó preguntando dónde podría huir de la presencia divina y terminó haciendo algo sorprendente: en lugar de continuar huyendo, invitó a Dios a examinarlo.

«Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón.» — Salmo 139:23

Ese es el cambio que produce la gracia. El pecador quiere esconderse; el hombre reconciliado aprende a acercarse. El Dios cuya presencia antes exponía nuestra culpa se convierte, por medio de Cristo, en nuestro refugio.

La omnipresencia de Dios nos recuerda que nunca hemos vivido un solo segundo fuera de su presencia. Cada amanecer apareció delante de Él. Cada lágrima cayó delante de Él. Cada pecado fue conocido por Él. Cada oración fue pronunciada delante de Él. Y cada paso que todavía nos queda por recorrer será dado delante de Él.

No existe un lugar donde Dios tenga que encontrarnos, porque no existe un lugar donde Él haya dejado de estar.

Por eso el creyente puede avanzar con reverencia, humildad y esperanza. El Dios infinito que llena los cielos y la tierra es también el Dios que, en Cristo, promete permanecer con su pueblo hasta el final.