La eternidad de Dios
«Antes que naciesen los montes y formases la tierra y el mundo, desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios»
Salmo 90:2
El Dios que nunca comenzó
Hay una pregunta que nuestra mente puede formular, pero que difícilmente puede abarcar por completo: ¿qué había antes de que existiera el primer amanecer?
Antes de que hubiera montañas, océanos, estrellas, ángeles, seres humanos o siquiera un universo donde pudiera medirse el paso de los días, Dios ya era Dios. No hubo una mañana en la que Él despertara a la existencia. No existe un punto remoto en el pasado donde podamos decir: «Aquí comenzó Dios». Podemos retroceder mentalmente miles de años, millones de años o muchísimo más, y jamás encontraremos su origen, porque Dios no tiene origen.
Moisés expresó esta verdad con palabras extraordinariamente sencillas: «Antes que naciesen los montes y formases la tierra y el mundo, desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios» (Salmo 90:2).
Observe cuidadosamente la expresión. Moisés no dice solamente que Dios era. Dice: «tú eres Dios». Todo lo creado aparece, cambia y finalmente desaparece; Dios permanece.
Estudiar la eternidad de Dios significa acercarnos a una de las diferencias más profundas entre el Creador y nosotros. Nuestra existencia tiene un comienzo. Nuestra vida avanza segundo tras segundo. Recordamos ayer, vivimos hoy y esperamos mañana. Dios, en cambio, jamás comenzó a existir y jamás dejará de existir.
Dios no recibió la existencia
Toda nuestra experiencia parece enseñarnos que las cosas tienen una causa. Una casa tuvo constructores. Un árbol nació de una semilla. Nosotros recibimos la vida de nuestros padres. Las estrellas también tienen una historia. Por eso nuestra mente pregunta casi automáticamente: «Entonces, ¿quién hizo a Dios?»
La pregunta contiene un error. Supone que Dios pertenece a la misma clase de cosas que el universo.
La Biblia comienza diciendo: «En el principio creó Dios los cielos y la tierra» (Génesis 1:1). Cuando comienza la creación, Dios ya está allí. El principio pertenece al universo, no a Dios.
Esta diferencia es fundamental. Las criaturas dependemos de algo fuera de nosotros para existir. Dios no. Él posee vida en sí mismo. Jesús dijo acerca del Padre: «el Padre tiene vida en sí mismo» (Juan 5:26).
Juan Calvino insistía en que debemos pensar en Dios conforme Él se ha dado a conocer y no intentar reducirlo a las dimensiones de nuestra mente. Esta advertencia resulta especialmente necesaria aquí. Nuestro pensamiento está acostumbrado a comienzos y finales; por eso la eternidad divina sobrepasa nuestra experiencia.
El filósofo Agustín de Hipona reflexionó profundamente sobre el tiempo y observó que pasado, presente y futuro forman parte de nuestra experiencia como criaturas. Aunque Agustín no pertenece exclusivamente a una sola tradición cristiana, sus reflexiones influyeron profundamente en generaciones posteriores: Dios no debe imaginarse simplemente como alguien extremadamente antiguo dentro del universo. Él es el Creador del universo y no depende del tiempo creado para ser Dios.
Antes del primer segundo Dios ya era
Podemos pensar en el universo como una enorme historia. Génesis 1 abre sus primeras páginas y Apocalipsis nos muestra hacia dónde se dirige. Nosotros aparecemos dentro de esa historia. Nacemos en una determinada generación, vivimos durante cierto número de años y dejamos atrás un mundo que continuará después de nosotros.
Dios no es simplemente otro personaje dentro de esa historia.
Él es su Creador.
El salmista declara: «Mas tú, Jehová, permanecerás para siempre» (Salmo 102:12). Más adelante contrasta la creación con su Creador: «Ellos perecerán, mas tú permanecerás» (Salmo 102:26).
Las estrellas parecen permanentes cuando las contemplamos durante una noche despejada. Algunas de sus luces han viajado enormes distancias antes de alcanzar nuestros ojos. Sin embargo, aun aquellas gigantescas estructuras pertenecen a la creación. Tuvieron comienzo y están sujetas al cambio.
Dios no.
Stephen Charnock, un importante autor puritano del siglo XVII, explicó extensamente este atributo de Dios. Su argumento central era sencillo y poderoso: si Dios pudiera dejar de existir, no sería Dios; y si hubiera comenzado a existir, dependería de algo anterior a Él. Pero el Dios de las Escrituras depende únicamente de sí mismo.
Por eso su eternidad no significa simplemente una cantidad infinita de años. No debemos visualizar una línea interminable y colocar a Dios en algún punto remoto de ella. Estamos hablando de una existencia que no posee principio ni final.
El tiempo pertenece a la creación
Esto nos conduce a una cuestión más profunda. ¿Qué relación tiene Dios con el tiempo?
La Biblia no presenta a Dios como prisionero del reloj. Pedro escribe: «para con el Señor un día es como mil años, y mil años como un día» (2 Pedro 3:8). Pedro no está entregando una fórmula matemática para convertir días en milenios. Está enseñando que Dios no experimenta nuestras limitaciones temporales.
Nosotros esperamos.
Dios nunca envejece mientras espera.
Nosotros olvidamos.
Dios jamás pierde conocimiento por el paso de los siglos.
Nosotros vemos acercarse el futuro sin saber completamente qué traerá.
Dios jamás descubre algo que antes ignoraba.
Herman Bavinck explicó que Dios no atraviesa etapas de crecimiento como las criaturas. No existe un Dios joven que posteriormente alcanzó madurez. Tampoco existe un Dios que esté acumulando experiencia mientras observa desarrollarse la historia.
Esto distingue radicalmente al Señor de nosotros. Un niño aprende porque antes ignoraba. Una persona madura porque anteriormente era menos madura. Dios nunca ha necesitado convertirse en algo mejor de lo que era. Desde siempre posee plenamente la perfección de su ser.
El nombre que atraviesa los siglos
Cuando Moisés preguntó qué debía decir a Israel acerca del Dios que lo enviaba, recibió una respuesta extraordinaria: «YO SOY EL QUE SOY» (Éxodo 3:14).
Estas palabras muestran la absoluta suficiencia y constancia de Dios. Él simplemente es.
Nosotros decimos: «Yo era». También decimos: «Espero llegar a ser». Nuestra identidad está marcada por cambios. Una fotografía tomada hace diez años puede mostrarnos cuánto hemos cambiado. Nuestro cuerpo cambia, nuestros conocimientos cambian, nuestras circunstancias cambian y nuestras fuerzas cambian.
Pero Dios puede decir eternamente: «YO SOY».
Esto no significa que Dios sea distante o inmóvil en el sentido de permanecer indiferente a su creación. Las Escrituras están llenas de sus obras. Él crea, gobierna, juzga, salva, escucha, sostiene y cumple sus promesas. Lo extraordinario es que realiza todas estas obras sin dejar de ser quien eternamente es.
El puritano Thomas Watson enseñaba que Dios no puede sufrir disminución en su ser. Los siglos no consumen su poder. Nada puede añadirle perfección y nada puede quitársela.
Esto convierte la eternidad de Dios en algo mucho más que una idea para contemplar. Es fundamento para confiar.
Nuestra fragilidad frente a su eternidad
El Salmo 90 coloca estas dos realidades frente a frente. Primero muestra al Dios eterno y después muestra la brevedad humana.
«Los arrebatas como con torrente de aguas; son como sueño, como la hierba que crece en la mañana. En la mañana florece y crece; a la tarde es cortada, y se seca» (Salmo 90:5-6).
La escena es sencilla. Una planta aparece cubierta por la luz de la mañana. Parece fresca, viva y fuerte. Horas después comienza a marchitarse.
Moisés utiliza esa imagen para describir nuestra existencia.
No pretende conducirnos al pesimismo, sino a la sabiduría. Por eso después ora: «Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría» (Salmo 90:12).
La eternidad de Dios coloca nuestra vida en perspectiva. Muchas cosas que hoy parecen gigantescas serán pequeñas cuando sean contempladas desde la eternidad. Ambiciones, reconocimientos, posesiones y preocupaciones que consumen años enteros pueden desaparecer rápidamente.
El filósofo Blaise Pascal escribió acerca de la pequeñez humana frente a la inmensidad que nos rodea. Sin embargo, la Biblia lleva esa reflexión todavía más lejos. Nuestra verdadera pequeñez no se descubre solamente al compararnos con la extensión del universo, sino al colocarnos delante del Dios eterno que hizo ese universo.
Somos pequeños, pero no insignificantes. El Dios eterno decidió crear al ser humano a su imagen y relacionarse con él.
El Dios eterno entró en nuestra historia
Aquí la enseñanza alcanza uno de sus puntos más extraordinarios.
El Dios eterno no permaneció distante.
Juan comienza su Evangelio declarando: «En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios» (Juan 1:1). Después añade: «Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros» (Juan 1:14).
Aquel que existía antes de Abraham entró verdaderamente en la historia humana. Jesucristo afirmó: «Antes que Abraham fuese, yo soy» (Juan 8:58).
Belén no fue el comienzo de la existencia del Hijo. Fue su entrada en nuestra condición humana. El Hijo eterno tomó verdadera naturaleza humana sin dejar de ser quien eternamente es.
J. I. Packer señaló la grandeza de este misterio al enseñar acerca de la encarnación: aquel por quien todas las cosas fueron hechas entró en el mundo que Él mismo había creado.
Piense en la escena. El cielo nocturno sobre Belén estaba lleno de estrellas creadas por medio del Hijo, mientras Él descansaba como verdadero hombre bajo ese mismo cielo. El Creador había entrado en la historia de sus criaturas.
Y lo hizo para salvar.
La cruz dentro del propósito eterno
La obra de Cristo no fue una solución improvisada ante un problema inesperado. Pedro dice que Cristo estaba «ya destinado desde antes de la fundación del mundo» (1 Pedro 1:20).
Esto significa que nuestra redención pertenece al propósito eterno de Dios.
Cuando contemplamos la cruz, vemos un acontecimiento ocurrido en un momento concreto de la historia, pero relacionado con un propósito que no nació aquel día. Dios no comenzó a pensar en la salvación cuando apareció el pecado. Nada tomó por sorpresa al Señor.
Jonathan Edwards contemplaba la historia de la redención como una gran obra divina que avanza hacia el cumplimiento del propósito de Dios en Cristo. Desde las primeras promesas hasta la consumación final, la historia no camina sin dirección.
R. C. Sproul también insistió repetidamente en la diferencia fundamental entre Dios y todo lo creado. Nosotros somos dependientes; Dios no. Precisamente por eso podemos descansar en sus promesas. Nuestra esperanza final no depende de una criatura limitada por los cambios de la historia, sino del Señor eterno que gobierna la historia.
El eterno Dios sostiene nuestra pequeña vida
Quizá la aplicación más consoladora sea también una de las más sencillas.
Todo alrededor de nosotros cambia.
Cambian las personas. Cambian las ciudades. Cambian las generaciones. Cambian nuestras fuerzas. Cambian nuestros planes. Incluso aquellas cosas que parecían firmes pueden desaparecer.
Pero Dios permanece.
«Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos» (Hebreos 13:8).
Cuando nuestra vida parece avanzar demasiado rápido, Dios permanece. Cuando desconocemos lo que ocurrirá mañana, Dios ya gobierna ese mañana. Cuando aquello en lo que confiábamos desaparece, Él sigue siendo el mismo.
Esto no significa que el creyente jamás sentirá temor, tristeza o incertidumbre. Significa que esas experiencias temporales no tienen la última palabra.
John Owen enseñaba a dirigir la mirada hacia la gloria de Cristo precisamente porque el corazón humano necesita algo mayor que las realidades cambiantes de este mundo. Cuanto más dependemos de cosas temporales para obtener seguridad absoluta, más vulnerable se vuelve nuestra paz. Pero cuando nuestra confianza descansa en el Dios eterno, descansa sobre una realidad que ningún siglo puede destruir.
Vivir hoy a la luz de la eternidad
La eternidad de Dios debe cambiar nuestra manera de vivir.
Nos enseña humildad porque nuestra vida es breve. Nos enseña paciencia porque Dios no ha perdido el control de la historia. Nos enseña confianza porque sus promesas no envejecen. Nos enseña adoración porque estamos delante de Aquel que nunca recibió la existencia de nadie.
También nos obliga a revisar nuestras prioridades.
Podemos invertir enormes cantidades de energía en aquello que desaparecerá mientras descuidamos aquello que posee valor eterno. Podemos vivir como si esta pequeña porción de tiempo fuera toda nuestra existencia. La Escritura rompe esa ilusión.
Pablo escribe: «no mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas» (2 Corintios 4:18).
La fe cristiana no desprecia la vida presente. Al contrario, le proporciona su verdadero significado. Precisamente porque nuestros días son limitados, importan. Precisamente porque Dios es eterno, podemos emplearlos para aquello que permanece.
Desde siempre y para siempre
Algún día nuestra generación será historia. Los edificios que conocemos habrán cambiado. Nuestros nombres probablemente serán desconocidos para la mayoría de las personas que vivan después. El mundo continuará avanzando mientras nuevas generaciones ocupan nuestro lugar.
Pero Dios seguirá siendo Dios.
Él estaba antes de nuestro primer día y permanecerá después de nuestro último día.
Esta verdad no pretende aplastarnos con nuestra pequeñez, sino enseñarnos dónde colocar nuestra confianza. Nuestra esperanza no descansa en nuestra capacidad para controlar el futuro. Descansa en Aquel para quien ningún futuro representa una amenaza.
Por eso Moisés pudo comenzar su oración contemplando al Dios eterno y terminar pidiendo que ese mismo Dios afirmara la obra de sus manos.
La eternidad de Dios nos recuerda que detrás de cada segundo de nuestra existencia se encuentra Aquel que nunca comenzó, nunca envejece y nunca terminará. El universo tuvo un primer momento. Nosotros tuvimos un primer día. Dios no.
Antes de la primera estrella, Él era Dios.
Cuando apareció el primer amanecer, Él era Dios.
Mientras las generaciones nacen y desaparecen, Él es Dios.
Y cuando la historia alcance el propósito que Él determinó, continuará siendo exactamente quien siempre ha sido.
Por eso nuestra confesión puede descansar en las palabras que atraviesan toda la Escritura:
«Desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios» (Salmo 90:2).