La justicia de Dios
«Justo es Jehová en todos sus caminos, y misericordioso en todas sus obras.»
Salmo 145:17
Hay algo profundamente arraigado en el corazón humano que protesta cuando el mal queda sin respuesta. Cuando una persona inocente es condenada, cuando alguien poderoso oprime al débil o cuando una mentira destruye la reputación de una persona mientras el culpable continúa tranquilamente con su vida, algo dentro de nosotros dice: «Esto no debería terminar así».
Esa reacción revela algo importante. El ser humano puede discutir acerca de muchas cosas, pero difícilmente puede vivir como si el bien y el mal fueran completamente indiferentes. Queremos que exista justicia. Queremos que la verdad salga a la luz. Queremos que el culpable responda por lo que hizo y que el inocente sea vindicado.
Sin embargo, aquí aparece una pregunta mucho más seria: ¿qué sucede cuando nosotros mismos tenemos que comparecer ante una justicia absolutamente perfecta?
Es relativamente fácil pedir justicia cuando estamos observando el pecado de otra persona. La situación cambia cuando la mirada se dirige hacia nuestro propio corazón.
La Biblia presenta a Dios como el Juez que nunca se equivoca, nunca recibe soborno, nunca desconoce los hechos y nunca altera su veredicto por conveniencia. Su justicia no depende de opiniones humanas. Él conoce perfectamente lo ocurrido, conoce las intenciones escondidas y juzga siempre de acuerdo con su propio carácter santo.
Dios siempre hace lo que es recto
Cuando las Escrituras dicen que Dios es justo, no están diciendo simplemente que Dios conoce ciertas reglas y decide obedecerlas. No existe una ley moral superior a Dios ante la cual Él tenga que responder. Dios mismo es perfectamente recto, y todo lo que hace está de acuerdo con quien Él es.
Moisés lo expresó con extraordinaria claridad:
«Él es la Roca, cuya obra es perfecta, porque todos sus caminos son rectitud; Dios de verdad, y sin ninguna iniquidad en él; es justo y recto.» — Deuteronomio 32:4
Pensemos en la fuerza de esas palabras. No dice que la mayoría de sus caminos sean rectos. Dice que todos sus caminos lo son.
Nosotros podemos actuar correctamente hoy y equivocarnos mañana. Podemos juzgar una situación sin conocer todos los detalles. Podemos favorecer a alguien porque lo apreciamos o ser más severos con otra persona porque nos ha lastimado. Incluso cuando intentamos ser justos, nuestro conocimiento es limitado y nuestro corazón puede engañarnos.
Dios no tiene ninguna de esas limitaciones.
Abraham comprendió esta verdad cuando intercedía por Sodoma. Frente a la posibilidad del juicio divino preguntó:
«El Juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo?» — Génesis 18:25
La respuesta que atraviesa toda la Escritura es sí. El Juez de toda la tierra siempre hará lo correcto.
Juan Calvino insistía en que la justicia de Dios no debe medirse usando nuestros sentimientos como regla. Nuestra comprensión es pequeña; la sabiduría de Dios no lo es. Esto significa que cuando no comprendemos completamente alguna acción de Dios, nuestra primera conclusión no debería ser que Dios ha dejado de ser justo, sino reconocer los límites de nuestra propia perspectiva.
La justicia que nuestra conciencia reconoce
La pregunta por la justicia no pertenece solamente a las páginas de la Biblia. Ha acompañado a la humanidad durante siglos.
Platón dedicó buena parte de La República a preguntar qué es la justicia y por qué una persona debería vivir justamente. Aristóteles también entendió la justicia como una virtud esencial para la vida humana. Siglos después, Immanuel Kant argumentaría que nuestra experiencia moral apunta hacia una realidad que supera nuestros deseos particulares.
Estos pensadores no llegaron por sí mismos a toda la respuesta que ofrecen las Escrituras, pero sus preguntas muestran algo significativo: el problema de la justicia persigue al ser humano.
Sabemos que algunas cosas realmente están mal.
No consideramos la crueldad simplemente como una preferencia diferente. Cuando alguien traiciona, asesina, engaña deliberadamente o explota al indefenso, entendemos que existe una diferencia real entre aquello y hacer el bien.
La Escritura explica por qué nuestra conciencia funciona de esa manera. Fuimos creados por Dios y vivimos en su mundo. Aunque el pecado ha afectado profundamente nuestro juicio moral, todavía llevamos dentro de nosotros una conciencia que acusa o defiende nuestras acciones.
Pablo escribe:
«Mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia.» — Romanos 2:15
Nuestra indignación frente a la injusticia tiene entonces una consecuencia que fácilmente olvidamos. Si existe una norma verdadera mediante la cual podemos condenar el mal cometido por otros, esa misma norma también examina nuestra propia vida.
El problema no está solamente afuera
Aquí la enseñanza bíblica se vuelve profundamente personal.
El ser humano suele imaginar la justicia como una balanza donde coloca sus buenas acciones de un lado y sus errores del otro. Espera que, al final, las buenas acciones pesen más.
Pero esa no es la medida de Dios.
Dios no compara nuestra vida con la del vecino, con la del criminal que aparece en las noticias o con la persona que consideramos moralmente peor. Él nos mide según su propia rectitud.
Pablo elimina cualquier posibilidad de orgullo cuando declara:
«Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios.» — Romanos 3:23
La palabra todos nos coloca en el mismo tribunal.
El problema humano no consiste únicamente en ciertos actos visibles. Jesús llevó la mirada hasta el interior del corazón. Allí encontramos orgullo, envidia, deseos desordenados, resentimiento, egoísmo, falsedad y muchas otras formas de rebelión que quizá nunca aparecen ante los ojos de otras personas.
John Owen comprendió profundamente esta realidad. En sus escritos acerca del pecado mostró que este no debe tratarse como una pequeña debilidad que podemos domesticar. El pecado busca gobernar nuestros afectos, pensamientos y decisiones. Por eso necesitamos algo mucho mayor que educación moral o fuerza de voluntad.
Necesitamos reconciliación con Dios.
Dios no puede simplemente ignorar el pecado
Algunas personas piensan que el amor de Dios significa que Él debería sencillamente pasar por alto nuestras faltas. Pero pensemos en lo que ocurriría si aplicáramos ese principio a un tribunal humano.
Un juez escucha las pruebas. La culpabilidad ha quedado demostrada. Sin embargo, mira al responsable y dice: «Soy una persona amorosa, así que fingiré que esto nunca ocurrió».
Nadie llamaría justo a ese juez.
Lo llamaríamos corrupto.
Si Dios tratara el mal como algo insignificante, dejaría de ser justo. Precisamente porque Dios es bueno, toma el mal con absoluta seriedad.
El profeta Habacuc dijo acerca de Dios:
«Muy limpio eres de ojos para ver el mal, ni puedes ver el agravio.» — Habacuc 1:13
Esto no significa que Dios desconozca el pecado. Significa que su pureza moral es completamente contraria al mal.
R. C. Sproul señaló repetidamente que uno de nuestros grandes problemas es que solemos tener una visión pequeña del pecado porque primero hemos desarrollado una visión pequeña de la santidad de Dios. Cuando comprendemos quién es Dios, comenzamos a entender por qué nuestra rebelión contra Él es tan seria.
La justicia de Dios también consuela
Hasta aquí podría parecer que la justicia divina solamente debería producir temor. Pero para quien ha sufrido injustamente, también puede convertirse en una fuente profunda de esperanza.
Pensemos en aquellos momentos de la historia en los que seres humanos fueron perseguidos, esclavizados, engañados o asesinados mientras sus responsables nunca comparecieron ante un tribunal humano. Si la muerte fuera el final absoluto, innumerables injusticias quedarían para siempre sin respuesta.
Las Escrituras anuncian algo diferente.
Ningún acto desaparece de la mirada de Dios.
Ninguna lágrima desconocida para el mundo es desconocida para Él. Ninguna mentira puede engañarlo. Ningún poder humano puede intimidarlo. Ninguna riqueza puede comprar su favor.
El salmista declara:
«Justicia y juicio son el cimiento de tu trono; misericordia y verdad van delante de tu rostro.» — Salmo 89:14
Thomas Watson enseñaba que la justicia pertenece inseparablemente al carácter de Dios. Esto significa que el universo no está finalmente gobernado por el azar, por los poderosos ni por quienes logran esconder mejor sus obras. Está bajo el gobierno del Dios justo.
Sin embargo, esto nos conduce directamente hacia el gran dilema del evangelio.
Si Dios es perfectamente justo y nosotros somos verdaderamente culpables, ¿cómo puede recibirnos sin negar su propia justicia?
La respuesta no se encuentra en que Dios reduzca su estándar, ignore nuestra culpa o finja que nunca pecamos.
La respuesta se encuentra en Jesucristo.