Representación visual de la bondad de Dios

La bondad de Dios

«Bueno y recto es Jehová; por tanto, él enseñará a los pecadores el camino.»
Salmo 25:8

Hay días en los que decir «Dios es bueno» parece sencillo. La mesa tiene alimento, la familia está cerca, las puertas se abren y el futuro parece tranquilo. Pero hay otros días en los que esas mismas palabras pesan. Una oración parece no recibir respuesta, una puerta se cierra, alguien que amamos sufre o nuestros planes terminan de una manera que jamás habríamos escogido. Entonces surge una pregunta mucho más profunda que cualquier definición: ¿sigue siendo Dios bueno cuando no entiendo lo que está haciendo?

Esa pregunta nos lleva al corazón de este atributo. La bondad de Dios no puede medirse solamente por los días agradables de nuestra vida. Si nuestra confianza en su bondad depende de que todo salga como esperamos, entonces no estamos descansando realmente en quién es Dios, sino en las circunstancias que deseamos recibir de Él.

La Escritura nos lleva mucho más lejos. Nos enseña que Dios no simplemente hace cosas buenas. Dios es bueno. La bondad pertenece a su propio ser. Nunca hubo un momento en el que comenzara a ser bueno, ni existe circunstancia alguna capaz de disminuir su bondad.

El salmista declara:

«Porque Jehová es bueno; para siempre es su misericordia, y su verdad por todas las generaciones.» — Salmo 100:5

Por eso, conocer la bondad de Dios no consiste solamente en observar lo que recibimos de sus manos. Consiste en aprender a conocer al Dios que extiende esas manos.

Dios es la fuente de todo bien

Cuando llamamos buena a una persona, normalmente estamos diciendo que encontramos en ella ciertas cualidades que reconocemos como buenas. Pero cuando afirmamos que Dios es bueno, estamos hablando de algo mucho mayor. Dios no recibió la bondad de alguien superior a Él. Tampoco existe una norma independiente por encima de Dios con la cual podamos medirlo.

Él mismo es la fuente perfecta de todo verdadero bien.

Santiago escribió:

«Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación.» — Santiago 1:17

Todo lo verdaderamente bueno que encontramos en la creación tiene su origen último en Él. El alimento que sostiene el cuerpo, la lluvia que riega la tierra, la capacidad de pensar, una amistad sincera, la belleza de un paisaje, la justicia, la compasión, el amor de una familia y hasta el sencillo placer de descansar después de una jornada difícil son bienes que existen porque el Creador es bueno.

Agustín de Hipona comprendió algo fundamental cuando enseñó que las cosas creadas son buenas porque proceden del Dios bueno, pero ninguna de ellas constituye nuestro bien supremo. Podemos disfrutar de los regalos sin convertirlos en nuestro dios. La creación señala hacia una bondad mayor que ella misma.

Esto cambia nuestra manera de mirar la vida. Cuando disfrutamos algo bueno, no deberíamos detener nuestra mirada únicamente en el regalo. El regalo debe dirigir nuestros ojos hacia el Dador.

Una comida puede desaparecer en minutos. Una posesión puede romperse. La salud puede cambiar. Una etapa feliz puede terminar. Pero la fuente de todo verdadero bien permanece.

Por eso David pudo escribir:

«Gustad, y ved que es bueno Jehová; dichoso el hombre que confía en él.» — Salmo 34:8

David no estaba hablando desde una vida libre de dificultades. Conoció persecución, peligro, traición, pérdidas y lágrimas. Sin embargo, aprendió que la bondad de Dios era más estable que sus circunstancias.

La bondad de Dios no cambia

Nuestra bondad es inestable. Podemos actuar generosamente por la mañana y responder con egoísmo unas horas después. Podemos prometer paciencia y perderla rápidamente. Incluso nuestras mejores acciones están mezcladas muchas veces con orgullo, temor, deseo de reconocimiento o interés personal.

Dios no es así.

Su bondad nunca aumenta porque nunca fue imperfecta. Tampoco disminuye porque nada puede corromper su carácter. Dios no tiene días en los que sea menos bueno.

Stephen Charnock, al reflexionar profundamente sobre el carácter de Dios, insistía en que sus perfecciones no son cualidades accidentales que aparecen y desaparecen. Lo que Dios es, lo es plenamente y sin cambio.

Esto significa que cuando nuestras circunstancias cambian, Dios permanece siendo el mismo.

El creyente puede despertarse una mañana y descubrir que su vida ha cambiado completamente. Puede recibir una noticia que jamás esperaba. Puede perder algo que consideraba seguro. Puede mirar hacia adelante y no saber qué ocurrirá mañana. Pero ninguna de esas cosas modifica el carácter de Dios.

Nuestra visión cambia. Dios no.

Nuestros sentimientos cambian. Dios no.

Nuestras circunstancias cambian. Dios no.

Por eso Nahúm pudo declarar en medio de un mensaje lleno de juicio:

«Jehová es bueno, fortaleza en el día de la angustia; y conoce a los que en él confían.» — Nahúm 1:7

Observemos algo importante. El profeta no dice solamente que Dios nos da una fortaleza. Dice que Él es fortaleza. Nuestra seguridad final no está en comprender cada detalle de lo que ocurre, sino en conocer el carácter de Aquel que gobierna sobre lo que ocurre.

Su bondad llena la creación

Hay una escena cotidiana que fácilmente pasa desapercibida. En algún lugar comienza a amanecer. La luz toca lentamente los campos. Las aves comienzan a moverse. Una semilla enterrada bajo tierra recibe humedad. Los árboles absorben agua. Millones de personas despiertan y respiran sin haber dado una sola orden para que su corazón continuara latiendo durante la noche.

Nada de esto obliga a Dios.

Jesús señaló esta generosidad cuando dijo que el Padre:

«Hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos.» — Mateo 5:45

Aquí encontramos algo extraordinario. La bondad temporal de Dios alcanza incluso a quienes no lo reconocen.

Juan Calvino observaba que el mundo entero está lleno de señales de la generosidad divina. Incluso después de la entrada del pecado, la creación continúa mostrando innumerables evidencias de que Dios sostiene, alimenta y preserva.

Pablo expresó esta verdad cuando habló a personas que adoraban dioses falsos:

«Si bien no se dejó a sí mismo sin testimonio, haciendo bien, dándonos lluvias del cielo y tiempos fructíferos, llenando de sustento y de alegría nuestros corazones.» — Hechos 14:17

Cada cosecha, cada lluvia y cada alimento son pequeños testimonios silenciosos. La creación no solamente anuncia que existe un Creador poderoso; también muestra que ese Creador es generoso.

El filósofo cristiano Alvin Plantinga ha señalado que nuestra experiencia del mundo contiene elementos profundamente relacionados con racionalidad, valor y significado. La belleza y el bien que reconocemos no tienen que ser tratados como accidentes sin importancia. Para el creyente, encuentran su explicación final en un mundo creado y sostenido por Dios.

Pero aquí debemos evitar un error. La existencia de cosas buenas en nuestra vida no significa que merezcamos la bondad de Dios.

La bondad divina no es un salario.

Es generosidad.

La bondad de Dios frente al pecado

Aquí aparece una verdad que puede resultar difícil de aceptar. Si Dios es bueno, no puede tratar el mal como si fuera algo insignificante.

Algunas personas imaginan que un Dios bueno debería aprobar, tolerar o finalmente ignorar todo. Pero eso convertiría la bondad en indiferencia moral.

Pensemos en un juez que tiene delante a alguien claramente culpable de haber causado un grave daño. Existen pruebas, testigos y una víctima. Si el juez simplemente sonríe y dice: «No importa, puedes marcharte», nadie saldría del tribunal diciendo: «Qué juez tan bueno».

Diríamos exactamente lo contrario.

Su indiferencia frente al mal sería una injusticia.

De la misma manera, la bondad de Dios jamás contradice su justicia. Dios ama lo bueno y se opone al mal precisamente porque es bueno.

El puritano Thomas Watson explicaba que la bondad divina no puede separarse de las demás perfecciones de Dios. Su bondad nunca hace injusta su justicia, y su justicia nunca convierte su bondad en crueldad. En Dios existe una armonía perfecta.

Esto nos ayuda a comprender por qué la Biblia puede decir:

«Bueno es Jehová para con todos, y sus misericordias sobre todas sus obras.» — Salmo 145:9

Y al mismo tiempo afirmar que Dios juzga el pecado.

No existe contradicción.

Un Dios que contemplara eternamente la crueldad, la mentira, la explotación y la injusticia sin responder ante ellas no sería verdaderamente bueno.

Cuando no podemos ver su bondad

Llegamos entonces a una de las preguntas más difíciles: si Dios es bueno, ¿por qué permite experiencias dolorosas?

Esta pregunta no debe responderse con frases rápidas.

La Biblia tampoco lo hace.

José fue vendido por sus propios hermanos. Job perdió en poco tiempo aquello que había formado gran parte de su vida. David conoció persecución. Jeremías lloró sobre una nación destruida. Pablo sufrió repetidas aflicciones. Los primeros cristianos enfrentaron oposición.

La Escritura nunca enseña que confiar en la bondad de Dios significa vivir sin lágrimas.

Enseña algo más profundo.

El sufrimiento puede impedirnos comprender lo que Dios está haciendo, pero no puede transformar a Dios en alguien diferente de quien Él es.

El filósofo cristiano Nicholas Wolterstorff, al reflexionar sobre el dolor y la pérdida, mostró que la fe bíblica no exige negar el sufrimiento para mantener la confianza en Dios. El lamento puede coexistir con la fe. Podemos llorar delante de Dios precisamente porque seguimos creyendo que Él escucha.

José comprendió esta realidad después de muchos años. Mirando a los hermanos que lo habían vendido, dijo:

«Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien.» — Génesis 50:20

José no llamó bueno al pecado de sus hermanos. Lo llamó mal.

Esa diferencia es fundamental.

Dios no necesita convertir el mal en bien diciendo que el mal realmente era bueno. Él puede tomar acciones verdaderamente malas y, sin aprobarlas ni ser autor del pecado, gobernar sobre ellas de tal manera que finalmente sirvan a sus propósitos santos.

A veces podremos mirar hacia atrás y reconocer una parte de esos propósitos. Otras veces probablemente no entenderemos muchas cosas durante nuestra vida.

Pero nuestra esperanza nunca descansó en poseer todas las respuestas.

Descansa en conocer el carácter de Dios.