La amor de Dios
“El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor.”
1 Juan 4:8
El amor no es simplemente algo que Dios practica de vez en cuando. Pertenece a quien Él es. Todo amor verdadero encuentra finalmente su fuente en Él.
Dios no comenzó a amar cuando creó al hombre
Antes de que existieran océanos, montañas, ángeles o seres humanos, Dios ya era Dios. No había creación que pudiera darle compañía, afecto o satisfacción. Esto significa algo fundamental: Dios no creó porque estuviera solo ni porque necesitara ser amado.
Jesús, hablando con el Padre poco antes de la cruz, dijo:
“Me has amado desde antes de la fundación del mundo.” — Juan 17:24
Estas palabras nos llevan más allá de la creación. Antes del primer amanecer de la historia, el Padre amaba al Hijo. El amor de Dios, por tanto, no nació cuando nosotros aparecimos.
Agustín comprendió que nuestro corazón busca constantemente algo capaz de sostener todo el peso de sus deseos. Podemos llenar nuestras manos de cosas y todavía descubrir que el corazón continúa buscando. La razón es profunda: fuimos creados por Dios y para Dios. Ninguna criatura puede ocupar finalmente el lugar del Creador.
Esto también corrige una idea frecuente. Dios no nos ama porque necesite algo de nosotros. No somos una pieza que faltaba en su existencia. Él no estaba vacío esperando que apareciéramos para sentirse completo.
Francis Turretin insistía en que Dios posee en sí mismo toda plenitud. Esto cambia radicalmente nuestra manera de entender su amor. Cuando una persona necesita desesperadamente algo de otra, su afecto puede mezclarse fácilmente con interés. Dios, en cambio, no obtiene de nosotros algo indispensable para Él.
Su amor nace de su propia plenitud.
Por eso es un amor que da antes de recibir.
El amor de Dios no puede separarse de su santidad
Nuestra cultura suele reducir el amor a aceptación. Amar, según esta idea, significa aprobar los deseos de otra persona y nunca confrontarla. Pero esa definición es demasiado pequeña para describir el amor revelado en las Escrituras.
Dios ama perfectamente porque todo lo que Él es permanece en perfecta armonía. Su amor nunca lucha contra su justicia. Su misericordia nunca obliga a su santidad a mirar hacia otro lado. Su bondad nunca convierte la mentira en verdad.
Moisés escuchó al Señor describirse como:
“¡Jehová! ¡Jehová! fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad.” — Éxodo 34:6
Observemos la unión: misericordia y verdad.
El amor de Dios nunca necesita mentirnos para consolarnos.
Un médico que descubre una enfermedad grave y decide ocultarla simplemente para evitar que su paciente se preocupe no está mostrando un amor completo. La verdadera preocupación enfrenta la realidad precisamente porque desea el bien de la persona.
De manera infinitamente superior, Dios no llama bueno a aquello que destruye al ser humano.
El filósofo Søren Kierkegaard observó que el amor verdadero busca el bien real de la persona amada y no simplemente satisfacer sus deseos inmediatos. Aunque debemos evaluar sus ideas a la luz de las Escrituras, esta observación ayuda a distinguir entre amor y simple aprobación.
Dios puede confrontarnos porque nos ama.
Puede corregirnos porque nos ama.
Puede prohibirnos caminos porque sabe dónde terminan.
“Porque el Señor al que ama, disciplina.” — Hebreos 12:6
Su corrección no contradice su amor. En sus hijos, puede ser precisamente una expresión de él.
Nuestro pecado hace todavía más sorprendente su amor
Hablar del amor de Dios sin hablar seriamente del pecado produce una versión superficial del evangelio. Si el ser humano fuera esencialmente inocente y solamente necesitara orientación, el amor divino sería mucho menos sorprendente.
Pero las Escrituras describen una situación mucho más seria.
“Todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios.” — Romanos 3:23
El problema humano no consiste únicamente en cometer errores. Nuestro corazón se aparta de Dios. Queremos sus regalos sin querer al Dador. Disfrutamos del alimento, la amistad, la inteligencia, la belleza, el descanso y la creación, mientras podemos vivir como si Aquel de quien proceden todas esas cosas no tuviera derecho sobre nosotros.
Juan Calvino describió el corazón humano como una fábrica continua de ídolos. La expresión resulta incómodamente precisa: tomamos cosas creadas —dinero, reconocimiento, placer, relaciones, poder, incluso nuestra propia opinión— y les pedimos aquello que solamente Dios puede proporcionar.
Y es precisamente aquí donde la grandeza de su amor comienza a brillar con una intensidad inesperada.
Pablo escribe:
“Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.” — Romanos 5:8
Notemos cuándo ocurrió.
No dice: cuando finalmente conseguimos mejorar.
No dice: cuando demostramos que merecíamos otra oportunidad.
Dice: siendo aún pecadores.
John Owen insistió repetidamente en que el creyente debe aprender a contemplar el amor del Padre revelado en Cristo. Muchos cristianos pueden creer intelectualmente que Dios perdona y, sin embargo, vivir interiormente como si tuvieran que convencerlo cada mañana de que vuelva a quererlos.
El evangelio destruye esa manera de pensar.
La cruz nos muestra cuánto cuesta el amor santo
Hay una escena en la historia que impide convertir el amor de Dios en una palabra sentimental: el Calvario.
Allí no encontramos simplemente una demostración de afecto. Encontramos la respuesta de Dios al problema que parecía humanamente imposible de resolver.
¿Cómo puede un Dios perfectamente justo recibir a pecadores culpables sin negar su propia justicia?
La respuesta cristiana no consiste en decir que Dios decidió ignorar el pecado.
La respuesta es Cristo.
“En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados.” — 1 Juan 4:10
En la cruz, el pecado no fue tratado como algo insignificante. Cristo, voluntariamente, tomó el lugar de su pueblo y cargó con el juicio que correspondía a sus pecados. La justicia no fue eliminada para que pudiera existir misericordia. En Cristo, justicia y misericordia se encuentran.
Jonathan Edwards contemplaba la cruz como una manifestación extraordinaria de cualidades que nuestra mente suele considerar opuestas: majestad y mansedumbre, justicia y gracia, grandeza y humildad.
La cruz demuestra que Dios no salva fingiendo que nuestra culpa nunca existió.
La toma con absoluta seriedad.
R. C. Sproul recalcó durante décadas que solamente comprendemos la gracia cuando comenzamos a comprender la santidad de Dios y la gravedad del pecado. Si pensamos que el pecado es pequeño, inevitablemente pensaremos que la cruz fue excesiva. Pero cuando entendemos contra quién hemos pecado, comenzamos a descubrir la inmensidad de aquello que ocurrió allí.
El amor de Dios tiene forma histórica.
Tiene una cruz.
Tiene un Salvador.
Tiene un sepulcro que quedó vacío.
Dios amó primero
El evangelio invierte nuestra manera natural de relacionarnos con Dios.
El ser humano piensa: “Debo acercarme suficientemente para que Dios me reciba”.
El evangelio anuncia que Dios tomó la iniciativa.
“Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero.” — 1 Juan 4:19
Charles Spurgeon encontraba aquí una verdad preciosa: nuestro amor por Dios no es la raíz de nuestra salvación, sino una respuesta al amor que primero vino hacia nosotros.
Esto elimina toda posibilidad de orgullo.
El creyente no puede mirar a otra persona y pensar: “Dios me escogió porque encontró algo superior en mí”. La gracia cierra esa puerta. Si pertenecemos a Cristo, nuestra esperanza descansa en la misericordia divina y no en alguna superioridad escondida dentro de nosotros.
Pablo lleva esta verdad todavía más lejos cuando explica que Dios escogió a su pueblo en Cristo antes de la fundación del mundo y que lo predestinó para adopción “según el puro afecto de su voluntad” (Efesios 1:4-5).
El amor salvador de Dios no comenzó cuando nosotros comenzamos a buscarlo.
Él fue primero.
Primero en propósito.
Primero en gracia.
Primero en llamar.
Primero en salvar.
Y por eso toda la gloria pertenece a Él.
El amor de Dios alcanza a toda su creación
Cuando observamos el mundo encontramos señales constantes de la bondad de Dios. La lluvia cae sobre campos de personas que lo adoran y sobre campos de personas que jamás le dan gracias. El sol ilumina hogares donde su nombre es honrado y lugares donde es ignorado. Personas que no reconocen a Dios disfrutan de alimento, amistad, inteligencia, música, belleza, familia y muchos otros bienes.
Jesús dijo:
“Hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos.” — Mateo 5:45
Existe, por tanto, una bondad divina que se extiende ampliamente sobre la humanidad. Dios sostiene la vida y concede innumerables bienes incluso a quienes viven sin reconocerlo.
“Bueno es Jehová para con todos, y sus misericordias sobre todas sus obras.” — Salmo 145:9
Pero la Biblia también habla de una expresión particular y salvadora del amor de Dios hacia aquellos que están unidos a Cristo.
Esta distinción es importante. Decir simplemente “Dios ama a todos” sin explicar qué significa puede producir confusión. Las Escrituras nunca presentan el amor de Dios como una indiferencia frente al pecado. Dios es bueno con sus criaturas y llama sinceramente al pecador al arrepentimiento; al mismo tiempo, muestra un amor redentor especial hacia su pueblo, al cual rescata, adopta, santifica y conduce finalmente a la gloria.
Jesús dijo acerca de sus discípulos:
“Pues el Padre mismo os ama, porque vosotros me habéis amado, y habéis creído que yo salí de Dios.” — Juan 16:27
J. I. Packer explicaba que una de las verdades más extraordinarias del evangelio es que Dios no solamente perdona al creyente, sino que lo recibe dentro de su familia. El juez que declara justo al pecador es también el Padre que lo adopta.
Ser cristiano, entonces, significa mucho más que haber recibido una cancelación de culpa. Significa haber sido llevado a una relación verdadera con Dios como Padre por medio de Cristo.
El amor de Dios no depende de nuestro rendimiento
Aquí encontramos una de las luchas más frecuentes de la vida cristiana.
Hay días en que oramos con atención, leemos las Escrituras, servimos a alguien y vencemos una tentación. Entonces podemos sentir que Dios está cerca.
Otros días fallamos. Respondemos mal, somos egoístas, descuidamos la oración o volvemos a luchar con un pecado que creíamos haber dejado atrás. Entonces aparece una sospecha silenciosa: “Quizá Dios ya no me quiera como antes”.
Si nuestra seguridad descansa en nuestro desempeño, nunca tendremos verdadera seguridad.
Thomas Watson enseñaba que el amor salvador de Dios hacia su pueblo descansa finalmente en Dios mismo y no en algún mérito encontrado previamente en nosotros. Esto no significa que nuestra manera de vivir sea irrelevante. Significa que la obediencia es fruto de la gracia, no el precio con el cual compramos el afecto de Dios.
Un creyente puede entristecer a Dios con su pecado y experimentar su disciplina paternal. Debe confesar, arrepentirse y luchar seriamente contra aquello que deshonra al Señor. Pero no debe pensar que cada caída destruye la obra de Cristo y obliga a comenzar nuevamente desde cero.
Pablo pregunta:
“¿Quién nos separará del amor de Cristo?” — Romanos 8:35
Después menciona sufrimiento, persecución, hambre, peligro y muerte. Finalmente concluye:
“Ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.” — Romanos 8:39
La seguridad está en Cristo.
No en nuestra capacidad de mantenernos fuertes todos los días.
Esto no produce descuido espiritual. Produce gratitud. El creyente no piensa: “Como Dios me ama, puedo vivir como quiera”. Más bien comienza a decir: “Si he recibido un amor semejante, quiero vivir para Aquel que me amó”.
El amor de Dios transforma aquello que amamos
El amor verdadero nunca deja intacta a la persona que lo recibe.
Cuando el amor de Dios alcanza al pecador, comienza una transformación profunda de sus afectos. Lo que antes gobernaba su corazón empieza a perder su antiguo dominio y nace un deseo creciente de conocer, obedecer y agradar a Dios.
Esto no sucede de manera perfecta ni instantánea. El cristiano continúa luchando contra el pecado. Pero aparece una nueva dirección.
“Si me amáis, guardad mis mandamientos.” — Juan 14:15
Jesús no está diciendo que debemos comprar su amor mediante obediencia. Está enseñando que el amor hacia Él produce obediencia.
El filósofo Blaise Pascal comprendió profundamente que el ser humano no es movido únicamente por argumentos. Nuestros deseos tienen una enorme influencia sobre nuestra manera de vivir. Podemos saber intelectualmente que algo es bueno y continuar persiguiendo aquello que nos destruye.
La Escritura va todavía más profundo: nuestro problema necesita una renovación del corazón.
Dios no solamente nos entrega información nueva. Por su Espíritu comienza a formar deseos nuevos.
Por eso la vida cristiana no consiste simplemente en aprender a decir “no” al pecado. Consiste también en descubrir que Cristo es mejor que aquello que el pecado promete.
Quien ha sido amado aprende a amar
Juan lleva esta doctrina directamente hacia nuestras relaciones:
“Amados, si Dios nos ha amado así, debemos también nosotros amarnos unos a otros.” — 1 Juan 4:11
Aquí desaparece cualquier posibilidad de estudiar el amor de Dios como una idea fría.
Pensemos en una iglesia reunida un domingo. Hay personas de diferentes edades, temperamentos, historias, niveles económicos y capacidades. Algunas hablan mucho. Otras casi no hablan. Algunas nos resultan naturalmente agradables. Otras requieren paciencia.
Precisamente allí debe hacerse visible el amor recibido de Dios.
Amar solamente a quienes nos agradan no demuestra demasiado.
Jesús preguntó:
“Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis?” — Mateo 5:46
El amor cristiano comienza a parecerse al de Cristo cuando puede acercarse al débil, perdonar al arrepentido, soportar con paciencia, decir la verdad con bondad, compartir con quien necesita y servir sin exigir reconocimiento.
John Newton conocía bien esta realidad. El mismo hombre que durante parte de su juventud estuvo relacionado con el comercio de esclavos llegó posteriormente a comprender profundamente la gracia que había recibido y se convirtió en una voz contra aquel terrible comercio. Su historia no debe idealizarse ni utilizarse para minimizar la gravedad de su pasado. Precisamente lo contrario: muestra cuán oscura puede ser la condición humana y cuánto puede transformar la gracia a una persona.
Quien comienza a comprender cuánto ha sido perdonado pierde razones para sentirse superior.
El amor de Dios humilla nuestro orgullo.
Su amor permanece cuando llega el sufrimiento
Una de las preguntas más difíciles aparece cuando la vida duele: “Si Dios me ama, ¿por qué permitió esto?”
No debemos responder superficialmente.
La Biblia nunca promete que las personas amadas por Dios vivirán sin lágrimas. José fue amado por Dios y conoció la traición. David fue amado por Dios y atravesó persecuciones. Pablo pertenecía a Cristo y sufrió profundamente. Los discípulos caminaron con Jesús y muchos enfrentaron persecución.
Por tanto, la ausencia de sufrimiento no puede ser la medida del amor divino.
Tim Keller señaló repetidamente que la cruz cambia nuestra manera de interpretar el sufrimiento. Tal vez no sepamos por qué Dios permite una circunstancia específica, pero el Calvario impide concluir que Dios es indiferente ante nuestro dolor.
El cristianismo no nos entrega una explicación detallada de cada lágrima.
Nos entrega algo mayor: un Salvador crucificado y resucitado.
Cuando el creyente atraviesa una habitación de hospital, una despedida, una pérdida económica, una traición o una temporada en la que sus oraciones parecen no recibir respuesta, no debe interpretar automáticamente esas circunstancias como evidencia de que Dios dejó de amarlo.
La cruz sigue en pie aunque nuestras circunstancias cambien.
Horatius Bonar insistía en dirigir la mirada del creyente fuera de sí mismo y hacia la obra terminada de Cristo. Cuando nuestras emociones fluctúan, necesitamos una esperanza más firme que nuestras emociones.
La promesa no es que comprenderemos inmediatamente todo lo que Dios hace.
La promesa es que quienes están en Cristo nunca quedan fuera de sus manos.
El amor que conduce hasta el final
El amor de Dios no solamente comenzó nuestra salvación. También la llevará a su cumplimiento.
Jesús dijo:
“Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás.” — Juan 10:27-28
Aquí encontramos una seguridad extraordinaria.
El creyente persevera porque Dios lo preserva.
Eso no convierte la vida cristiana en pasividad. Seguimos luchando, orando, arrepintiéndonos, aprendiendo y obedeciendo. Pero debajo de nuestra débil mano aferrándose a Cristo está la mano infinitamente más fuerte de Cristo sosteniéndonos.
Pablo lo expresa de esta manera:
“El que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo.” — Filipenses 1:6
Herman Bavinck destacó la belleza de una salvación que procede de Dios desde su comienzo hasta su consumación. La gracia no simplemente abre una puerta y después deja al pecador abandonado a sus propios recursos. Dios transforma, sostiene y conduce a su pueblo.
Algún día la fe dará paso a la vista.
La lucha contra el pecado terminará. Las preguntas que ahora nos desconciertan serán vistas desde la presencia de Dios. Aquellos que fueron unidos a Cristo contemplarán al Salvador que los amó, los rescató y los sostuvo durante toda su peregrinación.
Conocer este amor cambia la vida
Quizá una persona pueda conocer muchas doctrinas, recordar numerosos versículos y hablar correctamente acerca de Dios, pero todavía vivir intentando demostrar que merece ser aceptada.
El evangelio nos llama a abandonar esa carrera.
No podemos comprar el amor de Dios.
No podemos negociar con Él.
No podemos presentar nuestras buenas obras como si fueran una factura que Dios estuviera obligado a pagar.
Venimos con las manos vacías.
Y encontramos que Cristo es suficiente.
El puritano Richard Sibbes presentaba a Cristo como un Salvador lleno de ternura hacia aquellos que vienen a Él conscientes de su debilidad. No debemos confundir esa ternura con tolerancia hacia el pecado. Cristo recibe al pecador para perdonarlo y también para transformarlo.
Entonces ocurre algo extraordinario.
La persona que descubre que su identidad descansa en Cristo ya no necesita desesperadamente que cada ser humano la admire. Puede servir sin ser vista. Puede reconocer que estaba equivocada. Puede pedir perdón. Puede perdonar. Puede dar sin llevar una cuenta secreta de cuánto recibirá después.
Puede amar porque primero fue amada.
El amor tiene un nombre
Al comienzo preguntamos qué significa decir que Dios ama.
La respuesta definitiva no se encuentra observando nuestros sentimientos.
Debemos mirar a Cristo.
El amor de Dios descendió hasta nuestra condición sin participar de nuestro pecado. Caminó entre personas quebrantadas. Tocó al despreciado. Recibió al arrepentido. Confrontó al orgulloso. Lloró frente a una tumba. Finalmente caminó hacia una cruz.
Y allí encontramos una de las declaraciones más conocidas de toda la Escritura:
“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.” — Juan 3:16
El amor bíblico no termina diciendo que todos los caminos conducen a Dios. Precisamente porque Dios ama, llama al ser humano a abandonar su rebelión y refugiarse en Cristo.
La pregunta final, entonces, no es solamente si sabemos definir el amor de Dios.
La pregunta es si hemos venido a Cristo.
Si todavía vivimos lejos de Él, su llamado permanece abierto: arrepiéntete y cree en el evangelio. No esperes convertirte primero en una persona digna de acercarte. Ven reconociendo precisamente que necesitas misericordia.
Y si ya pertenecemos a Cristo, entonces podemos mirar nuestras circunstancias cambiantes desde una realidad que no cambia.
Habrá días luminosos y días difíciles. Habrá oraciones respondidas de maneras que podremos reconocer rápidamente y providencias que quizá tardemos años en comprender. Nuestra fuerza variará. Nuestros sentimientos también.
Pero nuestra esperanza final nunca estuvo puesta en la estabilidad de nuestros sentimientos.
Está puesta en Cristo.
El amor de Dios no es una idea vaga suspendida sobre el universo. Es santo, justo, soberano, fiel y activo. Se manifestó de manera suprema en Jesucristo, resplandece en la cruz, recibe al pecador arrepentido, adopta al creyente, lo transforma por su Espíritu, lo sostiene durante su peregrinación y finalmente lo llevará a casa.
Por eso Juan puede resumir toda nuestra respuesta cristiana en una frase extraordinariamente sencilla:
“Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero.” — 1 Juan 4:19