Representación visual de la inmutabilidad de Dios

La inmutabilidad de Dios

«Porque yo Jehová no cambio; por esto, hijos de Jacob, no habéis sido consumidos»
Malaquías 3:6

El único que permanece cuando todo cambia

Hay algo que ninguno de nosotros puede detener: el cambio. Las ciudades cambian, las generaciones pasan, los gobiernos terminan, las amistades atraviesan distintas etapas y nuestro propio cuerpo lleva silenciosamente las marcas del tiempo. Una fotografía tomada hace veinte años puede mostrarnos personas, lugares y momentos que ya no existen como entonces. Incluso aquello que parecía firme puede desaparecer en unos pocos años.

Nosotros mismos cambiamos. Cambiamos de opinión, olvidamos promesas, descubrimos cosas que antes ignorábamos y tomamos decisiones diferentes cuando las circunstancias nos sorprenden.

Pero en medio de este mundo que nunca permanece quieto, las Escrituras presentan una realidad extraordinaria: Dios no cambia.

Él no envejece. No aprende algo que desconocía. No descubre que estaba equivocado. No mejora, porque ya es perfectamente bueno. Tampoco empeora, porque en Él no existe corrupción. Su carácter no atraviesa temporadas. Su poder no disminuye. Su sabiduría no aumenta. Sus propósitos no necesitan ser corregidos.

Cuando Dios declara por medio del profeta Malaquías: «Yo Jehová no cambio», está revelándonos algo fundamental acerca de quién es Él.

La inmutabilidad de Dios significa que Dios permanece eternamente siendo quien Él es en la perfección de su ser, su carácter, sus propósitos y sus promesas.

Dios siempre ha sido plenamente Dios

Todo lo que conocemos está sujeto al cambio. Una semilla se convierte en árbol. Un niño llega a ser adulto. Una casa recién construida comienza lentamente a deteriorarse. Las montañas parecen inmóviles, pero incluso ellas sufren los efectos del tiempo.

Dios es diferente.

El salmista contempla la creación y hace una comparación impresionante:

«Desde el principio tú fundaste la tierra, y los cielos son obra de tus manos. Ellos perecerán, mas tú permanecerás; y todos ellos como una vestidura se envejecerán; como un vestido los mudarás, y serán mudados; pero tú eres el mismo, y tus años no se acabarán» (Salmo 102:25-27).

El universo tiene historia. Dios no tiene desarrollo.

Hubo un momento en que las estrellas comenzaron a existir. Hubo un momento en que los océanos aparecieron, la tierra produjo vegetación y el ser humano recibió vida. Pero nunca hubo un momento en que Dios comenzara a convertirse en Dios.

Él siempre ha poseído plenamente todo lo que pertenece a su naturaleza.

Herman Bavinck explicó que Dios no está en proceso de llegar a ser algo que todavía no es. Esta diferencia entre Dios y la creación es fundamental. Nosotros estamos constantemente convirtiéndonos en algo: aprendemos, crecemos, envejecemos y cambiamos. Dios simplemente es.

Por eso, cuando Moisés preguntó qué nombre debía presentar delante de Israel, Dios respondió:

«YO SOY EL QUE SOY» (Éxodo 3:14).

Esa declaración apunta hacia la absoluta plenitud de Dios. Su existencia no depende de ninguna realidad fuera de Él.

Dios no puede mejorar

Decir que Dios pudiera mejorar parecería, a primera vista, algo positivo. En realidad, sería negar su perfección.

Mejorar significa pasar de una condición inferior a otra superior. Si Dios pudiera mejorar, significaría que antes le faltaba alguna perfección.

Tampoco puede deteriorarse. Si pudiera perder sabiduría, bondad, santidad o poder, dejaría de ser el Dios perfecto revelado en las Escrituras.

Stephen Charnock, uno de los grandes escritores puritanos que reflexionó extensamente acerca del carácter de Dios, señaló que todo cambio supone adquirir algo que antes no se poseía o perder algo que antes se tenía. Ninguna de esas posibilidades puede aplicarse al Dios absolutamente perfecto.

Santiago expresa esta verdad utilizando una imagen sencilla:

«Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación» (Santiago 1:17).

Las sombras cambian durante el día. Se alargan, se acortan y se desplazan conforme cambia la posición de la luz. Pero Santiago afirma que en Dios no existe esa clase de variación.

Él no despierta un día siendo más misericordioso y otro menos misericordioso. No existe una temporada en la eternidad en la que su santidad disminuya. Su amor no compite con su justicia ni su justicia destruye su bondad.

Todo lo que Dios es, lo es perfectamente y para siempre.

Su carácter permanece para siempre

La inmutabilidad no significa únicamente que Dios continúa existiendo. Significa también que su carácter permanece perfectamente estable.

El Dios que habló con Abraham es el mismo Dios que escuchó el clamor de Israel en Egipto. El Dios que sostuvo a David es el mismo que habló mediante los profetas. El Padre revelado perfectamente en Jesucristo no posee un carácter diferente del Dios del Antiguo Testamento.

Dios mismo declara:

«Dios no es hombre, para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta. Él dijo, ¿y no hará? Habló, ¿y no lo ejecutará?» (Números 23:19).

Nosotros podemos prometer sinceramente algo y después descubrir que no tenemos capacidad para cumplirlo. Podemos planear el mañana y recibir una noticia que cambie completamente nuestros planes.

Dios nunca se encuentra en esa situación.

Nada entra inesperadamente en su conocimiento. Ningún acontecimiento obliga al Señor a improvisar.

Juan Calvino insistía en que la providencia de Dios no consiste en observar pasivamente los acontecimientos, sino en gobernarlos según su sabiduría. Esto significa que los propósitos de Dios no están siendo constantemente reconstruidos debido a circunstancias que escaparon de sus cálculos.

El profeta Isaías registra estas palabras:

«Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero» (Isaías 46:10).

Esa afirmación sería imposible si Dios pudiera ser sorprendido.

El Dios inmutable no es un Dios inmóvil

Aquí debemos evitar un error importante. Que Dios sea inmutable no significa que sea distante, frío o indiferente.

Las Escrituras muestran continuamente a Dios actuando dentro de la historia. Él crea, habla, juzga, salva, escucha oraciones, muestra misericordia y responde a las acciones humanas.

La inmutabilidad significa que Dios actúa siempre de acuerdo con su carácter perfecto.

Cuando perdona al arrepentido, está actuando conforme a su misericordia. Cuando juzga el pecado, está actuando conforme a su justicia. Cuando cumple una promesa pronunciada siglos antes, está mostrando la estabilidad de su fidelidad.

Francis Turretin distinguía cuidadosamente entre un cambio en Dios y un cambio en las relaciones de las criaturas con Dios. Esta distinción ayuda a comprender varios pasajes difíciles de las Escrituras.

Pensemos en una persona que sale de la sombra y se coloca bajo la luz del sol. El sol no necesitó cambiar para que la relación de aquella persona con su luz fuera diferente. Algo cambió realmente, pero el cambio ocurrió en la persona.

De manera mucho más profunda, Dios puede relacionarse de maneras diferentes con criaturas que cambian sin que su propio carácter tenga que cambiar.

Cuando la Biblia dice que Dios se arrepintió

Algunos textos bíblicos parecen presentar una dificultad. Génesis dice:

«Y se arrepintió Jehová de haber hecho hombre en la tierra» (Génesis 6:6).

También encontramos expresiones semejantes en otros lugares. ¿Contradicen estos textos la inmutabilidad de Dios?

No.

La Biblia frecuentemente describe las acciones de Dios utilizando palabras que podemos comprender desde nuestra experiencia humana. El texto está comunicando un cambio verdadero en la manera en que Dios trata con determinadas personas o situaciones, pero no una corrección producida por ignorancia o error.

Dios no observó la humanidad antes del diluvio y descubrió repentinamente una maldad que nunca había previsto.

Su dolor frente al pecado es real. Su juicio también lo es. Pero ninguna de esas cosas significa que haya dejado de poseer el mismo carácter.

Precisamente porque Dios no cambia, su santidad siempre se opone al pecado.

Jonathan Edwards comprendió profundamente esta relación entre la perfección de Dios y sus acciones. Dios no actúa mediante impulsos desordenados como nosotros. Todo lo que hace fluye de la plenitud perfecta de quien Él eternamente es.

La pregunta que también preocupó a los filósofos

La cuestión del cambio ha acompañado al pensamiento humano durante siglos.

Heráclito observó que la realidad que experimentamos parece encontrarse en constante movimiento. Parménides, desde otra dirección, comprendió que el cambio planteaba profundas preguntas acerca de lo que significa verdaderamente ser.

Más adelante, Aristóteles razonó que la explicación última de la realidad no podía depender indefinidamente de cosas que recibieran su existencia y movimiento de otras.

Estas reflexiones filosóficas pueden ayudarnos a formular preguntas importantes, pero no pueden llevarnos por sí mismas al conocimiento pleno del Dios vivo.

Las Escrituras van mucho más lejos.

No presentan simplemente una causa suprema detrás del universo. Presentan al Dios personal que habla, gobierna, ama la justicia, aborrece el pecado, establece pactos y permanece fiel a su palabra.

Cornelius Van Til recordó que la razón humana no debe colocarse sobre Dios como si fuera un tribunal encargado de decidir qué puede o no puede ser verdadero acerca de Él. Pensamos correctamente cuando recibimos la realidad desde la revelación que Dios mismo ha dado.

Y esa revelación nos conduce hacia una verdad extraordinariamente firme:

el universo cambia, nosotros cambiamos, las generaciones cambian, pero el Señor permanece siendo el mismo.

Sus propósitos no necesitan corrección

Cuando nosotros hacemos planes, siempre existe la posibilidad de modificarlos. Tal vez recibimos nueva información, descubrimos que calculamos mal una situación o simplemente comprendemos que nuestra primera decisión no era la mejor.

Nada semejante ocurre con Dios.

Dios nunca contempla el desarrollo de la historia pensando que habría sido mejor tomar otro camino. Sus propósitos no nacen de información incompleta. Desde la eternidad conoce perfectamente todas las cosas y gobierna la historia conforme a su sabiduría.

Job llegó a reconocer esta realidad después de contemplar la grandeza de Dios:

«Yo conozco que todo lo puedes, y que no hay pensamiento que se esconda de ti» (Job 42:2).

Lo que Dios determina no puede fracasar porque ninguna criatura posee poder suficiente para frustrar finalmente su voluntad. Esto no convierte a las personas en objetos sin responsabilidad. La Biblia mantiene juntas dos verdades: Dios gobierna soberanamente la historia y el ser humano responde moralmente por sus decisiones.

John Owen insistió en la firmeza del propósito divino como fundamento de la seguridad del creyente. Nuestra esperanza no descansa finalmente en nuestra capacidad para mantenernos firmes, sino en el Dios que permanece fiel a aquello que ha determinado realizar.

Sus promesas permanecen firmes

Pensemos en Abraham. Dios le prometió descendencia cuando las circunstancias humanas parecían avanzar exactamente en la dirección contraria. Pasaron los años. Abraham envejeció. Sara también. Desde la perspectiva humana, cada año parecía hacer la promesa menos probable.

Sin embargo, el tiempo no estaba debilitando la palabra de Dios.

Pablo explica:

«Tampoco dudó, por incredulidad, de la promesa de Dios, sino que se fortaleció en fe, dando gloria a Dios, plenamente convencido de que era también poderoso para hacer todo lo que había prometido» (Romanos 4:20-21).

Aquí encontramos una consecuencia preciosa de la inmutabilidad: si Dios no cambia, su fidelidad tampoco cambia.

Thomas Watson enseñaba que las promesas de Dios poseen seguridad porque descansan sobre el carácter de quien las pronunció. Una promesa solamente puede ser tan confiable como la persona que promete. Nosotros podemos tener buenas intenciones y aun así fracasar. Dios posee tanto la voluntad como el poder para cumplir su palabra.

Por eso la esperanza cristiana no descansa sobre un optimismo vacío. Descansa sobre el carácter inmutable del Señor.

Si Dios no cambia, ¿para qué oramos?

Esta pregunta surge naturalmente. Si los propósitos de Dios son firmes, alguien podría preguntar: ¿qué sentido tiene pedirle algo?

La respuesta bíblica no consiste en elegir entre la soberanía de Dios y la oración. Dios mismo ha determinado obrar mediante medios, y uno de esos medios es la oración de su pueblo.

Cuando Elías oró para que descendiera lluvia, su oración no estaba convenciendo a un Dios indeciso. Dios había establecido tanto el propósito como el medio por el cual aquel propósito sería realizado.

Santiago recuerda aquel acontecimiento:

«Y otra vez oró, y el cielo dio lluvia, y la tierra produjo su fruto» (Santiago 5:18).

Orar no significa entregar a Dios información que desconocía. Tampoco significa presionarlo hasta conseguir que abandone una decisión sabia. Oramos porque Él nos manda hacerlo, porque dependemos de Él y porque ha decidido incluir nuestras oraciones dentro del desarrollo de sus propósitos.

Juan Calvino describía la oración como uno de los principales ejercicios de la fe. Al orar no intentamos transformar el carácter de Dios; somos nosotros quienes aprendemos a depender cada vez más de su voluntad.

Esta verdad cambia profundamente nuestra manera de acercarnos a Él. Podemos pedir con libertad, llorar delante de Él, expresar nuestros temores y presentar nuestras necesidades, sabiendo que estamos hablando con un Padre cuya sabiduría nunca falla.

Cristo revela al Dios que no cambia

La inmutabilidad de Dios alcanza una expresión profundamente consoladora cuando contemplamos a Jesucristo.

Hebreos declara:

«Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos» (Hebreos 13:8).

El Hijo eterno entró verdaderamente en nuestra historia. Nació, creció, caminó por pueblos y ciudades, sintió hambre y cansancio, sufrió y murió. Después resucitó corporalmente y fue exaltado.

La encarnación no significa que Dios dejó de ser Dios para convertirse en otra clase de ser. El Hijo asumió una verdadera naturaleza humana sin abandonar su naturaleza divina.

Aquí encontramos algo maravilloso. El Dios inmutable no permaneció distante de nuestra condición. El Hijo entró en nuestra historia para salvar a pecadores sin dejar de ser quien eternamente es.

R. C. Sproul recalcó repetidamente que los atributos de Dios no son piezas separadas que aparecen y desaparecen según las circunstancias. El Dios santo es también el Dios misericordioso, justo, sabio y fiel. En Cristo vemos que la salvación no contradice ninguna de esas perfecciones.

En la cruz, Dios no dejó de ser justo para poder amar. Allí su justicia contra el pecado y su gracia hacia el pecador se manifiestan de manera extraordinaria.

El evangelio depende de un Dios que permanece fiel

Si el carácter de Dios pudiera cambiar, nuestra salvación jamás podría ofrecernos verdadera seguridad.

¿Qué ocurriría si Dios pudiera dejar de amar aquello que decidió amar? ¿Qué esperanza tendríamos si mañana pudiera abandonar las promesas hechas en Cristo?

Pero las Escrituras colocan nuestra seguridad precisamente en la fidelidad divina.

«Fiel es el que os llama, el cual también lo hará» (1 Tesalonicenses 5:24).

Sinclair Ferguson ha enfatizado que la seguridad del creyente debe mirar más allá de la inestabilidad de sus propias emociones hacia la firmeza de Cristo. Hay días en que nuestra fe parece fuerte y otros en que sentimos nuestra debilidad con enorme claridad. Nuestros sentimientos pueden cambiar rápidamente; el fundamento de nuestra salvación no.

Esto no significa que podamos vivir indiferentes al pecado. Precisamente porque Dios no cambia, tampoco cambia su oposición al mal. La gracia que perdona es también la gracia que transforma.

El creyente puede descansar en Cristo no porque haya alcanzado una fidelidad perfecta, sino porque pertenece a un Salvador perfectamente fiel.

Una respuesta al temor producido por el cambio

Nuestra vida puede cambiar en una llamada telefónica. Una oportunidad puede desaparecer. Una persona querida puede marcharse. Un proyecto cuidadosamente construido puede derrumbarse. Aquello que ayer parecía seguro puede dejar de serlo mañana.

El filósofo Søren Kierkegaard reflexionó profundamente acerca de la ansiedad humana frente a la incertidumbre y las posibilidades de la existencia. Aunque no debemos aceptar sin examen cada conclusión de ningún filósofo, su análisis señala algo reconocible: el ser humano experimenta profundamente la fragilidad de vivir entre posibilidades que no controla.

Las Escrituras ofrecen una respuesta mucho mayor que aprender simplemente a convivir con la incertidumbre.

Nos muestran que por encima de nuestras circunstancias cambiantes existe un Dios que permanece.

David pudo escribir:

«En Dios solamente está acallada mi alma; de él viene mi salvación. Él solamente es mi roca y mi salvación; es mi refugio, no resbalaré mucho» (Salmo 62:1-2).

La imagen de la roca es poderosa. El salmista no está diciendo que alrededor de él no exista movimiento. Precisamente porque existe movimiento necesita una roca.

La estabilidad del creyente no procede de tener una vida sin cambios, sino de pertenecer al Dios que no cambia.

La inmutabilidad también debe confrontarnos

Esta enseñanza no solamente consuela. También advierte.

Dios no modifica su santidad para acomodarla a los deseos de una generación. El paso del tiempo no convierte el pecado en justicia. Una sociedad puede cambiar sus valores, sus leyes y sus definiciones, pero ninguna cultura posee autoridad para transformar el carácter de Dios.

Friedrich Nietzsche comprendió, desde una postura radicalmente distinta a la fe cristiana, que cuando una sociedad abandona su fundamento último, sus valores quedan expuestos a una profunda crisis. Su respuesta fue muy diferente de la Escritura, pero la pregunta sigue siendo importante: ¿sobre qué fundamento puede descansar finalmente nuestra comprensión del bien?

La respuesta bíblica no coloca el bien sobre las preferencias cambiantes del ser humano. El bien encuentra su fundamento último en el carácter santo de Dios.

Por eso el creyente no pregunta primero qué acepta su época. Pregunta qué ha dicho Dios.

Y cuando descubre que su propia vida contradice esa voluntad, no intenta cambiar a Dios; reconoce que quien necesita ser transformado es él.

Descansar en quien nunca dejará de ser Dios

Llegamos entonces al corazón práctico de esta verdad.

Cuando todo marcha bien, podemos sentir que tenemos control. Pero basta una temporada difícil para descubrir cuántas de nuestras seguridades estaban apoyadas sobre cosas temporales.

La salud cambia. Las posesiones pueden perderse. Las personas pueden decepcionarnos. Nuestros propios pensamientos pueden oscilar entre confianza y temor.

Dios permanece.

Cuando Abraham murió, Dios permaneció. Cuando Moisés cerró sus ojos, Dios permaneció. Cuando David dejó el trono, Dios permaneció. Cuando los imperios que parecían invencibles desaparecieron, Dios permaneció. Cuando generaciones enteras pasaron sobre la tierra, Dios permaneció.

Y cuando nuestra breve historia termine, Él seguirá siendo exactamente quien siempre ha sido.

Stephen Charnock entendió que esta verdad debía producir adoración. Si Dios cambiara, no podría ser el refugio definitivo de criaturas cambiantes. Pero precisamente porque permanece eternamente perfecto, podemos confiar completamente en Él.

Malaquías conecta esta verdad directamente con la esperanza del pueblo:

«Porque yo Jehová no cambio; por esto, hijos de Jacob, no habéis sido consumidos» (Malaquías 3:6).

Observemos la lógica del pasaje. La esperanza de Israel no estaba fundada en que Israel nunca fallara. Había fallado muchas veces. Su esperanza estaba ligada a la fidelidad del Dios que había establecido su pacto.

Esa misma verdad dirige nuestros ojos hacia Cristo.

Nuestra esperanza final no está en nuestra capacidad para construir una existencia perfectamente estable. Está en aquel que permanece cuando todo lo demás pasa.

El mundo que conocemos cambiará. Nuestro cuerpo cambiará. Las generaciones que hoy llenan las ciudades algún día serán solamente parte de la historia. Incluso los cielos y la tierra pasarán.

Pero Dios seguirá siendo Dios.

Su santidad no disminuirá. Su poder no se agotará. Su sabiduría no necesitará corrección. Su justicia nunca será torcida. Su misericordia nunca será defectuosa. Su palabra nunca perderá autoridad. Sus promesas nunca envejecerán.

Por eso, conocer la inmutabilidad de Dios no consiste simplemente en aprender una verdad acerca de Él. Significa descubrir dónde puede descansar finalmente el corazón humano.

Todo aquello que pertenece a la creación lleva consigo la marca del cambio.

Solo Dios permanece absolutamente fiel a quien Él es.

Y por eso, cuando nuestra vida parece moverse bajo nuestros pies, la respuesta no consiste en encontrar algo creado que jamás cambie. Esa realidad no existe.

Nuestra esperanza consiste en levantar los ojos hacia aquel de quien las Escrituras dicen:

«Tú eres el mismo, y tus años no se acabarán» (Salmo 102:27).

Allí está nuestra roca.

Allí descansa nuestra esperanza.

El Dios que fue fiel ayer sigue siendo fiel hoy, y seguirá siendo Dios por toda la eternidad.